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jueves, 30 de abril de 2020

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”



(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2020)

          “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús no solo se nombra a sí mismo como el “Buen Pastor”, como el “Pastor Supremo y Eterno”, sino también como la “Puerta de las ovejas”. La imagen se entiende mejor si se toma un redil de ovejas y se reemplazan todos sus elementos naturales por elementos sobrenaturales: así, el redil es la Iglesia; las ovejas son los fieles bautizados en la Iglesia Católica; la Puerta de las ovejas es Cristo Jesús; cuando las ovejas cruzan la puerta para salir al prado en busca de pastos y agua, esto significa que el alma se introduce en el Sagrado Corazón de Jesús y allí encuentra el alimento de su espíritu, el pasto y el agua, esto es, la gracia santificante.
          Pero Jesús advierte también que hay quien ingresa en el redil, no por la puerta, como lo hace el pastor, sino saltando el redil: puede tratarse de dos cosas: o de humanos malos, que están en la Iglesia, pero no buscan la salvación de las almas -pueden ser sacerdotes o laicos-, o puede ser también el Enemigo de las almas y de Dios, el Demonio o la Serpiente Antigua. Jesús advierte contra aquel que no es pastor, sino depredador de las ovejas, esto es, de las almas: “viene para robar, matar y hacer estragos”, porque son “ladrones y bandidos”. Se refiere, podemos suponer y como ya lo dijimos, tanto a sacerdotes como laicos, que están en la Iglesia pero no han comprendido que la tarea esencial de la misma es la salvación de las almas, que no se condenen en el infierno eterno y que se salven en el Reino de los cielos y por lo tanto, carentes de fe verdadera, cometen todo tipo de tropelías y estragos entre las ovejas, llegando a matarlas espiritualmente; también se refiere al Demonio, que es “asesino desde el principio” y cuyo único objetivo es provocar confusión dentro de la Iglesia y desesperación en las almas, para lograr su objetivo de condenarlas eternamente.
          “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Para poder entrar al Cielo, en donde se encuentra Nuestro Sumo y Buen Pastor, Jesucristo, debemos pasar por la Puerta al Cielo que es su Sagrado Corazón; para ello, debemos acostumbrarnos a su Voz, así la reconoceremos cuando nos llame por nuestro nombre. Acudamos entonces con frecuencia a la Santa Misa y a la Adoración Eucarística, para escuchar, en lo más profundo del corazón, la Voz del Buen Pastor Jesucristo.

sábado, 13 de octubre de 2018

“Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos”



(Domingo XXVIII - TO - Ciclo B – 2018)

         “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos” (Mc 10, 17-27). En el Evangelio se establece un diálogo entre Jesús y un hombre rico que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para ganar la vida eterna. Jesús le dice que debe cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y como el hombre le contesta que eso él ya lo cumple, Jesús agrega que, para entrar a la vida eterna, debe “vender todo lo que tiene y dárselo a los pobres”. El hombre, dice el Evangelio, “se retiró entristecido” porque “tenía muchos bienes”. Es decir, el hombre era un hombre bueno, puesto que conocía la Ley de Dios y la cumplía, pero tenía su corazón apegado a los bienes terrenos, tal como lo manifiesta con su tristeza, cuando Jesús le dice que debe venderlos para adquirir un tesoro celestial ye entrar en el Reino de Dios. Para completar su enseñanza, Jesús utiliza una figura, la de un camello que no puede entrar por el ojo de una aguja. Ahora bien, “el ojo de una aguja” es, en realidad, la puerta estrecha y angosta, ubicada en la muralla de Jerusalén, destinada a las ovejas. El camello, que es un animal alto y además va cargado con muchas mercaderías, no puede pasar por la puerta de las ovejas, ya que esta es baja y estrecha. Por su altura y porque va cargado de mercaderías, el camello no puede pasar por “el ojo de una aguja”, es decir, la puerta de las ovejas, aunque sí hay una única forma para el camello de poder atravesar la puerta: la única manera de hacerlo es que el camello se despoje de sus mercaderías y que se arrodille y así podrá pasar. Es decir, aliviado de la carga y disminuida su altura, podrá atravesar la puerta estrecha y angosta de las ovejas. La imagen utilizada por Jesús –camello, puerta de las ovejas- se entiende mejor cuando aplicamos a las imágenes una transposición: así como el camello no puede pasar, cargado de riquezas y por su altura, así tampoco el rico de bienes materiales –y también de males espirituales- no puede entrar en el Reino de Dios.
         En esta imagen que proporciona Jesús, debemos vernos a nosotros mismos, en este sentido: el camello somos nosotros, que vamos por la vida cargados, ya sea de bienes materiales, a los que estamos apegados a esta vida, o de males espirituales, como la soberbia, el orgullo, la ira, la gula, la pereza, la envidia y muchos otros más. Todos estos bienes materiales y los males espirituales, hacen que seamos incapaces de ingresar por la puerta estrecha de las ovejas. A primera vista, parece imposible que ingresemos así en el Reino de Dios. Sin embargo, hay un modo en que, a pesar de la altura y la carga que portamos, seamos capaces de ingresar por la puerta de las ovejas. Lo que debemos tener en cuenta que la puerta de las ovejas es Jesús y su Santa Cruz, según sus propias palabras: “Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9): Jesús no solo es el Buen Pastor, sino que es la “Puerta de las ovejas”, es decir, el lugar por donde las ovejas pasan para ingresar al seguro redil. Jesús crucificado y Jesús Eucaristía es la Puerta de las ovejas y el ingreso al Reino de Dios. Entonces, hay una forma por la cual podemos ingresar en esta puerta: sólo si nos hacemos más pequeños, dejando de lado nuestra soberbia y orgullo y ayudados por la gracia, nos arrodillamos ante la Cruz de Jesús y solo si nos despojamos de la pesada carga de los bienes materiales –reales o imaginarios, pero a los cuales estamos apegado-, seremos capaces de ingresar por la Puerta de las ovejas, Cristo crucificado y también Jesús en el sagrario. En otras palabras, solo el que, con un corazón contrito y humillado –despojado de su soberbia, orgullo y apego a las riquezas- y solo quien por la gracia se vea despojado de sus males espirituales, podrá arrodillarse ante Jesús crucificado y ante Jesús Eucaristía; solo quien se postre de rodillas, con el corazón contrito y humillado podrá entrar por la puerta estrecha, la Cruz de Jesús y así será capaz de ingresar en el Reino de los cielos. Puesto que es gracia de Dios, debemos pedirlo en la oración, porque si nos parece imposible que entremos en el Reino de Dios a causa de nuestros pecados, sí podremos entrar en el Reino de Dios por medio de la gracia que obra en nosotros destruyendo el pecado. Así, se cumplen las palabras de Jesús: “Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”.

viernes, 5 de mayo de 2017

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”



(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2017)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza la imagen de un corral de ovejas y de su puerta, y también la de un pastor o guardián de las ovejas –“Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11ss)-, para graficar su condición de verdadero Dios, al tiempo que de camino que lleva al Reino de los cielos. También utiliza la imagen de un ladrón y asaltante, para representar a aquellos malos pastores a los que no les interesan las ovejas, sino la renta o el dinero que de ellas pueda conseguir.
Para comprender en su totalidad la parábola, hay que tener en cuenta que cada elemento de la misma representa una realidad sobrenatural: el corral o redil, en donde están seguras las ovejas, es la Iglesia Católica y también el Reino de los cielos; la puerta que conduce al corral, por la que se entra al corral, es Él, el Hijo de Dios encarnado que en cuanto tal conduce a la unión con el Padre por el Espíritu Santo; las ovejas, son los fieles bautizados en la Iglesia Católica. Jesús utiliza la imagen de una puerta para aplicarla a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Así como una puerta, al abrirla, da paso a otro espacio o ambiente, así Jesús, con su Corazón traspasado en la Cruz, es la Puerta abierta que da paso a la otra vida, al Reino de los cielos, al seno del Eterno Padre. El que entre por esta Puerta que es Jesús, encontrará alimento, el Cuerpo de Jesús sacramentado, y recibirá la Vida misma de Dios, la vida divina: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…)  Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
         Jesús se diferencia claramente de quienes son los falsos mesías, los que no son pastores, sino “ladrones y asaltantes”, a quienes las ovejas no los siguen, porque ellas conocen la voz del Pastor de las almas y la saben distinguir de las voces de los ladrones: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Los “ladrones y asaltantes” son todos aquellos que, en nuestros días pero también a lo largo de la historia, se presentan y se han presentado como mesías o como cristos, pero en realidad son fundadores de sectas que sólo buscan aprovecharse de las ovejas, es decir, de los fieles, puesto que no les interesa su eterna salvación, sino el provecho material y económico que de ellos puedan obtener.
         Por último, si bien no está incluido en este párrafo del Evangelio, forma parte de esta parábola y de esta imagen todo aquello que atenta contra las ovejas, además de los falsos pastores, y es la oscuridad de la noche, el estar fuera las ovejas del redil o corral, y la presencia del lobo que acecha a las ovejas para acabar con ellas con sus dentelladas. La oscuridad representa la tiniebla en la que el alma se sumerge, ya sea por el pecado, o por el error y la ignorancia acerca del Buen Pastor, Jesucristo; representa también el alejarse del redil, la separación voluntaria y consciente de la Iglesia, como sucede, por ejemplo, con los movimientos ateos de apostasía, que cuentan con activistas y con páginas en Internet, en donde promueven la apostasía, es decir, el salir de la Iglesia Católica, sin tener en cuenta que fuera del redil, fuera de la Iglesia, sólo hay oscuridad y muerte, según lo que afirman los Padres: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Son los que abandonan la Iglesia para volverse ateos y apóstatas, o bien para integrar sectas. El último elemento que acecha a las ovejas es el lobo, que en este caso, no es el animal creado, que acecha al redil, sino el Lobo infernal, el Demonio, el Ángel caído, que acecha a los fieles que buscan la salvación fuera del redil de Cristo, la Santa Iglesia Católica.
         Así como el lobo da fácil cuenta de las ovejas que han salido del redil y no están protegidas por el pastor, así el Demonio da fácil cuenta de las almas que abandonan la protección de la Iglesia, esto es, la gracia que proporcionan los sacramentos, la oración y la fe.

         “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Jesús es el Buen Pastor y es también la Puerta por donde las ovejas ingresan al seguro redil, es decir, por donde los hombres, por el bautismo, ingresan a la Iglesia Católica en el tiempo y, en la eternidad, al Reino de los cielos. No solo no debemos nunca salir del redil, sino que debemos llamar a otras ovejas, a nuestros hermanos, que están fuera del redil, para que entren pronto al corral, antes de que se haga de noche y la Puerta se cierre para siempre. Y para que siempre reconozcamos la Voz del Buen Pastor, es necesario que pasemos horas en adoración eucarística, ante el sagrario, allí donde se encuentra el Buen Pastor, Jesús Eucaristía.

miércoles, 19 de agosto de 2015

“Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos”



“Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos” (Mt 19, 23-30). Jesús grafica la casi imposibilidad de quien, apegado a los bienes materiales –un rico-, pueda entrar en el Reino de los cielos: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos”. La razón se encuentra en las palabras de Jesús: “Donde esté tu corazón, allí estará tu tesoro”. El rico, apegado a los bienes materiales, tiene su corazón apegado a las cosas materiales que, por definición, se encuentran en esta vida, en esta tierra, en este tiempo. El corazón no puede estar en la tierra y en el cielo, al mismo tiempo y bajo la misma condición: o está en la tierra, o está en el cielo. Quien apega su corazón a los bienes materiales, de forma egoísta y avara –se puede ser avaro con un kilo de pan y no solo necesariamente con una fortuna-, no puede entrar en el Reino de los cielos, porque el corazón necesita estar libre de estas ataduras terrenas, para poder elevarse a la contemplación de otros bienes, los celestiales, que son eternos y que, por lo tanto, no se encuentran en los bienes materiales, porque son excluyentes los unos de los otros.

“Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos (…) Para los hombres esto es imposible, pero para Dios es posible”. ¿De qué manera se hace posible el ingreso de un rico al Reino de los cielos? Desprendiéndose de los bienes materiales, tal como lo puede hacer un camello que, cargado con mercaderías, quisiera atravesar la pequeña “puerta de las ovejas”, una puerta colocada en el muro de Jerusalén, de baja estatura, para que pudieran pasar las ovejas. Un camello, alto y cargado de mercaderías, no puede pasar por esta puerta, pero si descarga su mercadería y dobla sus patas, puede pasar por la puerta de las ovejas e ingresar a la Ciudad Santa, Jerusalén. De la misma manera, un hombre, cargado con bienes terrenos, debe dejarlos a estos, desapegando su corazón de ellos y, delante de Jesús crucificado, Puerta de los ovejas, arrodillarse y besar sus pies, como signo de la contrición de su corazón, del desapego efectivo de los bienes terrenos y de esta vida y como signo efectivo de que ama con todo su corazón los bienes eternos, el más preciado de todos, la Sangre del Cordero. Arrodillado ante Jesús crucificado, con el corazón contrito y humillado, desapegado de los bienes terrenos, y apegados a los bienes eternos, la Sangre de Jesús, el hombre rico sí puede entrar, a través de la Puerta de las ovejas, Cristo Jesús, hacia la Jerusalén celestial, el Reino de los cielos.

sábado, 10 de mayo de 2014

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”


(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2014)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza una imagen, la del pastor con sus ovejas en un aprisco, en un refugio, para dar su enseñanza: una tapia o empalizada que protege a las ovejas cuando estas regresan de sus pastos para pasar la noche, la puerta abierta a los pastores, pero no a los ladrones que penetran en el aprisco por algún otro lugar, la escena de la mañana cuando el pastor viene de su casa para sacar a las ovejas para pastar, la llamada del pastor que reconocen sus propias ovejas, el hecho de conocerlas el pastor por su nombre, llamándolas a cada una por su nombre, la docilidad con que la grey le responde, al tiempo que está dispuesta a huir de un extraño[1].
         En esta imagen, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el pastor, el buen pastor, que entra por la puerta y conoce a sus ovejas, es Cristo; las ovejas, son los bautizados; el corral o aprisco, donde las ovejas están seguras, es la Iglesia Católica; el exterior del corral y la noche, en donde merodean los lobos, representan los peligros para la salvación de las almas: las tentaciones del mundo y los ángeles caídos, los demonios; los ladrones, que no entran por la puerta, sino por otra parte, son los falsos mesías, los anticristos, los fundadores de sectas, o incluso sacerdotes católicos a los que les importa más de sí mismos que de las almas a ellos confiadas.
         La imagen central del aprisco o corral se aplica entonces a la Iglesia, único lugar seguro de salvación, porque así como las ovejas están seguras en el corral, protegidas por una puerta firme y por un buen pastor, resguardadas del peligro de la noche, en donde merodean los lobos y los asaltantes, así también las almas están seguras dentro de la Iglesia Católica, cuyo Buen Pastor es Cristo, quien es también su Puerta firme y segura.
Solo en la Iglesia Católica, fundada por el Hombre-Dios Jesucristo el Viernes Santo, encuentra el hombre la salvación, por eso es que el Catecismo de la Iglesia Católica[2] y el Concilio Vaticano II[3] enseñan que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. La Iglesia nació al ser traspasado el Sagrado Corazón de Jesús por la lanza del soldado romano, y al brotar de su Corazón la Sangre y el Agua, portadores de la gracia santificante que se transmite a través de los sacramentos; de estos sacramentos, el sacramento del bautismo es la puerta[4] por la cual los hombres entran en la Iglesia para recibir la salvación obtenida por Cristo en la cruz.
Con la imagen del corral y del aprisco en el que las ovejas entran y quedan seguras y al resguardo de los lobos y de los ladrones, Jesús nos quiere hacer ver que la Iglesia es necesaria para la salvación y que “no hay salvación fuera de la Iglesia”; quienes no pertenecen a la Iglesia, pueden salvarse, porque Dios, dice también el Concilio Vaticano II, puede llevar a la fe por caminos que sólo Él conoce, aunque esto no exime a la Iglesia de su tarea misionera: “Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, ‘sin la que es imposible agradarle’ (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia; corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar’ (AG 7)”[5]. Distinto es el caso de aquellos que, sabiendo que Jesús fundó la Iglesia Católica y sabiendo que es necesaria para la salvación, no quieren entrar o no quieren perseverar en ella, es decir, los que no quieren recibir el bautismo, o los que, habiéndolo recibido, lo rechazan, apostatando de la fe, tal como existe hoy en la actualidad, un movimiento de apóstatas que llaman a borrar los nombres de los libros del Bautismo[6]. Dicen así el Concilio Vaticano II: “No podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella”[7].
La otra imagen que utiliza Jesús es la de la puerta, y es para aplicársela a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Una puerta abierta deja pasar, entrar, salir; permite circular libremente; una puerta cerrada, impide el paso, protege[8]. La puerta se identifica también, con la construcción a la que pertenece: ya sea con la ciudad -sobre todo en la antigüedad, las ciudades poseían puertas monumentales, fortificadas, que protegían de los enemigos o daban paso a los amigos- o, en el caso de la figura del aprisco o corral, se identifica con el corral: Jesús es la Puerta de las ovejas, es la puerta del corral: Él es, con su Corazón traspasado en la Cruz, la Puerta abierta al cielo; Él es la Puerta abierta por la que salen las ovejas al amanecer, para alimentarse con los pastos verdes y abundantes y beber el agua fresca y cristalina de la gracia santificante, los sacramentos de la Iglesia; Él es la Puerta cerrada que protege a las ovejas cuando ya ha oscurecido y todas las ovejas han entrado al redil, y no deja entrar al Lobo infernal, que quiere, con sus dientes y garras afiladas, despedazar las almas para siempre en los abismos del Infierno; Jesús es la Puerta cerrada, segura y firme, que protege a las ovejas de las acechanzas del Lobo infernal, y si alguna, por desventura, queda a merced del Lobo, es solo porque no ha querido, por voluntad propia, entrar y quedar segura, al resguardo del aprisco cerrado y protegido por la Puerta maciza que es Cristo Jesús. Jesús es la Puerta cerrada que protege a las ovejas también de los malos pastores, de los asaltantes, de los que quieren entrar en el aprisco por otro lado; son los falsos cristos, los falsos mesías de la Nueva Era, los anticristos, los que se disfrazan de pastores, pero solo para apuñalar a las ovejas, matarlas, y apoderarse de su lana y asar su carne.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Solo Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es la Puerta por la cual alcanzamos la eterna salvación; no existe ninguna otra puerta por la que podamos entrar en la vida eterna, porque solo Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía nos conduce, por medio del Espíritu Santo, al seno de Dios Padre. Cualquier otro cristo, es un cristo falso, un Anticristo.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario al Nuevo Testamento, Tomo III, 732-733.
[2] Número 846.
[3] Lumen Gentium n. 14.
[4] Cfr. Catecismo, 846.
[5] Catecismo 848. Decreto Ad Gentes sobre la Actividad Misionera.
[6] El movimiento existe y se llama: “Apostasía Colectiva”; su página web es: apostasía.com.ar. Llama a los bautizados en la Iglesia Católica a “darse de baja de la Iglesia Católica”, entendiendo la apostasía como “un derecho” (sic), y el modo de hacerlo consistiría en remitir una carta modelo en la que se solicita a la parroquia que se borren los datos del bautismo de los libros parroquiales.
[7] Lumen Gentium n. 14. Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: ‘Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna’ (LG 16; cf DS 3866-3872). Catecismo, 847.
[8] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona 1993, 750-751.

domingo, 21 de abril de 2013

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”


“Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús no sólo es Pastor, sino también la "Puerta de las ovejas": así como las ovejas entran y salen del redil por la puerta, sintiéndose seguras, porque entran refugio cuando entran y pasto cuando salen, así las ovejas del rebaño de Cristo, que son las almas.
Jesús es la Puerta de las ovejas, por donde entran las ovejas que son las almas, y así, quien entra por la Puerta abierta de los cielos, que es el Sagrado Corazón traspasado de Jesús, encuentra el refugio seguro contra el Lobo Infernal, porque en ese Corazón Divino está protegidas de las acechanzas del enemigo mortal de las almas.
Jesús es la Puerta de las ovejas, por donde salen las ovejas que son las almas, y así, quien sale de este mundo, a través de la Puerta de las ovejas, el Sagrado Corazón de Jesús, al cielo, encuentra el pasto verde y el agua fresca del Amor de Dios y su gracia santificante, que sacian el hambre y sed que de Dios tiene toda alma humana. El que sale de de este mundo y entra por la fe, el Amor y la comunión eucarística a través de la Puerta abierta de los cielos, el Corazón Eucarístico de Jesús, ingresa en la comunión de vida y Amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, porque solo Jesús Eucaristía es el Camino que conduce a Dios Trino, la Verdad absoluta de la Divinidad y la Vida misma del Ser trinitario.
Por esto es que Jesús dice: “Yo Soy la Puerta de las ovejas (…) el que entra por mí se salvará”. Si alguien intenta entrar en los cielos por otra puerta que no sea Cristo Jesús, no lo logrará; si alguien intenta salir de este mundo por otra puerta que no sea el Sagrado Corazón de Jesús, no lo logrará; si alguien intenta salvarse pasando por otra puerta que no sea el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no lo logrará.
Jesús advierte acerca de los falsos cristos, que son solo “ladrones y asaltantes”, que entran en el redil, no por la puerta, es decir, la fe verdadera en Él, sino “por otro lado”; estos falsos cristos son “extraños” y las ovejas “no los siguen” porque “no conocen su voz”. Jesús advierte claramente acerca de estas falsas puertas, por las cuales se ingresa no a la comunión de vida y amor con la Trinidad, sino a la comunión con seres de la oscuridad, los ángeles caídos. Esos falsos cristos y por lo tanto, falsas puertas, son los cristos de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario: Maitreya, Buda, el Cristo cósmico o Tercer Cristo, el Cristo extra-terrestre, el Cristo meramente hombre, el Cristo galáctico, el Cristo que antes de serlo fue San Miguel Arcángel, como enseña falsamente la secta de los Testigos de Jehová, el Cristo gnóstico, el Cristo Avatar, el Cristo de las religiones orientales, el Cristo falso de las sectas, como el de los Mormones.
Hoy existe una multitud de falsos cristos que intentan “confundir a la humanidad entera y aun a los elegidos”, los bautizados en la Iglesia Católica.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Solo Cristo Jesús, el Jesús proclamado por la fe de la Iglesia Católica, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, que se encarnó en el seno de María Virgen; el Jesús de Nazareth que dijo de sí mismo que era Dios y obró milagros prodigiosos con su propio poder, el poder de Dios; el Cristo que murió realmente, con su Cuerpo físico, en la Cruz, y que resucitó realmente, con su Cuerpo físico glorificado, el Domingo de Resurrección; el Cristo que prolonga su Encarnación y Resurrección en la Eucaristía; el Cristo proclamado por la multitud de ángeles y santos en la Jerusalén celestial, solo ése, es el Verdadero y Único Cristo, la Puerta abierta a los cielos, por la cual las ovejas, las almas, entran en comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad.
Todos los otros falsos cristos de la Nueva Era son “extraños”, “ladrones y asaltantes”, y nunca deben ser seguidos por los hijos de Dios. 

jueves, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo


(Ciclo C – 2013)
          “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1-15). Jesús, en la Última Cena, sabe que está próxima “su hora”, la hora en la que habrá de pasar de este mundo al Padre. Es la Hora de la Pasión y de la muerte en Cruz, y si bien es una hora muy dolorosa, es una hora también de triunfo y de luz, porque por la muerte de Cruz volverá al cielo, regresará a la Casa del Padre, de donde había venido. La Cruz es una Puerta que se abre en dos sentidos: de la tierra al cielo, porque desde la Cruz de Jesús se llega a la luz, y así Jesús, muriendo en la Cruz, regresará al cielo; la Cruz es una puerta abierta del cielo a la tierra, porque Jesús, al abrir la puerta del cielo, hace llegar a los hombres lo que hay en el cielo: el perdón, la gracia santificante, la luz, la paz, la alegría, el Amor de Dios.
          Jesús sube a la Cruz para abrir esa Puerta que da al cielo, puerta que desde Adán y Eva estaba cerrada para los hombres.
          Jesús había dicho: “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10), y ahora sube al cielo para abrir esa puerta, para que los hombres puedan pasar y llegar al cielo, y esa Puerta abierta al cielo es su Sagrado Corazón traspasado.
          Cuando el soldado romano atraviese su Corazón con la lanza, quedará abierta la Puerta del cielo, que es su Corazón traspasado. Quien quiera ir al cielo, deberá entrar en su Sagrado Corazón, y a su vez, desde el Cielo, el Padre hará derramar, a través del Corazón traspasado de Jesús, un diluvio de Amor y de gracia.
          Por esto es que nadie puede ir al Padre si no es por el Sagrado Corazón y nadie puede recibir el Amor del Padre, si no es a  través del Corazón de Jesús herido por la lanza. Como Jesús nos ama tanto y Él sabe que regresa al Padre y que nosotros nos quedamos aquí en la tierra, solos y en la oscuridad -porque como Él es la "luz del mundo" (Jn 8, 12), al irse de este mundo, todo queda a oscuras, y por eso Él dice que es la "hora de las tinieblas" (Lc 22, 53)-, entonces, para que no nos sintamos solos, para que en todo momento tengamos el acceso al Padre desde la tierra desde esa Puerta abierta que es su Sagrado Corazón y para que en todo momento nos llueven desde el cielo las gracias y el Amor del Padre, Jesús decide quedarse entre nosotros y para poder hacerlo, inventa algo jamás visto, algo maravilloso y tan admirable e increíble, que hasta los ángeles del cielo, acostumbrados a las maravillas de Dios, se quedan perplejos y admirados, sin saber qué decir. El Jueves Santo, en la Última Cena, Jesús inventa un prodigio asombroso, algo jamás visto, que supera infinitamente a la Creación toda y a todos los milagros más portentosos que Dios pueda hacer con su infinita Sabiduría, su Amor eterno y su Omnipotencia divina, porque se trata del Milagro de los milagros,  y es la Presencia del mismo Jesús, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, el Pan de Vida eterna.
          Por la Eucaristía, que es su mismo Corazón, palpitante, herido y traspasado en la Cruz, Jesús se queda entre nosotros, para que desde la tierra, todavía sin ir al cielo, nos unamos, por el Amor de su Corazón herido, al Padre, y recibamos del Padre todo su Amor, el Espíritu Santo.
          La Eucaristía es algo más grande que los cielos, porque es el Corazón de Jesús, Puerta abierta al cielo: el que se une a este Corazón, recibe el Amor de Jesús que lo lleva al Padre y a su vez recibe, del Padre, su Amor, que es el Espíritu Santo.
          "Esto es mi Cuerpo (...) Esta es mi Sangre (...) Haced esto en memoria mía". Jesús nos deja el regalo más hermoso de todos los regalos de Dios, la Eucaristía, su Sagrado Corazón traspasado, a través del cual nos unimos, en el Amor del Espíritu Santo, al Padre, y por medio del cual recibimos el Amor del Padre. No hay nada más valioso, más hermoso, más maravilloso, que la Eucaristía, porque la Eucaristía es algo más grande que el mismo cielo, porque es Jesús en Persona, y este regalo nos lo deja Jesús en el Jueves Santo.
          Pero además de dejar la Eucaristía, Jesús nos deja otro regalo más en la Última Cena, un regalo que surge de lo más profundo de su Corazón, y es el sacerdocio ministerial, para que se pueda celebrar la Misa y confeccionar la Eucaristía, para que Él pueda quedarse en medio de los hombres.
          Por esto Jesús le dice a la Iglesia: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19), y lo que la Iglesia tiene que hacer en memoria de Jesús, es la renovación del Sacrificio de la Cruz, la Santa Misa, lo mismo que hizo Jesús en la Última Cena, el Jueves Santo. Lo que tiene que hacer la Iglesia es la Eucaristía, pero la Eucaristía no se puede hacer si no hay Misa, y la Misa no se puede hacer si no hay sacerdote. Jesús nombra sacerdotes a sus discípulos y amigos, y deja instituido el sacerdocio, para que ellos celebren la Misa y confeccionen la Eucaristía, y a partir de sus discípulos, todos los sacerdotes del mundo harán lo mismo, hasta el fin de los tiempos, hasta el Día del Juicio Final.
          Como solo la Eucaristía es la Puerta abierta al cielo, si no hay Eucaristía, la Puerta está cerrada y no podemos unirnos a Dios y no podemos recibir de Dios lo que Dios nos da: luz, Amor, paz, alegría, misericordia.
          Sin Eucaristía, el mundo queda envuelto en tinieblas, como un día sin luz de sol, en el que hace mucho frío y está todo oscuro y muerto. Nadie puede hacer lo que hace el sacerdote: ni la Virgen, ni San Miguel Arcángel, ningún ángel del cielo.
          Para que haya Eucaristía, para que haya una puerta abierta al Padre, para que los hombres tengan luz, paz, amor, alegría, Jesús deja el sacerdocio para su Iglesia.
          Por la Eucaristía, confeccionada por el sacerdocio ministerial, los dos grandes dones Jesús en la Última Cena, los hombres pueden cumplir el Mandamiento nuevo, el mandamiento de la caridad, que manda amar al prójimo como Cristo nos ha amado, con el Amor de la Cruz: "Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado".
          

lunes, 30 de abril de 2012

Yo Soy la Puerta de las ovejas


“Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Para afirmar la revelación de la parábola del Buen Pastor, acerca de la inmensidad del Amor divino por el hombre, Jesús hace una nueva revelación: Él no es solamente el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas; es también la Puerta de las ovejas.
En otras palabras, Jesús no se contenta con ser el Buen Pastor: es también la Puerta de las ovejas, y el redil mismo; es decir, Él es el “lugar”  por donde las ovejas pasan para descansar seguras, o salen para pastar cuando quieren alimentarse.
Así como alguien abre una puerta, ya sea para entrar o para salir de un lugar seguro, en el que uno se siente a gusto, así el Sagrado Corazón de Jesús es la Puerta que da acceso al lugar más hermoso que jamás pueda siquiera ser imaginado, el seno de Dios Padre, en donde el Amor trinitario se dona al alma que allí llega con toda su fuerza y con todo su ser.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas, el que entra por Mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento”. El Sagrado Corazón de Jesús es la Puerta de acceso al Padre y a su Amor; el que, hambriento, sediento, con frío, y huyendo de los espíritus malignos de los aires, llama a la puerta y golpea, se le abre, y se le hace pasar, y allí encuentra no sólo un hogar cálido y acogedor, sino también una comida exquisita, la Carne del Cordero, el Pan Vivo bajado del cielo, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
Y además, el que golpea a esta Puerta y entra, encuentra que es recibido por tres comensales que comparten gustosos con él la cena: Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. El alma que golpee a las puertas del Sagrado Corazón –el alma que consume la Eucaristía-, entrará y encontrará en él los pastos verdes y abundantes y el agua fresca de la gracia y el Amor divinos.