Mostrando entradas con la etiqueta Reino de las tinieblas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reino de las tinieblas. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de noviembre de 2023

“Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor”

 


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2023)

“Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor” (Mt 25, 14, 25-30). Jesús relata una parábola que tiene todos los ingredientes para ser calificada como una parábola sobre ética o sobre moral. En esta parábola, hay cuatro actores, uno principal, el amo o señor, y sus tres siervos. El amo debe partir para un viaje; antes de hacerlo, reúne a sus siervos para encargarles una tarea: él les dará talentos o monedas de plata, según su capacidad, y estos deberán hacer negocios de manera que, cuando él regrese, deberán entregarle el fruto de sus negocios. De esta manera, al primero, le da cinco talentos de plata; al segundo, dos; al tercero, uno.

El primero hace negocios y gana otros cinco y recibe como premio un cargo importante, además de ser felicitado por su señor por su fidelidad y es invitado al banquete de su señor.

El segundo también hace negocios y gana otros dos talentos y también recibe un cargo importante, además de ser felicitado por su señor, por su fidelidad y es invitado al banquete de su señor.

Hasta ahora, vemos que los dos primeros tienen en común el ser trabajadores, el esforzarse, el ganar según su capacidad, el ser honestos, el ser recompensados por sus méritos -recibir cargos importantes y ser invitados al banquete de su señor-.

Luego entra en escena el tercer siervo, el que había recibido solo un talento: había recibido solo uno porque cada uno recibía “según su capacidad”, de manera que, si recibía más, no habría sabido qué hacer, por eso solo recibe un solo talento. En la parábola, el tercer siervo se muestra perezoso, holgazán, inútil, que pone además pretextos banales para no trabajar: “Sé que eres exigente y por eso enterré mi talento”, es decir, sabe que su amo es exigente, lo cual es un motivo para esforzarse en trabajar y ganar más y él lo convierte en un pretexto para no trabajar, para ser más perezoso, lo cual ya en sí mismo es un pecado mortal. Esto provoca la ira de su señor, quien lo trata de “negligente” y de “holgazán”, retándolo, diciéndole que al menos debía haber puesto el dinero en el banco, para que, a su regreso, él recogiera sus intereses. Les dice a sus otros sirvientes que le quiten su talento y se lo den a otro. Y hacia el final dice algo que llama la atención: “A este empleado inútil echadlo afuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. ¿Por qué razón Jesús introduce este elemento tan extraño, en una parábola que parece ir en la dirección de enseñanzas de comportamientos éticos y morales? Porque no se trata de una parábola sobre ética y moral; se trata de una parábola sobre el Reino de los cielos y sobre el reino de las tinieblas: los dos primeros siervos se esforzaron, con sus méritos y ganaron el ingreso al Reino de los cielos, viviendo en gracia y obrando la misericordia, siendo invitados al Banquete del Reino, en donde se sirve un manjar exquisito: el Pan de Vida Eterna, la Carne del Cordero de Dios y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; el tercer siervo, por su pereza, se volvió inútil para el Reino de Dios y así se volvió incapaz de entrar en el Reino de los cielos, siendo arrojado al reino de las tinieblas, en donde no hay ningún manjar, sino dolor, “llanto y rechinar de dientes”, para siempre.

domingo, 30 de julio de 2023

“El Reino de los cielos es como los pescadores que separan a los peces buenos en cestos y a los malos los tiran”

 


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2023)

         “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo; es como un comerciante que encuentra una perla de gran valor; es como los pescadores que separan a los peces buenos en cestos y a los malos los tiran” (Mt 13, 44-52). Jesús da tres ejemplos, tomados de la vida diaria, cotidiana, para describir al Reino de los cielos, aunque en el último ejemplo, además del Reino de los cielos, describe cómo será el Día del Juicio Final.

         En el primer caso, un hombre descubre en un campo un tesoro escondido, pero en vez de hacer lo que haría un hombre sin moral, un hombre al que no le importa la Ley de Dios, lo que hace este buen hombre es dejar el tesoro donde está, regresa a su hogar, vende todo lo que tiene y compra el campo, con lo cual se convierte en dueño del tesoro.

         El segundo caso es muy parecido al primero: un comerciante de perlas finas encuentra una de gran valor, regresa para vender todo lo que tiene y así puede comprar la perla de gran valor.

         En los dos primeros casos, entonces, se da una misma situación: se trata de hombres que encuentran algo de mucho valor -un tesoro en un campo, una perla de mucho valor- y para adquirir eso que es de gran valor, lo que hacen es vender todo lo que tienen, de manera tal de poder quedarse con eso que vale tanto.

         En los dos casos, en el hombre que encuentra el tesoro en el campo y en el caso del comerciante de perlas finas, está representada el alma del cristiano; aquello de gran valor que encuentran -el tesoro escondido, la perla de gran valor- representan la gracia santificante que se nos comunica por los sacramentos y nos hace participar de la vida divina trinitaria; en ambos casos, los dos regresan para “vender todo lo que tienen” y así poder adquirir los tesoros: esto significa que las almas renuncian a la vida de pecado, que es lo que tienen, para comenzar a vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, que es el verdadero tesoro espiritual que ambos encuentran. Es decir, se trata de cristianos que toman conciencia de que son pecadores y que ya no quieren vivir más en esta vida de pecado, para comenzar a vivir la vida de los hijos adoptivos de Dios, quieren comenzar a vivir con el tesoro de la gracia santificante en el corazón.

         En el tercer caso, Jesús describe cómo es el Reino de Dios, pero le agrega algo que no tienen los dos primeros ejemplos y es cómo será el Día del Juicio Final; para hacerlo, utiliza la figura de los pescadores que, después de una jornada de pesca, depositan las redes con peces en el suelo y se dedican a separar los peces buenos de los peces que están en mala condición -porque han muerto hace tiempo y están en estado de putrefacción, o porque están enfermos, por ejemplo, estos no sirven para nada, solo para ser tirados-; en este ejemplo, los pescadores representan a los ángeles que están al servicio divino; a una orden suya, separarán a las almas buenas para que ingresen en el Reino de Dios, de las almas malas, impenitentes, de los calumniadores, de los difamadores, de los que asesinan a su prójimo con la lengua, de los hipócritas, de los cínicos, de todos aquellos que nombra la Sagrada Escritura: “(no entrarán en el Reino de los cielos) ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los que se embriagan, ni los estafadores” (el estafador es un mentiroso, por lo que habría que incluir a aquellos que hacen de la mentira un vil instrumento para alcanzar sus mezquinos objetivos, sea en la política o incluso en la misma iglesia); es decir, no entrarán en el Reino de los cielos aquellos que por voluntad propia no poseen la gracia santificante, que murieron en pecado mortal y que por lo tanto, no sirven para el Reino de Dios, sino solo para ser arrojadas al Reino de las tinieblas.

“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo; es como un comerciante que encuentra una perla de gran valor; es como los pescadores que separan a los buenos en cestos y a los malos los tiran”. Solo si vivimos en gracia, si frecuentamos los Sacramentos, si obramos la misericordia para con el prójimo, seremos considerados dignos de ingresar en el Reino de Dios. De lo contrario, seremos arrojados al Reino de las tinieblas, para siempre.

lunes, 26 de junio de 2023

“Entrad (al Reino de Dios) por la Puerta estrecha”

 


"Anticristo"
(Lucca Signorelli)

“Entrad (al Reino de Dios) por la Puerta estrecha” (Mt 7, 6. 12-14). Jesús utiliza las figuras de dos puertas, una estrecha y otra ancha y espaciosa, para describir lo que nos espera más allá de esta vida terrena, la vida eterna. De las dos puertas, Jesús nos advierte que, para entrar en el Reino de Dios, debemos elegir la puerta estrecha. ¿Qué es la “puerta estrecha”? O mejor, ¿quién es la “puerta estrecha”? La Puerta estrecha es Él, Jesús, el Hombre-Dios, porque Jesús mismo se adjudica, para Sí, el nombre de “puerta”: “Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9). Jesús, su Sagrado Corazón Eucarístico, es la Puerta que nos conduce a algo infinitamente más hermoso que el mismo Reino de los cielos y es el seno del Eterno Padre, que es de donde Él, Jesús, procede. Él es la Puerta que nos conduce desde la temporalidad de nuestra historia, que se desenvuelve en el tiempo, a la feliz eternidad, a la eternidad bienaventurada que es el seno del Eterno Padre. Él, en la Eucaristía, es la Puerta a la eterna felicidad: “Yo, Presente en Persona en la Eucaristía, Soy la Puerta abierta al Padre”. También nos advierte Jesús que esta Puerta, que es Él, es “estrecha”, porque no se puede abrir esta Puerta sino es por medio de la gracia santificante; no se abre la Puerta si no hay obras de misericordia; no se abre la Puerta si no se ama al enemigo, si no se perdona al que nos ofende, si no se lleva consigo la Cruz de cada día.

La otra imagen que utiliza Jesús para referirse a la vida eterna, es la de la senda o puerta ancha, espaciosa: esta senda o puerta ancha, es la senda del mundo, que está en contra de Cristo, es la anti-puerta del Anticristo. Es una senda fácil de recorrer, porque no se necesita vivir según los Mandamientos de Dios: se puede vivir en concubinato, se puede cambiar de pareja cuando se quiera; se puede vivir la impureza del cuerpo y de la mente sin ninguna preocupación, porque para quien vive según la ley del Anticristo, nada es pecado, el pecado es bueno y la virtud es algo anticuado, pasado de moda. La puerta ancha es fácil de recorrer, porque se puede prescindir de Dios y de Cristo, se puede vivir ya no solo como si Dios no existiese, sino como si Cristo nunca hubiera venido a salvarnos por el sacrificio de la Cruz. Es una puerta ancha, fácil de recorrer, pero conduce a un lugar opuesto al Reino de los cielos, conduce al reino de las tinieblas, reino del horror, del espanto y del dolor, reino del cual no se sale más.

“Entrad (al Reino de Dios) por la Puerta estrecha”. Puestos en la encrucijada de elegir entre la Puerta estrecha y la senda ancha, elijamos la Puerta estrecha, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

miércoles, 14 de junio de 2023

“Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca”

 


(Domingo XI - TO - Ciclo A – 2023)

         “Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca” (Mt 9, 36-10, 8). Cuando Jesús da esta orden a sus discípulos, estos ya estaban, en cierta medida, preparados para esta misión: los Doce ya habían sido elegidos y además habían presenciado, en persona propia, la actividad de Nuestro Señor entre la gente, una actividad demasiado extraordinaria como para considerar que era obra de un ser humano[1]: Jesús había expulsado demonios, había curado enfermos de todo tipo, había resucitado muertos, había multiplicado panes y peces, es decir, había hecho obras sobrenaturales, llamadas “milagros” que son obras que demuestran un poder divino detrás de estas obras. En otras palabras, los Apóstoles habían sido testigos oculares del poder divino de Jesús, poder que confirmaba, con los milagros, que lo que Jesús decía de Él, que era Dios Hijo en Persona, era verdad. Los milagros de Jesús son la prueba más evidente de que Jesús es quien dice ser: Él se auto-proclama Dios Hijo y hace obras que solo Dios puede hacer, por lo tanto, Él es quien dice ser, Dios Hijo en Persona y esto ya lo habían comprobado los Apóstoles en el momento de recibir el encargo de la misión de evangelizar a todo el mundo: “Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca”. Resaltar esta condición de Jesús como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, es esencial para comprender la naturaleza de la misión de evangelización a la que envía Jesús, porque así como es el Rey, así es el Reino: el Rey es Dios, el Reino es el Reino de Dios. Además, que Jesús sea Dios, eso indica que Jesús no es un Mesías terreno, que ha de restaurar a un Israel terreno; Él es Rey, pero “no de este mundo”, tal como le dirá a Poncio Pilato y el Reino que los Apóstoles y con ellos, la Iglesia, tienen que proclamar como cercano, es el Reino de Dios, el Reino de los cielos, el Reino que está atravesando la barrera del tiempo y del espacio, el Reino que comienza en la eternidad del Ser divino trinitario y no termina más, porque es eterno como eterna es la Trinidad.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta es que, además de enviarlos a proclamar el Reino de Dios, Jesús los hace partícipes de su poder divino, para que ellos, como sacerdotes, celebren la Santa Misa, curen a los enfermos, hagan exorcismos para expulsar demonios, etc. De este poder participado, alguien podría deducir que entonces Jesús ha venido para que la vida del hombre en la tierra sea mejor, porque si la Iglesia tiene poder para curar enfermedades, para expulsar demonios, entonces, es que la vida de los hombres se hace mucho más llevadera. Sin embargo, esto no es así: el mensaje central que deben proclamar los Apóstoles no es que Jesús ha venido para hacernos la vida terrena un poco más llevadera: ha venido para derrotar a los tres grandes enemigos de la humanidad -el Demonio, el pecado y la muerte- y para abrir las puertas del Reino de los cielos, cerradas hasta Jesús por el pecado original de Adán y Eva, siendo la Santa Iglesia Católica ya el Reino en germen, siendo los bautizados ya integrantes del Reino por la participación a la vida divina por la gracia y teniendo ya como anticipo al Rey del Reino de los cielos gobernando su Iglesia, por su Presencia Personal en la Eucaristía.

“Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca”. Las palabras de Jesús a sus Apóstoles son palabras también dirigidas a nosotros ya que nosotros, como Iglesia, debemos también hacer el mismo anuncio de los Apóstoles, anunciar al mundo que el Reino de Dios está cerca. Muchas veces nos olvidamos de esta misión nuestra y pensamos que esta vida es la única vida o que los reinos de la tierra son nuestro destino y no es así: nuestro destino final es el Reino de Dios, pero para ingresar en él, debemos vivir en gracia, evitar el pecado y obrar la misericordia y recordar, todos los días de nuestra vida, que el Reino de Dios “está cerca”, tan cerca, como cera está nuestra partida hacia el otro mundo. En ese momento será nuestro ingreso en la eternidad, pero si no recibimos la gracia de los sacramentos, si no vivimos según la Ley de Dios, si no obramos la misericordia, no entraremos en el Reino de Dios, sino en otro reino, el de las tinieblas, el reino donde no hay redención. Obremos la misericordia y vivamos en gracias, para ser considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 382.

martes, 18 de abril de 2023

“La luz vino al mundo, pero el perverso no vive en la luz, sino en la oscuridad”

 


“La luz vino al mundo, pero el perverso no vive en la luz, sino en la oscuridad” (Jn 3, 16-21). Al hacer esta declaración, Jesús está revelando la naturaleza luminosa de la Encarnación, por un lado, y el estado de tinieblas en las que se encuentra el hombre que, sin la gracia, vive en la más completa oscuridad espiritual.

Cuando Jesús habla de luz y de oscuridad, lo hace evidentemente en términos naturales, preternaturales y sobrenaturales: la oscuridad dela que habla Jesús es de orden natural y preternatural, porque la oscuridad en la que se encuentra inmersa la tierra, desde la caída de Adán y Eva por el pecado original, es la oscuridad de la razón humana, que con fatiga llega apenas, con mucho esfuerzo, al conocimiento de Dios Uno; oscuridad preternatural o angélica, porque también desde la caída de Adán y Eva la tierra toda y sobre todo las almas de los hombres, están envueltas en las siniestras tinieblas de los ángeles caídos, los demonios, con Satanás a la cabeza.

Ahora bien, cuando Jesús habla de luz, habla de luz en sentido sobrenatural, porque se trata de la luz divina y eterna que brota del Ser divino trinitario y es esa luz que, con la Encarnación, “vino al mundo”, para iluminar a los que viven “en tinieblas y en sombras de muerte”, para iluminar a los hombres que viven dominados por las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, los ángeles caídos. Jesús, Dios Hijo encarnado, es la Luz Eterna que, proviniendo eternamente del seno del Padre, ilumina con la luz divina de su Ser divino trinitario a quien se le acerca con fe, devoción y amor, en la Sagrada Eucaristía y en la Santa Cruz.

Pero el acercarnos a Jesús y dejarnos iluminar por su divina luz, es algo que depende de nuestro libre albedrío, por eso, quien no quiere ser iluminado por Cristo, vive en la oscuridad satánica, obra las obras del Reino de las tinieblas, se goza en la oscuridad maligna y no se acerca a la Luz Eterna, no se acerca, ni a la Eucaristía, ni a la Santa Cruz. De nuestra libertad depende vivir, en el tiempo terreno que nos queda y luego en la eternidad, en la luminosa Luz Eterna de Cristo Dios o en la oscuridad siniestra de las tinieblas vivientes, el Reino de las sombras, donde no hay redención.

jueves, 30 de junio de 2022

“Anunciad que el Reino de Dios está cerca; anunciad que el Rey de los cielos está en la Eucaristía y que ha de venir a juzgar al mundo”

 


(Domingo XIV - TO - Ciclo C – 2022)

         “Anunciad que el Reino de Dios está cerca” (Lc 10, 1-12. 17-20). ¿Qué es el Reino de Dios? Es, ante todo, la presencia de la gracia santificante en el alma que la recibe por los Sacramentos, la Confesión y la Eucaristía, además de la fe y el amor; es vivir según los Mandamientos de Cristo; es obrar la misericordia, corporal y espiritual; es esperar la Vida eterna en el Reino de los cielos y obrar el sacrificio necesario para ganar dicha vida eterna. Por sus características eminentemente espirituales, el Reino de Dios no es material, no tiene ubicación geográfica y por eso, como dice Jesús, no se puede decir “está aquí” o “está allá”; el Reino de Dios es espiritual y se encuentra en cada alma que está en estado de gracia santificante, por esto el Reino de Dios no se origina en el hombre, sino en Dios, que es la Gracia Increada y el Autor de la gracia creada, cuya presencia en el alma humana trae al alma el Reino de Dios. Y porque el Reino de Dios se origina en Dios, que es la Santidad Increada, este Reino celestial no puede estar en un alma en pecado, porque el pecado es lo opuesto a la santidad de Dios. Ahora bien, el católico debe tener siempre bien presente que debe anunciar el Reino de Dios y que este Reino de la Santidad y la Bondad divinas, tiene un oponente en la tierra y es el Reino de las tinieblas y ambos reinos tienen un mismo objetivo: conquistar el corazón del hombre. Por eso no da lo mismo pertenecer o no pertenecer a Reino de Dios, porque aquí no hay posición neutral: o se está con Dios y su Reino, o se está con el Demonio y su Reino. Puesto que el hombre es libre, el hombre elige a cuál de los dos reinos quiere pertenecer: si al Reino de Dios, cuyas banderas son el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción y el Manto rojo y amarillo del Sagrado Corazón, o al Reino de las tinieblas, cuyas banderas son los colores invertidos del arco iris y el trapo rojo del comunismo ateo. Las banderas que el hombre elija, esas banderas recibirá.

         “Anunciad que el Reino de Dios está cerca”. Por mandato de Jesús, el católico debe anunciar el Reino de Dios, pero debe hacerlo, no con sermones, sino con el testimonio de vida cristiana, perdonando a sus enemigos, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, llevando la cruz de cada día, frecuentando los sacramentos, haciendo oración y obrando la misericordia y esto porque las obras son más elocuentes que las palabras y las palabras, aun si son palabras de fe, si no van acompañadas de obras, son palabras vacías, porque pertenecen a una fe muerta. La vida de la fe se demuestra por las obras de misericordia, corporales y espirituales y por la práctica efectiva, cotidiana, de la fe católica, práctica que nos conduce a desear la perfección de la santidad, porque solo por la gracia santificante estaremos en condiciones de ingresar en el Reino de los cielos. Por último, al mandato de Jesucristo de anunciar el Reino de Dios, debemos agregar que los católicos tenemos también el deber de anunciar que está con nosotros, que está en medio nuestro, el Rey del Reino de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía. Si el Reino de Dios “está cerca”, el Rey del Reino de los cielos está con nosotros, tan cerca como cerca puede estar un sagrario; el Rey de los cielos, Cristo Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, está en el sagrario, en la Sagrada Eucaristía y estará allí todos los días, hasta el fin del mundo, como Él lo prometió: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es esto entonces lo que debemos anunciar los católicos: el Reino de Dios está cerca; el Rey del Reino de Dios está en la Eucaristía para darnos su Amor y este Rey que es Jesucristo ha de venir, como Justo Juez, al fin de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos, para dar a los malos, para siempre, el Reino de las tinieblas y a los buenos el Reino de Dios, también para siempre. El mensaje de Jesús para nosotros entonces es el siguiente: "Anunciad que el Reino de Dios está cerca; anunciad que el Rey de los cielos está en la Eucaristía y que ha de venir a juzgar al mundo, para enviar a los malos al Reino de las tinieblas y para llevar a los buenos al Reino de Dios".

viernes, 13 de agosto de 2021

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”


 

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo” (Mt 22, 1-14). Para comprender la parábola, hay que reemplazar sus elementos naturales por elementos sobrenaturales. Así, el rey es Dios Padre; el banquete de bodas para su hijo es la Santa Misa, en donde se sirve un manjar celestial: Carne del Cordero de Dios, Pan de Vida eterna y Vino de la Alianza Nueva y Eterna; las bodas que se celebran son la unión, en la Persona divina del Hijo de Dios, de la naturaleza divina con la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; los invitados son el Pueblo Elegido, que rechaza al Mesías y lo crucifica; los nuevos invitados son los bautizados en la Iglesia Católica, que por el Bautismo sacramental conforman el Nuevo Pueblo Elegido; por último, hay un detalle que no puede pasar inadvertido y es el invitado que no lleva traje de fiesta: es un bautizado que murió sin la gracia santificante, es decir, en pecado mortal y por ese motivo no lleva el hábito celestial con el que serán revestidos los hijos de Dios en el Reino de los cielos, la gracia santificante, que en la otra vida es gloria divina: puesto que no tiene la gracia, no puede ingresar en el Reino de los cielos y es condenado, porque el rey –que es Dios Padre- les dice que “lo arrojen a las tinieblas, en donde será el llanto y el rechinar de dientes” y ese lugar de tinieblas y de dolor no es otro que el Infierno, el Reino de las tinieblas.

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”. Al recibir el Bautismo, somos invitados a ser partícipes del Reino de los cielos, pero nadie entrará al Reino de Dios por la fuerza; quienes rechacen su gracia santificante, otorgada por los Sacramentos y muere en ese estado, inevitablemente será arrojado al Reino de las tinieblas, el Infierno.

jueves, 22 de julio de 2021

“Allí será el llanto y rechinar de dientes”

 


“Allí será el llanto y rechinar de dientes” (Mt 13, 47-53). En la descripción del Reino de los cielos que hace Jesús, incluye siempre una velada alusión, más o menos indirecta e implícita, a otro reino, el reino de las tinieblas, el cual tiene su sede en el Infierno. Es decir, aunque no lo nombre explícitamente, Jesús revela la existencia de un siniestro reino, en un todo opuesto al Reino de los cielos, coincidiendo con este únicamente en que ambos duran por toda la eternidad.

En este Evangelio, al describir al Reino de los cielos, Jesús revela cómo será el Día del Juicio Final, Día en que ambos reinos, el Reino de Dios y el reino de las tinieblas, iniciarán su manifestación visible y para toda la eternidad.

Aunque muchos en la Iglesia niegan la existencia del Infierno, esta negación no es gratuita puesto que conlleva una ofensa y un agravio a la Palabra de Jesús, Quien es el que revela su existencia. En otras palabras, negar la existencia del Infierno implica negar la omnisciencia del Hombre-Dios Jesucristo y a la Revelación dada por Él. Todavía más, es llamativo el hecho de que Jesús habla en tantas oportunidades sobre el Infierno y por lo tanto, implícitamente del reino de las tinieblas. Es decir, Jesús no revela una o dos veces la existencia del Infierno y del reino de las tinieblas, sino en numerosas oportunidades, lo cual es una severa advertencia para nosotros.

“Allí será el llanto y rechinar de dientes”. No es verdad que, cuando morimos, vamos “a la Casa del Padre”: el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que el alma va directamente a comparecer ante el Juicio Particular, en el que Dios juzga nuestras obras libremente realizadas y de acuerdo con ellas, nos destina para siempre, sea al Reino de los cielos, sea al reino de las tinieblas, el Infierno, que es donde habrá “llanto y rechinar de dientes”. Esto último no es expresión metafórica de Jesús, porque el llanto y el rechinar de dientes serán reales y sin fin: el llanto, por el dolor provocado por la conciencia, al darse cuenta que por un solo pecado mortal el alma se ha condenado para siempre, apartándose de Dios; el rechinar de dientes será causado por el dolor insoportable, tanto espiritual como corporal, causados por el fuego del Infierno el cual, por un prodigio divino, obrará no solo sobre el cuerpo, sino también sobre el espíritu y esto por toda la eternidad.

De nuestra libertad depende a cuál de los dos reinos iremos para siempre, o el Reino de Dios, o el reino de las tinieblas, el Infierno, en donde “será el llanto y rechinar de dientes”.

domingo, 31 de enero de 2021

“Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios”


 

(Domingo V - TO - Ciclo B – 2021)

          “Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios” (cfr. Mc 1, 29-39). De entre todas las actividades de Jesús relatadas por el Evangelio, hay una que se repite con frecuencia y es la de “expulsar demonios”. Esto tiene varios significados: por un lado, forma parte de nuestra fe católica creer en la existencia del demonio y en su accionar en medio de los hombres; por otra parte, revela que Jesús es Dios encarnado, porque sólo Dios tiene el poder necesario para expulsar, con el solo poder de su voz, al demonio de un cuerpo al que ha poseído; por otra parte, revela que, aunque Jesús haya realizado exorcismos y expulsado demonios, la presencia y actividad de los demonios no ha cesado ni disminuido, sino que, por el contrario, se irá haciendo cada vez más intensa a medida que la humanidad se acerque al reinado del Anticristo, el cual precederá al Día del Juicio Final. Entonces, lejos de disminuir y mucho menos de cesar la actividad demoníaca, ésta irá en aumento con el correr del tiempo, intensificándose cada vez más hasta lograr su objetivo, que es la instauración del reino de Satanás en medio de los hombres. La actividad demoníaca está encaminada a lograr dos objetivos: el provocar la condena eterna en el Infierno de la mayor cantidad posible de almas y el instaurar, en la tierra, el reino de las tinieblas, en contraposición al Reino de Dios.

          Probablemente hoy no se vean posesos por la calle, como sucedía en el Evangelio, pero esto no quiere decir que la actividad demoníaca esté ausente o en disminución: todo lo contrario, podemos decir que en nuestros días, la actividad del demonio es tal vez la más intensa de toda la historia de la humanidad y esto se puede comprobar por la inmensa cantidad de males de todo tipo que se han abatido sobre la humanidad, males que son ante todo de tipo morales y espirituales, además de males físicos como la actual pandemia. Algunos de los males que podemos enumerar y que certifican la intensa actividad demoníaca son: el avance, prácticamente sin freno, de la cultura de la muerte, que promueve el aborto como derecho humano, algo que ha alcanzado ya niveles planetarios; la legislación de la eutanasia, de modo de terminar con la vida del paciente terminal; la proclamación de los pecados contra la naturaleza como “derechos humanos”, a través de la Organización de las Naciones Unidas, por medio de la difusión de la ideología de género y de otras ideologías que atentan contra la naturaleza humana y que están en abierta contradicción con los Mandamientos de Dios y los Preceptos de la Iglesia; la difusión, a través de los medios masivos de comunicación, de una mentalidad atea, materialista, agnóstica, relativista, consumista, hedonista, que busca instaurar la falsa idea de que esta tierra debe convertirse en un paraíso terrenal, con el goce y disfrute de las pasiones, el único paraíso para el hombre; el ocultamiento o silenciamiento de ideologías “intrínsecamente perversas”, como la ideología comunista, que es esencialmente atea y anti-cristiana y que con sus genocidios demuestra su origen satánico y su colaboración directa con el reinado del Anticristo; la difusión masiva de las herejías, blasfemias, sacrilegios y errores de todo tipo de la secta planetaria Nueva Era, secta ocultista y luciferina, considerada como la religión del Anticristo, puesto que propicia todo lo que es contrario a Cristo. Todos estos elementos, junto a muchos otros más, nos muestran que la actividad demoníaca es la más intensa, en nuestros días, que en toda la historia de la humanidad, lo cual hace suponer que está cercano el reinado del Anticristo, junto al Falso Profeta y a la Bestia, nombrados y descriptos en el Apocalipsis.

          “Curaba a la gente y expulsaba demonios (…) predicaba y expulsaba demonios”. No se trata de atribuir todo lo malo que sucede al demonio, puesto que el hombre, contaminado por el pecado original, obra el mal, la mayoría de las veces, sin necesidad de la intervención del demonio. Sin embargo, es necesario discernir el “signo de los tiempos”, como nos dice Jesús y lo que comprobamos es esto: que la actividad demoníaca es tan intensa en nuestros días, que pareciera que está pronto a instaurarse el reinado del Anticristo. Ahora bien, si esto es cierto, es cierto también que nada debemos temer si estamos con Cristo, si vivimos en gracia, si recibimos los Sacramentos, si nos aferramos a la Cruz y si nos cubre el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción. Es la Iglesia la que continúa la tarea del Hombre-Dios de “deshacer las obras del diablo” y, por otro lado, es una promesa del mismo Jesús, que nunca falla, de que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia”. Por eso, aunque las tinieblas parezcan invadirlo todo, debemos acudir a la Fuente de la Luz Increada y divina, Jesús Eucaristía y, postrándonos en adoración ante su Presencia sacramental, implorar su asistencia en estos tiempos de tinieblas.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”

 


“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios” (Lc 11, 15-26). En el colmo de su malicia y mala intención, algunos -el Evangelio no especifica quién, pero es de suponer que sean los fariseos- acusan a Jesús de “expulsar demonios con el poder del príncipe de los demonios”. Es decir, saben qué es un poseso, saben qué es un demonio, saben qué es el exorcismo, y aun así, acusan a Jesús, con toda malicia, de expulsar demonios con el poder del Demonio. Para sacarlos de su malicia, es que Jesús utiliza el ejemplo de un reino que, si comienza con luchas internas, termina sucumbiendo por sí mismo. Con esto les quiere hacer ver que si Él tuviera el poder del Demonio, no expulsaría demonios, porque de esa forma lo único que estaría haciendo es debilitar al reino de las tinieblas; la conclusión es que, si Él expulsa demonios, es porque utiliza una fuerza que no es la del Demonio y que combate por un reino, el Reino de los cielos, que es distinto al reino de las tinieblas y si Él no utiliza el poder del Demonio para los exorcismos, entonces la única conclusión posible es que Él utiliza, a nombre propio, el poder divino que Él en cuanto Dios tiene, que por otra parte, es el único poder capaz de expulsar demonios del cuerpo de un poseso.

“Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios”. El poder de expulsar demonios que ejerce Jesús a lo largo de todo el Evangelio, es una muestra más de su condición de Hijo de Dios encarnado, porque Jesús de Nazareth, si fuera un simple hombre, no podría jamás realizar un exorcismo, con las solas fuerzas humanas. La meditación de este Evangelio nos debe llevar a reflexionar acerca de la presencia y acción del reino de las tinieblas en medio de los hombres, pero también acerca del poder, infinitamente superior, que tiene Jesús en cuanto Dios, en relación al Demonio y al Infierno entero.

viernes, 14 de agosto de 2020

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”

 

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo” (Mt 22, 1-14). Jesús compara al Reino de los cielos con un banquete de bodas que un rey prepara para su hijo. Como en todas las parábolas de Jesús, para entenderlas en su significado último, es necesario reemplazar a los elementos naturales por los elementos sobrenaturales. Así, el rey, que es el padre del hijo al que le organiza la boda, es Dios Padre; la boda del hijo del rey es la Encarnación, esto es, la unión de tipo esponsal entre la divinidad y la humanidad en el seno de María Virgen, por obra de Espíritu Santo, mediante la cual la Segunda Persona de la Trinidad asume hipostáticamente, personalmente, a la humanidad, constituyéndose en Dios Hijo Encarnado; los invitados que rechazaron la invitación con pretextos banales, son el Pueblo Elegido, los judíos, quienes rechazaron la obra de la Redención al rechazar al Salvador y Redentor de los hombres, Cristo Jesús, haciéndolo morir en la cruz; los invitados en un segundo momento, es decir, los que son invitados luego de que los primeros invitados rechazaran las bodas, son el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; los enviados por el rey son tanto los ángeles al servicio de Dios, como los justos y santos del Antiguo Testamento, que esperaron y anunciaron al Mesías.

Ahora bien, hacia el final de la parábola, se desarrolla un diálogo entre el rey y un hombre que había ingresado en la boda sin el traje de fiesta: “Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado”. ¿Quién es este hombre? ¿Cuál es el traje de fiesta que no lleva puesto? Este hombre es el alma de un bautizado que no se encuentra en gracia, ya que el traje o vestido de fiesta es la gracia santificante, la que convierte al alma en hija adoptiva de Dios y en heredera del Reino de los cielos. La escena es también una prefiguración de lo que sucede con el alma que muere en estado de pecado mortal: ya no tiene tiempo de adquirir el traje de fiesta, la gracia y por esto mismo no puede estar en el salón de fiestas que es el Reino de Dios en el cielo. El destino de dicha alma no es otro que el de la eterna condenación, según lo dice el rey de la parábola, es decir, Dios Padre: “Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”. Ser “arrojado a las tinieblas” no es otra cosa que ser condenado por la eternidad al reino de las tinieblas, el Infierno eterno; ése es el destino de las almas que no poseen el traje de fiesta, la gracia santificante.

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”. Todos los bautizados hemos recibido el traje de fiesta, la gracia santificante, el día en que fuimos bautizados. Es nuestra responsabilidad y depende de nuestro libre albedrío el estar revestidos con este traje de la gracia cuando Dios nos llame a su Presencia, el día de nuestro Juicio Particular.

domingo, 26 de julio de 2020

“El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces”




“El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Utilizando la imagen de unos pescadores que separan a los peces aptos para el consumo de aquellos que no lo son, Jesús describe dos cosas: por un lado, cómo es el Reino de Dios; por otro lado, y al mismo tiempo, describe cómo será el Día del Juicio Final: “Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación”.
Con esta imagen, sabemos cómo es el Reino de Dios, cuyos inicios están cerca, en cada alma en gracia, representada en los peces que son buenos, en el sentido de que son aptos para el consumo; pero al mismo tiempo, sabemos cómo es el reino de las tinieblas, que está en la tierra y obra a través de los ángeles caídos y los hombres malvados y perversos asociados a la Serpiente Antigua: estos están representados en los peces que ya no son aptos para el consumo y deben ser devueltos al mar, es decir, son los hombres que mueren en estado de pecado mortal y deben ir, por propia voluntad, al Infierno eterno.
“El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces”. Cuando elegimos vivir en gracia, nos convertimos en ciudadanos del Reino en la tierra, destinados a la eterna bienaventuranza en el Día del Juicio Final; cuando elegimos el pecado, nos convertimos en ciudadanos del reino de las tinieblas y en socios y amigos de la Serpiente Antigua, destinados a la eterna condenación. Elijamos la gracia y el obrar la misericordia y así los ángeles nos llevarán, en el Día del Juicio Final, ante la Presencia del Rey de los cielos, Cristo Jesús.

“Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”




“Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo” (Mt 13, 36-43). Los discípulos le piden a Jesús que les explique la parábola de la cizaña sembrada en el campo y Jesús accede gustoso. Según el mismo Jesús, la explicación de la parábola es la siguiente: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga’’.
En una breve y sencilla parábola, Jesús explica tanto el destino personal de cada persona, como el destino de toda la humanidad, además de revelar explícitamente la existencia tanto del Reino de los cielos, como del Infierno eterno. En esta parábola debemos ubicarnos, puesto que nuestra vida personal está comprendida en ella, como así está comprendida la historia de toda la humanidad. Cada uno de nosotros, según su libre albedrío, será un miembro del Reino de Dios en esta vida y un habitante del Reino de Dios en la eternidad, si elige vivir en gracia y obrar la misericordia; por el contrario, cada uno será miembro del reino de las tinieblas y habitante del Infierno si elige el pecado como forma de vida en esta vida terrena, porque de esa forma expulsa a Cristo del corazón y entroniza al Diablo en él.
“Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”. Ya sabemos, por boca del mismo Jesús, que el campo es el mundo y la historia en el que vivimos, mundo e historia que el Último Día finalizarán para dar lugar al Juicio de Dios y al inicio de la eternidad. De nosotros depende, si elegimos a Cristo y su gracia, el ser llevados por los ángeles al Cielo en ese día. De otra forma, seremos llevados por esos mismos ángeles al lago del fuego eterno.

jueves, 10 de octubre de 2019

“Si Yo expulso demonios con el poder de Dios, es porque el Reino de Dios ha llegado a vosotros”




“Si Yo expulso demonios con el poder de Dios, es porque el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 15-26). Esta afirmación de Jesús concuerda con otra del Evangelio de Juan: “Jesús ha venido para poner destruir las obras del Demonio” (cfr 1 Jn 3, 8). Es verdad que Jesús, ha venido para “darnos vida en abundancia”, que es la vida divina, por medio de la participación en la vida de la Trinidad por la gracia, pero es también verdad que además de vencer al Pecado y a la Muerte en la Cruz, ha vencido y derrotado para siempre al Demonio. Entonces, el poder de Jesús de expulsar demonios en los posesos, no sólo es signo de que Cristo es Dios, sino de que su Reino, el Reino de Dios, viene con Él a la tierra, para ser instaurado entre los hombres. Pero entre los hombres, desde el pecado original de Adán y Eva, se ha instaurado el reino de las tinieblas, el reino del príncipe de las tinieblas, el Demonio y como ambos reinos son incompatibles entre sí y no hay lugar para ambos en la tierra, Jesús expulsa a los demonios de los posesos como signo de que su Reino, el Reino de Dios, habrá de triunfar definitivamente sobre el reino de Satanás y ese triunfo comenzó ya con la Encarnación, continuó con la Pasión y Muerte en Cruz y se consumará definitivamente con los “cielos nuevos y la tierra nueva”.
“Si Yo expulso demonios con el poder de Dios, es porque el Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Con su muerte en Cruz, Cristo Dios ha vencido definitivamente al Demonio y ha dado inicio a la Presencia del Reino de Dios entre los hombres. Sin embargo, esa Presencia del Reino de Dios será definitiva en la consumación del tiempo, cuando desaparezca la figura de este mundo y aparezcan “los cielos nuevos y la nueva tierra”. Hasta entonces, el reino de las tinieblas entabla y entablará una encarnizada lucha contra la Iglesia de Dios y su embate será tan formidable, que todo parecerá humanamente perdido para la Iglesia. Sin embargo, no hay que olvidar las palabras de Jesús: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (Mt 16, 18). No olvidemos esas palabras, puesto que serán nuestro consuelo en los días por venir, en los que el reino de las tinieblas parecerá haber cantado triunfo sobre el Reino de Dios.

jueves, 28 de julio de 2016

“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”


“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Para que nos demos una idea acerca del Reino de los cielos, Jesús lo compara con una escena conocida en todo el mundo, la de unos pescadores que, luego de una jornada de pesca, se dedican a separar los peces que están en buen estado –y por lo tanto, comestibles y en condiciones de vender-, con los peces que están en mal estado, los cuales son descartados. Es el mismo Jesús quien nos da la clave de interpretación de la imagen de los pescadores: “Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Por lo que dice Jesús, la imagen de los pescadores es útil no sólo para graficar el Reino de los cielos, sino también el Día del Juicio Final. En efecto, así como los pescadores separan a los peces que están en buena condición, de aquellos que no lo están, así también los ángeles de Dios, con San Miguel Arcángel a la cabeza –esta es la razón por la cual San Miguel Arcángel aparece retratado, en muchas ocasiones, con una balanza en la que pesa las almas-, separarán, el Día del Juicio Final, a los hombres buenos, los que murieron en gracia de Dios, con los que no lo hicieron; estos últimos, además, serán arrojados fuera del Reino, “en el horno ardiente”, en donde habrá “llanto y rechinar de dientes”. Claramente, Jesús se refiere al Infierno y se refiere también al tipo de dolor que experimentarán los condenados, que no es solamente el dolor espiritual por haber perdido para siempre la visión beatífica, que los habría llenado de gozo y alegría, sino que el dolor será corporal, porque Jesús habla de “llanto” y de “rechinar de dientes”, lo cual implica la posesión de un cuerpo material por parte del condenado, ya que las lágrimas se producen en los conductos lacrimales y los dientes, obviamente, suponen una boca y la boca y los lacrimales están en el cuerpo y no en el alma o espíritu. Para quienes niegan la existencia del Infierno, o para quienes sostienen que el Infierno está vacío, o para quienes afirman que los dolores en el Infierno son puramente espirituales o morales, como la conciencia de la pérdida de Dios, este pasaje acerca del Reino de Dios ilustra claramente, por parte de Jesús, por contrapartida y con pocas palabras, la tenebrosa realidad del Reino de las tinieblas.
“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”. Además de esto, para profundizar en el significado espiritual de la imagen, es necesario considerar qué elementos sobrenaturales están representados en ella: la barca de los pescadores es la Iglesia Católica; los pescadores que separan los peces, son los ángeles; el mar donde se lleva a cabo la pesca, es el mundo y la historia humana; la red con la que se atrapan los peces, es Cristo, Palabra de Dios encarnada; la finalización de la pesca y la tarea de separar los peces buenos de los malos, significa el fin del tiempo y de la historia humana y el comienzo del Día del Juicio Final, en el que los hombres buenos serán separados de los malos según sus obras, los primeros para el Reino de Dios, los segundos, para el Reino de las tinieblas; los peces buenos, son los que murieron en gracia de Dios y por lo tanto sirven para el Reino; los peces que no sirven como comestibles ni para la venta y son desechados, representan a quienes mueren sin la gracia santificante, en estado de pecado mortal, y se condenan. El ser una u otra clase de pez, es decir, buenos o malos, depende de nuestra libre respuesta a la gracia santificante.