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domingo, 30 de marzo de 2025

“El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo C – 2025)

         “El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (cfr. Lc 15, 11-32). En la parábola del hijo pródigo se revela el verdadero rostro del catolicismo y es la misericordia infinita del corazón de Dios Padre para con la humanidad. Esto conviene aclararlo porque muchos, no solo fuera de la Iglesia Católica, sino aún desde dentro de la Iglesia Católica, tergiversan y traicionan el mensaje evangélico afirmando erróneamente que el catolicismo es algo así como una ONG piadosa, una organización de orden social dedicada a obras benéficas a las que se le agregan artificialmente oraciones y actos de piedad, como es el caso, por ejemplo, del traidor teólogo salvadoreño Jon Sobrino, a quien el Vaticano[1] llamó la atención por sus escritos y su doctrina, precisamente por destacar solamente la naturaleza humana de Jesús, dejando de lado su divinidad. Si esto fuera así, es decir, si Cristo es sólo un hombre, el cristianismo entonces se reduce a una organización fraterna de asistencia social que tiene por objetivo primero y último la reducción de la pobreza material entre los hombres, lo cual es una falsificación absoluta del mensaje evangélico y una contradicción a veinte siglos de magisterio eclesiástico católico. Cristo es Dios y ha venido a salvarnos del Infierno y conducirnos al Cielo y la Iglesia, su Cuerpo Místico, es una prolongación de Cristo, que tiene su misma misión, en el tiempo y en el espacio, hasta el fin del mundo.

Si bien el cristiano está obligado por el amor de Dios a ayudar a su prójimo más necesitado, el cristianismo no tiene como fin último erradicar villas miserias o terminar con la pobreza en el mundo. El cristianismo no es ni hábito cultural ni acción social ni regla moral: es la Persona viva de Dios Padre que abraza a sus hijos por medio de su Hijo en la cruz, con su amor, el Espíritu Santo. El abrazo del padre de la parábola al hijo pródigo simboliza el abrazo con el que Dios Padre envuelve a toda la humanidad, por medio de los brazos abiertos en cruz de su Hijo Jesús, para donar a la Persona de Dios Espíritu Santo a través de la efusión de Sangre del Corazón traspasado de Dios Hijo en la cruz. Creer otra cosa, o peor aún, predicar conscientemente otro credo, es traicionar al Hombre-Dios Jesucristo, tal como lo traicionó el traidor Judas Iscariote.

“El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. El padre de la parábola representa a Dios Padre; el hijo pródigo, que malgasta toda su fortuna en un país extranjero y luego regresa arrepentido, es el hombre que, por el pecado original, malgasta la fortuna de la gracia original con la cual Dios lo había dotado en la Creación y que luego, al recibir la gracia de la conversión, se arrepiente y decide regresar al seno del Padre; los brazos abiertos del padre y el abrazo del padre de la parábola, representan a los brazos abiertos de Dios Padre y al abrazo que Dios Padre ofrece al hombre arrepentido de sus pecados y estos brazos abiertos y este abrazo de Dios Padre son los brazos abiertos de Dios Hijo en la Cruz, ya que Jesús en la Cruz abre los brazos pero no solo para ser clavados por gruesos clavos de hierro, sino para abarcar en ese abrazo a toda la humanidad, de modo que los brazos abiertos de Cristo en la cruz son los brazos abiertos de Dios Padre que abraza a toda la humanidad. Y este abrazo de Cristo en la cruz, que es el abrazo del Padre, Dios Padre y Dios Hijo donan el Espíritu de Amor al hombre arrepentido, no sólo perdonando los pecados, sino concediendo la filiación divina, adoptando a toda la humanidad como hija de Dios Padre en el Espíritu del Hijo.

        Ahora bien, esta parábola relatada por Nuestro Señor Jesucristo, reveladora de realidades celestiales y sobrenaturales, se actualiza en cada Santa Misa porque es una prefiguración del Santo Sacrificio del Altar, sacrificio del Cordero ofrecido por Dios Padre para derramar a Dios Espíritu Santo en las almas de los hijos pródigos, los bautizados en la Iglesia Católica. Por esto, podemos decir que en cada Santa Misa la parábola del hijo pródigo se hace realidad, cobra vida: Dios Padre recibe en su Casa, la Iglesia, a sus hijos pródigos, los bautizados, y para expresar su alegría y su gran contento por la presencia de sus hijos y su amor misericordioso por ellos, prepara un banquete celestial, una comida sobrenatural y la sirve en la mesa celestial: para expresar su alegría por nuestra presencia, Dios Padre nos convida con lo mejor que tiene, con un banquete preparado en el Reino de los cielos y servido en el Altar Eucarístico, en la tierra: el Cordero asado en el fuego del Espíritu, el Pan de Vida divina, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

         Como muestra de su misericordia infinita para con sus hijos adoptivos, de su perdón misericordioso, de su alegría y de su amor misericordioso, Dios Padre dona a su Hijo resucitado en la Eucaristía para acudir al encuentro de sus hijos pródigos en cada comunión eucarística, para abrazarlos y cubrirlos con el amor de su corazón divino, el Espíritu Santo.



[1] Cfr. Diario Corriere della sera, edición digital www.corriere.it, artículo “Altolá al teologo Sobrino”, del 14 de marzo de 2007.

miércoles, 4 de octubre de 2023

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”


 

(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2023)

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña” (Mt 21, 33-43). Jesús relata a sus discípulos lo que se conoce como “parábola de los viñadores asesinos”. A simple vista, con un análisis superficial, podría tratarse de un simple caso de tintes policiales: un grupo de labradores arrenda una viña con el propósito aparente de quedarse con el fruto del trabajo, pero llegado el momento en el que los arrendatarios deben pagar al dueño de la viña lo que le corresponde, no solo no lo hacen, es decir, no pagan nada, sino que su actitud para con los enviados del dueño se va haciendo cada vez más violenta, hasta incluso llegar a matar al mismo hijo del dueño, enviado por este, pensando que por ser su hijo, lo iban a respetar. Jesús finaliza la parábola con una enseñanza: la viña será dada a otros arrendatarios, quienes sí la harán rendir con frutos.

La parábola se entiende cuando los elementos naturales se reemplazan por los sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es primero la sinagoga y luego la iglesia Católica; los enviados del dueño de la vid, son los diversos profetas, justos y hombres santos, enviados por Dios para preparar al Pueblo Elegido para que se conviertan y así se preparen para la Primera Venida del Mesías, Cristo Jesús, Aquel que habría de nacer “de una Virgen”, según los profetas; los arrendatarios primeros, los que no quieren pagar la renta y golpean a los enviados del dueño, hasta llegar a cometer el homicidio contra el hijo del dueño de la viña, es decir, los arrendatarios homicidas, son el Pueblo Elegido, los judíos, quienes apedrean primero a los profetas de Dios enviados a ellos, cuando los profetas les predican la necesidad de la conversión del corazón y el dejar de cometer maldades y de adorar a ídolos falsos; los arrendatarios segundos, es decir, el segundo grupo de arrendatarios, que respetarán al dueño de la vid y le hará dar los frutos que corresponde, porque trabajarán en la viña, son los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, que de hecho vienen a ocupar el puesto de los primeros arrendatarios, los que no quisieron ni devolver la viña, ni tampoco reconocer al hijo del dueño, llegando incluso a asesinarlo; el hijo del dueño de la vid es el Hijo de Dios, engendrado, no creado, por Quien todo fue hecho, es el Verbo del Padre que procede eternamente del seno del Padre, es la Sabiduría del Padre, en Quien el Padre tiene todas sus complacencias, es el Salvador de la Humanidad, el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, que se encarna por obra del Espíritu Santo para así cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección, que continúa y prolonga su Encarnación en la Sagrada Eucaristía; la muerte del hijo del dueño es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús, Quien así cumple su misterio pascual, al resucitar al tercer día, para llevar Consigo al Cielo a todos aquellos que lo sigan por el Camino Real de la Cruz; los frutos de la viña, ya sea la de los primeros arrendatarios, como los de los últimos arrendatarios, que sí harán trabajar a la viña, son frutos de santidad, son los racimos de la vid que, unidos a la Vid Verdadera que es Cristo, recibirán de Él la savia vivificante, la vida de la gracia, que hace vivir al alma con la vida de la Santísima Trinidad.

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”. No debemos pensar que nosotros, por el hecho de estar bautizados en la Iglesia Católica, nos merecemos por este solo hecho la aprobación del Dueño de la Viña, que es Dios Padre, Dueño de la Iglesia Católica: si no damos frutos de santidad, es decir, de mansedumbre, de humildad, de pobreza evangélica, de caridad al prójimo, de amor sobrenatural a Dios Hijo Presente en Persona en la Eucaristía, recibiremos el mismo trato que recibieron los arrendatarios homicidas: seremos echados fuera del Reino de Dios y nuestro lugar será ocupado por quien sí desee ser santo y perfecto, como Santo y Perfecto es Dios Uno y Trino. Trabajemos en la Viña del Señor, para dar frutos de santidad en esta vida y así ganar el Reino de los cielos en la vida eterna.

 

lunes, 31 de julio de 2023

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”

 


“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con la actividad de los pescadores: luego de echar las redes, las depositan en el suelo y separan a los peces buenos -los que están sanos y en buena condición y sirven por lo tanto para la alimentación como para ser vendidos-, de los peces que están en mal estado -sea porque están en proceso de putrefacción o porque están enfermos, en ambos casos no sirven ni para alimentación ni para la venta, por lo que solo sirven para ser arrojados-. El mismo Jesús explica la parábola: los pescadores son los ángeles buenos, los ángeles que están al servicio de Dios y a una orden suya, en el momento solo conocido por Dios Padre, cuando finalice el último segundo del último día de la historia humana, dará comienzo el Juicio Final, en el que toda la humanidad será juzgada por la Trinidad y cada uno recibirá su paga, el Cielo o el Infierno, según sus obras libremente realizadas. Los ángeles buenos, encabezados por San Miguel Arcángel, separarán a las almas buenas de las malas; a las buenas, para que ingresen en el Reino de Dios; a las malas, para que ingresen en el Reino de las tinieblas. Los peces representan a los hombres y así como hay peces buenos, que están en buen estado, así hay hombres de buena voluntad que, a pesar de sus defectos y pecados, desean servir a Dios e ingresar en su Reino y para eso se esfuerzan en vivir en gracia y en adquirir virtudes, combatiendo el pecado y los vicios; los peces que están en mal estado, en putrefacción o enfermos, representan a las almas que, por propia voluntad, decidieron permanecer impenitentes, sin arrepentirse de sus pecados, sin combatir contra sus vicios, por lo cual serán arrojados al lago de fuego, el lugar donde no hay redención.

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”. En nuestro libre albedrío está el servir a Dios, amándolo y adorándolo en su Presencia Eucarística y socorriendo y asistiendo a nuestros prójimos, imágenes de Él en la tierra. Si esto hacemos, salvaremos nuestras almas y al final de la historia humana, en el Día del Juicio Final, seremos contados entre los bienaventurados que se alegrarán en el Reino de los cielos por toda la eternidad.

martes, 15 de marzo de 2022

“Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo B - 2022)

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 1-3. 11-32).  En la parábola del hijo pródigo, cada elemento de la parábola hace referencia a un misterio sobrenatural. Así, el padre de la parábola es Dios Padre; el hijo pródigo es el cristiano que, habiendo sido creado por Dios, fue adoptado como hijo por Dios Padre al recibir la gracia de la filiación divina en el Bautismo; la herencia o riqueza malgastada del hijo pródigo es la gracia santificante, que se pierde por causa del pecado; la situación de carestía en la que se encuentra el hijo pródigo luego de malgastar su fortuna, la gracia, es el estado en el que queda el alma luego de cometido el pecado, puesto que queda desolada en la profundidad de su ser, al perder la unión vital con Dios que le concedía la gracia; el deseo que el hijo pródigo experimenta, en ese estado de desolación, de regresar a la casa del padre, es la gracia de la conversión perfecta del corazón, la contrición, es decir, es cuando el alma experimenta un profundo dolor interior, de orden espiritual, al tomar conciencia de su malicia al obrar contra su Padre, Dios; el regreso a la casa del padre y el abrazo y beso con que éste lo recibe, representan al Amor de Dios, que se derrama por medio de la Sangre de Cristo en cada Confesión sacramental, concediendo el perdón de los pecados y el don de la Divina Misericordia trinitaria, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, sino que se convierta y salve su alma; la fiesta que organiza el padre, con comida exquisita y buena música, representan la alegría del Cielo y sus habitantes -participación de la Alegría de Dios, que es Alegría Infinita- cuando se produce la conversión de un pecador en la tierra, porque ese pecador arrepentido ha dejado de lado el camino que lo llevaba a la eterna perdición y ha elegido el camino de la eterna salvación, el seguimiento de Cristo por el Camino Real de la Cruz; los elementos con los cuales el padre de la parábola adorna a su hijo, revelan que el padre trata a su hijo pródigo, no como a un siervo, sino como a un verdadero hijo, porque son todos signos que revelan filiación: el anillo, la vestimenta, las sandalias, porque nada de esto usan los siervos, sino solo aquel que es hijo verdaderamente. Finalmente, todo esto demuestra, por un lado, la insensatez del pecado –sobre todo, el pecado mortal-, que hace perder al cristiano la unión vital con la Trinidad; por otro lado, demuestra el inmenso Amor que el Padre tiene por sus hijos adoptivos, nosotros, los bautizados católicos, porque en el hijo pródigo estamos representados aquellos que hemos sido adoptados como hijos por Dios, hemos pecado y luego hemos recibido el Sacramento de la Penitencia.

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. El amor y la misericordia del padre de la parábola para con su hijo pródigo se hacen realidad ontológica, celestial y sobrenatural en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía: por el Sacramento de la Penitencia, Dios Padre derrama sobre nosotros la Sangre de su Hijo amado, Jesucristo y limpia nuestros pecados y nos devuelve la gracia santificante, colmándonos con su Amor; por el Sacramento de la Eucaristía, Dios Padre nos alimenta con un alimento exquisito, la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, de manera que cada vez que nos alimentamos con el Pan del Altar, nuestras almas y corazones se ven inundados con el Amor Misericordioso del Padre, Cristo Jesús.     

domingo, 28 de marzo de 2021

Viernes Santo

 



(Ciclo B – 2021)

         El Viernes Santo es un día de luto para la Iglesia Católica, porque muere en la Cruz Aquel que es su Roca basal, su fundamento, su razón de ser y existir: Cristo Jesús, el Hombre-Dios. Sin Jesucristo, la Iglesia no tiene razón de existir; sin Jesucristo, el sacerdocio ministerial pierde todo su poder y todo su significado; sin Jesucristo, no hay sacramentos y por lo tanto no hay gracia santificante para los hombres. La postración del sacerdote ministerial ante el altar, en el inicio de la celebración litúrgica del Viernes Santo, simboliza la muerte simbólica del sacerdocio ministerial, al morir en la Cruz el Sacerdote Sumo y Eterno, Jesucristo: sin el Sumo y Eterno Sacerdote, el sacerdocio ministerial carece de poder, de sentido y de significado.

El Evangelio narra que luego de agonizar durante tres horas en medio de dolores indescriptibles, inimaginables, inenarrables, desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde, Jesucristo, dando un fuerte grito, expira y entrega su espíritu al Padre. Si se observa esta escena solo con la razón humana, sin el auxilio de la fe, su muerte parece ser la mayor derrota de Dios Padre, del Espíritu Santo y del Hombre-Dios Jesucristo: con su muerte en cruz, todo parece perdido, todo parece terminado. Parece la derrota de Dios Padre, porque la Encarnación del Verbo tenía el objetivo preciso de salvar a la humanidad y ahora el Verbo Encarnado aparece crucificado sobre la Cruz del Calvario, sin vida, derrotado, rodeado de enemigos; parece la derrota de Dios Espíritu Santo, el Divino Amor, porque como consecuencia de la Encarnación del Verbo de Dios, Éste habría de infundir su Espíritu Santo sobre los hombres, para convertir los corazones de piedra de los hombres en corazones de carne, llenos del Divino Amor y ahora, que está muerto Jesús, esa efusión del Espíritu Santo parece imposible, con lo que el odio humano y satánico parece haber prevalecido por sobre el Amor de Dios; parece la derrota de Dios Hijo, porque sus enemigos, por medio de mentiras y calumnias de todo tipo, lograron apresarlo, enjuiciarlo inicuamente y condenarlo a muerte y lograron también darle muerte de cruz y por eso ahora más que nunca, en el Calvario, parece que Jesucristo ha fracasado en su empresa de salvar a los hombres, porque Él mismo está muerto, rodeado de enemigos y asistido solo por su Madre, la Virgen de los Dolores.

Sin embargo, la derrota de Dios Uno y Trino es sólo aparente y en realidad, puesto que la luz de la fe nos dice algo distinto: la muerte de Cristo en la cruz representa el más rotundo e impresionante y definitivo triunfo por sobre todos los enemigos de Dios Trino y de los hombres. La muerte de Cristo en la cruz es el triunfo magnífico de Dios Padre, porque su plan de salvación se concreta con el derramamiento de Sangre de su Hijo, el Cordero de Dios, Sangre que cayendo sobre las almas de los hombres les quitará el pecado y les concederá la gracia santificante y los convertirá en hijos adoptivos de Dios Padre; la muerte de Cristo en la cruz es el triunfo más rotundo de Dios Espíritu Santo, el Amor de Dios, que es efundido sobre las almas y el mundo entero por medio de la Sangre del Cordero, a través de sus heridas abiertas y por medio de la herida de su Costado traspasado y así el Amor y la Misericordia Divina se derraman como un océano infinito de amor divino que inunda a las almas y al mundo entero, haciendo desaparecer para siempre el odio de los corazones humanos y llenándolos del Amor de Dios; la muerte de Cristo en la cruz representa el triunfo más grandioso del Hombre-Dios Jesucristo, porque aunque aparece rodeado de enemigos, su muerte constituye la derrota definitiva, para siempre, de los tres grandes enemigos de la humanidad: el Demonio, el Pecado y la Muerte y así Jesús, que parece derrotado en la cruz, es en realidad el Vencedor Invicto y Eterno sobre los enemigos de Dios y los hombres.

El Viernes Santo es día de luto para la Iglesia Católica, porque muere en la cruz el Hombre-Dios Jesucristo, su fundamento, su razón de ser y existir, pero es también un día de esperanza, porque es el día en el que las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, que parecen haber triunfado en apariencia, en verdad han sido derrotadas para siempre; es un día de esperanza porque el Hombre-Dios ha derrotado para siempre a la Muerte y al Pecado y con su Sangre Preciosísima nos ha abierto las Puertas del Reino de los cielos.

sábado, 20 de febrero de 2021

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá”


 

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá” (Mt 7, 7-12). Jesús no solo nos enseña a llamar a Dios “Padre” –puesto que somos verdaderamente sus hijos adoptivos por la gracia santificante del Bautismo-, sino que nos invita a que tengamos con él una relación verdaderamente filial, en la que pidamos lo que necesitemos para nuestra eterna salvación; en la que busquemos el Camino para llegar a Él y en el que toquemos la Puerta que nos conduce a su seno paterno: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abre”.

Para hacernos ver que nuestra relación con Él, con Dios Padre, debe ser como la de un hijo con su padre, nos da un ejemplo de relación paterna y filial, tal como se da entre humanos: “¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide pan? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?”. Con esto nos da a entender dos cosas: por un lado, que debemos tratar a Dios como verdadero Padre amoroso, como lo es, puesto que somos sus hijos por la gracia; por otro lado, nos enseña que, si entre los hombres, un padre –aun teniendo el pecado original en él y por lo tanto estando inclinado al mal- no dará a su hijo nada malo, mucho más el Padre de los cielos, que es la Bondad Increada y el Amor Misericordioso en Sí mismos, no dejará de darnos todo lo bueno que necesitemos para nuestra eterna salvación: “Si ustedes, a pesar de ser malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con cuánta mayor razón el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan”.

Pero todavía hay algo más: en otro pasaje del Evangelio, Jesús nos dice que el Padre no sólo dará “cosas buenas” a quienes se lo pidan, sino que dará su mismo Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo: “Dios Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”. Entonces, Jesús nos enseña a pedir cosas buenas, a pedir con amor filial y nos enseña a pedir al mismo Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Pedimos muchas cosas a Dios, pero nunca pedimos al Espíritu Santo, el Espíritu de Amor Divino que el Padre nos da, aun antes de que se lo pidamos, en cada Eucaristía.

domingo, 6 de septiembre de 2020

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores”

 


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A – 2020)

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores” (Mt 18, 21-35). Con la parábola del rey que perdona la enorme deuda de su súbdito, Jesús quiere hacernos comprender cuán grande es la misericordia de Dios para con nosotros y, en consecuencia, cómo nosotros, a imitación de la Misericordia Divina, tenemos que ser misericordiosos para con nuestros prójimos. La parábola se entiende mejor cuando hacemos un reemplazo de los elementos naturales por elementos sobrenaturales. Así, el rey que perdona la enorme deuda de su súbdito es Dios Padre; el súbdito es un bautizado; la deuda, de gran cantidad, es el pecado en el alma, pecado por el cual somos deudores de Dios; el perdón del rey al súbdito es el perdón divino que Dios nos concede a través de la muerte de Cristo en la cruz; el súbdito que es perdonado, pero que a su vez no perdona a un prójimo suyo que le debe una suma insignificante de dinero, somos nosotros cuando, después de habernos confesado y de haber recibido el perdón de Dios, nos negamos a su vez el perdonar a nuestro prójimo, guardando hacia el prójimo enojo o rencor y exigiendo que nos pida perdón. No es indiferente para Dios nuestra actitud de perdón o de no perdón hacia nuestro prójimo: cuando no perdonamos, somos como el súbdito al cual el rey, indignado por su falta de perdón, lo hace encarcelar y le exige ahora sí que le pague lo que le debe: es la figura de nuestra alma ante la Justicia Divina cuando, luego de ser perdonados por Dios en la Confesión, nos negamos a perdonar a nuestros hermanos: Dios queda molesto, por así decirlo, con nuestra actitud y exige, por su Justicia, que recibamos el castigo merecido por nuestra falta de perdón. Lo que Dios quiere de nosotros es que seamos misericordiosos e indulgentes para con nuestro prójimo que comete alguna falta contra nosotros, porque Él ha sido primero infinitamente misericordioso e indulgente, al enviar a su Hijo Dios a morir en la cruz para perdonarnos nuestros pecados. Cuando hacemos esto, es decir, cuando perdonamos, imitamos a Cristo que desde la cruz nos perdonó y además nos hacemos partícipes de su perdón divino, por lo que nos volvemos corredentores con Él: es esto lo que Dios quiere de nosotros y no el rencor, el enojo, la venganza y la falta de perdón.

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores”. Si nuestro prójimo nos hiere o comete cualquier clase de falta contra nosotros, debemos hacer lo que hizo Cristo con nosotros: perdonar, hasta la muerte de cruz y amar a nuestro prójimo que nos daña, con el mismo amor con el que Jesús nos amó y perdonó, es decir, con el Amor del Espíritu Santo. Sólo así seremos hijos amados de Dios y gratos a sus ojos y a su corazón.

 

viernes, 3 de julio de 2020

“El sembrador salió a sembrar”




(Domingo XV - TO - Ciclo A – 2020)


           “El sembrador salió a sembrar” (Mt 13, 1-23). Para comprender la parábola del sembrador, hay que reemplazar los elementos humanos y terrenos por elementos divinos y celestiales. Así, el sembrador es Dios Padre; la semilla es la Palabra de Dios encarnada, su Hijo Jesucristo; los distintos tipos de terrenos en los que caen las semillas, son los distintos tipos de corazones humanos; la tierra en la que siembra el sembrador es el mundo y la historia humana; los pájaros que comen las semillas al borde del camino son los demonios o ángeles caídos, que arrebatan la Palabra de Dios del corazón humano, para reemplazarla por cosas del mundo.
El resto de la parábola está explicado por el mismo Jesús: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino”. Este es aquel que lee la Palabra de Dios, pero como para su comprensión se necesitan, además de esfuerzo y dedicación, la luz de la gracia del Espíritu Santo, porque el significado de la Palabra de Dios es sobrenatural, esta clase de almas no pide la luz de Dios para interpretar lo que lee y así el Maligno le arrebata la Palabra de Dios y ésta es reemplazada por doctrinas meramente humanas.
Continúa Jesús: “El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe”. Esta clase de almas reciben la luz del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios, la comprende y esto lo llena de alegría, pero para tener dentro de sí a la Palabra de Dios, es necesaria la constancia en su lectura y en su comprensión: en este caso, la falta de constancia en su lectura hace que ante una tribulación, la abandone a la Palabra de Dios y se desvíe por oscuros caminos.
Prosigue también Jesús: “El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto”. Esta clase de almas escuchan la Palabra de Dios, recibe a Jesús y a sus mandamientos, pero ante las falsas seducciones del mundo, se deja atrapar por estas y abandona a Jesús, inclinándose por el mundo y sus vanos atractivos.
Por último, Jesús revela en quién da frutos la semilla de la Palabra de Dios: “El que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.
El hombre que produce fruto es aquel que escucha la Palabra de Dios, la entiende gracias a la luz del Espíritu Santo, no se deja amedrentar por las persecuciones, no se desalienta ante las tribulaciones y la pone en práctica, amando a Jesús y cumpliendo sus mandamientos, que están comprendidos en las obras de misericordia corporales y espirituales.
“El sembrador salió a sembrar”. El Sembrador, que es Dios Padre, siembra la semilla de su Palabra, el Hijo de Dios encarnado, también en nuestros corazones. Esta Palabra es sembrada de dos formas: por la lectura de la Palabra de Dios, esto es, la Sagrada Escritura, y por la Comunión Sacramental, porque la Eucaristía es la Palabra de Dios, Cristo Jesús, encarnada primero en el seno de María y luego en el seno de la Iglesia, el altar eucarístico. Por esta razón, la parábola nos sirve para comparar nuestros corazones con los corazones de los hombres de la parábola y así saber qué clase de terreno es nuestro corazón. Si encontramos que nuestro corazón es como la semilla al borde del camino, o como el terreno pedregoso, o como la tierra rodeada de espinas, sepamos que lo que convierte a nuestro corazón en terreno fértil, no es nuestra voluntad ni nuestras fuerzas humanas, sino la gracia de Dios. Vivamos en gracia de Dios y así nuestro corazón será como el terreno fértil de la parábola, que al escuchar la Palabra de Dios y al recibirla en la Comunión Eucarística, da frutos al cien, al sesenta, o al treinta por uno.

sábado, 30 de mayo de 2020

“Un hombre plantó una viña”




“Un hombre plantó una viña” (Mc 12, 1-12). Jesús relata la parábola de los viñadores homicidas. Para comprenderla en su sentido celestial, debemos reemplazar los elementos naturales por elementos sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; su hijo es Jesús, Hijo de Dios; la viña es la Iglesia Católica; los viñadores homicidas son los fariseos y los escribas; los enviados por el dueño para intentar cobrar el arriendo y que luego son apaleados e incluso otros asesinados, son los profetas; la muerte del hijo del dueño de la viña es la Pasión y Muerte de Jesús en la Cruz; los nuevos arrendatarios de la viña, a los que les será dada la viña luego de quitársela a los actuales, son los bautizados en la Iglesia Católica. Es de esta manera que se comprende el sentido sobrenatural de la parábola: hace referencia al misterio pascual de Jesucristo por un lado y por otro, profetiza que quienes estarán detrás de la muerte de Jesús serán los fariseos y los escribas. Estos últimos, que son muy sagaces y astutos, se dan cuenta inmediatamente, al escuchar la parábola, que Jesús los está tratando a ellos de usurpadores de la viña y de asesinos de su Divina Persona y por eso es que comienzan a tramar un plan para matarlo.
“Un hombre plantó una viña”. No debemos pensar que los únicos viñadores homicidas son los fariseos y los escribas: cada vez que alguien comete un pecado, se convierte al mismo tiempo, más que en homicida, en deicida, porque Jesús, el Hombre-Dios, murió en la Cruz por nuestros pecados personales, por todos los pecados cometidos por todos los hombres de todos los tiempos, desde Adán hasta el último hombre que será concebido en el Último Día. Procuremos por lo tanto evitar el pecado y vivir en gracia, de manera que no solo no seamos deicidas, sino administradores fieles de la Viña de Dios, la Iglesia Católica, para recibir como premio, al fin de nuestra vida terrena el Reino de los cielos.


jueves, 14 de mayo de 2020

“Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros”


Yo Influyo News - Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo

(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2020)


          “Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros” (Jn 14, 15-21). Jesús no sólo revela la naturaleza e identidad de Dios como Uno y Trino -lo cual es una profundización en la auto-revelación de Dios que había comenzado con los hebreos, manifestándose como Dios Uno, por encima de los dioses paganos-, sino que va más allá: en el diálogo con los discípulos, que es el diálogo con su Iglesia y por lo tanto con todos y cada uno de nosotros, Jesús nos invita a una comunión con la Trinidad. Es decir, Jesús no sólo revela que Dios es Uno y Trino, que Él está en el Padre y el Padre en Él y que ambos espiran al Espíritu Santo, sino que además nos invita a entablar una verdadera comunión de vida y amor con la Trinidad. Esto lo dice Jesús cuando afirma que Él irá al Padre y con el Padre enviará al “Espíritu de la Verdad”, Aquel al que el mundo no lo conoce -no lo conoce porque el mundo se rige y está gobernado por el Príncipe de la mentira, el Ángel caído- y que cuando venga, “hará morada” en los corazones de los discípulos, completando así la Tríada de las Divinas Personas en los corazones de los discípulos que amen a Jesús.
          En el diálogo de Jesús con los discípulos, entonces, no sólo Jesús revela la identidad y la naturaleza de Dios como Uno y Trino, sino que además nos invita a una comunión real de vida y amor con ese Dios Trino y esto por medio del envío de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo.
          Ahora bien, ¿dónde se concreta este encuentro de vida y amor con la Trinidad? ¿En dónde y de qué manera el encuentro con Dios Trino al que nos invita Jesús deja de ser un anuncio para ser una realidad? Se da en dos momentos: por un lado, esta comunión con la Trinidad se da cuando el alma cumple los mandamientos de Jesús, porque es entonces cuando Jesús está en el alma y como Él está en el Padre y el Padre en Él, están las dos Personas de la Trinidad y la Tercera, el Espíritu Santo, viene al alma cuando el alma, por Amor y guiada por el Amor, cumple los mandamientos de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
          Por otro lado, la Comunión con la Trinidad se da en la Comunión Eucarística, porque por la Comunión nos unimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en donde inhabita el Espíritu Santo, el cual nos lleva al seno del Padre, estando aun todavía nosotros en esta vida terrena y temporal.
          “Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros”. Obremos la misericordia y comulguemos en gracia y así el Padre estará en nosotros, junto con Jesús y el Espíritu Santo; así viviremos una vida de comunión y amor con la Trinidad en esta vida terrena, como anticipo de la comunión en el Amor con las Personas de la Trinidad en la Vida eterna.

martes, 12 de mayo de 2020

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos”


Archivo:Christ the True Vine icon (Athens, 16th century).jpg ...

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús describe tres cosas: quién es Él, quién es su Padre y quiénes somos nosotros. Para ello, utiliza la imagen de la vid, del labrador y de los sarmientos y aplica estas imágenes a Él, al Padre y a nosotros. Él es la Vid verdadera, porque así como de la vid terrena se extrae el vino luego de la vendimia, así de Él, Vid verdadera, se extrae el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, luego de la vendimia sobrenatural que es la Pasión. Ahora bien, como toda vid, posee un labrador que la trabaja y ése labrador, en el caso de Jesús Vid Verdadera, es Dios Padre. ¿Y qué hace Dios Padre? Así como el labrador terreno poda los sarmientos vivos para que éstos crezcan más sanos y fuertes, recibiendo más savia de la vid por medio de su unión con esta, así el Padre poda, con las tribulaciones, las pruebas y la Cruz de cada día, las almas que por la gracia están unidas a Cristo, para que la savia vivificante de la gracia santificante circule en ellas todavía con más vigor y fuerza y así los haga crecer cada vez más en grados de santidad. Pero también hace otra cosa el Labrado Eterno que es el Padre: así como el labrador terreno corta, deshecha y arroja al fuego a aquellos sarmientos que están secos, es decir, aquellos sarmientos por los que ya no circula la savia de la vid, así Dios Padre poda, o más bien, quita del alma, al ver que sus esfuerzos son infructuosos, las gracias, sobre todo la gracia de la conversión final y así el alma, al morir, privada de la gracia santificante, no ve otro destino que el que ella eligió por sí misma en esta vida y es el fuego eterno, el Infierno. Es decir, Dios concede la gracia de la conversión continua y constantemente, pero llega un momento en que, ante la obstinación del alma, deja de hacerlo, abandonando al alma a su propia libertad, a su libre arbitrio y el alma así separada de la Vid Verdadera por propia voluntad, nada puede hacer para evitar la eterna condena, según las palabras del propio Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer”.
“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos”. No debemos pensar que porque hemos sido bautizados y de vez en cuando acudimos a los sacramentos o hacemos alguna oración distraída y desganada, tenemos ya el Cielo asegurado: si no obramos libremente, en el sentido de querer afianzar, conservar y acrecentar el flujo de savia vivificante que nos viene de la Vid Verdadera, Cristo, por medio de la oración, la recepción frecuente de los sacramentos y las prácticas de las buenas obras, se debilitará cada vez más en nosotros el flujo vital de la gracia hasta desaparecer y así el Labrador Eterno, Dios Padre, no hará otra cosa que lo que nosotros hicimos por cuenta propia y es el separarnos de la Vid Verdadera, Cristo Jesús. Por lo tanto, si queremos habitar en el Reino de los cielos al fin de nuestra vida terrena, obremos de manera tal que el flujo de gracia santificante que proviene de la Vid Verdadera, Cristo Jesús, sea cada vez y cada día más y más abundante. Así Cristo, Vid Verdadera, será para nosotros la Vida Eterna del alma.

domingo, 15 de marzo de 2020

“Perdona a tu prójimo setenta veces siete”




“Perdona a tu prójimo setenta veces siete” (cfr. Mt 18, 21-35). Pedro le pregunta a Jesús acerca de la cantidad de veces que debe perdonar al prójimo. Pedro pensaba que perdonar siete veces era lo correcto, por lo que, a la octava ofensa, ya se podía aplicar la ley del Talión, “ojo por ojo y diente por diente”. Para los judíos, el número siete indicaba la perfección, de ahí que Pedro considerara que debía perdonar hasta siete veces las ofensas sufridas por el prójimo, con lo cual quedaba libre para actuar a partir de ese número. Sin embargo, Jesús lo corrige y le dice que no sólo debe perdonar siete veces, sino “setenta veces siete”, lo cual quiere decir “siempre”. Es decir, mientras Pedro considera que sólo hay que perdonar hasta siete veces, Jesús responde enseñando que se debe perdonar al prójimo que nos ofende, no siete veces, sino “setenta veces siete”, es decir, siempre: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
¿Cuál es la razón por la que el cristiano debe perdonar “siempre” y no sólo hasta siete veces? La razón es que, al perdonar “siempre” al prójimo que lo ofende –al prójimo que es enemigo-, el cristiano imita y participa del perdón que Dios da, en Cristo, a la humanidad. Es decir, desde la Cruz, Dios Padre nos perdona con el sacrificio de su Hijo y no una, sino incontables veces; cada vez que pecamos –y sobre todo con el pecado mortal- volvemos a crucificar a Cristo y volvemos a cometer deicidio, pero Dios Padre, en vez de fulminarnos con un rayo de su Justicia Divina, derrama sobre nosotros la Divina Misericordia por medio de la Sangre del Corazón traspasado en la Cruz. Y esto, una y otra vez, siempre y cuando exista un verdadero y sincero arrepentimiento. En otras palabras, Dios Padre nos perdona en Cristo “siempre”, no únicamente siete veces, sino siempre y es por esta razón que, como cristianos, debemos perdonar siempre, porque así no sólo imitamos a Cristo en su perdón, sino que también participamos de este mismo perdón.
“Perdona a tu prójimo setenta veces siete”. El cristiano, para ser verdaderamente cristiano, debe imitar a Cristo y participar de su Pasión: el perdón ofrecido “siempre” al prójimo que nos causa un daño es una magnífica oportunidad que nos concede el Padre para que imitemos a su Hijo y participemos de su Pasión.

miércoles, 29 de enero de 2020

La semilla da frutos de santidad cuando el alma está en gracia



          “El sembrador salió a sembrar” (Mc 4, 1-20). Jesús narra la parábola del sembrador que siembra y las semillas tienen diversos destinos, siendo así que sólo unas cuantas dan fruto, mientras que las demás no. Él mismo explica la parábola y para entenderla, es necesario comprender que los distintos tipos de terrenos en donde caen las semillas, son los corazones humanos, siendo el corazón humano en gracia el único en el que las semillas dan fruto. Los distintos tipos de suelos son distintos tipos de corazones; así, por ejemplo: el terreno al borde del camino es quien escucha la palabra, pero conoce el culto a Satanás y decide darle culto a él, sea directamente o a través de ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Santa Muerte o la Difunta Correa; el terreno pedregoso son los que escuchan la Palabra, la comprenden, se alegran por ella y su mensaje, pero ante una dificultad o incluso ante la persecución que sobreviene por la Palabra, la dejan de lado, porque no permiten, con su actitud, que la Palabra eche raíces en ellos. Las zarzas, con sus espinas, son los corazones que escuchan la Palabra pero se dejan seducir por las riquezas del mundo y sus vanidades y es por esto que la Palabra no da frutos en ellas. Por último, el terreno fértil, es el alma en gracia que recibe la Palabra, que no se deja tentar por Satanás, que no abandonan la Palabra ni por las preocupaciones ni por las tribulaciones y tampoco la abandonan por las seducciones y riquezas del mundo, y es así como dan frutos de santidad, el ciento por uno.
          “El sembrador salió a sembrar”. Dios Padre es el sembrador, que siembra la semilla de la Palabra, su Hijo Jesús, en nuestros corazones, todos los días. A diferencia del terreno, que en sí mismo no puede cambiar, nuestro corazón puede, si lo quiere, alojar en sí la gracia y así hacer que la Palabra dé el ciento por uno en frutos. ¿Qué clase de terreno es nuestro corazón?

miércoles, 9 de octubre de 2019

“El Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”



“El Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida” (Lc 11, 5-13). En este Evangelio, Jesús nos hace varias revelaciones asombrosas. Por un lado, nos enseña la necesidad de la perseverancia en la oración, por medio de la parábola del padre de familia que a pesar de ser importunado en horas de la noche, le da a su amigo el pan que éste le pide, sólo por su insistencia. Nos enseña también que en la oración debemos tener una gran confianza en la misericordia y en la bondad de Dios, quien nos dará lo que le pedimos en la oración –si eso conviene a la salvación de nuestras almas- en virtud de su bondad y misericordia, porque si nosotros, que “somos malos” damos cosas buenas –para ejemplificar esto, Jesús dice que “nadie será tan malvado de dar una piedra a quien le pide pan, o una serpiente si le pide un pez, o un escorpión si le pide un huevo”-, cuánto más dará el Padre cosas buenas a quienes se lo pidan con fe y con amor y también con perseverancia. Pero hacia el final, Jesús hace una revelación todavía más asombrosa, que sería imposible siquiera de imaginar si Él no nos la revelara: el Padre no sólo dará cosas buenas a quienes se lo pidan por medio de una oración perseverante, sino que dará al mismo Espíritu Santo en Persona, al Amor de Dios: “El Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”.
Muchas veces pedimos a Dios por lo que necesitamos, tanto desde el punto de vista material como espiritual y luego de este Evangelio, estaremos seguros de que Dios nos las concederá, si rezamos con perseverancia y con confianza en su bondad. Pero también debemos preguntarnos: ¿pedimos el Espíritu Santo a Dios Padre? Solemos pedir y pedir muchas cosas y cosas buenas, pero, ¿pedimos el Espíritu Santo al Padre? Ésta es una de las revelaciones más asombrosas que hace Jesús: Dios Padre nos ama tanto, que no dudará en dar su Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, a quien se lo pida. Para la próxima vez que pidamos algo a Dios, pidamos en primer lugar que nos dé el Espíritu Santo, porque teniendo al Espíritu Santo con nosotros, lo tenemos todo.

miércoles, 24 de julio de 2019

Un sembrador salió a sembrar...



Un sembrador salió a sembrar, pero una parte de sus semillas no dan fruto porque caen al borde del camino; otras en terreno pedregoso y otras entre zarzas y espinas. Sin embargo, una parte cae en “tierra buena” y la semilla germina, dando grano en diversos porcentajes: cien, sesenta, treinta (Mt 13, 1-9).
         El mismo Jesús explica la parábola: la semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Dios Padre; el terreno malo son los corazones en donde abundan las preocupaciones y las tentaciones y en donde el Demonio obra a sus anchas, todo lo cual impide que las semillas den fruto; el terreno bueno, en donde dan fruto las semillas, es el corazón del hombre en gracia. Es la gracia la que permite que la Palabra de Dios dé frutos de santidad, de paz, de caridad, de justicia, de amor.
         Ahora bien, en la realidad hay algo que no está en la parábola: en la parábola, las semillas caen aleatoriamente en terrenos que por sí mismos no son buenos y por eso no dan fruto: en la realidad, el hecho de que la Palabra dé o no dé frutos depende de nosotros, porque de nosotros depende estar o no estar en gracia, es decir, corresponder o no a la gracia que se nos ofrece gratuitamente. Si decidimos estar en gracia, adquirirla, conservarla, acrecentarla, la Palabra de Dios dará mucho fruto en nosotros; pero si rechazamos la gracia nuestros corazones se volverán infértiles, como los terrenos infértiles de la parábola.
        

viernes, 5 de abril de 2019

“Ustedes no conocen Al que me ha enviado”



“Ustedes no conocen Al que me ha enviado” (Jn 7, 25-30). La frase de Jesús, dirigida a los habitantes de Jerusalén, se debe a que estos pensaban que el Mesías, tal como lo esperaban los judíos, no podía corresponder a las características comunes de un hombre oriundo de Galilea: el Mesías debía tener un origen misterioso y desconocido. Puesto que todos conocen a Jesús, Él les dice, implícitamente, que es el Mesías, porque si es verdad que lo conocen a Él, ellos sin embargo, no conocen a Aquel que lo ha enviado, que es Dios Padre. Hablando en tono solemne, Jesús les revela que “Él había venido de Nazareth, tal como ellos creían -pues lo llamaban “el Nazareno”-, pero no era un profeta nombrado por sí mismo, sino el enviado de Aquel que era el verdadero emisario”[1], el verdadero mandante, esto es, Dios Padre. Y el que lo envía a Él, Dios Padre, no es conocido por ellos, aunque Él, que es el enviado, sí conoce a Quien lo envía, desde el momento en que Jesús es Dios Hijo encarnado, que inhabita en el seno del Padre desde la eternidad. Implícitamente, Jesús se está declarando no solo como Hijo de Dios, sino como Dios Hijo, es decir, como la Segunda Persona de la Trinidad. Esta declaración es considerada como una blasfemia por los judíos, que intentan atraparlo, pero no lo consiguen porque, dice el Evangelio, “no había llegado su Hora”.
“Ustedes no conocen Al que me ha enviado”. Quien envía a Jesús es Dios Padre, por medio de Dios Espíritu Santo, el Divino Amor. Los judíos conocían a Jesús, pero solo en su humanidad y por eso lo llamaban “el Nazareno”; no lo conocían en su divinidad y en su origen eterno en el seno del Padre y por eso no conocían a Dios Padre y, mucho menos, a Dios Espíritu Santo. También nosotros debemos precavernos de una visión racionalista tanto de Jesús como de la Eucaristía, porque ni Jesús es “el Nazareno” simplemente, sino el Hombre-Dios, ni la Eucaristía es un poco de pan, sino el Hombre-Dios en Persona. No nos acostumbremos a lo que nos dicen nuestros sentidos, que la Eucaristía es solo un poco de pan, porque de lo contrario perderemos la noción de quién es Jesús, Dios Hijo, enviado por Dios Padre por medio de Dios Espíritu Santo, el Divino Amor.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Ediciones Herder, Barcelona 1957, 722.

jueves, 11 de mayo de 2017

“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”


“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 13, 16-20). Jesús es Dios Hijo encarnado, enviado por el Padre, en el Espíritu Santo, para rescatar a los hombres que vivían bajo el yugo del pecado, por medio de su sacrificio en cruz. Al ser enviado del Padre, quien recibe a los discípulos de Cristo lo recibe a Él y, en Él, lo recibe al Padre y también al Amor con el que el Padre lo envía, el Espíritu Santo. Ése es el sentido de las palabras de Jesús: “El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”. El enviado por Jesús puede ser cualquier prójimo con el cual nos cruzamos, día a día, en nuestras vidas, por lo cual debemos estar siempre atentos al trato que damos a ese prójimo pues, en el fondo, es el trato que estamos dando al mismo Dios.

Ahora bien, si recibir a un prójimo –un discípulo de Cristo- es recibir a Cristo y con Él al Padre y al Espíritu Santo, también sucede al revés: el que rechaza al que Él envía, rechaza al que lo envió, es decir, al Padre, y también al Amor del Padre, el Espíritu Santo. Y para estos, caben las siguientes palabras de Jesús: “En donde os rechacen, sacudid hasta el polvo de vuestros pies” (cfr. Mt 10, 14).

sábado, 23 de julio de 2016

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”


“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”.

(Domingo XVII - TO - Ciclo C – 2016)

         “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Lc 11, 1-13). Luego de enseñar a sus discípulos a rezar el Padrenuestro -y, en consecuencia, a tratar a Dios como “Padre”-, para fortalecer la identidad de hijos de Dios, Jesús nos anima a “pedir, buscar y llamar” a Dios, nuestro Padre, por la oración, y esto constituye una novedad en la oración cristiana, que la distingue de la oración de cualquier otra religión. La novedad de la oración de Jesús es que nos anima a hacerlo desde nuestra condición de hijos, y es por eso que nos enseña el Padrenuestro, y a pedir con confianza y con insistencia, y para ello, relata una parábola en la que un individuo consigue lo que le pide a su amigo, más que por la amistad, por la insistencia.
En la parábola, alguien acude a su amigo a horas poco prudentes –a medianoche-, para pedirle “tres panes para un amigo que llegó de viaje” y él “no tiene nada que ofrecerle”. Esto demuestra algo esencial en la amistad y es la confianza, ya que el individuo acude a su amigo a una hora imprudente, pero lo hace por el hecho de que es su amigo y sabe que puede acudir a él en caso de una necesidad como la que se le presenta. Esta es una de las características de la oración cristiana: Dios es nuestro Padre, pero también es nuestro Amigo, ya que Él mismo nos llama así, en la Última Cena: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Esto quiere decir que, para con Dios, debe  movernos el amor filial y el amor de amistad, que se expresan por la confianza. Luego, Jesús nos revela cuál debe ser la otra característica de la oración cristiana, además de la confianza y el amor, y es la insistencia, que es lo que se manifiesta a continuación en la parábola. A pesar de ser amigos, el amigo importunado no tiene intención de darle lo que le pide, porque tanto él como sus hijos, ya están “acostados”, es decir, descansando: “Y desde adentro él le responde: ‘No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos’”. Puesto que Él es Dios, Jesús sabe que, si pedimos con insistencia, aun cuando por algún motivo no quiera concedernos lo que le pedimos, nos lo dará –si es conveniente para nuestra salvación-, en razón del amor de amistad que nos tiene, pero también a causa de nuestra insistencia en la oración: “Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario”. Jesús, entonces, nos enseña y anima a orar “con insistencia”, y al hacerlo así Dios, que es infinitamente bueno, nos dará cosas buenas: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?”. Jesús nos quiere hacer ver que, si entre nosotros, los hombres, hay gestos de bondad, a pesar de estar herida nuestra naturaleza a causa del pecado original, lo que significa que tenemos tendencia al mal, cuánto más Dios, que es infinitamente bueno, nos dará sólo cosas buenas y nada más que buenas y, más que buenas, cosas santas. De esta manera, Jesús nos da la fórmula para, movidos por el amor filial y la confianza en Dios nuestro Padre, conseguir cualquier milagro que necesitemos de Él: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Si tenemos que “pedir, buscar y llamar”, la pregunta, entonces, es: ¿qué pedimos, dónde buscamos, y a quién llamamos? La respuesta es que debemos pedir, ante todo, la gracia de la conversión -para nosotros y nuestros seres queridos- y el don de la Divina Sabiduría, para saber qué es lo que es grato a Dios; debemos buscar a través del Costado abierto del Salvador en la Cruz, y debemos llamar y golpear a las puertas del Sagrado Corazón, que derrama su contenido, la Sangre y el Agua, desde el costado traspasado en la cruz; y debemos llamar y golpear también a las puertas del sagrario, en donde está el Sagrado Corazón, que late en la Eucaristía.
         Entonces, al igual que el amigo inoportuno de la parábola, que acude a la casa de su amigo y golpea a la puerta, y pide, y busca el favor de su amigo, así debemos también hacer nosotros con Jesús: llamar, buscar y pedir, a las puertas de su Sagrado Corazón, que asoma por su Costado traspasado en la Cruz y que late en la Eucaristía.
         Ahora bien, si esto hacemos, Dios Padre nos dará algo que ni siquiera podemos imaginar y que, una vez recibido, es tan pero tan grande, que no nos alcanzará la eternidad para apreciarlo y para agradecer: si al igual del hombre de la parábola, que acude a su amigo para pedirle tres panes, nosotros acudimos, por la oración, a Jesús, que es nuestro Amigo, Jesús no nos dará tres panes, sino que nos dará el Pan de Vida eterna, que es su Sagrado Corazón, inhabitado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”. Al pedirle a Dios Padre el Pan Eucarístico, Dios Padre nos da, con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, el Espíritu Santo, el Amor Divino. ¡Cuán grandiosa y maravillosa es nuestra religión católica, que nos enseña que tenemos a nuestra disposición el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que el Padre nos lo dé por medio de su Hijo, por la Sagrada Comunión!





miércoles, 27 de abril de 2016

“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos”


“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús es la Vid verdadera y el cristiano, el bautizado, es el sarmiento, que recibe de la vid la savia, esto es, el flujo vital que le da una nueva vida, la vida de la gracia. Como consecuencia de recibir esta savia que es la gracia, el alma, al participar de la naturaleza divina, recibe de esta todo lo que la naturaleza divina posee y es: amor sobrenatural, paz sobrenatural, alegría sobrenatural, fortaleza sobrenatural. El alma que vive en gracia –es decir, el sarmiento que permanece unido a la vid-, recibe de Dios su vida divina y, con esta, todo lo que es y posee Dios mismo, y así comienza a ser una nueva creatura, una creatura que vive con la vida misma de Dios Trino y ya no más con su vida natural. El alma en gracia adquiere la paciencia de Cristo, la mansedumbre de Cristo, el Amor de Cristo por Dios y los hombres, la Fortaleza de Cristo, la Sabiduría de Cristo, y así con todas las virtudes del Hombre-Dios, que empiezan a brillar en el alma que a Él se mantiene unido, es decir, el bautizado que no solo no comete pecado mortal, sino que conserva y acrecienta, cada vez más, la gracia santificante.
Es esto lo que sucede en la vida de los santos: ellos son el ejemplo perfecto de almas que viven en gracia y la acrecientan cada vez más; es decir, los santos son esos sarmientos que, unidos a la vid, reciben de esta el flujo vital, la savia divina, que es la gracia santificante, convirtiéndose así en imágenes vivas del mismo Jesucristo, obrando, en Él, por Él y con Él, obras –prodigios, milagros, mortificaciones, ayunos, penitencias- “más grandes todavía” (cfr. Jn 14, 12) que las que Él mismo realizó en el Evangelio.
El sarmiento unido a la vid es el cristiano que no solo no pierde la gracia por un pecado –ni venial, ni mucho menos, mortal-, sino que, recibiendo de Jesús su vida divina, vive con una vida nueva, que antes no poseía, la vida misma de Dios: esto es lo que explica las obras de los santos, obras sobrenaturales, que sobrepasan la capacidad natural de la naturaleza humana (multiplicación milagrosa de panes, como Don Bosco, o una vida sin milagros visibles y sensibles, pero de una absoluta santidad, como los esposos Quatrocchi, o la Santa Josefina Bakhita, por ejemplo). Quien permanece unido a Jesús, además, permanece unido en el Amor de Dios y es en este Amor que el santo obtiene de Dios “lo que pide”, que antes que bienes materiales, son ante todo, los bienes sobrenaturales necesarios para una vida de santidad: “Si permanecéis en mí y si mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y se os dará”.

“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos (…) mi Padre es el Viñador”. Así como un viñador, al llegar el tiempo de la cosecha, toma los granos de uva y los prueba, así Dios Padre, como un viñador celestial, toma de la Vid, que es Cristo, los granos de uva de los sarmientos unidos a la Vid, es decir, los corazones de los cristianos, y como así también un viñador terreno desecha los granos de uvas que están aguados o agrios, porque no sirven para hacer un buen vino, así también Dios Padre, celestial Viñador, toma los corazones de los hombres y los prueba, y si los encuentra agrios –faltos del Divino Amor- o aguados –es decir, tibios o perezosos en la vida de santidad-, no los lleva consigo, porque no sirven para la Vendimia de la Pasión. Pero a los granos de uva que sí sirven, es decir, los corazones que son dulces al paladar de Dios -porque en ellos inhabita el Divino Amor, al igual que en el Sagrado Corazón de Jesús-, Dios Padre, el celestial Viñador, los selecciona para su vendimia y los aparta, como frutos elegidos, para hacerlos partícipes, en la tierra, de la Cruz de su Hijo Jesús, para luego concederles la eterna bienaventuranza en la otra vida, en el Reino de los cielos.  

jueves, 21 de abril de 2016

“El que me recibe, recibe al que me envió”


“El que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 14,1-6). Jesús continúa revelando la identidad entre Él y su Padre: verlo a Él, es “ver al Padre” (cfr. Jn 14, 9); nadie va al Padre, “si el Hijo no lo conduce” (cfr. Jn 14, 6); ahora, revela que recibir a Él, es “recibir al que lo envió”, es decir, al Padre. Esto tiene una profunda consecuencia en la doctrina y en la espiritualidad eucarística, porque si Jesús es Dios Hijo encarnado, Él prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por lo tanto, estar frente a la Eucaristía y adorar la Eucaristía, es estar frente a Dios Hijo en Persona y adorar a Dios Hijo en Persona, que se encuentra frente a nosotros glorioso y resucitado, tal como está en el cielo, sólo que oculto bajo apariencia de pan. Por otro lado, si ver a Jesús, Dios Hijo, es ver a Dios Padre –porque hay entre ambos identidad de naturaleza y substancia y porque el Hijo es la Sabiduría del Padre-, entonces contemplar el misterio de Jesús en la Eucaristía es contemplar el misterio de Dios Padre, que es Quien envía a su Hijo Dios a encarnarse y a prolongar su encarnación en la Eucaristía; también quiere decir que si nadie va al Padre si no lo conduce al Hijo –y el Hijo conduce al Padre en el Espíritu Santo-, entonces, adorar la Eucaristía, que es adorar al Hijo, es entonces también adorar al Padre y ser conducidos al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Finalmente, si recibir a Jesucristo es recibir “al que lo envió”, es decir, al Padre, entonces, recibir la Eucaristía, que es Jesucristo en Persona, es recibir al Padre y es, también, recibir al Amor del Padre y el Hijo, el Espíritu Santo. Jesús revela, así, la doctrina de la inhabitación trinitaria, una maravillosísima realidad sobrenatural para el alma que comulga en gracia, la cual se convierte, así, por la comunión eucarística, en templo de la Santísima Trinidad.