Mostrando entradas con la etiqueta divinidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divinidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de marzo de 2024

“¿Quién pretendes ser?”

 


“¿Quién pretendes ser?” (cfr. Jn 8, 51-59). Llevados por su ceguera voluntaria, los judíos cometen el peor de los pecados, el pecado que no tiene perdón ni en esta vida ni en la otra y es el pecar contra el Espíritu Santo. Cometen este gravísimo pecado cuando, yendo contra toda la evidencia y contra todo el peso de la prueba de los milagros de Jesús, que atestiguan que Él es el Hijo de Dios encarnado, los judíos se obstinan en negar los milagros, se obstinan en negar su divinidad y, en el colmo de la malicia, atribuyen al demonio los milagros que hace Jesús, acusándolo de “estar endemoniado” y de “pretender hacerse pasar por Dios”: “Estás endemoniado, ¿quién pretendes ser?”.

Ahora bien, no debe sorprendernos la ceguera de los judíos, por cuanto pueda ser voluntaria. Puede ser que, con la distancia del tiempo, lleguemos a darnos cuenta de su ceguera y a reprocharles también nosotros la razón por la cual niegan los milagros que hace Jesús y que dan cuenta de su divinidad. En efecto, cuando leemos en el Evangelio los milagros que hace Jesús -resucitar muertos, curar todo tipo de enfermos, perdonar pecados, multiplicar panes y peces, expulsar demonios-, podemos decir que es relativamente fácil darnos cuenta de lo portentoso de sus milagros y de lo incomprensible que resulta la actitud negadora de los judíos. Sin embargo, también a nosotros nos sucede lo mismo que a ellos y todavía con un agravante y es que Jesús realiza, en cada Santa Misa, delante de nuestros ojos, por medio de la liturgia eucarística y a través del sacerdote ministerial, un milagro que es infinitamente más grandioso que cualquiera de los milagros realizados delante de los judíos y es la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre. Y nosotros, repitiendo y agravando la actitud negadora de los judíos, permanecemos impasibles y con total frialdad frente a este Milagro de los milagros, la Eucaristía, pasando a comulgar con una indiferencia y frialdad que asusta a los ángeles mismos de Dios y que hace regocijar a los demonios, quienes ven cómo consumimos la Divinidad del Señor Jesús, oculta en apariencia de pan y vino, como si se tratase de solo un poco de pan bendecido y nada más.

No repitamos el error de los judíos, no seamos impasibles frente al Amor de los amores, que se nos entrega con todo su Ser divino bajo la apariencia de pan y vino.

viernes, 15 de agosto de 2014

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”


Jesús y la mujer cananea
(Pieter Lastman, 1617)

(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2014)
         (Domingo XX - TO - Ciclo A – 2014)
         “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 19, 16-22). Una mujer cananea -es decir, pagana, no hebrea, y por lo tanto, no perteneciente al Pueblo Elegido-, acude a Jesús a implorarle por su hija, que está endemoniada. Lo que nos dice la escena evangélica es que, por un lado, la mujer distingue muy bien entre una simple enfermedad del cuerpo y la posesión diabólica, puesto que sabe reconocer la presencia del demonio –“Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”-; por otro lado, sabe bien que Jesús es el único que tiene poder de expulsar demonios porque, o ha visto ya a Jesús realizar exorcismos, o ha oído hablar de Él, o lo ha visto hacer milagros, ya que se dirige a Él con un título de majestad, que indica ascendencia divina: “Señor, Hijo de David”.
Lo que demuestra con esta actitud la mujer cananea, es que su fe en el poder divino de Jesús es inquebrantable y es muy grande, y es tan grande, que terminará siendo alabada por el mismo Jesús. La grandeza de su fe se agiganta no solo por el hecho de ser ella pagana, es decir, de no pertenecer al Pueblo Elegido, sino por el hecho de ser puesta a prueba nada menos que por el mismo Hombre-Dios Jesucristo, y no una, sino tres veces, y en las tres veces en las que su fe es puesta a prueba por Jesús, en las tres, sale airosa. En otras palabras, Jesús alaba la fe de la mujer cananea, no solo porque ella es pagana y cree en Él, en cuanto Hombre-Dios, sino porque Él mismo la pone a prueba tres veces, y las tres veces, supera la prueba de una forma rotunda y victoriosa.
La mujer cananea, siendo ella pagana, demuestra poseer más fe en Jesús en cuanto Hombre-Dios, que muchos de los hebreos y demuestra la fortaleza de esa fe en tres ocasiones, siendo cada ocasión más fuerte que la otra: en la primera prueba, la fe de la mujer debe sortear el silencio inaudito de Jesús, porque a pesar de que ella le implora con gritos, pidiéndole piedad y exponiéndole una situación de extrema gravedad, como lo es la posesión demoníaca, Jesús permanece en silencio, y así lo dice el Evangelio: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!, mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero Él no le respondió nada”. Jesús “no le respondió nada”, dice el Evangelio; una prueba durísima de fe: alguien se dirige a Jesús, sabiendo que Él es Dios, implorándole piedad, exponiéndole un caso gravísimo, como es el de una posesión demoníaca, y Dios Hijo “no dice nada”, permanece en silencio.
Una primera prueba, y durísima, de fe. Pero la mujer cananea, lejos de sentirse rechazada, crece en la fe y continúa gritando e implorando piedad, tanto, que despierta la compasión de los discípulos de Jesús, quienes son los que interceden por ella: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Pero cuando los discípulos le dicen que atienda su caso, Jesús le dice que no le va a conceder lo que le pide, porque Él “ha sido enviado solamente a las ovejas perdidas de Israel” y ella no es una oveja de Israel, porque es cananea, y esta es la segunda prueba, también durísima, de fe, porque es rechazada por segunda vez, en una petición de un asunto de grave urgencia y necesidad; sin embargo, la mujer, en vez de sentirse rechazada, cuando todo haría pensar que se desalentaría y que volvería las espaldas a Jesús y regresaría llorando, lamentando su desgracia, de un modo increíble, aumenta todavía más su fe y a la fe le agrega todavía una virtud, que es la humildad, porque esta vez, se postra en adoración ante Jesús, a la vez que le dice: “¡Señor, socórreme!”. Es decir, la mujer cananea, contra toda lógica humana, ante el doble rechazo de Jesús, no solo no se desespera, no solo no regresa, llorando desconsolada, porque su petición no ha sido escuchada, sino que acrecienta su fe en Jesús, a niveles que asombran al cielo mismo.
Con estas dos pruebas, la fe en Jesús de la mujer cananea era ya grande e inquebrantable y por eso podríamos pensar que Jesús ya podría concederle lo que le pedía; sin embargo, inexplicablemente, Jesús decide ir todavía más allá: a pesar de su fe, de su humildad y de su amor –quien tiene fe tiene humildad, y quien tiene humildad tiene amor-, Jesús quiere probar aún más su fe, y le dice algo que, si no hay humildad –y por lo tanto, amor-, el alma se retira, inmediatamente, ofendida-: “No está bien tirar el pan de los hijos para dárselo a los cachorros”.
Da aquí comienzo a la tercera prueba, que es la más fuerte de las tres, porque es la prueba más dura de todas, ya que es la prueba de la humillación, en donde la mujer cananea es comparada con un cachorro de perro, porque Jesús usa la figura de una familia en donde los hijos –los hebreos- se sientan a la mesa y comen pan –los milagros- , el cual no puede ser desperdiciado para ser dado a los cachorros –los cananeos, la mujer-.Jesús le está diciendo que no está bien dar el pan de los hijos -esto es, hacer un milagro, reservado para el Pueblo hebreo, que son los hijos- para dárselo a los cachorros –que son los paganos, en este caso, la mujer cananea-: de esta manera, está usando una escena familiar, un almuerzo, en la que los hijos son los hebreos y los paganos son los perros, y así dice que no está bien dar el pan que pertenece a los hijos para que coman los perros; es decir, Él no puede hacer un milagro –el exorcismo que ella le pide, porque está reservado al Pueblo Elegido- para hacerlo con los paganos, porque precisamente, no pertenecen al Pueblo Elegido.
La comparación es muy fuerte, porque compara a los paganos con los perros –suena fuerte decirlo, pero Jesús humilla a la mujer cananea, no porque sí, sino para fortalecerla en su fe, porque al mismo tiempo, le da la gracia para superar esa humillación-, pero la mujer cananea, lejos de ofenderse, supera la prueba de Jesús, y creciendo en la fe, en la humildad y en el amor, se humilla ante Jesús y le dice: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. La mujer cananea, asistida por la Sabiduría divina, toma de la misma figura familiar usada por Jesús, para hacerle ver que, a pesar de no pertenecer al Pueblo Elegido, también ella, siendo pagana, puede beneficiarse de un pequeño milagro, como lo es la expulsión de un demonio que ha tomado posesión del cuerpo de su hija. Ella no es hija, como los hebreos, y no puede beneficiarse de un gran milagro, pero sí es un cachorro, es decir, puede recibir un pequeño milagro, como lo es el exorcismo, la expulsión del demonio del cuerpo de su hija. Jesús, admirado de la fe de la mujer cananea, exclama: “Mujer, ¡qué grande es tu fe, que se cumpla tu deseo!”. Inmediatamente, el demonio que poseía el cuerpo de su hija, es expulsado por el poder divino de Jesús, y la hija de la mujer cananea se ve libre de esa presencia maligna.
“Mujer, ¡qué grande es tu fe!” Jesús alaba la fe de la mujer cananea, luego de probarla durísimamente por tres veces: frente a su petición, en la primera prueba, hace silencio; en la segunda prueba, le dice que no le va a conceder lo que le pide, porque no es digna; en la tercera prueba, le dice que es un perro; en cada una de las pruebas, la mujer cananea, ni se desespera, ni se indigna, ni se ofende, ni clama al cielo, ni insulta a Jesús, ni se va a otra religión, ni deja de creer en Él, ni reniega de Él: por el contrario, acrecienta su fe en su condición divina, en su condición de Hombre-Dios; dice en su interior: “Jesús, yo creo que Tú eres el Hombre-Dios, el Salvador, y Te amo por ser lo que eres, y no por lo que das”. La mujer cananea es modelo de fe y de amor en Jesús porque ama a Jesús por lo que es, no por lo que da, aunque le pide lo que puede dar, que es la salud y la salvación.
“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Porque la mujer cananea es modelo de fe, es que tenemos que preguntarnos: si Jesús viniera hoy y nos pusiera a prueba en nuestra fe en su Presencia eucarística; ¿podría decir de cada de uno de nosotros, lo mismo que dice de la fe de la mujer cananea? ¿Creemos realmente que Jesús está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía? ¿Nuestra fe en la Presencia real de Jesús, es tan fuerte como la fe de la mujer cananea? ¿Resistiría nuestra fe –nuestro amor a Jesús-, la fe que tenemos hoy, en este momento, la triple prueba, incluida la humillación, a la que la sometió el mismo Jesús en Persona, a la mujer cananea? Si nuestra respuesta es “no”, entonces, tenemos que pedirle a la mujer cananea, que con toda seguridad está en el cielo, que interceda por nosotros, para que nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía posea, al menos, una mínima parte de la grandeza de la fe que ella tuvo en el Evangelio.

jueves, 14 de marzo de 2013

“Ustedes no conocen al que me envió”



“Ustedes no conocen al que me envió” (Jn 7, 1-2. 10, 25-30). Ante la pretensión de algunos que lo escuchan, de saber de dónde viene, Jesús les dice que no lo saben, porque sólo Él conoce al que lo envió, y lo conoce porque “viene de Él”.
         Frente a la negación de su origen divino, por parte de quienes lo escuchan –dicen que saben de dónde viene porque creen que Jesús es solo un hombre, “el hijo de José y de María”-, Jesús afirma su origen divino y celestial, porque está diciendo que viene de Dios Padre, que es “quien lo envió”. Con esto, se equipara a Dios, llamándose a sí mismo Hijo de Dios y Dios Hijo, porque el que viene del Padre es el Hijo, de condición divina igual que el Padre.
         Esta auto-revelación de Jesús como Dios es lo que enfurece a los judíos, que malinterpretan maliciosamente sus palabras, tomándolas como blasfemias, al tiempo que niegan voluntariamente, pecando contra el Espíritu Santo, los milagros que  hace Jesús, los cuales son demostrativos de su divinidad. Así, no demuestran no poseer al Espíritu Santo como fuente de sus pensamientos y de sus deseos, sino que demuestran poseer pensamientos y deseos homicidas, comunicados por el Ángel caído, que es “homicida desde el principio”.
         El evangelista es muy explícito en cuanto a estas intenciones homicidas de los judíos: “Los judíos intentaban matarlo”.
         Lo mismo sucede entre el mundo y la Iglesia: el mundo, convertido en Reino de Satanás por la doble acción conjunta del “Príncipe de las tinieblas” y los hombres perversos unidos y cooperantes con él, desea destruir a la Iglesia con todos los medios posibles, porque las tinieblas no soportan la presencia de la luz. Por ese motivo la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús, está llamada también a sufrir la Pasión, como Jesús, para luego resucitar junto con Él.
         Por la Cuaresma, el bautizado participa, a través del misterio de la liturgia y del tiempo litúrgico cuaresmal, de la Pasión del Señor. El bautizado debe, por lo tanto, intensificar su oración, su penitencia y su caridad, como modos de unión mística y espiritual con Cristo que, en el misterio de los tiempos, continúa su Pasión redentora.
         El sentido último del tiempo de Cuaresma no es la mera ocasión para hacer penitencia según el calendario: es el momento del año litúrgico en el que Cristo concede la gracia de participar de su Pasión redentora a quien libre y voluntariamente se une a Él en el Camino Real de la Cruz.
         Sólo quien libremente carga su Cruz todos los días y lo sigue por el Via Crucis, el Camino de la Cruz, hacia el Calvario, para ser crucificado con Él, sabe, porque se lo ha dicho el Espíritu Santo en Persona, quién es verdaderamente Cristo. Quien carga la Cruz de todos los días y lo sigue camino del Monte Calvario, ése sí conoce a Cristo, porque el Espíritu Santo se lo ha revelado.

miércoles, 4 de abril de 2012

Miércoles Santo



"Quiero celebrar la Pascua en tu casa" (cfr. Mt 26, 14-25). Jesús, sumamente pobre, sin riquezas materiales de ningún tipo, no tiene un lugar donde celebrar la Pascua, y es por eso que envía a sus discípulos a la casa de una persona, cuyo nombre no se menciona, pero que posee un lugar adecuado, para pedirle prestado el lugar, con el siguiente recado: "Voy a celebrar la Pascua en tu casa".

"Celebrar la Pascua" quiere decir, para Jesús, varias cosas sublimes, inimaginables para los simples mortales, y aún para los ángeles del Cielo más poderosos.

"Celebrar la Pascua" quiere decir sentarse a la mesa con sus discípulos para compartir con ellos su Última Cena -la última que habría de tomar en esta vida terrena, pues al otro día moriría en la Cruz-, para dejarles el recuerdo sempiterno de su Amor, la Eucaristía, el misterio de algo que parece pan pero que ya no es más pan, sino su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, misterio que asombra a los ángeles porque no hay milagro más grande que Dios, con su Omnipotencia, su Sabiduría y su Amor pueda hacer, milagro que deja a los ángeles sin habla, porque la Eucaristía es algo tan grande y maravilloso que solo se compara al mismo Dios, misterio de Amor para los hombres, por medio de los cuales los hombres tienen entre ellos algo más grande que los cielos, ya que la Eucaristía es Jesús, Dios omnipotente, Creador del cielo y de la tierra.

"Celebrar la Pascua" quiere decir dejar para la Iglesia y para la humanidad toda ese otro don inefable de su Sagrado Corazón, el don del sacerdocio ministerial, por medio del cual aseguraría su Presencia sacramental entre los hombres "todos los días hasta el fin del mundo", para consolarlos en sus penas, para aliviarles sus dolores, para ayudarlos a transitar por el camino de la vida, verdadero "valle de lágrimas" que conduce a la eternidad.

"Celebrar la Pascua" quiere decir dejar también, por medio del sacerdocio ministerial, el don de la confesión sacramental, fuente no solo de perdón de los pecados, sino de fortalecimiento y crecimiento en la gracia y en el conocimiento y en el amor de Dios, necesarios para llevar la Cruz de todos los días, en el seguimiento de Cristo, camino del Calvario, hacia el Reino de los cielos.

"Celebrar la Pascua" quiere decir también, para el Sagrado Corazón, experimentar latidos de amor por aquellos que, recostados en su pecho, como Juan Evangelista, se mostrarán agradecidos por su sacrificio de Amor, dando sus vidas por Él, para compartir con Él la eternidad de alegrías sin fin, pero significa también, para el Sagrado Corazón, experimentar latidos de dolor infinito, al comprobar cómo muchos cristianos, en vez de preferir escuchar su dulce voz, prefieren escuchar el tintinear metálico del dinero, como Judas Iscariote, vendiendo sus almas al Tentador, y condenándose para siempre, haciendo inútil el derramamiento de su Sangre.

"Quiero celebrar la Pascua en tu casa, en tu alma, en tu corazón". Hoy, como ayer, Jesús busca una casa, un alma, un corazón, en donde celebrar su Pascua, en donde compartir las alegrías y los dolores de la Última Cena, las alegrías de saber de su Presencia Eucarística, los dolores de saber que muchos, muchos cristianos, desoyendo su Voz, en vez de recibirlo a Él en la Eucaristía, prefieren, al igual que Judas Iscariote, comulgar con el demonio y ser tragados por las tinieblas: "Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él. Judas salió (...) Afuera era de noche".

"Quiero celebrar la Pascua en tu casa, en tu alma, en tu corazón". Hoy, como ayer, Jesús busca corazones que lo reciban, para que sean transformados, por su Presencia, en otros tantos cenáculos, como el de la Última Cena, cenáculos en donde el alma, ofreciéndose en Cristo como víctima de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, adore a Cristo Eucaristía y repare por tantos y tantos cristianos que lo rechazan.

domingo, 4 de marzo de 2012

En la Transfiguración, Jesús nos enseña que a la Luz se llega por la Cruz


(Domingo II – TC – Ciclo B – 2012) 

“Jesús se transfiguró delante de sus discípulos…” (cfr. Mc 9, 2-10). Jesús sube al Monte Tabor, acompañado de sus discípulos, y delante de ellos se transfigura. Luego les dice que no digan a nadie lo que vieron, hasta que Él resucite de entre los muertos, y los discípulos al mismo tiempo se preguntan qué quiere decir “resucitar de entre los muertos”. No sabían qué era la Resurrección, porque no tenían experiencia de la misma, y por eso se preguntan qué es “resucitar”. Análogamente, también nosotros nos preguntamos qué quiere decir “transfiguración”, ya que no tenemos experiencia de la misma. Para tratar de explicarnos qué es la Transfiguración, el evangelista dice que la vestimenta de Jesús resplandeció “como nadie en la tierra podría blanquearla”. 

Sin embargo, se trata sólo de una expresión, un modo de decir humano, que poco y nada dice acerca de la realidad insondable y del misterio inaudito que es en sí misma la Transfiguración, la cual es un traslucir de la divinidad de la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, que inhabita en Cristo hipostáticamente, personalmente, a través de la humanidad de Cristo. En la Transfiguración, Jesucristo deja ver el majestuoso esplendor de su divinidad, de modo tal que quien lo contempla transfigurado, radiante, lleno de luz y de gloria divina, no puede dudar de que Él es Dios. La luz, en la Sagrada Escritura, es símbolo de la divinidad, y es por eso que en el Monte Tabor Cristo demuestra quien dice ser: Dios, que es luz de majestad infinita. 

Jesús hace este milagro para que los discípulos, cuando lo vean todo desfigurado por los golpes, y cubierto de sangre, con el aspecto de un gusano, del cual todos dan vuelta el rostro, recuerden que en el Monte Tabor resplandeció la luz de su divinidad. Jesús resplandece en el Monte Tabor, con el fulgor esplendoroso de su divinidad, para que en el Via Crucis, y en el Calvario, cuando lo vean cubierto de sangre, de heridas, de golpes, de hematomas, de magullones, de salivazos, coronado de espinas, flagelado, todo su cuerpo lleno de polvo y de tierra, extenuado, cansado al extremo, abandonado de todos, menos de su Madre, recuerden que Él es Dios, que a pesar de este su aspecto tan miserable, es Dios Hijo en Persona, que ha quedado reducido así, a este estado tan lamentable, porque se ha puesto en lugar de los hombres, porque se ha interpuesto entre la Justicia divina y cada uno de los hombres, y ha recibido el castigo que merecíamos todos y cada uno de los seres humanos. Jesús se transfigura al subir al Monte Tabor, dejando resplandecer la luz de su gloria divina, para que cuando suba al otro monte, el Monte Calvario, cubierto no ya de luz, sino de sangre y de heridas abiertas, los discípulos no desfallezcan y recuerden que ese Hombre, que aparece, tal como lo describe el profeta Isaías en sus visiones del Siervo Sufriente de Yahvéh, “varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable” (53,2-3), es Dios Hijo, que ha asumido los pecados de todos los hombres, para redimirlos. 

En cuanto tal, la Transfiguración es un milagro que muestra claramente la divinidad de Jesucristo, motivo por el cual, a partir de la misma, los discípulos no podían dudar de que Jesús no era simplemente “el hijo del carpintero”, o “el carpintero”, sino Dios Hijo en Persona. Por un milagro, la gloria de la divinidad, que le pertenece a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, traspasa la humanidad de Jesús y se deja ver en todo el esplendor de su majestad. Pero es un milagro todavía mayor el ocultar esa divinidad debajo de la humanidad de Jesús, y esto lo hace Jesús para poder sufrir la Pasión : si Jesús no hubiera hecho el milagro de ocultar su divinidad, durante toda su vida, excepto en el Tabor, no habría podido sufrir la Pasión, porque un cuerpo glorificado es un cuerpo impasible, que no puede sufrir. Jesús suspende, en un acto de su misericordia infinita, la glorificación de su humanidad para poder sufrir la Pasión, para poder recibir, de modo vicario, el castigo debido por nuestros pecados. “Jesús se transfiguró delante de sus discípulos…”. 

Con la Transfiguración, que es la glorificación del cuerpo, tal como quedará el cuerpo luego de la resurrección, antes de la Pasión, Jesús nos hace ver que para llegar a la gloria de la resurrección, es necesario pasar por la Cruz; nos muestra que solo por la Cruz se llega a la luz; nos muestra que solo por la Cruz, por la negación y muerte de sí mismo, se llega al Reino de los cielos. La Tansfiguración nos muestra el destino de gloria que nos espera, pero a ese destino de gloria se llega sólo por el Camino Real de la Cruz: “Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su Cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 23). 

Por último, Jesús se transfigura para que también nosotros reproduzcamos, en nuestras vidas, su misterio pascual de muerte y resurrección, y eso significa aceptar con amor los dones de Dios, que nos hacen participar de la Cruz de Jesús: los dolores, las enfermedades, las tribulaciones, los cuales, unidos a la Cruz, quedan transfigurados por la luz de Dios y se vuelven fuente de santidad y de salvación. Y para demostrarnos todavía más amor, Jesús hace nuestro camino más liviano que el mismo camino suyo, porque mientras Él se transfiguró y luego sufrió la Pasión hasta la muerte de Cruz, a nosotros nos concede que nuestra cruz –dolor, tribulaciones, muerte, enfermedad- se transfigure y se convierta en luz, cuando la acercamos a su Cruz.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Sobre la Exaltación de la Santa Cruz



Hace unos días celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y esto nos plantea una doble pregunta.

¿Por qué celebrar una “fiesta” por la cruz? Y como si no bastase solo la fiesta, además, “exaltamos” la cruz. ¿Cómo se puede “exaltar” la cruz?

La respuesta a estas preguntas se torna difícil o casi imposible, cuando recordamos el uso que de la cruz se hacía en la Antigüedad.

La cruz era un instrumento de tortura, utilizado por los romanos para amedrentar, humillar, castigar a quienes cometían delitos, o a quienes se sublevaban contra el imperio, al tiempo que servía de público aviso, para que estuvieran advertidos aquellos que pretendían atentar contra la ley o contra el emperador.

Al hacer estas consideraciones acerca del origen de la cruz, las preguntas de porqué hacer “fiesta” de la cruz, y porqué “exaltar la cruz”, se presentan todavía con más fuerza: ¿por qué exaltar un instrumento de muerte, de tortura, de humillación, de castigo? ¿Cómo exaltar un leño cubierto de sangre, producto de una muerte brutal y humillante? ¿No es acaso un signo de barbarie inaudita, que repugna al hombre civilizado de hoy? La cruz da muerte la vida, trae dolor y tristeza, es imposible compaginar cruz y vida, ¿cómo puede la cruz convertirse en fiesta?[1]

La respuesta se hace urgente sobre todo en nuestro tiempo, la post-modernidad, caracterizada por el triunfo de la razón y de la ciencia, que pretenden explicarlo todo y que aparentan tener respuesta para toda pregunta del hombre de hoy.

Pero precisamente, no podemos contestar a estas preguntas con la razón científica, porque si así lo hacemos, corremos el riesgo mortal de errar el camino al cielo, tanto para nosotros, sacerdotes, como para los fieles.

No puede un sacerdote responder a estas preguntas con una mente fría, racionalista, lógica, y no porque la respuesta sea irracional, sino porque la respuesta es supra-racional, y por este motivo, no se encuentra ni en la mente humana ni en la inteligencia angélica, sino en el mismo Dios, que cuelga de la cruz.

La clave para entender el porqué de la fiesta de la exaltación de la cruz, nos la da la Palabra de Dios: “…nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 23-24).

Vista con los ojos del mundo, la cruz parece precisamente eso: escándalo y necedad.

Sin embargo, como sacerdotes, no podemos nunca la cruz -y a Cristo crucificado en ella- con los ojos del mundo, de la razón, de la lógica; sino con la luz de la fe, única manera no de entender el misterio que ella nos presenta, porque es un misterio sobrenatural, incomprensible, sino al menos de contemplarla en el silencio de la meditación, para que en el silencio, sea Cristo mismo quien nos dé la respuesta.

Haciendo estas consideraciones, podemos ahora sí, con la luz de la fe, formular nuevamente las preguntas del inicio, con la seguridad de encontrar las respuestas: ¿por qué hacer fiesta a la cruz? ¿Por qué exaltar la cruz?

Porque en la cruz Jesús cambia su sentido original de castigo, en señal de victoria, tal como nos lo dice San Josemaría: “En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria”[2]. El Hombre-Dios convierte todo con su poder, y no solo restaura lo que el hombre ha arruinado, sino que le da un nuevo sentido, radicalmente distinto: antes, era lugar de castigo; ahora, es emblema de victoria.

¿Por qué exaltar la cruz?

Porque el que está en ella crucificado, es Dios todopoderoso, quien convierte, con su poder y con su sabiduría, con su amor y con su misericordia, el instrumento que los hombres habían ideado para dar muerte, en instrumento de salvación, de perdón, de redención y de misericordia, y en fuente de vida y de vida eterna, al vencer, con su muerte, a la muerte, para siempre[3].

¿Por qué exaltar la cruz?

Porque en la cruz Jesús, Dios infinitamente bueno e infinitamente perfecto en la simplicidad de su Ser divino convierte, con su bondad y con su humildad, al instrumento de humillación, en fuente de humildad para el alma, porque es la cruz en donde son vencidos para siempre, con la humildad de Dios Hijo encarnado, la soberbia y el orgullo, frutos de la participación al pecado en los cielos del ángel caído.

¿Por qué exaltar la cruz?

Porque en la cruz Cristo cambia el instrumento de tortura y de odio, en fuente de serenidad y de amor para el alma que se le acerca.

Porque en la cruz, el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo ofreció el supremo sacrificio de sí mismo.

Porque la cruz es el cayado del Buen Pastor, del Pastor eterno, Jesucristo, que desde su cielo eterno desciende al mundo para ahuyentar al oscuro lobo infernal, que quiere arrebatarle las ovejas de su propiedad, las almas compradas al precio de su sangre.

Porque la cruz, con Cristo crucificado, es la Puerta que conduce al cielo, a la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas, y quien pasa por esta puerta que es la cruz, alcanza la vida eterna y la salvación: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Jn 10, 9).

Porque la cruz es el lugar de la revelación de la divinidad de Jesucristo: “Cuando levantéis al Hijo del hombre en alto, sabréis que Yo Soy” (cfr. Jn 8, 21-30). El “Yo Soy”, nombre con el cual los israelitas conocían a Dios, se lo aplica Jesús a sí mismo, revelándose de esta manera como Dios en Persona, pero este conocimiento es infundido al alma en la contemplación de Cristo crucificado, de sus llagas abiertas y de su sangre efundida. En la contemplación de la cruz, el alma recibe la luz de lo alto que le concede un conocimiento imposible de ser alcanzado por razonamientos humanos: Cristo crucificado es Dios Hijo en Persona.

Porque por la cruz todos los hombres de todos los tiempos son atraídos a la contemplación de Dios, y esta atracción se da particularmente en la Iglesia, en la Santa Misa: “Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia Mí” (cfr. Jn 12, 20-33). En la plenitud de los tiempos, los griegos son atraídos por Jesús, Dios verdadero, a quien buscan para adorarlo; al fin de los tiempos, todos los hombres de todos los tiempos serán atraídos por la fuerza omnipotente del Hombre-Dios, que se irradiará desde la cruz hacia las almas y las llevará hacia sí; en el tiempo sacramental de la Iglesia, los hijos de Dios son atraídos por la fuerza de la cruz del altar, para adorar al Cordero de Dios que se inmola por todos.

Porque en la cruz el alma, sedienta de Dios a causa de haberse alejado de Él por el pecado, puede calmar esta sed bebiendo del manantial de la divinidad, el Corazón traspasado del Salvador.

Porque así como los israelitas en el desierto, al ser mordidos por las serpientes venenosas, se curaban con la serpiente de bronce elevada por Moisés, así los cristianos, el Nuevo Pueblo elegido que peregrina por el desierto de la historia humana hacia la Jerusalén celestial, es curado de las llagas supuradas de sus almas, producto del mal que anida en su corazón –“Es del corazón del hombre de donde salen las maldades”, dice Jesús (cfr. Mc 7, 14-23)-, y producto también de las mordeduras de la serpiente, la misma que tentó a Adán y Eva, en la contemplación de Cristo crucificado, porque sus llagas, de donde brota su sangre a raudales, son la medicina de este Médico celestial, con la cual cura toda fiebre de posesión, toda lujuria, toda avaricia, toda sed de poder, en suma, todo mal que pueda aquejar al hombre.

En la cruz Jesús cura nuestra fiebre de poseer bienes materiales, porque nos enseña la pobreza de la cruz: nada tiene de bienes materiales, y lo que tiene, le ha sido prestado por Dios Padre, para que lleve a cabo la redención de los hombres: los clavos, la corona de espinas, el leño de la cruz, el letrero que indica que es Rey.

En la cruz, Jesús cura nuestra tendencia a la rebeldía y a la desobediencia, ecos de la rebeldía y desobediencia en los cielos y en el Paraíso, iniciadas por el ángel apóstata, y continuadas en el Paraíso por Adán y Eva, porque Jesús crucificado obedece a la voz amorosa del Padre hasta la muerte, y la muerte más ignominiosa y humillante que pueda existir.

En la cruz, Jesús cura la concupiscencia carnal, al inmolar su carne purísima, santísima, y dejar que sus manos y sus pies sean traspasados por gruesos clavos de hierro, para que la humanidad, unida a Él en el sacrificio de la cruz, adquiera una pureza superior a la de los ángeles, porque a quien se une a Él en la cruz, le hace partícipe de su propia santidad y pureza.

¿Por qué exaltamos la cruz?

Porque en la cruz, Jesucristo, que es el Dios Tres veces Santo; que es el Dios Fuerte; que es el Dios Inmortal, nos comunica de su santidad, de su fortaleza y de su inmortalidad, aunque no parece ni santo, ni fuerte, ni inmortal.

No parece santo, porque es crucificado en medio de dos malhechores, y Él mismo es condenado –injustamente- como un malhechor, como un blasfemo, como un rebelde. Y sin embargo, Él es el Dios Tres veces Santo, el Dios “fuente de toda santidad”, como reza la Plegaria eucarística II, y como tal, comunica de su santidad y le da de beber de su divinidad a quien se le acerca.

No parece fuerte, porque en la cruz aparece como la expresión máxima de la máxima debilidad y del fracaso: aparece abandonado por sus discípulos y por todos aquellos a los que había favorecido con sus milagros; aparece traicionado, golpeado, insultado, coronado de espinas, flagelado. A los ojos de los hombres, aparece como un rabbí hebreo, como un maestro hebreo de religión, que ha fracasado en su intento de iniciar una nueva religión, y ha sido abandonado por todos, incluso hasta de Dios, según sus mismas palabras: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46); aparece como un hombre fracasado, abandonado por todos, acompañado solo por su Madre que parece ser tan débil como Él, pues la inunda el llanto. Y sin embargo, Jesús en la cruz es Dios omnipotente, ante cuya ira los ángeles tiemblan, pero que se nos acerca no en su justa ira, sino precisamente, como un hombre vencido, fracasado y abandonado, para que no tengamos miedo de acercarnos a Él.

No parece inmortal, porque muere realmente, en su cuerpo real, físico: “Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (Mt 27, 50), y su cuerpo llagado, herido, golpeado, frío con el frío de la muerte, que expresa la ausencia del calor vital, es llevado en procesión fúnebre hasta el sepulcro nuevo de José de Arimatea, para ser sepultado. Pero Jesús es el Dios Viviente, que desde la cruz y desde la Eucaristía comunica de su vida, no una vida natural, sino la vida divina misma de la Trinidad, la vida eterna: “Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51), “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día” (cfr. Jn 6, 54).

Porque fue desde la cruz que se derramó sobre la humanidad el torrente inagotable de Misericordia Divina, al ser traspasado el Corazón del Salvador.

Porque si bien en la tierra la cruz es de madera, en los cielos es de luz celestial, rodeada de miríadas y miríadas de ángeles de luz.

Finalmente, porque en la cruz fue donde recibimos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios, y fue en la cruz en donde nos adoptó, como hijos de su Corazón, la Madre de Dios, y fue en la cruz en donde comenzamos a tener una Madre celestial (cfr. Jn 19, 27).

Por todo esto, exaltamos la cruz y como hijos de Dios y como sacerdotes de Jesucristo, nos gloriamos en ella, como dice la introducción a las fiestas de la Santa Cruz y de Semana Santa, inspiradas en Gálatas 6, 14: “Debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, en quien está nuestra vida”.


[1] Cfr. Casel, O., El misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 146.

[2] Via Crucis, II estación, n. 5.

[3] Cfr. Casel, o. c., 176ss.

lunes, 9 de mayo de 2011

Yo Soy el Pan de Vida

Yo Soy el Pan de Vida,
en la Eucaristía;
Yo Soy el Nuevo Maná
que sacia el hambre y la sed
de Dios;
porque el alimento que Yo doy
es mi Cuerpo, mi Sangre,
mi Alma y mi Divinidad.


“Yo Soy el Pan de Vida” (cfr. Jn 6, 30-35). Los judíos preguntan a Jesús “qué signo hace Él”, para que ellos “crean”. Le dan como ejemplo de signo el obrado por Moisés en el desierto, cuando hizo llover maná del cielo para alimentar al Pueblo Elegido, en su peregrinar a la Tierra Prometida.

Jesús les contesta que el signo que Él les da, es Él mismo, en Persona, puesto que Él es el verdadero Pan bajado del cielo. El pan que les dio Moisés, no era el verdadero pan, era solo una figura: Él es el Pan bajado del cielo, porque los israelitas comieron del maná, pero luego tuvieron hambre nuevamente, y murieron, mientras que el Pan que Él dará, el Nuevo Maná, saciará el hambre para siempre, y quien lo coma, no volverá a tener hambre ni sed.

“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús en la Eucaristía es el Pan bajado del cielo, el verdadero, el que da el Padre celestial, y quien coma de Él no tendrá más hambre, y no tendrá más sed, porque Él en la Eucaristía sacia por completo el hambre y la sed de Dios que todo hombre posee desde su nacimiento.

La Eucaristía es el Pan de Vida, que sacia el hambre y la sed de Dios, porque la Eucaristía contiene la substancia divina y la substancia humana divinizada del Hombre-Dios Jesucristo; quien come de este Pan, que no es pan, aunque lo parece, sacia su sed y su hambre de Dios, porque su alma es alimentada con la substancia misma del Ser divino de Dios, y con la substancia humana santificada y divinizada del Hombre-Dios; quien se alimenta con el Pan bajado del cielo, el Nuevo Maná, recibe la fuerza divina, la fuerza de lo alto, que le permite atravesar, no un desierto de arena, sino el desierto de la vida, y lo hace llegar no a la Jerusalén terrena, sino a la Jerusalén celestial, la comunión de vida y de amor con las Tres Divinas Personas, y lo hace entrar no en el Templo de Salomón, sino en el Templo celestial, el Cuerpo de Cristo resucitado.

“Yo Soy el Pan de Vida”, les dice Jesús a los israelitas. Ante su auto-declaración como Dios, le preguntan qué signo hace, y Jesús les dice que es la Eucaristía, el Nuevo Maná bajado del cielo, Él mismo con su Cuerpo resucitado, con su substancia divina y con su substancia humana divinizada.

Hoy, el mundo le pregunta a la Iglesia qué signo hace, para presentarse como la Única Iglesia verdadera del Dios Verdadero, y la Iglesia les contesta: “El signo que yo hago para que crean que soy la verdadera Iglesia, es la Eucaristía, el Nuevo Maná, Cristo resucitado, con su Cuerpo glorioso, con su Sangre, su Alma y su Divinidad”.