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jueves, 4 de junio de 2020

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo


Relicario que conserva un trozo de marmol con el sello del milagro. Basílica de Santa Cristina. Bolsena (Italia)

Relicario del Milagro Eucarístico de Bolsena.

(Ciclo A – 2020)

          El Cuerpo y la Sangre de Cristo son tan esenciales a la vida de la Iglesia, como lo es el alma para el cuerpo: sin el Cuerpo y la Sangre de Cristo -esto es, la Eucaristía-, la Iglesia no tiene ni alma ni vida; es un organismo inerte, humano, sin vida celestial, divina y sobrenatural. Para que nosotros nos formemos una idea y además nuestra fe sobre la Eucaristía se acreciente y fortalezca, es que la Santísima Trinidad realizó, hace siglos, un milagro eucarístico asombroso, que fue el que dio origen a la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo que la Iglesia celebra desde entonces.
          La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo se originó por un milagro eucarístico ocurrido en la iglesia de Santa Cristina, en la localidad de Bolsena, Italia, en el año 1263[1]. Sucedió que un sacerdote, Pedro de Praga, se encontraba fuertemente atacado por dudas de fe, en lo relativo a la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Estando este sacerdote celebrando la Santa Misa, luego de pronunciar las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, vio con asombro cómo la Hostia recién consagrada se convertía en un trozo de músculo cardíaco vivo, del cual manaba abundante sangre, la cual era tanta, que se vertió sobre el cáliz y lo rebasó, manchando el corporal. El sacerdote, conmocionado por el milagro, envolvió el músculo cardíaco sangrante con el corporal, para llevarlo a la sacristía y en el hecho, se derramó un poco de sangre sobre el pavimento de mármol, impregnándose el mismo con la sangre, convirtiéndose en una de las reliquias del milagro que aun hoy pueden observarse. Otro fenómeno que ocurrió dentro del milagro, fue que se convirtió en músculo cardíaco sangrante la parte de la Hostia consagrada que no estaba tocando con los dedos el sacerdote; la parte que tocaba el sacerdote con sus dedos, permaneció como pan, y esto para hacernos ver que la Hostia consagrada es el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A partir de este maravilloso milagro, con el que el Cielo nos confirmó que lo que la Iglesia enseña -esto es, que por el milagro de la transubstanciación, producido en la consagración, la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y la substancia del vino en su Sangre-, es total y absoluta verdad.
          Ahora bien, no necesitamos un nuevo milagro eucarístico, que sea observable sensible y visiblemente, como el de Bolsena, para que creamos que en cada Santa Misa el pan se convierte en el Cuerpo y el vino en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo: es suficiente con que haya ocurrido una vez en la historia, para que nuestra fe en la Eucaristía no sólo no decaiga, sino que se haga cada vez más fuerte y esto implica saber y creer que en cada Santa Misa, aunque no lo veamos sensiblemente, ocurre el milagro de la transubstanciación, milagro por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Pidamos la gracia de que nuestros corazones sean como el pavimento de la Iglesia del milagro, el cual quedó impregnado con la sangre del milagro: que al comulgar la Sagrada Eucaristía, esto es, al consumir el Sacratísimo Cuerpo del Señor y al beber su Preciosísima Sangre, se impregne nuestra alma y todo nuestro ser con el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 24 de abril de 2020

“Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna”




“Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6, 22-29). La multitud que había recibido el milagro de la multiplicación de panes y peces busca a Jesús y es por eso que todos se dirigen a Cafarnaúm, en donde lo encuentran. ¿Por qué buscan a Jesús? ¿Porque se dieron cuenta del milagro que hizo al multiplicar panes y peces y se dieron cuenta que Él es el Hombre-Dios? No, no lo buscan por esa razón, sino por algo más terreno: porque Jesús les satisfizo el hambre corporal; lo buscan porque sació el hambre del cuerpo, no porque hayan visto una señal sobrenatural en la multiplicación.
Jesús se da cuenta de esto; Jesús se da cuenta de que lo buscan, no porque hayan visto en Él al Hombre-Dios, que hacía milagros no sólo para satisfacer el apetito corporal, sino para darles un mensaje sobrenatural -el milagro de la multiplicación de panes y peces es anticipo del milagro eucarístico, en el que el pan y el vino se convierten en su Cuerpo y Sangre-; Jesús se da cuenta que lo buscan porque quieren que Jesús les satisfaga su hambre corporal, quieren tenerlo con Él para que vuelva a hacer el milagro de la multiplicación de panes y peces cada vez que tengan hambre. Tienen una visión meramente terrena y temporal de Jesús y sus milagros; no han sido capaces de comprender el mensaje sobrenatural que Jesús ha querido enviarles al hacer la multiplicación de panes y peces.
Jesús quiere sacarlos de su inmanentismo, de su visión horizontal y terrena y es por eso que les dice: “Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna”. ¿Y cuál es el alimento que perdura para la vida eterna? No es otro que la Eucaristía. En otras palabras, Jesús le dice a la multitud que no se preocupen por los panes y los peces, por el hambre corporal, sino que se preocupen por el hambre espiritual, hambre de Dios Trino que se sacia única y exclusivamente con la Eucaristía, que es Pan de Vida eterna y es Carne del Cordero de Dios.
“Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna”. También a nosotros Jesús nos da el mismo mensaje: si nos esforzamos por trabajar para ganar el pan de cada día y así alimentar el cuerpo, con mayor razón debemos trabajar, esforzarnos, por alimentarnos con la Eucaristía, el Pan Vivo bajado del cielo, que sacia nuestra hambre espiritual de Dios Trino y nos comunica de modo incoado la Vida de la Trinidad y así nos prepara para la vida del Cielo.

martes, 21 de abril de 2020

“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (…) lo mismo hizo con los peces”


Multiplicación de los panes y los peces - Wikipedia, la ...


“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (…) lo mismo hizo con los peces” (Jn 6, 1-15). Jesús realiza uno de sus más prodigiosos milagros: multiplica cinco panes de cebada y dos peces, de manera tal que alcanzan y sobran para alimentar a una multitud calculada de más de diez mil personas y no sólo eso, sino que además de comer la multitud hasta saciarse, incluso sobraron doce canastas.
Este milagro, además de su significado propio en sí mismo -es un milagro realizado para satisfacer el hambre corporal de la multitud-, tiene un significado sobrenatural, porque está prefigurando y anticipando otro milagro, el milagro eucarístico, milagro por el cual no multiplicará ya panes y peces, sino Pan de Vida eterna y Carne del Cordero de Dios, esto es, la Sagrada Eucaristía. Esto es así porque Jesús no ha venido para combatir el hambre corporal, es decir, no ha venido para terminar con la pobreza en el mundo –“a los pobres los tendréis siempre entre vosotros”- y por lo tanto la misión de la Iglesia, si bien auxilia a los pobres materiales por medio de organismos como Caritas, tampoco es terminar con el hambre y la pobreza material y no es ésta su misión principal, de ninguna manera. Jesús podría hacer de manera tal que no hubiera hambre en el mundo, pero ha dejado a los pobres para que nosotros los cristianos nos santifiquemos en su auxilio y ayuda, puesto que una obra de misericordia espiritual, dar de comer al que tiene hambre, abre las puertas del cielo de par en par.
Ahora bien, Jesús sabe que somos materia y espíritu y que por eso mismo, además del alimento corporal, necesitamos el alimento del espíritu y ése alimento es la Sagrada Eucaristía. Para que nuestra hambre espiritual de Dios se satisfaga a lo largo del tiempo, es que ha encargado a la Iglesia la misión de prolongar en el tiempo la confección del Sacramento de la Eucaristía –“Haced esto en memoria mía”- para que los hombres de todos los tiempos, hasta el Fin del mundo y de la Historia, tengamos acceso a este sublime alimento espiritual.
“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió” (…) lo mismo hizo con los peces”. Si Jesús demostró amor y compasión al multiplicar el pan material y los peces, para saciar el hambre corporal de la multitud, para con nosotros, en cada Santa Misa, demuestra un amor infinitamente más grande, porque no nos alimenta con pan terreno y carne de pescado, sino con el Pan Vivo bajado del cielo y con la Carne del Cordero de Dios, el Santísimo Sacramento del altar, la Divina Eucaristía. 

sábado, 28 de mayo de 2016

Solemnidad de Corpus Christi


El momento en el que, producido el milagro, el Padre Pedro de Praga lo traslada, 
conmocionado, a la sacristía.

(Ciclo C – 2016)

         La Solemnidad de Corpus Christi -o del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo-, una de las más importantes de la Iglesia Católica, se originó en un milagro eucarístico, conocido como el milagro de Bolsena-Orvieto. ¿Cómo fue el milagro? Sucedió a mediados del siglo XIII, en el año 1263, cuando un sacerdote de Bohemia, llamado Pedro de Praga, que tenía muchas dudas sobre su fe, en particular sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, decidió hacer una peregrinación a Roma para rezar ante la tumba de San Pedro y pedirle el fortalecimiento de su fe. Luego de cumplido su cometido y sintiéndose fortalecido en su vocación como sacerdote, inició su viaje de regreso a Praga. En el camino se detuvo en la localidad de Bolsena al norte de Roma, para allí pasar la noche y continuar viaje al otro día. En esta localidad, visitó la parroquia de Santa Cristina, una mártir del siglo III para venerar sus reliquias. Luego de su visita a la tumba de Santa Cristina, Pedro de Praga experimentó todavía más fortalecimiento de su fe, y es así que se dice que antes de celebrar la Misa, Pedro rezó “por la fuerza del alma y el extremo abandono que Dios da a los que confían plenamente en Él”. Fue durante la celebración de la Misa que ocurrió el asombroso milagro que dio origen a la Fiesta de Corpus Christi: una vez pronunciadas las palabras de la consagración, la Hostia ya consagrada se convirtió en músculo cardíaco vivo y sangrante, del cual comenzó a brotar abundante sangre, y tan abundante, que se vertió incluso sobre el corporal que se encontraba sobre el altar. Al comprobar el espectacular acontecimiento sobrenatural que se producía delante de sus ojos, el sacerdote, profundamente conmovido, envolvió el músculo cardíaco sangrante con el purificador del cáliz y lo llevó a la Sacristía. En el trayecto hacia la sacristía, cayeron en el suelo de mármol unas gotas de sangre, lo que también sucedió en los escalones del altar, quedando la sangre desde entonces firmemente adherida al mármol, al punto que luego se cortaron esos trozos de mármol, impregnados con la sangre del milagro, para ostentarlos como reliquias; estos mármoles manchados e impregnados con la sangre del milagro fueron colocados en sus respectivos relicarios en Bolsena, en donde permanecen hasta el día de hoy, para ser venerados por los peregrinos[1]. El milagro fue descripto así en una placa de mármol: “De pronto, aquella Hostia apareció visiblemente como verdadera carne de la cual se derramaba roja sangre excepto aquella fracción, que la tenía entre sus dedos, lo cual no se crea sucediese sin misterio alguno, puesto que era para que fuese claro a todos que aquella era verdaderamente la Hostia que estaba en las manos del mismo sacerdote celebrante cuando fue elevada sobre el cáliz”[2]. Es decir, toda la Hostia consagrada se convirtió en músculo cardíaco vivo, del cual brotaba sangre fresca, excepto la parte de la Hostia que estaba sostenida por las manos del sacerdote, y esto para que fuera patente que el milagro se producía en la misma Hostia que consagraba el sacerdote.
         Debido a que el Papa Urbano IV se encontraba en la cercana localidad de Orvieto, el Padre Pedro decidió trasladarse a esta ciudad para comunicarle acerca del prodigio sucedido en la misa. Enterado el Papa, envió al obispo de Orvieto en persona a Bolsena, para que comprobara la veracidad de la historia y recuperara las reliquias. Luego, el Papa Urbano IV reconoció el milagro -la venerada reliquia fue llevada en procesión y se dice que el Pontífice, al ver el milagro, se arrodilló frente al corporal y luego se lo mostró a la población- y el 11 de agosto 1264 instituyó para toda la Iglesia la actual fiesta litúrgica, llamada Corpus Christi, a partir de la fiesta Corpus Domini -existente desde 1247 y que se celebraba sólo en la diócesis de Lieja, en Bélgica-, para celebrar la Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Además, el Papa decidió encomendar a Santo Tomás de Aquino la tarea de preparar los textos del Oficio y de la Misa de la fiesta, y se estableció que el Corpus Christi se celebre en el primer jueves después de la octava de Pentecostés[3].
El asombroso prodigio sobrenatural se produjo en momentos en que habían comenzado a circular creencias falsas en la Eucaristía, como las propagadas por un tal Berengario de Tours, quien sostenía erróneamente que la presencia de Cristo en la Eucaristía no era real, sino sólo simbólica: el milagro no solo contrastó esta falsa tesis, sino que confirmó, de una manera asombrosa, la enseñanza de la Iglesia desde el inicio, es decir, que Jesús está Presente real, verdadera y substancialmente en la Eucaristía.
El milagro eucarístico de Orvieto es un recordatorio sobrenatural, dado por el cielo mismo, de la verdad profesada desde siempre por la Iglesia: Jesucristo, Dios Hijo en Persona, el Creador del universo visible e invisible, viene a nosotros y se entrega en la Eucaristía, en cada Eucaristía. Por medio de este milagro, sensible y visible, Pedro de Praga experimentó un gran milagro y su fe fue grandemente enriquecida; sin embargo, Jesús mismo dice: “Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Esto quiere decir que no debemos pretender que suceda el milagro visible nuevamente, en cada Santa Misa, porque nos basta que haya sucedido una vez, ya que confirma la fe de la Iglesia, de que el Hombre-Dios Jesucristo está realmente Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Sagrada Eucaristía. Y si el milagro nunca hubiera sucedido, debería bastarnos para creer firmemente, el testimonio de la Iglesia que, asistida por el Espíritu Santo, nos enseña esta verdad. Lo que nos enseña la Iglesia es que, por las palabras de la consagración, pronunciadas por el sacerdote pero en las que va la virtud misma de Jesucristo, que las pronuncia también a través del sacerdote, se produce el milagro de la conversión de las substancias muertas y sin vida del pan y del vino, en las substancias vivas y gloriosas del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Así nos enseña San Ambrosio: “(En la) consagración divina (…) actúan las palabras del Señor y Salvador en persona (…) Porque este sacramento que recibes (la Eucaristía) se realiza por la palabra de Cristo (…) Era real la carne de Cristo que fue crucificada y sepultada; es, por tanto, real el sacramento de su carne (…) Que nuestra mente reconozca como verdadero lo que dice nuestra boca, que nuestro interior asienta a lo que profesamos externamente”[4].
De esta manera, el milagro de Bolsena-Orvieto nos confirma nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, pero también nos sirve para que nos demos cuenta de cómo actúa en nosotros al comulgar el Cuerpo y la Sangre gloriosos de Jesús Eucaristía, para lo cual podemos comparar a nuestros corazones con el piso de mármol en el que cayó la sangre del milagro de Bolsena-Orvieto: nuestros corazones son muchas veces como el mármol en el que cayó la sangre del milagro: fríos, duros y sin vida; pidamos entonces que la Sangre Preciosísima de Jesucristo, que ingresa en nosotros por la Comunión Eucarística en gracia, penetre nuestros corazones y los impregne, tal como sucedió con la sangre del milagro, que impregnó el mármol, pero, a diferencia de la sangre del milagro, que no cambió el mármol, porque este siguió siendo frío, duro y sin vida, la Sangre de Jesús, al caer en nuestros corazones por la Comunión Eucaristía, los vivifica, llenándolos de la vida, la luz, el calor y el Amor del Espíritu Santo.
En cada Santa Misa, delante de nuestros ojos, se produce de modo invisible, luego de las palabras de la consagración, el milagro de la Transubstanciación, por el cual el pan se convierte en la substancia del Cuerpo de Cristo y el vino en la substancia de la Sangre de Cristo, y aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, sí podemos “verlo” con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, y el milagro de Bolsena-Orvieto nos confirma que esta fe de la Iglesia -que es nuestra fe- en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, es verdadera.
Por último, Cristo Jesús hace este milagro sólo para darnos su Amor, el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón Eucarístico, entonces nosotros, al comulgar su Cuerpo y su Sangre, debemos hacerlo también con amor, adorando profundamente su Presencia Eucarística, como dice San Agustín: “Nadie coma el Cuerpo de Cristo si no es adorador”. No nos acerquemos a comulgar sin antes hacer un acto de profundo amor y adoración interior al Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.





[2] Cfr. http://www.therealpresence.org/eucharst/mir/spanish_pdf/Bolsena-spanish.pdf
[3] La liturgia de Santo Tomás de Aquino liturgia acompañaría la Bula Transiturus de hoc mundo ad Patrem. A su vez, las reliquias del milagro se conservan en la catedral de Orvieto. En la Capilla del Corporal se venera la Hostia Santa, el corporal y el purificador. En 1338 se colocaron en el relicario de Ugolino di Vieri, donde se encuentran actualmente. El relicario se colocó, a partir de 1363, sobre el altar de mármol que se encuentra en la misma capilla. El altar donde ocurrió el milagro fue colocado, desde la primera mitad del siglo XVI , en el atrio de la basílica subterránea de Santa Cristina en Bolsena. En Bolsena se conservan en sus respectivos relicarios las lápidas de mármol manchadas con la Sangre del Milagro.
[4] Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre los misterios.
(Núms. 52-54. 58: SC 25 bis, 186-188. 190