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miércoles, 28 de julio de 2021

“¡Es un fantasma!”

 


“¡Es un fantasma!” (Mt 14, 22-36). Mientras los discípulos se dirigen en la barca de una orilla a la otra, Jesús, que se había quedado en tierra firme, se acerca a ellos caminando sobre el agua. Los discípulos no solo no lo reconocen, sino que lo confunden con un fantasma, al punto que comienzan a dar “gritos de terror”. Jesús los tranquiliza, diciéndoles que es Él y que por lo tanto nada deben temer: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. El episodio del Evangelio muestra, por un lado, un milagro de Jesús, puesto que el caminar sobre las aguas es un prodigio que supera las fuerzas de la naturaleza y demuestra que Jesús es Dios, al suspender la ley de la física y de la gravedad que determinan que un cuerpo pesado, como el cuerpo humano, se hunde al ingresar el mar y que por lo tanto es imposible que un ser humano camine sobre las aguas como lo hace Él. El otro aspecto que puede comprobarse en este Evangelio es la falta de fe y de conocimiento en Jesús, que también es falta de amor hacia Él, por parte de los discípulos. En efecto, ellos conocen a Jesús, tratan con Él diariamente, reciben sus enseñanzas, son testigos de sus milagros y sin embargo, al verlo caminar sobre las aguas, sorprendentemente reaccionan como si no lo conocieran y además lo confunden con un fantasma: “¡Es un fantasma!”, exclaman aterrorizados. Es decir, el hecho de que confundan a Jesús con un fantasma, no deja de ser llamativo, porque ellos deberían haberlo reconocido al instante, al ser sus discípulos y, en teoría, ser quienes más conocen y aman a Jesús. Este desconocimiento de Jesús puede explicarse porque, en el fondo, a los discípulos les falta más conocimiento y amor de Jesús.

“¡Es un fantasma!”. Así como los discípulos confunden a Jesús con un fantasma, así también hoy, en la Iglesia, muchos creen en Jesús como si fuera un fantasma: para muchos católicos, visto que llevan en la vida un comportamiento alejado de Dios y su Ley, parecieran creer en un Jesús no real, en un Jesús fantasmagórico, en un Jesús que es, precisamente para ellos, un fantasma. Muchos pasan por la vida creyendo en este Jesús fantasma y como creen que es un fantasma, no tienen en cuenta sus mandamientos, no llevan su cruz a cuestas, no se alimentan del Pan de Vida, la Eucaristía, no lavan sus almas con la Sangre del Cordero, es decir, no se confiesan sacramentalmente.

         “¡Es un fantasma!”. Jesús no es un fantasma: es el Hombre-Dios, es Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y así como calmó la tempestad que amenazaba con hundir la Barca de Pedro, así calma las tempestades de todo tipo que se desencadenan en nuestros corazones. Acudamos al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, adorémoslo como al Dios que es, no vivamos como si fuera un fantasma y dejemos que Él calme las tempestades de nuestras vidas.


domingo, 12 de enero de 2014

“Jesús les dijo: “Síganme”; inmediatamente lo dejaron todo y lo siguieron”


“Jesús les dijo: “Síganme”; inmediatamente lo dejaron todo y lo siguieron” (Mc 1, 14-20). Mientras pasa caminando por el mar de Galilea, Jesús llama a sus discípulos diciéndoles: “Síganme”. El Evangelista destaca la prontitud de la respuesta de estos: “Inmediatamente lo dejaron todo y lo siguieron”. Esta respuesta de los discípulos es el modelo de la respuesta de todo hombre que es llamado por Cristo a la eternidad.
Así como Jesús, caminando por el mar de Galilea, llama a sus discípulos para que participen de su Pasión, así Cristo Dios, caminando por la historia personal de cada alma, la mira y la llama y le dice que lo siga, pero no para un proyecto temporal ni para un plan que finaliza en pocos días: le dice que lo siga hasta la eternidad, más allá de esta vida, más allá de los límites temporales de la vida terrena. Cuando Jesús dice a un alma “Sígueme”, le está diciendo: “Sígueme más allá del umbral de esta vida; sígueme hasta la vida eterna; sígueme hasta la eternidad; sígueme más allá del tiempo humano; sígueme más allá de tu vida y de tu muerte; sígueme y ven conmigo a la vida eterna”. Es esto lo que Cristo quiere decir cuando dice: “Sígueme”, porque el seguimiento de Cristo implica, indefectiblemente, la muerte en Cruz en el Calvario, que es a su vez la Puerta Abierta al Reino de los cielos.
A su vez, de parte del alma, la respuesta no admite dilaciones ni puede ser hecha a medias tintas: o se sigue a Cristo rumbo a la eternidad, por medio de la Cruz, o se permanece en esta vida, alejados de la Cruz. En este sentido, la respuesta de los discípulos es paradigmática porque “lo dejan todo”; es decir, ante el llamado de Cristo a la muerte en Cruz y a la vida eterna, no dudan en dejar el hombre viejo y todo lo que este representa –la vida materialista, carnal, gobernada por la concupiscencia y el pecado-, para dar lugar a la gracia y la vida nueva que esta concede, como anticipo en el tiempo de la vida de gloria que se habrá de vivir en los cielos.
Es por esto que el pecado -sea mortal o venial- significa el rechazo del llamado de Cristo a la feliz eternidad, porque representa la opción por la desesperación, al elegir aferrarse a esta vida mundana, caduca, efímera, cargada de corrupción y destinada a la muerte.
“Jesús les dijo: “Síganme”; inmediatamente lo dejaron todo y lo siguieron”. Desde la Encarnación del Verbo, cada segundo de la existencia de todo hombre participa de la eternidad y se dirige a la eternidad, pero depende del libre albedrío de cada uno que cada segundo sea vivido de cara a la feliz eternidad en Cristo, es decir, en gracia. Para esto es necesario, en cada segundo, en cada momento, “dejarlo todo”,  para así seguir a Cristo por el Camino Real de la Cruz, Puerta Abierta al Reino de los cielos.

miércoles, 8 de enero de 2014

“Pensaron que era un fantasma”


“Pensaron que era un fantasma” (Mc 6, 45-52). Jesús camina sobre las aguas en dirección a la barca de los discípulos; estos, al verlo caminar sobre las aguas, se ponen a gritar, “pensando que era un fantasma”. Jesús sube a la barca, les dice que no teman, porque es Él y calma el viento con una orden de su voz.
Toda la escena es representativa de realidades sobrenaturales: la barca es la Iglesia; los discípulos son los bautizados; el mar es el mundo y la historia humana; el viento que “sopla en contra”, como lo dice el Evangelista, es el demonio que busca hundir la barca, es decir, la Iglesia; Jesús que sube a la barca y calma al viento con su sola voz, significa que el Hombre-Dios es el Dueño no solo de la barca, sino también de la historia humana y que tiene poder absoluto sobre el demonio que, aun siendo un poderoso ángel rebelde, en relación con Cristo es como un insignificante gusano.
También la inesperada reacción de los discípulos –confunden a Jesús con un fantasma- es representativa de realidades sobrenaturales, ya que representa a muchos católicos en su relación con Cristo, por lo que vale la pena detenerse en su consideración y reflexionar sobre la misma.
Según el relato del Evangelio, cuando los discípulos ven a Jesús caminar sobre las aguas, es decir, hacer un milagro con su poder divino, se atemorizan porque los confunden con un fantasma y comienzan a gritar despavoridos. Esta reacción es sorprendente e inesperada, puesto que parecieran desconocer a su Maestro a pesar de haber sido testigos directos y presenciales de numerosos milagros, en comparación con otros que solo saben de sus milagros por narraciones de terceros.
Con esta reacción, los discípulos en la barca representan a muchos cristianos que, estando en la Iglesia, creen en Jesús como si fuera un fantasma y no una Persona real. Hablan de Jesús y creen en Jesús como si fuera un fantasma y no como si fuera una Persona real, y mucho menos como si fuera la Persona Divina del Hijo de Dios.
Para estos cristianos, al ser Jesús un fantasma, sus Mandatos no tienen incidencia en las decisiones de todos los días ni en su ser cristiano, convirtiéndose de esta manera en cristianos meramente nominales y teóricos, y neo-paganos en la práctica. En consecuencia, hacen oídos sordos a los Mandatos de Jesús: si Jesús dice: "Ama a Dios y a tu prójimo", estos ni aman a Dios, ni aman al prójimo; si Jesús dice: "Ama a tus enemigos", en vez de amarlos con el amor de la Cruz, lo odian, comportándose como paganos y no como cristianos; si Jesús dice: "No se puede servir a Dios y al dinero", estos cristianos sirven al dinero y no a Dios; si Jesús dice: "Honra padre y madre", ni honran al padre, ni honran a la madre; si Jesús dice: "No cometerás actos impuros ni fornicarás", estos cristianos hacen de la impureza corporal su modo vida, y así con todos los mandamientos de la Ley de Dios.
Al ser Jesús -para estos cristianos- un fantasma y no la Persona Divina de Dios Hijo, se abandonan en las tribulaciones y se alejan tanto más de Jesús cuanto más dura es la tribulación, sin considerar que la tribulación es precisamente un don que Jesucristo les concede para que crean en Él.
Pero tampoco en las alegrías está presente Jesús, porque al pensar que es un fantasma, sus alegrías o son mundanas o si vienen del cielo prontamente se mundanizan y se convierten en profanas.
Al pensar que Jesús es un fantasma, la alegría de estos cristianos no se fundamenta en la resurrección, y es por esto que se degrada a alegría mundana y profana.
Pero lo más grave de todo es que, al considerar a Jesús como un fantasma y no como el Hombre-Dios, estos cristianos no alimentan sus almas con el manjar de los cielos, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y es así como se vuelcan a los manjares y placeres de la vida terrena, vacíos de Dios.
“Pensaron que era un fantasma”. Jesús en la Eucaristía no es un fantasma; es el Hombre-Dios que, caminando desde el cielo hasta el altar eucarístico, viene a nosotros escondido en la apariencia de pan, para calmar con su poder divino la tormenta de la vida terrena, aquietar el borrascoso mar de las tribulaciones y concedernos su Paz, su Alegría y su Amor.


miércoles, 3 de abril de 2013

Jueves de la Octava de Pascua



“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). La aparición de Jesús resucitado en medio de los discípulos, constituye todo un programa de vida y un mandato misionero para toda la Iglesia.
Como los discípulos, a quienes Jesús les recuerda que Él les había profetizado que debía sufrir y morir, tal como estaba anunciado en las Escrituras, así el cristiano debe cargar la cruz todos los días para morir a sí mismo, y su luz para obrar debe ser la lectura diaria de la Palabra de Dios.
Así como los discípulos están “hablando de Jesús” en el momento en el que se les aparece, como símbolo de la oración, así el cristiano debe orar todos los días, movido por la fe en Jesús, para que Jesús resucitado se le manifieste en la oración.
Así como los discípulos se ven embargados por una alegría inconmensurable, tan grande que “se resistían a creer”, así el cristiano que reza, que lee la Escritura, que lleva su cruz todos los días, que se encuentran con Jesús en la oración, recibe de este encuentro la participación en la alegría del Ser divino de Jesús, en un grado tal que las tribulaciones diarias se convierten en ocasión de más y más alegría, por la esperanza de la vida futura.
Así como Jesús, a los discípulos que están en la casa hablando de Él “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y los constituye en “testigos” de su Pasión y Resurrección, además de hacerlos participar de su alegría, de iluminarlos con su luz de resucitado y de concederles su paz, basada en el perdón y en el Amor divino, así el cristiano que, estando en la Casa de Dios, la Iglesia, recibe la aparición de Jesús resucitado en la Eucaristía y por la Eucaristía recibe el Amor, el perdón, la paz y la alegría de Jesús resucitado, debe ser “testigo de todo esto”, es decir, debe dar testimonio, con obras y no con palabras, proclamando que Jesús ha resucitado y se aparece cada vez, en el misterio de la fe, oculto en lo que parece pan pero no lo es, la Eucaristía.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Como el Padre me envió al mundo, así Yo los envío al mundo



“Como el Padre me envió al mundo, así Yo los envío al mundo” (Jn 17, 11-19). Así como el Padre envió a Jesús al mundo, a encarnarse, por Amor, puesto que fue el Espíritu Santo quien lo trajo desde el seno eterno del Padre al seno virgen de María en el tiempo, así el mismo Jesús, enviará a sus discípulos y a la Iglesia a misionar al mundo, llevados por el mismo Espíritu Santo.
Esto quiere decir que el motor de toda la misión de la Iglesia, y el motor de todo apostolado de los cristianos, y el motor de todo lo que el cristiano obre en la Iglesia, es –o al menos, debe ser-, el Amor de Dios. Es el Espíritu Santo el que lleva a la Iglesia a comunicar la Buena Noticia de la Pasión salvadora de Jesucristo al mundo, y debe ser el Amor de Dios, por lo tanto, el motor del movimiento de toda la vida del cristiano.
El cristiano, el verdadero cristiano, obra en el mundo movido por el mismo Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor divino; el verdadero cristiano, da testimonio de Jesucristo, llevado por el Amor de Dios, ante todo con sus obras de misericordia.
Cualquier otro motivo que lleve a obrar al cristiano –intereses mundanos, intereses propios, o cualquier otro interés-, que no sea pura y exclusivamente el Amor divino, constituye una muestra de egoísmo y de mezquindad por parte de ese cristiano, y una negación y una traición a la misión encomendada por Jesús.

martes, 21 de febrero de 2012

El que quiera ser el primero que se haga el último de todos y el servidor de todos



“El que quiera ser el primero que se haga el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús les está anunciando su próxima Pasión, los discípulos discuten entre sí quién de ellos es el más grande. Por eso es que el evangelista destaca que, mientras Jesús les habla, ellos “no comprendían” de los que les hablaba.
Y no entienden qué es lo que Jesús les dice, porque mientras Él les está hablando del camino de la Cruz, camino que supone dolor, humillación, abandono, traición, vituperio, derramamiento de sangre y muerte, para llegar a la gloria y a la vida eterna, los discípulos están pensando en la gloria mundana, la gloria dada por demonios y hombres, que consiste en alabanzas, loas, lisonjas, felicitaciones, que lo único que hacen es aumentar el ego y henchirlo de soberbia.
Mientras Jesús les está diciendo que Él deberá sufrir la muerte más humillante y dolorosa de todas, los discípulos discuten sobre quién es el más grande de todos, y con eso solo demuestran no entender nada de lo que Jesús les dice; demuestran no entender que para llegar al cielo es necesaria la humildad; no entienden que la soberbia sólo conduce en dirección al infierno.
Esto es lo que les quiere hacer ver cuando les advierte que si quieren ser primeros en el cielo, deben ser aquí, en la tierra, el último de todos y el servidor de todos. Pero ser “último de todos y servidor de todos” no quiere decir no hacer nada para pasar desapercibido, y no quiere decir que se es servidor de los demás porque no se sabe mandar o no se sabe ser jefe; “ser último de todos y servidor de todos” quiere decir tratar de hacer todo lo que corresponda al propio deber de estado lo más perfectamente posible, pero sin alardear de ello, y servir a los demás por medio del cumplimiento del propio deber de estado.
Ser el último de todos y el servidor de todos es imitar a Jesús que, en la Última Cena, siendo Él Dios en Persona, se arrodilla delante de sus discípulos para lavarles los pies, tarea reservada a los esclavos. Sólo la humildad abre las puertas del cielo, porque así el alma se configura a Cristo humilde en la Pasión. El alma soberbia, el alma rápida para la ofensa, para la susceptibilidad, para el rencor, para el deseo de venganza; el alma deseosa de alabanzas y de honores, rápida para la envidia y la difamación, jamás entrará en el cielo. De ahí la imperiosa necesidad de pedir al Sagrado Corazón: “Sagrado Corazón de Jesús, haz mi corazón manso y humilde como el Vuestro”.