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viernes, 16 de mayo de 2025

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado”

 


(Domingo V - TP - Ciclo C - 2025)

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Jn 13, 31-33a.34-35). Jesús nos deja un mandamiento al que Él llama “nuevo”; “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado”, pero en este mandamiento debemos preguntarnos cuál es la novedad, en qué consiste lo “nuevo”, porque en el Antiguo Testamento ya existía este mandamiento, el del amar al prójimo; de hecho, el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, practicada por el Pueblo Elegido, consistía en “amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”. Si nos quedamos en este primer análisis superficial, podemos decir que el mandamiento de Jesús no es tan nuevo como Él lo dice. Sin embargo, el mandamiento de Jesús es nuevo y lo es de tal manera, que es completa y absolutamente nuevo, aun cuando en el Antiguo Testamento ya existiera un mandamiento que mandara amar al prójimo y es tan nuevo el mandamiento de Jesús, que podemos decir que es substancialmente nuevo, a pesar de que su formulación con el mandamiento de la Ley de Moisés es casi idéntica.

Si esto es así, si el mandamiento de Jesús es substancialmente nuevo y tan nuevo que es distinto al mandamiento de la Ley Antigua, debemos preguntarnos en qué consiste la novedad del “mandamiento nuevo” de Jesús. La novedad del mandamiento nuevo de Jesús radica, principalmente, en dos aspectos: el primero se refiere a la consideración del prójimo y el segundo, en la cualidad del amor con que Nuestro Señor Jesucristo manda amar al prójimo. Con relación al prójimo, hay que tener en cuenta que para los judíos se consideraba como “prójimo”, solo a quien pertenecía al pueblo judío -por eso los samaritanos no eran considerados prójimos y no estaban, por lo tanto, incluidos en el Primer Mandamiento-: así, el Primer Mandamiento quedaba limitado solo a los de raza hebrea o solo a quienes profesaran la religión judía; en el mandato de Jesús, queda suprimida toda barrera de raza, de nación, de edad, e incluso de amistad, porque el concepto católico de “prójimo” incluye a todo ser humano, por el solo hecho de ser un ser humano; la segunda diferencia, que hace verdaderamente nuevo al mandamiento de Jesús, se refiere a la cualidad del amor con el que se debe amar al prójimo: en el Antiguo Testamento, el mandamiento mandaba amar al prójimo -con las limitaciones que mencionamos- con las solas fuerzas del amor humano, ya que así lo dice explícitamente la formulación del mandato: “Amarás a Dios -y al prójimo- con todas tus fuerzas” y el amor humano, además de estar contaminado por el pecado original, está también condicionado por nuestra naturaleza humana, de ahí que el amor humano, aun cuando sea genuino, es limitado, se deja llevar por las apariencias, es superficial en muchos casos; en cambio, el tipo de amor con el que Jesucristo nos manda amar al prójimo es substancialmente distinta, porque Jesús nos manda a amar con el Amor con el que Él nos ha amado y ese Amor es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el Amor que el Padre dona al Hijo desde la eternidad y el Amor con el que el Hijo ama al Padre desde la eternidad y así lo dice Jesús: “Ámense los unos a los otros como Yo os he amado”, es decir, con el Amor con el que Jesús nos ha amado y ese Amor es el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Divino Amor, el Espíritu Santo. Por último, hay otro elemento que estaba totalmente ausente en el mandamiento del Antiguo Testamento y ese elemento es la cruz: Jesús nos dice que nos amemos los unos a los otros “como Él nos ha amado” y Él nos ha amado con el Divino Amor, el Espíritu Santo, y hasta la muerte de Cruz, porque nos dona ese Divino Amor a través de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado en la Cruz. Estas son entonces las diferencias que hacen que el mandamiento de Jesús sea verdadera y substancialmente nuevo, porque implica amar a todo prójimo, sin distinción de razas, es decir, implica amar a todo ser humano, incluido nuestro enemigo –“Ama a tu enemigo”-; el mandamiento nuevo de Jesucristo implica también amar no ya con el simple y limitado amor humano, sino con el amor de Dios, el Espíritu Santo; por último, implica amar a Dios y al prójimo, no hasta cuando nos parezca, sino hasta la muerte Cruz. Todos estos son elementos que hacen que el mandamiento de Jesús sea un mandamiento verdaderamente nuevo y de origen celestial, sobrenatural, divino.

Finalmente, cuando nos decidimos a cumplir este mandamiento nuevo de Jesús, nos enfrentamos con la realidad, la realidad de no tener un amor suficiente y capaz de cumplir el mandamiento como Jesús nos pide. Entonces, nos preguntamos: ¿dónde conseguir el Amor Divino, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor de Dios, con el cual sí podemos amar a todo prójimo, incluido el enemigo; con el cual podemos amar con el Divino Amor, el Santo Espíritu de Dios; con el cual podemos amar a nuestros hermanos hasta la muerte de Cruz? ¿Dónde encontrar este Amor verdaderamente celestial? Encontraremos este Amor Divino allí donde reside como en su sede natural, el Sagrado Corazón de Jesús. ¿Y dónde está el Sagrado Corazón de Jesús, vivo, glorioso, resucitado, palpitante con el Divino Amor? En la Sagrada Eucaristía. Entonces, si queremos vivir el mandamiento nuevo de Jesucristo, recibamos con el corazón en gracia al Divino Amor que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús derrama sobre nuestras almas, por medio de la Comunión Eucarística.

 


viernes, 4 de abril de 2025

“Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”

 


(Domingo V - TC - Ciclo C - 2025)

         “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más” (cfr. Jn 8, 1-11). Los fariseos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio, invocando para esto la ley de Moisés. Frente al pedido de lapidar a la mujer, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente: simplemente les dice que, si alguien está libre de pecado, que arroje la primera piedra. Debido a que todos saben que nadie está libre de pecado, los fariseos se retiran del lugar, sin hacer daño a la mujer. Finalmente, Jesús perdona los pecados de la mujer y la deja ir, no sin antes advertirle que “no vuelva a pecar”.

         En este pasaje evangélico hay muchas enseñanzas. Por una parte, se pone de manifiesto la rigurosidad farisaica, que no deja pasar una falta grave sin castigo, pero al mismo tiempo, se pone de manifiesto la hipocresía de los fariseos, porque si bien por un lado quieren castigar a quien ha cometido un pecado, por otro lado, pasan por el alto el hecho de que ellos mismos son pecadores, del mismo o mayor tenor que el de la mujer pecadora.

En este grupo nos podemos ver reflejados nosotros mismos, toda vez que con nuestra falta de caridad y de misericordia lapidamos la fama de nuestro prójimo con habladurías y falsedades, sin tener en cuenta además que nosotros mismos somos tanto o más pecadores que el prójimo al cual tan ligeramente criticamos. A esto se le agrega un hecho más grave y es el de colocarnos en el lugar de Dios, quien es el Único que puede juzgar las conciencias. Cada vez que nos comportamos así, es decir, cada vez que lapidamos sin misericordia a nuestro prójimo con nuestra lengua, criticándolo y juzgándolo en su intención, somos idénticos a los fariseos.

Con este episodio queda patente la insuficiencia de la Ley Antigua, porque al señalar el pecado, pretendía castigar al pecado mediante la justicia, pero era una justicia meramente exterior: el ejemplo está en el caso del Evangelio de la mujer adúltera; una vez señalado el pecado, se pretendía hacer justicia, pero la justicia consistía en eliminar físicamente al que había pecado, con lo cual se eliminaba al pecador pero no al pecado, puesto que el pecado seguía arraigado en lo más profundo del corazón humano. En otras palabras, mediante la justicia, se eliminaba al pecador pero no al pecado, ya que este se encuentra arraigado en lo más profundo del ser de todo hombre, tanto del que aplica la Ley como de aquel recibe el castigo. Así vemos cómo la Ley de Moisés, si bien señalaba el pecado, era incapaz de corregirlo, era incapaz de quitarlo, porque el mal seguía arraigado en el corazón humano, del mismo modo a como la mala hierba se arraiga entre el césped.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la ley de la gracia, obtenida al precio de su Sangre derramada en la cruz, no obra exteriormente, sino en lo más profundo del ser del hombre, arrancando de raíz esa mala hierba que es el pecado y haciendo germinar la semilla de la vida divina, la vida de la gracia santificante.

A diferencia de la Ley Antigua, que no poseía la gracia, la Nueva Ley actúa penetrando en lo más profundo del espíritu del hombre por medio de la gracia divina, la cual disuelve y hace desaparecer en un instante esa peste espiritual que es el pecado.

La esencia de la Nueva Ley es la gracia, la cual arranca de raíz y destruye el mal que anida en el corazón humano, sin dejar rastro de él, así como se disipa al viento una ligera columna de humo negro en una mañana de cielo despejado. Desde Adán y Eva el mal, en forma de pecado, anida en lo más profundo del corazón del hombre como una mancha negra y pestilente, de la cual brotan “toda clase de males” espirituales, tal como lo señala Nuestro Señor Jesucristo: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 21-23).

Sin la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, el corazón del hombre es una piedra ennegrecida, una oscura y fría caverna de la cual brotan toda clase de maldades, ninguna de las cuales podía, de ninguna manera, la Ley Antigua, lograr la erradicación y purificación del corazón.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la Ley de la Gracia Santificante, es infinitamente superior a la Ley Antigua, puesto que logra lo que esta no puede hacer: transformar por completo lo más profundo del ser del hombre, sanándolo de raíz, en su acto de ser; la gracia obra sobre el ser, es decir, a nivel ontológico, a nivel de naturaleza y no simplemente a nivel moral; la gracia obra una verdadera conversión porque hace partícipe al alma de la naturaleza divina y esto sucede a nivel ontológico, lo cual se traduce luego a nivel ético, moral o de comportamiento, pero la transformación moral o conversión cristiana se basa en la participación a nivel ontológico, lo cual solo es posible por la acción de la gracia. Y es esta participación en la naturaleza divina la que sana, restaura, transforma y, todavía más, diviniza, al corazón del hombre, convirtiéndolo en un corazón nuevo, un corazón que es una copia viviente, una imitación y una prolongación del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, un corazón que paulatinamente, por la acción de la gracia, va dejando de ser simplemente humano, para ser cada vez más divino. Todo esto, no lo podía hacer de ninguna manera la Ley Antigua, la cual solo era una figura de la Ley Nueva; por esta razón la Ley Antigua se limitaba a quitar físicamente al pecador -como en el caso de la mujer adúltera-, pero dejando al pecado enraizado en el corazón de todos y cada uno de los hombres -como en el caso de los fariseos que acusan a la mujer adúltera-. La Ley Antigua ofrecía a Dios sacrificios de animales, pero estos sacrificios eran absolutamente incapaces de transformar el corazón humano, al ser incapaces de quitar el pecado; la Nueva Ley, por el contrario, al estar sellada con la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, sacrificado en el Altar de la Cruz, en el Calvario, de una vez y para siempre y renovado este Santo Sacrificio cada vez, incruenta y sacramentalmente, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, al ser derramada sobre los corazones de los hombres, disuelve sus pecados, quita los pecados de los corazones, purifica los corazones manchados por el pecado, los santifica con la Sangre del Cordero y así santificados con esta Sangre Bendita y Preciosísima, los convierte en imágenes vivientes y palpitantes del Corazón del Cordero, del Corazón de Jesús, el Cordero de Dios, que late en la Eucaristía.

Según se relata en el Antiguo Testamento, Moisés, por orden divina, sacrificaba los corderos en el altar y luego esparcía la sangre de los corderos sacrificados sobre el pueblo (cfr. Éx 24, 8), lo cual significaba que Dios perdonaba los pecados del pueblo; sin embargo, la sangre de estos animales no podía de ninguna manera perdonar los pecados, por lo que el gesto de Moisés era únicamente externo y simbólico y un anticipo y figura de lo que habría de ser donado en la Nueva Ley. Y lo que es donado en el Nuevo Testamento y que sí perdona los pecados, porque efectivamente quita los pecados del mundo y del corazón del hombre, es la sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Sangre que brota, como de su fuente, de sus heridas abiertas y de Su Corazón traspasado en la cruz, para caer en las almas de los hombres y perdonarles sus pecados, sus muchos pecados, todos sus pecados, por abundantes y enormes que sean. La Sangre del Cordero de Dios, mediante la cual el Padre nos perdona, se derrama en el altar de la cruz y se renueva su efusión en la cruz del altar, porque así Dios Trino sella su pacto de amor misericordioso con los hombres, un pacto por el cual nosotros como Iglesia le ofrecemos el Cordero del Sacrificio y Él a cambio derrama sobre nosotros la Sangre del Cordero, Sangre por la cual Dios disuelve nuestros pecados, así como el humo negro se disuelve en el aire fresco de una mañana soleada y límpida.

Cuando condenamos y lapidamos a nuestro prójimo, haciendo resaltar sus defectos, haciendo caso omiso del enorme mal que anida en nuestros corazones, nos identificamos con los fariseos del Evangelio, prontos a condenar al prójimo, pero interiormente ciegos, compasivos e indulgentes con nuestras propias maldades. Antes de condenar a nuestro prójimo, deberíamos tener presente siempre esta escena evangélica y sobre todo las palabras de Jesús: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Antes de condenar al prójimo, antes de hablar del prójimo, deberíamos decir nosotros, de nosotros mismos: “Si estoy libre de pecado, entonces podría condenar a mi prójimo, pero como no estoy libre de pecado, no condeno a mi prójimo, y repito en cambio las palabras de Jesús: ‘Yo no te condeno’”.

Pero no solo en los fariseos debemos vernos representados, sino también en la mujer pecadora, porque en la mujer pecadora está representada la humanidad caída en el pecado y pecadora y nosotros no somos, de ninguna manera, la excepción. Nuestro objetivo, como cristianos, como imitadores de Cristo, es precisamente imitar a Cristo, es decir, no es ser, ni fariseos, ni quedarnos en el pecado, como la mujer pecadora antes de su encuentro con Jesús: nuestro objetivo en esta vida terrena es recibir el perdón de Cristo, arrepentirnos de nuestros pecados, y tratar de imitar la bondad y la misericordia que Jesús tiene con la mujer al perdonarle sus pecados.

En el perdón de Jesús vemos en acción a la Divina Misericordia, que en vez de condenar y sumarse al castigo de la mujer pecadora, no solo no la castiga, sino que la perdona. Así está prefigurado en esta escena el Sacramento de la Confesión, porque el perdón de Cristo a la mujer pecadora es el perdón que da Dios al alma a través del sacerdote ministerial en el sacramento de la confesión.

La Presencia del Sumo Sacerdote Jesucristo se actualiza en el Sacramento de la Confesión, quitando al alma sus pecados y así el corazón del pecador, que antes de la confesión era un corazón ennegrecido por el mal, por el sacramento de la confesión es purificado, limpio, sano, y convertido en una copia humana del Corazón del Salvador, haciéndose realidad la Palabra de Dios revelada en el profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados fueren como la grana, quedarán blancos como la nieve. Y si fueren rojos como el carmesí, quedarán como lana (cfr. 1, 18)”.

No estamos en esta vida para ser, ni fariseos injustos, ni tampoco pecadores; estamos en esta vida terrena para ser, para nuestros prójimos, una copia viviente del Corazón de Jesús; nuestro corazón no solo no debe reflejar nuestro “yo” egoísta, el cual debe desaparecer para siempre, sino que debe reflejar la bondad, la misericordia, la compasión, la caridad, del Corazón de Jesús, pero, como dice Jesús: “Nada podéis hacer sin Mí”, por lo que esa tarea de transformar nuestro corazón en una copia del Corazón de Jesús, se realiza por dos sacramentos: la confesión sacramental y el sacramento del altar, la Eucaristía.

Por el sacramento de la confesión, nuestro corazón se purifica y santifica; por la Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón, que se funde en un solo corazón con el nuestro. Solo así estaremos en grado de imitar a Jesús, de obrar con nuestro prójimo lo que Jesús obra con la mujer pecadora: perdonar y amar, amar y perdonar.

 


jueves, 2 de julio de 2020

“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo”


La Parábola de los ciegos: el ciego que guía a otro ciego . 1107 ...

“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo” (Mt 15,1-2.10-14). La frase de Jesús es pronunciada en el contexto de su diálogo con los fariseos, en el que estos reprochaban a Jesús el hecho de que sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer. Lo que Jesús les quiere hacer ver es que las normas de los judíos son normas inventadas por humanos y que no tienen incidencia en el espíritu: una ablución de manos, hecha con sentido religioso y no higiénico, no sirve para purificar el espíritu del mal que ha obrado. De ahí que Jesús les diga que lo que hace impuro al hombre no es “lo que entra por la boca” -el alimento corporal-, sino “lo que sale de ella”, es decir, lo que sale del corazón. Esta enseñanza se complementa con la otra en la que Jesús afirma que “lo que hace impuro al hombre son las cosas que salen de su corazón”, porque es en el corazón del hombre, herido por el pecado original, donde se gestan y originan “toda clase de cosas malas”. Los fariseos hacen al revés de lo que deberían hacer, purifican sus manos pensando que lo que hace malo o impuro al hombre es lo que él consume -de ahí las abluciones de manos  y la división de alimentos en puros e impuros-; Jesús viene a corregir este error, afirmando que no es eso lo que hace malo al hombre, sino el pecado que se engendra en su corazón y es por eso que las abluciones de manos antes de comer no tienen un sentido religioso, aunque sí lo pudieran tener en sentido higiénico.
“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo”. Los cristianos no nos guiamos por la ley antigua, sino por la Ley Nueva de Jesucristo, la Ley del Nuevo Testamento. Si nos dejáramos guiar por los escribas y fariseos, seríamos como los ciegos guiados por otros ciegos: caeríamos todos en el pozo del error y la mentira. Por esta razón es que las palabras de Jesús constituyen, para nosotros, la luz que nos conduce por el camino al Cielo. Más que lavar nuestras manos, debemos lavar nuestros corazones, manchados por el pecado, en el Sacramento de la Penitencia.

miércoles, 10 de junio de 2015

“No he venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a dar cumplimiento”

         
     “No he venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17-19). Jesús viene a inaugurar un nuevo movimiento religioso y una nueva Iglesia    –“las puertas del infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”[1]- y por eso mismo debe explicar su posición con respecto a la ley mosaica[2]: no ha venido a abrogarla sino a perfeccionarla. No podría de ninguna manera abrogarla, siendo Él el mismo Dios que la instituyó, y siendo como es, la ley mosaica, fundada en el orden natural. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a perfeccionarla, y la perfección consiste no solo en que el orden moral antiguo no pasará, sino que surgirá a una nueva vida, que le será infundida con un nuevo espíritu. La ley antigua, por el hecho de ser ley, sólo podía controlar con efectividad los actos externos; el nuevo espíritu penetra hasta la parte más recóndita del ser del hombre y sus sanciones son de orden espiritual[3].
La razón de la mayor perfección y santidad de este nuevo orden moral, es que éste se originará en la vida de la gracia, infundida por Jesús a través de su sacrificio en cruz y derramamiento de Sangre. El nuevo espíritu, concedido por la gracia, hará que “ni la letra más pequeña, ni la tilde de una letra, pasarán”[4]. A partir de Jesús, ya no bastará con “no matar”; ahora el mero enojo hacia el prójimo será una falta contra la Nueva Ley, un pecado; ya no bastará con “no cometer adulterio”, ahora “desear a la mujer del prójimo” será pecado. La Nueva Ley de Jesucristo es mucho más exigente que la Ley Antigua, porque escruta lo más profundo del hombre, y no meramente los actos externos. La razón de esta perfección en el orden moral nuevo de Jesús se debe a que, a partir de Jesucristo, por la gracia santificante, Dios Uno y Trino inhabitará en el alma en gracia y convertirá al cuerpo en “templo del Espíritu Santo”[5]. También el paladar será más exquisito: al cristiano no sólo no le satisfarán los manjares terrenos, sino que ya no le servirá de nada comer el cordero terrenal, asado con el fuego de la tierra, de la Pascua antigua: ahora, el cristiano, se alimentará con un banquete nuevo, un banquete no preparado en la tierra; el cristiano se alimentará con un manjar exquisito, celestial, sobrenatural, el Cordero de Dios, cuya Carne gloriosa será asada en el Fuego del Espíritu Santo; además, se saciará con el Pan Vivo bajado del cielo, que le concede la Vida eterna, y beberá del Vino de la Nueva Alianza, la Sangre que brota del Corazón traspasado del Cordero. Es este nuevo orden de cosas, el que Jesús viene a instaurar, y es esto lo que quiere decir que no viene a abrogar la ley, sino a perfeccionarla.



[1] Cfr. Mt 16, 18.
[2] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Editorial Herder, Barcelona 1957, 360.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. 1 Cor 6, 19.

martes, 29 de marzo de 2011

He venido a dar la plenitud de la ley, la vida de la gracia

He venido a dar la plenitud de la ley,

la vida de la gracia

“No he venido a abolir. He venido a dar la plenitud de la ley, la gracia” (cfr. Mt 5, 17-19). Frente a quienes lo acusan a Jesús de quebrantar la ley de Moisés Jesús les aclara que “no ha venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento”.

La Ley Antigua era sólo figura de la Nueva Ley, la ley de la gracia, la cual actúa en el interior del hombre, en lo más profundo de su ser. La Antigua Ley se limitaba a señalar la falta, el pecado, la transgresión, pero era incapaz de reparar y de sanar el interior del hombre, y es esto lo que hace precisamente la Nueva Ley, la ley de la gracia.

La gracia, donada por Cristo desde la cruz, desde su Corazón traspasado, obra en el interior del hombre, no solamente borrando el pecado y sanando las heridas y las secuelas que el pecado deja en el espíritu, sino también, y principalmente, donando al hombre un principio nuevo de ser y de obrar, la vida divina. A partir de Cristo y de la Ley Nueva, el hombre, que recibe como don divino la gracia, es decir, la participación en la vida divina, no se guía más por el principio natural de ser, de vida y de obrar, sino por el principio sobrenatural transmitido y comunicado por la gracia, que es la participación en la vida divina.

Antes, la Ley Antigua se limitaba a observar lo malo, y a dar normas de comportamiento que regulaban la conducta externa, pero que de ninguna manera tocaban el núcleo metafísico más profundo del hombre, su acto de ser, su actus essendi. A partir de Cristo, que dona su gracia, el interior más profundo y oculto del hombre, su acto de ser -es decir, aquella perfección que actualiza su esencia, que lo hace ser-, es tocado por la gracia, es modificado por esta, convirtiéndolo en una nueva creación, en un nuevo ser, porque ya no es más una simple criatura, sino un hijo de Dios por adopción. Cristo comunica de su filiación divina al hombre, y por eso éste ya no es más una simple criatura a partir del bautismo, sino un real y verdadero hijo de Dios, que participa de la vida de Dios Uno y Trino. Esto quiere decir que por la gracia, el hombre pasa a inhabitar en la Trinidad, y la Trinidad pasa a inhabitar en el hombre, recibiendo el hombre la comunicación más íntima de lo más íntimo de la divinidad, comunicación que es vida divina en su plenitud, y que por la gracia, que lo hace partícipe, se convierte en su principio vital.

Es como cuando se injerta un ramo prácticamente seco al tronco de la vid, pasando este a recibir toda la linfa vital de la vid, que lo hace revivir con una linfa nueva.

“No he venido a abolir. He venido a dar la plenitud de la ley, la gracia”. Esto explica la heroicidad de las virtudes de los santos, realizadas en la comunión de vida y amor con la Trinidad; esto explica la valentía de los mártires, quienes enfrentan la muerte no con temor, sino con alegría, porque al morir sus vidas serán glorificadas con la plenitud de la gloria, gloria que llevan en germen en sus corazones por la gracia.

La plenitud de la Ley Nueva de la gracia hace que el testimonio de Dios sea mucho más difícil para el cristiano, que lo que era para el israelita con la Antigua Ley: el sólo hecho de enojarse con el prójimo, merece ya la condena en el infierno; la sola mirada impura consentida, se convierte en pecado mortal; el sólo hecho de no perdonar al prójimo, cierra para siempre las puertas del cielo.

Pero la plenitud es también plenitud en sentido positivo: si en la Ley Antigua la sangre de machos cabríos no podía perdonar los pecados, en la Ley Nueva, la sangre del Cordero de Dios quita los pecados, y no solo esto, sino que concede la vida nueva de la gracia, la participación en la vida divina de Dios Uno y Trino, y es en esta participación en la vida de la Trinidad, por la fe y por la gracia en esta vida, y por la unión beatífica en la otra, en lo que consiste la majestuosa grandiosidad de la Ley Nueva.