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viernes, 2 de abril de 2021

Lunes de la Octava de Pascua

 



(Ciclo B – 2021)

         “Alegraos” (Mt 28, 8-15). La primera palabra de Jesús resucitado, registrada en los Evangelios, está dirigida a las santas mujeres de Jerusalén y es una orden perentoria: “Alegraos”. Ante esta orden de Jesús, surge la pregunta: ¿por qué Jesús manda a sus discípulos a que se alegren? El interrogante surge también porque las santas mujeres, luego de recibir el anuncio del Ángel de la resurrección de Jesús, ya estaban alegres y así lo dice el Evangelio: “(Luego de escuchar al Ángel) las mujeres se marcharon del sepulcro llenas de alegría”. Es decir, ellas escuchan al Ángel el anuncio de que Jesús ha resucitado y se “llenan” de alegría, según el Evangelio y es en ese momento en el que Jesús les sale al encuentro y les ordena, sobre la alegría que tienen, que se alegren todavía más: “Alegraos”. La pregunta es: ¿por qué razón Jesús manda la alegría, si ellas ya estaban alegres? Porque la alegría que experimentaban las santas mujeres era una alegría que, en el fondo, todavía no era la alegría de Dios y no era la alegría de Dios, porque era una alegría surgida en sus corazones por la noticia de la resurrección de Jesús, comunicada sí por un mensajero divino, un ángel, pero no dejaba de ser una alegría todavía humana, como por ejemplo, la alegría de un padre o una madre que se enteran que su hijo, al que por algún motivo creían muerto, está en realidad vivo. Es decir, la alegría que experimentan las santas mujeres, al recibir la noticia de parte del Ángel, no deja de ser una alegría que es de carácter humano.

La alegría que manda Jesús es, por el contrario, una alegría distinta: es una alegría que no se origina en el corazón humano, como cuando este escucha una buena noticia, una noticia alegre: la alegría que manda Jesús es de origen celestial, divino, sobrenatural, porque es la Alegría que no solo la experimenta Él, sino que es la Alegría que es Él, porque Él, en cuanto Dios Hijo, es la Alegría Increada en Sí misma y la Causa Increada de toda alegría participada a las creaturas, sean humanas o angélicas. La Alegría con la que manda Jesús a alegrarse a las santas mujeres –y a toda la Iglesia universal- es la Alegría que brota, como de una fuente inagotable, de su Ser divino trinitario y por eso es una alegría nueva, desconocida para el ser humano, porque es una alegría de origen divino. Es, en realidad, Dios mismo, que es “Alegría Infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. La Alegría con la que manda Jesús alegrarnos, no es la alegría de origen humano, como cuando alguien recibe la noticia de que un ser querido suyo, al que suponía muerto, en realidad está vivo: es algo infinitamente más grande que eso, es una alegría infinitamente más sublime que una buena noticia de origen humano: es la Alegría que brota del Ser divino trinitario, que es en Sí mismo Alegría Infinita, Eterna e Increada. Con esa Alegría quiere Jesús que nos alegremos en la Pascua y esa Alegría, la que brota de su Sagrado Corazón –Alegría eterna, infinita, inagotable, celestial, sobrenatural- es la que nos comunica en cada Comunión Eucarística.

viernes, 10 de abril de 2020

Lunes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Alégrense” (Mt 28, 8-15). Luego de resucitar, Nuestro Señor Jesucristo se les aparece a las santas mujeres. Estas, “atemorizadas pero llenas de alegría” van a comunicar la Buena Noticia a los discípulos. Lo llamativo en esta aparición particular de Jesús es que no las saluda a las santas mujeres con un saludo formal -lo cual cabría de esperar- o con un saludo familiar -ya que son sus discípulas-, sino que las saluda con una orden imperativa: “Alégrense”. Es decir, Jesús las saluda con una orden y es una orden muy particular: la orden que deben cumplir las santas mujeres es el alegrarse: “Alégrense”. No es de extrañar esta orden de Jesús, porque su resurrección implica novedades sorprendentes para todo el género humano: su muerte y resurrección implican no solo la derrota de los tres grandes enemigos del género humano -el demonio, el pecado y la muerte-, sino también la apertura, para el hombre, del Reino de los cielos, al ser conseguida la gracia santificante para la humanidad por los méritos de Jesús en la Cruz. Es decir, el saludo imperativo de Jesús que manda la alegría, se comprende cuando se comprueba que los motivos de alegría son sobreabundantes. Más allá de lo que las santas mujeres puedan estar experimentando en sus vidas personales -tristezas, tribulaciones, alegrías-, hay un hecho sobrenatural que es causa de una alegría también sobrenatural: con su muerte en Cruz y con su Resurrección, Jesús ha vencido de una vez y para siempre a los mortales enemigos de la humanidad y ha conseguido para esta no sólo el perdón divino de Dios Padre -cuya Justicia estaba ofendida desde el pecaodo original-, sino que con sus méritos en la Cruz ha conseguido la gracia santificante, que suprime el pecado del alma, destruyéndolo y que hace participar al alma de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual Jesús es Hijo de Dios Padre desde toda la eternidad.
“Alégrense”. La misma orden de estar alegres -no por motivos humanos, sino sobrenaturales, porque la causa de esta alegría es la Resurrección- que da Jesús a las santas mujeres, nos la da también a nosotros. Y esta orden nos la da desde el lugar en donde Él se encuentra con su Cuerpo resucitado, el mismo Cuerpo con el que está en el Cielo y es la Sagrada Eucaristía. Por esta razón, cada vez que vamos a visitar a Jesús Eucaristía para adorarlo, y más allá de la situación existencial particular que estemos viviendo -alegría, dolor, tristeza, tribulaciones-, recibimos la misma orden dada a las santas mujeres: “Alégrense”.


lunes, 22 de abril de 2019

Lunes de la Octava de Pascua



(Ciclo C – 2019)

          “Alégrense” (Mt 28, 8-15). Cuando las mujeres salen corriendo luego de recibir la revelación de los ángeles de que Jesús ha resucitado, Jesús se les aparece y lo primero que les dice es: “Alégrense”. Es un mandato, podemos decir, que es el mandamiento de la resurrección: “Alégrense”. No se trata de una alegría mundana, superficial, basada en motivos mundanos: se trata de una verdadera alegría, la alegría de Dios, que es “Alegría Infinita”, según Santa Teresa de los Andes. Tampoco se trata de un mandamiento que no tenga fundamento, puesto que Dios no hace nada ni manda nada que no tenga fundamento. La razón por la cual Jesús manda alegrarse a las santas mujeres, es porque Él ha resucitado, está vivo y glorioso, lleno de la vida, de la luz, de la gloria y del Amor de Dios. La alegría de la resurrección se fundamenta en que Jesús no solo ha resucitado, es decir, ha vuelto de la muerte y ahora vive una vida gloriosa, sino que con su misterio pascual de muerte y resurrección, ha vencido para siempre a los tres enemigos mortales de la humanidad, el demonio, el pecado y la muerte, sino que además ha obtenido, para la humanidad, la gracia santificante, que convierte a los hombres en hijos adoptivos de Dios y en templos vivientes del Espíritu Santo. Ése es el motivo de la alegría de la resurrección: Cristo Dios no solo ha vuelto de la muerte, no solo ha resucitado, sino que ha conseguido que el misterio pascual sea para toda la humanidad, es decir, que la “Pascua” o “paso” de esta vida al seno del eterno Padre, esto es, lo que Él cumplió con su muerte en cruz, sea accesible para toda la humanidad. A partir de ahora, todo aquel que se una a su Cuerpo místico por la gracia, recibirá al Espíritu Santo, quien los conducirá, por el misterio de la Cruz, a algo más grande que los cielos, el seno del eterno Padre.
          “Alégrense”. El mandato de Jesús resucitado a las santas mujeres es también para nosotros, cristianos del siglo XXI. Ahora bien, Jesús no se nos aparece visiblemente, pero el mismo Jesús resucitado, con su Cuerpo glorioso y lleno de la luz de la gloria de Dios, está en la Eucaristía y es desde la Eucaristía desde donde Jesús nos dice: “Alégrense”, porque Él está ahí en Persona.
          “Alégrense”. La vida terrena es, con razón, llamada “valle de lágrimas”, en donde abundan las tribulaciones y los sinsabores; sin embargo, nosotros, los cristianos, tenemos un mandato de Jesús resucitado y es el alegrarnos, porque Él ya cumplió su misterio pascual de muerte y resurrección y nos granjeó la gracia santificante, que nos hace partícipes de la vida divina. Entonces, si queremos tener y experimentar la alegría de la resurrección, para cumplir el mandato de Jesús que nos dice que debemos alegrarnos, aun en medio de las tribulaciones de esta vida, lo que debemos hacer es acudir a la Fuente de la Alegría Increada, Jesús Eucaristía.

lunes, 2 de abril de 2018

Lunes de la Octava de Pascua


"Las tres Marías en el Sepulcro"
(Peter von Cornelius (1783–1867)

(Ciclo B – 2018)

         Es llamado también “Lunes del Ángel” porque fue un ángel, precisamente, quien les anunció a las santas mujeres que el Señor Jesús había resucitado. Juan Pablo II daba esta explicación en el año 1994: “¿Por qué se le llama así?”, se preguntaba el Pontífice, poniendo en evidencia la necesidad de destacar la figura de aquel ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”[1]. Dice Juan Pablo II que “estas palabras eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona. También, las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir “ha resucitado”; solo afirmaron que el sepulcro “estaba vacío”. El ángel dice más: “no está aquí, ha resucitado”. El Santo Padre Juan Pablo II quiere decir que, ante la vista del sepulcro vacío, las mujeres recurren a la mente humana para explicar la causa por la cual el sepulcro está vacío. Las mujeres solo pueden afirmar que el sepulcro “está vacío”, es decir, solo pueden hacer una comprobación empírica del hecho y del lugar y solo pueden dar una respuesta racional -en el sentido de ser emanada por la razón humana- a aquello que están viendo. Lo que le ángel les dice no es irracional, sino supra-racional, en el sentido de que viene más allá de la naturaleza creada, sea humana o angélica: el ángel les dice: “Ha resucitado”, lo cual significa que el Ser trinitario de Dios no solo ha reunificado al Alma santísima y el Cuerpo purísimo del Redentor regresando el Cuerpo muerto a la vida, sino que los ha glorificado, es decir, los ha colmado de la gloria de Dios Trino, regresando el Cuerpo muerto de Jesús a una nueva vida, la vida de Dios Trinidad.
         “No está aquí, ha resucitado”. La alegre noticia que las santas mujeres reciben de labios del ángel, es la alegre noticia que el cristiano debe comunicar al mundo. Pero con un agregado: “Jesús ha resucitado y con su Cuerpo glorioso está en el sagrario, en la Eucaristía y allí nos espera, para darnos su Amor”.

lunes, 17 de abril de 2017

Lunes de la Octava de Pascua


(Ciclo A - 2017)
         “Ha resucitado” (cfr. Mt 28, 1-7), les dice el ángel a las piadosas mujeres que habían ido a perfumar el Cuerpo de Jesús. El Ángel les anuncia la Resurrección de Jesús, es decir, su Pascua, su “paso” de esta vida a la vida eterna. Es este hecho el que determina el sentido de la vida del cristiano pues, a partir de ahora, de la Pascua de Jesús, la vida del cristiano consistirá en esforzarse para participar de esta Pascua de Cristo. Pero, ¿qué significa, más exactamente, la Pascua de Cristo, esa Pascua a la cual nosotros debemos incorporarnos, la Pascua de la cual debemos participar?
         Para comprenderlo un poco mejor, es necesario tener en mente qué es lo que la Pascua significaba para los hebreos, y qué es lo que significa para los cristianos.
Pascua significa “paso”; para los hebreos, representaba la memoria del “paso” desde la esclavitud en Egipto hacia la libertad en la Tierra Santa, y consistía en recordar las maravillas obradas por Yahvéh en su favor. Poseyendo la Verdad revelada sobre Dios Uno, la Pascua judía era sin embargo un mero recuerdo, un acto humano que, por medio de la memoria psicológica, hacía una memoria litúrgica para traer al presente el recuerdo del misterio, pero no el misterio en sí mismo. Para el cristiano, la Pascua o “paso”, no es un evento de la psicología; no es, ni remotamente, un “resucitar de las emociones”, ni un revivir de eventos existenciales antes adversos y que ahora dejan de serlo, para convertirse en eventos “positivos” desde el punto de vista existencial. Por otra parte, lo único que hacía la Pascua judía –figura de la Pascua real, verdadera y definitiva de Cristo- con respecto a la persona, era infundirle sentimientos de piedad y devoción y de ser mejores personas, pero no daba las fuerzas necesarias para serlo.
         La Pascua cristiana es diversa por dos motivos: por un lado, la memoria litúrgica de la Pascua cristiana no consiste en un mero recuerdo del misterio, sino una actualización, en el aquí y ahora, por el acto litúrgico de la Santa Misa, del misterio pascual de muerte y resurrección de Jesucristo. Por otro lado, para el cristiano, la Pascua es un “paso”, en esta vida terrena y mortal, de la vida de pecado a la vida de la gracia, y en la otra, es el “paso” de la vida de la gracia, a la vida de la gloria en el Reino de los cielos y, a diferencia de la Pascua judía, el cristiano sí recibe, en la Pascua, la fuerza necesaria para realizar su Pascua o “paso” del pecado a la vida de la gracia, y es la gracia misma, donada a través de los sacramentos.
         “Ha resucitado”. El mismo mensaje que el Ángel les da a las piadosas mujeres, es el mismo mensaje que el cristiano debe transmitir al mundo, para que el mundo, atraído por el esplendor de la gloria de Jesús resucitado, desee unirse y participar de esta Pascua. Pero esta proclamación no se hace con discursos, sino con la santidad de vida, es decir, participando ya, desde esta vida, por la gracia, de la Pascua de Jesús.

         

martes, 29 de marzo de 2016

Lunes de la Octava de Pascua


“Alegraos” (Mt 28, 8-15). La primera palabra que Jesús resucitado dice a las santas mujeres de Jerusalén contiene, ante todo, un mandamiento: “Alegraos”. Puesto que lo que dice a las santas mujeres lo dice a toda la Iglesia, lo que Jesús nos manda, positivamente, es a alegrarnos: “Alegraos”. Ahora bien, ¿de qué alegría se  trata? ¿Es una alegría que nace de nosotros mismos? ¿Es la alegría del mundo? ¿O se trata, por el contrario, de una alegría desconocida para el hombre? La respuesta se encamina más bien hacia la tercera posibilidad, puesto que la alegría que manda Jesús no es la mera alegría que nace del corazón del hombre; no es una alegría basada en la naturaleza humana; no es una alegría que se pueda impostar; no es una alegría meramente humana, basada en aquello que la mente y la razón humanas pueden descubrir con sus elucubraciones. Es decir, no se trata de una alegría que pueda nacer del corazón humano; no es una alegría que pueda ser producida por las fuerzas de la naturaleza humana. Mucho menos se trata de una alegría mundana, la alegría que surge de las cosas del mundo, tomado este en sentido del espíritu que es opuesto a Dios, es decir, de todo aquello que es malo, como la concupiscencia de la vida o las tentaciones consentidas. Se trata, como afirmábamos anteriormente, de una alegría desconocida para el hombre, porque es la alegría de la Resurrección, y esa alegría viene no solo por el hecho en sí mismo de la Resurrección, sino porque Jesús resucitado comunica al alma, con la gracia, la participación a su vida divina y al hacerlo, le comunica de su misma alegría, una alegría que brota del Ser divino trinitario como de su fuente inagotable, puesto que “Dios es Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Entonces, el mandato de Jesús –“Alegraos”- no consiste en una alegría impostada, superficial, originada ni en el alma y sus potencias y ni mucho menos en el mundo, sino que se trata de una alegría que es la alegría misma de Dios; el “Alegraos” de Jesús, es entonces consecuencia de la Presencia de Dios Trino en el alma por la gracia, y puesto que Dios es en sí mismo “Alegría infinita”, eterna, celestial, la alegría que nos comunica Jesús resucitado es al mismo tiempo la alegría que experimentan los ángeles y santos en el cielo.

“Alegraos”, nos dice Jesús resucitado, al tiempo que nos comunica el don de la Alegría de la Resurrección y la Alegría que es Él en sí mismo y esta alegría, que brota de su Ser divino trinitario, la que el alma comienza a experimentar y a vivir, ya en el tiempo, como un anticipo de la Alegría que vivirá en la eternidad, en el Reino de los cielos.

martes, 7 de abril de 2015

Lunes de la Octava de Pascua


(2015)
         “¡Alégrense!” (Mt 28, 8-15). Jesús resucitado sale al encuentro de las piadosas mujeres y lo primero que les dice, a modo de saludo, es: “¡Alégrense!”. Las piadosas mujeres, a su vez, ya corrían, por sí mismas, alegres, a anunciar la noticia de la resurrección de Jesús, luego de recibir el anuncio de la Resurrección por parte del ángel: “después de oír el anuncio del ángel (…) se alejaron de allí llenas de alegría”, con lo que, con el mandato de Jesús de alegrarse, se alegran aún más.
         “¡Alégrense!”. La nota dominante, entonces, en el Domingo de Resurrección, entre los discípulos, es la alegría, el gozo festivo, el asombro, el estupor, en comparación con el dolor, el llanto, la amargura, del Viernes Santo. Sin embargo, no se trata de un mero cambio de sensaciones, ni de una simple mudanza en las experiencias vitales de los discípulos: el mandato de alegrarse, por parte de Jesús, se debe a que la Resurrección implica, para la humanidad toda, un horizonte de eternidad antes impensable y es la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. La Resurrección es un don tan grande, que supera infinitamente todo lo que el hombre pueda siquiera imaginar, porque se trata de una participación a la vida divina misma del Ser divino trinitario. Por la Resurrección, la humanidad recibe un principio de vida nuevo, la gracia santificante, principio por el cual comienza a vivir una vida nueva, que no es la vida natural biológica, propia de su humanidad, sino que es la vida misma de la Trinidad, y así se vuelve capaz no solo de entablar relaciones personales con todas y cada una de las Tres Divinas Personas, sino que se vuelve capaz de conocer y amar a todas y cada una de esas Divinas Personas, como ellas mismas se conocen y se aman. Y aquí radica el motivo de la alegría establecida por Jesús casi como un neo-mandamiento post-Resurrección para su Iglesia: el alma, por la gracia santificante, participa de la vida de la Trinidad, lo cual quiere decir participar de la vida misma del Ser divino de Dios Uno y Trino, Ser que es el que actualiza a todas las esencias en su perfección, entre ellas, la alegría, por lo que es la Alegría perfecta y la Alegría personificada en sí misma. En otras palabras, cuando Jesús dice a las piadosas mujeres –y, por su intermedio, a toda la Iglesia universal- “¡Alégrense!”, no está mandando una alegría forzada, superficial, ni meramente emotiva o afectiva: está diciendo que se alegren porque, a partir de Él y de su Resurrección, ahora comenzarán a participar de su vida divina y Él les comunicará de la plenitud infinita de esta su vida, y de entre todos los dones y perfecciones inagotables e inimaginables que tiene su vida divina, se encuentra su Alegría infinita, que es con la cual se alegrarán.

         “¡Alégrense!”. El mismo mandato que da Jesús resucitado a las piadosas mujeres en el jardín de la resurrección, nos lo da a nosotros desde la Eucaristía, en donde se encuentra vivo, glorioso, resucitado, lleno de la vida, de la luz y del amor de Dios Trino. Ahora bien, Jesús nos manda alegrarnos, sabiendo que vivimos en este “valle de lágrimas” y que vivimos en medio de “tribulaciones y persecuciones”, puesto somos hijos de la Iglesia, y por lo tanto, si Él fue perseguido y atribulado (cfr. Mt 5, 11ss), no podemos menos nosotros, como Iglesia, ser también perseguidos y atribulados por el mundo: es decir, nos manda alegrarnos no en situaciones de alegrías mundanas, sino en medio de la persecución y de la tribulación del mundo. Y si Jesús manda alegrarnos, es porque la fuerza de su Alegría divina nos ayudará a llevar nuestra cruz en pos de Él, por el Camino del Calvario, con gozo y alegría, aun con lágrimas en los ojos, lo cual quiere decir que por la tribulación de la cruz, nos conduce a la gloria de su luz y a su eterna bienaventuranza.

domingo, 31 de marzo de 2013

Lunes de la Octava de Pascua



“Alégrense” (Mt 28, 8-15). Jesús resucitado se les aparece a las santas mujeres que “atemorizadas pero llenas de alegría” van a comunicar la Buena Noticia a los discípulos. Sorprende que Jesús, en vez de saludarlas con una presentación o un saludo formal, como se estila entre quienes no se ven desde hace un tiempo, en vez de hacerlo, las salude directamente con una orden en imperativo: “Alégrense”, y sorprende más, cuanto que el evangelista remarca que ellas estaban “atemorizadas pero llenas de alegría”, es decir, ya se encontraban alegres.
Es como si Jesús quisiera urgirlas a la alegría, una alegría todavía más profunda que la que tienen, y por eso se los ordena y por eso no se presenta ni las saluda como tal vez debería haberlo hecho.
¿Cuál es la razón de esta orden dada por Jesús a las santas mujeres, orden que, por otra parte, es para toda la Iglesia desde el momento en que en ellas está representada la Iglesia naciente?
La razón es que con su resurrección no cabe la tristeza, no importa la tribulación que se deba vivir, ni las circunstancias más o menos desfavorables en la vida de un cristiano: los beneficios, dones, gracias, milagros y prodigios que Jesús ha conseguido para los hombres con su Resurrección, hacen imposible la tristeza, y son el fundamento de la alegría. ¿Cuáles son los motivos por los que el cristiano debe estar siempre alegre?
Existen varios motivos -casi al infinito-; algunos de ellos son los siguientes:  que  Jesús ha resucitado y con su resurrección ha destruido la muerte y ha concedido a todos los hombres la vida divina; ha vencido al demonio y les ha devuelto la amistad con Dios, y los ha convertido en hijos adoptivos por el bautismo; ha destruido al pecado y les ha concedido la gracia santificante; les ha donado su Madre, la Virgen, como Madre celestial; ha dejado la Iglesia, que por las obras de misericordia será la encargada de difundir la Buena Noticia; ha dejado los sacramentos, a través de los cuales les comunica su vida divina; ha abierto la puerta del cielo, cerrada desde Adán y esa Puerta Abierta es su Sagrado Corazón traspasado; ha donado a los hombres, con su Sangre derramada, el perdón divino y ha derramado sobre ellos con esta Sangre, el fuego del Amor divino, el Espíritu Santo; ha dejado a los hombres el Verdadero Maná del cielo, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, Maná que los fortalece en su peregrinar, por el desierto de la vida, a la Jerusalén celestial; ha convertido, por el signo de la Cruz, al dolor humano en fuente de santificación y de salvación eterna; ha cambiado el destino humano, de castigo, dolor y muerte a causa del pecado, por el de salvación eterna, gracias al sacrificio de la Cruz; ha dejado a la Iglesia su Presencia sacramental eucarística, con lo cual cumple su promesa de “quedarse con nosotros hasta el fin del mundo”.
Estos son solo algunos de los motivos por los cuales Jesús ordena a la Iglesia naciente el estar alegres y no dar lugar a la tristeza: “Alégrense”.