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martes, 11 de abril de 2023

Viernes de la Octava de Pascua

 



“¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). En esta tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, se repite lo mismo que en las otras apariciones: no lo reconocen. El Evangelio relata que los discípulos, junto con Pedro y Juan, están pescando, sin éxito, en el momento en el que Jesús se les aparece, de pie, en la orilla: “Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús”.

Los discípulos habían estado tratando de pescar, infructuosamente, toda la noche y cuando Jesús les señala el lugar donde deben tirar las redes, se produce lo que se conoce como “la segunda pesca milagrosa”, ya que las redes se llenan de tantos peces, que casi se hunden las barcas.

Pero el milagro tiene otro efecto, además de una buena pesca: ilumina, con la luz del Espíritu Santo, los ojos de San Juan primero y de Pedro después. En efecto, inmediatamente después del milagro, San Juan reconoce a Jesús y exclama: “¡Es el Señor!”. Y luego de San Juan, es San Pedro quien también lo reconoce, echándose los dos al mar, para llegar nadando hasta la orilla.

En esta aparición podemos ver, entonces, la necesidad imperiosa de la luz de la gracia para reconocer a Jesús, no como a un hombre santo, sino como al Dios Tres veces Santo, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.

“¡Es el Señor!”, exclama con alegría San Juan, al reconocer a Jesús glorioso y resucitado; también nosotros, iluminados con la luz de la gracia santificante, debemos exclamar, llenos de alegría: “¡Es el Señor!”, cuando contemplamos la Sagrada Eucaristía. Y, al igual que San Juan y San Pedro, sumergirnos, no en el mar, sino en el océano de Amor de su Divina Misericordia, su Sagrado Corazón Eucarístico.

 

sábado, 17 de julio de 2021

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”

 


“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto” (Jn 20, 1-2. 11-18). María Magdalena va al sepulcro el Domingo de Resurrección, de madrugada y al no encontrar a Jesús, piensa que alguien se ha llevado su cadáver y es eso lo que les dice a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Lo que sucede con María Magdalena es que, si bien cree, conoce y ama a Jesús, en el fondo, no cree en su resurrección, por lo que en su mente y en su corazón Jesús es un hombre santo, pero que ha muerto en cruz, no ha resucitado y alguien se ha llevado su cadáver, cambiándolo de lugar. Ésa es la razón de su tristeza y de su llanto: no cree en la resurrección de Jesús y sí cree, en cambio, en un Jesús muerto. La tristeza de María Magdalena se convierte en alegría incontenible cuando se encuentra con Jesús resucitado y Jesús le concede la gracia de la iluminación sobrenatural de su mente y de su corazón, que le permite creer en la resurrección de Jesús.

         “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. No debemos pensar que María Magdalena es la única que no cree en la resurrección de Jesús; no debemos pensar que María Magdalena es la única en creer en un Jesús muerto, no resucitado: vista la casi absoluta ausencia de católicos bautizados a la más grande ofrenda sacrificial a la Trinidad que lleva a cabo la Iglesia todos los domingos, la ofrenda del Cordero de Dios, resucitado y glorioso en la Eucaristía, a la Santísima Trinidad, es de suponer que la inmensa mayoría de los católicos se encuentra en una situación análoga a la de María Magdalena antes del encuentro personal con Jesús resucitado. Es decir, pareciera que la inmensa mayoría de los católicos no cree en la resurrección de Jesús y por lo tanto no cree en su Presencia gloriosa y resucitada en la Eucaristía, porque de lo contrario, nadie dejaría de asistir a la Santa Misa.

         “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Por la luz de la fe, podemos parafrasear a María Magdalena y decir: “Sí sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús: está resucitado, vivo y glorioso, no tendido en el sepulcro, sino de pie, triunfante y victorioso, en la Sagrada Eucaristía. Sí sabemos dónde está el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado: en el sagrario, en el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía”. Es esta noticia la que debemos anunciar al mundo de hoy.

miércoles, 14 de abril de 2021

“Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”

 


(Domingo III - TP - Ciclo B – 2021)

         “Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras” (Lc 24, 35-48). Una característica común entre los discípulos es la incredulidad frente a las apariciones de Jesús resucitado: sucede con María Magdalena, quien viéndolo en persona lo confunde con el jardinero; sucede con los discípulos de Emaús, que lo confunden con un extranjero; sucede con los Apóstoles, quienes, a pesar de que también Jesús se les aparece en persona, con su Cuerpo glorioso y resucitado, lo confunden con un fantasma; sucede también con los Apóstoles, en la aparición de Jesús a orillas del Mar Tiberíades: en un primer momento “no saben quién es” y solo lo reconocen luego de que Jesús obra el milagro de la segunda pesca milagrosa. Es decir, Jesús resucitado, vivo y con su Cuerpo glorificado, es confundido con un jardinero, con un forastero, con un fantasma y con un desconocido y esto no por parte de quienes no lo conocían, sino precisamente por parte de aquellos que más lo conocían, sus discípulos y sus Apóstoles. ¿A qué se debe esta incredulidad?

         Por un lado, podemos aducir razones psicológicas, emocionales o afectivas: estaban tan impresionados por la durísima y dolorosísima Pasión del Viernes Santo y estaban tan acongojados y tristes por el duelo del Sábado Santo, que la tristeza, la angustia, el llanto y el dolor les impiden reconocer a Jesús. Podríamos aducir entonces que el desconocimiento de Jesús es de origen psicológico y que una vez recuperados del trauma que supone haber vivido la Pasión, los discípulos habrían de reconocerlo. Sin embargo, esta no es, de modo absoluto, la causa por la cual los discípulos se muestran incrédulos ante Jesús resucitado. Ahora bien, antes de adentrarnos en un intento de explicación acerca de la incredulidad, podemos hacer la siguiente consideración: esta incredulidad puede llamarse también “racionalización de la fe” y se da en una persona cuando esa persona cree en Jesús, pero con las solas capacidades de su razón humana, dejando de lado todo lo que supere los límites racionales, los límites estrechos de la razón humana. Por ejemplo, la fe es racionalista cuando se niegan los milagros de Jesús, o cuando se niega que Él sea Dios Hijo encarnado –es lo que les pasa a los judíos del tiempo de Jesús y también a los de ahora-, o cuando se niega su resurrección, no necesariamente de modo explícito pero sí implícito y se niega la resurrección de Jesús cuando el cristiano vive y muere como si Jesús nunca hubiera existido o como si Jesús no fuera Dios. La racionalización de la fe católica es mortalmente peligrosa para el alma, porque oscurece al alma, privándola de la luz de la gracia, eliminando todos los elementos sobrenaturales del misterio pascual de Jesucristo y reduciendo la vida de Jesús y su Pasión, Muerte y Resurrección a simples indicativos morales, sin considerarlos como lo que son, el misterio de la eterna salvación de las almas. La racionalización de la fe hace que el alma viva una fe falsa, una fe sin milagros, una fe sin la Presencia de Cristo Dios y es doblemente peligrosa, porque al negar la divinidad de Cristo, se niega la divinidad de la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Racionalizar la fe, reducirla a los límites estrechos de lo que la razón humana puede comprender o considerar como racional y lógico, es dejar de lado la verdadera fe católica, que lejos de ser irracional, es supra-racional, es decir, es un misterio que proviene de Dios Trino y que por eso supera infinitamente los límites de la razón humana o de la inteligencia angélica. Los discípulos racionalizan la fe y por eso se muestran incrédulos ante Jesús resucitado, pero la razón de esta racionalización e incredulidad no tiene explicación que se origine en el hombre.

         Hay una razón, por la que los discípulos no lo reconocen a Jesús resucitado y no es de orden psicológico, emocional o afectivo: es la falta de la luz de la gracia, luz que ilumina sus intelectos para que conozcan a Cristo Dios como Él se conoce y que ilumina sus voluntades para que amen a Cristo Dios como Él se ama a Sí mismo, desde la eternidad, con el Amor del Espíritu Santo.

         Esto es notorio en las diversas apariciones: hay un antes y un después del encuentro con Jesús resucitado, primero la incredulidad y después el reconocimiento. Por ejemplo, en María Magdalena, este paso de la incredulidad al reconocimiento, se da cuando Jesús la llama por su nombre; en el caso de los discípulos de Emaús, cuando Jesús parte el pan; en el caso de los Apóstoles a la orilla del Mar de Tiberíades, cuando Jesús realiza el milagro de la segunda pesca milagrosa; en el caso de este Evangelio, cuando Jesús se hace presente en medio de ellos, cuando sopla sobre ellos el Espíritu Santo y “les abre el entendimiento”. En todos estos casos, el cese de la  incredulidad y el inicio del reconocimiento de Jesús resucitado se da cuando Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, quien les concede la iluminación del intelecto y de la voluntad, por medio de la gracia, para que ellos conozcan y amen a Jesucristo tal como Dios Uno y Trino lo conoce y lo ama.

         “Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”. Muchas veces nos sucede lo mismo que a los discípulos, pero a nosotros en relación a Jesús Eucaristía: con relación a la Eucaristía, nos sucede que racionalizamos la fe católica en la Eucaristía y terminamos viendo al Santísimo Sacramento del altar no como lo que es, el Hijo de Dios que prolonga su Encarnación en la Hostia consagrada, sino que vemos la Eucaristía como si fuéramos protestantes, musulmanes o judíos: la vemos como a un pan bendecido y nada más y la tratamos como si fuera un pan bendecido, como si fuéramos a recibir un trozo de pan y no al Hijo de Dios oculto en apariencia de pan. Por eso mismo, también nosotros necesitamos que Jesús sople su Espíritu Santo sobre nosotros, para que “nos abra la inteligencia”.

 

 

 


miércoles, 31 de marzo de 2021

Santa Misa de la Vigilia Pascual

 



(Ciclo B – 2021)

          “Alegraos” (Mt 28, 1-10). La primera palabra pronunciada por Jesús resucitado invita al alma a la alegría: “Alegraos”, les dice a las santas mujeres de Jerusalén. Ellas habían ido acongojadas, apenadas, entristecidas, porque en sus ojos, en su memoria, en sus mentes y en sus corazones estaban todavía vivas y frescas las escenas dolorosas y penosas del Viernes Santo; no solo todavía recordaban el dolor y la tristeza de ver a Jesús flagelado, crucificado y muerto en la cruz, sino que ese dolor y esa tristeza era lo único que ellas podían experimentar. El dolor y el llanto por la muerte de Jesús en el Viernes Santo, más las penas y las lágrimas del luto y del duelo del Sábado Santo, embargaba sus mentes y sus corazones, al punto tal que no podían experimentar otra cosa que tristeza, dolor y amargura.

         Pero cuando Jesús, resucitado y glorioso, se les aparece en las primeras horas del Domingo de Resurrección, les da una orden, que se alegren: “Alegraos”. En un instante, ante la orden de Jesús y ante la contemplación de su figura gloriosa y resucitada, resplandeciente con la luz divina, el dolor y la tristeza, el llanto y la amargura del Viernes Santo y del Sábado Santo desaparecen, para dar paso a una alegría desbordante. Las santas mujeres, sin siquiera saber lo que les sucede, obedecen a Jesús ante su orden: “Alegraos”. Jesús les manda alegrarse y ellas obedecen, pero no se trata de una alegría fingida, ni forzada; no se trata de una alegría que se origine en las realidades de este mundo. Precisamente, porque es una alegría que no se origina en este mundo, es que ellas se alegran. Este mundo solo presentaba para ellas dolor, tristeza y llanto; ahora, ante la vista de Jesús resucitado, experimentan algo desconocido, una alegría desconocida. ¿De qué alegría se trata? Se trata de una alegría celestial, sobrenatural, divina, originada en Dios Uno y Trino, quien es la Alegría Increada en Sí misma y la causa de toda alegría santa, participada por las creaturas, sean hombres o ángeles. Santa Teresa de los Andes dice que “Dios es Alegría infinita” y es así, porque como dijimos, Él es la Alegría Increada. ¿Qué alegría provoca Jesús? Jesús nos concede su misma alegría, la alegría que reina en su Sagrado Corazón, que es la Alegría de Dios, que es Dios, que es Alegría en Sí misma. La alegría que produce al alma ver a Jesús resucitado se debe a diferentes causas: es la alegría de saber que Jesús, al resucitar, venció para siempre a nuestros tres grandes enemigos, los enemigos mortales de la humanidad: el Demonio, el Pecado y la Muerte; es la alegría de saber que esos tres grandes enemigos, al ser vencidos por Jesús, ya no tienen poder sobre nosotros: por la gracia de Jesús, el Demonio huye del alma que está en gracia; por la gracia de Jesús, el alma que está en gracia no cae si es fiel a la gracia; por la gracia de Jesús, la muerte se convierte en un mero umbral que conduce al Reino de los cielos, porque quien muere en gracia pasa, a través de la muerte, a ser glorificado en los cielos. La alegría que produce Jesús es la alegría de saber que aunque somos pecadores y débiles, nos asiste su gracia, para que no caigamos en la tentación y así acrecentemos cada vez más la gracia, que luego se convertirá en gloria. La alegría que produce Jesús es la alegría de saber que, aunque la muerte nos separe de nuestros seres queridos, somos hechos partícipes, por la gracia, de su Resurrección y sí, aunque hayan muerto nuestros seres queridos y aunque nosotros mismos hayamos de morir, nos queda la firme esperanza de que por su gracia y su misericordia nos reencontraremos, para ya nunca más separarnos, en la felicidad eterna del Reino de los cielos. La alegría que produce Jesús es saber que, aunque el Demonio causa terror y espanto en las almas, ya no tiene poder sobre la humanidad que está en gracia y que ante un alma en gracia, huye como un animal aterrorizado. La alegría que produce Jesús es la de saber que esta vida terrena, que es un “valle de lágrimas”, que está llena de tribulaciones, de dolores, de enfermedad y de muerte, dará paso a la gloria eterna del Reino de los cielos, cuyas puertas han sido abiertas para nosotros gracias a la Sangre del Cordero derramada en la Santa Cruz del Calvario el Viernes Santo.

         Por último, la alegría que produce Jesús es la de saber que, aunque aun vivimos en este valle de lágrimas y tribulaciones, tenemos el consuelo de su Presencia Sacramental, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús está vivo, glorioso y resucitado, esperándonos en el Sagrario para comunicarnos de su misma Alegría, para darnos la alegría de saber que “estos hierros y estos dolores”, como grafica Santa Teresa de Ávila a esta vida y a este cuerpo terrenos, serán sublimados un día en un cuerpo y un alma glorificados, si perseveramos en gracia y si morimos en gracia.

         “Alegraos”, les dice Jesús a las Santas Mujeres de Jerusalén; “Alegraos”, nos dice Jesús desde la Eucaristía a nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, que peregrina por el desierto de la historia y de la vida humana hacia la Jerusalén celestial. Jesús viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, vayamos nosotros a buscarlo en el Sagrario, en la Eucaristía, para recibir de Él la Alegría divina, eterna, sobrenatural, celestial, de su Sagrado Corazón Eucarístico, para luego transmitir esta alegría a nuestros hermanos, diciéndoles: “¡Alegrémonos! ¡Jesús ha resucitado, está vivo y glorioso en la Eucaristía, y nos espera en el Sagrario para darnos la Alegría de su Sagrado Corazón Eucarístico!”.

 

sábado, 18 de julio de 2020

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”


JESÚS RESUCITÓ EN EL AMOR DE MARÍA MAGDALENA. Xabier Picaza

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto” (Jn 20, 1-2. 11-18). María Magdalena, la mujer de la cual Jesús había expulsado siete demonios y a partir de lo cual se había convertido en una ferviente y devota seguidora suya, va al sepulcro piadosamente el Domingo por la mañana, para rezar ante la tumba de Jesús. María Magdalena, que amaba a Jesús pero que se había quedado en los hechos del Viernes Santo y no recordaba la promesa de Jesús de que habría de resucitar al tercer día, llora delante del sepulcro, cuya puerta de piedra ha sido removida y el motivo de su llanto es porque piensa que se han llevado al cuerpo muerto de Jesús y ella no sabe dónde lo han puesto. Es la respuesta que le da a los ángeles cuando estos le preguntan por el motivo de su llanto: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. María Magdalena está triste y desconsolada porque su fe no ha trascendido la muerte y el dolor del Viernes Santo y la soledad del Sábado Santo; su fe no ha trascendido hasta llegar al luminoso día de la Resurrección del Señor, el Domingo. Precisamente, el día en el que ella debería estar exultante y radiante por la resurrección de Cristo, se encuentra en cambio llorando desconsolada porque piensa que sigue muerto, que no ha resucitado y por añadidura, cree que se han llevado el cuerpo, ya que no está en el sepulcro.
Esta angustia y este dolor de María Magdalena desaparecerán cuando Jesús en Persona se le aparezca, vivo, glorioso y resucitado, y sople sobre ella el Espíritu Santo, para que pueda reconocerlo. En un primer momento, María Magdalena lo confunde con el encargado del sepulcro, pero cuando Jesús le ilumina su mente y su corazón con la luz del Espíritu Santo, le dice: “¡Rabboní!”, que significa “Maestro” y es entonces cuando lo reconoce, llenándose de alegría.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Nosotros no podemos decir, como María Magdalena, que “no sabemos” dónde está el Cuerpo de Jesús: sabemos que el Cuerpo de Jesús ya no está recostado y muerto en el sepulcro, sino que su Cuerpo está de pie, vivo y glorioso, en el Cielo y en la Eucaristía. Y es esta la alegre noticia que debemos comunicar al mundo, no solo que Jesús ha resucitado, sino que está vivo y glorioso en la Eucaristía.

miércoles, 27 de mayo de 2020

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”


Conocereis de Verdad | Cruz - D: cruz invertida cruz de Pedro cruz ...


“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn 21, 15-19). Al preguntarle tres veces “si lo ama” más que los demás, Jesús resucitado le da una oportunidad a Pedro de reparar la triple falta que había cometido contra Él en la Pasión, al negarlo por tres veces. En efecto, cuando Jesús ya había sido apresado y llevado ante el tribunal que habría de juzgarlo inicuamente, Pedro –cumpliendo la profecía de Jesús de que habría de negarlo tres veces antes de que cante el gallo-, niega conocer a Jesús, por tres veces, por temor y por cobardía. Pedro olvida en ese momento que no hay que tener miedo a los hombres, sino a Dios y a su Justo Juicio y, dejándose llevar por una momentánea cobardía, niega a Jesús por tres veces, dejándolo solo frente a sus enemigos.
Ahora, una vez resucitado, Jesús le da la oportunidad de reparar esta traición y Pedro la repara, reafirmando, esta vez llevado por el Espíritu Santo, su amor por Jesús. Sin embargo, esta declaración de amor de Pedro hacia Jesús quedará sellada y definitivamente cumplida cuando se cumpla la muerte de Pedro, también profetizada por Jesús: dentro de un tiempo, Pedro será también apresado, como su Maestro y será llevado a ejecutar y así tendrá oportunidad de no solo declarar verbalmente su amor por Cristo, sino que sellará con su propia sangre ese amor declarativo, al dar su vida por Cristo y su Evangelio. De esta manera, se hará partícipe a su vez del Amor que Cristo primero demostró por él –y por todos los hombres-, al dar su vida en la Cruz en el Monte Calvario.
“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Cuando, llevados por nuestra presunción, pensemos que amamos a Jesús, recordemos a Pedro, el Primer Papa, que no solo dijo que amaba a Jesús, sino que selló con su sangre esta declaración y recordemos que todavía no hemos dado la vida por amor a Cristo. Y éste recuerdo de la muerte de Pedro nos hará reflexionar acerca de cuánto nos falta crecer en el Amor a Cristo Jesús.

martes, 21 de abril de 2020

“Lo reconocieron al partir el pan”


Los discípulos de Emaús, virtudes, Valores cristianos de ...

(Domingo III - TP - Ciclo A – 2020)

          “Lo reconocieron al partir el pan”. Jesús resucitado les sale al paso a los discípulos de Emaús, que van por el camino comentando acerca de lo sucedido el Viernes Santo. Tal como sucede con otros discípulos -por ejemplo, María Magdalena-, los discípulos de Emaús, a pesar de ser discípulos, es decir, a pesar de conocer y amar a Jesús, no lo reconocen cuando lo ven resucitado. Además, por su falta de fe en las palabras de Jesús en la resurrección, van con el “semblante triste”, lo cual también es una característica de los discípulos que se encuentran con Jesús, antes de reconocerlo como resucitado. La razón por la que están con el “semblante triste” es que no solo no creen en la Palabra de Jesús, que había prometido resucitar al tercer día, sino que tampoco creen en el testimonio de las santas mujeres y de los discípulos que lo han visto resucitado y les han contado que Jesús está vivo y glorioso. Es esta fe incrédula, imperfecta, vacilante, la que los hace dudar acerca del misterio salvífico de Jesús y es lo que les impide que sepan que están hablando con Jesús.
          Esta situación de desconocimiento e incredulidad cambiará radicalmente cuando, tiempo más tarde, Jesús “parta el pan”, lo cual muchos piensan que es en el contexto de una misa celebrada por Jesús. La cuestión es que en el momento en que Jesús “parte el pan”, se produce en los discípulos una iluminación interior, dada por el Espíritu Santo, que les quita el velo de los ojos del alma y del cuerpo que hasta entonces tenían y los capacita para reconocer, en ese forastero que los acompañaba por el camino, nada menos que a Cristo, resucitado y glorioso. En ese mismo momento Jesús desaparece, pero esta invisibilidad de Jesús no es un impedimento para que los discípulos de Emaús crean que Jesús, que ha muerto en la cruz el Viernes Santo y ha pasado en el sepulcro el Sábado Santo, haya resucitado “al tercer día” y esté vivo y glorioso entre ellos. Paradójicamente, cuando lo podían ver y cuando podían hablar abiertamente con Jesús, lo confundían con un extranjero y ahora que Jesús se hace invisible, se vuelve visible para ellos, puesto que pueden verlo con los ojos del alma iluminados con la luz de la fe.
          Puede sucederle a muchos lo que a los discípulos de Emaús antes de reconocer a Jesús resucitado, esto es, que su fe sea vacilante, trémula, frágil. Y esto sucede cuando no se cree en las palabras de Jesús, de que después de morir en la cruz, habría de resucitar “al tercer día”. Cada vez que asistimos a la Santa Misa, se produce algo similar a lo sucedido con los discípulos de Emaús al partir Jesús el pan: cuando el sacerdote fracciona la Hostia consagrada, también se produce una efusión del Espíritu desde la Eucaristía, el cual ilumina las almas con la luz divina, permitiendo al alma reconocerlo, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Por esta razón, cuando nuestra fe esté débil y vacilante, acudamos a la Santa Misa, para recibir la efusión del Espíritu Santo en el momento de la fracción del Pan consagrado y así lo podremos reconocer, vivo y glorioso, en la Eucaristía. Y así Jesús hará arder nuestros corazones en el Amor de Dios, cuando lo recibamos en la Comunión Eucarística.

lunes, 13 de abril de 2020

Viernes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a Pedro y a algunos de los discípulos “junto al lago de Tiberíades” en horas del amanecer. En esta aparición obrará la segunda pesca milagrosa, similar a la primera, pero la diferencia es que ahora Jesús está resucitado.
          Tal como había sucedido con la primera pesca milagrosa, que había sido precedida por una pesca infructuosa, aquí se vuelve a repetir la misma escena: Pedro y los discípulos habían estado pescando toda la noche, pero sin resultados y recién después de que Jesús les ordena dónde sacar peces, es que obtienen una pesca abundante.
          La escena tiene un significado sobrenatural, el cual se obtiene reemplazando lo natural por lo sobrenatural: así, la Iglesia es la Barca de Pedro; Pedro es el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra; el mar es la historia de los hombres y el mundo en el que éstos viven; los peces son los hombres; la pesca sin frutos, realizada por Pedro y los discípulos durante la noche, significan el trabajo realizado por cierta parte de la Iglesia, trabajo que es loable por el empeño apostólico pero que es infructuoso porque le falta la oración y la contemplación, por medio de las cuales se obtiene la dirección de Cristo Jesús; la pesca infructuosa representa también al alma que piensa que todo depende de su esfuerzo y por lo tanto no confía en la gracia de Dios ni en la acción de Jesús, es decir, es el esfuerzo humano que no cuenta con el obrar de la gracia santificante. De modo opuesto a este activismo sin frutos, la pesca milagrosa, realizada bajo la guía y mandato de Jesús resucitado, es una representación de aquellos que obran en la Iglesia buscando la salvación de las almas, pero que tienen bien presentes las palabras de Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer” y es así que el trabajo apostólico está precedido y acompañado por la oración, la contemplación y la acción de los sacramentos.
             Quienes así obran, reconocen el accionar milagroso de Jesús en las almas y es por eso que exclaman, como Juan: “¡Es el Señor!” cuando ven los frutos de su obrar apostólico. 


domingo, 12 de abril de 2020

Jueves de la Octava de Pascua


La paz sea con vosotros" - Católicos - Hello Foros - La Comunidad ...

(Ciclo A – 2020)

“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). En este Evangelios, Jesús resucitado se aparece a los discípulos reunidos en conjunto y esto tiene un significado eclesiológico, ya esta aparición de Jesús resucitado representa, para la Iglesia, tanto un programa de vida en el que se incluye el mandato de ir a misionar.
Un dato recurrente en las apariciones de Jesús es el recordarles su Palabra, sobre todo aquellas en las que les profetizaba su Pasión, Muerte y Resurrección: de modo análogo, el cristiano en sí mismo y la Iglesia en su totalidad, deben tener siempre presentes, en la mente y en el corazón, la Palabra de Dios, encarnada en Cristo, que ha llevado a cabo su misión redentora por medio del misterio pascual de Muerte y Resurrección. La Palabra de Cristo, la Palabra de Dios, debe ser el alimento espiritual esencial de todo cristiano, así como de la Iglesia en su totalidad.
Cuando Jesús se les aparece, los discípulos -esto es, la Iglesia como Cuerpo Místico- se encuentran “hablando de Jesús”, lo cual es un ejemplo para el cristiano de cualquier tiempo que sea, puesto que este “hablar de Jesús” es como la figuración de la oración dirigía a Jesús, que la Iglesia lleva a cabo en todo tiempo y lugar. Por otra parte, el “hablar de Jesús”, esto es, el orar, el hacer oración, es una ocasión para que Jesús se manifieste en Persona, aun cuando no lo veamos, según sus propias palabras: “Cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre, allí estoy Yo”. La oración es, para la Iglesia, la ocasión para la manifestación de Jesús resucitado.
Y del mismo modo a como los discípulos se ven embargados por la alegría cuando contemplan a Jesús resucitado, una alegría tan grande dice el Evangelio que los hacía “resistir a creer”, así el cristiano y también la Iglesia, cuando oran, reciben de Jesucristo su Espíritu, el Espíritu Santo, quien les comunica una alegría que no es de este mundo, sino sobrenatural, pues se origina en el mismo Acto de Ser divino trinitario, que es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de los santos: “Dios es Alegría infinita”[1].
De esta manera, tanto la oración, como la lectura de la Palabra de Dios, son ocasiones para que el alma se llene de una alegría desconocida porque viene de Dios o, mejor dicho, para que el alma se llene de Dios, que es Alegría infinita y eterna.
En el Evangelio, Jesús resucitado realiza una acción sobre la Iglesia reunida en oración: “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y cuando esto hace, los transforma en algo más que discípulos: los convierte en “testigos” de su Misterio Salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, el encuentro con Jesús lleva a la Iglesia a no quedarse para ella, de modo egoísta, con la novedad de que Jesús ha muerto y resucitado, sino que la impulsa a transmitir al mundo entero aquello de lo que la Iglesia ha sido testigo: que Jesús ha muerto en Cruz, que ha derrotado a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, la muerte y el demonio- y que ha conseguido para los hombres la gracia santificante, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los cielos.
“Ustedes son testigos de todo esto”. Así como Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les comunica de la Alegría de su Corazón traspasado y los convierte en testigos y misioneros, así también, cada vez que adoramos a Cristo en la Eucaristía o cada vez que comulgamos, se renueva para nosotros el don del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos de la Pasión y Muerte de Jesús ante el mundo: “Ustedes son testigos de todo esto”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

viernes, 10 de abril de 2020

Martes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Cuando Jesús resucitado se le aparece a María Magdalena, la discípula se encuentra agobiada por la tristeza, la cual se expresa en el llanto que la invade. La razón de su llanto es que ella piensa que Jesús no solo no ha resucitado, sino que continúa muerto y que el cadáver de Jesús ha sido transportado fuera del sepulcro por algún desconocido. La causa última de la tristeza y el llanto de María Magdalena es su fe, débil y vacilante como una pequeña llama de una candela, en las palabras de Jesús: Él había prometido resucitar al tercer día, cumplió con esta promesa y ahora se encuentra delante de ella, pero ella sigue sin creer en sus palabras. Por esto llora María Magdalena: porque a pesar de amar a Jesús, no termina de creer en las palabras de Jesús, cree que está muerto y que no ha resucitado.
Pero este estado de tristeza y llanto cambian radical y substancialmente luego del encuentro personal de María Magdalena con Jesús resucitado: a pesar de preguntarle la causa de su llanto, Jesús sabe ya la respuesta, sabe que es por la débil fe de su discípula. Por eso, lo que hace Jesús es infundirle el Espíritu Santo, el cual le permitirá a María Magdalena no sólo reconocer a Jesús llamándolo “Rabboní” o “Maestro”, sino que le comunicará de la misma alegría divina, una alegría sobrenatural que brota del Ser divino trinitario de Jesús. La alegría que comunica el Espíritu Santo no es, evidentemente, una alegría de origen mundano, sino divino y sobrenatural, porque hace al alma partícipe del Ser divino trinitario, el cual es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de Santa Teresa de los Andes: “Dios es Alegría infinita”.
El Espíritu Santo, infundido por Jesús en María Magdalena, la ilumina primero en su intelecto, de manera tal que María Magdalena ya no sólo no lo confunde más con el jardinero, como al inicio del encuentro con Jesús, sino que es capaz de reconocer, ahora sobrenaturalmente, a Jesús resucitado. Y luego del conocimiento de Jesús resucitado, viene la alegría, que es, como dijimos, participación en la alegría sobrenatural del Ser divino. Sin esta luz del Espíritu Santo, el alma es incapaz de reconocer a Jesús resucitado: piensa que Jesús está muerto -al igual que María Magdalena al inicio- y por lo tanto se hace incapaz de participar de la alegría divina.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchas veces, en la vida cotidiana, al dejarnos arrastrar por las situaciones existenciales, perdemos de vista la resurrección de Jesús y es entonces cuando invade al alma la tristeza e incluso el llanto. Sólo cuando Jesús resucitado, desde la Eucaristía, nos infunde el Espíritu Santo, sólo entonces el alma se desprende de la tristeza de una vida con un horizonte puramente humano, para elevarse y alegrarse con la alegría misma de Dios Trino, alegría que se deriva de saber que Jesús ha resucitado y que Él nos espera en el Cielo para allí comunicarnos, de manera plena y definitiva, su Alegría, la alegría misma de Dios Hijo, encarnado, muerto y resucitado por nuestra salvación.

Lunes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Alégrense” (Mt 28, 8-15). Luego de resucitar, Nuestro Señor Jesucristo se les aparece a las santas mujeres. Estas, “atemorizadas pero llenas de alegría” van a comunicar la Buena Noticia a los discípulos. Lo llamativo en esta aparición particular de Jesús es que no las saluda a las santas mujeres con un saludo formal -lo cual cabría de esperar- o con un saludo familiar -ya que son sus discípulas-, sino que las saluda con una orden imperativa: “Alégrense”. Es decir, Jesús las saluda con una orden y es una orden muy particular: la orden que deben cumplir las santas mujeres es el alegrarse: “Alégrense”. No es de extrañar esta orden de Jesús, porque su resurrección implica novedades sorprendentes para todo el género humano: su muerte y resurrección implican no solo la derrota de los tres grandes enemigos del género humano -el demonio, el pecado y la muerte-, sino también la apertura, para el hombre, del Reino de los cielos, al ser conseguida la gracia santificante para la humanidad por los méritos de Jesús en la Cruz. Es decir, el saludo imperativo de Jesús que manda la alegría, se comprende cuando se comprueba que los motivos de alegría son sobreabundantes. Más allá de lo que las santas mujeres puedan estar experimentando en sus vidas personales -tristezas, tribulaciones, alegrías-, hay un hecho sobrenatural que es causa de una alegría también sobrenatural: con su muerte en Cruz y con su Resurrección, Jesús ha vencido de una vez y para siempre a los mortales enemigos de la humanidad y ha conseguido para esta no sólo el perdón divino de Dios Padre -cuya Justicia estaba ofendida desde el pecaodo original-, sino que con sus méritos en la Cruz ha conseguido la gracia santificante, que suprime el pecado del alma, destruyéndolo y que hace participar al alma de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual Jesús es Hijo de Dios Padre desde toda la eternidad.
“Alégrense”. La misma orden de estar alegres -no por motivos humanos, sino sobrenaturales, porque la causa de esta alegría es la Resurrección- que da Jesús a las santas mujeres, nos la da también a nosotros. Y esta orden nos la da desde el lugar en donde Él se encuentra con su Cuerpo resucitado, el mismo Cuerpo con el que está en el Cielo y es la Sagrada Eucaristía. Por esta razón, cada vez que vamos a visitar a Jesús Eucaristía para adorarlo, y más allá de la situación existencial particular que estemos viviendo -alegría, dolor, tristeza, tribulaciones-, recibimos la misma orden dada a las santas mujeres: “Alégrense”.


sábado, 4 de mayo de 2019

“¡Es el Señor!”



(Domingo III - TP - Ciclo C – 2019)

          “¡Es el Señor!” (Jn 6, 16-21). Jesús resucitado se les aparece a los discípulos -entre los que se encuentran Pedro y Juan Evangelista- en la orilla del mar, de madrugada, a unos cien metros desde el lugar donde los discípulos están pescando. -infructuosamente, porque el Evangelio dice que no pescaron nada-. Después de saludarlos, Jesús les pregunta si tienen pescado y ellos le responden negativamente; entonces Jesús realiza lo que podemos llamar la “segunda pesca milagrosa”, porque les dice que “echen las redes” y haciendo así los discípulos, obtienen tantos peces, que las redes ya no podían contener más peces. Luego de hacer el milagro, Jesús infunde su gracia primero en Juan Evangelista, quien así lo reconoce y exclama: “¡Es el Señor!”. Inmediatamente sucede lo mismo con Pedro, recibe la gracia de reconocer a Jesús resucitado y se lanza al mar en pos de Él. En la orilla, Jesús los espera con pescado asado y pan y les convida a sus discípulos. Después de comer, Jesús le hace una misma pregunta por tres veces a Pedro: le pregunta si lo ama y muchos autores dicen que es para que Pedro reparara por las tres veces que lo había negado en la Pasión, antes de que cantara el gallo. Pedro responde afirmativamente por tres veces, reparando así la triple negación de la Pasión. Sin embargo, el objetivo de las preguntas de Jesús no es solo que Pedro reparara su traición y negación, sino que es prepararlo para la misión que está por encomendarle: en las tres veces que hace la pregunta, Jesús le da la misma misión: apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos. Es decir, Jesús encarga a Pedro, que es su Vicario en la tierra, la tarea de “apacentar” a su rebaño, lo cual quiere decir guiar al pueblo fiel en la fe hacia la Jerusalén celestial.
          La tarea de Pedro, es decir, la tarea del Papa, sea cual este sea, es siempre la misma: confirmar en la fe al Pueblo fiel de Dios, afirmando siempre la verdad acerca de Cristo, como Segunda Persona de la Trinidad encarnada que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Jesús confía a Pedro la tarea de “apacentar el rebaño”, lo cual implica, por un lado, defenderlo del Lobo, que es el ángel caído, el cual propaga herejías y errores, sobre todo en relación a la Eucaristía y, por otro lado, implica proclamar siempre la Verdad acerca de la constitución íntima de Cristo, el Hombre-Dios y su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual no solo se nos perdonan los pecados, sino que se nos concede la gracia de ser hijos adoptivos de Dios y se nos abren las puertas del cielo.
          “¡Es el Señor!”. Con la fe de Pedro y con Pedro, el Papa, confirmándonos en la fe en Jesús como Dios Hijo encarnado, nosotros también, como el Evangelista Juan, decimos, al contemplar la Eucaristía: “¡Es el Señor!”. Así como Juan, al contemplar a Cristo en la playa, lo reconoció como al Hombre-Dios encarnado y exclamó “¡Es el Señor!”, así nosotros también, al contemplar la Eucaristía, debemos exclamar, junto con Juan Evangelista: “¡Es el Señor!” e ir en pos de Él. Y Jesús, desde la Eucaristía, no nos dará a comer pescado asado, sino que nos dará a comer su carne, la Carne del Cordero de Dios, contenida en la Eucaristía. A nosotros, Jesús resucitado no se nos aparece visiblemente a orillas del mar, ni nos da a comer pescado: se nos aparece, invisible pero real y verdaderamente, en la Eucaristía, para darnos de comer la Carne del Cordero de Dios asada en el fuego del Espíritu Santo. Entonces, cada vez que contemplemos la Eucaristía, digamos junto con Juan, en la fe de Pedro: “¡Es el Señor!” y vayamos en pos de Él.


miércoles, 24 de abril de 2019

Jueves de la Octava de Pascua



(Ciclo C – 2019)

         “Creían ver un espíritu” (Lc 24,35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos, pero estos, al no tener experiencia de la resurrección y al no haber visto nunca a un cuerpo resucitado, ahora que lo ven a Jesús, reaccionan con temor y pensando que “era un espíritu”: “Creían ver un espíritu”. Sin embargo, entre otras cosas, lo que queda de manifiesto en este evangelio es la realidad del Cuerpo resucitado de Jesús: para que se convenzan que es Él en persona, con su propio Cuerpo –el mismo que tenía antes de morir, pero ahora resucitado-, los invita a que lo vean y a que palpen su Cuerpo, para que terminen de darse cuenta de que es Él en Persona y no un espíritu o un fantasma: “Y él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Jesús los insta a que palpen sus manos y sus pies y así comprueben, por sí mismos, que es Él y no un espíritu, porque un espíritu no tiene “carne y huesos”, como los tiene Él. “Carne y huesos” de resucitado, pero carne y huesos al fin. Luego, para darles otra prueba de que es Él y no un espíritu, les pide de comer: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. Con esta prueba de la comida, los discípulos se convencen de que es Jesús en Persona, con la realidad de su Cuerpo resucitado y no un espíritu. Ahora, pasan del temor a la alegría extrema y es precisamente la alegría de ver a Jesús resucitado el otro componente de la reacción de los discípulos: “No acababan de creer por la alegría”. Se trata de una alegría no mundana, no originada por las cosas del mundo, sino de una alegría que emana del Ser divino de Jesús, que en cuanto tal es la “Alegría Infinita” y la “Alegría Increada”.
         “Creían ver un espíritu”. Jesús resucitado no se nos aparece visiblemente; sin embargo, se nos aparece real y verdaderamente, con su Cuerpo resucitado, oculto en la Eucaristía. Si alguien escribiera la reacción de quienes asisten a Misa y su relación y reacción con la Eucaristía, probablemente escribirían: “(Al ver la Eucaristía) creían ver un poco de pan bendecido”. La Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino Jesús resucitado, vivo y con su Cuerpo glorioso, lleno de la vida, de la luz y del Amor de Dios. Y a diferencia de los discípulos, Jesús no nos pide de comer pez asado, sino que nos da a comer de la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, lo cual es motivo de alegría celestial, sobrenatural, para el alma y para la Iglesia toda.

domingo, 21 de abril de 2019

Domingo de Resurrección



(Ciclo C – 2019)

         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús? Para saberlo, trasladémonos al sepulcro en la madrugada del Domingo de Resurrección. Estamos en el día Domingo en el sepulcro, arrodillados delante del Cuerpo de Jesús envuelto en la sábana mortuoria. El sepulcro está a oscuras, pues la puerta está cerrada y no deja entrar la luz. Además, afuera es de madrugada y en el cielo todavía no ha salido el sol, aunque la Estrella de la mañana anuncia que pronto lo hará. El sepulcro entonces está a oscuras y en silencio. Estamos arrodillados delante de Jesús. De pronto y coincidiendo en el cielo con la aparición de los primeros rayos de sol, en el sepulcro sucede algo inesperado: en el Cuerpo de Jesús, tendido sobre la piedra, hasta ese momento frío y sin vida, se ve una luz a la altura del corazón; es diminuta, pero en pocos instantes va creciendo y aumentando cada vez más de intensidad. La luz que ha aparecido en el pecho de Jesús es la luz de la gloria divina; por lo tanto, es una luz viva, una luz que está viva y que da vida a lo que ilumina. Así es como la luz, comenzando en el corazón como un minúsculo punto, comienza a agrandarse, hasta abarcar todo el corazón de Jesús y como es una luz viva, el Corazón de Jesús, hasta ese entonces sin latir, porque Jesús estaba muerto, comienza a latir y con tanta fuerza, que el latido del corazón resuena en todo el sepulcro. La luz que surgió en su corazón y le dio vida, se expande de inmediato por todo el Cuerpo de Jesús, tanto en sentido ascendente como descendente y, puesto que es una luz que tiene vida, como dijimos, da vida al Cuerpo muerto de Jesús, quien así vuelve a la vida. Jesús, ahora ya vivo, se incorpora sobre el sepulcro porque está vivo, pero no con la vida terrena que tenía antes de morir, sino con la vida divina que tenía en el seno del Padre, desde la eternidad. Su Cuerpo resplandece como en la Transfiguración en el Monte Tabor, con un resplandor más intenso que miles de millones de soles juntos: Jesús resplandece con la luz de la gloria divina; está vivo, ha vencido a la muerte, ha vencido al pecado, ha vencido a las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, los ángeles caídos. El sepulcro ahora ya no está más a oscuras, sino que está resplandeciente con la luz de la gloria que surge del Cuerpo de Jesús; de sus llagas ya no sale sangre, sino luz, que es la gloria de Dios; ya no está en silencio, porque se escuchan los latidos del Corazón de Jesús, aunque el sonido de esos latidos son reemplazados por los cantos de los ángeles, que rodean a Jesús y le expresan su alegría por su Resurrección. Luego de incorporarse, resplandeciente y brillante con la luz de la gloria divina, Jesús sale del sepulcro, dejándolo vacío, para ir al encuentro de su Madre, quien según la Tradición fue la primera en verlo resucitado, y luego del resto de los discípulos.
         Los cristianos exultamos de gozo y alegría el Domingo de Resurrección, porque el sepulcro ha quedado vacío y esa es la alegre noticia que debemos dar al mundo: Jesús ha resucitado, ha dejado el sepulcro vacío, porque está vivo y glorioso, con la vida y la gloria de Dios. Pero al mismo tiempo que anunciamos que el sepulcro está vacío, los cristianos debemos anunciar que el sagrario está ocupado, porque en el sagrario está Jesús en la Eucaristía, con el mismo Cuerpo glorioso con el que Él resucitó el Domingo de gloria. Los cristianos entonces no solo debemos anunciar, exultantes de gozo y alegría, que el sepulcro está vacío porque Jesús ha resucitado, sino que debemos anunciar que el mismo Jesús que desocupó el sepulcro, está ahora ocupando cada sagrario de la tierra, con su Cuerpo lleno de la gloria y la luz de Dios, en la Eucaristía.
         Ésa es la alegre noticia que debemos comunicar al mundo, por medio de una santidad de vida: el sepulcro está vacío y el sagrario está ocupado, porque Jesús está en la Eucaristía con el mismo Cuerpo con el que resucitó el Domingo, lleno de la luz, de la gloria, de la vida y del Amor de Dios Trinidad.
        

sábado, 14 de abril de 2018

“(…) les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”



(Domingo III - TP - Ciclo B – 2018)

         “(…) les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de los Apóstoles, los cuales estaban escuchando el testimonio de los discípulos de Emaús, encontrándose incrédulos, como lo relata en otra parte el Evangelio. Ya se habían mostrado incrédulos cuando María Magdalena y las otras santas mujeres les habían relatado que Jesús se les había aparecido resucitado. Y ahora, cuando Jesús se les aparece a ellos en Persona, continúan manifestando incredulidad, según lo relata el Evangelio: “Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu”. De tal manera se muestran incrédulos, que Jesús les tiene que decir que Él no es un espíritu, un fantasma, sino Él en Persona, resucitado y glorioso. Les reprocha su incredulidad: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas?” y además les pide que toquen su Cuerpo, para que comprueben que es el mismo Cuerpo que tenía antes de la Resurrección: “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”, y “les mostró sus manos y sus pies”. Incluso les pide algo para comer: “¿Tienen aquí algo para comer?”.
Les pide algo para comer, come un trozo de pescado asado y luego les explica su misterio pascual: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”.
Luego Jesús hace algo, narrado por el Evangelio: “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”. Aunque ya les había explicado su misterio pascual, ahora vuelve a hacerlo, luego de “abrirles la inteligencia”, a lo que le agrega ahora el mandato de ir a predicar el Evangelio, la Buena Noticia de su muerte y resurrección “a todas las naciones”, es decir, a todo el mundo: “Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto”.
Hay un claro “antes y después” de que Jesús les “abra la inteligencia”: antes, están atemorizados, turbados, incrédulos y aunque ven a Jesús resucitado y escuchan de Él su misterio pascual, parecen no comprender lo que Jesús les dice, porque sus actitudes no cambian. Pero cuando Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, éste les “abre la inteligencia”, de manera que se vuelven capaces de conocer como Dios se conoce y de amar a Dios como Dios se ama; son capaces de reconocer a Jesús resucitado y glorioso; son capaces de salir del encierro en el que están “por temor a los judíos”, porque ahora poseen la Sabiduría, el Amor y la Fortaleza misma de Dios Trino, que les es participada por la gracia; son capaces de salir por el mundo entero a predicar que Jesús es  el Hombre-Dios que, con su sacrificio en cruz, ha vencido al Demonio, a la Muerte y el Pecado, nos ha concedido la gracia de la filiación divina, nos ha abierto las puertas del Cielo, nos ha librado de la eterna condenación en el Infierno y ha ido a prepararnos una habitación en la Casa del Padre para que, al final de nuestras vidas terrenas, seamos capaces de habitar para siempre en el Reino de los Cielos. Pero todo esto lo pueden comprender y pueden salir a evangelizar sólo después de que Jesús “les abriera la inteligencia” por la infusión del Espíritu Santo en sus almas. Sólo así, los Apóstoles pueden superar los estrechos límites de la razón humana que les impide contemplar y comprender los sublimes misterios sobrenaturales del Hijo de Dios. Antes de que Jesús “les abriera la inteligencia”, los Apóstoles sencillamente no comprendían lo que pasaba; ni siquiera eran capaces de reconocer a Jesús resucitado y glorioso, aun cuando lo tenían frente a sus propios ojos.
“(…) les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”. La inmensa mayoría de los niños que cursan Catecismo de Comunión y Confirmación, como así también la inmensa mayoría de jóvenes y adultos que han recibido la instrucción sobre la fe, se encuentran en el estado de los Apóstoles antes de que Jesús “les abra la inteligencia”: no comprenden de qué se trata la religión católica y la prueba está en que no valoran ni entienden en qué consisten los sacramentos, principalmente el Bautismo, la Confesión sacramental, la Eucaristía y mucho menos entienden lo que es la Santa Misa. Es lógico que así sea, porque todo esto son prolongaciones y actualizaciones sacramentales del misterio pascual de Jesús, de su gloriosa Pasión, Muerte y Resurrección. Si queremos que esta apostasía que estamos viviendo, que vacía nuestras iglesias y llena estadios de fútbol y paseos de diversión los domingos, finalice, debemos implorar, por intermedio de María Santísima, Mediadora de todas las gracias, que también a nosotros Jesús nos sople el Espíritu Santo para que “abra nuestras inteligencias” a los misterios sobrenaturales de nuestra Santa Religión Católica.



martes, 3 de abril de 2018

Martes de la Octava de Pascuas



(Ciclo B – 2018)

         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20, 11-18). María Magdalena acude al sepulcro pero no ingresa en él; se queda afuera, llorando, recordando los tristes acontecimientos del Jueves y Viernes Santo. María Magdalena, que había asistido a la crucifixión, tenía en el recuerdo de su memoria a su Señor crucificado y muerto; piensa que todavía sigue muerto y por eso llora. Cuando se asoma al sepulcro, ve el sepulcro vacío y a dos ángeles, “sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús”. Los ángeles le preguntan la causa de su llanto: “Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Luego se da vuelta, ve a Jesús resucitado, pero no lo reconoce. Jesús le hace la misma dobre pregunta que los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. María, al igual que cuando responde a los ángeles, también en esta respuesta sigue pensando en un Jesús muerto. Sin embargo, a pesar de verlo con sus propios ojos, todavía no ha recibido la luz del Espíritu Santo, que es donada por Jesús y por lo tanto, no lo reconoce y lo confunde con el jardinero, con el cuidador del huerto: 2Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. María piensa en un Jesús cadáver y quiere ir a buscar ese cadáver. En su razonamiento, en el uso de su razón sin la luz del Espíritu Santo, Jesús es solo un cadáver y no hay otra respuesta posible que el cadáver haya sido trasladado de lugar. Será la mentira que utilizarán los judíos para sobornar a los soldados romanos. En este caso, es imposibilidad de María Magdalena de alcanzar, con la sola luz de su razón natural, la verdad de la resurrección. Puesto que se trata de un hecho de un orden sobrenatural, su razón humana, creatural, está fuera del alcance de dicha verdad y es por eso que lo confunde con el jardinero y piensa que el cadáver ha sido trasladado de lugar.
         Solo cuando Jesús infunda en ella el Espíritu Santo y este la ilumine con su luz celestial, María Magdalena será capaz de contemplar la Verdad Absoluta de Dios, Cristo Jesús, que ha resucitado luego de estar tres días en el sepulcro.
         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Muchos cristianos se comportan como María Magdalena antes de recibir la luz del Espíritu Santo: están en la Iglesia, pero viven como si Jesús estuviera muerto, no hubiera resucitado y, peor aún, no estuviera, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y así se comportan como racionalistas, como quienes no han recibido la luz de la sabiduría divina que viene de lo alto. Puesto que la verdad de la Resurrección de Jesucristo es supra-racional, es decir, supera ampliamente la limitada capacidad de nuestra razón, para no caer en el error racionalista –el error de María Magdalena antes de recibir el don de la iluminación de Jesucristo-, es necesario pedir, con insistencia, la luz del Espíritu Santo para que nuestras almas puedan contemplar, con la luz de la fe y de la gracia, a Jesús, que no solo ha resucitado, sino que nos espera, glorioso, en la Eucaristía.

miércoles, 19 de abril de 2017

Miércoles de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús mientras van de camino pero estos, al igual que María Magdalena en un primer momento, no lo reconocen. Así como María Magdalena lo confundió con el encargado del huerto, así ellos lo confunden con un forastero, es decir, lo consideran un desconocido. Aunque Jesús camina y habla con ellos, y aunque ellos eran discípulos de Jesús, es decir, habían sido testigos de sus milagros, habían escuchado sus enseñanzas, habían compartido con Él sus recorridos por los caminos de Palestina, ahora parecen no conocerlo y la razón es que hay “algo” que les impide ese reconocimiento: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Pero también, al igual que María Magdalena, luego de que Jesús les infunda su Espíritu para iluminar sus mentes y encender sus corazones en el Amor de Dios, los discípulos de Emaús serán capaces de reconocerlo. ¿Qué es ese “algo” que cubre sus ojos y les impide reconocerlo? Lo mismo que le impedía a María Magdalena reconocerlo en el Huerto: su propia razón y la ausencia de la gracia. La razón humana es completamente incapaz de penetrar en el misterio de Jesús, el Hombre-Dios, porque no puede conocer, si no es por revelación divina, que Dios es Uno y Trino y que la Segunda Persona de la Trinidad es la que se encarnó en Jesús y esa es la razón por la cual, tanto los discípulos, como María Magdalena, no reconocen a Jesús resucitado y lo tratan como a un desconocido. En el caso de los discípulos de Emaús, Jesús infundirá su Espíritu en el transcurso de la cena –algunos autores dicen que era la Santa Misa-, en el momento de partir el pan: es ahí cuando los discípulos saben, con un conocimiento sobrenatural, quién es Jesús y que Jesús ha resucitado, al tiempo que también comienzan a amarlo con un amor sobrenatural: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”.

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Muchos católicos se comportan como los discípulos de Emaús: Jesús está con nosotros, con su Iglesia, todos los días, y lo estará “hasta el fin del mundo” en la Eucaristía, pero muchos lo tratan, en su Presencia Eucarística, como si no lo conocieran, como si fuera un extraño, un forastero, un desconocido. En la Santa Misa, Jesús hace lo mismo que con los discípulos de Emaús, parte para nosotros el pan, por medio del sacerdote ministerial, pero todavía demuestra un amor infinitamente más grande para con nosotros, porque se nos entrega, en Persona, en el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. A ese Jesús Eucarístico, que se nos dona en la Eucaristía, le pidamos que ilumine nuestras inteligencias, para que seamos capaces de reconocerlo en el Santísimo Sacramento del altar, y que nos infunda su Espíritu, para que, al igual que los discípulos de Emaús, nuestros corazones se enciendan y ardan en el Amor de Dios.

sábado, 2 de abril de 2016

Sábado de la Octava de Pascua


         Jesús resucitado se aparece a los discípulos; entre ellos, a María Magdalena y a los discípulos de Emaús (cfr. Mc 16, 9-15). Tanto María Magdalena como los discípulos de Emaús, van a anunciar a sus hermanos en religión, pero en ambos casos, los destinatarios de la Buena Nueva, se caracterizan por dudar de sus palabras: “no les creyeron”, dice el Evangelio. A esta incredulidad, hay que  sumarles las de la propia Magdalena y la incredulidad primera también de los discípulos de Emaús. Cuando Jesús se les aparece, personalmente, “a los Once”, lo primero que hace es “echarles en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado”. Jesús no pasa por alto la desconfianza infundada de sus discípulos, mucho menos la del Colegio Apostólico, puesto que esta desconfianza implica no solo no creer en las palabras de los testigos que lo han visto resucitado, sino que, en el fondo, implica no creer en Él mismo y en sus propias palabras, puesto que Él había anunciado que habría de resucitar “al tercer día”.
         “Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón”. La dureza de corazón es consecuencia de la incredulidad, puesto que la fe –la apertura de la mente a la luz de la gracia- permite que el corazón sea capaz de amar en un nuevo sentido, sobrenatural –al abrirse también a la acción de la gracia-, pero si la mente se cierra a la Verdad revelada, Jesucristo, también el corazón se cierra a la acción del Espíritu Santo en él.

         Prestemos atención al reproche de Jesús, que también va dirigido a nosotros, toda vez que actuamos como si Jesús no solo no hubiera resucitado, sino que no estuviera, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. También nosotros somos “necios de entendimiento y duros de corazón” cada vez que no elevamos la mente y el corazón a la Presencia gloriosa y resucitada de Jesús en la Eucaristía y obramos sin misericordia, no como si fuéramos cristianos, sino como si fuéramos paganos.

viernes, 1 de abril de 2016

Viernes de la Octava de Pascua


         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Luego de que Jesús, ya resucitado, realiza el prodigio de la segunda pesca milagrosa, San Juan Evangelista, que estaba en una de las barcas, reconoce a Jesús y exclama, con gran alegría: “¡Es el Señor!”. Hasta el momento, no lo habían reconocido, además de estar frustrados porque “no habían pescado nada en toda la noche”. A pesar de que Jesús ha resucitado y está con ellos, no pueden pescar nada y no reconocen a Jesús. Pero cuando Jesús hace el milagro de la segunda pesca prodigiosa, entonces lo reconocen, Juan el primero. Muchas veces nos pasa lo mismo con Jesús Eucaristía: Él nos espera en el sagrario, como esperaba a los discípulos en la orilla, pero no para alimentarnos, como a ellos, con carne de pescado, una carne sin vida, inerte, sino para alimentarnos con su propia carne -tal como un pío pelícano- con su Cuerpo resucitado y glorioso, con su Corazón inhabitado por el Espíritu Santo, el Amor de Dios.

“¡Es el Señor!” +, dice Juan, reconociendo a Jesús luego del milagro de la pesca prodigiosa; si el milagro es la ocasión para la efusión del Espíritu, que nos ilumina y nos permite reconocer a Jesús, entonces nosotros tenemos una ocasión infinitamente más grandiosa que una pesca milagrosa, y es la Santa Misa, en donde se verifica el milagro, cada vez, de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Entonces, en la Santa Misa, luego de la consagración digamos, con el mismo gozo exultante de Juan Evangelista, a Jesús en la Eucaristía: “¡Es el Señor!”. Y, como Pedro, que se cubrió con su túnica para ir al encuentro de su Señor, cubrámonos nosotros con la vestidura de la gracia, para ir al encuentro de Jesús en la Eucaristía.

jueves, 31 de marzo de 2016

Jueves de la Octava de Pascua



         “La paz sea con vosotros” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de los discípulos y les dice: “La paz sea con vosotros”. No se trata de un mero saludo, sino del efectivo don de la paz, uno de los más preciados frutos de su misterio pascual de Muerte y Resurrección, puesto que se trata de la paz verdadera, la paz interior del alma, la paz de Dios, no la paz del mundo; es la paz que sobreviene al alma no solo porque han sido derrotados para siempre los tres enemigos mortales que quitaban la paz al hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, sino que es la paz sobrenatural, celestial, que brota del Ser divino trinitario, que es la Paz Increada en sí misma. La paz que da Cristo resucitado, tiene entonces una doble vertiente: el hombre se llena de paz porque ya no es enemigo de Dios porque sus pecados han sido borrados con la Sangre de Cristo; porque el Demonio y la Muerte, que le quitaban la paz, han sido vencidos para siempre por la cruz de Jesús, y porque su alma se inunda con la paz misma de Dios, con Dios, que es un Dios pacífico –no pacifista- y de paz.
         La reacción de los discípulos –entre los que se encuentran los discípulos de Emaús, quienes están precisamente relatando su encuentro con Jesús resucitado al momento de aparecérseles Jesús- es la misma de todos: incredulidad –no creen que Jesús haya resucitado, aún cuando lo están viendo-, miedo –al punto que Jesús mismo les debe decir que no tengan miedo-, dudas –lo confunden con un fantasma, a pesar de que están viendo su Cuerpo glorioso-, y también están incapacitados, al igual que María Magdalena en el Huerto, al igual que los discípulos de Emaús en el camino, de reconocer a Jesús resucitado, y la razón es que la naturaleza humana no puede, por sí misma, ni comprender la realidad de la Resurrección, ni contemplar la gloria de Dios, que se manifiesta a través del Cuerpo glorioso de Jesús: necesitan la luz del Espíritu Santo, infundida por Jesucristo, para que sean capaces de creer, aceptar y amar la realidad de la Resurrección. Esto es lo que explica lo que dice el Evangelio: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Jesús “abre el entendimiento” de los discípulos, para que puedan “comprender las Escrituras” y, consecuentemente, puedan contemplarlo a Él en cuanto resucitado. Esto significa que es necesario el don del Espíritu Santo para que el alma humana pueda, por medio de la luz divina, comprender, creer y amar los misterios de la vida de Jesús y su evento pascual redentor. Si no se produce esta intervención del Espíritu de Dios, que ilumina las mentes y los corazones para que sean capaces de contemplar el misterio sobrenatural absoluto del Hijo de Dios, encarnado, muerto en cruz y resucitado, se piensa y se cree sólo con categorías humanas, reduciendo el misterio de Jesucristo a lo que la razón humana puede comprender y reduciendo por lo tanto el cristianismo a un sistema de auto-ayuda y superación personal.
Lo mismo sucede con la Presencia de Jesús resucitado, vivo y glorioso en la Eucaristía: si no está la luz del Espíritu Santo, los bautizados se comportan, con respecto a Jesús Eucaristía, como los discípulos ante la aparición de Jesús: hay dudas sobre la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía; se piensa que es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa; se confunde la Presencia gloriosa de Jesús en la Eucaristía con una presencia simbólica. En definitiva, si no media la iluminación del Espíritu de Dios acerca de la Eucaristía, se reduce su Presencia a lo que la razón humana puede comprender, lo cual significa, en la práctica, reducir a la nada el misterio eucarístico y convertir al cristianismo en un psicologismo que lo único que persigue es la auto-superación personal.

“La paz sea con vosotros”. Desde la Eucaristía, Jesús resucitado nos comunica la paz de su Sagrado Corazón, la misma paz que comunicó a los discípulos luego de resucitado, y es la paz que fundamenta nuestra paz interior y que nos obliga, en el Amor de Dios, a dar la paz a nuestros hermanos, comenzando por aquellos que son nuestros enemigos, por algún motivo circunstancial. Pero para poder comprender el don de la paz de Jesús Eucaristía, es necesario que Jesús “abra nuestras mentes y corazones” con la luz del Espíritu Santo, y es por eso que le decimos a Jesús Eucaristía: “Ven, Señor Jesús (Ap 2, 20), aumenta mi fe (Mc 9, 23) en tu gloriosa resurrección y en tu gloriosa Presencia Eucarística, para que pueda yo ser un instrumento de paz celestial para mis hermanos”.