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miércoles, 5 de marzo de 2025

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”

 


(Domingo I - TC - Ciclo C - 2025)

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (Lc 4, 1-13). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto, para un objetivo determinado: que Jesús sea tentado por el Ángel caído, por el Diablo, Satanás, la Serpiente Antigua. Esta tentación no sobreviene en seguida, sino al finalizar los cuarenta días y noches de ayuno que realiza Jesús; es entonces cuando su naturaleza humana, unida a su Persona divina, experimenta hambre, según el relato del Evangelio: “Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre”. En ese momento es cuando se hace presente el Tentador, el Ángel caído, para intentar lo imposible, el hacer caer en la tentación a Jesús. El Demonio trata de tentar a Jesús porque no sabía que Jesús era Dios, aunque su inteligencia angélica le hacía sospechar que Jesús era un hombre muy especial, a quien Dios acompañaba con signos y prodigios que sólo Dios podía hacer; todo lo cual aumentaba su intriga acerca de quién era Jesús, aunque de ninguna manera podía saber que era Dios Hijo encarnado. Por esta razón es que se decide a hacer una empresa imposible y también blasfema: tentar a Dios, si es que Dios está en el hombre Jesús de Nazareth.

Para hacer caer a Jesús en algún pecado, el Demonio tienta a Jesús con tres tentaciones, la primera de las cuales es descripta así por la Escritura: “El tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Visto humanamente, era una tentación muy grande, porque Jesús, después de cuarenta días de ayuno, era lógico que experimentara hambre, y si era un hombre de Dios, como suponía el Demonio, podía obrar ese milagro, hacer que las piedras se convirtieran en panes para así satisfacer su hambre. Pero Jesús rechaza la tentación y al mismo tiempo contesta con la Escritura: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios””. Así Jesús nos enseña que el alimento espiritual, que es la Palabra de Dios –la Escritura- es el alimento principal para el hombre, y en nuestro caso, los católicos, no solo lo es la Palabra de Dios “escrita”, sino también y sobre todo la Palabra de Dios encarnada y que prolonga su Encarnación y ese alimento espiritual es la Sagrada Eucaristía. Así Jesús nos enseña que, antes que preocuparnos por el alimento del cuerpo, debemos preocuparnos primero por el alimento del alma y este alimento espiritual es la Palabra de Dios escrita -Sagrada Escritura- y la Palabra de Dios encarnada -Cristo Jesús en la Eucaristía-, la cual sacia al alma con la substancia misma de la Trinidad con el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo. Solo después de saciar el hambre espiritual de Dios, debe el hombre ocuparse del alimento corporal, el cual a su vez de nada sirve si no se provee antes al alimento espiritual. Algo a tener en cuenta es que, si Jesús cedía a la tentación y realizaba el milagro que le proponía el Demonio, de convertir las piedras en pan, nos hubiera dado el mensaje de que el alimento corporal, material, prevalece sobre el alimento espiritual, la Escritura y la Eucaristía; pero al no hacer el milagro, nos hace ver que primero debemos procurar el alimento del alma y luego el del cuerpo. Además, en el rechazo de esta primera tentación, Jesús nos enseña cómo resistir y vencer a la concupiscencia de la carne, es decir, el apetito desordenado por “los placeres de los sentidos y de los bienes terrenales”[1].

Luego de ser vencido en la primera tentación, el Demonio vuelve a la carga con la segunda tentación y para eso lleva a Jesús “a la parte más alta del templo”, según lo relata el Evangelio: “Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Esta vez, Jesús no solo no cede a la tentación, sino que también le responde citando a la Sagrada Escritura, como en la primera tentación: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. En este caso, el Ángel caído trata de que Jesús cometa el pecado llamado de presunción o temeridad, porque en realidad, Dios sí puede hacer que la humanidad de Jesús no sufra ninguna lesión, enviando a sus ángeles para que detengan su caída si se arroja desde lo alto del templo, pero si Jesús hiciera esto, cometería este pecado de presunción o temeridad, porque por un lado, no tiene ninguna necesidad de exponerse al peligro y por otro, es temerario y presuntuoso desafiar literalmente a Dios, para que lo salve de un peligro en el que Él se estaría exponiendo libremente. Es decir, se expone a un peligro mortal y luego le dice a Dios que lo salve y eso es temeridad y soberbia. Al rechazar esta tentación, Jesús nos advierte que no debemos ser presuntuosos y temerarios, en el sentido de pensar que, hagamos lo que hagamos, nos pongamos en el peligro en el que nos pongamos, Dios nos salvará por su misericordia, puesto que Dios no tiene obligación de quitar los obstáculos que nosotros mismos ponemos a nuestra salvación, es decir, el pecado. Si nosotros libremente nos ponemos en ocasión de perder la vida, no podemos luego desafiar a Dios pidiéndole que nos libre, porque así está escrito: eso es presunción, temeridad y soberbia. Si Jesús hubiera accedido hubiera cometido un pecado y Dios no tendría obligación de salvarlo, porque sería por libre decisión que se arrojaría desde el pináculo del templo y no importa que esté escrito que Jesús enviaría a sus ángeles para salvarlo, porque eso es para quien no desafía a Dios. Así, Jesús nos enseña a resistir la concupiscencia del espíritu que se origina en la soberbia, en el orgullo del propio “yo” que se pone en el centro de sí mismo, pretendiendo que todos, incluido Dios, estén a su servicio, sin permitir que nadie le indique qué es lo que debe hacer: ni Dios, con sus Mandamientos y Preceptos de la Iglesia, ni el hombre, con sus consejos. La soberbia, raíz de todos los pecados, hace que el hombre se coloque en el centro de sí mismo y siendo el centro de sí mismo, su única ley es su propia voluntad. El soberbio es el que dice: “Yo hago lo que quiero y nadie me va a dar indicaciones, ni Dios ni los hombres”. O incluso, todavía peor: “Yo hago lo que quiero y Dios tiene la obligación de obedecerme, porque así está escrito”. No es una casualidad que el primer mandamiento de la Iglesia Satánica sea precisamente: “Haz lo que quieras” y no es por casualidad, porque es un mandamiento satánico, que desafía directamente a Dios.

La Serpiente Antigua, derrotada en sus dos primeros intentos, arremete contra Jesús por tercera y última vez, con la tercera y última tentación. Con esta tentación, el Demonio, que no es más que una creatura y, peor todavía, una creatura que ha perdido la gracia y ha sido expulsada para siempre de los cielos eternos, pretende que Jesús, que es el Hombre-Dios, lo adore y esto a cambio de riquezas y poderes terrenos. Dice así el Evangelio: “El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Nuevamente Jesús, haciendo recurso a las Sagradas Escrituras, le responde con las Escrituras: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”. Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo”. Esta tercera tentación, o tercer pecado, si es que se ceden a las dos primeras, constituye la profundización de la caída espiritual del hombre: con la primera tentación, la conversión de piedras en pan, se significa la satisfacción de las pasiones, es decir, la satisfacción de la concupiscencia de la carne; con la segunda tentación, se cae en la satisfacción sacrílega de la concupiscencia del espíritu, que consiste en la adoración de sí mismo, al ser el hombre el legislador de su propia ley, desplazando a la Ley de Dios; finalmente, luego de ceder a la concupiscencia de la carne y del espíritu, luego de la satisfacción de la carne y del espíritu, con el auto-ensalzamiento de sí mismo, el hombre cae en el peor de los pecados, y es la adoración sacrílega de una creatura, de un ángel caído, Satanás, la Serpiente Antigua, que no es más que una simple creatura; una creatura que, además de ser nada más que una simple creatura, no merece ni siquiera la admiración por su hermosura, como los ángeles de Dios, sino el desprecio y rechazo absoluto, por ser un rebelde y un insolente contra Dios, por haberse negado cumplir aquello para lo cual había sido creado, el adorar, amar y servir a la Trinidad y al Hombre-Dios Jesucristo. La adoración al Demonio se da de diversas maneras en nuestros días: con el ocultismo, la magia, el esoterismo, la wicca –brujería moderna-, el umbandismo, el culto a las figuras del Demonio como el Gauchito Gil, San La Muerte, Difunta Correa; también se adora al demonio de modo indirecto al considerar al dinero como fin supremo de la vida, de ahí la advertencia de Jesús: “sólo a Dios se debe adorar”. Dios, que está en la Cruz y en la Eucaristía, al contrario del Demonio, no nos promete bienes, dinero, poder y fama en este mundo y aunque nos promete lo contrario, humillaciones, tribulaciones, padecimientos por su Nombre y, con la Eucaristía, ninguna satisfacción sensible –porque no se lo ve, ni se lo siente, ni se lo oye-, sí nos promete en cambio, en la otra vida, a quien lo adore a Él en la cruz, besando sus pies ensangrentados y postrándose ante su Presencia Eucarística en la adoración, la alegría eterna en la Jerusalén celestial.

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”. También nosotros, católicos del siglo XXI, que peregrinamos por el desierto de la vida, del tiempo y de la historia humana hacia la Jerusalén celestial, también somos tentados por la Serpiente Antigua, el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, el espíritu inmundo, pero el Hombre-Dios Jesucristo, con su ayuno de cuarenta días en el desierto y con la firme resistencia a las tentaciones del Demonio, nos da las armas para resistir toda tentación, cualquier tentación -ayuno, oración, Palabra de Dios escrita y encarnada, la Sagrada Eucaristía- y así el triunfo nuestro comienza cuando, movidos por su gracia y por el Espíritu Santo y con el corazón contrito y humillado, nos postramos Jesús crucificado y besamos sus pies ensangrentados y cuando nos postramos en el altar del sacrificio ante su Presencia Eucarística.

 



[1] http://www.religionenlibertad.com/que-es-la-concupiscencia-40636.htm. Este apetito concupiscible se opone al “apetito racional o natural”, que es “la subordinación de la razón a Dios” con el consecuente dominio de las pasiones por la razón, lo cual sin embargo es posible, después del pecado original, solo por la acción de la gracia santificante. En esta subordinación “gracia-razón-pasiones”, está todo el bien de la naturaleza humana.


viernes, 20 de diciembre de 2024

El Niño de Belén nos comunica la Luz y la Sabiduría de la Santísima Trinidad

 


(Domingo IV - TA - Ciclo C - 2024 – 2025)

         En la contemplación del hecho histórico del Nacimiento del Dios hecho Niño Dios en el Pesebre de Belén se deben tener en cuenta dos elementos: por un lado, las densas tinieblas espirituales que cubrían toda la tierra, como consecuencia de la dominación total y absoluta de la humanidad por parte del Príncipe de las tinieblas, la Serpiente Antigua, Satanás, el Ángel caído, el Diablo y también como consecuencia del estado de la humanidad, alejada de la gracia y con el pecado original; por otro lado, el otro elemento a considerar, es la Persona que nace en el Pesebre de Belén, porque ese Niño que nace en Belén no es un niño humano bueno; no es un niño santo, ni siquiera el niño más santo entre los niños santos: es el Dios Tres veces Santo, es la Santidad Increada en Sí misma, es el Hijo de Dios, encarnado en el seno purísimo de la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, es la Persona Segunda de la Trinidad, es una Persona Divina y no humana ni angélica y esto es esencial para tenerlo en cuenta, porque el Niño de Belén, al ser Dios Hijo, es Luz y Luz Eterna, es la Luz de la Jerusalén Celestial, es la Lámpara de la Jerusalén Celestial, de la cual habla el Apocalipsis, cuyo resplandor ilumina a los ángeles y a los santos y les comunica de la vida y de la gloria del Ser divino Trinitario, en los cielos eternos y ahora también en la tierra, a los hombres de buena voluntad que se acercan a adorarlo en el Portal de Belén.

De esta manera, al momento de producirse el Nacimiento del Niño Dios, la humanidad se encuentra sumergida “en tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 79) y esas tinieblas y sombras de muerte son las tinieblas del pecado, que alejan al hombre de la Luz Divina de la Sabiduría de Dios y por otra parte las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios, los habitantes del Infierno, quienes desde su expulsión del Cielo vagan por la tierra buscando inocular en los corazones de los hombres el veneno mortal de la rebelión contra Dios Uno y Trino.

El Nacimiento del Niño de Belén supone un cambio radical de la situación, en favor de la humanidad, por cuanto Él viene a cumplir el plan de salvación trazado por la Trinidad Santísima desde la eternidad, plan que implica la derrota para siempre de los tres grandes enemigos del hombre, esto es, el demonio, el pecado y la muerte, a través de su Santo Sacrificio del Calvario, renovado luego incruenta y sacrificialmente en el tiempo por la liturgia eucarística, es decir, por la Santa Misa; el Niño de Belén es el Rey Victorioso del Apocalipsis, que en si en el Pesebre de Belén nace como un Niño desvalido y necesitado de todo, en el Día del Juicio Final viene cabalgando como Rey Triunfante al mando de miríadas de ángeles celestiales que en el Último Día vencerá definitivamente a la Serpiente Antigua, arrojándola al Lago de Fuego, vencerá también para siempre a la muerte con su resurrección y borrará el pecado con su Sangre Preciosísima, pero además concederá a los hombres la participación en la divinidad de su Ser divino trinitario mediante el don de la gracia santificante, concediendo a los hombres que crean en Él la gracia de la filiación divina y dándoles como herencia el Reino de los cielos. Ésta es la razón de nuestra verdadera y profunda alegría espiritual como católicos en Navidad: en el Portal de Belén se produce el milagroso Nacimiento de Dios hecho Niño, pero no es una alegría que surja de nuestros corazones, sino que se trata de una alegría que nos es comunicada por Aquel que es la Alegría Increada, precisamente, Aquel que es la Alegría Increada es el Niño de Belén, el Niño Dios, que en cuanto Dios, es Luz Eterna que vence a las tinieblas vivientes, a las tinieblas del pecado, a las tinieblas del error, a las tinieblas de la herejía, a las tinieblas del cisma y de la falsedad e ilumina nuestras almas con la Luz de la Sabiduría y de la gloria de la Trinidad, que es la gloria del Niño de Belén.

 


martes, 14 de julio de 2020

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo”


Parábola de la cizaña - Colección - Museo Nacional del Prado

(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2020)

          “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo” (Mt 13, 24-43). Jesús compara al Reino de los cielos con la figura de un labrador que siembra buena semilla en su campo, pero viene su enemigo y, aprovechando la noche, siembra cizaña, es decir, semilla mala e inútil. Para comprender la parábola, es necesario reemplazar los elementos naturales que en ella aparecen, por elementos celestiales y sobrenaturales, algo de lo cual hace el mismo Jesús cuando explica la parábola. En efecto, según la explicación de Jesús, “el que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles”. Según esta breve y sencilla parábola, en la figura del hombre que siembra la buena semilla y luego viene el enemigo para sembrar la cizaña, está explicada no sólo la historia personal de cada ser humano, sino también la historia de toda la humanidad. El hombre que siembra buena semilla es Jesucristo, el Hombre-Dios, que siembra la semilla buena de la gracia en el corazón del hombre, desde el momento en que éste es bautizado y luego cada vez que recibe una gracia habitual o una gracia sacramental; de esta manera, con la gracia en el alma y en el corazón, el hombre se convierte en cristiano, en seguidor de Cristo, en hijo adoptivo de Dios, en ciudadano del Reino de los cielos y en heredero del Reino de Dios y su labor consistirá, en su historia personal y en el marco de la historia humana, en contribuir a difundir, entre los hombres, el Reino de Dios. El enemigo del Buen Sembrador Jesucristo, es el Enemigo de las almas, el Demonio, el Ángel caído, que siembra la cizaña del pecado en el mismo lugar en el que Jesucristo sembró la gracia, es decir, en el corazón del hombre y cuando el hombre permite que la cizaña, que es el pecado, crezca en su corazón, se convierte en aliado de la Serpiente Antigua, en ciudadano del Infierno y en enemigo de Dios y su tarea es aliarse al Demonio para tratar de destruir el Reino de Dios. Ahora bien, la situación no se prolonga indefinidamente: como el mismo Jesús lo dice, esta situación de siembra de la gracia y de la cizaña, finaliza con el tiempo de la cosecha, es decir, con el fin del mundo y del tiempo, con la Llegada del Hombre-Dios como Juez Supremo y Eterno, el cual separará a los hombres buenos, en los que germinó la gracia y dio frutos de santidad, de los hombres malos y perversos, aliados del Demonio, en los que germinó el fruto envenenado de la cizaña y el pecado. Así lo dice el mismo Jesús: “Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga”. Por último, podemos decir que está afirmado y revelado explícitamente la existencia tanto de un Reino de Dios, en el que los justos “brillarán como el sol” debido a la luz de la gloria, como así también está revelada la existencia del Infierno eterno, el “horno encendido”, en donde los hombres malvados, atormentados por los demonios y el dolor del fuego infernal, “llorarán y rechinarán los dientes” a causa del dolor.
          “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo”. En una breve y sencilla parábola, Nuestro Señor Jesucristo describe la historia humana y su desenlace más allá del tiempo, en la eternidad, como así también describe el destino personal de cada uno, el Cielo o el Infierno, según sea lo que cada uno dejó crece en su corazón, o la gracia o el pecado. Y esta es una última enseñanza de la parábola: nadie irá al Cielo o al Infierno sin una razón determinada: cada uno es libre de elegir qué crecerá en su corazón: si la cizaña del Demonio, o la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. En cierto modo, Jesús nos enseña en la parábola que nuestro destino eterno, Cielo o Infierno, está en nuestras manos, en nuestro libre albedrío. Elijamos, por supuesto, que crezca la semilla buena de la gracia para que, al fin del tiempo, los ángeles nos conduzcan ante la Presencia del Buen Sembrador y Dueño del universo, Cristo Dios.

miércoles, 20 de mayo de 2020

“Cuando venga el Paráclito, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”


Características bíblicas del Espíritu Santo que como cristiano ...

“Cuando venga el Paráclito, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena” (Jn 16, 5-11). Es necesario que Jesús cumpla su misterio pascual de muerte y resurrección para que Él y el Padre envíen a la Iglesia al Espíritu Santo: “Les conviene que Yo me vaya para que les envíe el Espíritu Santo”. Ahora bien, una vez que el Espíritu Santo venga a la Iglesia, hará tres cosas: “Dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”. Jesús explica de qué se trata: “De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado”. En otras palabras, el Espíritu Santo, con su santidad, dejará en evidencia tres elementos propios del misterio pascual del Hombre-Dios: que existe el pecado de no creer en Cristo como Dios y como Salvador de la humanidad; que Dios ha obrado un acto de justicia y caridad al enviar a su Hijo Único para salvar al mundo; por último, que con la muerte en Cruz de Jesucristo, el Hombre-Dios ha vencido, de una vez y para siempre, al Príncipe de este mundo, la Serpiente Antigua, Satanás.
“Cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”. Quien niegue las verdades que revela el Espíritu Santo a la Iglesia, niega la Verdad de Dios y de su misterio de salvación para los hombres y se hace reo de la Ira Divina.

miércoles, 5 de julio de 2017

Jesús expulsa a los demonios de dos gadarenos poseídos


Jesús expulsa a los demonios de dos gadarenos poseídos (cfr. Mt 8, 28-34). El episodio evangélico revela, por un lado, el poder divino de Jesús, quien con su sola palabra expulsa a una multitud de demonios; por otro lado, revela la existencia de los demonios, es decir, los ángeles caídos, los que se rebelaron contra Dios, siguiendo a Lucifer. El hecho de que Jesús los expulse indica, además, que los demonios están presentes por todas partes y que Él ha venido “para destruir” las obras del Demonio. El exorcismo que practica Jesús y la posterior expulsión de los ángeles caídos es una señal de que Dios encarnado ha iniciado la obra de la redención de la humanidad, rescatándola de las garras de la Serpiente Antigua. La lucha entablada en el cielo, entre los ángeles fieles a Dios, comandados por San Miguel Arcángel, por la cual los demonios fueron expulsados del cielo, continúa en la tierra y continuará hasta el fin de los tiempos, solo que ahora quien combate en Persona contra la infestación demoníaca del mundo y de las almas, ya no es un Arcángel, sino Dios Hijo en Persona, por lo que el triunfo está asegurado desde el inicio. Será en el momento de su mayor humillación y en la muestra de aparente debilidad, su agonía y muerte en la cruz, cuando el Hombre-Dios venza a la Serpiente Antigua y a todo el infierno, además de derrotar para siempre a la muerte y el pecado. Quienes niegan la existencia del Demonio –como por ejemplo, el superior de los jesuitas, P. Abascal, quien sostiene que es una figura simbólica[1]-, deberían releer las Escrituras, sobre todo en pasajes como este, en el que está claramente revelada la existencia de los demonios, además del poder divino de Jesús, que es con lo que los derrota. El Padre Pío afirmaba que, si pudiéramos ver sensiblemente, corporalmente, a los demonios que actualmente están en la tierra, buscando perder almas en el infierno, no podríamos ver la luz del sol, ya que es tal la cantidad de demonios sueltos por el mundo, que formarían un espeso muro entre nosotros y el cielo. Sólo Jesús, el Hombre-Dios, con su sacrificio redentor en la cruz, nos puede liberar de las garras del Demonio y del infierno entero. Y lo hará cuando, llegada la Hora que sólo el Padre conoce, le permita a su Madre, la Virgen Santísima, aplastar la cabeza del Dragón rojo. Hasta ese entonces, y conscientes de que la presencia y actividad demoníaca en nuestros días es la más intensa jamás registrada en la historia de la humanidad, junto con la Iglesia, la Esposa del Cordero, decimos: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

jueves, 29 de octubre de 2015

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”


“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 11-16). Jesús anuncia la proximidad de su Pasión y Muerte en cruz y para hacerlo, recurre al episodio del desierto en el que Moisés levantó en alto la serpiente de bronce, para que todos los que la miraran quedaran curados. ¿Qué sucedió en el desierto, para que Jesús traiga a la memoria este episodio? En el desierto, aparecieron numerosas serpientes venenosas que atacaron a los integrantes del Pueblo Elegido, que peregrinaban hacia la Tierra Prometida, Jerusalén. Con sus mordeduras, las serpientes inoculaban un veneno mortal, por lo que los hebreos se encontraban indefensos frente a este enemigo; entonces, Dios dio a Moisés la orden de fabricar una serpiente de bronce y le dijo que la elevara en lo alto: quien así lo hiciera, quedaría inmediatamente curado, y así fue lo que sucedió, porque quien miraba la serpiente se curaba, debido a que era Dios quien, con su poder, curaba a los que obedecían las órdenes de Moisés. Todo el episodio del desierto y las serpientes, es una prefiguración de lo que sucede en el plano espiritual, con las realidades sobrenaturales, representadas en cada elemento del episodio: las serpientes son los demonios; el desierto es la vida y la historia humana; el Pueblo Elegido prefigura al Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, que peregrinan por el desierto de la vida hacia el Reino de los cielos; la Jerusalén terrena, es prefiguración de la Jerusalén celestial; Moisés es representación de Dios Padre, que eleva a la serpiente de bronce, representación de Cristo “elevado en lo alto”, en la cruz, para la salvación de los hombres; la curación milagrosa que experimentaban en el desierto los integrantes del Pueblo Elegido, representa a la sanación espiritual que la gracia santificante de Jesucristo concede al alma, al quitarle el pecado y concederle la participación en la vida eterna; la vida nueva, sin el peligro del veneno de la serpiente en sus venas, representa la vida nueva de la gracia; el veneno de las serpientes del desierto, representa al veneno letal para el espíritu, inoculado por la Serpiente Antigua, esto es, la soberbia, la lujuria, la pereza, y todos los pecados capitales; la elevación en lo alto de la serpiente por Moisés, representa la elevación en lo alto del Monte Calvario de Jesucristo, es decir, su crucifixión, de manera que así como los que miraban a la serpiente de bronce quedaban curados, así, de la misma manera, Él, al ser “levantado en alto”, es decir, crucificado, concede la vida eterna a todo aquel que lo contemple en la cruz. Así como la serpiente de bronce de Moisés emanaba un poder curativo milagroso, que permitía ser salvados de las mordeduras mortales de las serpientes venenosas, así también el Hombre-Dios Jesucristo, desde la cruz, emana una fuerza divina, celestial, sobrenatural, que sana el alma de quien lo contempla crucificado, quitando del alma el letal veneno de la soberbia, de la lujuria, del ateísmo, inoculados por la Serpiente Antigua, Satanás, y concediendo la vida nueva de la gracia, la vida eterna, la vida misma de Dios Trino.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. Contemplar a Jesús crucificado, aunque no se digan palabras, es ya recibir la vida eterna que Él nos concede desde la cruz.

viernes, 4 de abril de 2014

“Lázaro, sal fuera”



(Domingo V – TC - Ciclo A – 2014)
         “Lázaro, sal fuera” (Jn 11, 1-7 20-27 33-45). Jesús resucita a Lázaro, hermano de Marta y María y amigo suyo, que hace ya cuatro días que ha fallecido. Es un milagro de omnipotencia, que demuestra una vez más su condición divina, puesto que la potestad de devolver la vida es exclusiva de Dios. Jesús resucita a Lázaro, pero si nos fijamos bien, las cosas podrían haber sucedido de otra manera. Jesús era muy amigo de los tres hermanos, Lázaro, Marta y María, y cuando Lázaro enferma gravemente, Marta y María mandan a llamar a Jesús, pero Jesús no acude en el momento y deja pasar, ex profeso, dos días, diciendo al mismo tiempo: "Esta enfermedad no es mortal y es para gloria de Dios". Al final, la enfermedad sí es mortal, porque cuando Jesús parte, dos días después, Lázaro muere.
         Sin embargo, la aparentemente extraña e indiferente actitud de Jesús para con sus amigos y para con Lázaro en particular, se entiende al analizar sus palabras en el diálogo que se entabla con Marta antes de resucitar a Lázaro. En el diálogo, Jesús le dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás”. Jesús afirma ser Él la Vida en sí misma y esto lo hace antes de resucitar a Lázaro. También había dicho: "Esta enfermedad no es mortal y es para gloria de Dios": esto explica el hecho de su aparente indolencia ante la gravedad de su amigo Lázaro. Cuando las hermanas Marta y María mandan a avisar a Jesús de que su amigo está gravemente enfermo, Jesús no acude inmediatamente; el Evangelio dice que se quedó “dos días” a propósito, como esperando que muriera y de hecho, Lázaro muere hasta que Jesús llega. Alguno podría culpar a Jesús de indolente o incluso hasta de mal amigo, por no haber acudido en el acto a socorrer a su amigo Lázaro, que se encontraba agonizando. Pero Jesús quiere que su amigo Lázaro experimente la asombrosa potencia de la Vida divina y del Amor divino, pero para eso, es necesario que Lázaro se interne en las oscuras regiones de la muerte, y es por eso que Jesús deja que Lázaro muera. Es verdad que Jesús no acude inmediatamente a socorrer a su amigo Lázaro; Jesús sí podía, apenas conocida la noticia de la gravedad de la enfermedad de su amigo, salir a toda prisa y, auxiliado por sus amigos, llegar por algún medio de transporte -caballos, carros- antes de que Lázaro muera y obrar un milagro e impedir la muerte de Lázaro. Aun más, siendo Jesús el Hombre-Dios, ni siquiera tenía necesidad de desplazarse hasta donde se encontraba Lázaro: podía hacer un milagro a distancia, como lo había hecho ya en otras oportunidades (cfr. Jn 4, 50-53). Sin embargo, Jesús permite que su amigo muera; Jesús permite que su amigo experimente el destino que le espera a todo hombre que nace en este mundo a causa del pecado original; Jesús permite que Lázaro experimente la separación del alma y del cuerpo; Jesús permite que Lázaro sea invadido por la terrible oscuridad que envuelve al alma minutos antes de morir; Jesús quería que su amigo Lázaro experimentara la cercana presencia de la Serpiente Antigua, el Demonio, cuya siniestra sombra viva se hace cada vez más cercana a medida que se aproxima el momento de la muerte; Jesús quería que su amigo Lázaro experimentara cómo en la muerte todas las seguridades humanas se esfuman y cómo el dinero, el poder, las vanidades del mundo que tanto atraen y deslumbran al hombre, en el momento de la muerte son meros espejismos, al mismo tiempo que lastres pesadísimos que impiden la entrada en el cielo y la arrastran al abismo del infierno. Jesús quería que su amigo Lázaro experimentara el frío de la muerte, pero también quería que experimentara, por anticipado, los frutos de la Redención que Él habría de conseguir con su Pasión, Muerte y Resurrección, porque Él, una vez muerto en la Cruz, habría de descender con su Alma gloriosa al Hades, al Infierno, no el de los condenados, sino el de los justos (cfr. IV Concilio Lateranense, 1215), para rescatarlos, que es adonde habría ido Lázaro, y es de donde lo llamó Jesús. Jesús quería que Lázaro muriera, para que experimentara la fuerza omnipotente del Amor Divino, que lo rescataba de la negrura de la Muerte y de las garras de la Bestia Infernal, y del Abismo del Hades, del Infierno de los justos, no del infierno de los condenados. Jesús quería que Lázaro muriera, para que experimentara la fuerza del Amor de Dios, porque solo el Amor de Dios era lo que movía a Dios Uno y Trino a rescatar a la humanidad caída a causa del pecado original.
         “Lázaro, sal fuera”. La poderosa voz de Jesús, ordenando al alma de Lázaro que regrese desde las profundidades del Hades, de las regiones de los muertos, para que se una a su cuerpo y le comunique de su vitalidad a su cuerpo, que yace en el sepulcro, es solo una muy pequeña muestra de su poder divino, porque la unión del alma con el cuerpo es signo del poder divino, pero es a la vez figura de un poder superior de parte de Dios, y es el de la acción de la gracia sobre el alma muerta por el pecado: así como el alma, al unirse al cuerpo le comunica de su fuerza vital y le da vida al cuerpo que estaba muerto, así la gracia, que es vida divina, le comunica la vida divina al alma que está muerta por el pecado mortal y la hace revivir y es esto lo que sucede en la confesión sacramental, pero es lo que sucede también en el bautismo, porque aunque el alma no esté muerta, al recibir la gracia, recibe la Vida divina, que es la vida gloriosa y resucitada de Cristo, que es la Resurrección en sí misma, como le dice Jesús a Marta: “Yo Soy la Resurrección y la Vida”. Cristo es la Resurrección, Cristo es la Vida eterna; Él no solo da la vida al cuerpo; Cristo da la Vida eterna al alma, da la vida y la gloria divina al alma y al cuerpo, en forma incoada, por los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, en esta vida y luego en su plenitud en la eternidad y por eso es que vale la pena dar la vida por Él.
            “Lázaro, sal fuera”, le dice Jesús a Lázaro, y Lázaro se incorpora de su lecho mortuorio. Aunque nosotros no hemos muerto aún, también Jesús viene a nuestro encuentro en cada Eucaristía, resucitado y glorioso, y nos infunde, de modo incoado, la misma fuerza divina que le infundió a Lázaro y lo hizo resucitar. Cada comunión eucarística es para el alma una infusión de gracia muchísima mayor que la que recibió Lázaro y lo hizo revivir, por eso es que también a nosotros Jesús nos dice: "Sal fuera", "Sal fuera" del sepulcro de tu fariseísmo y de tu egoísmo y vive como hijo de Dios, como hijo de la luz y no como hijo de las tinieblas, resplandece como lo que eres, como hijo de Dios y vive de cara a la eternidad, porque para eso has recibido la gracia de la filiación divina. "Sal fuera" y vive como hijo de Dios hasta el día en que seas llamado al Reino de los cielos.
                “Lázaro, sal fuera”, le ordena Jesús a Lázaro, y Lázaro resucita de entre los muertos, provocando la admiración de cielo y tierra, puesto que se trata de un milagro asombroso, pero nosotros en la Santa Misa recibimos un milagro infinitamente más grandioso que el que recibió Lázaro, porque Lázaro solo escuchó la voz potente del Salvador que lo volvió a la vida, mientras que nosotros recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, que nos comunica su misma Vida divina, la Vida de Dios Uno y Trino, y por esto debemos postrarnos en acción de gracias y adorarlo con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestro ser.