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lunes, 3 de julio de 2023

“Ánimo, tus pecados están perdonados”

 


“Ánimo, tus pecados están perdonados” (Mt 9, 1-8). Llevan ante Jesús a un hombre paralítico; debido a la cantidad de gente, los amigos del paralítico, que eran los que lo transportaban en una camilla, deben hacer un orificio en el techo de la casa, para poder llegar hasta Jesús. Una vez delante de Jesús, le dice: “Ánimo, tus pecados están perdonados”. Al escucharlo, los fariseos piensan que Jesús es un blasfemo, puesto que se arroga el poder de perdonar los pecados, algo que es exclusivo de Dios. Jesús, que es Dios y por eso puede leer los pensamientos, sabe qué es lo que están pensando y para demostrarles que Él es efectivamente Dios y que puede perdonar los pecados, realiza un milagro visible, curando la parálisis física del enfermo.

En esta escena podemos ver diversos elementos sobrenaturales: por un lado, Jesús se revela como el Mesías-Dios que perdona los pecados, es decir, sana una herida espiritual como es el pecado, y también cura el cuerpo, al devolverle la motilidad al paralítico. Por otra parte, se puede ver la fe del paralítico en Jesús como Hombre-Dios y cómo al paralítico le importa más la salud de su alma, que la salud del cuerpo: el paralítico es llevado ante Jesús, pero no para que lo cure de su parálisis corporal, sino para ser curado en el espíritu, para que sus pecados le sean perdonados y es eso lo que hace Jesús, recibiendo el paralítico la recompensa por su noble corazón, la curación de su parálisis, es decir, la curación de la parálisis es secundaria al perdón de los pecados, la salud del cuerpo, para quien ama a Jesús, es secundaria a la salud del alma. También podemos ver en este Evangelio cómo está representado el Sacramento de la Penitencia: Jesús es el Sumo y Eterno Sacerdote que quita y perdona los pecados de los hombres; el paralítico representa a la humanidad caída en el pecado original, la parálisis es símbolo del alma herida como consecuencia del pecado de Adán y Eva, transmitido a toda la humanidad.

Debemos contemplar no solo a Nuestro Señor Jesucristo, sino también al paralítico, para imitarlo, porque es ejemplo de vida cristiana: Él acude a Cristo no para que le cure la parálisis, sino para que le quite los pecados del alma, secundariamente recibe, como una recompensa por su corazón que ama a Dios, la curación de su parálisis corporal. Pero también imitemos a los amigos del paralítico, sin cuya ayuda no podría haber llegado a Jesús para confesar sus pecados y hagamos lo mismo con nuestros prójimos, llevándolos al encuentro con Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Confesión.

miércoles, 4 de mayo de 2022

“Yo doy la Vida eterna a mis ovejas”

 


(Domingo IV - TP - Ciclo C – 2022)

“Yo doy la Vida eterna a mis ovejas” (cfr. Jn 10, 27-30). Jesús es el Buen Pastor, el Pastor Eterno que promete, para quien escuche su voz y lo siga, algo que sólo Dios puede dar: la vida eterna: “Yo doy la Vida eterna a mis ovejas”. Esto es una prueba de que Cristo es Dios, porque de otra manera, si Él no fuera Dios, no podría dar de ninguna manera la Vida eterna, porque sólo Dios es Vida y Vida Eterna, Vida divina, Vida que brota del Ser divino trinitario como de una fuente límpida, purísima e inagotable.

A lo largo del Evangelio, Jesús obra siempre de manera tal que se demuestra que en Él está la vida, ya que Él no solo anuncia que la vida es “más preciosa que el alimento” (Mt 6, 25), sino que Él mismo cura y devuelve la vida, como si no pudiese tolerar la presencia de la muerte, volviendo a la vida a su amigo Lázaro (Jn 11, 15-21), al hijo de la viuda de Naín y a tantos otros más, confirmando al mismo tiempo con estos milagros de regreso a la vida que Él es el Dios de la vida y el Vencedor de la muerte. Con estos milagros, Jesús demuestra que tiene poder sobre la muerte, pero al mismo tiempo, demuestra que tiene poder sobre el pecado (Mt 9, 6), que es el que causa la muerte.

Ahora bien, Jesús es vida, pero no esta vida humana participada, sino que es, en cuanto Dios Hijo, poseedor del Acto de Ser divino trinitario, la Vida Eterna en Sí misma, vida que es divina, celestial, sobrenatural y es el Autor y el Creador de toda vida creada o participada. En cuanto Él es la Vida Increada, no puede ser nunca el autor de la muerte; el autor de la muerte es, por un lado, el Demonio, “por cuya envidia entró la muerte en el mundo”, dice la Escritura y por otro lado, el hombre, que en cuanto pecador, es autor de muerte, porque el fruto del pecado es la muerte. Es por esto que se equivocan grandemente quienes culpan a Dios cuando muere un ser querido, puesto que Dios no creó la muerte, como lo dice la Escritura, ya que Él es la Vida Eterna en Sí misma y el Creador de toda vida participada. Todavía más, Él envió a su Hijo Único para que venciera a la muerte, al Demonio y al pecado, con su sacrificio y muerte en cruz.

En Jesús entonces está la Vida, pero no porque le haya sido donada a Él, como sucede con nosotros o con los ángeles, que hemos recibido la vida participada, sino que Él la tiene, junto con el Padre y el Espíritu Santo, desde toda la eternidad, porque posee, con el Padre y el Espíritu Santo, el Acto de Ser divino trinitario, del cual brota la Vida Eterna e Increada en Sí misma.

Jesús comunica de su Vida Eterna, pero la condición para que la comunique, es tener fe en Él, pero no una fe cualquiera, sino fe católica, la fe del Credo, la fe del Catecismo, la fe de los Padres de la Iglesia, la fe de los Apóstoles, de los Santos y de los Mártires de todos los tiempos. Que sea necesaria la fe en Él en cuanto Dios, para recibir la Vida eterna, es algo que Él mismo lo dice: “El que crea en Mí no morirá” (Jn 11, 25). Esta Vida eterna la comunica Él a aquel que lo recibe en la Sagrada Eucaristía, porque es ahí en donde se encuentra Él con su Acto de Ser divino trinitario, Fuente Inagotable de la Vida divina trinitaria: “Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo, el que coma de este Pan vivirá para siempre”. El que se alimente de la Eucaristía, vivirá para siempre, es decir, para toda la eternidad. El “vivir para siempre”, no significa que quien se alimente de la Eucaristía no morirá a la vida terrena; significa que no morirá “para siempre”, es decir, no se condenará, porque tendrá en su alma la Vida Eterna, la Vida absolutamente divina, sobrenatural, trinitaria.

“Yo doy la Vida eterna a mis ovejas”, dice Jesús en el Evangelio y sus palabras se cumplen en cada Eucaristía, puesto que en cada Eucaristía está Él en Persona, con su Ser divino trinitario del cual brota la Vida divina, pero es obvio que quien desee recibir la Vida Eterna, debe poseer en sí la gracia santificante que concede el Sacramento de la Penitencia, puesto que no se puede recibir la Eucaristía en pecado mortal, ya que quien eso hace, quien comulga en pecado mortal, comete un sacrilegio, como dice la Escritura: “Come y bebe su propia condenación”. La Carne Inmaculada del Cordero Inmaculado, la Sagrada Eucaristía, se debe recibir con el alma inmaculada, es decir, con el alma purificada por la acción de la gracia santificante que concede el Sacramento de la Confesión. Quien esté en pecado mortal no puede recibir el Sacramento de la Eucaristía.

 

domingo, 27 de marzo de 2022

“Tus pecados son perdonados, vete y no peques más”

 


(Domingo V - TC - Ciclo B – 2022)

         “Tus pecados son perdonados, vete y no peques más” (Jn 8, 11). En esta escena del Evangelio Jesús detiene la lapidación a la que estaba siendo sometida una mujer pecadora. Por esta razón, podemos meditar, por un lado, acerca de la obra de Jesús en la pecadora pública –muchos dicen que es María Magdalena, antes de su conversión- y, por otro, acerca de la actitud de los fariseos. Con respecto a la mujer pecadora, Jesús salva a la mujer pecadora doblemente, en su cuerpo, al evitar la lapidación y sobre todo en su espíritu, al perdonarle sus pecados y concederle su gracia santificante al alma de la mujer. La salva en su cuerpo y en su vida terrena porque detiene a aquellos que querían aplicar la salvaje costumbre de esos tiempos, de lapidar hasta la muerte a quien era encontrado en pecado –el mártir San Esteban, sin cometer pecado, es lapidado también hasta la muerte-; Jesús los detiene no con la fuerza física, sino con la fuerza de la argumentación de la Sabiduría divina: si todos tienen pecados, ¿por qué razón lapidar a la mujer? Siguiendo esta lógica, todos deberían ser lapidados, porque todos los hombres tienen el pecado original y todos cometen pecados todos los días, hasta el más justo, según la Escritura: “El justo peca siete veces al día”. Jesús también salva el alma de la mujer pecadora, porque le perdona los pecados con su poder divino, le concede la gracia santificante y desde ese momento, la mujer queda predestinada a la vida eterna. De ahora en más, dependerá de ella corresponder a la gracia, alejándose del pecado, tal como le dice Jesús: “Tus pecados están perdonados, vete y no peques más”, para así poder ingresar al Reino de Dios en la vida eterna. De hecho, así lo hizo, porque según la Tradición, esta mujer pecadora es María Magdalena, quien después del encuentro con Jesús y después de recibir su perdón, abandonó por completo su vida de pecado y acompañó al Señor Jesús en su tarea de predicar el Evangelio, junto a las otras santas mujeres de Jerusalén.

         El otro aspecto sobre el que podemos meditar es el de la actitud de los fariseos en relación a la mujer pecadora: se comportan en relación a ella en forma diametralmente opuesta a la del Hombre-Dios Jesucristo: si Jesucristo la trata con compasión, perdonando sus pecados y salvando su vida, los fariseos se comportan de modo inmisericordioso, con una actitud fría y dura de corazón, ya que no solo no perdonan el comportamiento de la mujer –no podían perdonar los pecados, pero podrían haberla dejado seguir su camino, luego de advertirle acerca de su mala conducta, para que se corrija-, sino que pretenden quitarle la vida. En este aspecto, demuestran los fariseos un comportamiento salvaje –la lapidación- pero también hipócrita y cínica: es salvaje, porque la lapidación es una costumbre vigente en la época de Jesús entre los pueblos semíticos -y que continúa siendo actual en ciertas regiones donde se practica el islamismo-, pero es también hipócrita y cínica por dos motivos: porque también se debería castigar al varón, que es igualmente culpable de adulterio y no se hace y por otra parte, porque como dice Jesús, “nadie está exento de pecado y de culpa” y por eso, nadie puede levantar la mano para castigar a otro, desde el momento en que todos los hombres nacemos con el pecado original.

         “Tus pecados son perdonados, vete y no peques más”. En la mujer pecadora, debemos vernos a nosotros mismos, porque todos somos pecadores; en el perdón de Jesús, está prefigurado y anticipado el perdón que todos nosotros recibimos de Jesús en cada confesión sacramental; en la actitud de los fariseos, debemos ver si no estamos representados nosotros mismos, porque es verdad que tenemos tendencia a condenar con dureza de corazón al prójimo, pero somos incapaces de ver el propio pecado, como lo hacen los fariseos. Debemos tener mucho cuidado de no comportarnos como los fariseos, que levantan la mano para condenar el pecado del prójimo, pero se cuidan mucho de no decir nada sobre sus propios pecados. El Evangelio nos enseña entonces en la Persona de Jesús cuán grande es la Misericordia Divina, que perdona todos nuestros pecados; nos enseña, en María Magdalena, que nuestros pecados nos llevan a la muerte eterna y que para librarnos de ellos, debemos acudir al Sacramento de la Confesión, haciendo el propósito de no volver nunca más a cometer el pecado del cual nos confesamos; por último, nos enseña que no debemos ser como los fariseos, es decir, no debemos condenar a nuestros prójimos, sino ser misericordiosos como Jesús, porque también nosotros somos pecadores y si lapidamos a nuestro prójimo con la lengua, también nosotros seremos lapidados con la lengua, de la misma manera.

         “Tus pecados son perdonados, vete y no peques más”. Que el perdón y el amor que recibimos de Jesús en cada Confesión Sacramental, haga crecer en nuestras almas, cada vez más, el Amor a Jesús Eucaristía, tal como ocurrió con María Magdalena.

jueves, 24 de junio de 2021

“Tus pecados están perdonados”

 


         “Tus pecados están perdonados” (Mt 9, 1-8). En el episodio de la curación del paralítico hay varios elementos que nos dejan diversas enseñanzas. Uno de ellos es la mala fe, el cinismo y la necedad voluntaria de escribas y fariseos que, viendo que Jesús perdona los pecados y le devuelve la salud al paralítico, lo tratan de blasfemo en sus corazones: “Es un blasfemo”. Si Jesús le hubiera dicho “Tus pecados están perdonados”, pero luego no hubiera hecho un milagro sensible como el que hizo, el de curar la parálisis, los fariseos podrían tener razón en tratarlo de blasfemo, pero como hizo el milagro de curación corporal, que solo Dios puede hacer, demostró que era Dios y que podía perdonar los pecados, como solo Dios puede perdonar. Por lo tanto, quedan en evidencia el cinismo, la necedad y la ceguera voluntarias de los fariseos.

         Otro elemento a considerar es la fe del paralítico: tiene fe en Jesús en cuanto Dios, porque sabe que sólo Dios puede perdonar los pecados y por esta razón es que va en busca de Jesús: para que le perdone los pecados. El paralítico no va en busca de la curación de su parálisis corporal: va en busca del perdón de sus pecados y por eso es un ejemplo para todos nosotros, que nos preocupamos de la salud del cuerpo y pedimos a Dios que nos cure nuestras dolencias corporales, pero no le pedimos nunca, o casi nunca, que nos cure la dolencia del alma por excelencia, que es el pecado. En recompensa a esta fe y a su deseo de estar curado del alma antes que del cuerpo, es que Jesús hace un milagro adicional, por así decir, que es la curación de su parálisis corporal.

         Por último, la escena toda del Evangelio es una prefiguración del Sacramento de la Confesión: el paralítico, que no puede caminar, es figura del alma que, por el pecado, queda sin fuerzas y, si es pecado mortal, queda sin vida, sin la vida divina; la absolución del pecado que le da Jesús al paralítico, es figura y anticipo de la absolución de los pecados que concede el mismo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, a través de la absolución que concede el sacerdote ministerial en el Sacramento de la Penitencia; el paralítico que recibe la curación no solo del alma, sino también del cuerpo y por eso puede retirarse caminando por sí mismo, es figura del alma que es restaurada por la gracia santificante recibida en el Sacramento de la Confesión, que adquiere nuevas fuerzas, la fuerza misma de Jesús, el Hombre-Dios.

“Tus pecados están perdonados”. Cada vez que nos confesamos, recibimos un milagro infinitamente más grandioso que el de ser curados de nuestras dolencias corporales, porque recibimos el perdón de los pecados y el don de la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio altísimo de su Santo Sacrificio de la Cruz.

jueves, 11 de marzo de 2021

“Al tercer día lo encontraron en el Templo”

 


“Al tercer día lo encontraron en el Templo” (Lc 2, 41-51). Los padres de Jesús, la Virgen Santísima y San José, suben a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Esta peregrinación la hacían todos los años, porque eran, obviamente, fervorosos y piadosos practicantes de la religión de Dios Uno, el Dios del Pueblo Elegido. Cuando Jesús tenía doce años, les sucede un percance: al finalizar la Pascua emprenden el regreso, pero cada uno piensa que el Niño está con el otro y es así como transcurre un día de camino, sin Jesús. Cuando se percatan de la ausencia de Jesús, regresan a Jerusalén para buscarlo, encontrándolo al tercer día de la búsqueda.

El episodio, real, puede interpretarse de la siguiente manera, tomando como hecho central la pérdida de Jesús: puede suceder que una persona, por diversas circunstancias, pierda de vista a Jesús, tal como les sucedió a la Virgen y a San José -solo que en ellos se descarta el elemento del pecado, obviamente, porque la Virgen es Inmaculada y San José un santo, que vivía siempre en estado de gracia-. Es decir, reflexionando solo sobre el hecho de perder de vista a Jesús, este hecho se puede transpolar a lo que le sucede, en el plano espiritual, al pecador: a causa del pecado, cometido libre y voluntariamente, el alma se ve envuelta en las tinieblas del pecado y en este estado, pierde de vista a Jesús, no sabe dónde está Jesús. Esta pérdida de Jesús se da no solo en el plano existencial, sino ante todo en el plano ontológico: si por la gracia Jesús inhabita en el alma, por el pecado –sobre todo el pecado mortal- Jesús deja de inhabitar en el alma y se retira, puesto que no pueden convivir la santidad divina con la malicia del pecado y si la persona elige libremente el pecado, es porque elige el mal antes que al Bien Infinito y Eterno que es Jesús.

         “Al tercer día lo encontraron en el Templo”. La pérdida de Jesús a causa del pecado no es un hecho irreversible: así como la Virgen y San José lo encontraron en el Templo, porque Jesús en realidad nunca se perdió sino que estuvo siempre en el Templo, así también el alma, guiada por la Virgen y San José, puede encontrar a Jesús en el Templo, en la Iglesia Católica y más concretamente, en el sagrario, en la Eucaristía y en el Sacramento de la Confesión, en donde Jesús perdona los pecados por medio del sacerdote ministerial. Entonces, si hemos tenido la desgracia de perder a Jesús, le pidamos a la Virgen y a San José que nos conduzcan al lugar donde se encuentra Jesús: en el Templo, en la Iglesia Católica, en el Sacramento de la Eucaristía y en el Sacramento de la Confesión.

domingo, 6 de diciembre de 2020

“Tus pecados son perdonados”

 


“Tus pecados son perdonados” (Lc 5, 17-26). En este Evangelio, además de revelarse la divinidad de Jesús, que por tener el poder de perdonar los pecados, demuestra que es Dios, se prefigura además el Sacramento de la Confesión.

Veamos brevemente qué es lo que sucede en el episodio narrado por el Evangelio. El paralítico acude a Jesús, llevado por sus familiares y amigos, para pedirle a Jesús no la curación de su afección corporal, de su parálisis, sino para que le perdone los pecados. Esto se ve claramente cuando Jesús, al tenerlo frente a Sí, no le cura su parálisis, sino que le absuelve los pecados –algo que sólo Él, en cuanto Dios y Sumo y Eterno Sacerdote, puede hacer- y sólo en un segundo momento, cuando lee los pensamientos de los que lo acusan de blasfemo por perdonar los pecados, sólo entonces, le devuelve al paralítico la salud corporal. Es decir, primero le perdona los pecados y luego, en segunda instancia, le cura su parálisis. Esto demuestra que Él es Dios, porque sólo Dios puede quitar el pecado del alma, ya que sólo Dios tiene la Omnipotencia y el Amor necesarios para hacerlo. Por otro lado, está prefigurado el Sacramento de la penitencia, ya que el paralítico es figura del alma que, a causa del pecado, está paralizada en su vida espiritual, sin poder erguirse y dirigirse por sus propios medios hacia el Camino de la Salvación, el Camino Real de la Cruz. Cuando el penitente se acerca al Confesionario, es como el paralítico en la camilla; cuando el penitente recibe la absolución por parte del sacerdote ministerial, es como el paralítico que recibe la curación de parte de Jesús: el alma, sin el pecado y colmada con la gracia, se levanta de su nada y se dirige hacia el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, reconociéndolo como a su Salvador, es decir, luego de confesar sus pecados, puede comulgar en gracia, puede recibir a Cristo Salvador en la Eucaristía.

“Tus pecados son perdonados”. Otro elemento que se destaca en el episodio es la fe del paralítico, a la cual podemos compararla con la fe del penitente que se acerca al confesionario para recibir la absolución de sus pecados: así como el paralítico va en busca de Jesús para que cure su alma, absolviendo sus pecados, así el penitente acude al confesionario para recibir la curación del espíritu, el perdón de los pecados. Acudamos con frecuencia al Sacramento de la Confesión, para recibir el bien más preciado que pueda existir en esta vida, la salud del alma, puesto que anticipo y prenda de la salvación eterna.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

“Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré”


 

         “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). El agobio y la fatiga sobrevienen al alma cuando el alma se vuelca a los bienes y placeres terrenos y no puede ser de otra forma, puesto que el alma ha sido creada para deleitarse con bienes, pero no con los bienes perecederos de la tierra, sino con los bienes espirituales y eternos. Es por esto que el alma que busca consuelo en esta vida pasajera y efímera y en los placeres que el mundo ofrece, termina inevitablemente por cansarse, fatigarse y agobiarse. El único alivio que en esta situación recibe el alma, proviene de Dios, proviene de Dios Hijo encarnado, proviene del Amor de su Sagrado Corazón, que se derrama a raudales sobre el alma por medio del Sacramento de la Confesión. Es allí, en el Sacramento de la Penitencia, en donde le es quitado al alma el peso que ella misma se procuró, deseando los bienes de la tierra y es allí en donde, por la gracia, recibe la iluminación interior, que viene de lo alto y que le indica el camino por donde debe transitar si verdaderamente quiere ser feliz, en esta vida y en la otra y es el Camino Real de la Cruz. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice que Él “aliviará” a quien acuda a Él, ya que esto lo hará Él quitando el peso del pecado por la gracia, pero al mismo tiempo, luego de quitado el peso del pecado, le dará el peso del amor de Dios, que es su “yugo”, la Santa Cruz, un yugo o un peso “ligero”, porque quien lleva la Cruz sobre sus espaldas, quien lleva la Cruz en la que están todos los pecados de todos los hombres, es Él, Jesucristo, y por eso es que su yugo, la Cruz, es “ligero”.

         Acudamos al Sacramento de la Confesión para quitarnos el peso del pecado y abracemos el suave y ligero yugo de Dios, la Santa Cruz, para encaminarnos al Calvario y morir al hombre viejo y así nacer al hombre nuevo, al hombre nacido “del agua y del Espíritu”, el hombre regenerado por la gracia santificante, convertido en hijo adoptivo de Dios y en heredero del Cielo.

sábado, 30 de marzo de 2019

“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”



(Domingo IV - TC - Ciclo C – 2019)

         “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido” (Lc 15, 1-3. 11-32). Jesús va a comer con pecadores y en consecuencia los fariseos y los escribas, que eran hombres religiosos y se creían puros, murmuran y critican a Jesús por este hecho, por el acudir a casa de pecadores. Para los judíos, estar cerca de un pecador equivalía a contaminarse con su pecado y es por esto que critican a Jesús porque presentándose Él como un rabbí, como un maestro de religión que enseña en teoría la pureza en relación de Dios, no tiene reparos en comer con pecadores, contaminándose de sus pecados. Como Jesús lee los pensamientos desde el momento en que es Dios, esta murmuración le sirve a Jesús de ocasión para pronunciar la parábola del hijo pródigo, a fin de que la escuchen todos, incluidos los escribas y fariseos que murmuraban contra Él.
Según esta parábola, el menor de dos hijos de un padre muy rico, le pide su herencia, se va de la casa, malgasta todo el dinero y cuando se queda sin dinero, comienza a pasar hambre, por lo cual debe emplearse como cuidador de cerdos, aunque no puede ni siquiera comer las bellotas del suelo para satisfacer su hambre. Es entonces cuando el hijo menor recapacita, se arrepiente de su acción y decide volver a la casa del padre para pedirle perdón por haber salido de la casa paterna y el haber malgastado la herencia. El padre de la parábola, apenas se entera de que su hijo regresa, lejos de regañarlo, se alegra, abre los brazos y sale a su encuentro a recibirlo y lo trata con todo amor y como signo de que lo recibe como hijo y no como criado -tal como había pedido el hijo menor-, le hace poner una túnica nueva, un calzado nuevo y un anillo y además manda a sacrificar al ternero cebado para hacer fiesta, porque el padre de la parábola está contento, porque su hijo “estaba perdido y ha regresado”.
         La parábola es figura del sacramento de la confesión y se entiende cuando se hace una transposición de los elementos naturales de la misma al plano espiritual, puesto que cada elemento tiene un significado sobrenatural: el hijo pródigo, que pide su herencia y sale de la Casa del Padre y se va a lugares de pecado en donde malgasta su dinero, es el hombre que, estando en gracia, pierde la gracia por el pecado; la herencia del hijo pródigo es la gracia santificante y el perderla en lugares pecaminosos, es la pérdida de la gracia, sin importar de qué pecado se trate; la pobreza del hijo pródigo una vez que ha gastado toda su herencia, es el estado de miseria del alma del pecador, que se queda sin la riqueza de la gracia; el hambre que experimenta es la nostalgia de Dios; el trabajar cuidando cerdos es el quedar esclavo de las pasiones, al perder la gracia; el dueño de los cerdos y patrón del hijo pródigo caído en desgracia es el Demonio, y el hijo pródigo que trabaja para el Demonio es el alma que, habiendo perdido la gracia, queda esclava de las pasiones y del Demonio; el sentimiento y pensamiento de culpa es el remordimiento de la conciencia, que le reprocha al alma el haber pecado y perdido la gracia; el deseo de volver a la Casa del Padre es la respuesta del alma a la gracia de la conversión y el arrepentimiento; el abrazo del padre de la parábola cuando el hijo regresa, es la absolución que da el sacerdote cuando el alma, arrepentida, va a confesar sus pecados; el vestir túnica nueva, sandalias nuevas y un anillo, elementos que usan los hijos y no los criados, significan que el alma recupera, por la gracia sacramental de la confesión, su condición de hija de Dios; la fiesta en la que se sacrifica al ternero cebado y en la que hay alegría festiva, es la Santa Misa, en donde el Padre sacrifica al Cordero, Cristo Jesús, en señal de la alegría que le produce el hecho de que un alma se arrepienta, se confiese y así consolide su conversión. A su vez, el hermano mayor que se enoja con el padre y el hermano menor porque no se hace fiesta por él, dicen algunos autores que representa a los judíos, que siempre han pertenecido al Pueblo Elegido, es decir, siempre han estado con Dios, mientras que el hijo pródigo seríamos nosotros, los gentiles, que fuimos adoptados por la gracia.
         La parábola entonces es figura del sacramento de la confesión sacramental y muestra el infinito y eterno amor misericordioso del corazón de Dios Padre, que lejos de reprochar al alma por haber pecado, le concede, por medio de la absolución del sacerdote, la gracia santificante, es decir, lo reviste con la túnica nueva, las sandalias y el anillo que indican que el alma ha recuperado su condición de hijo adoptivo de Dios.
         “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Cada vez que vamos a confesarnos, se renueva y actualiza la parábola del hijo pródigo, porque nuestras almas reciben el amor misericordioso del Padre que nos absuelve en virtud de la Sangre de su Hijo derramada en la cruz. Cuando pecamos, cada uno de nosotros nos convertimos en el hijo pródigo de la parábola; que el fruto de esta Cuaresma sea entonces acudir al Sacramento de la Confesión para recibir el abrazo misericordioso del Padre para luego asistir al Banquete celestial, la Santa Misa, en donde el Padre, para expresar su alegría porque nos hemos confesado hace fiesta para nosotros y nos sirve un manjar exquisito, la Carne del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sagrada Eucaristía.

viernes, 15 de febrero de 2019

Jesús cura a un sordo



         Aplicándole saliva y tocando sus oídos, Jesús cura milagrosamente a un sordo. Con su poder divino, sana en un instante, con su sola palabra, la atrofia de las vías auditivas del sordo, restituyéndola la audición.
         Así como ésta, Jesús puede curar cualquier enfermedad corporal, desde las más leves, hasta las más graves y eso con el solo querer de su voluntad, incluso sin necesidad de aplicar físicamente sus manos, como lo hizo en este caso.
         Ahora bien, el cristiano debe saber que hay una enfermedad infinitamente más grave que la más grave de las enfermedades corporales y es el pecado, la enfermedad del alma.
         Muchos cristianos se preocupan en exceso por las enfermedades del cuerpo -y no es que no haya que preocuparse, porque el cuidado del cuerpo entra dentro del Primer Mandamiento, amar a Dios, al prójimo y a uno mismo-, pero lo que sucede es que, así como nos preocupamos por las enfermedades del cuerpo, así también debemos preocuparnos por las enfermedades del alma, la más grave de todas, el pecado. También para estas enfermedades del alma tiene Jesús cura y tratamiento y es el Sacramento de la Confesión.
         Por la confesión sacramental, la Sangre de Jesús cae sobre el alma y la purifica de todo pecado, devolviéndole la salud y convirtiéndola en templo del Espíritu Santo por la gracia.
         Si estamos enfermos del cuerpo, acudamos al médico; si estamos enfermos del alma, acudamos al Médico celestial, Cristo Jesús, para que por el Sacramento de la Confesión nos sane, con su Sangre, de la peor enfermedad de todas, el pecado.

miércoles, 13 de febrero de 2019

“Es del corazón del hombre de donde nace toda clase de pecado”



“Es del corazón del hombre de donde nace toda clase de pecado” (cfr. Mc 7, 14-23). Para entender la enseñanza de Jesús, hay que entender cuáles son las enseñanzas de fariseos y doctores de la ley al respecto. Estos decían por un lado, que había alimentos impuros y por otro que, antes de comer, se debían hacer abluciones de manos, porque así el corazón estaba purificado. Pero estas son enseñanzas humanas: si bien hay que hacer lavado de manos antes de comer, por una cuestión de higiene, no es cierto sin embargo que por lavarnos las manos ya queda purificado el corazón, tal como afirmaban los fariseos y doctores de la ley. Por otra parte, no hay ningún alimento “impuro” que haga impuro al hombre y en consecuencia el cristiano puede comer toda clase de alimentos, incluidos los de origen animal. Esta enseñanza de que los alimentos son puros está ratificada en la visión de Pedro en donde se le muestran toda clase de animales y se le dice desde el cielo: “Mata y come” (Hech 10, 13). En esto se puede ver cómo el ser católicos implica el ser carnívoros por una lado y, por otro, que se pueden comer toda clase de alimentos, lo cual se opone frontalmente a la concepción pagana del vegetarianismo y veganismo que, lejos de ser meras modas culturales, consisten en planteamientos religiosos sectarios anti-cristianos, por cuanto van en contra de las enseñanzas del cristianismo.
Entonces, no hay razón de abluciones con sentido espiritual o religioso, como tampoco hay razones para no comer ciertos alimentos de origen animal, ambas enseñanzas de los judíos. Por lo mismo, el católico no puede ser ni vegetariano ni vegano.
Lo que hace impuro al hombre, dice Jesús, no son ni los alimentos, ni la falta de ablución de las manos: lo que lo hace impuro es lo que brota del corazón del hombre y es la malicia, el pecado, de toda clase: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de pecados y de malicia”, dice Jesús y enumera una larga lista de pecados. Es de esta impureza de la cual nos debemos purificar y la purificación se realiza por el sacramento de la confesión principalmente y luego también, para los pecados veniales, por la Eucaristía. Recordemos que los pecados veniales se perdonan por la absolución general que da el sacerdote al inicio de la misa, por un lado y, por otro, por la misma Eucaristía, en tanto que los pecados mortales se perdonan sólo por la confesión, con especie y número.
“Es del corazón del hombre de donde nace toda clase de pecado”. Muchos, cuando ven la maldad que hay en el mundo, acusan injustamente –y sacrílegamente- a Dios por el mal que se sufre: estos tales deberían reflexionar en las palabras de Jesús -“Es del corazón del hombre de donde nace toda clase de pecado”- y darse cuenta que es el hombre pecador –aliado del Demonio- el causante del mal. Dios ama tanto al hombre que ha enviado a su Hijo Jesucristo a morir en cruz para destruir las obras del Demonio y para purificar el corazón del hombre por medio de su Sangre derramada en la cruz, Sangre que cae sobre el corazón del hombre pecador en cada confesión sacramental.
Purifiquémonos interiormente por el sacramento de la confesión y acudamos al Banquete de la Santa Misa, para comer la Carne del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

sábado, 10 de febrero de 2018

“Si quieres, puedes curarme”




(Domingo VI - TO - Ciclo B – 2018)

         “Si quieres, puedes curarme” (Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca a Jesús, se postra ante Él, y le implora su curación: “Si quieres, puedes curarme”. Jesús extiende su mano y le dice: “Lo quiero, queda curado”, quedando el enfermo totalmente libre de lepra.
         Si bien Jesús cura a toda clase de enfermos en el Evangelio, en el caso de la curación de la lepra hay un significado espiritual sobreañadido, ya que el leproso es imagen de la humanidad, herida por el pecado original: el pecado es al alma, lo que la lepra al cuerpo. Por esta relación, y para entender el alcance de la curación del leproso por parte de Jesús, es conveniente recordar, brevemente, en qué consiste la lepra y cuáles son sus efectos en el cuerpo humano.
La lepra[1] es una enfermedad infectocontagiosa que se transmite por el contacto y por las secreciones respiratorias, la cual es producida por un organismo patógeno, invisible a simple vista para el hombre, un bacilo llamado Mycobacterium leprae. Una vez que ingresa en el organismo, el bacilo se aloja en las terminales nerviosas, la piel y las membranas mucosas de vías aéreas superiores, multiplicándose y provocando inflamación de la zona afectada y posteriormente destrucción del tejido, originando las clásicas lesiones indoloras de la lepra, que hace que los afectados por la misma no experimenten dolor. Además de las lesiones cutáneas, la lepra ocasiona neuropatías periféricas y lesiones cartilaginosas, sobre todo el colapso del cartílago nasal[2]. Es por esto que la lepra altera no solo la función sino la forma del cuerpo, puesto que destruye cartílagos, como el cartílago nasal, dando el aspecto característico al enfermo avanzado de lepra, sobre todo la lepra lepromatosa. Entonces, la lepra es producida por un agente invisible y provoca lesiones indoloras, además de destrucción corporal.
Como dijimos inicialmente, la lepra –incurable en ese entonces- era considerada como figura del pecado en la Sagrada Escritura, porque de manera análoga a como la lepra destruía el cuerpo, así el pecado destruía el alma. Incluso es similar la fisiopatología de ambos, la lepra y el pecado: así como la lepra, provocada por un organismo patógeno, infecta al cuerpo y le produce lesiones indoloras que terminan por mutilar a la persona, dañando y afeando su cuerpo, así el pecado –que se origina en el del corazón y la inteligencia inclinados al mal- actúa insensiblemente en el alma –el pecador no experimenta dolor con el pecado, sino placer de concupiscencia, como por ejemplo, el placer concupiscible de la ira-, destruyendo en ella la vida de la gracia, afeándola al despojarla de la hermosura sobrenatural de la vida de Dios, dejándola expuesta con la fealdad de la malicia del corazón del hombre sin Dios.
         “Si quieres, puedes curarme”. En la interacción entre Jesús y el leproso, debemos ver, por un lado, el significado de la acción de Jesús –porque prefigura al Sacramento de la Confesión- y, por otro, la actitud del leproso, que se acerca a Jesús, no exigiendo la curación, ni pretendiendo la curación a toda costa, sino aceptándola solamente si es voluntad de Dios: “Si quieres, puedes curarme”. En cuanto a la acción sanadora de Jesús sobre el leproso, es figura y anticipo de la acción sanadora de la gracia santificante, que se concede a través del Sacramento de la Confesión, por el mismo Jesús, que actúa por medio del sacerdote ministerial.
En cuanto a la actitud del leproso, es para nosotros ejemplo de cómo debemos acercarnos a Jesús. Ya en el hecho de acudir a Jesús, confiado en su poder y en su misericordia hay, por parte del leproso, un secundar la gracia del Espíritu Santo, que le concede la confianza en su misericordia y su fe en su condición de Dios Hijo encarnado, y esta es la razón por la cual se postra ente Jesús, adorándole y suplicándole la curación. El otro aspecto en el que el leproso es nuestro ejemplo es, además de su fe en la condición divina de Jesús y en secundar la gracia del Espíritu Santo, en su humildad y en su conformidad con la voluntad de Dios y esto se puede ver en la forma en la que se dirige a Jesús. Ante todo, se postra a sus pies –reconocimiento de su divinidad-, al tiempo que le suplica  que lo cure, pero solo si es su divina voluntad: “Si quieres, puedes curarme”. Esto es equivalente a decir: “Yo quiero la sanación, pero no me cures, sino es tu voluntad. Cúrame, te lo ruego, solo si es tu Divina Voluntad”. Es decir, el leproso no “exige” a Jesús la curación, ni la no curación: no quiere ni estar sano, ni estar enfermo, quiere que se cumpla la voluntad de Dios en él. Si la voluntad de Dios es que se cure, entonces él quiere esa curación –“Si quieres, puedes curarme”-. Pero si la voluntad de Dios es que no se cure, él también quiere esa voluntad de Dios, de que él permanezca, por su bien y el de muchos, con la enfermedad. ¡Cuántos cristianos, contrariamente a la humildad y fe del leproso, exigen a Jesús la curación y, si no la obtienen, se ofenden con Jesús y además acuden a sus enemigos, los brujos, para que les quite de encima la enfermedad!
Ahora bien, el leproso es nuestro ejemplo para cuando debemos acudir al Sacramento de la Confesión: por un lado, porque el desear confesar los pecados ante el sacerdote ministerial, es ya un secundar a la moción del Espíritu Santo, como hace el leproso; con esta disposición interior del alma, que así responde a la moción inicial de la gracia, confiando en el poder sanador de los sacramentos de la Iglesia y acercándose al representante de Jesús, el sacerdote ministerial, debe pedir, con el corazón contrito y humillado, el perdón por sus pecados.
         “Si quieres, puedes curarme”. Un último aspecto en el que debemos reflexionar es que en el Evangelio, Jesús no solo le quita al leproso la enfermedad corporal, sino que le concede una vida nueva, la vida de sanidad, sin enfermedad, y el leproso se lo agradece postrándose ante Él. De manera análoga, por la Confesión sacramental, Nuestro Señor Jesucristo, a través del sacerdote ministerial, no solo quita del alma la fealdad de esa lepra espiritual que es el pecado, sino que le concede la hermosura resplandeciente de la gracia divina, por lo que el cristiano debe tomar conciencia de que su comportamiento debe reflejar la luminosa caridad de la vida nueva de los hijos de Dios, abandonando para siempre la vida de los hijos de las tinieblas. Y así como el leproso del Evangelio, al ser curado por Jesús, le agradece la vida nueva de salud alabándolo y postrándose ante sus pies, así el cristiano católico debe postrarse en adoración y acción de gracias ante Jesús Eucaristía, por la inmensidad infinita del Amor de su Sagrado Corazón.


[1] Lepra o Enfermedad de Hansen, por Dylan Tierney, MD, MPH , Instructor;Associate Physician, Division of Global Health Equity, Harvard Medical School;Brigham and Women's Hospital ; Edward A. Nardell, MD, Professor of Medicine and Global Health and Social Medicine;Associate Physician, Divisions of Global Health Equity and Pulmonary and Critical Care Medicine, Harvard Medical School;Brigham & Women's Hospital; cfr. http://www.msdmanuals.com/es/professional/enfermedades-infecciosas/micobacterias/lepra
[2] Las complicaciones más graves son el resultado de la neuropatía periférica, que afecta el sentido del tacto e imposibilita la percepción del dolor y la temperatura. Los pacientes pueden quemarse, cortarse o sufrir otra lesión sin advertirlo. La lesión recurrente puede culminar con la pérdida de uno o varios dedos. La debilidad muscular puede provocar deformidades (p. ej., deformidad en garra del cuarto y el quinto dedo de la mano debido al compromiso del nervio cubital, descenso del pie como consecuencia del compromiso del nervio peroneo). Las pápulas y los nódulos pueden producir desfiguraciones en la cara. la lesión de la mucosa nasal puede provocar congestión nasal crónica y epistaxis y, si no se trata, puede conducir a la erosión y el colapso del tabique nasal. Cfr. http://www.msdmanuals.com/es/professional/enfermedades-infecciosas/micobacterias/lepra Considerada incurable hasta la década del ’40, en la actualidad se puede curar, aunque en algunos casos el tratamiento debe durar toda la vida. El tratamiento consiste en regímenes polifarmacológicos a largo plazo compuestos por dapsona, rifampicina y, en ocasiones, clofazimina.

jueves, 11 de enero de 2018

“Si quieres, puedes purificarme”



“Si quieres, puedes purificarme” (Mc 1, 40-45). Un leproso, que reconoce a Jesús como al Hombre-Dios, se postra ante Él y le pide algo que solo Dios hecho hombre puede hacer: que lo cure de su lepra. Jesús, en cuyo Sagrado Corazón solo hay amor y compasión para el hombre y sobre todo para el que está atribulado y angustiado, con su omnipotencia divina, cura inmediatamente al leproso. Además de la compasión y misericordia de Jesús, en esta escena evangélica hay un misterio que prefigura y anticipa la prolongación de la misericordia y la compasión de Jesús por medio de su Iglesia. Para saber en qué consiste ese misterio, debemos considerar lo siguiente: la lepra es figura del pecado, pues es al alma lo que la le para al cuerpo; a su vez, la acción de Jesús es figura y anticipo del Sacramento de la Confesión, ya que la gracia santificante que el alma recibe en este sacramento, le quita esa mancha espiritual que es el pecado. Y así como el leproso del Evangelio, al serle quitada la lepra, comienza una nueva vida, una vida de sanidad, sin enfermedad, así también el alma que acude al confesionario y con un corazón contrito confiesa todos sus pecados, al recibir la absolución sacramental por el sacerdote ministerial, no solo le es quitada la mancha de pecado, sino que recibe una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida que es participación a la vida misma de la Trinidad y que por lo tanto no es la vida meramente humana.

“Si quieres, puedes purificarme”. Cada vez que un sacerdote ministerial imparte el Sacramento de la Confesión a un alma, se prolonga, perpetúa y actualiza la misericordia del Sagrado Corazón de Jesús. Y nosotros, al igual que el leproso del Evangelio, que se postró ante Jesús luego de recibir la curación, también debemos postrarnos en acción de gracias ante Jesús Eucaristía, por tanto Amor gratuito e inmerecido recibido de Él.

jueves, 21 de julio de 2016

“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”


“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros” (Mt 13,10-17). ¿Qué es lo que desearon ver? El cumplimiento de las profecías mesiánicas: ver al Mesías, el Salvador, el Redentor; ver sus milagros, sus prodigios, pero sobre todo, ver su Santa Faz, ver sus manos curando, multiplicando panes y peces; ver al Salvador resucitando muertos y expulsando demonios; ver al Mesías anunciar el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la herencia de la vida eterna.
Muchos justos, que conocían las profecías mesiánicas, desearon vivir en los días del Mesías, pero no pudieron, y en eso consiste la dicha de la que gozan los discípulos.
“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. También en nuestros días, Jesús nos dice las mismas palabras: “Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. ¿Qué es lo que vemos? Vemos, con los ojos de la fe, al Redentor, resucitado, glorioso, oculto en el misterio de la Eucaristía; vemos, al Redentor, derramar su Sangre en el cáliz del altar, en la Santa Misa; vemos, al Salvador, derramar su misericordia sobre el alma, cada vez, en el Sacramento de la Penitencia. Vemos, a la Esposa del Cordero, resucitar muertos en el alma, por el pecado mortal, al perdonar los pecados, quitándolos de las almas con la Sangre del Cordero, derramada por medio del Sacramento de la Confesión; vemos, a la Iglesia de Dios, multiplicar no panes y peces, sino la Carne del Cordero de Dios y el Pan Vivo bajado del cielo.
“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. Muchos paganos querrían ver y vivir lo que nosotros vemos por la fe y vivimos en el Amor de Dios, todos los días, y no pueden hacerlo, porque no tienen el don de la fe.

Es por eso que debemos preguntarnos: nosotros, que tenemos el don de la fe, ¿damos gracias a Dios por lo que vemos y recibimos?

jueves, 14 de enero de 2016

“Lo quiero, queda purificado”


“Lo quiero, queda purificado” (Mc 1, 40-45). Jesús cura a un leproso. La escena, real, tiene sin embargo un significado sobrenatural: la lepra es figura del pecado: así como la lepra, provocada por un bacilo, destruye de manera insensible pero progresiva y sin detenimiento, el cuerpo, así el pecado, insensiblemente, destruye la vida del alma, hasta darle muerte final. Al curar al enfermo leproso, Jesús anticipa aquello que hará a nivel espiritual: Él es el Cordero de Dios que, al precio altísimo de su Sangre derramada en la cruz, quitará el pecado del alma del hombre, esa mancha oscura que impregna de malicia y de rebelión contra Dios, a su corazón. Por esto es que, entonces, la curación de la enfermedad corporal –en este caso, la lepra-, no es, de ninguna manera, el objetivo final de la misión de Jesucristo en la tierra y, en consecuencia, tampoco lo es el de la Iglesia. Sin embargo, tampoco es el objetivo final del Verbo de Dios Encarnado, la curación de la enfermedad espiritual, porque si bien Jesús quita aquello que enferma al alma con la desobediencia y la falta de amor a Dios, que es el pecado, y si bien Él es, como lo enseña la Iglesia, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el hecho de quitar el pecado –un don grandioso, maravilloso e inmerecido para el hombre-, con todo, es sólo el prolegómeno de un don de la Misericordia Divina inimaginable e impensable: el don de la filiación divina, que hace vivir al hombre con la vida nueva de los hijos de Dios. Esto también está anticipado en la curación del leproso: así como el leproso, luego de ser curado, comienza a vivir una vida nueva, la vida sin la enfermedad de la lepra, la vida sana, así también, aquel a quien Jesucristo le quita el pecado, comienza a vivir la vida nueva, la vida de la gracia. Todos nosotros estamos representados en el leproso que recibe la curación y la vida nueva, porque a todos nosotros, Jesucristo nos quita el pecado con su Sangre Preciosísima, derramada en la cruz y vertida en el alma por medio del Bautismo sacramental y el Sacramento de la Confesión, y todos nosotros hemos recibido la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Entonces, como el leproso del Evangelio, que “proclamaba a todo el mundo” el don recibido, también nosotros proclamemos al mundo, con el ejemplo de vida, la Divina Misericordia derramada en nuestras almas.

jueves, 17 de septiembre de 2015

“Sus numerosos pecados le han sido perdonados y por eso demuestra más amor”


“Sus numerosos pecados le han sido perdonados y por eso demuestra más amor” (Lc 7, 36-50). Jesús es invitado a comer a casa de un fariseo. Mientras están sentados a la mesa, una mujer pecadora –muchos sostienen que es María Magdalena- ingresa con un frasco de perfume costoso y vierte el perfume en la cabeza de Jesús; luego, postrada ante Él, besa sus pies, derrama abundantes lágrimas de arrepentimiento, de amor y de agradecimiento, lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos. Ante esta escena, el fariseo que ha invitado a Jesús piensa –no dice nada, sino que sólo “piensa” en su interior- que, si Jesús fuera verdaderamente “un profeta”, sabría qué es la mujer que toca sus pies: una pecadora. Jesús, que en cuanto Dios, lee los pensamientos, para responder al interrogante del fariseo, le plantea a Pedro el caso de un prestamista que, teniendo dos deudores, les perdona a ambos la deuda y le pregunta cuál de los dos lo amará más. Pedro responde que “amará más aquél a quien le ha sido perdonada una deuda más grande”. Valiéndose de la respuesta acertada de Pedro, Jesús responde al fariseo -haciéndole ver con su respuesta que Él no es un mero profeta, sino Dios Encarnado, porque sólo Dios puede leer los pensamientos- por intermedio de Pedro: le hace notar a Pedro que él no lo besó, mientras que la mujer besó sus pies; que él no derramó perfume sobre su cabeza, mientras que la mujer sí lo hizo. Lo que hizo la mujer, concluye Jesús, es haber demostrado su amor y puesto que lo ha demostrado así, ha demostrado tener más amor a Jesús que Pedro, aventajando a Pedro en el amor, aun cuando Pedro era el discípulo elegido para ser Papa, además de tener el privilegio de haber sido llamado por Jesús para estar con Él todos los días. Y ha demostrado más amor porque “sus numerosos pecados” le han sido perdonados, que es lo que hace Jesús a continuación, al decirle: “Tus pecados te son perdonados” (con el perdón de los pecados a la mujer, Jesús responde indirectamente al fariseo que había desconfiado de Él, porque así demuestra aún más su condición divina, desde el momento en que sólo Dios puede perdonar los pecados de los hombres).
Ahora bien, en esta escena, sucedida realmente, hay también una representación simbólica de elementos sobrenaturales, incluido el sacramento de la confesión: en la mujer pecadora está representada la humanidad pecadora; el frasco de perfume que porta, es la gracia de la contrición del corazón, que ha recibido en anticipo, antes de recibir el perdón personal y esto representa a toda alma que, habiendo recibido esa gracia, se arrepiente profundamente y acude al sacramento de la confesión; las lágrimas de la mujer expresan exteriormente su arrepentimiento interno, arrepentimiento producido por la gracia santificante; sus besos a los pies de Jesús, expresan su amor por Dios Encarnado y Salvador de los hombres; el perfume con el que unge la cabeza y los pies de Jesús, representa, además de la gracia santificante, la muerte de Jesús y su unción con perfumes en el sepulcro; Jesús que perdona a la mujer arrepentida, es el sacerdote ministerial que, en nombre de Jesús y con su gracia, perdona los pecados del penitente.

Que la Virgen, Medianera de todas las gracias, interceda por nosotros para que, con el corazón estrujado por el dolor de los pecados y lleno de amor hacia Jesús, confesemos nuestros pecados, con tanto dolor y con tanto amor, que seamos capaces de morir antes que volver a pecar, antes que volver a ofender y herir a Jesús, nuestro Dios, nuestro Rey y Señor.

jueves, 13 de agosto de 2015

“Perdona setenta veces siete”


“Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-19, 1). Pedro le pregunta a Jesús “cuántas veces debe perdonar a su prójimo”; llevado por la casuística judía, completa su pregunta diciéndole si debe hacerlo “hasta siete veces”, puesto que el número siete era considerado un número perfecto para los hebreos. De esta manera, Pedro pensaba que así, perdonando hasta siete veces, a la octava vez ya podía aplicar la Ley del Talión, que mandaba la venganza: “Ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, Pedro no ha comprendido todavía el alcance del Amor de Dios, reflejado en las palabras de Jesús: “No te digo que perdones siete veces, sino setenta veces siete”. Con esto, Jesús no solo va más allá de la casuística judía y de la Ley del Talión, sino que reemplaza este sistema casuístico de justicia-venganza, propio de la Antigua Ley, por un nuevo modo de relación entre los hombres: el Amor de Dios, que perdona “siempre”, y es esto lo que Jesús le quiere decir a Pedro cuando le dice que perdone “setenta veces siete”; quiere decirle, en realidad, que perdone “siempre”, porque “siempre” perdona Dios.
Para graficar la enormidad del Amor de Dios, que perdona la deuda imposible de cancelar del pecado, Jesús relata la parábola del rey que perdona al siervo que le debe una fortuna, el cual a su vez, no quiere perdonar a su prójimo, que le debe una insignificancia en comparación con la fortuna que él le debe al rey.
Podemos decir que la parábola es una figura del sacramento de la Penitencia, o Confesión Sacramental: el rey que perdona es Cristo Jesús, desde la cruz, al precio de su Sangre derramada; la deuda del servidor malo, imposible de pagar, representan los pecados personales de cada hombre; el hecho de que deba ser vendido junto a su mujer y a sus hijos y con todas sus posesiones, indica que la deuda es tan grande, que es imposible de saldar, que es lo que sucede con nuestros pecados, si es que queremos ser perdonados sin Jesús o al margen de Jesús; el pedido de perdón, por parte del siervo, es la confesión de los pecados, la cual sin embargo debe realizarse con verdadero propósito de enmienda y, en lo posible, con contrición del corazón, lo cual falta evidentemente en el siervo malo; el perdón del rey y la cancelación de la deuda, representan la cancelación de los pecados que Jesús nos obtiene con su sacrificio en cruz y que se nos transmite por medio del Sacramento de la Confesión.
Hasta aquí, está representado el Sacramento de la Confesión en esta parábola.
Pero en la parábola también está representado el cristiano –el mal cristiano- que se acerca a la Confesión sin el propósito de enmienda y, lo que es más importante, sin dimensionar la magnitud del perdón y del amor divinos recibidos en la Confesión Sacramental.
En efecto: inmediatamente a la representación del Sacramento de la Penitencia, sigue la representación de los cristianos que, habiendo recibido un perdón infinito por parte de Dios, desde la cruz, y habiendo sido cancelada su deuda para con Dios por pura misericordia, es decir, habiendo recibido amor y misericordia sin límites de parte de Dios –el signo y el sello del perdón de Dios es la Sangre Preciosísima de Jesús, derramada en la cruz-, el mal cristiano, olvidando lo recibido en el Sacramento de la Penitencia, en vez de perdonar a su prójimo -con el mismo perdón con el que Cristo lo perdonó desde la cruz y a través del Sacramento de la Penitencia-, que ha cometido para con él una falta –la cual siempre será pequeñísima en relación al perdón recibido de parte de Dios-, guarda sin embargo enojo, rencor, fastidio, contra su prójimo y no lo perdona, volviéndose así falto de misericordia, con lo cual se merece recibir el mismo trato de parte de Dios, según lo dicho por Jesús: “Con la misma vara con la que midáis a los demás, se os medirá a vosotros” (Mt 7, 2).

Esta falta de misericordia es lo que justifica la parte final de la parábola: el mal siervo, inmisericorde, recibe un trato sin misericordia, y es encarcelado a su vez, por haber hecho él lo mismo con su prójimo. Esto significa que, cuando no perdonamos a nuestro prójimo “setenta veces siete”, es decir, “siempre” -y esto significa que si nuestro prójimo nos ofende todos los días, lo debo perdonar todos los días- y con el mismo perdón y amor con el cual Cristo Jesús nos perdonó desde la cruz, entonces tampoco recibiremos misericordia de parte de Dios, porque se la negamos a nuestros hermanos.

viernes, 26 de junio de 2015

“Señor, si quieres, puedes purificarme’. ‘Lo quiero, queda purificado’


Jesús cura a un leproso
(ícono bizantino, Duomo de Monreale, Sicilia)

“Señor, si quieres, puedes purificarme’. ‘Lo quiero, queda purificado’ (Mt 8, 1-4) Un leproso implora a Jesús la curación de su lepra, el mal que lo aflige, y Jesús, compadecido, lo cura con su solo Querer: ‘Lo quiero, queda purificado’. Lo primero a destacar, es el reconocimiento de la divinidad en Jesús, por parte del leproso, debido al trato que le  da, puesto que lo trata de "Señor". Lo segundo, es la enfermedad que aflige al leproso, y que es la causa por la cual acude a Jesús, la lepra. Es verdad que Jesús le cura su enfermedad corporal pero, como en toda la Escritura, además del primer nivel, o nivel histórico y literal, hay un segundo nivel, el sobrenatural, al cual nos remiten las escenas bíblicas, en este caso, la del Evangelio. En este caso, la lepra, además de ser la enfermedad real, provocada por el bacilo en el cuerpo material, es, al mismo tiempo, la figura de una realidad espiritual: la lepra es figura del pecado: así como la lepra, provocada por un bacilo, infecta todo el cuerpo, provocándole lesiones indoloras e irreversibles, así el pecado –sobre todo el pecado mortal- daña al alma, provocándole lesiones que le causan la muerte, ya que la priva de la vida sobrenatural. Y de la misma manera, así como Jesús es el Médico Divino que con su poder cura milagrosamente la lepra, la enfermedad corporal, así también, por su Sangre derramada en la cruz y comunicada por el Sacramento de la Confesión, nos libra de esa lepra espiritual que es el pecado, concediéndonos una vida nueva, la vida de la gracia. Al igual que el leproso del Evangelio, que se postró en adoración y acción de gracias luego de ser curado, también nosotros nos postremos en adoración y acción de gracias ante Jesús sacramentado, por el don de la curación espiritual que recibimos, cada vez, en el Sacramento de la Confesión.

jueves, 16 de enero de 2014

"Hijo, tus pecados te son perdonados"


“Hijo, tus pecados te son perdonados” (Jn 1, 29-34). Jesús le concede al paralítico una doble curación, corporal y espiritual. Corporal, porque cura su parálisis, de manera que puede incorporarse por sus propios medios; espiritual, porque le perdona sus pecados. De esta manera, demuestra doblemente su condición divina, al realizar un milagro de curación física, que solo puede ser hecho con el poder divino, y al perdonar los pecados del paralítico, lo cual es también un atributo exclusivamente divino.
Más allá de la curación real y verdadera de un hombre particular, en un momento determinado de la historia y en un lugar determinado, el episodio del Evangelio es representativo de la acción divina sobre la humanidad, que está a su vez representada en el paralítico. El paralítico representa al hombre caído en el pecado, postrado en el pecado, agobiado por el peso de la culpa, vencido por el peso del pecado, pero que mantiene sin embargo su deseo de Dios, expresado en su fe en Cristo Jesús. El paralítico tiene fe en Jesús, el Mesías de Dios: “Al ver la fe de esos hombres”, dice el Evangelio, es que Jesús se decide a obrar. El paralítico, postrado pero con fe en Jesús, es figura del hombre caído por el pecado, pero que tiene una fe viva en el Mesías Salvador, Cristo Jesús.

A su vez, la doble curación de Jesús, la corporal y la espiritual, pero sobre todo la espiritual, es una prefiguración de la curación que se verifica en el sacramento de la confesión: si bien en el paralítico la curación es doble, corporal y espiritual, en el sacramento de la confesión, es ante todo espiritual y consiste en la remoción del pecado, verdadera causa de parálisis espiritual. Y así como el paralítico, al ser curado corporalmente de la causa que le provocaba la parálisis, se dice en sentido figurado que posee una vida nueva, en el sentido de que ahora puede caminar –Jesús le dice: “Toma tu camilla y vete”-, así también el sacramento de la confesión, al curar la enfermedad espiritual del alma que es el pecado, le concede vida nueva en sentido real y no figurado, pero no simplemente porque el alma puede utilizar ahora las fuerzas naturales que antes estaban embotadas y paralizadas por el pecado, lo cual sucede en verdad –por ejemplo, la curación del pecado de la ira le permite al alma vivir en plenitud su propia mansedumbre natural-, sino porque verdaderamente le concede una vida nueva sobreantural, la vida nueva de la gracia, que es participación en la vida divina del Hombre-Dios Jesucristo –siguiendo con el ejemplo anterior, su mansedumbre no será ya la propia, sino la del Sagrado Corazón-, vida que es verdaderamente nueva y sobrenatural.
“Hijo, tus pecados te son perdonados”. En cada confesión sacramental, se renueva místicamente el Amor del Corazón de Jesús Misericordioso al alma arrepentida que se postra en busca del perdón divino.


martes, 14 de enero de 2014

“Si quieres, puedes purificarme”


“Si quieres, puedes purificarme” (Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca ante Jesús, se postra ante Él, y le suplica ser curado: “Si quieres, puedes purificarme”. La lepra era una enfermedad incurable, y aunque en la actualidad puede ser curada o al menos controlada, no pierde su carácter de temible debido a las secuelas que deja en el cuerpo humano por las lesiones que provoca, pero también por el rechazo social que estas producen. En la Antigüedad, en donde se carecía de los conocimientos científicos necesarios para combatir la enfermedad, la aparición de los primeros síntomas de lepra era indicio de muerte social, puesto que al afectado se lo marginaba inmediatamente, siendo expulsado a las periferias de los centros habitados. Además, el enfermo era consciente de que había contraído una enfermedad que habría de acompañarlo hasta la tumba, puesto que su curación era imposible por medios humanos.
El episodio del Evangelio es importante para la vida espiritual del cristiano puesto que la lepra es, bíblicamente hablando, figura del pecado: así como la lepra afecta al cuerpo, así el pecado afecta al alma, dañándola en mayor o menor medida, de acuerdo a su gravedad, y así como la lepra conduce, en sus estadios finales, a la muerte, así también el pecado mortal provoca la muerte del alma la privarla de la vida de la gracia, y de la misma manera a como la lepra es una enfermedad que para el hombre de la antigüedad era incurable -y a pesar de los avances científicos, lo sigue siendo-, así también el pecado es "incurable" humanamente, en el sentido de que es imposible de ser quitado por las solas fuerzas humanas o creaturales.
Pero si la lepra es figura del pecado, la curación que Jesús realiza sobre el leproso es figura del sacramento de la confesión: en el episodio del Evangelio, Jesús cura al leproso con su poder divino; en la confesión sacramental, Jesús derrama sobre el alma que se confiesa la Sangre que mana de sus heridas abiertas en la Cruz; en ambos casos -en la curación del leproso y en la confesión sacramental-, es su Amor infinito y eterno el que lo mueve a sanar las heridas del cuerpo y del alma del hombre, la creatura a la que Él quiere salvar a toda costa, y en ambos casos, las heridas desaparecen: desaparecen tanto las lesiones insensibles o manchas leprosas que afectan al cuerpo, cuando Jesús cura al leproso del Evangelio, como desaparece también la mancha del pecado confesado, que también es insensible, y que afecta al alma.
 “Si quieres, puedes purificarme. Lo quiero. Queda curado”. En cada confesión sacramental, se renueva místicamente el diálogo entre Dios y el leproso que es curado, entre Jesús Misericordioso y el alma que recibe el perdón divino.