“Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados y yo les daré alivio” (Mt 11, 28-30). Jesús llama a todos los
que están “fatigados y agobiados” para que Él les dé alivio. Parece algo
difícil o incluso imposible, el hecho de que Jesús pueda dar alivio, porque Él
mismo está “fatigado y agobiado” en la cruz y lo está al punto de encontrarse
en estado de agonía, a causa de las innumerables heridas sangrantes que cubren
su Sagrado Cuerpo. También si lo contemplamos en la Eucaristía, parecería ser
casi imposible que Jesús nos dé alivio, porque Él está en la Eucaristía y
parece solo estar ahí, sin poder hacer nada más que estar ahí. Ahora bien,
pensar de esta manera es pensar de manera mundana y es no considerar, en
realidad, quién es Jesús y cuál es su verdadero poder. Cuando Jesús dice que
acudan a Él los que están “afligidos y agobiados”, está diciendo que acudan a
Él que está en la Cruz y que está también, en Persona, en la Eucaristía. Aunque
humanamente parecería que Jesús no nos puede auxiliar desde la Cruz y la
Eucaristía, sí puede hacerlo en realidad y puede hacerlo porque Él es Dios. Por
eso, aunque parezca abatido en la Cruz y ausente en la Eucaristía, Jesús puede
darnos alivio en nuestras aflicciones a causa de su omnipotencia divina. Por esto
mismo, acudamos a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía y nos postremos ante
Él, para que, en el silencio de la oración y en lo más profundo de nuestro ser,
sintamos y experimentemos el alivio que Jesús nos concede.
Adorado seas, Jesús, Cordero de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios oculto en el Santísimo Sacramento del altar. Adorado seas en la eternidad, en el seno de Dios Padre; adorado seas en el tiempo, en el seno de la Virgen Madre; adorado seas, en el tiempo de la Iglesia, en su seno, el altar Eucarístico. Adorado seas, Jesús, en el tiempo y en la eternidad.
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martes, 14 de julio de 2020
miércoles, 24 de junio de 2020
“Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo los aliviaré”
(Domingo
XIV - TO - Ciclo A – 2020)
“Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo
los aliviaré” (Mt 11, 25-30). Es un hecho que se puede constatar por la
experiencia, que la vida humana, tanto a nivel de personas individuales como de
la humanidad en sí misma, está llena de tribulaciones, pesares y dolores. Esto se
puede constatar fácilmente cuando se hace un repaso de la Historia general de
la humanidad, como cuando se hace un repaso de la historia personal de cada
uno. Nadie está exento de la tribulación, del dolor, de la aflicción. Esto tiene
una causa y es el pecado original, pecado cometido por Adán y Eva y que se
transmite, con todas las consecuencias de la pérdida de la gracia -la enfermedad,
el dolor y la muerte- a todos los seres humanos sin excepción. Jesús viene a
darnos un remedio para esta situación de aflicción, agobio y tribulación y para
que esto suceda, son necesarias dos condiciones: por un lado, que el alma atribulada
y afligida se acerque a Él: “Vengan a Mí todos los que están afligidos y
agobiados y Yo los aliviaré”; por otro lado, que el alma atribulada y afligida “cargue
su yugo”, que es la Cruz y así aprendan de Él, que es “manso y humilde de
Corazón”: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente
y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi
carga liviana”.
Parece una paradoja y también algo imposible de cumplir, el
que Jesús nos alivie la aflicción y el agobio, porque Él mismo está afligido y
agobiado en la Cruz: al contemplarlo crucificado, con sus heridas abiertas y
sangrantes, con su dolorosísima agonía y su indefensión frente a sus enemigos,
no se ve, humanamente hablando, cómo puede Jesús quitarnos el agobio, si Él
mismo, como lo podemos contemplar, está “afligido y agobiado”. Sin embargo, la
realidad es que Él nos da alivio en la aflicción y el agobio, si se cumple una
condición todavía más paradójica: si, acercándonos a Él, tomamos nosotros su
Cruz y la cargamos y esto sucede porque su Cruz, que parece pesada y dura -y en
realidad lo es- y que es lo que Jesús nos pide que carguemos, en realidad la
carga Él en Persona, aliviándonos así el peso de la Cruz de cada uno. De modo
misterioso, pero real, Jesús toma sobre Sí, en su Cruz, la Cruz de cada uno de
nosotros y la lleva hasta el Calvario por nosotros, aliviándonos de esta manera
el peso de la Cruz que, de otra forma, es imposible de llevar. La aflicción, el
agobio, la tribulación, sobrevienen en el alma no sólo por consecuencia del
pecado original, sino por no acercarse a Jesús crucificado -y a Jesús Eucaristía-
y por no cargar consigo el yugo liviano de Jesús, su Santa Cruz. Cuando el alma
hace esto, de inmediato ve aliviados sus dolores, sus aflicciones y
tribulaciones.
“Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo
los aliviaré”. Frente al agobio de las tribulaciones, penas y dolores que se
puedan presentar a lo largo de nuestra existencia terrena, los cristianos no
estamos solos y no tenemos motivo alguno para desesperar de nuestra situación,
por difícil que sea: el Hombre-Dios nos espera en la Cruz y en la Eucaristía y
para ser aliviados de aquello que nos aflige, solo tenemos que arrodillarnos
ante la Cruz y postrarnos ante la Eucaristía.
lunes, 9 de diciembre de 2019
“Cargad con mi yugo y tendréis alivio”
“Cargad con mi yugo y tendréis alivio” (Mt 11,28-30). Para quien se siente “afligido
y agobiado” por las circunstancias de esta vida terrena, en la que no faltan
las zozobras y las tribulaciones, Jesús propone una aparente paradoja: quien
está cansado o agobiado, debe tomar su yugo, que es la Cruz, y así obtendrá
alivio. Es una paradoja aparente, porque si alguien está cansado, si carga
sobre sí un yugo, se cansará más todavía; sin embargo, Jesús promete que quien
cargue “su yugo”, que es la Cruz, sobre sus hombros, obtendrá alivio. La contradicción
es sólo aparente porque quien haga esto, es decir, quien esté agobiado y cargue
sobre sus hombros el yugo de Jesús, obtendrá alivio, por la razón de que en
realidad es Él quien carga nuestra Cruz por nosotros. Es Él quien, camino del
Calvario, lleva la Santa Cruz a cuestas y, en esa Cruz, están todas nuestras
cruces. Ésta es la razón por la cual quien cargue con el yugo de Jesús, la
Santa Cruz, obtendrá alivio, porque su carga se verá aliviada, al ser Él quien
comenzará a llevar la Cruz de cada uno sobre sus espaldas.
“Cargad con mi yugo y tendréis alivio”. Cuando nos
sintamos agobiados y afligidos por las tribulaciones y zozobras de esta vida
terrena, acudamos al Niño Dios, que es el mismo Cristo que está en la Eucaristía
y le pidamos que nos dé su yugo, la Santa Cruz, que es suave y amable y así
comenzaremos a sentir alivio.
martes, 16 de julio de 2019
“Vengan a Mí los afligidos y agobiados y Yo los aliviaré”
“Vengan
a Mí los afligidos y agobiados y Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). Si hay algo que caracteriza a la vida del
hombre sobre la tierra, después del pecado original, es la aflicción y el
agobio, precisamente por haberse apartado el hombre de Dios a causa del pecado.
El hombre fue creado por Dios para Dios, para que el hombre encontrara en Dios
todo su solaz, toda su alegría, toda su paz y todo su amor. Al alejarse de Él
por el pecado original, toda la vida del hombre se sumerge en una inmensa
oscuridad, en donde todo es tinieblas, tribulación, aflicción y agobio y en
donde nada de lo creado ni de lo material puede remediar esta situación. Nada
de lo creado ni nada de lo material puede conceder al hombre la paz que sólo Dios
puede darle, la paz de Dios que Dios infunde en el alma por la gracia. Es por
esta razón que Jesús nos invita a que acudamos a Él, para que Él nos conceda la
paz del corazón y nos quite el agobio, la tribulación y la aflicción. Si los
hombres acudiéramos a Jesús, que está en la Eucaristía y en la cruz, si nos
postráramos ante Él y le pidiéramos que nos dé su paz, su alivio y su amor, muy
distinta sería la vida en la tierra, ya que se convertiría en un anticipo del
paraíso. Muchos, ante las aflicciones y tribulaciones, acuden vanamente a otros
hombres para encontrar alivio, pero solo encuentran mayores cargas y mayores
tribulaciones y aflicciones, porque sólo Jesús puede dar verdadero alivio al
corazón.
“Vengan
a Mí los afligidos y agobiados y Yo los aliviaré”. Para encontrar y recibir el
alivio, la paz y el amor que sólo Dios puede dar, debemos acudir ante la
Eucaristía y la Cruz y postrarnos ante Jesús, cargar con su yugo que es suave e
imitarlo en la mansedumbre de su corazón, y Jesús hará el resto por nosotros,
concediéndonos la paz del corazón que sólo Él puede dar.
jueves, 19 de julio de 2018
“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”
“Vengan
a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (cfr. Mt 11, 28-30). Para todos aquellos que
están afligidos y agobiados por las tribulaciones, penas y trabajos de esta
vida terrena, Jesús les dice que acudan a Él, para que Él los alivie: “Vengan a
mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. Sin embargo,
luego dice algo que parece contradictorio: que acudan a Él los afligidos y
agobiados pero que, una vez que acudieron a Él, hagan algo que parece entrar en
contradicción con lo que promete: les dice que “carguen su yugo”: “Carguen
sobre ustedes mi yugo”.
Es
decir, Jesús llama a los “afligidos y agobiados”, prometiéndoles el alivio,
pero resulta que este alivio consiste en que, aquel que está afligido y
agobiado, tiene que cargar un nuevo yugo, el yugo de Jesús: “Carguen sobre
ustedes mi yugo”. Es una aparente contradicción porque si alguien está afligido
y agobiado, no se ve de qué manera se pueda aliviar su aflicción y agobio
cargando, además de lo que ya tiene, un nuevo yugo, el yugo de Jesús. Tampoco
parece claro cómo pueda Jesús dar alivio si Él mismo padece agobio y aflicción,
al ser el portador de la cruz por antonomasia.
Sin
embargo, las palabras de Jesús no solo no constituyen una contradicción, sino
que el cargar el yugo de Jesús es un verdadero alivio para el alma afligida y
agobiada y la razón es triple: por un lado, porque el yugo de Jesús es “suave y
liviano”: “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”; la segunda razón, es
que se produce un intercambio entre lo que el alma trae, que es su agobio, y el
yugo de Jesús: el alma le da a Jesús lo que la agobia y aflige y Jesús le da a
cambio su yugo, que es la cruz, y es un yugo “suave y liviano” porque en
realidad es Él quien carga con todo el peso de la cruz; por última, la tercera
razón por la cual no son una contradicción las palabras de Jesús, es que una
vez realizado el intercambio –el alma le da sus agobios y aflicciones y Jesús
le da su cruz, que es Él quien la carga-, la fuerza para llevar el yugo de
Jesús no viene de la naturaleza humana, sino de la participación en la vida
divina de Jesús, participación que se traduce, además de la fortaleza para
llevar la cruz, en la mansedumbre y humildad de corazón: “Aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”.
Entonces,
para aquel que se encuentra afligido y agobiado, lo único que debe hacer es
recurrir a Jesús -ante su Presencia en el sagrario o arrodillado ante su cruz- y hacer un intercambio: darle a Jesús su aflicción y agobio,
recibir de Él su yugo -“suave y liviano”- que es su cruz y esforzarse en
imitarlo, por medio de la gracia, en su paciencia, mansedumbre y humildad de
corazón. Eso es lo único que tiene que hacer el alma; el resto, lo hace Jesús.
martes, 10 de diciembre de 2013
“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”
“Vengan
a Mí los que estén afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). Jesús promete
el alivio a los que acudan a Él, pero luego hace una afirmación que parece
contradecir lo que promete, porque dice que a los que se acerquen a Él, en
busca de alivio, les dará a “cargar su yugo”. Es decir, mientras por un lado
ofrece alivio al que se le acerque, inmediatamente, al que se le acerque, le da
a cargar un yugo, y así no se ve de qué manera alguien que busca ser aliviado
del peso de su aflicción y agobio, pueda ser aliviado con una nueva carga, la
carga del yugo de Jesús, aun cuando este sea “suave y su carga liviana”. Es decir,
se trata de una paradoja que, a primera vista, no se entiende: si alguien está “afligido
y agobiado”, ¿de qué manera va a ser aliviado de esa carga, si se le aumenta
una carga más, la carga del yugo de Jesús, aun cuando esta carga sea “suave y
liviana”?
La
paradoja –aparente- se entiende un poco más adelante, cuando Jesús dice: “Carguen
mi yugo y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Es esto lo que
permite entender por qué el hecho de cargar su yugo es un alivio: el yugo de
Jesús es la Cruz y como en la Cruz está todo aquello que nos agobia, es decir,
el pecado –el pecado oprime y agobia al corazón del hombre porque el hombre no
ha sido hecho para el pecado, sino para Dios y su gracia-, y como Cristo en la
Cruz destruye el pecado con el poder de su Sangre, se sigue que quien carga la
Cruz y la lleva como la lleva Él, con mansedumbre y humildad de corazón, ve
destruido aquello que provocaba agobio, al ser reemplazado por las virtudes del
Sagrado Corazón, la mansedumbre y la humildad, virtudes que alivian al corazón
del hombre agobiado y oprimido por la ira y la soberbia.
“Vengan
a Mí los que estén afligidos y agobiados y Yo los aliviaré”. El yugo de Jesús,
suave y ligero, su Cruz empapada en su Sangre Redentora, no solo nos alivia de
todas nuestras aflicciones y agobios, sino que nos colma con la Alegría
infinita de su Ser divino, la Alegría de su Sagrado Corazón.
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