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viernes, 29 de enero de 2021

“Espíritu inmundo, sal de este hombre”

 


“Espíritu inmundo, sal de este hombre” (Mt 5, 1-20). Jesús realiza un exorcismo al endemoniado geraseno, un hombre que, según el Evangelio, estaba poseído por un “espíritu inmundo”, es decir, por un ángel caído, un ángel rebelde y que, como consecuencia de esa posesión, habitaba en cementerios, se hería a sí mismo y era agresivo para con los demás, al punto de verse obligados sus prójimos a atarlo con cadenas y grillos.

La escena nos revela varios elementos que pertenecen a nuestra fe católica: nos revela a Jesús en cuanto Hombre-Dios, porque sólo Dios tiene el poder de expulsar, con el solo poder de la voz, a los demonios que toman posesión del cuerpo de un ser humano; nos revela también la realidad de la posesión demoníaca: el ángel caído ingresa, sea porque ha sido invocado expresamente por la persona o sea porque alguien ha invocado a ese demonio para que posea a la persona, en el cuerpo y toma posesión de él, dominándolo y controlándolo a su voluntad; forma parte del fenómeno de la posesión el hecho de que el demonio sólo puede controlar el cuerpo, con todas sus facultades sensitivas, pero no puede controlar el alma ya que no toma posesión del alma -salvo en el caso de posesión perfecta, en donde sí lo hace-, lo que significa que el poseso, aun estando poseído por un demonio, permanece con su voluntad libre, por lo que puede realizar un acto de su libre voluntad e invocar a Jesús y a la  Virgen para que lo libren de la posesión; el episodio del Evangelio nos revela la realidad de la existencia de los ángeles caídos, los demonios o ángeles apóstatas, aquellos que se rebelaron contra la voluntad de Dios, negándose a amarlo y servirlo: la existencia y el obrar perverso de los demonios, es parte esencial de nuestra fe católica, porque parte de la obra salvífica de Jesús es “deshacer las obras del demonio” (1 Jn 3, 8), lo cual significa que, como católicos, no podemos decir: “No creo en el demonio”, “no creo en la brujería”, porque los ángeles caídos, invocados por los brujos por medio de prácticas de magia y brujería, existen y actúan en el mundo, siendo uno de los mayores logros del demonio el haber convencido a los hombres de que él no existe.

“Espíritu inmundo, sal de este hombre”. Así como en los tiempos de Jesús el demonio actuaba, entre otras cosas, tomando posesión de los cuerpos de los hombres, así sigue actuando hoy, en nuestros días, pero no solo a través de la posesión demoníaca, que implica el control del cuerpo: el demonio actúa hoy en múltiples e insidiosas formas, como por ejemplo, a través de la cultura de la muerte, promoviendo el aborto y la eutanasia; actúa a través de sociedades secretas, como la masonería, puesto que la masonería es la iglesia de Satán; actúa a través del ocultismo, del esoterismo, el gnosticismo, la brujería, la Wicca y la magia negra; actúa disfrazado de ideología política, como por ejemplo, el nazismo, que tiene raíces esotéricas y gnósticas, y el comunismo, que tiene raíces satánicas. Por esta razón, como católicos, no podemos no creer en la existencia del demonio y en su obrar perverso en nuestra sociedad humana, siendo nuestro deber combatirlo y la forma de hacerlo es abrazándonos a la Santa Cruz de Jesús y pidiendo ser envueltos en el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción.

domingo, 30 de agosto de 2020

“Cállate y sal de ese hombre”

 


“Cállate y sal de ese hombre” (Lc 4, 31-37). Estando en la sinagoga, Jesús realiza un exorcismo, utilizando el solo poder de su voz, liberando así a un hombre que estaba poseído por un espíritu inmundo. Según el P. Fortea, hay dos clases de demonios: los que podríamos denominar “hablantes”, que es el de este caso, y los demonios “mudos”, que están presentes en el cuerpo de la persona pero no se dan a conocer. En el caso de este demonio, como lo dijimos, se trata de un demonio hablante, es decir, un demonio que toma posesión del cuerpo y de las funciones sensoriales del poseso, para expresarse a través de estas funciones. Siendo un demonio hablante, es importante escuchar lo que dice, puesto que lo que dice confirma nuestra fe. El demonio, al ver a Jesús, habla por intermedio de las cuerdas vocales del poseso y dice: “¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”. Además de llamar a Jesús “nazareno”, por su lugar de origen, le dice: “Santo de Dios” y esto porque el demonio sabe que Jesús no es un simple hombre, sino el Hijo de Dios encarnado; el demonio reconoce, en la voz de Jesús de Nazareth, la voz del Dios que lo creó y que, luego de la prueba, lo condenó al Infierno eterno. Ahora bien, no solo reconoce la voz, sino que ante esta voz de Jesús, el demonio sale del poseso, obedeciendo a la voz de su Creador y temblando de espanto y de terror: “Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño”.

“Cállate y sal de ese hombre”. No solo el demonio reconoce en la voz de Jesús de Nazareth a la voz de Dios: también los presentes en la sinagoga se dan cuenta de que hay algo sobre-creatural, un poder divino, en la voz de Jesús, que hace que los demonios huyan espantados ante sola presencia: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”.

“Cállate y sal de ese hombre”. También a nosotros nos habla Jesús, no a través de la voz de un poseso, sino a través de la voz del sacerdote ministerial, invitándonos a recibirlo en nuestras almas, cada vez que dice: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”. Reconozcamos la voz de Jesús que, por las palabras de la consagración, nos invita a recibirlo sacramentalmente en la Eucaristía y acudamos a comulgar, para que habite en nosotros el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

martes, 14 de enero de 2020

Jesús expulsa a un demonio y libera a un poseso


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“Jesús increpó al espíritu inmundo y le dijo: “Cállate y sal de él” (cfr. Mc 1, 21-28). Estando Jesús en la sinagoga, en Cafarnaúm, se presenta un poseso, un hombre que estaba poseído por un espíritu inmundo y comienza a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo increpa y le ordena inmediatamente salir del poseso: “Cállate y sal de él”. Obedeciendo a las palabras de Dios encarnado, el ángel caído sale inmediatamente del poseso, dejándolo libre.
El episodio del Evangelio nos revela varios elementos: por un lado, la existencia, presencia y actuación sobre los hombres, de los ángeles caídos, de aquellos que ángeles que siguiendo a Lucifer en su rebelión contra Dios, lucharon contra los ángeles de Dios y fueron expulsados del cielo; otro elemento que nos revelan es que los ángeles caídos circulan por nuestro mundo y que su objetivo no es otro que tomar posesión, para atormentar, a los hombres, porque el Demonio odia al hombre en cuanto éste es imagen y semejanza de Dios: puesto que a Dios nada puede hacerle, descarga toda su furia tomando posesión de los hombres. Otro aspecto que nos revela el Evangelio es el poder absoluto que tiene Jesucristo sobre estos espíritus inmundos, porque ante la sola orden suya, el espíritu inmundo deja inmediatamente al hombre, quedando éste liberado por la orden de Jesús. Es decir, Jesús exorciza a los demonios con el solo poder de su voz, porque estos espíritus angélicos caídos reconocen, en la voz de Jesús, a la potente voz del Creador y huyen inmediatamente. De aquí se deriva otro aspecto que nos revela el Evangelio y es cómo los demonios demuestran tener más fe en Jesús en cuanto Hombre-Dios y no en cuanto simple profeta u hombre santo, porque le obedecen inmediatamente, a diferencia de muchas cristianos que no creen en Jesús ni tienen fe en su Palabra y en sus milagros.
“Cállate y sal de él”. El espíritu impuro reconoce, en la voz humana de Jesús,  a la potente voz de Dios; de manera análoga, los cristianos deberían reconocer, en la débil voz del sacerdote, la potente voz de Dios que, en la Santa Misa, convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre y deberían, colmados de gozo y alegría, postrarse ante la Presencia de Jesús Eucaristía.