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viernes, 9 de octubre de 2020

“El interior de ustedes está lleno de robos y maldad”

 


“El interior de ustedes está lleno de robos y maldad” (Lc 11, 37-41). Un fariseo invita a Jesús a comer y antes de disponerse a hacerlo, el fariseo se asombra del hecho de que Jesús no cumpliera con el ritual de lavarse las manos antes de comer. Al advertir esta situación, el fariseo se lo hace notar a Jesús pero Jesús, lejos de darle la razón y proceder a lavarse las manos, aprovecha la ocasión para lanzar un duro reproche contra los fariseos en general: “Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad”. Es decir, Jesús les reprocha a los fariseos el hecho de que han convertido la religión, que es la unión en la fe y en el amor del alma con Dios, en un mero cumplimiento externo de reglas, la gran mayoría inventadas por ellos mismos, al tiempo que han descuidado lo esencial de la religión, la caridad, la justicia y la misericordia.

“El interior de ustedes está lleno de robos y maldad”. Debemos estar atentos y prestar atención, porque el fariseísmo, que es el cáncer de la religión, puede afectarnos a los católicos, seamos laicos o consagrados. Es decir, también nosotros podemos caer en el error de pensar que la religión consiste en el mero cumplimiento de normas externas, mientras que nos olvidamos de la misericordia, esencia de la religión. A las normas exteriores –asistencia al templo, recepción de los sacramentos, oración vocal, etc.-, le deben preceder y acompañar el acto interior del amor misericordioso a Dios, que se expresa en las obras de misericordia para con el prójimo: esto está significado en las palabras de Jesús “Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio”. Esto está acorde a lo que dice la Sagrada Escritura: “La limosna cubre una multitud de pecados” (1 Pe 4, 8). Sólo así, si en nuestro interior hay amor a Dios y al prójimo, nuestra religiosidad será verdadera y no seremos el destino de los reproches de Jesús.

 

 

martes, 28 de octubre de 2014

“¿Está permitido sanar en sábado o no?”


“¿Está permitido sanar en sábado o no?” (Lc 14, 1-6). Un día sábado, mientras Jesús está comiendo en casa de uno de los principales jefes de los fariseos, se presenta un hombre, enfermo de hidropesía. El ambiente se pone tenso, porque los fariseos, que eran observadores escrupulosos de la Ley mosaica, sabían que Jesús haría el intento de curar al hombre enfermo de hidropesía. Si lo hacía, eso constituiría una grave violación a las prescripciones de la ley, que prohibía todo tipo de trabajos manuales, y la curación era considerada un trabajo manual.
El caso es muy similar al presentado en Lucas 13, 10-17, solo que esa ocasión, a la enfermedad de la mujer, que se encontraba encorvada, se le agregaba la posesión diabólica, que era la que le producía la enfermedad. En ambas oportunidades, las situaciones son prácticamente idénticas: son dos enfermos que necesitan curaciones –a la mujer se le agrega la posesión diabólica como causa próxima de la enfermedad-; los fariseos son testigos directos de los hechos, con intenciones acusadoras; el día en el que se desarrollan los hechos, es el día sábado, día en el que está prohibido el trabajo manual, es decir, la curación; la presunta falta legal cometida por Jesús, en ambos casos, es, precisamente, la curación, por realizarla en día sábado, porque al curar a los enfermos, está haciendo un trabajo manual.
Y al igual que como sucedió con la mujer posesa, Jesús curará también al hombre enfermo de hidropesía, sin hacer caso de los falsos escrúpulos legales de los fariseos, quienes se indignan cínica e hipócritamente porque Jesús cura a los enfermos en sábado, quebrantando la Ley, que prohibía los trabajos manuales. El argumento utilizado por Jesús, en ambos casos, es la superioridad del Amor Divino, encarnado y donado por Él, sobre la prescripción humana, que permite excepciones, cuando se trata del bien de la persona. Pero todavía más, la acción misericordiosa de Jesús, deja al descubierto la falsedad intrínseca de la religiosidad de los fariseos, que aparentando ser hombres de religión, porque estaban en el templo todo el día, estudiaban las Escrituras, vestían hábitos religiosos y a los ojos de los hombres pasaban por hombres de piedad e incluso santos, sin embargo son, a los ojos de Dios, cínicos e hipócritas, porque se oponen a la Misericordia Divina, encarnada y materializada en Jesús, que quiere liberar del peso de la enfermedad y de la opresión del Demonio a sus prójimos, con lo cual demuestran que la religión que profesan es radicalmente falsa y mentirosa, porque al no amar al prójimo, al cual ven, no aman a Dios, a quien no ven (cfr. 1 Jn 4, 20), porque el prójimo es la imagen viviente de Dios, y por eso merecen el duro reproche de Jesús, quien los llama por su nombre: “¡Hipócritas!”.

 “¿Está permitido sanar en sábado o no?”. El fariseísmo es el cáncer de la religión y su peor y principal enemigo, y nosotros, los cristianos, no estamos exentos de él; por el contrario, estamos expuestos a él y, si no vigilamos constantemente, nuestros corazones pueden verse prontamente invadidos y contaminados por este cáncer que, al igual que sucede con un tumor maligno en el cuerpo, que cuando crece sin control termina por dar la muerte al cuerpo en el que se aloja, así también el fariseísmo aniquila toda caridad y todo amor en el corazón, convirtiéndolo en una cáscara hueca, dura y fría, insensible al pedido de auxilio del prójimo más necesitado e indiferente al amor de Dios. El fariseo, por lo tanto, aun cuando por fuera parezca un hombre de religión –sea sacerdote o laico comprometido-, es sin embargo incapaz de vivir el Primer Mandamiento, porque ni ama a Dios, ni ama al prójimo, porque solo se ama egoístamente a sí mismo. El remedio para este cáncer de la religión, que es el fariseísmo, cáncer que endurece al corazón porque lo vacío del amor de Dios, es precisamente llenar del Amor de Dios al corazón, y esto se da por medio de la comunión eucarística, porque allí el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús nos dona la totalidad del Amor Divino que lo inhabita en forma de Lenguas de Fuego, que quieren abrasar e incendiar en las sus llamas al corazón que lo reciba con fe y con amor. 

martes, 25 de marzo de 2014

“No he venido a abolir la Ley, sino a dar cumplimiento”

 
“No he venido a abolir la Ley, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17-19). Lo que nos quiere decir Jesús es que no basta con un cumplimiento meramente exterior de la Ley de Dios; no basta con decir: “cumplo con los Mandamientos”, sino que se debe cumplirlos con el corazón, interiormente y en verdad. Jesús ha venido a traernos la gracia santificante, para que podamos cumplir con la Ley Nueva, en “espíritu y en verdad”, y no meramente de modo exterior y superficial. De nada vale cumplir un mandamiento divino, observándolo exteriormente, si en el alma, en el corazón del hombre, hay otra cosa totalmente opuesta. De nada vale el ayuno de un viernes, por ejemplo, si se guarda rencor hacia un prójimo. Es la gracia santificante la que nos permite el verdadero cumplimiento de la Ley, el cumplimiento “en espíritu y en verdad”, porque nos une al Espíritu de Dios y así nos sustrae del peligroso engaño del fariseísmo, verdadero cáncer de la religión, que se conforma con un cumplimiento meramente extrínseco de los preceptos religiosos.

“No he venido a abolir la Ley, sino a dar cumplimiento”. Como cristianos, debemos siempre, permanentemente, pedir la asistencia del Espíritu Santo, para no caer en el fariseísmo, que es el principal enemigo de nuestra propia salvación.

lunes, 11 de marzo de 2013

“Levántate, toma tu camilla y camina”



“Levántate, toma tu camilla y camina” (Jn 5, 1-3. 5-16). Un hombre afectado por una parálisis no encuentra a nadie que lo ayude para aprovechar el momento en el que un ángel desciende a la pileta de Betsaida, agita las aguas y les concede poder curativo. Cuando Jesús se le acerca, el paralítico se queja de la falta de compasión de quienes se encuentran allí, falta de compasión que es la causa por la que continúa enfermo.
Jesús suple con creces esta ausencia de compasión, obrando en él el milagro de la curación de su mal. Luego de decirle: “Levántate, toma tu camilla y camina”, el hombre queda efectivamente curado y se retira.
Los otros personajes intervinientes, los fariseos, demuestran todavía mayor indolencia que la de aquellos que no auxiliaron al hombre paralítico porque se concentran en la investigación de las faltas legales[1] cometidas por él –en sábado estaba prohibido hacer tareas manuales, y el paralítico, ya curado, la transportaba caminando- y sobre todo por Jesús, ya que la curación la hizo en sábado, lo cual era considerado también como falta legal.
El pasaje evangélico nos enseña cuán duro es el corazón del hombre sin Dios, ya que puede ver a su prójimo tendido en el suelo, como le sucedía al paralítico, y hacer caso omiso de su necesidad; pero también nos muestra cómo los hombres que al menos en apariencia están con Dios, como los fariseos, también endurecen sus corazones, desde el momento en que lo único que les interesa es acusar a su prójimo por presuntas faltas legales.
Con la curación milagrosa, Jesús no nos enseña a ser solidarios: nos enseña cuál es la esencia de la religión: la caridad, la bondad, la compasión, la misericordia para con el que más sufre. Debemos estar muy atentos a sus enseñanzas sobre la misericordia, porque de lo contrario caeremos en la indolencia y en la dureza de corazón y, lo peor de todo, en el cínico fariseísmo, cáncer de la religión.


[1] Cfr. B. Orchard, Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 705.

martes, 26 de febrero de 2013

“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”



“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen” (Mt 23, 1-12). Jesús advierte acerca de los fariseos, que “no hacen lo que dicen”. Sin embargo, luego de la advertencia, Jesús no dice qué es lo que los fariseos “dicen” pero “no hacen”, sino que denuncia lo que “hacen”, como ejemplo de lo que sus discípulos no deben hacer.
            ¿Qué es lo que los fariseos “hacen” y “no deberían hacer”? Lo dice el mismo Jesús: “atan pesadas cargas a los demás, mientras que ellos no quieren llevarlas ni con un dedo”, y esto porque imponían a los demás las prescripciones farisaicas, que no eran sino “tradiciones humanas”, como se los reprocha Jesús. Si bien pretendían santificar todos los aspectos de la vida, aún los más nimios y banales -para lo cual los fariseos habían elaborado una serie de “reglas de pureza”[1]-, la enorme cantidad de prescripciones hacía imposible su práctica, pero el problema principal radicaba en aquello que Jesús les reprocha: la observancia de las prescripciones farisaicas contradecían el espíritu de la Ley mosaica, que mandaba el amor a Dios y también al prójimo. Por ejemplo, justificaban el no prestar asistencia a los padres, si el dinero con el cual podían asistirlos se ofrendaba al templo; otra falta al amor de Dios y al prójimo se da cuando se enojan con Jesús cuando cura la mano al paralítico en sábado, ya que según ellos, no podía hacerse ningún trabajo manual ese día.
         Con estas prescripciones humanas los fariseos ocultan la verdadera Ley de Dios, la Ley de Moisés, que prescribía la caridad ya desde el primer Mandamiento; lo que hacen los fariseos entonces es detenerse en la observancia y cumplimiento de lo superficial y accesorio, olvidando la esencia de la religión, la caridad.
         Otras cosas que los fariseos “hacen” para que los “vean”, es agrandar las filacterias, ocupar los primeros asientos de las sinagogas, además de buscar ser saludados y reconocidos públicamente, y ser llamados “maestros”, todo lo cual es opuesto al espíritu de humildad, tanto de la Ley mosaica como de la Ley Nueva de la caridad de Cristo Jesús.
Jesús se enfrenta con los fariseos porque el fariseísmo es a la religión lo que el cáncer al cuerpo: así como las células cancerígenas se comportan de un modo maligno y dañino y terminan por destruir el cuerpo que las engendró, así el fariseísmo, maligno y dañino en sí mismo, termina destruyendo la religión, al mostrar una imagen falsa de la religión, de Dios y de la Iglesia.
“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”. La advertencia de Jesús nos cabe a nosotros, porque también podemos ser fariseos; también nosotros podemos “decir” pero “no hacer”, y somos fariseos cada vez que no somos santos por negligencia, por no dejar crecer la gracia al endurecer el corazón hacia el prójimo, por hacer oídos sordos al Llamado del Dios del Amor, que desde la Cruz nos dice: “Ama a tus enemigos; perdona setenta veces siete; no juzgues; no condenes; obra la misericordia”.
Somos fariseos cada vez que negligentemente damos vuelta el rostro al prójimo que sufre; somos fariseos cada vez que nos decimos “cristianos”, seguidores de Cristo, el Dios del Amor, pero nos comportamos como seguidores del Ángel caído.
Por esto motivo, Jesús nos advierte: “No sean fariseos, que dicen ser cristianos pero hacen obras de demonios. Hagan lo que Yo les digo desde la Cruz: vivan, de palabra y de obra, el mandamiento más importante de todos: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.
        



[1] La legislación farisaica comprendía reglas de pureza para casi todos los aspectos de la vida cotidiana, y es así que poseían reglas para alimentos, vasijas para líquidos y alimentos, para cadáveres y tumbas, para el culto del templo, para el diezmo, tributos y derechos sacerdotales, y habían legislado también acerca de la observancia del sábado, las fiestas, el matrimonio y el divorcio.

martes, 22 de enero de 2013

Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones



“Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones” (cfr. Mc 3, 1-6). Indignación y pena son los sentimientos que surgen en el Sagrado Corazón de Jesús al comprobar la dureza de corazón de quienes se dicen ser religiosos, los fariseos, quienes en vez de alegrarse porque Jesús cura a los enfermos, están preocupados por la falta legal que supone que lo haga en día sábado, el día prescripto por la ley de Moisés para dar culto a Dios, motivo por el cual los fariseos impedían todo tipo de trabajo. Debido a que la curación suponía una especie de trabajo, los fariseos se escandalizan falsamente ante la posibilidad de la transgresión de la ley por parte de Jesús, y lo observan atentamente, con el fin de ser testigos oculares de la transgresión y así poder acusarlo.
Es esta actitud la que hace surgir la indignación y la pena en el Corazón de Jesús: Dios en Persona se ha encarnado; el Amor de Dios se manifiesta visiblemente en la Persona divina de Jesús de Nazareth, obrando milagros de todo tipo para aliviar los dolores de los hombres; la Misericordia Divina se materializa en la Persona de Jesús para que los hombres reciban el Amor infinito y eterno de Dios y los fariseos, en vez de alegrarse y dar gracias a Dios por tanto amor, se fastidian, se erigen a sí mismos en falsos preceptores de la verdadera religión, y con un celo hipócrita, fingen preocuparse por un precepto humano.
Los fariseos, a causa de su soberbia y orgullo, desaprovechan la ocasión para vivir el mandamiento principal de la religión, “Amar a Dios y al prójimo”, que sería lo que harían si se alegraran con la curación que Jesús, Dios Hijo encarnado, obra con el paralítico: si fueran verdaderamente religiosos, ese milagro debería ser ocasión de vivir en plenitud el mandamiento del amor, alegrándose y amando doblemente: alegrándose por Dios y amándolo, porque se ha dignado encarnarse y venir a este “valle de lágrimas” para curar nuestras dolencias y para donarnos su Amor, y alegrándose por el prójimo y amándolo, al ver que su sufrimiento ha desaparecido por la intervención personal de Dios Hijo, que le ha curado su mal. Sin embargo, la soberbia que endurece sus corazones, les hace odioso el primer mandamiento y así, en vez de alegrarse y amar por partida doble, odian y se amargan por partida doble: odian a Dios, y la prueba está en que quieren acusarlo si hace un milagro, y odian al prójimo, y la prueba está en que si fuera por ellos, impedirían al mismo Dios que obre la curación, demostrando así por partida doble su cinismo y falsedad: hacia Dios y hacia el prójimo. El fariseo pervierte y retuerce el mandato de la caridad, porque su corazón está pervertido y retorcido, y por eso no solo es incapaz de vivir el mandato del amor, sino que vive permanentemente en el odio a Dios y al prójimo. En consecuencia, el fariseo se indigna cuando se honra a Dios –por ejemplo, cuando se usa incienso en la Santa Misa-, o cuando se tiene compasión del prójimo –advirtiéndole del peligro espiritual que significa el demonio-.
Con la impiedad hacia Dios y la ausencia de caridad hacia el prójimo, dejan al descubierto su hipocresía, amargo fruto de sus corazones endurecidos, al tiempo que quedan desenmascarados ante Dios y ante los hombres, porque exteriormente pasan por religiosos y devotos de Dios, pero cuando ese Dios se les manifiesta en Persona, no solo lo desconocen, sino que tienen la osadía de acusarlo, “culpándolo” de manifestar su Amor. Esta es la razón por la cual el fariseísmo es a la religión lo que el cáncer al cuerpo, porque daña a la religión desde adentro, desde su corazón, deformándola y presentando al mundo una visión distorsionada y falsa de lo que es en sí el servicio de Dios y el amor al prójimo. 
“Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones”. No estamos exentos de ser fariseos, y por lo tanto no estamos exentos de recibir la misma mirada de indignación de parte de Jesús, y de ser la causa de la pena de su Corazón. Para saber cuál es el “grado” de nuestro fariseísmo, sólo tenemos que reflexionar acerca de cómo vivimos el mandamiento de la caridad, “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.