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sábado, 24 de agosto de 2024

“Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”



(Domingo XXI - TO - Ciclo B - 2024)

“Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60-69). Luego de la revelación de Jesús a sus discípulos de la necesidad de “comer su Carne y beber su Sangre” para tener “vida eterna” y además de la necesidad ineludible de cargar la cruz de cada día para seguirlo a Él por el Camino de la cruz, muchos de sus discípulos, que evidentemente estaban sólidamente aferrados a la vida terrena, mundana y carnal y que no tenían previsto abandonar este mundo para ingresar en el Reino de los cielos por el Camino de la cruz, se oponen frontalmente al plan divino de redención, que implica ineludiblemente el sacrificio de sí mismo en unión con Jesús en el altar de la cruz, en el Monte Calvario y así lo expresan con sus palabras: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Es decir, mientras Jesús hace milagros que implican la curación de enfermedades corporales incurables, o cuando multiplica milagrosamente panes y peces para que la multitud quede más que saciada en su apetito corporal, o cuando hace milagros de resurrección corporal, devolviendo a la vida terrena a seres queridos que habían fallecido recientemente, como al hijo de la viuda de Naím, a la hija del jefe de la sinagoga, provocando alivio ante el dolor de la muerte terrena, todos están contentos con Jesús, todos lo aclaman, todos están satisfechos con Jesús, todos quieren proclamarlo rey. Pero cuando Jesús les dice que deben dejar la vida terrena, que deben dejar de alimentarse solo con alimentos terrenos para comenzar a alimentarse con su Cuerpo y su Sangre para así tener vida eterna; cuando les dice que deben dejar la vida de pecado; cuando les dice que deben dejar su propio “yo” y que para eso deben cargar la cruz de cada día, para seguirlo a Él pro el Camino del Calvario, para así morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia, ahí entonces, cuando Jesús no hace los milagros que ellos quieren, cuando Jesús les pide, por su propio bien, que se preparen para la vida eterna por medio de la cruz y que se alimenten no con carne de pescado y con pan sin vida, sino con la Carne del Cordero de Dios y con el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía, es entonces cuando Jesús y su mensaje de salvación les parece “duro”: “Son duras estas palabras, ¿quién puede escucharlas?”. Ante la perspectiva del sacrificio personal en el ara de la cruz, ineludiblemente necesario, para alcanzar el Reino de los cielos, muchos de los discípulos de Jesús, muchos de los hasta entonces llamados “cristianos”, dejan de seguirlo, porque prefieren la pereza al sacrificio, prefieren la  molicie y la vida fácil, sin complicaciones, olvidando qué es lo que Dios mismo dice acerca de la vida del hombre en las Sagradas Escrituras: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra” (cfr. Job 7, 1ss) y esa lucha es para ganar el Cielo y el Cielo sólo se conquista por medio de la Cruz, muriendo al hombre viejo y naciendo al hombre nuevo, el hombre que vive de la gracia que le concede la Sagrada Eucaristía.

“Son duras estas palabras”. Al contrario de lo que dicen los discípulos, las palabras de Jesús son suaves y llevaderas: “Mi yugo es suave y mi carga liviana”, porque es Él mismo quien lleva la cruz por nosotros, pero son duras las palabras de Jesús para quien vive según la materialidad de la humanidad y no según la vida que otorga el Espíritu Santo: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida”. Jesús les hace ver que ellos analizan sus palabras sin el Espíritu Santo, solo con la luz de la razón y es por eso que no pueden trascender la horizontalidad de esta vida terrena: “la carne de nada sirve”. Quien analiza las palabras de Jesús sin la luz del Espíritu Santo permanece en sus razonamientos humanos y no puede trascender su límite humano, quedándose en un análisis meramente racional de las palabras de Jesús.

Una gran parte de los discípulos de Jesús se encuentra en el mismo dilema de los judíos: al igual que los judíos, que no poseen el Espíritu Santo y por eso mismo no pueden comprender que “comer la Carne y beber la Sangre de Jesús” se refiere a la “Carne y la Sangre glorificados” de Jesús”, es decir, a la Eucaristía, a la Carne y a la Sangre de Jesús habiendo ya pasado por su misterio pascual de muerte y resurrección, como no pueden entender eso, no pueden trascender esas palabras y se quedan en la materialidad de esas palabras, se niegan a renunciar a sí mismos, a cargar la cruz de cada día y por eso abandonan a Jesús: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Quienes así obran, son los hombres terrenales, carnales, que están tan aferrados a esta vida terrena, a las pasiones y a los bienes materiales, que arrojan fuera de sí a la cruz y abandonan el seguimiento de Cristo; son las semillas que caen en terreno infértil, en terreno pedregoso, son las semillas que no dan fruto, son los corazones en los que la Palabra de Dios no arraiga, porque son corazones fríos y duros como piedras. Lo mismo que sucede con los discípulos de Jesús en el Evangelio, sucede con una inmensa mayoría de bautizados en nuestros días, quienes, ante la exigencia de la Iglesia de vivir los Mandamientos de Dios, de cumplir con los Preceptos de la Iglesia, de frecuentar los Sacramentos, de obrar las Obras de Misericordia, para así preparar el alma para afrontar el Juicio Particular de cara a la vida eterna en el Reino de los cielos, repiten a coro, con los discípulos del Evangelio: “Son duras estas palabras, ¿quién puede escucharlas?” y, al igual que ellos, arrojan fuera de sí la cruz de Jesús y se marchan en dirección contraria al Camino del Calvario, el Único Camino que conduce al Cielo.

Pero no todos abandonan a Cristo Jesús: aquellos que, a pesar de sus miserias y pecados, aquellos que, a pesar de sus debilidades y caídas, poseen el Espíritu Santo, es éste Espíritu Santo Quien les hace comprender que la Cruz es un “yugo suave” porque Jesús la lleva por nosotros y que además es el Único Camino para llegar al Cielo y es por esto que no abandonan a Jesús, sino que lo reconocen como al Dios encarnado cuyas palabras son Palabras pronunciadas por Dios, son Palabras de Dios y por lo tanto, son Palabras de Vida eterna, son Palabras que dan Vida eterna a quien las escucha con fe, con amor y con devoción: “Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Simón Pedro dice esto porque sí está iluminado por el Espíritu Santo y por eso reconoce, en las palabras de Cristo, a la Divina Sabiduría encarnada, que le revela que el único camino posible al Cielo es alimentar el alma con la Carne y la Sangre glorificados del Hijo de Dios y así alimentados con este Alimento Celestial, cargar la Cruz de cada día, para poder llegar a la Jerusalén celestial. De ahí su respuesta, exacta y precisa: “Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”. Jesús no solo tiene Palabras de Vida eterna, sino que Él Es, en Sí mismo, la Palabra Eternamente pronunciada del Padre, que se encarna en el seno de la Virgen Madre y que prolonga su Encarnación en el seno Virgen de la Madre Iglesia, el Altar Eucarístico, para donársenos como Pan de Vida eterna, para que alimentándonos de este Pan Vivo bajado del cielo, comencemos ya, desde esta vida, a dejar de vivir la vida del tiempo terreno y comencemos a vivir la vida eterna, la vida del Reino de los cielos.



        

 

 


viernes, 22 de septiembre de 2023

“¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2023)

         “¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?” (Mt 20, 1-16). Jesús ejemplifica el Reino de los cielos con toda la situación en la que se ven envueltos tanto el dueño de la viña como los obreros de la viña[1]. El dueño de la viña va a la plaza, al amanecer, alrededor de las seis de la mañana, a buscar obreros que están esperando que alguien los contrate para trabajar. Conversa con ellos y conviene en que el jornal del día de trabajo será un denario. Luego el propietario regresa más tarde, a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas últimas contrataciones no se menciona ninguna suma concreta, sino solo “un jornal justo”. Esto, considerado en conformidad con los negocios humanos, supondría para cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario, respectivamente. Una hora antes de la puesta del sol, el propietario contrata a los últimos, que estaban sin hacer nada, para que también trabajen en su viña.

         Al finalizar la jornada de trabajo, el capataz, por orden del dueño de la viña, da la orden de que se pague a los obreros su jornal y que a todos se pague la misma cantidad: en este último hecho, reside lo esencial de la parábola. La segunda orden es la de comenzar por los “últimos”, es decir, los que acaban de llegar, ya al terminar el día. La finalidad de esto es que los primeros sean testigos -los cuales son murmuradores y hostiles y luego pondrán objeción al dueño de la viña- de la cantidad que se paga a cada uno, lo cual a su vez hará que el dueño de la viña responda a sus objeciones. En esta respuesta, la del dueño de la viña, se contiene la enseñanza de la parábola.

         Los que han llegado primero y reciben la misma paga que los que llegaron al último, se quejan de lo que ellos consideran una “injusticia”, esto es, que a todos se les pague con el mismo jornal, con la misma cantidad de dinero; además, se quejan de que sólo han trabajado una hora y con el fresco de la tarde, mientras que ellos, los primeros, han trabajado todo el día y con el peso del sol y de las altas temperaturas, por lo cual consideran que merecen una suma de dinero mayor.

         El amo se dirige al portavoz o jefe de los que están descontentos con la situación y lo hace con un tono suave, ya que lo trata de “amigo”; tampoco hay un tono de enojo o de irritación cuando dice: “toma lo que es tuyo y vete”. Le recuerda con mucha calma el acuerdo previo, observado de común acuerdo entre las dos partes. “Es mi deseo”, dice él, “dar al último lo que le he dado al primero”. Con esto quiere decir que, si hay un trato justo, nadie tiene derecho a quejarse de la bondad que él ejerce de su parte. El entendimiento no debe ver el mal dónde solo existe el bien y si lo hace, es decir, si ve el mal donde hay bien, entonces el entendimiento está “enfermo”.

         Jesús concluye diciendo: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. En esta parábola se insinúa que, por encima de las obras buenas en sí mismas, se encuentra la generosidad divina, que da más allá de la justicia estricta. La frase final implica simplemente que los “primeros” y los “últimos” (jornada de trabajo larga o corta) son todos unos ante Dios. Esto no quiere decir que Dios no haga distinciones, sino que su misericordia no tiene límites, es infinita.

Un elemento que nos permite apreciar el sentido sobrenatural de la parábola es que hacer una extrapolación o sustitución de los elementos naturales por los sobrenaturales: así, el dueño de la viña es Nuestro Señor Jesucristo; la viña es la Santa Iglesia Católica; los primeros en llegar somos nosotros, los que hemos sido bautizados en los primeros días de nuestra vida, además de haber recibido los Sacramentos como la Comunión, la Confirmación y el Sacramento de la Penitencia; el pago final es el Reino de los cielos; los “últimos en llegar”, son los gentiles o los paganos, es decir, aquellos que no pertenecen al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica y que, sin embargo, reciben el mismo premio, esto es, la gloria del Reino de los cielos, simbolizada en el denario con el que paga su trabajo el dueño de la viña y que, por su fe en el Mesías, Cristo Jesús, ingresarán antes que muchos católicos en el Reino de Dios.

Por último, la parábola va dirigida ante todo al Nuevo Pueblo Elegido, los que integramos la Iglesia Católica por medio del Bautismo, recibido desde los primeros días de nuestro nacimiento. Que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros, significa que si no obramos la misericordia, si no seguimos a Nuestro Señor por el Camino de la Cruz, el Via Crucis, si no nos alimentamos del Pan de Vida eterna, si no lavamos nuestros pecados con la Sangre del Cordero en la Confesión Sacramental, nos pasará lo que a los primeros trabajadores de la parábola: primero entrarán los paganos recién conversos y recién al final, por la Divina Misericordia, entraremos nosotros, siendo ellos los primeros y nosotros los últimos.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.

miércoles, 22 de febrero de 2023

Jueves después de Cenizas

 



         “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús nos revela las condiciones para ser un buen cristiano, para ser un seguidor suyo: primero, el seguir a Cristo no es una obligación, sino una libre elección, tal como Él mismo lo dice: “El que quiera seguirme”; el ser de Cristo, el pertenecer a Cristo, no es una imposición, sino una libre elección basada en el amor a Cristo: “el que quiera”; si esto es así, entonces, la negativa también es cierta: “el que no quiera, no me siga”. Cristo Dios respeta a tal grado nuestra libertad, que no nos obliga a seguirlo, nos revela en cambio que lo seguirá quien quiera seguirlo, quien lo ame de verdad, no el que esté obligado a seguirlo. De hecho, hay muchos en la actualidad que, lamentablemente para sus almas, no lo quieren a Cristo y no lo siguen, no cumplen sus mandamientos, no lo aman, lo dejan abandonado en el sagrario y muchos no solo no lo quieren a Cristo, sino que lo odian y movidos por el odio a Cristo llegan al extremo de formar asociaciones para exigir que sus nombres sean borrados de las actas de los bautismos.

         La otra condición para seguir a Cristo, además del amor, que es lo primero, es poner por obra lo que implica el seguimiento de Cristo y es el “tomar la cruz de cada día” y esto porque si Nuestro Salvador, Jesucristo, tomó la cruz y fue con ella por el Camino del Calvario, mostrándonos así el camino al cielo, no podemos nosotros, que nos consideramos sus seguidores, pretender ingresar al cielo por ninguna otra forma que no sea la Santa Cruz de Jesús. La cruz de cada uno es personal y puede tener distintas ocasiones de manifestarse, pero algo es seguro: Cristo no nos da ninguna cruz que no seamos capaces de llevar y si nos da una cruz, nos da la fortaleza suficiente para llevar una cruz mil veces más pesada que la que llevamos.

         La otra condición que pone Cristo para ser sus discípulos, es el seguirlo, pero seguirlo por donde va Él, no por donde se nos ocurra a nosotros y Cristo va por un camino muy específico, va por el Via Crucis, por el Camino de la Cruz, camino que finaliza en el Calvario, el único camino que nos conduce a la felicidad eterna en el Reino de los cielos. No nos va a llevar al cielo nada que no sea la Santa Cruz de Jesús: ni los mandalas, ni el ojo turco, ni la mano de Fátima, ni los atrapasueños, ni mucho menos las devociones malignas como la Difunta Correa, el Gauchito Gil, San La Muerte, Buda, ni el ocultismo, ni las prácticas paganas o neo-paganas: solo la Santa Cruz de Jesús, en donde morimos al hombre viejo, el hombre atrapado por el pecado y por las pasiones, para nacer al hombre nuevo, al hombre que nace a la vida divina trinitaria por la gracia, solo esta Santa Cruz, nos llevará al cielo. En este tiempo de Cuaresma, hagamos el propósito de morir al hombre viejo, tomando la cruz de cada día, siguiendo a Jesús por el Via Crucis, por el Camino de la Cruz, el único camino que nos conduce al cielo.

martes, 25 de junio de 2013

“Entrad por la puerta estrecha porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”


“Entrad por la puerta estrecha porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición” (Mt 7, 6. 12-14). Jesús nos advierte que el camino de la vida, llegado a un cierto punto, este se bifurca y da lugar a dos puertas: una estrecha, y otra ancha. La puerta estrecha se continúa con un camino estrecho, y es un camino que conduce al Reino de los cielos. La puerta ancha, por el contrario, se continúa con un camino ancho, el cual conduce a la eterna perdición, a la condenación eterna en los cielos. Lógicamente, Jesús nos aconseja abrir la puerta estrecha y seguir por el camino estrecho, y nos advierte claramente acerca de la puerta ancha y el camino espacioso, para que no los tomemos. Tengamos en cuenta que la puerta que abramos dependerá pura y exclusivamente de nuestro libre arbitrio, ya que ni Dios nos obligará a que abramos la puerta estrecha –aunque Él quiere que lo hagamos-, ni el demonio nos obligará a que abramos la puerta ancha –aunque él quiere que lo hagamos-. Todo depende de nuestra libertad y de nuestra decisión.
Una vez hechas estas consideraciones, nos podemos preguntar: ¿en qué consisten la “puerta ancha” y el “camino ancho” que conducen a la perdición? Consisten en una vida despreocupada, en donde no hay necesidad de negarse a uno mismo en las pasiones desordenadas; por el contrario, lo que hay que hacer es darles rienda suelta, lo cual quiere decir que si soy inclinado a la cólera, a la ira, a la maledicencia, a la pereza, a la mentira, a la lujuria, a la avaricia, a la gula, el transitar por el camino ancho quiere decir que no solo no debo combatir a ninguna de estas pasiones, sino que debo buscar el modo de satisfacerlas en su grado máximo. ¿La Iglesia me pide bondad de corazón, obras de misericordia, no hacer juicios malignos contra mi prójimo, ser misericordioso, aferrarme a la cruz? En la puerta y en el camino anchos, nada de esto hace falta. Ahora bien, está permitido aquí invocar a seres de la oscuridad; está permitido honrar y llamar a los ángeles caídos, y esto es lo que sucede, por ejemplo, con quienes practican la religión wiccana, puesto que las hadas, elfos, entidades, son todos seres malignos a los cuales es lícito invocar en el camino de la perdición. En este camino, no hay preocupaciones, y todo es risotada y juerga, pero llega un momento en que termina abruptamente, en un precipicio, que conduce a un abismo que parece no tener fin, un abismo de dolor, cuyo suelo arde y quema por el fuego que no se apaga jamás; además, en este abismo, que es donde finaliza el camino ancho, habita el Ángel de las tinieblas, el Príncipe de las tinieblas, el ser maligno por antonomasia, que hará sufrir para siempre, por la eternidad, a quien en la vida terrena eligió la puerta ancha y el camino espacioso.
Por el contrario, la puerta estrecha, que da a un camino estrecho, en subida, difícil de transitar, conduce al Reino de los cielos, porque es el Camino Real de la Cruz, el camino trazado por Jesús y señalado por Él con la Sangre de sus heridas abiertas. A este camino no se lo puede recorrer de cualquier manera: se debe cargar la Cruz de todos los días y negarse a sí mismo, lo cual quiere decir negarnos en la impaciencia, en el enojo, la ira, para que nuestro corazón, a medida que asciende por el Via Crucis, se vaya configurando al Corazón de Jesús, “manso y humilde”; en este camino se debe combatir con todas las fuerzas a la pereza, imitando a Jesús, que por mi salvación no tuvo pereza en tomar la Cruz y cargarla sobre sus hombros; en este camino se debe obrar la misericordia para con nuestro prójimo, misericordia que significa renunciar a nosotros mismos para atender a nuestros hermanos, imitando así a Jesús, que obró para conmigo la más grande obra de misericordia, la salvación de mi alma por el sacrificio de la Cruz. Y aunque este camino es áspero y difícil, la llegada a la cima, que es el Reino de los cielos, está asegurada, porque es el mismo Jesús en Persona quien

“Entrad por la puerta estrecha porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”. Como dijimos, ni Dios nos obliga a elegir la puerta estrecha, ni el demonio la puerta ancha, pero sí es verdad que es el Espíritu Santo quien nos sugiere que elijamos la puerta estrecha. ¿Qué quiere decir, esto? Esto quiere decir que el no por obligación, sino por amor, se debe elegir la puerta estrecha, y que quien lo hace, es porque ha oído el suave susurro del Espíritu Santo, que “sopla donde quiere”. Elegir la puerta estrecha, el camino angosto, la cruz y la negación de todos los días, es escuchar y seguir las inspiraciones del Amor de Dios. Jesús dice que “son pocos los que encuentran la puerta estrecha”. Que por la gracia y la misericordia de Dios no seamos sordos a los llamados del Amor divino.

miércoles, 8 de mayo de 2013

“Vuestra tristeza se convertirá en gozo”


“Vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 16-20). En la Última Cena, Jesús se despide de sus discípulos, anunciándoles su próxima Pasión y Muerte. El anuncio provoca en los discípulos desánimo y una profunda tristeza. Jesús percibe el estado de ánimo y por ese motivo les dice: “Vuestra tristeza se convertirá en gozo”, pero no como un modo de dar moralmente un simple aliento, sino como profecía de lo que sucederá realmente.
La tristeza de los discípulos por la muerte de Jesús, será al mismo tiempo para el mundo y su Príncipe, antagonistas y enemigos de Jesús, causa de alegría. Será la “hora de las tinieblas”, horas en las que el mundo y el Príncipe del mundo, Satanás, parecerán haber triunfado. Esto sucederá en el momento de la crucifixión y muerte de Jesús, el Viernes Santo.
Sin embargo, la alegría del mundo, que parecía definitiva, se convertirá en pesar y dolor eterno, mientras que la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría eterna.
Este cambio se producirá cuando Cristo resucite, es decir, cuando triunfe definitivamente sobre el mundo y su Príncipe. El cambio de tristeza en gozo, para los discípulos, tendrá lugar en el momento en el que las tinieblas parecerán haber triunfado, en el momento en que parecerán más densas, porque la luz que surgirá esplendorosa desde el sepulcro, el Domingo de Resurrección, las disipará para siempre.
Es esta certeza del triunfo de Cristo lo que alienta al cristiano en las tribulaciones de la vida, y es lo que infunde fuerzas para continuar por el camino de la Cruz, aun cuando no vea sensiblemente a Jesús, porque el tiempo para ver con los sentidos a Jesús, según sus palabras –“Un poco de tiempo y me veréis”-, no es esta vida terrena, sino la vida eterna. Es en la vida eterna en donde se cumplirán las palabras de Jesús –“Un poco y me veréis”-; hasta tanto, el cristiano vive sereno y alegre, con la tristeza ya convertida en gozo, anticipadamente, en la contemplación de Cristo resucitado en la Eucaristía. El cristiano vive en el “poco de tiempo” que es esta vida terrena, y todavía no ve “cara a cara” a Jesús, pero en la adoración eucarística y en la comunión sacramental, el cristiano “ve” a Jesucristo, con los ojos de la fe, y “convierte su tristeza en gozo”, como anticipo de la visión alegre y gozosa en el Amor que experimentará en la eternidad.

miércoles, 13 de febrero de 2013

“El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”



“El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). En un solo renglón, Jesús nos da el camino para conseguir la felicidad que tanto anhelamos. El hecho de que no lo sigamos, o de que lo hagamos con reticencia, se debe a que el camino que nos propone no es como lo imaginamos, ni como lo presenta el mundo. No se trata de un camino fácil, lleno de complacencias, de gustos mundanos, de felicidades pasajeras y superficiales. Se trata del camino de la Cruz, porque se trata de seguirlo a Él, que va camino del Calvario, cargando la Cruz.
         Se trata también de un camino de amor que es elegido libremente, ya que Jesús no nos obliga, puesto que dice: “El que quiera seguirme”. Jesús no nos obliga a seguirlo, Él sólo pasa al lado nuestro, caminando, abrazando la Cruz, cubierto de heridas sangrantes, de golpes y de hematomas, coronado de espinas, y nos dice: “Si quieres seguirme, sígueme”. Y por esto es un camino de amor, porque debemos amar a Jesús para tomar la cruz y seguirlo. Pero como se trata del Via Crucis, del Camino Real del Calvario, que lleva a la cima del Monte Gólgota, en donde Jesús será crucificado, seguir a Jesús implica ser también nosotros crucificados junto con Él, y es esto lo que Jesús quiere decir cuando nos dice: “El que quiera seguirme, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”. “Negarse a sí mismo” significa obrar en contra de nuestra naturaleza caída, en contra del desorden de las pasiones que buscan de imponerse a la razón. La negación de sí mismos es la mortificación y constituye el camino más rápido para llegar a la santidad, porque cuanto más negamos al cuerpo lo que el cuerpo no necesita, cuanto más contrariamos nuestra tendencia al enojo, a la queja, a la impaciencia, a la crítica, al egoísmo, tanto más fácilmente seguimos a Jesús camino de la cruz.  Esta es una tarea cotidiana, que comienza al despertar y continúa incluso estando dormidos, por eso Jesús nos dice “cada día”, porque no podemos decir nunca, mientras vivamos en esta vida que “ya estamos convertidos” y que por lo tanto no necesitamos de la mortificación y de la cruz. El querer seguir a Jesús, el negarse a sí mismo, el cargar la cruz, el seguir efectivamente a Jesús, es una tarea que terminará solamente el día que demos el último suspiro, el día de nuestra muerte. Hasta tanto, la propuesta de Jesús “El que quiera venir tras de Mí se niegue a sí y cargue su Cruz cada día y me siga”, para quien ame verdaderamente a Jesús y quiera participar de su amor en la vida eterna, será la consigna que guiará sus días en la tierra, como único modo de conquistar la eterna bienaventuranza.
         “El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”. Muchos toman la resolución de seguir a Jesús, pero no combaten su propio egoísmo, su impaciencia, su falta de caridad, su susceptibilidad, su apego a sus propias opiniones, su pereza, su acedia, su falta de oración, su falta de lucha, todo lo cual es igual a aferrar la cruz para inmediatamente tirarla. La Cuaresma es el tiempo para abrazar la cruz de todos los días, negarse a sí mismo y seguir a Cristo camino del Calvario, para ser crucificados con nuestras pasiones, único modo de resucitar a la vida de la gracia en el tiempo y a la vida eterna en los cielos.