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martes, 11 de abril de 2023

Jueves de la Octava de Pascua

 



         En este Evangelio (Lc 24, 35-48) podemos destacar dos momentos en relación a Jesús y a los discípulos. En relación a los discípulos, cuando Jesús resucitado se les aparece en medio de ellos, repiten la misma actitud de los demás, como por ejemplo, los discípulos de Emaús o María Magdalena: no reconocen a Jesús, a pesar de haber compartido con Él los años de predicación pública, a pesar de haber sido testigos de sus milagros, etc. En este caso en particular, “se llenan de temor y lo confunden con un fantasma”. Este desconocimiento es debido a que no poseen la luz del Espíritu Santo, que es lo que permite ver a Jesús y no a un fantasma o a un desconocido.

         Con relación a Jesús, hay dos acciones claves en esta aparición: primero, les infunde el Espíritu Santo, iluminando sus inteligencias, de manera que ellos puedan reconocer a Jesús resucitado, con su Cuerpo glorificado y lleno de la vida divina; luego, el envío a misionar que hace Jesús a su Iglesia naciente: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de todo esto”. También Jesús resucitado había dicho: “Vayan por todo el mundo anunciando el Evangelio a todas las naciones”. Es muy importante tener en cuenta estas palabras de Jesús, porque son el fundamento de la actividad misionera de la Iglesia; son el fundamento de la aprobación, por parte de la Iglesia, de la Conquista y Evangelización de América por parte de España, puesto que la Conquista y Evangelización no se trata de imposición de culturas, como si la cultura española-europea se hubiera impuesto por la fuerza sobre la cultura indígena, sino que se trata del cumplimiento de la orden del Hombre-Dios Jesucristo de evangelizar a las naciones con la Buena Noticia de la Encarnación del Hijo de Dios y de su misterio salvífico, puesto que la tierra, desde la caída de Adán y Eva, estaba cubierta por las tinieblas vivientes, los ángeles caídos y bajo el dominio cruel e implacable del Príncipe de las tinieblas, Satanás: la Conquista y Evangelización supone transmitir esta Buena Noticia de la salvación en Cristo Jesús a todas las naciones de la tierra, ya que al morir en Cruz en el Calvario, Jesucristo derrotó a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y el Mundo y además abrió las puertas del Reino de los cielos para todos aquellos que quisieran seguirlo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.

         La Conquista y la Evangelización de América, por parte de España y la tarea evangelizadora de la Iglesia sobre todas las naciones, son un mandato directo del Hombre-Dios Jesucristo y es por esto que sería una gran temeridad oponerse a este mandato divino.

viernes, 2 de abril de 2021

Jueves de la Octava de Pascua

 



(Ciclo B – 2021)

         “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 35-48). La frase evangélica es clave para entender el comportamiento completamente humano de incredulidad que muestran la totalidad de los discípulos –María Magdalena, los discípulos de Emaús, el Colegio Apostólico, etc.- ante la visión de Jesús resucitado. Solo cuando Jesús resucitado, soplando sobre ellos el Espíritu Santo, “les abre el entendimiento”, solo así los discípulos se vuelven capaces de superar el estrecho límite del razonamiento humano y de la fe humana, basada en el testimonio de la razón y de los sentidos, en una fe absolutamente sobrenatural, celestial, proveniente en cuanto tal de lo alto, del mismo Dios. Hasta antes de que esto ocurra, es decir, hasta el momento previo en el que Jesús, con su Espíritu, “les abre el entendimiento”, la comprensión de los discípulos, en cuanto a las Escrituras y en cuanto a los misterios de la vida de Jesús, no supera los estrechísimos límites de la razón humana. Es decir, creen en Jesús, pero con una fe humana, no celestial y por eso, en lo más profundo de ellos mismos, a pesar de declararse cristianos y seguidores de Cristo, no creen en Cristo Dios, sino en un cristo humano, que como todo humano muere, pero no puede resucitar por sí mismo. Esta fe humana es una fe racionalista, que por el hecho de ser humana, es sumamente limitada e incapaz de contemplar el misterio salvífico de Muerte y Resurrección de Jesús y es lo que explica que, al encontrarse con Jesús resucitado, o no lo reconozcan, o lo confundan con el jardinero –como María Magdalena-, o con un forastero –como los discípulos de Emaús-, o con un fantasma –como los Once-, pero de ninguna manera sean capaces de reconocerlo como a Dios Hijo encarnado que ha muerto en cruz y ha resucitado, venciendo a la muerte para siempre.

         “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Jesús no se nos aparece como a los discípulos en el Evangelio, pero sí se nos aparece, cada vez, en cada Santa Misa, oculto en las apariencias de pan y vino, sucediéndonos –en la mayoría de los casos- como a los discípulos del Evangelio: porque racionalizamos la fe, porque reducimos la fe católica que nos enseñan el Magisterio, los Padres de la Iglesia y la Tradición, a la limitada capacidad de nuestra razón humana, es que no podemos contemplar a Jesús, resucitado y glorioso, en la Eucaristía. Es por eso que, al igual que los discípulos del Evangelio, también nosotros necesitamos que Jesús sople su Espíritu Santo sobre nuestros intelectos para que comprendamos que la Palabra de Dios no solo se ha encarnado, sino que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Solo así nuestros corazones podrán arder, con el Fuego del Espíritu Santo, al entrar en contacto con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

domingo, 12 de abril de 2020

Jueves de la Octava de Pascua


La paz sea con vosotros" - Católicos - Hello Foros - La Comunidad ...

(Ciclo A – 2020)

“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). En este Evangelios, Jesús resucitado se aparece a los discípulos reunidos en conjunto y esto tiene un significado eclesiológico, ya esta aparición de Jesús resucitado representa, para la Iglesia, tanto un programa de vida en el que se incluye el mandato de ir a misionar.
Un dato recurrente en las apariciones de Jesús es el recordarles su Palabra, sobre todo aquellas en las que les profetizaba su Pasión, Muerte y Resurrección: de modo análogo, el cristiano en sí mismo y la Iglesia en su totalidad, deben tener siempre presentes, en la mente y en el corazón, la Palabra de Dios, encarnada en Cristo, que ha llevado a cabo su misión redentora por medio del misterio pascual de Muerte y Resurrección. La Palabra de Cristo, la Palabra de Dios, debe ser el alimento espiritual esencial de todo cristiano, así como de la Iglesia en su totalidad.
Cuando Jesús se les aparece, los discípulos -esto es, la Iglesia como Cuerpo Místico- se encuentran “hablando de Jesús”, lo cual es un ejemplo para el cristiano de cualquier tiempo que sea, puesto que este “hablar de Jesús” es como la figuración de la oración dirigía a Jesús, que la Iglesia lleva a cabo en todo tiempo y lugar. Por otra parte, el “hablar de Jesús”, esto es, el orar, el hacer oración, es una ocasión para que Jesús se manifieste en Persona, aun cuando no lo veamos, según sus propias palabras: “Cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre, allí estoy Yo”. La oración es, para la Iglesia, la ocasión para la manifestación de Jesús resucitado.
Y del mismo modo a como los discípulos se ven embargados por la alegría cuando contemplan a Jesús resucitado, una alegría tan grande dice el Evangelio que los hacía “resistir a creer”, así el cristiano y también la Iglesia, cuando oran, reciben de Jesucristo su Espíritu, el Espíritu Santo, quien les comunica una alegría que no es de este mundo, sino sobrenatural, pues se origina en el mismo Acto de Ser divino trinitario, que es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de los santos: “Dios es Alegría infinita”[1].
De esta manera, tanto la oración, como la lectura de la Palabra de Dios, son ocasiones para que el alma se llene de una alegría desconocida porque viene de Dios o, mejor dicho, para que el alma se llene de Dios, que es Alegría infinita y eterna.
En el Evangelio, Jesús resucitado realiza una acción sobre la Iglesia reunida en oración: “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y cuando esto hace, los transforma en algo más que discípulos: los convierte en “testigos” de su Misterio Salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, el encuentro con Jesús lleva a la Iglesia a no quedarse para ella, de modo egoísta, con la novedad de que Jesús ha muerto y resucitado, sino que la impulsa a transmitir al mundo entero aquello de lo que la Iglesia ha sido testigo: que Jesús ha muerto en Cruz, que ha derrotado a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, la muerte y el demonio- y que ha conseguido para los hombres la gracia santificante, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los cielos.
“Ustedes son testigos de todo esto”. Así como Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les comunica de la Alegría de su Corazón traspasado y los convierte en testigos y misioneros, así también, cada vez que adoramos a Cristo en la Eucaristía o cada vez que comulgamos, se renueva para nosotros el don del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos de la Pasión y Muerte de Jesús ante el mundo: “Ustedes son testigos de todo esto”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

miércoles, 24 de abril de 2019

Jueves de la Octava de Pascua



(Ciclo C – 2019)

         “Creían ver un espíritu” (Lc 24,35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos, pero estos, al no tener experiencia de la resurrección y al no haber visto nunca a un cuerpo resucitado, ahora que lo ven a Jesús, reaccionan con temor y pensando que “era un espíritu”: “Creían ver un espíritu”. Sin embargo, entre otras cosas, lo que queda de manifiesto en este evangelio es la realidad del Cuerpo resucitado de Jesús: para que se convenzan que es Él en persona, con su propio Cuerpo –el mismo que tenía antes de morir, pero ahora resucitado-, los invita a que lo vean y a que palpen su Cuerpo, para que terminen de darse cuenta de que es Él en Persona y no un espíritu o un fantasma: “Y él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Jesús los insta a que palpen sus manos y sus pies y así comprueben, por sí mismos, que es Él y no un espíritu, porque un espíritu no tiene “carne y huesos”, como los tiene Él. “Carne y huesos” de resucitado, pero carne y huesos al fin. Luego, para darles otra prueba de que es Él y no un espíritu, les pide de comer: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. Con esta prueba de la comida, los discípulos se convencen de que es Jesús en Persona, con la realidad de su Cuerpo resucitado y no un espíritu. Ahora, pasan del temor a la alegría extrema y es precisamente la alegría de ver a Jesús resucitado el otro componente de la reacción de los discípulos: “No acababan de creer por la alegría”. Se trata de una alegría no mundana, no originada por las cosas del mundo, sino de una alegría que emana del Ser divino de Jesús, que en cuanto tal es la “Alegría Infinita” y la “Alegría Increada”.
         “Creían ver un espíritu”. Jesús resucitado no se nos aparece visiblemente; sin embargo, se nos aparece real y verdaderamente, con su Cuerpo resucitado, oculto en la Eucaristía. Si alguien escribiera la reacción de quienes asisten a Misa y su relación y reacción con la Eucaristía, probablemente escribirían: “(Al ver la Eucaristía) creían ver un poco de pan bendecido”. La Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino Jesús resucitado, vivo y con su Cuerpo glorioso, lleno de la vida, de la luz y del Amor de Dios. Y a diferencia de los discípulos, Jesús no nos pide de comer pez asado, sino que nos da a comer de la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, lo cual es motivo de alegría celestial, sobrenatural, para el alma y para la Iglesia toda.

jueves, 20 de abril de 2017

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). Una característica que sobresale entre los discípulos a los que se les aparece Jesús resucitado, es la alegría, tal como lo señala este Evangelio: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Es la alegría que experimenta María Magdalena, y es la alegría que experimentan los discípulos de Emaús. Ahora bien, no se trata de una alegría terrena, mundana, sino de una alegría celestial, sobrenatural, que se desprende del mismo Jesús resucitado por cuanto Él, que es Dios Hijo encarnado, es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes; Jesús es la Alegría Increada y por lo tanto, la causa de toda verdadera y buena alegría en la creatura. En este caso, Él en Persona es la causa de la alegría celestial que experimentan los discípulos del Cenáculo.
Ahora bien, no es una alegría desconectada de la Pasión y de la Cruz, tal como Jesús mismo se encarga de recordarles a los discípulos, tanto a los de Emaús, como a los que se les aparece en el Cenáculo: Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”. La alegría de la Resurrección del Domingo en el sepulcro, está íntimamente unida al dolor de la Pasión del Viernes Santo, en el Calvario y esa es la razón por la cual, para el cristiano, no puede haber alegría verdadera si no se origina en la cruz, y es la razón por la cual la cruz, para el cristiano, no es desesperación, sino serena alegría, porque al dolor de la cruz le sucede la alegría de la Resurrección.
Otra característica que se repite en las apariciones de Jesús resucitado, es la iluminación sobrenatural sobre los discípulos, necesaria para poder aprehender el misterio sobrenatural de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo: “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”.

“Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si estuviéramos iluminados por el Espíritu Santo, sea al momento de comulgar o al momento de hacer la Adoración Eucarística, también de nosotros se debería decir lo mismo, al contemplar el misterio de la Presencia de Jesús resucitado en la Eucaristía: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”.

jueves, 31 de marzo de 2016

Jueves de la Octava de Pascua



         “La paz sea con vosotros” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de los discípulos y les dice: “La paz sea con vosotros”. No se trata de un mero saludo, sino del efectivo don de la paz, uno de los más preciados frutos de su misterio pascual de Muerte y Resurrección, puesto que se trata de la paz verdadera, la paz interior del alma, la paz de Dios, no la paz del mundo; es la paz que sobreviene al alma no solo porque han sido derrotados para siempre los tres enemigos mortales que quitaban la paz al hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, sino que es la paz sobrenatural, celestial, que brota del Ser divino trinitario, que es la Paz Increada en sí misma. La paz que da Cristo resucitado, tiene entonces una doble vertiente: el hombre se llena de paz porque ya no es enemigo de Dios porque sus pecados han sido borrados con la Sangre de Cristo; porque el Demonio y la Muerte, que le quitaban la paz, han sido vencidos para siempre por la cruz de Jesús, y porque su alma se inunda con la paz misma de Dios, con Dios, que es un Dios pacífico –no pacifista- y de paz.
         La reacción de los discípulos –entre los que se encuentran los discípulos de Emaús, quienes están precisamente relatando su encuentro con Jesús resucitado al momento de aparecérseles Jesús- es la misma de todos: incredulidad –no creen que Jesús haya resucitado, aún cuando lo están viendo-, miedo –al punto que Jesús mismo les debe decir que no tengan miedo-, dudas –lo confunden con un fantasma, a pesar de que están viendo su Cuerpo glorioso-, y también están incapacitados, al igual que María Magdalena en el Huerto, al igual que los discípulos de Emaús en el camino, de reconocer a Jesús resucitado, y la razón es que la naturaleza humana no puede, por sí misma, ni comprender la realidad de la Resurrección, ni contemplar la gloria de Dios, que se manifiesta a través del Cuerpo glorioso de Jesús: necesitan la luz del Espíritu Santo, infundida por Jesucristo, para que sean capaces de creer, aceptar y amar la realidad de la Resurrección. Esto es lo que explica lo que dice el Evangelio: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Jesús “abre el entendimiento” de los discípulos, para que puedan “comprender las Escrituras” y, consecuentemente, puedan contemplarlo a Él en cuanto resucitado. Esto significa que es necesario el don del Espíritu Santo para que el alma humana pueda, por medio de la luz divina, comprender, creer y amar los misterios de la vida de Jesús y su evento pascual redentor. Si no se produce esta intervención del Espíritu de Dios, que ilumina las mentes y los corazones para que sean capaces de contemplar el misterio sobrenatural absoluto del Hijo de Dios, encarnado, muerto en cruz y resucitado, se piensa y se cree sólo con categorías humanas, reduciendo el misterio de Jesucristo a lo que la razón humana puede comprender y reduciendo por lo tanto el cristianismo a un sistema de auto-ayuda y superación personal.
Lo mismo sucede con la Presencia de Jesús resucitado, vivo y glorioso en la Eucaristía: si no está la luz del Espíritu Santo, los bautizados se comportan, con respecto a Jesús Eucaristía, como los discípulos ante la aparición de Jesús: hay dudas sobre la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía; se piensa que es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa; se confunde la Presencia gloriosa de Jesús en la Eucaristía con una presencia simbólica. En definitiva, si no media la iluminación del Espíritu de Dios acerca de la Eucaristía, se reduce su Presencia a lo que la razón humana puede comprender, lo cual significa, en la práctica, reducir a la nada el misterio eucarístico y convertir al cristianismo en un psicologismo que lo único que persigue es la auto-superación personal.

“La paz sea con vosotros”. Desde la Eucaristía, Jesús resucitado nos comunica la paz de su Sagrado Corazón, la misma paz que comunicó a los discípulos luego de resucitado, y es la paz que fundamenta nuestra paz interior y que nos obliga, en el Amor de Dios, a dar la paz a nuestros hermanos, comenzando por aquellos que son nuestros enemigos, por algún motivo circunstancial. Pero para poder comprender el don de la paz de Jesús Eucaristía, es necesario que Jesús “abra nuestras mentes y corazones” con la luz del Espíritu Santo, y es por eso que le decimos a Jesús Eucaristía: “Ven, Señor Jesús (Ap 2, 20), aumenta mi fe (Mc 9, 23) en tu gloriosa resurrección y en tu gloriosa Presencia Eucarística, para que pueda yo ser un instrumento de paz celestial para mis hermanos”.

jueves, 9 de abril de 2015

Jueves de la Octava de Pascua


Jesús resucitado se aparece a sus discípulos 
(Duccio di Buoninsegna)

(2015)
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, en medio de ellos; les habla, les dice que lo toquen, que lo vean, les pide algo para comer; en definitiva, se muestra con su Cuerpo glorioso y resucitado. La aparición de Jesús, en medio del Cenáculo, tiene como finalidad probar la realidad de la Resurrección: Jesús resucitó realmente con su Cuerpo real, así como murió realmente con su Cuerpo real; así como su Cuerpo murió realmente en la cruz, porque quedó privado realmente de vida, así realmente quedó pleno de la gloria, de la vida y del Amor divinos en la Resurrección.
Es importante mantener firmes la fe tanto en la realidad de la muerte en cruz, como en la de la resurrección, porque ambas realidades se continúan y prolongan en el misterio eucarístico de la Santa Misa: la Santa Misa es, por un lado, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual Jesús entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz, y por eso la Misa es una prolongación del Viernes Santo, del Sacrificio en Cruz del Viernes Santo; pero al mismo tiempo, lo que consumimos en la Hostia consagrada, no es el Cuerpo muerto de Jesús en la Cruz el Viernes Santo, sino el Cuerpo vivo y glorificado de Jesús, lleno de la luz, de la gloria, de la vida y del Amor divinos, el mismo Cuerpo resucitado del Domingo de Resurrección, de manera tal que la Santa Misa es también una continuación y prolongación del Domingo de Resurrección.
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Jesús resucitado se aparece en medio de los discípulos; a nosotros, se nos aparece también, en medio de la asamblea eucarística, por el poder del Espíritu Santo, que por la transubstanciación, convierte el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Al asistir a la Santa Misa, entonces, asistimos a un misterio sobrenatural que sobrepasa con mucho a la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, porque a nosotros no nos pide de comer, como a los discípulos en el cenáculo, sino que nos da de comer su Cuerpo sacramentado; a nosotros no se nos aparece en medio de una habitación, sino en medio de la Santa Misa, en el Altar Eucarístico, por el poder del Espíritu Santo, que convierte las materias inertes del pan y del vino en su Cuerpo resucitado; a nosotros no nos pide que toquemos su Cuerpo, sino que nos da de comer su Cuerpo sacramentado y con su Cuerpo sacramentado, nos da su Amor misericordioso.

Los discípulos, ante su Presencia personal, de resucitado, reaccionan con tanta “alegría y admiración”, que “no lo pueden creer”: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. ¿Cómo reaccionamos nosotros a su Presencia Eucarística? ¿Con la misma admiración y alegría? ¿Damos alegre testimonio, aun en medio de las tribulaciones de la vida, de su Presencia Eucarística? ¿O reaccionamos ante esta Presencia, por el contrario, con indiferencia y apatía?

miércoles, 23 de abril de 2014

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2014)
         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). El Evangelista destaca dos reacciones en los discípulos ante la aparición de Jesús resucitado: “admiración” y “alegría”. Se trata de dos aspectos completamente descuidados por los cristianos y que son los responsables del ateísmo y de la secularización en la que ha caído el mundo moderno. La “admiración” es la capacidad de contemplar la realidad y descubrir en ella el misterio que la envuelve. Según Aristóteles, la admiración es el principio del filosofar; sin admiración, el hombre solo mira la superficie de la realidad, sin adentrarse en lo profundo, como el que navega por el mar, pero no se sumerge en él para bucear en la profundidad. Si la admiración es necesaria en la vida natural, en lo sobrenatural se da de modo espontáneo, puesto que la contemplación del Ser trinitario provoca admiración en la creatura, dada la extraordinaria majestad y hermosura que posee en sí mismo el Ser trinitario. Con respecto a la alegría, es un aspecto que también ha sido descuidado por el cristianismo, puesto que por lo general, el cristianismo ha sido presentado con un rostro demasiado duro, sin alegría, o, en el extremo opuesto, con una alegría sosa, rayana en la bobería y en la superficialidad, siendo los dos anti-testimonios del verdadero cristianismo. En el caso de la escena evangélica, se dan el verdadero asombro y la verdadera alegría, que son el asombro y la alegría sobrenaturales: los discípulos contemplan a Jesús, resucitado y glorioso, y no caben en sí de la alegría y el asombro; están tan maravillados, que no pueden creer lo que contemplan y esto es lo que les sucede a los ángeles y a los santos en el cielo, en la visión beatífica en el cielo: la contemplación del Ser trinitario, de su hermosura, causa tanta admiración y gozo, que literalmente la creatura, sea angélica o humana, sería aniquilada por el gozo y la alegría, si no fuera auxiliada por la gracia. En otras palabras, para contemplar la hermosura de la Santísima Trinidad, es necesario el auxilio de la gracia santificante, para no morir de gozo y de alegría, y esto para el ángel y para el santo, no solo para el simple mortal. De igual modo, los discípulos en el cenáculo, deben ser auxiliados por la gracia, para no morir de la alegría.

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si alguien escribiera la reacción, al menos interior, de los cristianos que adoran la Eucaristía -y de los que asisten a la Santa Misa, porque el que asiste a Misa, debe adorar la Eucaristía-, debería describir la misma reacción experimentada por los discípulos ante Jesús resucitado. Y los que se encuentran cotidianamente con los que adoran la Eucaristía -y asisten a Misa-, deberían experimentar la misma alegría y el mismo asombro, como si se encontraran con Jesucristo en Persona, porque la contemplación y adoración de Cristo tiene esa finalidad: la transformación de la persona en Cristo: “Ya no soy yo, sino Cristo, quien vive en mí” (Gal 2, 20). Esto es lo que sucedía en los santos, en quienes se daba el triunfo completo de Cristo, porque para eso ha venido Cristo: para que muera el hombre viejo y para que nazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia. En otras palabras, el que se encuentra con un adorador -y con el que comulga la Eucaristía-, debería experimentar el gozo y la alegría de encontrar al mismo Cristo.