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martes, 24 de diciembre de 2024

Solemnidad de la Natividad del Señor






(Ciclo C – 2024)

         “Les anuncio una gran alegría, les ha nacido un Salvador (…) un niño recostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 1-14). Luego de Nochebuena, pasado ya el Nacimiento del Señor, la Santa la Iglesia nos desvela una misteriosa imagen para que la contemplemos: se trata de un Niño que recién acaba de nacer; está envuelto en pañales, de a ratos duerme, de a ratos se despierta y mira a su Madre y a su Padre con sus ojos hermosísimos; de a ratos experimenta frío y comienza a temblar, pidiendo más calor, haciendo que su Madre lo estreche más firmemente contra su corazón; su Padre, mientras tanto, se ocupa en buscar leña, para que la pequeña fogata continúe brindando su calor y su luz; hay dos animales, un burro  y un buey, porque se trata de un refugio de animales, es como si los animales, ante el egoísmo de los hombres, que han negado albergue en las ricas posadas de Belén a la Madre Santa que ya estaba por dar a luz, negando al Niño un lugar para nacer, fueran ellos, los animales, quienes prestaran su lugar de descanso para que el Niño pudiera nacer. Esta es la misteriosa escena que la Santa Iglesia Católica nos propone para la contemplación en el día de Navidad y decimos “misteriosa” porque, a pesar de que puede parecer una escena común, ya que se trata de una familia de Palestina, compuesta por una madre hebrea, su esposo y su hijo, que acaba de nacer, en realidad es algo infinitamente más grandioso que aquello que simplemente aparece a los ojos; es un misterio que solo puede ser desvelado por la luz de la gracia y por medio de la contemplación y de la oración y quien pasa de largo ante esta escena, sin pedir siquiera la gracia de desentrañar su misterio para su contemplación, solo demuestra el abismo de su necedad.

         Como dijimos, visto con ojos humanos y con la sola luz de la razón natural, la escena de Navidad es similar en un todo a la de cualquier otra familia humana en donde ha nacido el primogénito: podemos ver a una mujer, que es la Madre; podemos ver a quien parece ser su esposo; podemos ver a un Niño, que llora a causa del frío y el hambre y que busca el consuelo del abrazo materno.

         Vista así, con ojos y razón humanos, la escena de Navidad no parece tener ningún misterio, puesto que no se diferencia de ningún otro nacimiento de cualquier otra familia humana. Sin embargo, la escena es un verdadero misterio para hombres y ángeles cuando es vista con los ojos de la fe, es decir, cuando la escena se contempla a la luz del misterio pascual del Hombre-Dios Jesucristo: cuando contemplamos la escena iluminados por la luz de la gracia, la escena del Pesebre de Belén se presenta ante nuestros ojos como el acontecimiento más importante para toda la humanidad, porque el destino eterno de la humanidad entera depende de ese Niño que acaba de nacer, y la razón es que ese Niño no es un niño más: ese Niño es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios; ese Niño, nacido de la Virgen Madre en el humilde Portal de Belén, en Palestina, es el Verbo de Dios hecho carne, es la Segunda Persona de la Trinidad, que ha asumido hipostáticamente, en su Persona Divina, un cuerpo y un alma humanos, creados en el momento de la Encarnación y ha venido, desde la eternidad del seno del Padre a nuestro tiempo terrestre, a nuestro mundo, a nuestras historia, a nuestra existencia y vida personal, para derrotar y vencer para siempre y así librarnos de nuestros enemigos mortales –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y luego concedernos la gracia de la filiación divina, de manera de ser conducidos al Reino de los cielos, una vez finalizado nuestro paso por la tierra.

         Como vemos, la sola razón natural es completamente insuficiente e incapaz de siquiera imaginar el misterio del Niño de Belén; solo si la razón está iluminada por la luz de la fe, es capaz de contemplar el misterio del Logos del Padre hecho carne para nuestra salvación. Y lo volvemos a repetir, porque no es suficiente con decirlo una vez: no se puede contemplar el Pesebre de Belén con la sola luz de la razón natural, porque esta es absolutamente insuficiente para poder vislumbrar el misterio del Niño de Belén; sólo con la luz de la gracia y de la fe, solo con la luz que viene de lo alto, del Espíritu Santo, solo así, se permite al hombre contemplar, en ese Niño, a la Palabra de Dios encarnada, al Unigénito del Padre, consubstancial al Padre y de su misma naturaleza divina, que sin dejar de ser el Dios infinitamente majestuoso que Es desde la eternidad, se encarna para nacer como un pequeño Niño desvalido y necesitado de todo -y ante todo, necesitado del amor de los corazones de los hombres- en un humilde Portal de Palestina. Solo así, con la luz de la fe, es posible desentrañar el misterio que encierra la escena del Pesebre de Belén. Es por este misterio, que en Navidad se nos desvela ante nuestros ojos, que la Santa Iglesia Católica exulta de alegría; precisamente porque ve, en ese Niño, no a un niño santo, sino a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, a Dios, que es Luz Eterna; ve al Cordero, que es la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, que viene a iluminarnos con su luz divina y eterna a nosotros, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, la Iglesia se alegra con alegría celestial porque contempla en el Niño de Belén al Cordero, que con la luz de su gloria divina, que emana de su Divino Rostro de Niño, vivifica con la vida de la Trinidad a quien ilumina, porque la luz que emite ese Niño es luz viva, porque es la luz de Dios, que “es Luz” –“Yo Soy la Luz”, dice Jesús-, todo aquel que es iluminado por este Niño, Luz de Dios, recibe la Vida divina, la vida que brota de  su Ser divino trinitario y así, quien es iluminado por el Niño de Belén, no camina en las tinieblas del error, del pecado, de la herejía, del cisma, de la mentira y se alejan de él las tinieblas vivientes, los demonios. La Iglesia exulta de gozo porque ese Niño que ha nacido en Belén es Dios Hijo en Persona y por eso lo alaba, lo exalta, lo aclama, lo adora y lo ama como a Dios, y se postra en adoración ante Él, porque es el Hijo de Dios encarnado.

         Por último, hay otro misterio más: el Niño que nace en Palestina, en Belén –que significa “Casa de Pan”-, ha venido para unirse a nosotros en íntima comunión de amor y vida y para unirse a nosotros, no espera a que atravesemos el umbral de la muerte terrena: para unirse a nosotros, el Niño de Belén se nos ofrece como Pan de Vida eterna en la Eucaristía: el mismo Niño que nació en Belén, “Casa de Pan”, es el mismo Dios que se encuentra Presente real, verdadera y substancialmente, en la Eucaristía, en el Altar Eucarístico, al cual por esto también podemos llamar “Nuevo Belén”, “Nueva Casa de Pan”. Es por esto que la Navidad se consuma, tiene su cumplimiento máximo en la Eucaristía, porque en la Eucaristía se cumple el deseo de Dios Hijo al venir a este mundo, y es el de unirse al hombre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Comulgar la Sagrada Eucaristía en estado de gracia, esto es, unirse al Niño Dios que se encuentra en la Eucaristía, es la esencia de la Navidad, porque así se cumple el deseo del Niño Dios al venir a este mundo, que es el de unirse a nuestras almas en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

 


viernes, 20 de diciembre de 2024

El Niño de Belén nos comunica la Luz y la Sabiduría de la Santísima Trinidad

 


(Domingo IV - TA - Ciclo C - 2024 – 2025)

         En la contemplación del hecho histórico del Nacimiento del Dios hecho Niño Dios en el Pesebre de Belén se deben tener en cuenta dos elementos: por un lado, las densas tinieblas espirituales que cubrían toda la tierra, como consecuencia de la dominación total y absoluta de la humanidad por parte del Príncipe de las tinieblas, la Serpiente Antigua, Satanás, el Ángel caído, el Diablo y también como consecuencia del estado de la humanidad, alejada de la gracia y con el pecado original; por otro lado, el otro elemento a considerar, es la Persona que nace en el Pesebre de Belén, porque ese Niño que nace en Belén no es un niño humano bueno; no es un niño santo, ni siquiera el niño más santo entre los niños santos: es el Dios Tres veces Santo, es la Santidad Increada en Sí misma, es el Hijo de Dios, encarnado en el seno purísimo de la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, es la Persona Segunda de la Trinidad, es una Persona Divina y no humana ni angélica y esto es esencial para tenerlo en cuenta, porque el Niño de Belén, al ser Dios Hijo, es Luz y Luz Eterna, es la Luz de la Jerusalén Celestial, es la Lámpara de la Jerusalén Celestial, de la cual habla el Apocalipsis, cuyo resplandor ilumina a los ángeles y a los santos y les comunica de la vida y de la gloria del Ser divino Trinitario, en los cielos eternos y ahora también en la tierra, a los hombres de buena voluntad que se acercan a adorarlo en el Portal de Belén.

De esta manera, al momento de producirse el Nacimiento del Niño Dios, la humanidad se encuentra sumergida “en tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 79) y esas tinieblas y sombras de muerte son las tinieblas del pecado, que alejan al hombre de la Luz Divina de la Sabiduría de Dios y por otra parte las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios, los habitantes del Infierno, quienes desde su expulsión del Cielo vagan por la tierra buscando inocular en los corazones de los hombres el veneno mortal de la rebelión contra Dios Uno y Trino.

El Nacimiento del Niño de Belén supone un cambio radical de la situación, en favor de la humanidad, por cuanto Él viene a cumplir el plan de salvación trazado por la Trinidad Santísima desde la eternidad, plan que implica la derrota para siempre de los tres grandes enemigos del hombre, esto es, el demonio, el pecado y la muerte, a través de su Santo Sacrificio del Calvario, renovado luego incruenta y sacrificialmente en el tiempo por la liturgia eucarística, es decir, por la Santa Misa; el Niño de Belén es el Rey Victorioso del Apocalipsis, que en si en el Pesebre de Belén nace como un Niño desvalido y necesitado de todo, en el Día del Juicio Final viene cabalgando como Rey Triunfante al mando de miríadas de ángeles celestiales que en el Último Día vencerá definitivamente a la Serpiente Antigua, arrojándola al Lago de Fuego, vencerá también para siempre a la muerte con su resurrección y borrará el pecado con su Sangre Preciosísima, pero además concederá a los hombres la participación en la divinidad de su Ser divino trinitario mediante el don de la gracia santificante, concediendo a los hombres que crean en Él la gracia de la filiación divina y dándoles como herencia el Reino de los cielos. Ésta es la razón de nuestra verdadera y profunda alegría espiritual como católicos en Navidad: en el Portal de Belén se produce el milagroso Nacimiento de Dios hecho Niño, pero no es una alegría que surja de nuestros corazones, sino que se trata de una alegría que nos es comunicada por Aquel que es la Alegría Increada, precisamente, Aquel que es la Alegría Increada es el Niño de Belén, el Niño Dios, que en cuanto Dios, es Luz Eterna que vence a las tinieblas vivientes, a las tinieblas del pecado, a las tinieblas del error, a las tinieblas de la herejía, a las tinieblas del cisma y de la falsedad e ilumina nuestras almas con la Luz de la Sabiduría y de la gloria de la Trinidad, que es la gloria del Niño de Belén.

 


domingo, 19 de diciembre de 2021

Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

 



(Ciclo C - 2021 – 2022)

         ¿Cómo fue el Nacimiento del Niño Dios? Para saberlo, debemos recurrir a los santos de la Iglesia Católica, además del Catecismo y del Magisterio, porque muchos santos tuvieron experiencias místicas acerca del Nacimiento del Hijo de Dios nacido en Belén. Una de las santas a las que podemos recurrir es Ana Catalina Emmerick (1774-1824), monja mística alemana de finales del siglo XVIII e inicios del XIX quien llevó consigo los estigmas de la Pasión de Cristo y en los últimos años de vida se sustentó solamente de la Eucaristía. Fue Dios Nuestro Señor quien le concedió revelaciones místicas de la vida de Jesús, incluido su Nacimiento. Dice así la Santa acerca de lo que vio del Nacimiento de nuestro Señor[1]: “He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el pecho. El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María. Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo. Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don Sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo. María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. ‘¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!’. He visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría, un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría, y en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores. Hasta en los animales he visto manifestarse alegría en sus movimientos y brincos. Las flores levantaban sus corolas, las plantas y los árboles tomaban nuevo vigor y verdor y esparcían sus fragancias y perfumes. He visto brotar fuentes de agua de la tierra. En el momento mismo del nacimiento de Jesús brotó una fuente abundante en la gruta de la colina del Norte. A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina. En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores. Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de sus cabañas mirando a todos lados. Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa, dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente oí cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros. Como al principio se asustaron los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: ‘No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre’. Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos. Oí que alababan a Dios cantando: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’. Más tarde tuvieron la misma aparición los pastores que estaban junto a la torre. Unos ángeles también aparecieron a otro grupo de pastores cerca de una fuente, al Este de la torre, a unas tres leguas de Belén. Los he visto consultándose unos a otros acerca de lo que llevarían al recién nacido y preparando los regalos con toda premura. Llegaron a la gruta del pesebre al rayar el alba”.

Si no con contemplamos el Nacimiento del Niño de Belén como lo contemplaron los santos, que es a su vez como lo contempla la Iglesia Católica, caeremos en el grave error de considerar que se trata de un nacimiento humano y no es el nacimiento de un niño humano, sino del Niño Dios.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Octava de Navidad 7

 



(Ciclo B – 2020)

         En la Navidad, la Iglesia exulta por el Nacimiento de Dios Hijo encarnado, que ingresa desde la eternidad en un pobre Portal de Belén. Se alegra ante todo su Madre, la Virgen Santísima, que es Virgen y es Madre de Dios; se alegra su Padre adoptivo, San José, varón casto, puro y santo; se alegran los Pastores, que acuden a adorar al Niño que está recostado en un pesebre, porque ese Niño es Dios y es el Salvador de los hombres. Por el Nacimiento del Niño Dios, se alegra la Iglesia, se alegra la Virgen, se alegra San José, se alegran los Pastores. Pero hay un grupo más –y muy numerosos- de seres que se alegran por el Nacimiento del Salvador: los Ángeles de Dios. En efecto, los Ángeles, los que permanecieron fieles a Dios y su voluntad de Amor, se alegran en el Cielo, porque en el Cielo contemplan cara a cara a Dios Uno y Trino, que es Alegría Infinita y Causa de toda alegría creada y participada. Desde el Nacimiento, los Ángeles de Dios seguirán adorando a Dios, pero ahora oculto en la naturaleza humana, en el cuerpo humano de ese Niño que se llama Jesús y además de seguir adorándolo en la tierra, los Ángeles de Dios se alegran porque su Dios, el Dios al que adoran en los Cielos, se ha encarnado y ha nacido y se manifiesta a los hombres como un Niño recién nacido. Los Ángeles de Dios se alegran porque El que es la Alegría Increada en sí misma, Dios infinito, se ha encarnado y ha nacido en un pobre Portal de Belén: se alegran por Dios en Sí mismo, porque Él es, como hemos dicho, la Alegría Increada en sí misma, pero los Ángeles se alegran también por los hombres, porque si Dios se ha encarnado y ha nacido y ha venido al tiempo y a la tierra de los hombres, como un Niño recién nacido, es para comunicar a los hombres la Buena Noticia de la Salvación, porque ese Niño, cuando sea ya adulto, subirá a la Cruz del Calvario para extender sus brazos en la Cruz y vencer para siempre a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte. Y no sólo eso: Dios, que ha nacido como un Niño, y que vence en la Cruz a los enemigos mortales de los hombres, en un exceso de Amor de su Corazón misericordioso, concederá a los hombres la gracia divina, la cual los hará participar de su naturaleza divina, de su ser divino trinitario, de su vida divina y de su alegría divina. A partir del Nacimiento del Niño Dios, los hombres tienen un verdadero motivo de alegría celestial y es que ha nacido el Redentor, quien luego de derrotar a los enemigos de la humanidad, conducirá a los hombres al Reino celestial, en donde los amigos e hijos de Dios gozarán de la Alegría de contemplar a la Trinidad por toda la eternidad. Por esto es que se alegran los Ángeles de Dios, al contemplar al Niño de Belén.

Octava de Navidad 3

 



(Ciclo B – 2020)

         Al contemplar el Pesebre de Belén, vemos a Quien es el personaje central del mismo: el Niño, que yace en una pobre cuna, rodeado de su Madre, de su esposo, de dos animales, un buey y un asno –que proporcionan calor con sus cuerpos-; luego vendrán los pastores y los Reyes Magos, además de un coro de ángeles celestiales. ¿Quién es este Niño del Pesebre? Ante los ojos del cuerpo y ante la luz de la razón humana, aparece como un niño más entre tantos, con la particularidad de que es el primogénito de una madre primeriza y que ha nacido no en un palacio o en una rica posada en Belén, sino en una pobre gruta que, en realidad, es el refugio de los animales que ahora lo rodean, el buey y el asno. Sin embargo, si nos quedamos con sólo los datos que nos proporcionan los ojos del cuerpo y la luz de la razón, nunca podremos ni siquiera acercarnos y mucho menos penetrar en el misterio que se encierra en el Niño de Belén. El Niño de Belén no es un niño más entre tantos otros; es un Niño sumamente especial, porque es Niño-Dios, es decir, es Dios quien, sin dejar de ser Dios, se ha encarnado en el seno virgen de su Madre y ha nacido milagrosamente en el Portal de Belén. En otras palabras, el Niño de Belén es Dios Hijo, es la Segunda Persona de la Trinidad que, por voluntad de Dios Padre y llevado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, se encarnó en María Santísima y nació milagrosamente en el Portal de Belén, para así dar cumplimiento al plan de salvación de la Trinidad para la humanidad, porque este Niño, siendo ya adulto, habría de subir a la Cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre para la salvación de los hombres. Ese Niño, que abre sus bracitos de niño para abrazar a quien se le acerca, es el mismo Salvador que, en la plenitud de su edad, abrirá sus brazos en la Cruz, para abrazar a todos los que se acerquen a Él, para ser salvados. El Niño de Belén, entonces, es Niño y es Dios: es el mismo Dios Hijo, que en cuanto Dios es Invisible a los ojos humanos, que es adorado en la eternidad, en los cielos y que ahora se encarna y nace de una Madre Virgen, para ser visible a los ojos de los hombres y así poder ser adorado, por los hombres, en la tierra. El Niño-Dios nace en Belén, Casa de Pan, para donarse a Sí mismo como Pan de Vida Eterna en la Eucaristía. Al contemplarlo en el Pesebre, pensemos que ese Niño, que abre sus bracitos para abrazar al que se le acerca, es el mismo Jesús, Dios Hijo, que en la Eucaristía, Pan de Vida eterna, se dona a Sí mismo, con todo el Amor de su Sagrado Corazón, a quien lo recibe con fe, en gracia y con amor.

 

lunes, 6 de enero de 2020

Feria de Navidad 4 060120


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Cuando contemplamos el Pesebre de Belén, surge un cuestionamiento: ¿cuál es la razón o el motivo que lleva a Dios Hijo a encarnarse y luego nacer milagrosamente y manifestar su gloria en la Carne de un niño recién nacido? ¿Por qué razón Dios, que es omnipotente, todopoderoso, omnisciente, toma la decisión de encarnarse y venir a la tierra e ingresar en la historia humana, desde su eternidad, y elige para hacerlo como un niño débil e indefenso?
¿Cuál es la razón por la que Dios, que es la Vida Increada en Sí misma y el Autor y Creador de toda vida participada, desciende desde el seno del eterno Padre al seno de la Virgen Madre, teniendo desde ese momento la necesidad de que su Madre le comunique de su substancia materna para poder vivir?
¿Por qué Dios, siendo Invisible y viviendo en una luz inaccesible, viene a nuestra tierra, inmersa en “oscuridad y sombras de muerte”, haciéndose visible al adoptar para Sí un alma y un cuerpo humanos, uniéndolos a su Persona divina?
Una respuesta es que el Niño del Pesebre de Belén ha venido para salvar al mundo de sus tres grandes enemigos –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y que por esta razón es llamado “Redentor”, pero no es éste el motivo principal por el cual el Verbo de Dios decide encarnarse, en el cumplimiento de la voluntad del Padre, por medio del Espíritu Santo.
Además de Redentor, el Niño de Belén es Dador de dones y, sobre todo, es el Dador del Espíritu Santo –Él lo donará a la Iglesia en Pentecostés-; por esta razón, el motivo último de la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios encarnado no es sólo el perdón de los pecados, ni la derrota definitiva del demonio y de la muerte, sino algo más sublime y grandioso, el don del Espíritu Santo, el Amor de Dios.
Precisamente, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, quien trae al Niño de Belén a este mundo y es el mismo Espíritu Santo el cual será donado por el Niño de Belén cuando, ya adulto, abra sus brazos en la Cruz y permita que su Corazón sea traspasado, para así provocar la efusión el Espíritu Santo con la efusión de Sangre del Sagrado Corazón.
Entonces, la respuesta a las preguntas iniciales es que el Niño del Pesebre ha venido a este mundo para infundir el Amor Eterno del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, a la Iglesia y a las almas.
El Niño Dios viene para dar el Amor Divino a las almas, y lo dona en el momento en que su Corazón Sagrado es traspasado en la Cruz, aunque también lo dona en cada comunión eucarística cuando sopla el Espíritu Santo sobre las almas junto a su Padre.
Es importante tener esto en cuenta porque cuando el Niño del Pesebre, devenido ya en hombre adulto y convertido en el Hombre-Dios venga por Segunda Vez, al fin de los tiempos, buscará en las almas el Amor de Dios que Él vino a traer y a infundir en las almas.


miércoles, 1 de enero de 2020

Feria de Navidad 2020 3 030120



          Al considerar el Nacimiento de Belén y sus circunstancias, algo que llama inmediatamente la atención es la pequeñez, al menos aparente, del acontecimiento, según es narrado en ese libro de historia religiosa que es la Biblia. Desde el punto de vista humano, no se trata de un hecho significativo, grandioso, monumental, o trascendental, tal como sucedió, por ejemplo, en grandes batallas en donde intervinieron miles de soldados y se decidió la historia de esos pueblos en el porvenir inmediato; tampoco es un acontecimiento grandioso, como la conquista de un país o de una gran ciudad, ni un hecho como el nacimiento, apogeo o decadencia de un imperio.
          Todavía, más, podríamos preguntarnos, estrictamente desde el punto de vista histórico la razón y el por qué, al ser un hecho tan insignificante desde el punto de vista humano, figura en un libro de historia religiosa, cuando contemporáneamente había, siempre desde el punto de vista humano, eventos más importantes o trascendentes, como la presencia del imperio romano en Palestina y sus operaciones.
          Cuando se consideran las cosas desde este punto de vista, no parece tener sentido que los autores sagrados dejen de lado eventos relacionados con el imperio, para fijar su atención en un matrimonio hebreo pobre en el que la madre, que está a punto de dar a luz, debe recurrir a un refugio de animales al no encontrar sitio en una posada. Es decir, no se justifica, desde el punto de vista humano, la detención de la narración en un hecho que humanamente es insignificante, cuando se tienen en cuenta otros factores como el mencionado imperio romano.
          En otras palabras, los escritores evangélicos, si se hubieran dejado llevar por un criterio meramente humano, habrían recogido las crónicas de personajes importantes del imperio, como el emperador romano y sus decisiones sobre Palestina, o habrían escrito acerca de los reyes hebreos de la época, o los acontecimientos históricos del momento, etc.
          Ahora bien, sabemos que todo esto es considerado desde un punto de vista meramente humano, pero cuando se trata del Nacimiento de Belén, no cabe el punto de vista humano sino el divino, puesto que se trata del Nacimiento en el tiempo, en la historia humana, del Hijo de Dios, de la Palabra de Dios eternamente pronunciada. Es esto lo que justifica plenamente que los narradores evangélicos centraran su atención no en eventos geopolíticos del momento ni en personajes importantes en ese momento de la historia, sino en una humilde familia hebrea cuyo primogénito nace en un también humilde portal, refugio de animales. La razón se justifica cuando se observa el Nacimiento desde la óptica divina: el que nace en un pobre portal de Belén no es un niño cualquiera, sino Dios que se hace Niño sin dejar de ser Dios. El que nace es el Emperador Victorioso que triunfa en la Cruz sobre los grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte. La narración del Nacimiento se justifica porque es un evento que marca la historia de la humanidad en un antes y un después y fija el destino eterno de todo hombre en relación al Niño que nace en Belén: quien lo reconoce como Dios se salva, quien no lo reconoce, se condena y esto por la eternidad.
          Por esto, está más que justificado que los evangelistas centren su atención en algo que es humanamente tan pequeño, pero que es tan trascendental para la humanidad entera, tal como lo es el Nacimiento del Niño Dios en Belén. Se puede decir, con toda razón, que el Nacimiento de Belén es el centro del universo visible y también del invisible, pues el Niño que nace es el Rey de hombres y también de los ángeles. Lo que captura la atención de los evangelistas es el Niño de Belén, Dios Hijo hecho Niño sin dejar de ser Dios. Belén se convierte, por el Nacimiento, en el centro del universo visible e invisible y en el centro de la historia humana y de todo hombre. Al contemplar la escena del Pesebre de Belén, no dejemos de considerar lo que consideraron los evangelistas –y ésa es la razón del porqué escribieron acerca de este evento-: el Niño del Pesebre es Dios Hijo en Persona, que viene a nuestro mundo como un Niño, pero es Dios omnipotente y omnisciente.
          Entonces, si los planetas giran alrededor del sol, todo el universo visible e invisible –los planetas, las estrellas, el sol, la tierra, los ángeles- gira en torno al Niño del Pesebre, Dios Hijo encarnado y esto es lo que justifica su narración en un libro de historia sagrada como lo es la Biblia.


Feria de Navidad 2020 020120



          En Belén, un pueblito insignificante de Palestina, hace veinte siglos, nace un niño en un pobre portal, un refugio de animales. Su madre, preocupada por su hijo, como toda madre, lo sostiene entre sus brazos, lo alimenta, le calor y amor. El padre del niño está ocupado en buscar leña para el fuego y alimento para la familia. Como se trata de un establo, hay dos animales, un burro y un buey, que además de observar la escena, proporcionan calor con sus cuerpos. Vista con ojos humanos, la escena del Pesebre de Belén es la de un nacimiento más entre tantos, con la peculiaridad de que se trata de un niño hebreo que nace en un portal de Palestina, que es un refugio de animales.
          Ahora bien, parece un nacimiento más entre tantos, pero no es así: es un nacimiento que divide la historia humana en un antes y un después y tiene incidencia en la historia personal de todo ser humano, pues el destino de cada ser humano dependerá de si sigue a ese Niño o no.
          El nacimiento del Niño de Belén supone para la humanidad un cambio de destino, insospechado, inimaginable, nuevo y no es otro que el destino de eternidad y de la visión beatífica por la gracia[1].
          La pequeñez de lo que se observa a primera vista –un niño recién nacido, una madre y un padre, acompañados por el buey y el burro- contrasta con la grandeza del destino de eternidad, de gloria divina y de felicidad eterna que este Niño ha venido a traer para todos los seres humanos.
          Este Niño, que ha nacido en un desconocido pueblecito de Palestina, en la más completa ignorancia de la humanidad, ha venido sin embargo para conceder a la humanidad algo que ni siquiera pueden los hombres imaginar y es la glorificación o deificación del espíritu humano por medio de la gracia y la gloria que brotan de su Ser divino trinitario.
          El Niño de Belén viene para dar a los hombres la luz de la gloria, algo que ni siquiera puede ser imaginado por los hombres.
          La luz que brota del cuerpo del Niño, ilumina no solo al Portal de Belén, sino a Israel y a toda la humanidad, porque esa luz es el esplendor de la gloria del Padre, que es portada por el Hijo desde la eternidad.
          Desde siempre, los hombres desearon contemplar la divinidad y unirse a ella y eso es lo que ha venido a traer el Niño Dios, pero además, ha venido a traer algo infinitamente más grande. En el Antiguo Testamento, los justos expresaban el deseo de ver la divinidad: “Muéstrame tu Gloria” (cfr. Éx 33, 18), implora Moisés; en los Salmos se dice: “Tú, Pastor de Israel, sentado sobre querubines, resplandece. (…) Haz resplandecer tu rostro y seremos salvados” (cfr. Sal 79, 1ss). A su vez, el Profeta Isaías invoca en términos de luz la presencia del Señor: “El sol no será más tu luz de día, ni te iluminará más la luz de la luna. El Señor será para ti tu luz eterna, tu Dios será tu esplendor” (cfr. Is 60, 1ss. 19).
Todo esto lo ha de conceder el Niño de Belén, pues quien lo contempla, contempla la gloria de Dios en carne humana; sin embargo, el Niño de Belén viene para traer algo imposible siquiera de imaginar y es la participación completa en la vida divina[2].
Por esta razón, cuando contemplamos el Pesebre de Belén, debemos trascender lo que aparece y no quedarnos en que es simplemente una postal que refleja el tiempo de Navidad; tampoco debemos pensar que la Navidad es un tiempo para que simplemente los hombres seamos más buenos: la contemplación del Pesebre de Belén debe llevarnos a ver, en el rostro del Niño, al rostro mismo de Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que ha venido no solo para mostrarnos su gloria, sino para darnos su gracia, por medio de la cual nos hacemos partícipes de la vida divina.
Esto a su vez debe llevarnos a considerar cómo es el Amor infinito de Dios Trino por la humanidad y por cada uno de los hombres, porque si Él se encarna, nos muestra su gloria y nos concede la gracia, es solo por Amor y nada más que por Amor, un Amor que es don de sí mismo, que sólo busca la unión con el amado, en este caso, cada hombre.
El Amor que nos dona el Niño de Belén es un Amor desinteresado, que desea que el alma se goce en la contemplación del Ser divino trinitario en la eternidad y esto es un don que ni siquiera puede ser imaginado y sólo puede ser agradecido, postrándonos en acción de gracias ante el Niño de Belén.
La contemplación de la escena de Belén nos debe conducir por lo tanto a una reflexión: el Niño Dios ha venido a este mundo para que nosotros, hombres, que somos nada más pecado, nos hagamos Dios por participación en la gracia santificante[3].




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 702ss.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 701-702.
[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica.

martes, 24 de diciembre de 2019

Octava de Navidad 20019 4


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¿Por qué razones es que Dios Hijo, siguiendo las indicaciones del Padre y llevado por el Espíritu Santo, decide encarnarse y manifestarse ante los hombres como un niño humano, siendo que Él es Dios y no deja de serlo por la Encarnación y Nacimiento? ¿Cuál es la razón que explica que Él, siendo un Dios omnipotente y todopoderoso, decide manifestarse como un niño humano recién nacido, completamente indefenso?
¿Qué es lo que explica que Dios, siendo la Vida Increada en sí misma y autor de toda vida participada, decida encarnarse en el seno de la Virgen, en donde tiene necesidad de recibir todo el soporte vital hasta el día de su Nacimiento, y sigue necesitando de la ayuda de su Madre para subistir, aun después de nacer?
¿Por qué si Dios, que es Invisible e inhabita en una luz inaccesible, decide libremente venir a este mundo de tinieblas, para hacerse visible encarnándose en un cuerpo y en un alma humanos, para que todos los hombres puedan ver la gloria del Dios Inaccesible?
Una de las principales razones por la que el Dios Invisible decide hacerse visible como un niño humano es que viene para redimir al hombre de su pecado, para adoptarlo como Hijo de Dios, siendo de esta manera su Redentor y Salvador. Ahora bien, el Niño Dios no ha venido sólo para perdonarnos nuestros pecados, sino ante todo para donar al mundo el Amor de Dios, el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo a la Iglesia es el fin último de la Encarnación, Nacimiento y misterio pascual de Dios Hijo hecho Niño.
Es decir, el Niño Dios no viene a este mundo a perdonar los pecados y luego retornar a su cielo de gloria: viene para, mediante su sacrificio en cruz, su muerte y resurrección, donar al mundo el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que sea el Amor de Dios el que reine en los corazones de los hombres de toda la tierra.
Fue el Amor de Dios el que trajo al Hijo de Dios a este mundo y este Niño Dios, que abre sus bracitos en la cuna de Belén, donará al Espíritu Santo cuando suba a la cruz, siendo ya adulto y cuando permita que su Corazón Sagrado sea traspasado en la cruz, después de muerto. Entonces habrá completado la efusión del Espíritu Santo, con la efusión de la Sangre de su Sagrado Corazón traspasado en la cruz.
Ya desde Belén el Niño efunde el Amor del Padre, pero esa efusión será completa y universal cuando ya de adulto suba a la cruz y permita que su Sagrado Corazón sea traspasado.
El Niño de Belén, además de perdonar los pecados, viene para donar el Amor de Dios, el Espíritu Santo, a los hombres, a todos los hombres que ingresen en su Iglesia y lo hará cuando su Corazón sea traspasado en la cruz, aunque ya lo empieza a dar desde el Belén y también cada vez que se dona a las almas como Pan Vivo bajado del cielo.
Y al final de los tiempos, cuando el Niño de Belén, convertido ya en Hombre-Dios, venga sobre los cielos en un caballo blanco cubierto con el manto coloreado de púrpura por su sangre derramada en la cruz,  buscará en las almas el Espíritu Santo, el Amor de Dios que Él vino a traer en el Portal de Belén.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Octava de Navidad 2019 3


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          El relato evangélico del Nacimiento nos presenta la imagen de una familia hebrea en Palestina, que se encuentra en una situación particular: una mujer joven, primeriza, acaba de dar a luz a su Unigénito; el esposo, que aparece diligente y en actitud de protección de su esposa y su hijo; los habitantes originales del establo, un buey y un burro, que ante el frío de la noche contribuyen, con  sus cuerpos, a dar calor al ambiente en la fría noche; en fin, un pobre portal, refugio de animales y una noche fría y estrellada.
          Debido a que estamos “acostumbrados” a ver esta escena, los católicos corremos el serio riesgo de desnaturalizarla, es decir, de quitarle su contenido sobrenatural y reducirla a lo que nuestra limitada razón humana puede decirnos de la escena, es decir, que se trata de una mujer primeriza, de su hijo, su esposo, unos animales y un portal. Corremos el riesgo de naturalizar la escena y si hacemos eso, nos perdemos la esencia de lo que la escena del Portal de Belén representa.
          Si nos dejamos llevar por los datos de la razón y de los sentidos, podemos llegar a acostumbrarnos a la escena y pensar que no tiene para nosotros grandes misterios.
          Pero precisamente porque somos católicos, debemos buscar de trascender la razón y los sentidos, para contemplar la escena con la luz de la fe y de la gracia.
          En esta escena del Portal de Belén hay un elemento que no aparece ni a la razón ni a los sentidos y es el hecho de que el personaje central de la escena, el Niño de Belén, no es un niño humano, como pareciera, sino que es el Niño-Dios, es decir, es Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios. No vemos a la Trinidad en su esencia; no la contemplamos en su gloria, como los bienaventurados del cielo, pero sabemos por la fe que ese Niño es el Hijo de Dios Padre en Persona, que fue concebido y nació milagrosamente por obra del Espíritu Santo. Es decir, en el Portal de Belén está la huella visible de la Trinidad, podemos decir, y esto es algo que supera completamente a nuestros sentidos y a nuestra razón.
          Aun así, con estos datos todavía no tenemos el significado último de la Navidad, significado que se encuentra en el Niño de Belén, que es Dios Hijo en Persona. Decir que el Niño de Belén es “Dios Hijo en Persona” no solo es decir algo que supera a la razón, sino que es afirmar la esencia sobrenatural de la Navidad; es poseer el sentido y el misterio de la Trinidad. Afirmar que el Niño de Belén es “Dios Hijo en Persona” es afirmar una verdad iluminados por la fe y por la gracia, porque solo por la fe y por la gracia podemos ver, en ese Niño recién nacido, no a un niño humano más entre tantos, sino al Hijo del Eterno Padre en Persona. La respuesta a esta pregunta: “¿Quién es el Niño de Belén?”, respuesta que es: “El Niño de Belén es Dios Hijo en Persona”, nos debe llenar de asombro, de admiración, de estupor, de maravilla, de agradecimiento, porque significa que Dios, que habita en una luz inaccesible, ha venido a nuestro mundo, inmerso en tinieblas, para iluminar nuestras tinieblas y concedernos su luz y su vida divina.
          El estupor y el asombro surgen de descubrir en ese Niño la Presencia del Dios invisible, que se hace visible en forma humana; el estupor y el asombro acompañan al descubrimiento de aquello que es la esencia del misterio de la Navidad: el Verbo se ha encarnado y ha nacido para salvarnos y conducirnos al cielo. Al estupor y al asombro le es concomitante la alegría, una alegría que se origina en la divinidad del Niño y no en hechos humanos, pasajeros o banales.
          El estupor, el asombro y la alegría, que son consecuencias de la fe y de la gracia, que nos hacen ver que el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, nos desvelan el misterio y la esencia de la Navidad y determinan que no veamos a la escena del Pesebre como un mero paisajismo costumbrista, sino como el misterio de la gloria de Dios revelado en el Cuerpo de un Niño recién nacido. Si no nos iluminan la fe y la gracia, corremos entonces el riesgo de naturalizar el misterio de la Navidad, corremos el riesgo de desnaturalizarla, de reducirla al mero racionalismo, que es el alcance de nuestra estrecha razón humana.
          No racionalicemos el misterio de la Navidad: pidamos la gracia de ser iluminados por la luz de la fe, para que el estupor y el asombro de ver a Dios hecho Niño den paso a una alegría de origen celestial en nuestros corazones.