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miércoles, 12 de febrero de 2025

“Bienaventurados vosotros… ¡Ay de vosotros…!”

 



(Domingo VI - TO - Ciclo C - 2025)

“Bienaventurados vosotros… ¡Ay de vosotros…!” (cfr. Lc 6, 17. 20-26). Jesús pronuncia lo que podríamos denominar el “Sermón de las Bienaventuranzas y los Ayes”: las bienaventuranzas son para algunos; los ayes o lamentaciones para otros. Tenemos que preguntarnos entonces cuáles son estas bienaventuranzas y cuáles son los ayes, para saber en qué grupo estamos. Algo que hay que tener en cuenta al considerar tanto las bienaventuranzas como los ayes, es que estos se comienzan a vivir en esta vida, es decir, son temporales, pero también pueden constituir el estado eterno del alma, dependiendo del momento en el que alma se encuentra en el momento de morir; esto quiere decir que si bien en esta vida podemos pasar de un estado -bienaventuranza- al otro -ayes-, en la otra vida, en la vida eterna, tanto las bienaventuranzas, como los ayes, son para siempre.

Comenzando por las bienaventuranzas, para Jesús son bienaventurados los que participan de su Cruz, de la Santa Cruz del Calvario. Así es como deben entenderse todas las bienaventuranzas, a la luz de la Santa Cruz de Jesús. Por oposición, los ayes se dan en quienes rechazan la cruz de Jesús.

Un ejemplo es el de la pobreza de la bienaventuranza, que no es la misma pobreza de la tierra, sino algo totalmente distinto, porque es la Pobreza de la Cruz. En la primera bienaventuranza, Jesús dice: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”: la pobreza de la que habla Jesús es ante todo la pobreza de la Cruz. ¿Cuál es esa pobreza? En la Cruz, Jesús no posee nada material que sea suyo: los clavos de hierro, el leño de la Cruz, el letrero que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, son todos bienes prestados por Dios Padre para que Jesús lleve a cabo la redención humana. También existe la Pobreza espiritual de la Cruz y es la de sentirse necesitado de Dios, como lo hace Jesús: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”. La Pobreza de la Cruz es material, como la de la tierra, pero ante todo es espiritual, porque es la condición del espíritu humano que se siente necesitado de una sola cosa, de un solo Ser y ese Ser es Dios Uno y Trino y a Él le confía su espíritu, no solo en el momento de la muerte, sino en cada segundo de su existencia terrena.

Cada bienaventuranza, entonces, debe leerse a la luz de la Cruz de Jesús: es bienaventurado el cristiano que, con amor, piedad y devoción, participa de la Santa Cruz de Jesús, porque la Cruz de Jesús es el Único Camino para llegar al Cielo.

Pero también los ayes deben interpretarse de acuerdo a la Cruz de Jesús, porque el “ay” le corresponde al alma que, voluntariamente, rechaza la Cruz.

En el primer “ay”, Jesús se refiere a los ricos, pero no se trata solamente de los ricos materialmente hablando, sino de aquellos que, suficientes de sí mismos, consideran que no tienen necesidad de Jesucristo, de su Cruz, de sus Sacramentos, de su Iglesia.

Por ejemplo, en el primer “ay”, Jesús dice: “Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo”. Jesús sí se refiere a la riqueza material, pero solo a la riqueza material vivida de manera egoísta, porque no está mal el ser rico materialmente hablando, si estas riquezas son adquiridas honradamente: según Jesús, el rico puede salvarse siendo rico, con la condición de que comparta su riqueza con los demás. Quien sea rico, pero al mismo tiempo avaro, egoísta, no se llevará nada de su riqueza a la otra vida, en la vida eterna se verá con las manos vacías y como su corazón estaba apegado a las riquezas, no tendrá consuelo. Quien es rico materialmente en esta vida, pero egoísta, vivirá en el “ay”, eternamente en la otra vida.

Es a esta riqueza material a la cual hace referencia en primer lugar Jesús, aunque también Jesús habla de otra riqueza, la riqueza espiritual, una riqueza que solo produce bienaventuranza: es la riqueza del que lo tiene todo, aun sin tener nada materialmente hablando, porque tiene consigo la riqueza que concede la gracia santificante y esa riqueza es incalculable, porque por la gracia el alma participa de la vida y de la luz de la Trinidad y esto significa que el alma en gracia es la más rica y valiosa del universo, porque está iluminada por la luz de la Trinidad y porque las Personas de la Trinidad inhabitan en ella. Quien tiene en sí la gracia de los sacramentos, es el más rico de los hombres y quien no la posee, es el más miserable de los hombres, aun cuando lo posea todo, materialmente hablando y es así como vemos cómo hay quiénes, entre el Nuevo Pueblo Elegido, los católicos, muchos repiten la misma historia del Pueblo Elegido, el sustituir al Cordero de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía, Fuente Increada de la gracia santificante y la Gracia Increada en Sí misma, la Fuente de la riqueza espiritual, por ídolos de barro, o de oro que nada valen, porque comparados con la Eucaristía, cualquier ídolo de oro puro vale menos que el barro. La gracia y sobre todo la Fuente de la Gracia, Jesús Eucaristía, es la mayor riqueza y quien deja pasar la gracia, quien deja pasar Eucaristía tras Eucaristía, deja pasar la riqueza infinita del Amor de Dios y si así persiste hasta la muerte, vivirá eternamente en el desconsuelo, por haber dilapidado el tesoro de la gracia.

Al reflexionar en el Sermón de las Bienaventuranzas y de los Ayes, debemos considerar en cuál de ambos grupos estamos y, sobre todo, en cuál grupo queremos estar por la eternidad, teniendo en cuenta que el grupo que elijamos, bienaventuranzas o ayes, se comienza a vivir aquí en la tierra.

miércoles, 31 de agosto de 2022

“El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”

 


(Domingo XXIII - TO - Ciclo C – 2022)

         “El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-33). Jesús pone una condición sine qua non –sin la cual no es posible- para ser su discípulo: “renunciar a todos sus bienes”. Esta condición se interpreta en varios sentidos: en un primer sentido, el más literal, es la renuncia total y absoluta a todos los bienes materiales: es el caso, por ejemplo, de San Francisco de Asís, quien fundó la Orden Franciscana, una orden mendicante, al menos en el tiempo fundacional. San Francisco era heredero de una gran fortuna material, puesto que su padre era un rico comerciante, pero luego de su conversión a Jesucristo, decidió renunciar a toda su herencia, para seguir a Cristo por el Camino de la Cruz, el Via Crucis. Esta renuncia es la que llevan a cabo todos los religiosos en general, aunque también hay matices, porque solo los mendicantes renuncian completamente, mientras que los religiosos hacen voto de pobreza, con lo cual sí pueden recibir bienes, pero no a título personal, mientras que los sacerdotes diocesanos hacen “promesa” de pobreza, lo cual quiere decir que pueden tener bienes personales a nombre propio, pero siempre teniendo en cuenta la pobreza evangélica, que es la pobreza de la Cruz.

         En otro sentido, un poco más amplio, la renuncia a todos los bienes se aplica a los laicos en general y aquí se debe hacer una distinción: esta renuncia es, ante todo, de orden afectivo, en el sentido de que el laico, puesto que se desempeña en el mundo, tiene más necesidad de los bienes materiales que el religioso, y por eso es lícito que posea bienes materiales e incluso abundantes bienes materiales, pero aun así debe renunciar a estos bienes materiales en un sentido afectivo, es decir, en el sentido de no estar apegados a ellos. Un ejemplo de esta renuncia afectiva es el Beato Pier Giorgio Frassatti, un joven italiano que falleció a los 25 años aproximadamente, como consecuencia de una enfermedad contraída por contagio, en una de sus frecuentes visitas a los enfermos en los hospitales. Pier Giorgio, al igual que San Francisco, era heredero de una enorme fortuna, ya que su padre era dueño de uno de los diarios más prestigiosos de Italia; sin embargo, no renunció nunca a su herencia, como sí lo hizo San Francisco, pero vivía pobremente, porque todo el dinero que recibía para sus gastos personales, lo donaba a los pobres, de manera que vivía prácticamente como un pobre, aun siendo inmensamente rico. Pier Giorgio no renunció a su herencia, pero dio todo su dinero a los pobres, a los más necesitados y así se ganó el tesoro eterno, el Reino de los cielos.

         “El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Independientemente del estado de vida de cada uno, sea religioso, ermitaño, mendicante, seglar, el modelo de pobreza para seguir a Nuestro Señor Jesucristo y así ser su discípulo, es Él mismo en la Cruz: en la Cruz, Jesús es pobre, porque materialmente no posee literalmente, nada, ya que todos los bienes materiales que posee en la Cruz le han sido prestados por su Padre y por su Madre, para que llevara a cabo la obra de la Redención de la humanidad: en la Cruz, Jesucristo sólo posee tres clavos de hierros, que atraviesan sus manos y sus pies; posee una corona de espinas, que indica su condición de Rey de reyes y Señor de señores; posee un lienzo –que según la Tradición era el velo de su Madre, la Virgen-, para cubrir su humanidad; posee el leño de la Cruz, con la cual salva a los hombres y por último, posee un cartel escrito en hebreo, latín y griego, en el que se indica su condición de Salvador de los hombres: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Rey de los judíos y Rey de ángeles y de todos los hombres que lo reconocen como a su Redentor. La renuncia a los bienes materiales, según el estado de vida de cada uno, tiene como ejemplo y como fin la pobreza de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Solo quien es pobre como Cristo crucificado, puede ser su discípulo y se encuentra en grado de ingresar en el Reino de los cielos.