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viernes, 30 de enero de 2015

“Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’”


(Domingo IV - TO - Ciclo B – 2015)
         “Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’” (Mc 1, 21-28). Jesús realiza exorcismos, y cuando los demonios son expulsados, exclaman: “Tú eres el Santo de Dios”. El Evangelio nos plantea por lo tanto el grado de conocimiento que de Jesús tienen los ángeles caídos, los demonios; por extensión, nos plantea qué grado de conocimiento tienen de Jesús los ángeles de luz, y qué grado de conocimiento tenemos nosotros, los hombres. Con respecto a los demonios, hay que decir que este conocimiento es de tipo conjetural, porque lo ven hacer milagros que solo Dios puede hacer, y como Él se auto-proclama Dios, entonces deducen que es Dios; pero también deducen que es Dios porque ellos mismos experimentan, en los exorcismos que realiza Jesús, la omnipotencia divina, que se transmite a través de la voz humana de Jesús y que es la que los hace salir expulsados inmediatamente, de los cuerpos a los que poseen. Los demonios reconocen en Jesús a Dios, o al menos a su fuerza, que actúa a través de Jesús, y se postran delante de Jesús, no en adoración, porque la adoración implica amor a Dios y los ángeles caídos, por definición, no poseen amor y jamás lo podrán poseer, porque renunciaron libremente al Amor de Dios. A pesar de eso, lo reconocen y le dicen: “Tú eres el Santo de Dios”. Los demonios no pueden ver a la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth, porque no poseen la gracia y por lo mismo, han quedado como ciegos delante de Dios; además, ellos son oscuridad y Dios es Luz divina y eterna, y la luz nada tiene que ver con la oscuridad.
         De modo transitivo, el Evangelio nos plantea también el conocimiento que de Jesús tienen los ángeles de luz, y lo que nos enseña el Catecismo es que ellos lo conocen en cuanto Dios, porque contemplan su esencia, desde el momento en que poseen la gracia que los capacita para esa visión. Los ángeles de luz, que contemplan a Jesús en su esencia divina, saben que Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada en una naturaleza humana, y se postran ante su Presencia, en señal de adoración y de amor, exclamando, entre otras alabanzas, el triple Sanctus: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Sébaoth”, como proclaman los ángeles ante el trono de Dios, en la visión de Isaías, y como lo proclaman los ángeles en el Apocalipsis, al adorar al Cordero en su trono. Los ángeles de luz pueden ver a Dios Hijo en Jesús de Nazareth, porque ellos participan de la luz de Dios, por la gracia; son luz en la luz y por la luz de Dios, y como la luz es afín a la luz, entonces, a diferencia de los demonios, que son oscuridad y tinieblas vivientes, los ángeles de luz pueden ver al Hijo de Dios en Jesús de Nazareth. Por eso es que, luego de la las tentaciones de Jesús en el desierto, los ángeles acompañan a Jesús y lo sirven, como dice el Evangelio, porque Jesús es el Rey de los ángeles.
         Por último, el Evangelio nos plantea también el conocimiento que nosotros tenemos de Jesús, y el conocimiento que tenemos, es el que nos da la fe, puesto que no lo contemplamos en su esencia, como los ángeles de luz. El hombre que puede contemplar a Dios, intuitivamente, en su esencia, es aquel que muere en estado de gracia, pues inmediatamente, antes de la resurrección de los cuerpos, y antes del Juicio Final, comienza a gozar de la visión beatífica. Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia, en su número 1023: “Quienes mueren en la gracia y amistad de Dios y están perfectamente purificados viven con Cristo para siempre. Ellos son como Dios, porque lo ven “como es Él” (1 Jn 3, 2 ), “cara a cara” (1 Cor 13, 12).  Éste es una de las verdades de fe reveladas por la Escritura y confirmada por al Tradición y es un dogma irreformable de la Iglesia Católica, y es uno de los más grandiosos y maravillosos misterios de la fe católica: la visión beatífica de las almas en el cielo, la cual consiste en la visión inmediata y en la contemplación intuitiva de Dios Trino, reservada para quienes han pasado a la otra vida en estado de gracia, completamente purificados de toda imperfección; es el regalo más preciado y el fruto más maravilloso de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, porque Él murió en cruz, precisamente, para que alcanzáramos el Reino de los cielos, la felicidad eterna en la contemplación de la Trinidad. Ahora bien, nosotros, que estamos en la tierra, no gozamos de esta visión intuitiva, inmediata, cara a cara, de Dios Uno y Trino, pero sí sabemos, por la fe de la Iglesia, que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que prolonga su Encarnación gloriosa en la Eucaristía, y esto es una forma de “ver” a Jesús: no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe. Esta luz de la fe nos fue infundida, gratuitamente, como una semilla, con la gracia bautismal, pero depende de la libertad de cada uno, acrecentar esa fe, con actos concretos de fe, de piedad, de oración, de amor de caridad, o bien, apagar esa fe, viviendo en la vida cotidiana, como si Dios no existiera y como si Jesús fuera un “fantasma”, como le dicen los discípulos cuando lo ven caminar sobre el agua.
Y es aquí en donde se plantea la diferencia con los ángeles, tanto los caídos como los de luz, con nosotros: tanto los ángeles caídos, como los ángeles de luz, reconocen en Jesús a Dios y si bien los ángeles caídos no lo adoran, sí se postran ante su Presencia, en señal de sumisión, mientras que los ángeles de luz sí lo adoran, porque lo aman; nosotros, que sabemos que Jesús es Dios, muchas veces, lo negamos, como si no lo conociéramos, y al hacer esto, renegamos y negamos la fe de la Iglesia y nos volvemos como ciegos frente a su Presencia Eucarística. Por el contrario, si hemos recibido la luz de la fe, es decir, el conocimiento de que Jesús de Nazareth es Dios Hijo encarnado y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es para que demos fruto y fruto abundante, del treinta, sesenta o ciento por ciento.

“Los espíritus impuros se arrojaban a sus pies diciendo: ‘Ya sé quién eres: el Santo de Dios’”. Al contemplar a Jesús en la Eucaristía –ya sea en la Santa Misa, en la consagración, cuando por el milagro de la Transubstanciación el pan y el vino se convierten en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, o ya sea en la adoración eucarística-, todo cristiano, movido por el Amor de Dios e iluminado por la luz de la gracia y de la fe, debería decirle a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios”, y demostrar su amor y su adoración con el ejemplo y la santidad de vida. Es esto lo que enseña Santo Tomás de Aquino, cuando dice que “amar a Dios es más importante que conocerlo”, pero como nadie ama lo que no conoce, hay que conocer a Dios encarnado, Jesucristo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para amarlo y adorarlo, en el tiempo y en la eternidad. 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Octava de Navidad 6 2013




         Unos de los personajes que intervienen en la Nochebuena son los ángeles de luz. No podían estar ausentes, porque los ángeles siguen a su Rey adonde Él va, y así como ellos adoran a su Rey en los cielos, lo adoran ahora que ha nacido en el tiempo, en el Portal de Belén. Los ángeles de Dios, que en el cielo exaltan de gozo por la contemplación del Cordero, acompañan al Niño que ha nacido en el Pesebre de Belén y no les importa que la tierra no sea el cielo, porque lo que hace que algo sea más hermoso que el cielo, es la Presencia de su Rey, y el Rey de los ángeles está ahora aquí, en el suelo, como antes estaba en el cielo, y es por eso que los ángeles se alegran ante su Presencia en el Portal de Belén, como antes se alegraban ante su Presencia en los cielos eternos.
Los ángeles anuncian a los pastores el Nacimiento de su Rey, el Rey de los cielos, que ha venido a las tinieblas de la tierra como Niño recién nacido, sin dejar de ser Dios. El mensaje que los ángeles transmiten a los pastores es un mensaje de gran gozo, de gozo indescriptible, de una alegría serena, radiante, inabarcable, desconocida para los hombres, imposible de ser contenida, y como no puede ser contenida en los cielos, la Alegría que es Dios Hijo nacido como Niño, es comunicada por los ángeles como un mensaje desbordante de amor y de paz: “Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un salvador”. La alegría que comunican los ángeles a los pastores para Navidad es la alegría de saber que los hombres tienen, a partir de ahora, un Salvador, que ha venido a este mundo como un Niño pequeñísimo, pero es ante todo la Alegría de saber que este Niño, que ha venido a salvar a los hombres, es Él en sí mismo la Alegría divina, una alegría celestial, sobrenatural, que brota del Ser mismo trinitario de ese Niño que es Dios en Persona. Los ángeles comunican entonces una doble alegría a los pastores y a la humanidad entera: la alegría de saber que a los hombres les ha nacido un Salvador, y la alegría de saber que ese Salvador es Dios Hijo en Persona, que es la Alegría misma, porque Dios “es Alegría infinita”, como dicen los santos.
Y como consecuencia del Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, el Nombre Santo de Dios es glorificado ahora en la tierra, de un modo nuevo, porque a partir de la Encarnación y Nacimiento de Dios Hijo, la gloria de Dios, que permanecía oculta para los hombres pero visible para los ángeles porque estaba en el cielo, es ahora visible para los hombres, como lo es en los cielos para los ángeles, porque esa gloria divina se manifiesta a los ojos de quien contempla al Niño de Belén y proporciona paz al alma de quien lo contempla: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.


Es importante reflexionar acerca del anuncio de los ángeles a los pastores en Belén, anuncio en el que a los hombres se les avisa que la gloria de Dios es visible en la naturaleza humana de un Niño recién nacido, porque es el mismo anuncio que hace la Iglesia por medio de la Santa Misa: la gloria de Dios se hace visible, a los ojos de la fe, en la apariencia de pan y vino, la Eucaristía. Y así como la contemplación del Niño de Belén provoca gozo y alegría en el alma, porque se trata de la contemplación del Amor Divino encarnado, así la comunión sacramental eucarística inunda al alma de gozo y alegría, porque el Divino Amor, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, se dona sin reservas al alma que comulga con fe y con amor.
Pero además de los ángeles de luz, también los ángeles de la oscuridad están presentes en el Nacimiento, pero rechinando sus dientes de terror y desesperación, porque su definitiva derrota, la derrota de las Puertas del Infierno, han comenzado con el Nacimiento del Niño de Belén, quien los vencerá de una vez y para siempre en el Santo Sacrificio de la Cruz.
“Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un Salvador, y la señal es un Niño recién nacido, envuelto en pañales en el Portal de Belén”, dicen los ángeles a los pastores, y la Iglesia, parafraseando a los ángeles, nos dice: “Os anuncio una gran alegría; el Salvador continúa su Encarnación y Nacimiento por la liturgia de la Iglesia, y la señal es el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, Presentes en el Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico”.


miércoles, 2 de enero de 2013

La adoración de los pastores y la glorificación de los ángeles


         El Nacimiento del Niño Dios suscita diversas reacciones, tanto en el cielo como en la tierra: en el cielo, se conmueven los astros ante el Nacimiento en la tierra del Redentor, al punto que una estrella se desplaza sobre el firmamento, para señalar el lugar exacto del milagroso alumbramiento; también en el cielo se alegran por su Nacimiento los ángeles de luz, que entonan un cántico de alabanza y de adoración a su Rey, nacido en un humilde portal: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”; se alegran los pastores que, dejando sus rebaños, acuden ante el anuncio de los ángeles a adorar al Niño Dios, ofreciéndole el humilde homenaje de su adoración (cfr. Lc 2, 20); en la tierra, incluso los seres irracionales, representados en el buey y el asno, reconocen a su Creador, y se acercan para ofrecerle el calor de sus cuerpos animales. Ante el Nacimiento del Niño del Pesebre, el cielo y la tierra se unen en común alegría y festiva alabanza, porque ese Niño es Dios en Persona, que ha venido a este mundo para conceder a los hombres el perdón divino y para concederles, además del perdón, la gracia de la filiación divina, haciéndolos herederos del cielo y poseedores del Amor divino.
         Pero no solo entre los ángeles de luz, entre los hombres y la Creación, se suscitan reacciones, ante el Nacimiento del Niño: también los habitantes de la oscuridad, los ángeles caídos, reaccionan ante este Nacimiento, y como en su naturaleza pervertida por propia decisión, no cabe otra cosa que el odio, se valen de los hombres siniestros, asociados a ellos en el mal y en la perversión, como el rey Herodes, para desencadenar lo único que saben hacer: destrucción y muerte, y es así como los ángeles oscuros planean y dirigen la matanza de los inocentes, valiéndose de hombres enceguecidos por el mal, para tratar de dar muerte al Autor de toda vida y la Vida misma Increada.
         A dos mil años del Nacimiento, se continúan suscitando las mismas reacciones: por un lado, alegría y cantos de alabanza y adoración al Niño del Pesebre, por parte de los que se consideran a sí mismos indignos de estar ante su Presencia, y se postran ante Él con corazón contrito y humillado ante la vista de la propia miseria; por otro lado, desprecio, indiferencia, perversión, por quienes no creen que el Niño sea Dios en Persona, convirtiendo a la Navidad en un rito neo-pagano, sacrílego, mero justificativo para la diversión desenfrenada, el consumismo materialista y la rienda suelta a los placeres. Estos tales, asociados a los ángeles de la oscuridad, se comportan como el servidor malo y perezoso que, no sabiendo a qué hora regresa su amo, y pensando que va a demorar, se dedica a embriagarse y a golpear a los demás. Con su actitud, demuestran desprecio y burla sacrílega al Niño del Pesebre, al paganizar y pervertir la fiesta de su Nacimiento.
         No en vano nos advierte Jesús que debemos estar “alertas y vigilantes”, porque no sabemos “ni el día ni la hora” de su regreso. Cuando esto suceda, es decir, cuando sea el Día del Juicio Final, llamado “Día de la ira de Dios” en la Escritura, Jesús aparecerá, no como el Niño indefenso y frágil del Pesebre, sino como el Justo Juez de la humanidad, Juez para el cual ya no existirá la misericordia, sino sólo la Justicia. Y será su Justicia la que premie a quienes se alegraron por su Nacimiento, con la bienaventuranza eterna en el cielo; será su Justicia la que otorgará, a los que se pervirtieron con la adoración de los ídolos del placer, de la sensualidad, del materialismo, del hedonismo, de la violencia, lo que ellos mismos se buscaron, la ausencia de su Presencia para siempre, al decirles: “Fuera los perros, los hechiceros, los fornicadores, los homicidas” (Ap 22, 15).
         Al que se alegra por su Nacimiento, el Niño Dios lo recompensa con la vida eterna; a quien rechaza su Amor y su perdón, el Niño Dios, ya convertido en Juez Eterno, le da lo que el corazón perverso del hombre sin Dios desea.