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sábado, 19 de febrero de 2022

“No se dejen llevar de la levadura de los fariseos”

 


“No se dejen llevar de la levadura de los fariseos” (Mt 16. 5-23). El consejo de Jesús a sus discípulos se entiende en su sentido sobrenatural, cuando se comprende qué quiere decir Jesús con “levadura”: la “levadura”, espiritual y simbólicamente, es la soberbia y el orgullo. Así como la levadura fermenta la masa y hace que ésta se hinche e infle, aumentando su tamaño, así la soberbia y el orgullo, actuando sobre el alma, hacen que ésta se hinche y se infle, creyéndose ser más de lo que es, una simple creatura que, por añadidura, es pecado, como lo dicen los santos: “Somos nada más pecado”.

El pecado de soberbia es de especial gravedad porque además de ser el origen de muchos otros pecados, la soberbia hace que el alma sea partícipe del pecado capital del demonio en el cielo, que fue precisamente la soberbia, al pretender, irracionalmente, ser más que Dios.

El soberbio es partícipe y cómplice de modo particular del demonio y su pecado y es por eso que merece la advertencia por parte de Jesús, de que rectifique su camino hacia la dirección opuesta, que es la humildad: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Al pecado de soberbia se le opone entonces la virtud de la humildad, porque con esta virtud el alma se asemeja al Sagrado Corazón de Jesús, que es “manso y humilde”.

Pidamos por lo tanto la gracia de evitar a toda costa el pecado de soberbia y pidamos también la gracia de participar de la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

jueves, 11 de febrero de 2021

“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”

 


“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes” (Mc 8, 14-21). Para comprender la recomendación de Jesús a sus discípulos, hay que tener en cuenta que la levadura es la soberbia: así como la levadura, mezclada con la harina, hace que esta aumente su tamaño, así la soberbia, al entrar en el alma, hace que esta aumente su egolatría, hasta el punto de pensar que está por encima de Dios y de los hombres. Es lo contrario a la humildad y a lo que Jesús pide en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Es también la soberbia el pecado capital del Ángel caído, pecado que le valió la expulsión para siempre del cielo y de la Presencia de Dios Trino y el que comete el pecado de soberbia, en cierto sentido participa del pecado de soberbia cometido por el Demonio en los cielos.

La soberbia es un pecado capital, porque es el mayor acto de malicia que puede el alma cometer libremente: por la soberbia, el alma no solo desplaza a Dios de su corazón, sino que se entroniza a sí misma, dejando de adorar a Dios y comenzando a adorarse a sí misma. Esta es la peor decisión que pueda una persona tomar, porque se priva libre y voluntariamente de la fuente de luz y de vida eterna que es Dios, para sumergirse en un abismo de tinieblas y de muerte espiritual; de ahí el consejo de Jesús de imitarlo a Él, que es “manso y humilde de corazón”, porque por la humildad y la mansedumbre el hombre se reconoce como lo que es, un pecador, y se postra ante la majestad de Dios, adorándolo como a su Dios, su Creador, su Salvador y su Santificador.

“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”. La mejor forma de cuidarnos de la levadura de los fariseos y de la Herodes, esto es, la soberbia, es imitar a Jesucristo, que es “manso y humilde de corazón”. Éste debe ser nuestro plan de vida cristiano, no para un día o dos, sino para todos los días que nos queden por vivir en la tierra, hasta el feliz encuentro con Jesucristo, por su misericordia, en el Reino de los cielos.

martes, 18 de febrero de 2020

“¿Todavía no comprenden?”




“¿Todavía no comprenden?” (Mc 8, 14-21). Mientras están con Jesús en la barca, los discípulos se dan cuenta de que han llevado un solo pan, lo cual es insuficiente para todos y cuando Jesús les dice que se cuiden de levadura de fariseos y de la Herodes, piensan que Jesús les dice eso porque no han llevado pan. Esto lleva a una reacción de Jesús, en la que les reprocha el hecho de que no entienden ni sus palabras ni sus milagros y para esto Jesús trae a la memoria el milagro de la multiplicación de panes; cuando termina de recordárselos, les dice: “¿Y no acabáis de entender?”. ¿Qué es lo que les reprocha Jesús? Como dijimos, que sus discípulos no entienden ni sus palabras, ni sus acciones. No entienden sus palabras, porque cuando se refiere a que se cuiden de la levadura de los fariseos y de Herodes, no lo hace porque ellos se olvidaron el pan, sino que les está significando que se cuiden de la soberbia que hay en los corazones de los fariseos y en Herodes, simbolizada en la levadura; cuando trae a colación el milagro de la multiplicación de los panes, es para que ellos tomen conciencia de que “no sólo de pan vive el hombre” y que más que alimentarse con el pan terreno, el discípulo de Jesús tiene necesidad de alimentarse con el Pan de la Palabra de Dios, que sale de su boca; además, es para recordarles que Él es el “Pan Vivo bajado del cielo” y por eso necesitan alimentarse de Él, que es la Palabra de Dios encarnada, más que del pan terrenal.
“¿Todavía no comprenden?”. Muchos cristianos son como los discípulos: viven enfrascados en preocupaciones terrenas y se dicen cristianos, pero todavía no comprenden que el verdadero alimento es Jesús, la Palabra de Dios encarnada en la Sagrada Eucaristía.
La pregunta va dirigida también a nosotros: ¿todavía no comprendemos que el alimento del alma es el Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía?

lunes, 17 de febrero de 2014

“Ustedes tienen la mente enceguecida”


“Ustedes tienen la mente enceguecida” (Mc 8, 14-21). Todo en este Evangelio gira alrededor del pan: Jesús usa una figura, la levadura, utilizada en la elaboración del pan, para advertirles a sus discípulos que se cuiden de la envidia y de la soberbia, que hincha e infla el corazón humano, así como la levadura hincha e infla la masa que luego de cocida proporcionará el pan: “Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”.
El Evangelio gira alrededor del pan también porque mientras Jesús les está dando consejos de orden espiritual, los discípulos están preocupados por el pan, pero el pan material, ya que es esto lo que destaca el evangelista: “Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan”. Precisamente, esta excesiva preocupación por lo material es lo que enoja a Jesús y motiva su durísimo reproche: “¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen”. Es decir, Jesús pretende darles una enseñanza espiritual, pero ellos no son capaces de levantar sus ojos más allá de la materia.

“Ustedes tienen la mente enceguecida”. Muchas veces nuestro corazón se hincha por la levadura de los fariseos y la de Herodes, la envidia y la soberbia, y nos volvemos necios, vanos, soberbios y envidiosos, materialistas y orgullosos, y así no comprendemos el Evangelio del Pan, la Santa Misa, en donde está el secreto de la felicidad, la raíz de la vida, la fuente del amor, el Origen Único y Absoluto de nuestra dicha total y definitiva, nuestra Pascua Eterna, la Vida Feliz para siempre. Todavía no comprendemos que la Eucaristía es el Principio y el Fin de nuestra dicha eterna, y mientras no lo comprendamos somos, al igual que los discípulos del Evangelio, como ciegos y sordos y tenemos la mente enceguecida.

lunes, 29 de octubre de 2012

“El Reino es como la levadura que fermenta la masa”



“El Reino es como la levadura que fermenta la masa” (Lc 13, 18-21). Con la apacible figura de un ama de casa que amasa el pan, Jesús nos grafica, con admirable pedagogía divina, la existencia de la gracia y su acción sobre el alma del hombre.
 En el ejemplo, la levadura es la gracia santificante, mientras que la masa es la humanidad: así como la levadura, siendo pequeña en relación a la masa, hace que esta aumente varias decenas de veces su tamaño original, conviertiéndola en la materia apta para el pan, así también, la gracia santificante, actuando sobre el hombre, hace que este se convierta de la pequeñez de su condición humana, en hijo de Dios, lo cual supone un salto cualitativo imposible de cuantificar, ya que se vuelve partícipe de la naturaleza divina.
Y de la misma manera, a como la levadura, actuando en la masa, la vuelve apta para que, por acción del fuego, se convierta en pan, y así la mujer lo lleve a la mesa para ser comido, así la gracia santificante, actuando sobre la naturaleza humana, la vuelve apta para ser trigo de Dios que, consumido por el Fuego del Espíritu Santo, y cocido en ese el horno ardiente de caridad que es el Sagrado Corazón de Jesús, sea ofrecido por María Santísima en holocausto, ante el altar de Dios, como hostia santa.