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miércoles, 8 de marzo de 2017

“Si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes”


“Si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6, 7-15). El fundamento del perdón cristiano no se basa ni el paso del tiempo, ni en la bondad de la persona ofendida que, precisamente por su bondad y buena voluntad, decide perdonar a quien lo ofendió. El perdón cristiano tiene su origen en la Trinidad, porque es Dios Padre quien, para perdonar a la humanidad, envía, por medio de su Amor, el Espíritu Santo, a su Hijo Dios, Jesús, para que muriendo sobre la cruz, lave los pecados de los hombres y les conceda la gracia de la filiación divina. En otras palabras, el fundamento del perdón cristiano es el perdón divino de Dios Padre, que llevado por su Amor, el Espíritu Santo, entrega a su Hijo en la cruz para perdonarnos a todos y cada uno de los hombres. Debido a que se trata de un perdón de origen celestial y divino, para que el cristiano pueda perdonar a su prójimo como Dios quiere, debe ante todo, meditar él mismo, a los pies de la cruz de Jesús, acerca del perdón recibido personalmente por él desde la cruz; luego, con ese  mismo perdón, perdonar a su vez a su prójimo que lo ha ofendido. Sólo así imitará y participará del perdón del Padre a los hombres, y sólo así se hará merecedor del perdón del Padre. Pero si el cristiano se niega a perdonar con el mismo perdón con el cual el Padre lo perdonó a él mismo desde la cruz, o si perdona por solo motivos humanos, no recibirá el perdón divino que creía haber recibido, o bien le será quitado si es que ya lo había recibido: “Si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes”.

jueves, 13 de agosto de 2015

“Perdona setenta veces siete”


“Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-19, 1). Pedro le pregunta a Jesús “cuántas veces debe perdonar a su prójimo”; llevado por la casuística judía, completa su pregunta diciéndole si debe hacerlo “hasta siete veces”, puesto que el número siete era considerado un número perfecto para los hebreos. De esta manera, Pedro pensaba que así, perdonando hasta siete veces, a la octava vez ya podía aplicar la Ley del Talión, que mandaba la venganza: “Ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, Pedro no ha comprendido todavía el alcance del Amor de Dios, reflejado en las palabras de Jesús: “No te digo que perdones siete veces, sino setenta veces siete”. Con esto, Jesús no solo va más allá de la casuística judía y de la Ley del Talión, sino que reemplaza este sistema casuístico de justicia-venganza, propio de la Antigua Ley, por un nuevo modo de relación entre los hombres: el Amor de Dios, que perdona “siempre”, y es esto lo que Jesús le quiere decir a Pedro cuando le dice que perdone “setenta veces siete”; quiere decirle, en realidad, que perdone “siempre”, porque “siempre” perdona Dios.
Para graficar la enormidad del Amor de Dios, que perdona la deuda imposible de cancelar del pecado, Jesús relata la parábola del rey que perdona al siervo que le debe una fortuna, el cual a su vez, no quiere perdonar a su prójimo, que le debe una insignificancia en comparación con la fortuna que él le debe al rey.
Podemos decir que la parábola es una figura del sacramento de la Penitencia, o Confesión Sacramental: el rey que perdona es Cristo Jesús, desde la cruz, al precio de su Sangre derramada; la deuda del servidor malo, imposible de pagar, representan los pecados personales de cada hombre; el hecho de que deba ser vendido junto a su mujer y a sus hijos y con todas sus posesiones, indica que la deuda es tan grande, que es imposible de saldar, que es lo que sucede con nuestros pecados, si es que queremos ser perdonados sin Jesús o al margen de Jesús; el pedido de perdón, por parte del siervo, es la confesión de los pecados, la cual sin embargo debe realizarse con verdadero propósito de enmienda y, en lo posible, con contrición del corazón, lo cual falta evidentemente en el siervo malo; el perdón del rey y la cancelación de la deuda, representan la cancelación de los pecados que Jesús nos obtiene con su sacrificio en cruz y que se nos transmite por medio del Sacramento de la Confesión.
Hasta aquí, está representado el Sacramento de la Confesión en esta parábola.
Pero en la parábola también está representado el cristiano –el mal cristiano- que se acerca a la Confesión sin el propósito de enmienda y, lo que es más importante, sin dimensionar la magnitud del perdón y del amor divinos recibidos en la Confesión Sacramental.
En efecto: inmediatamente a la representación del Sacramento de la Penitencia, sigue la representación de los cristianos que, habiendo recibido un perdón infinito por parte de Dios, desde la cruz, y habiendo sido cancelada su deuda para con Dios por pura misericordia, es decir, habiendo recibido amor y misericordia sin límites de parte de Dios –el signo y el sello del perdón de Dios es la Sangre Preciosísima de Jesús, derramada en la cruz-, el mal cristiano, olvidando lo recibido en el Sacramento de la Penitencia, en vez de perdonar a su prójimo -con el mismo perdón con el que Cristo lo perdonó desde la cruz y a través del Sacramento de la Penitencia-, que ha cometido para con él una falta –la cual siempre será pequeñísima en relación al perdón recibido de parte de Dios-, guarda sin embargo enojo, rencor, fastidio, contra su prójimo y no lo perdona, volviéndose así falto de misericordia, con lo cual se merece recibir el mismo trato de parte de Dios, según lo dicho por Jesús: “Con la misma vara con la que midáis a los demás, se os medirá a vosotros” (Mt 7, 2).

Esta falta de misericordia es lo que justifica la parte final de la parábola: el mal siervo, inmisericorde, recibe un trato sin misericordia, y es encarcelado a su vez, por haber hecho él lo mismo con su prójimo. Esto significa que, cuando no perdonamos a nuestro prójimo “setenta veces siete”, es decir, “siempre” -y esto significa que si nuestro prójimo nos ofende todos los días, lo debo perdonar todos los días- y con el mismo perdón y amor con el cual Cristo Jesús nos perdonó desde la cruz, entonces tampoco recibiremos misericordia de parte de Dios, porque se la negamos a nuestros hermanos.

jueves, 16 de enero de 2014

"Hijo, tus pecados te son perdonados"


“Hijo, tus pecados te son perdonados” (Jn 1, 29-34). Jesús le concede al paralítico una doble curación, corporal y espiritual. Corporal, porque cura su parálisis, de manera que puede incorporarse por sus propios medios; espiritual, porque le perdona sus pecados. De esta manera, demuestra doblemente su condición divina, al realizar un milagro de curación física, que solo puede ser hecho con el poder divino, y al perdonar los pecados del paralítico, lo cual es también un atributo exclusivamente divino.
Más allá de la curación real y verdadera de un hombre particular, en un momento determinado de la historia y en un lugar determinado, el episodio del Evangelio es representativo de la acción divina sobre la humanidad, que está a su vez representada en el paralítico. El paralítico representa al hombre caído en el pecado, postrado en el pecado, agobiado por el peso de la culpa, vencido por el peso del pecado, pero que mantiene sin embargo su deseo de Dios, expresado en su fe en Cristo Jesús. El paralítico tiene fe en Jesús, el Mesías de Dios: “Al ver la fe de esos hombres”, dice el Evangelio, es que Jesús se decide a obrar. El paralítico, postrado pero con fe en Jesús, es figura del hombre caído por el pecado, pero que tiene una fe viva en el Mesías Salvador, Cristo Jesús.

A su vez, la doble curación de Jesús, la corporal y la espiritual, pero sobre todo la espiritual, es una prefiguración de la curación que se verifica en el sacramento de la confesión: si bien en el paralítico la curación es doble, corporal y espiritual, en el sacramento de la confesión, es ante todo espiritual y consiste en la remoción del pecado, verdadera causa de parálisis espiritual. Y así como el paralítico, al ser curado corporalmente de la causa que le provocaba la parálisis, se dice en sentido figurado que posee una vida nueva, en el sentido de que ahora puede caminar –Jesús le dice: “Toma tu camilla y vete”-, así también el sacramento de la confesión, al curar la enfermedad espiritual del alma que es el pecado, le concede vida nueva en sentido real y no figurado, pero no simplemente porque el alma puede utilizar ahora las fuerzas naturales que antes estaban embotadas y paralizadas por el pecado, lo cual sucede en verdad –por ejemplo, la curación del pecado de la ira le permite al alma vivir en plenitud su propia mansedumbre natural-, sino porque verdaderamente le concede una vida nueva sobreantural, la vida nueva de la gracia, que es participación en la vida divina del Hombre-Dios Jesucristo –siguiendo con el ejemplo anterior, su mansedumbre no será ya la propia, sino la del Sagrado Corazón-, vida que es verdaderamente nueva y sobrenatural.
“Hijo, tus pecados te son perdonados”. En cada confesión sacramental, se renueva místicamente el Amor del Corazón de Jesús Misericordioso al alma arrepentida que se postra en busca del perdón divino.


martes, 14 de enero de 2014

“Si quieres, puedes purificarme”


“Si quieres, puedes purificarme” (Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca ante Jesús, se postra ante Él, y le suplica ser curado: “Si quieres, puedes purificarme”. La lepra era una enfermedad incurable, y aunque en la actualidad puede ser curada o al menos controlada, no pierde su carácter de temible debido a las secuelas que deja en el cuerpo humano por las lesiones que provoca, pero también por el rechazo social que estas producen. En la Antigüedad, en donde se carecía de los conocimientos científicos necesarios para combatir la enfermedad, la aparición de los primeros síntomas de lepra era indicio de muerte social, puesto que al afectado se lo marginaba inmediatamente, siendo expulsado a las periferias de los centros habitados. Además, el enfermo era consciente de que había contraído una enfermedad que habría de acompañarlo hasta la tumba, puesto que su curación era imposible por medios humanos.
El episodio del Evangelio es importante para la vida espiritual del cristiano puesto que la lepra es, bíblicamente hablando, figura del pecado: así como la lepra afecta al cuerpo, así el pecado afecta al alma, dañándola en mayor o menor medida, de acuerdo a su gravedad, y así como la lepra conduce, en sus estadios finales, a la muerte, así también el pecado mortal provoca la muerte del alma la privarla de la vida de la gracia, y de la misma manera a como la lepra es una enfermedad que para el hombre de la antigüedad era incurable -y a pesar de los avances científicos, lo sigue siendo-, así también el pecado es "incurable" humanamente, en el sentido de que es imposible de ser quitado por las solas fuerzas humanas o creaturales.
Pero si la lepra es figura del pecado, la curación que Jesús realiza sobre el leproso es figura del sacramento de la confesión: en el episodio del Evangelio, Jesús cura al leproso con su poder divino; en la confesión sacramental, Jesús derrama sobre el alma que se confiesa la Sangre que mana de sus heridas abiertas en la Cruz; en ambos casos -en la curación del leproso y en la confesión sacramental-, es su Amor infinito y eterno el que lo mueve a sanar las heridas del cuerpo y del alma del hombre, la creatura a la que Él quiere salvar a toda costa, y en ambos casos, las heridas desaparecen: desaparecen tanto las lesiones insensibles o manchas leprosas que afectan al cuerpo, cuando Jesús cura al leproso del Evangelio, como desaparece también la mancha del pecado confesado, que también es insensible, y que afecta al alma.
 “Si quieres, puedes purificarme. Lo quiero. Queda curado”. En cada confesión sacramental, se renueva místicamente el diálogo entre Dios y el leproso que es curado, entre Jesús Misericordioso y el alma que recibe el perdón divino. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Perdona setenta veces siete, perdona siempre



“Perdona setenta veces siete, perdona siempre” (Mt 18, 21-19.1). Pedro, influenciado por la casuística farisea, que imponía un cierto límite al perdón que debía darse al enemigo, pregunta a Jesús si se debe perdonar hasta siete veces, considerando esta cantidad como la máxima capacidad de perdón.
La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas no solo de que esta cantidad es insuficiente, sino que además, la ley maldita del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”- ya no es más válida: “Perdona setenta veces siete”. Debido a que el siete era considerado como el número perfecto entre los judíos, la expresión “setenta veces siete” no se refiere a una cantidad numérica de veces que se debe perdonar a quien nos ofende: indica un perdón perfecto, que es el perdón divino de Dios Padre a los hombres, otorgado por el sacrificio de Cristo en la Cruz. En otras palabras, el nuevo perdón al que llama Jesús al cristiano, es el mismo perdón con el cual Dios Padre ha perdonado a todos y cada uno de los hombres desde la Cruz.
De esto se sigue la incoherencia radical y el colmo del absurdo contradictorio que significa un cristiano rencoroso, vengativo, enojado, incapaz de perdonar a quien lo ha ofendido. Un cristiano así en una contradicción en los términos, pues el rencor y el deseo de venganza contradicen radicalmente al ser cristiano, ya que asimila al alma al ángel caído, al tiempo que la coloca en las antípodas del Sagrado Corazón de Jesús.
“Perdona setenta veces siete, perdona siempre”. Un cristiano rencoroso, vengativo, incapaz de perdonar, traiciona su condición de cristiano y se cierra a sí mismo las puertas de la felicidad: en esta vida, al perder la íntima comunión de vida y de amor con el Hombre-Dios Jesucristo, Presente en la Eucaristía, y en la otra, al perder para siempre la visión de la Trinidad.