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sábado, 7 de febrero de 2026

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús utiliza dos elementos sumamente útiles de la vida cotidiana, la sal y la luz, para describir a los cristianos. Por un lado la sal, permite dar sabor a todos los alimentos; pero además, evita la descomposición orgánica de la carne y la preservación de alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.

         Los elementos materiales como la luz y el agua son utilizados por Jesús para representar y referirse a una realidad sobrenatural, la gracia santificante, la cual obra en el alma del cristiano así como la sal y la luz en la vida del hombre. La gracia es la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Divino Amor; la gracia es la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; la gracia permite que el alma pueda ver las realidades sobrenaturales y eternas de los misterios divinos: por la gracia el alma puede ver que esta vida es pasajera, que esta vida es una prueba para ganar la vida eterna, que la vida eterna se gana cumpliendo los Diez Mandamientos y atravesando los dos Juicios, el Particular y el del Día Final y que luego esperan o el Cielo o el Infierno por la eternidad, que esta vida no es para “disfrutar” o para “pasarla bien”, sino para “conquistar el Cielo” por medio de la Santa Cruz de Jesús con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias ya que “lucha es la vida del hombre en la tierra” según el libro de Job. Nada de esto puede saber el hombre sino es por el auxilio de la luz de la gracia.

         La gracia santificante cambia radicalmente la orientación de la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola, de una orientación horizontal, sin trascendencia, hacia la feliz eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Pero este destino de eternidad en la otra vida y el hecho de tener la luz de la fe en esta vida terrena, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, ni tampoco surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, un don inmerecido, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia. Este don inmerecido y recibido en el Bautismo es el don de la gracia y es el que nos convierte en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

         Por este don recibido en el Bautismo, los cristianos estamos llamados, en Cristo, a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. ¿Qué significan la luz que no alumbra y la sal que no sala? Son figuras que representan realidades de este mundo: la sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive como un pagano, vive como ciego, sordo y mudo ante los misterios de la Religión Católica, vive como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo en la vida cotidiana, permaneciendo callado ante los atropellos cotidianos que sufre la Eucaristía, la Virgen, la Iglesia Católica, entre otras cosas, o también, por ejemplo, viviendo su vida ajeno a la vida de la Iglesia Católica. La luz que no alumbra y la sal que no sala es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano. Una siniestra profundización de la pérdida de la capacidad de salar y de alumbrar es la conversión de numerosos cristianos en fuentes de luz negra y esto sucede cuando un católico participa voluntaria y activamente de sectas satánicas y anticristianas como el comunismo, el socialismo, el liberalismo, la masonería y todas las sectas que a su vez dependen de estas sectas que les dan origen.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. Entonces, nos preguntamos, ¿de qué manera dar sabor de eternidad a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.


viernes, 3 de febrero de 2023

“Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”

 


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2023)

         “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra” (Mc 5, 13-16). Jesús nos dice a nosotros, los cristianos, que somos “luz del mundo” y “sal de la tierra”, dos características que se deben interpretar en un sentido espiritual y sobrenatural obviamente.

         Para comprender un poco mejor la enseñanza de Jesús, debemos considerar que este mundo en el que vivimos, está sumergido en tinieblas, pero no en las tinieblas cósmicas, las tinieblas que sobrevienen cuando se oculta el sol, sino unas tinieblas preternaturales, angélicas, las tinieblas que son los ángeles caídos, que son sombras vivientes que viven para difundir el odio y el mal en el corazón del hombre. Sin la luz de Dios, el mundo está sumergido por estas tinieblas vivientes, los demonios: imaginemos una noche oscura, sin luz artificial de ninguna clase, con nubes oscuras y densas que no permiten la luz de la luna, así y mucho más todavía, es este mundo sin Dios. El cristiano está llamado a iluminar a este mundo envuelto en las siniestras sombras vivientes, pero la forma de hacerlo es por medio de la gracia santificante, que en sí es participación a la luz divina, es recibida por el alma por los sacramentos -sobre todo la Confesión Sacramental y la Eucaristía- y es comunicada por el bautizado por medio de las obras de misericordia, obras que hay que saber qué es lo que son, ya que no se trata de meras obras buenas humanas, realizadas por movimientos sociales, gobiernos u Organizaciones No Gubernamentales, ya que todas estas obras no iluminan al mundo con la luz de Cristo.

         Las obras de misericordia son luz espiritual, sobrenatural, divina, siempre que se hagan en Nombre de Jesús, porque así lo dice Él: “Un vaso de agua que déis en Mi Nombre, no quedará sin recompensa”. Aquí hay que diferenciar la obra de misericordia, que ilumina espiritualmente al mundo y nos abre las puertas del Reino de los cielos, con la filantropía, las obras realizadas por motivos puramente humanos, con fines humanos y que no tienen valor para alcanzar el Reino de los cielos, como por ejemplo, las obras buenas realizadas por movimientos sociales, o por ONGs, o por gobiernos incluso nacionales: ninguna de estas obras tiene valor para alcanzar el Reino de Dios. La obra de misericordia, sea corporal o espiritual, debe ser realizada “en el Nombre de Jesús, por Jesús, para Jesús” y no por otro motivo; además, no debe ser pregonada, de modo que sea solo Dios quien la vea y sea Él quien nos recompense, ya que no debemos nunca buscar la recompensa de los hombres. Una obra de misericordia, por ejemplo, es “dar consejo al que lo necesita”: así le sucedió a un estudiante universitario que luego ingresó en el seminario: se le acercó una tarde un hombre, que le dijo que tuvo el impulso de entrar en la iglesia y de hablar específicamente con él; le hizo preguntas de orden espiritual, el joven le contestó hablándole de Jesús, de la Virgen, de la necesidad de la oración y de los sacramentos y hubo algo en la respuesta del joven que le hizo decir al hombre: “Yo tenía la intención de ir ahora a suicidarme, pero lo que me acaba de decir me ha hecho desistir y voy a emprender el camino de la conversión”. Eso es obra de misericordia espiritual, la obra buena que se realiza en el Nombre de Jesús, por Él y para Él. Los santos son ejemplos vivientes de obras de misericordia y esas obras son las que iluminan al mundo en tinieblas. Una obra de misericordia es luz espiritual, celestial, que ilumina al mundo en tinieblas con la luz de la gloria de Dios, como dice Jesús: “Alumbre vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. La obra de misericordia es luz espiritual, que alumbra a las tinieblas del mundo con la gloria de Dios. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Ustedes son la luz del mundo”. El cristiano es luz del mundo cuando obra la misericordia para con el prójimo en el Nombre de Jesús. Lo mismo se dice de la sal: si una comida no tiene sal, es insípida, no tiene sabor: así esta vida terrena, sin la fe en Cristo y sin su misericordia comunicada por obras, es una vida sin sentido, oscura, sin sabor, aun cuando abunden las riquezas materiales.

         “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”. Pidamos la gracia de iluminar al mundo sumergido en las tinieblas demoníacas, por medio de las obras de misericordia corporales y espirituales, pero para eso, nuestras obras deben cumplir los siguientes requisitos: ser hechas en Nombre de Jesús, por amor a Él, viendo a Él misteriosamente presente en los más necesitados y recibir a su vez nosotros, previamente, la luz del Ser divino trinitario de Cristo, que se nos comunica por medio de los Sacramentos, sobre todo la Confesión Sacramental y la Eucaristía. Sólo así podremos iluminar al mundo con la Luz Eterna de Nuestro Dios, Jesús Eucaristía.

viernes, 4 de junio de 2021

“Ustedes son la sal y la luz de la tierra”

 


“Ustedes son la sal y la luz de la tierra” (cfr. Mt 5, 13-16). Jesús llama a los cristianos “sal de la tierra” y “luz del mundo”. Es decir, utiliza dos elementos, por todos conocidos, sin los cuales el mundo sería completamente distinto. Por ejemplo, sin la sal, los alimentos serían, obviamente, desabridos; sin la luz, el mundo viviría en la más completa de las tinieblas. Si Jesús dice esto, es porque, desde el punto de vista espiritual, el mundo, sin los cristianos, es insípido y está en tinieblas. Pero debemos precisar un poco más: en realidad, Jesús no está hablando propiamente de los seres humanos, sino de aquellos seres humanos, los cristianos, que han recibido su gracia santificante y poseen una fe activa, una fe que se demuestra por las obras de misericordia. Son estos seres humanos, los cristianos que tienen una fe viva, los que dan sabor al mundo y los que iluminan al mundo. Pero debemos hacer otra aclaración: si los cristianos son sal y luz, no es por ellos en sí mismos, no es por algo que provenga de la naturaleza humana: si son sal y luz, es porque participan de la vida divina de Jesucristo, mediante la gracia santificante que se nos comunica por el bautismo y los sacramentos. En realidad, el origen del ser “sal y luz” del mundo es, entonces, Nuestro Señor Jesucristo, porque sin Él y sin su gracia, los cristianos seríamos nada, seres insípidos y oscuros. Ahora bien, para ser verdaderamente sal y luz, debemos, por un lado, poseer la gracia santificante y, por otro lado, debemos obrar imitando a Cristo, quien con su Amor Misericordioso ilumina este mundo que vive inmerso en las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la herejía. Si no poseemos la gracia y si nuestra fe no es una fe viva, con obras, entonces no somos ni sal ni luz: somos seres insípidos y oscuros, espiritualmente hablando.

 

jueves, 4 de junio de 2020

“Vosotros sois la sal de la tierra (…) la luz del mundo”




“Vosotros sois la sal de la tierra (…) la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús compara a sus discípulos con dos elementos que se encuentran en la cotidianeidad de todos los días: la sal y la luz. Los cristianos son “sal” y son “luz”; ambos elementos son necesarios para la vida, para que la vida adquiera otro sentido. En el caso de la sal, es lo que da sabor a los alimentos: sin la sal, los alimento pierden su sabor y se vuelven sosos y quien los va a comer, queda inapetente. Si la sal no sala, si pierde su esencia, el alimento deja de ser apetecible: así es el cristiano para este mundo, le da al mundo el sabor de la vida eterna, porque con sus obras, más que con sus palabras, debe anunciar al mundo la Buena Nueva de Cristo, que ha venido para perdonar nuestros pecados y conducirnos a la vida eterna. La sal consiste en hacer saber al prójimo que esta vida no es definitiva, sino sólo una prueba para ganar la vida eterna, en el Reino de los cielos, por los méritos de Jesucristo.
El otro elemento con el que compara Jesús a sus discípulos es la luz: si no hay luz, predominan las sombras y la oscuridad y así el alma se vuelve incapaz de ver el misterio pascual de Jesucristo, misterio que es de luz y de luz eterna: el cristiano tiene la misión de señalar el camino de la luz eterna, Cristo Jesús, camino que lleva a la Fuente de la luz eterna, el seno del Padre. Si el cristiano deja de observar los Mandamientos y de practicar los sacramentos, no obra la misericordia y así se convierte en una luz apagada, o en una luz que fue encendida y fue colocada bajo la cama, donde no alumbra nada. Las obras del cristiano, obras de misericordia, son las que iluminan las vidas de los hombres y les señalan el Camino al Cielo, Cristo Jesús.
“Vosotros sois la sal de la tierra (…) la luz del mundo”. Por la gracia recibida en el Bautismo sacramental, hemos sido convertidos en “sal y luz” y debemos comportarnos como tales, de otra manera, habremos traicionado la misión para la cual Cristo dispuso que en nuestras almas brillara la luz de la gracia desde nuestros primeros días en la tierra.

sábado, 4 de febrero de 2017

“Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2017)
         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Para graficar a los cristianos, Jesús utiliza dos elementos cotidianos, de la vida diaria, que son sumamente útiles y cuya presencia o ausencia modifica profundamente nuestra vida: la sal y la luz. La sal, permite dar sabor a todos los alimentos; sin ella, un alimento sin sal resulta “desabrido”, sin gusto apenas y en esto se nota su utilidad. La sal tiene otro uso, menos común, pero también muy útil, y es el de evitar la descomposición orgánica de la carne, un recurso utilizado con más frecuencia en épocas anteriores, en las que no existían los modernos métodos de preservación de los alimentos. El otro elemento que utiliza Jesús en su enseñanza es la luz, cuya importancia es más que evidente para la vida cotidiana: permite ver y apreciar el mundo, con toda su realidad, con su colorido, con su profundidad: sin la luz, el hombre vive en tinieblas y en la oscuridad más absoluta.
Jesús utiliza estos elementos materiales, la sal y la luz, para representar una realidad sobrenatural, y es la realidad de la gracia santificante en el alma: la gracia es al cristiano lo que la sal y la luz a la vida del hombre. Es la gracia la que hace que la vida del cristiano tenga un nuevo sabor, el sabor de la eternidad y del Amor de Dios y es la gracia la que evita la descomposición del alma por la putrefacción del pecado, así como la sal evita la putrefacción de la carne; es la gracia la que, inhiriendo en el alma del cristiano, la ilumina con la luz eterna de Dios, permitiéndole ver aquello que sin la gracia no puede ver: que esta vida terrena es pasajera, que es una prueba para ganar la vida eterna, que no se puede conseguir la vida eterna sin vivir los Mandamientos de la Ley de Dios, que al fin de la vida terrena nos espera un doble juicio, el Particular y el Universal y que según el resultado de esos tribunales, nuestros destinos eternos serán el Cielo o el Infierno, que esta vida no es para “disfrutar”, sino para ganar el Cielo y que el Cielo sólo se gana por medio de la Santa Cruz de Jesús y con el auxilio de la Virgen, Medianera de todas las gracias.
         Es la gracia santificante la que cambia radicalmente la vida del cristiano, dirigiéndola y enderezándola hacia la eternidad, hacia el encuentro personal y definitivo con el Supremo Juez, Jesús Misericordioso. Ahora bien, el tener este destino de eternidad y el tener la luz de la fe, que permite vislumbrar la vida futura en el Reino de los cielos, no depende de nosotros, no surge de nuestra naturaleza, sino que es un don absolutamente gratuito, recibido en el Bautismo y el cual debe ser custodiado y acrecentado, por la fe, la oración y el amor a Dios y al prójimo manifestado en las obras de misericordia.
         Los cristianos estamos llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, pero Jesús lo advierte bien claro: si la sal no sala y si la luz no alumbra, no sirven, ni la sal, ni la luz: “Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. La sal que no sala y la luz que no alumbra, es el católico que, habiendo recibido la instrucción catequética; habiendo conocido las verdades fundamentales de nuestra fe; habiendo conocido los dogmas de nuestra Santa Religión Católica; habiendo recibido la Comunión y la Confirmación y sabiendo que sin practicar la fe no puede salvarse, vive sin embargo como ciego, sordo y mudo, como si nunca se hubiera enterado de nada y así pasa por el mundo y por la vida como si fuera un pagano y no un católico; es el católico que no da testimonio de Jesucristo, en la vida cotidiana. Es el católico que acude a los chamanes y brujos; es el católico que confía en el horóscopo y en la lectura de cartas y no en el Amor providente de Dios; es el católico que rinde culto a ídolos demoníacos, como San La Muerte; es el católico que se deja dominar por las pasiones, la avaricia, la envidia, la ira, el orgullo, la soberbia, la pereza, sea espiritual que corporal; es el católico que abandona la fe, la oración, la Santa Misa, por la acedia y por las atracciones del mundo o, peor aún, es el católico que, asistiendo a la Iglesia, se comporta como pagano.

         “Ustedes son la sal de la tierra (…) Ustedes son la luz del mundo”. ¿De qué manera dar sabor a la vida, con la sal de la gracia, e iluminar el mundo, con la luz de la gracia? Con la observancia de los Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia y con el testimonio de las obras de misericordia, que demuestran la fe, tal como lo dice Jesús: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

martes, 7 de junio de 2016

“Ustedes son la sal de la tierra (…) ustedes son la luz del mundo”


“Ustedes son la sal de la tierra (…) ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Jesús describe a sus discípulos, diciendo qué es lo que son, en relación al mundo: son “sal” y “luz”. Utiliza dos elementos con los que los hombres entramos en contacto cotidianamente y que son los que, casi inadvertidamente, dan sabor y color a la vida de todos los días. En efecto, la sal hace que los alimentos adquieran la plenitud de su sabor; sin sal, los alimentos, aún los más elaborados, se vuelven insípidos. Con la luz sucede algo similar: por ella es que podemos ver la realidad que nos rodea en todo su esplendor, con toda la escala cromática; sin luz, o con escasa luz, no solo no se pueden apreciar los colores, sino que todo se vuelve oscuro, con una negrura cuya densidad aumenta a medida que disminuye la luz. Los cristianos, dice Jesús, somos –o al menos deberíamos ser- “sal” y “luz” de la tierra, que den condimento e iluminen esta vida terrena a nuestros hermanos, a nuestros prójimos, a todo aquel con el que nos encontramos. Cada hombre lleva su cruz, y el cristiano debe ser como el Cireneo, que ayude a llevar esa cruz, y es en eso en lo que consiste ser “sal” y “luz”. Pero el cristiano no es, por sí  mismo, sal y luz; no hay nada en él, en su naturaleza humana, que lo haga tener estas condiciones, porque él mismo está bajo el yugo del pecado y arrastra consigo las consecuencias del pecado original. ¿En qué momento se convierte en “sal” y “luz”? Cuando recibe la vida nueva, la vida de la gracia, la vida que viene de lo alto, del Sagrado Corazón de Jesús traspasado en la cruz. Es la Sangre de Jesús la que, cayendo sobre el corazón del cristiano, lo sala y lo ilumina, lo convierte en “sal de la tierra” y “luz del mundo”, porque quitando las tinieblas del pecado y la amargura de la tiranía de las pasiones, el alma, por la Sangre de Cristo que le concede la gracia santificante, se convierte en una imagen viviente de Cristo, que es Quien Es en sí mismo Sal y Luz para la humanidad.

“Ustedes son la sal de la tierra (…) ustedes son la luz del mundo”. Por último, ¿en qué consiste esta función de “salar” e “iluminar”? Lo dice el mismo Jesús: “(…) debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. La “luz que hay en ustedes” es la luz que Él nos comunica con su gracia, porque por la gracia participamos de Él, que es “Luz del mundo”, y esta luz, que es la participación a la santidad y el amor divinos, se muestra al mundo no tanto con palabras, como con obras: “a fin de que ellos vean sus buenas obras”. En otras palabras, la función de salar e iluminar el mundo, hecha posible por la presencia de la gracia en el alma, se verifica en las obras de misericordia. Y, viendo estas obras de misericordia hechas por los cristianos, “sal de la tierra y luz del mundo”, “glorificarán al Padre celestial”, de quien procede toda bondad.