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viernes, 19 de junio de 2020

“Señor, si quieres, puedes limpiarme”




“Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mt 8, 1-4). Un leproso se acerca a Jesús, se arrodilla ante Él y le pide que, si es su deseo, lo sane. Jesús, compadecido por su sufrimiento, lo cura al instante, con el solo poder de su palabra. Algo que podemos rescatar de la escena, es la actitud del leproso: ante todo, el leproso tiene fe en Jesús en cuanto Dios, porque sabe que con sólo quererlo, Jesús puede curarlo; esta fe en Jesús como Hombre-Dios se demuestra exteriormente con el gesto de postrarse ante Jesús, ya que la postración es signo exterior de la adoración interior que el alma tributa a Dios; el leproso confía en la misericordia del Corazón de Jesús, se abandona a su bondad, por eso es que le dice: “Si quieres”; el leproso sabe que Jesús, en su infinita misericordia, se compadecerá de él y lo curará. Es necesario reflexionar sobre la actitud del leproso, porque en cierta manera, todos estamos representados en él, desde el momento en que la lepra es figura del pecado y por esto, puesto que todos tenemos pecados, todos estamos representados en el leproso.
Por esta razón, debemos imitar al leproso en su relación con Jesús: como él, debemos reconocer en Jesús al Hombre-Dios; como el leproso, debemos tener una confianza ilimitada en la Misericordia Divina; como el leproso, debemos estar seguros de que Cristo Dios quitará esa lepra espiritual que es el pecado, mediante la confesión sacramental; como el leproso, debemos postrarnos ante la Presencia Sacramental de Jesús, la Sagrada Eucaristía, y esperar confiados en la acción omnipotente de su Palabra divina.

martes, 14 de enero de 2020

“Tus pecados te son perdonados”


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“Tus pecados te son perdonados” (Mc 2,1-12). Llevan a Jesús a un paralítico y a causa de la multitud, deben sacar las tejas del techo para poder colocarlo delante de Jesús. Una vez que se encuentra delante de Jesús, Él le dice: “Tus pecados te son perdonados”. Una primera cosa que podemos notar es que el paralítico no es llevado para pedir la curación de su parálisis, de su enfermedad corporal. El paralítico sabe que Jesús es Dios –sólo Dios puede perdonar los pecados, como dirán luego los fariseos, murmurando- y que puede curarle su parálisis, pero lo que el paralítico quiere de Jesús es que, en cuanto Dios, le perdone sus pecados. Es decir, el paralítico acude a Jesús no para que le devuelva la facultad de caminar, sino para que le perdone sus pecados y eso es lo que Jesús hace. Pero además, en premio a su fe y para responder a los difamadores que decían que sólo Dios podía perdonar los pecados –para ellos Jesús no era Dios y no podía perdonar los pecados-, le dice al paralítico que tome su camilla y salga caminando, cosa que el paralítico hace, al quedar completamente curado de su parálisis. Es decir, el paralítico recibió dos milagros de parte de Jesús: recibió el perdón de los pecados y además, en forma secundaria, recibió la curación de su parálisis. Para quien lleva una vida espiritual santa y formada, sabe que el perdón de los pecados es un milagro de la misericordia de Dios infinitamente más grande que la curación de una enfermedad corporal, porque de nada sirve una curación corporal, si el alma está manchada con pecados.
“Tus pecados te son perdonados”. Cada vez que nos acerquemos al sacramento de la Confesión, nos recordemos de la fe del paralítico en Cristo Dios y cómo quería de Él el perdón de los pecados y no la curación de su enfermedad física.

“Si quieres, puedes limpiarme”


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“Si quieres, puedes limpiarme” (Mc 1, 40-45). Se le acerca a Jesús un leproso, se arrodilla ante Él y le suplica que, si Él quiere, que lo cure. Jesús, compadecido, extiende su mano, lo toca y le dice: “Quiero: queda limpio” y de inmediato la lepra se quitó de su cuerpo. En el episodio del Evangelio podemos ver algunos elementos: uno de ellos es que, en el leproso, estamos representados todos los hombres, porque la lepra es figura y símbolo del pecado: lo que es la lepra al cuerpo, es el pecado al alma; entonces, si Jesús cura al leproso, quiere decir que puede curar esa lepra del alma que es el pecado y por esa razón es que todos debemos acudir a Jesús para que, en el Sacramento de la Confesión, nos quite la lepra del alma es el pecado. Otro elemento que podemos considerar es cómo el leproso se dirige a Jesús con el título de “Señor” y se postra ante Él, todo lo cual indica que lo reconoce como a Dios; como para nosotros Jesús es Dios y está en la Eucaristía, entonces debemos postrarnos ante la Eucaristía y adorar a Jesús, que es Dios y que está en la Hostia consagrada.
Cuando comulguemos, también digamos, junto con el leproso: “Si quieres, puedes limpiarme” para que los pecados veniales se perdonen y así comulguemos en plenitud de gracia, aunque recordemos que los pecados mortales sólo se perdonan con la confesión sacramental.



domingo, 10 de noviembre de 2019

Jesús cura a diez leprosos



          Mientras va caminando con sus discípulos, van a su encuentro diez leprosos quienes, a la distancia, le piden a Jesús que tenga compasión de ellos. Jesús les dice que vayan a presentarse ante los sacerdotes para que obtengan el favor de Dios; sin embargo, antes de que estos lleguen al templo, se dan cuenta de que están curados. Ha sido Jesús quien, con su poder divino de Hombre-Dios, les ha curado la lepra. Lo que le llama la atención a Jesús es el hecho de la ingratitud de nueve de los leprosos, pues solo uno vuelve sobre sus pasos para dar gracias a Jesús, postrándose ante Él y reconociendo, así, su condición de Hombre-Dios.
          En los leprosos debemos vernos nosotros, porque la lepra es figura del pecado: así como la lepra destruye el cuerpo y al final le quita la vida, así el pecado destruye la vida de la gracia y le quita la vida divina con el pecado mortal. Y también, de la misma manera a como los leprosos fueron curados de su lepra en el Evangelio, así Jesús nos cura la lepra del pecado derramando su Sangre Preciosísima sobre nuestras almas, cada vez que vamos a confesarnos. Si en el Evangelio Jesús quitó la lepra del cuerpo de los leprosos, demostrando así un gran amor hacia ellos, en cada Confesión Sacramental Jesús nos quita la lepra del alma, el pecado, demostrando para con nosotros un amor infinitamente más grande que para con los leprosos del Evangelio, porque mientras a ellos les curó el cuerpo, a nosotros nos cura el alma, quitándonos el pecado.
          “¿Uno sólo volvió a dar gracias? ¿Dónde están los otros nueve?”. No seamos como los nueve leprosos del Evangelio, que se mostraron ingratos ante el milagro obrado por Jesús: más bien nos comportemos como el leproso agradecido, que vuelve sobre sus pasos para postrarse ante Jesús y darle gracias; de la misma manera, nosotros nos postremos ante Jesús Eucaristía, dándole gracias por el infinito Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

jueves, 6 de julio de 2017

“Tus pecados te son perdonados”


“Tus pecados te son perdonados” (Mt 9, 1-8). Llevan ante Jesús a un paralítico, pero no para que le curase Jesús la parálisis, sino para que le perdone los pecados. Esto se deduce del inicio del diálogo entablado por Jesús con el paralítico: Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados". Sólo en un segundo momento, cuando Jesús, leyendo la mente de los escribas y fariseos, sabe que lo acusan de blasfemo por hacerse pasar por Dios, ya que sólo Dios puede perdonar los pecados, es que Jesús decide, además de haberle ya curado el alma con la absolución de los pecados, curarle también el cuerpo, devolviéndole el uso normal de sus piernas.
Con el objetivo de desenmascarar a los escribas y fariseos que “pensaron mal” acusándolo falsamente de blasfemia –hubiera sido blasfemia si no hubiera sido Dios encarnado y se hubiera atribuido el perdonar los pecados-, Jesús decide curar la parálisis del enfermo. Es decir, decide hacer un milagro visible, sensible, para poner de manifiesto que Él es el Dios que perdona los pecados, lo cual es un milagro invisible e insensible. Les pide a los escribas y fariseos que se concentren en el paralítico, porque el milagro visible que obrará, servirá para confirmar que Él no cometió ninguna blasfemia cuando le dijo que sus pecados le eran perdonados, puesto que el milagro de la curación de la parálisis, servirá para respaldar su afirmación, de que Él es Dios Hijo encarnado.

Al curar la parálisis, queda en evidencia su poder divino y, si es Dios, entonces, puede perdonar los pecados. Si Jesús no hubiera sido capaz de curar efectivamente la parálisis del enfermo, entonces sus palabras en las que afirmaba perdonar los pecados hubieran sido falsas y en ese caso sus acusadores habrían tenido razón, al acusarlo de blasfemo. Sin embargo, al curarlo físicamente, queda en evidencia que tiene un poder divino que es obrado por propia persona y, por lo tanto, Jesús es Dios. La acusación de blasfemia es falsa, lo cual queda de manifiesto ante todos, al curar físicamente al paralítico. Al hacer este milagro visible, Jesús les está diciendo a sus acusadores que es fácil decir: “Te perdono los pecados”, pero no es tan fácil decirle a un paralítico: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Entonces, para que vean que Él es Dios, es decir, que tiene el poder de perdonar los pecados, es que Jesús hace un milagro que sólo Dios puede hacer, y es el de curar físicamente el cuerpo del paralítico, luego de haberlo sanado espiritualmente. Toda la escena del Evangelio es un anticipo del Sacramento de la Penitencia: en el paralítico estamos representados los hombres pecadores y en el perdón de los pecados, la absolución que recibimos sacramentalmente. A diferencia del paralítico, la mayoría podemos caminar, por lo que no es necesario un milagro de este tipo, aunque si fuera necesario pero no se produjera –como sucede en el casi cien por cien de las confesiones sacramentales-, eso no va en detrimento del milagro recibido por la confesión sacramental, mucho más grande que una curación física, y es el perdón de los pecados, por parte de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que obra a través de sus sacerdotes ministeriales.

martes, 8 de marzo de 2016

“Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”


“¿Quieres curarte?” (Jn 5, 1-16). Jesús encuentra a un paralítico en uno de los pórticos de la piscina de Betsaida, quien estaba enfermo desde hacía  más de treinta años, y que esperaba vanamente por alguien que lo sumergiera en la piscina para curarse milagrosamente ante la llegada del Ángel del Señor. La pregunta de Jesús es retórica, pues es evidente que el hombre se encontraba allí para lograr la curación y si no había obtenido su curación, es porque no recibía auxilio de parte de ninguno de los que acudían a la piscina. Luego de su pregunta retórica, Jesús cura inmediatamente al paralítico, al cual, al encontrarlo más tarde en el Templo, le advierte que “no vuelva a pecar”: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. En el entretiempo, los judíos, que han encontrado al paralítico llevando su camilla luego de ser curado, le reprochan su falta legal, pues “es sábado y no (te) está permitido llevar tu camilla”, al tiempo que averiguan acerca de Jesús “para atacarlo”, porque “hacía estas cosas –es decir, curaba- en sábado”.
En el episodio evangélico se contraponen con toda claridad, por un lado, la Misericordia Divina, encarnada en Jesús, que cura inmediatamente, gratuitamente, al paralítico, dándole alivio luego de treinta y ocho años de enfermedad; por otro lado, destaca la indiferencia y falta de caridad de los hombres –ninguno de los asistentes a la piscina se acerca para ayudar al paralítico a entrar en ella-, y al mismo tiempo, la observancia escrupulosa y legalista, vacía de amor a Dios y al prójimo, de parte de los fariseos, quienes primero, en vez de alegrarse porque el paralítico ha sido aliviado de su dolencia, le reprochan su falta legal –transportar su camilla en sábado- y en vez de dar gracias a Jesús que, con su misericordia, lo ha curado, lo buscan “para atacarlo”, también por su supuesta falta legal. Es decir, si fuera por los fariseos, ni Jesús debería haber curado al enfermo, ni el enfermo habría podido luego transportar su camilla para retirarse del lugar, una vez sanado. Contrasta por lo tanto el amor misericordioso de Dios, con la necedad y la ceguera espiritual de los fariseos.

Ahora bien, hay además otro elemento a tener en cuenta y es lo que Jesús le dice al final al paralítico: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. Puesto que podemos decir que en el paralítico –que fue un hombre real, verdaderamente enfermo y que verdaderamente recibió la curación milagrosa por parte de Jesús- está representada la humanidad caída en el pecado; y puesto que también podemos decir que su curación es representación del Sacramento de la Penitencia, en donde el alma es levantada de su postración por la gracia santificante, esta última advertencia es también para nosotros: Jesús, con su Amor misericordioso, nos perdona nuestros pecados, pero nos pide que evitemos el pecado definitivamente, tal como la Santa Madre Iglesia nos hace decir en la fórmula del arrepentimiento: “Propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión de pecado”. Al recibir la absolución en la Confesión sacramental, Jesús nos dice a través del sacerdote ministerial lo mismo que le dijo al paralítico ya curado: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”


“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos” (cfr. Lc 12, 54-59). Jesús les reprocha que saben interpretar el tiempo meteorológico, porque saben cuándo va a llover y cuándo va a “hacer calor”, pero no “saben interpretar el tiempo presente”, es decir, “el signo de los tiempos”, y esto constituye una falta deliberada, porque los signos de los tiempos pueden ser leídos por quienes quieran leerlos, puesto que son inteligibles para todo hombre y mucho más para nosotros, que estamos en la Iglesia Católica y que por lo tanto, poseemos la asistencia del Espíritu Santo. Si Jesús lo dice, es porque tenemos esa capacidad y poseemos además esta asistencia del Espíritu, y si no sabemos cuáles son, es porque no la ponemos en práctica y porque no pedimos la asistencia del Espíritu para conocer los signos de los tiempos. Desde el momento en que sabemos cuándo va a llover y cuándo va a hacer calor, debemos saber entonces cuáles son los “signos de los tiempos”.
¿Cuáles son estos signos de los tiempos, que debemos leer y discernir con nuestra razón y con la ayuda del Espíritu Santo?
Son signos de los tiempos, por un lado, las manifestaciones de la oscuridad, y las principales, son las de la Nueva Era: en nuestros días, proliferan, como nunca antes en toda la historia de la humanidad, la brujería, el satanismo, el gnosticismo, el ocultismo, el esoterismo, la religión wicca -que es brujería moderna-, el tarot, el culto a los extraterrestres –que es culto a los demonios-, la superstición desenfrenada y a cara descubierta –el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa-, y toda clase de religiones paganas y neo-paganas que manifiestan, de modo inocultable, que las fuerzas del Infierno se han desencadenado sobre la tierra y que buscan seducir a un gran número de almas, para perderlas por medio de la superstición, de la ignorancia, del error y de la herejía. Pero ante el gnosticismo, la superstición y la falsedad intrínseca de la Nueva Era, está la Palabra de Dios, que nos dice: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18).
Son signos de los tiempos, por otro lado, las manifestaciones de la luz y la principal de todas, las de la Iglesia Católica, a través de sus sacramentos, sobre todo, la Eucaristía y el Sacramento de la Confesión: ambos sacramentos nos hablan de la Presencia del Emmanuel, de “Dios entre nosotros”. Los sacramentos –principalmente, la Eucaristía y la Confesión sacramental-, no son “cosas”, sino “eventos de salvación”, que actualizan y hacen presentes al Hombre-Dios Jesucristo con su misterio pascual salvífico y redentor; los sacramentos son acciones de la Iglesia por medio de las cuales ingresa, en nuestro tiempo humano y terreno, la eternidad salvífica de Jesucristo, el Cordero de Dios, quien derrama por medio de ellos su Sangre sobre las almas, lavándolas del pecado y purificándolas con su gracia y concediéndoles la gracia santificante, injertando en ellas la semilla de la vida eterna, concediéndoles la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, y preparándolas para la vida eterna, la vida en el Reino de los cielos. La Iglesia Católica y sus sacramentos, en este sentido, es el Gran Signo de los tiempos, y su presencia activa, nos está hablando acerca de la caducidad de esta vida terrena y de la proximidad inminente de la vida eterna en el Reino de Dios, vida beata y feliz para la cual nos prepara con los sacramentos, y éste es el signo de los tiempos por excelencia.

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”. El “signo de los tiempos” más preclaro es la Iglesia Católica con sus sacramentos, puesto que nos habla de la vida eterna que nos espera, y es para esa vida eterna para la cual nos debemos preparar, a cada instante, en cada segundo de vida de esta vida terrena que nos queda por vivir. Ésa es la lectura y el discernimiento que debemos hacer del “signo de los tiempos”: vivir cada segundo de la vida terrena que nos queda, en la gracia de Dios, por medio de los sacramentos de la Santa Iglesia Católica –principalmente, Eucaristía y Confesión sacramental-, preparándonos para la vida eterna en el Reino de los cielos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor”


“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc 7, 36-50). Una mujer pecadora se acerca a Jesús, se arrodilla ante Jesús, baña sus pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos y los unge con perfume. Un fariseo, sentado a la mesa con Jesús, se escandaliza por el hecho de que es una pecadora; Jesús, leyendo el pensamiento del fariseo –Jesús lo podía hacer porque era Dios-, le hace ver a Pedro que la actitud de la mujer pecadora expresa un profundo amor porque le han sido perdonados muchos pecados, lo cual no sucede con aquellos a quienes le han sido perdonados pocos pecados. La actitud de la mujer pecadora –en quien está representada la humanidad pecadora que se arrepiente de sus pecados- es importante para comprender tanto la contrición del corazón, como la esencia del sacramento de la confesión, el cual muchas veces no alcanza su eficacia en las almas, al faltar lo que se da en la mujer pecadora y que es, precisamente, la contrición del corazón. En la contrición del corazón –es decir, en el arrepentimiento perfecto de los pecados-, el alma, tocada por la gracia santificante, tiene conciencia clara tanto de la malicia de sus pecados, como de la santidad de Dios Trino: en la contrición, el alma alcanza un arrepentimiento perfecto, porque la mueve a no querer pecar más, ni el temor al infierno, ni el deseo del cielo, sino el amor a Dios, a quien ha contemplado, en el silencio, en la intimidad y en la profundidad de su corazón. El alma contempla a Dios en su majestad, y en su Trinidad de Personas, en sí mismo, pero sobre todo lo contempla en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y en la Crucifixión de ese Verbo, y se da cuenta, también iluminada por la gracia, de que han sido sus propios pecados, los que han crucificado al Verbo de Dios, al Hombre-Dios Jesucristo. El alma se da cuenta también que cada pecado actual, es decir, cada tentación no combatida, cada tentación consentida, cada tentación, que a ella le provoca placer, a Jesús, crucificado, le provoca, por el contrario, más dolor; se da cuenta que sus pecados son la causa de la coronación de espinas, de la flagelación, de la crucifixión, y se duele profundamente, y ahí comienza la contrición, la trituración del corazón, por así decirlo, por el dolor y por el amor, porque se duele por haberle provocado tanto dolor -hasta llegar a la muerte de su Dios Encarnado- con sus pecados, y comienza a amarlo con locura. Entonces, ya no es que teme tanto al Infierno -que lo sigue temiendo-, ni es que desea tanto el cielo -que lo sigue deseando-, sino que empieza a amar con locura a su Dios, y por lo tanto, toma la firme determinación de no pecar más, no tanto por temor al infierno, y tampoco por deseo del cielo, sino por verdadero dolor de los pecados y por un profundo amor a su Dios Encarnado y por él crucificado. 
Esta contrición del corazón está expresada en la oración atribuida a Santa Teresa de Ávila[1]: “No me mueve mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme el ver tu cuerpo tan herido;/muéveme tus afrentas y tu muerte,/Muéveme en fin, tu amor de tal manera/que aunque no hubiera cielo yo te amara/y aunque no hubiera infierno te temiera./No me tienes que dar por que te quiera,/porque aunque cuanto espero no esperara/lo mismo que te quiero te quisiera./”.
En el caso de la mujer pecadora –muchos dicen que es María Magdalena-, la contrición del corazón se expresa en las abundantes lágrimas que bañan los pies de Jesús y en el derramar el perfume para ungirlos con él, pero se acompaña además de un profundo cambio de vida, puesto que la Tradición habla de la conversión y de la santidad de vida de María Magdalena, desde el momento del perdón de Jesucristo, hasta del día de su muerte (de hecho, es una de las grandes santas de la Iglesia Católica).
“Sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor”. La contrición perfecta de María Magdalena, el arrepentimiento perfecto de sus pecados, fruto de la contemplación del Amor de Dios materializado en Jesucristo y su propósito de enmienda, expresados en su santidad de vida posteriores a su encuentro personal con Jesús, son el ejemplo para todo penitente que se acerca a la confesión sacramental, para que la confesión sacramental no sea algo rutinario, mecánico, vacío, sino un encuentro íntimo, personal, y un diálogo de amor entre un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y un penitente que es “nada más pecado”, como dicen los santos, pero que está dispuesto a dejarse transformar, por la gracia santificante, en ese Dios Amor, porque ése es el objetivo de la Confesión sacramental: transformar al penitente, que es “nada más pecado”, en una participación y en una imagen viviente del “Dios Amor”. La escena del Evangelio es una imagen de lo que debería suceder en toda confesión sacramental: el penitente debería acudir a la confesión sacramental movido no solo por el dolor de los pecados, sino ante todo, movido por el deseo de ser transformado en una copia viviente del Dios Amor; para obtener esa gracia, es que debe invocar a María Magdalena, ejemplo de arrepentimiento y de contrición perfecta del corazón.




[1] Aunque algunos lo atribuyen a San Juan de Ávila: ya que la idea central del soneto aparece en su obra “Audi filia” en las siguientes palabras: “Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra”. -cap. L. El soneto apareció por primera vez impreso en la obra titulada Vida del Espíritu (Madrid, 1628), del doctor madrileño Antonio de Rojas; cfr. http://www.corazones.org/jesus/poesia/a_cristo_doliente.htm

viernes, 21 de marzo de 2014


(Domingo III - TC - Ciclo A – 2014)
         “El que beba del agua que Yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 5-15 19-26 39-42). Jesús, cansado por el camino, se sienta al borde del pozo de Jacob. Se acerca una mujer samaritana para sacar agua del pozo y Jesús le pide agua para beber. La mujer samaritana se sorprende que Jesús le dirija la palabra, ya que Jesús es judío y los judíos y los samaritanos no se hablaban. Jesús le responde que si ella supiera quién es Él, sería ella quién le pediría quien le diera de beber, y Él le daría de beber un “agua viva”. La mujer samaritana, nuevamente sorprendida, responde que si el pozo es profundo y si Jesús no tiene nada para sacar agua, de dónde habría de sacar esa agua viva. En la respuesta, Jesús no le dice de dónde habrá de sacar el agua viva; aumenta aún más el misterio diciendo que “el que beba del agua que Él le dará”, “nunca más tendrá sed”, y que de él “brotarán manantiales hasta la vida eterna”. Entonces la mujer samaritana le pide que le dé de beber de esa agua viva.
         ¿Qué es esta “agua viva” que promete Jesús, que sacia la sed definitivamente, de una vez y para siempre?
         No se trata, obviamente, del agua común y corriente, del elemento líquido de la naturaleza, vital para el cuerpo y para la vida de los hombres y de la tierra. Se trata de algo vital para el hombre, pero que solo por analogía se le llama “agua viva” y es la gracia santificante: así como el agua, el elemento líquido de la naturaleza, es vital para la vida del hombre y para todo el planeta, así la gracia es vital para el alma humana, porque de la misma manera a como el cuerpo no sobrevive sin ingerir agua –muere luego de determinadas horas, según las condiciones del cuerpo y del ambiente-, así el alma muere sin la gracia santificante, y esa es la razón por la cual la Iglesia recomienda la confesión sacramental por lo menos una vez al año, porque es imposible conservar la vida de la gracia sin caer en pecado mortal, es decir, sin que el alma muera, sin el auxilio de la gracia.
         La sed corporal sirve de analogía para comprender cómo el alma tiene sed de Dios: así como el cuerpo experimenta sed naturalmente, por diversos motivos, ya sea porque realizó alguna actividad física, o bien por el solo hecho de mantener pasivamente la actividad metabólica de sus órganos, así también el alma experimenta sed, pero sed natural de cosas buenas, porque ha sido creada por Dios para el Bien y para la Verdad: el alma tiene sed de amor, de paz, de verdad, de belleza, de tranquilidad, de bondad, de alegría, de dicha, de felicidad, de justicia, y como todo esto lo encuentra solo en Dios, es la gracia la que le permite saciarse, en Dios, de todo lo bueno y lo verdadero. Cuando Jesús dice que Él dará una agua viva que saciará la sed, de manera tal que el que la beba ya no tendrá más sed y de Él brotarán manantiales hasta la vida eterna, está entonces hablando de la gracia santificante, porque es la gracia santificante la que nos une a Dios, haciéndonos partícipes de su Bondad, de su Verdad, de su Amor, y es en Él y solo en Él en donde encontramos la saciedad de bien, de verdad, de felicidad, de paz, de amor, y de todo lo bueno que desde el nacimiento traemos incorporado. Quien desee saciar su sed de felicidad en otras fuentes que no sea la gracia santificante, solo verá incrementada su sed, sin verla saciada nunca.

         “El que beba del agua que Yo le daré, nunca más tendrá sed”. ¿Adónde acudir para saciar nuestra sed de agua viva? Al costado abierto por la lanza, de donde mana no solo Agua, sino Sangre, la Sangre Preciosísima del Cordero. El que beba de la Sangre y del Agua que manan del Costado abierto de Jesús, traspasado por la lanza en la cruz, nunca tendrá sed, porque será saciado con el Amor de Dios.

jueves, 13 de marzo de 2014

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos”


“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 5, 20-26). Jesús les dice a los discípulos que deben ser mucho más justos que los fariseos, que pasaban por ser justos. A partir de Jesús, ya no basta con simplemente “no matar”: ahora, el que simplemente “se irrita” contra su prójimo, debe ser condenado por un tribunal; el que lo insulta, merece ser castigado; el que lo maldice, merece el Infierno, según las propias palabras de Jesús. Y esto son solo ejemplos de una justicia muchísimo más estricta, que aplicará la condena dictada por un tribunal que juzgará el fuero interior del hombre, la conciencia humana, y cuyo Juez implacable, pero a la vez justo y misericordioso, será Dios: Jesús está hablando del tribunal de la confesión sacramental, porque la conciencia es la voz de Dios dentro del hombre, que dicta al hombre lo que está bien y lo que está mal. A partir de Jesús, ya no basta, para ser justos, con simplemente "no matar"; a partir de Jesús, quien simplemente "se irrita" con su prójimo, comete pecado y debe ser condenado por un tribunal, el tribunal de la confesión sacramental, y debe reparar, es decir, debe cumplir con la penitencia, y debe pedir perdón a su hermano y no solo hacer el propósito de no volver a cometer el mismo pecado, sino hacer el propósito de obrar de manera opuesta, es decir, obrar con caridad para con ese hermano.
¿A qué se debe este cambio de paradigma?
Se debe al hecho de que, a partir de Jesucristo, Dios no solo se encuentra “cercano” al Nuevo Pueblo Elegido, sino que se encuentra, en virtud de la gracia santificante, “dentro” del alma de cada uno de los miembros de ese Pueblo, ya que ha comprado y convertido el cuerpo de cada uno de los integrantes de la Iglesia en su templo (cfr. 1 Cor 6, 19). Esto significa que Dios Uno y Trino, que es Dios de infinita majestad y santidad, y que es también Dios de bondad y dulzura infinitas, no solo no tolera la maldad extrema –como es el dar la muerte a una persona-, sino que no tolera siquiera la más mínima imperfección –como es el mostrar un ligerísima irritación contra alguien-, y puesto que Él inhabita en sus Tres Divinas personas en el alma en gracia, toda falta –grave o venial- que el alma cometa, la comete en su Presencia, y es por eso que el que el profana el alma y el cuerpo con pecados, profana a las Personas de la agustísima Trinidad que en ellos moran como en su templo. A este hecho, al hecho de inhabitar la Santísima Trinidad en el alma por la gracia santificante, y al hecho de ser el cuerpo templo del Espíritu Santo también por la gracia, por haber sido adquirido al precio altísimo de la Sangre del Cordero derramada en la cruz, se debe que la justicia del cristiano deba ser muchísimo más estricta que la de los fariseos y que la de los justos del Antiguo Testamento.

En otras palabras, si no somos santos, no entraremos en el Reino de los cielos. 

domingo, 9 de febrero de 2014

“Con sólo tocar los flecos del manto de Jesús, los enfermos quedaban curados”




“Con sólo tocar los flecos del manto de Jesús, los enfermos quedaban curados” (Mc 6, 53-56). Los enfermos se agolpan ante Jesús, porque como relata el evangelista Marcos, quedan curados con solo tocar “los flecos de su manto”. En este caso, el poder curativo que emana de Jesús es tan fuerte y potente que no hace falta, como en otros casos, que Jesús tome contacto personalmente con los enfermos y esta es la razón por la cual quienes se encuentran afectados por alguna enfermedad, apenas oyen hablar de Jesús, salen a esperarlo a la entrada del poblado para recibirlo y esperar la curación.
La curación de las dolencias de la humanidad sufriente es una muestra del amor misericordioso de Dios que obra a través de Jesús, sanando a innumerables enfermos a lo largo del Evangelio. Sin embargo, Jesús no ha venido desde los cielos eternos para simplemente sanar los cuerpos y las psiquis enfermas, aun cuando esta sanación física sea efectivamente una muestra de su misericordia y aun cuando esto constituya un gran alivio para quien sufre grandemente y recibe un milagro de sanación. 
Los milagros de sanación corporal son solo pre-figuraciones de su obra principal, que puede ser llamada de diversas maneras: santificación del alma por la gracia, regeneración del alma por la gracia santificante, nuevo nacimiento de lo alto por obra de la gracia divina, nueva creación por el Espíritu, re-creación del hombre por la gracia, etc. 
Este nuevo nacimiento de lo alto, esta regeneración del alma por la gracia, esta nueva creación, esta re-creación del hombre por la gracia, se encuentra figurado simbólicamente en las curaciones físicas: así como el cuerpo recupera una nueva vida cuando es curado de su enfermedad, así el alma, cuando le es quitado el pecado y recibe la gracia, comienza a vivir una nueva vida, la vida sobrenatural, la vida que es participación a la vida divina, la vida misma de Dios Uno y Trino; una vida que es nueva, que no es su vida natural, sino que es una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Cuando Jesús quita la enfermedad del cuerpo y le restituye la salud, le da al mismo tiempo una nueva vida, una vida que antes no tenía, una vida nueva, la vida sana, la vida de salud, y en esta vida nueva del cuerpo sano, que ha recibido el milagro de la curación, está prefigurada la acción de la gracia santificante en el alma que luego de quitar el pecado, obra insuflando en el alma la vida nueva, que es la vida misma de Dios Trino.
“Con sólo tocar los flecos del manto de Jesús, los enfermos quedaban curados”. Si los cristianos tomaran conciencia de la plenitud de vida nueva, sobrenatural, celestial y divina que significa la vida de la gracia, que se recibe por los sacramentos, vivirían aferrados a los sacramentos, principalmente la Eucaristía y la confesión sacramental, y no se desapegarían de ellos, ni de noche, ni de día.

jueves, 16 de enero de 2014

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


(Domingo II - TO - Ciclo A – 2014)
         “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29-34). Juan Bautista ve pasar a Jesús, lo señala y dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Llama a Jesús con un nombre nuevo, un nombre nunca hasta entonces dado a Jesús. Para sus contemporáneos, que lo veían todos los días, Jesús era simplemente: “el hijo del carpintero” o “el hijo de María”, y lo conocían como “aquel que ha crecido entre nosotros”, Juan Bautista lo llama: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para sus compatriotas, Jesús era otro integrante más del pueblo, sin mayores distinciones. Sin embargo, Juan Bautista, iluminado por el Espíritu Santo, ve en Jesús algo que los demás no ven: ve en Jesús de Nazareth a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al Verbo de Dios hecho hombre, a la Palabra de Dios encarnada en una naturaleza humana. Juan Bautista ve a la Palabra de Dios, que había sido engendrada en la eternidad en el seno del Padre, entre esplendores sagrados, la ve ahora caminando en medio de los hijos de los hombres, porque la delicia de Dios es caminar en medio de los hijos de los hombres. Juan Bautista es “el más grande nacido de mujer”, según las propias palabras de Jesús, y esto porque está iluminado por el Espíritu Santo, y por esta iluminación ya desde el seno materno reconoce la Presencia del Salvador, al saltar de alegría en el seno de su madre, Santa Isabel.
Ahora, lo reconoce en medio de los hombres y al ver descender sobre Él al Espíritu Santo en forma de paloma, lo señala y dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Su testimonio es tan importante y trascendente, que la Iglesia lo toma para su acto más importante y trascendente, la Santa Misa, para el momento posterior a la consagración, en el que el sacerdote ministerial eleva la Hostia consagrada mientras proclama al Pueblo congregado: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor”. Lo que le sucede a los contemporáneos de Jesús es lo que le sucede a todo aquel que pretende ver y analizar a Jesús con los ojos de la razón humana: ven en Jesús solamente a un hombre, tal vez un hombre bueno, un hombre santo, que murió por sus ideales, pero nada más que eso; pero quienes ven a Jesús con su sola razón natural, jamás podrán penetrar en los misterios absolutos de su Ser divino trinitario, porque Jesús, como nos dice Juan Bautista, no es un hombre más, ni es un hombre santo, ni siquiera el más santo entre todos los santos: Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Tres veces Santo, el Dios por quien los ángeles y santos son santos en el cielo, y sin el cual nada es santo, puro y bueno. Cuando Juan Bautista dice que Jesús es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nos está diciendo esto precisamente: que Jesús no es “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”, sino el Hijo de Dios que vino a este mundo a salvarnos y que para eso trabajó como carpintero y que fue Hijo de la Virgen María, pero que al mismo tiempo fue Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Juan Bautista ve más allá de la humanidad de Jesús: ve a la Persona Divina de Dios Hijo, que ha asumido un cuerpo humano para sacrificarlo en la Cruz y ofrecerse en expiación por los pecados del mundo, y es por esto que cuando ve pasar a Jesús, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
De igual manera, iluminado por la fe de la Iglesia, el católico ve en la Eucaristía algo que los demás no ven: mientras los demás ven en la Eucaristía simplemente a un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa, el católico, iluminado por la fe de la Iglesia, ve en la Eucaristía al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; ve en la Eucaristía al Cristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado; ve en la Eucaristía al Sagrado Corazón de Jesús, que baja desde el cielo con su Cruz para quedarse en la Eucaristía; ve en la Eucaristía a Jesús de Nazareth, que en la Santa Misa renueva, actualiza y prolonga su sacrificio en Cruz, el mismo y único del Calvario, entregando en el altar eucarístico su Cuerpo y derramando su Sangre en el cáliz, así como en el Calvario entregó su Cuerpo y derramó su Sangre en la Cruz; ve en la Eucaristía no solo su alimento sino la Fuente misma de su vida y la Vida misma Increada, porque la Eucaristía es Dios que es la Vida Increada en sí misma, y quien se alimenta del Pan Vivo bajado del cielo se alimenta de la substancia misma de Dios y vive de la substancia de Dios; la Sangre de Dios corre por su sangre y lo oxigena y le da vida, una vida nueva, no humana, sino eterna, sobrenatural, celestial, pero también quien no se alimenta de la Eucaristía padece hambre hasta morir de inanición, aún cuando se atiborre de manjares terrenos; ve en la Eucaristía el acto de Amor y la declaración de amor de un Dios hacia la humanidad, hacia todo hombre, y hacia cada hombre en particular, un amor eterno, infinito, inabarcable, inagotable, y que por lo mismo es incomprensiblemente despreciado por los hombres, que buscan cualquier pretexto para abandonar la Santa Misa dominical.
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Las palabras y el testimonio de Juan Bautista deben guiar el conocimiento de todo cristiano acerca de Jesús, pero no como un mero conocimiento teórico, sino como un conocimiento teórico y práctico que incida y lleve a modificar la conducta diaria de todos los días, es decir, las palabras del Bautista deben ser la guía de la vida del cristiano. Si el cristiano cree que Cristo es el Cordero de Dios y que ese Cordero está en la Eucaristía, procurará, ante todo, adorarlo con todo su corazón, y buscará de adorarlo en la Eucaristía, y para adorarlo, acudirá allí donde se encuentra el Cordero, en la Santa Misa y en la Adoración Eucarística; si el cristiano cree que Jesús es el Cordero de Dios y que ese Cordero está en la Eucaristía, convertirá su corazón en altar y en sagrario para alojar a Jesús Eucaristía y convertirá a la Santa Misa dominical en el evento de gracia y de amor más importante no solo de la semana sino de toda su vida; si el cristiano cree que Jesús es el Cordero de Dios y  que quita el pecado de su corazón, acudirá prontamente al sacramento de la confesión una vez cometido un pecado, pero tomará primeramente la decisión de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, para no ofender con el pecado al Cordero a quien tanto ama; si el cristiano cree, como dice Juan el Bautista, que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no aceptará con un silencio cobarde y cómplice las estructuras de pecado del mundo, ni será connivente con las estructuras de la cultura de la muerte, el aborto, la eutanasia, la lujuria, la pornografía, el materialismo, el hedonismo, el relativismo; si el cristiano cree que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no se inclinará ante los modernos ídolos del mundo, ídolos construidos con el deliberado fin de apartar a las almas del amor a Dios: el fútbol, sobre todo la televisación del Mundial  de fútbol y la programación televisiva saturada de fútbol; la política sin ética y sin Dios; la cultura de la diversión neo-pagana, en donde el Dios de la Alegría infinita está ausente, porque la diversión actual está pensada en términos de carnalidad, de pecado y de lujuria y no está basada en la verdadera alegría, que es la alegría de la Resurrección de Cristo; la economía deshumanizada; la música anticristiana; la espiritualidad anticristiana gnóstica, ocultista, esotérica, y wiccana, que es la espiritualidad de la Nueva Era; la moda, el cine, la cultura, la literatura, el pensamiento filosófico, la literatura, contrarios a Dios y al hombre mismo del mundo contemporáneo.
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. La señalación que de Cristo hace el Bautista, movido por el Espíritu Santo, es la señalación que el cristiano debe hacer de la Eucaristía, movido por la fe de la Iglesia, y así como el Bautista dio su vida por Cristo, siendo decapitado al no consentir el adulterio concubinario de Herodes, así el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tal como lo dice en la fórmula de la confesión sacramental –“antes querría haber muerto que haberos ofendido”-, como testimonio de amor a Cristo y a su gracia. En otra palabras, así como Juan Bautista dio su vida por proclamar y creer que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, así el cristiano, porque proclama en la Santa Misa y cree que Jesús en la Eucaristía es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, debe estar dispuesto a morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.


"Hijo, tus pecados te son perdonados"


“Hijo, tus pecados te son perdonados” (Jn 1, 29-34). Jesús le concede al paralítico una doble curación, corporal y espiritual. Corporal, porque cura su parálisis, de manera que puede incorporarse por sus propios medios; espiritual, porque le perdona sus pecados. De esta manera, demuestra doblemente su condición divina, al realizar un milagro de curación física, que solo puede ser hecho con el poder divino, y al perdonar los pecados del paralítico, lo cual es también un atributo exclusivamente divino.
Más allá de la curación real y verdadera de un hombre particular, en un momento determinado de la historia y en un lugar determinado, el episodio del Evangelio es representativo de la acción divina sobre la humanidad, que está a su vez representada en el paralítico. El paralítico representa al hombre caído en el pecado, postrado en el pecado, agobiado por el peso de la culpa, vencido por el peso del pecado, pero que mantiene sin embargo su deseo de Dios, expresado en su fe en Cristo Jesús. El paralítico tiene fe en Jesús, el Mesías de Dios: “Al ver la fe de esos hombres”, dice el Evangelio, es que Jesús se decide a obrar. El paralítico, postrado pero con fe en Jesús, es figura del hombre caído por el pecado, pero que tiene una fe viva en el Mesías Salvador, Cristo Jesús.

A su vez, la doble curación de Jesús, la corporal y la espiritual, pero sobre todo la espiritual, es una prefiguración de la curación que se verifica en el sacramento de la confesión: si bien en el paralítico la curación es doble, corporal y espiritual, en el sacramento de la confesión, es ante todo espiritual y consiste en la remoción del pecado, verdadera causa de parálisis espiritual. Y así como el paralítico, al ser curado corporalmente de la causa que le provocaba la parálisis, se dice en sentido figurado que posee una vida nueva, en el sentido de que ahora puede caminar –Jesús le dice: “Toma tu camilla y vete”-, así también el sacramento de la confesión, al curar la enfermedad espiritual del alma que es el pecado, le concede vida nueva en sentido real y no figurado, pero no simplemente porque el alma puede utilizar ahora las fuerzas naturales que antes estaban embotadas y paralizadas por el pecado, lo cual sucede en verdad –por ejemplo, la curación del pecado de la ira le permite al alma vivir en plenitud su propia mansedumbre natural-, sino porque verdaderamente le concede una vida nueva sobreantural, la vida nueva de la gracia, que es participación en la vida divina del Hombre-Dios Jesucristo –siguiendo con el ejemplo anterior, su mansedumbre no será ya la propia, sino la del Sagrado Corazón-, vida que es verdaderamente nueva y sobrenatural.
“Hijo, tus pecados te son perdonados”. En cada confesión sacramental, se renueva místicamente el Amor del Corazón de Jesús Misericordioso al alma arrepentida que se postra en busca del perdón divino.


lunes, 13 de enero de 2014

“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’”


“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’” (Mc 1, 21-28). El episodio del Evangelio nos hace comprobar la realidad de la posesión demoníaca por parte de los ángeles caídos: el hombre de la sinagoga está poseído por un ángel caído, es decir, por un ente real, maligno, que ha tomado posesión física de su cuerpo al punto tal de comandar las operaciones que realiza a través de él. Este dominio que ejerce el ángel caído sobre el hombre de la sinagoga se ve en el hecho de que el espíritu maligno se desplaza de un lugar a otro a través suyo, usando el cuerpo del hombre como si de un medio de transporte se tratara, además de utilizar sus cuerdas vocales para dirigirse de modo insolente contra Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?”. Según expertos demonólogos, como el P. Fortea, los demonios desean poseer cuerpos en los que puedan habitar sin ser molestados, es decir, cuerpos en los que la impureza y el estar entregados a los placeres es lo habitual[1], pero también es cierto lo opuesto, esto es, que detestan habitar en cuerpos en gracia, en donde la pureza les recuerda a Cristo y por eso su estadía en estos cuerpos se les torna insoportable, aunque puedan ser obligados por Dios a permanecer en ellos, en contra de su voluntad. De hecho, ha habido casos en la historia de la Iglesia en donde Dios ha permitido la posesión de santos, es decir, de personas en estado de gracia actual, para que ofrecieran el sufrimiento que les producía la posesión como víctimas expiatorias.
Pero además de la posesión corporal, hay otra posesión, esta vez a nivel espiritual, y es la dominación que el espíritu del mal ejerce sobre el hombre por medio del pecado. Esta dominación, de tipo espiritual e interior, es mucho más sutil, y difícil de detectar, por ser menos espectacular, que la posesión corporal, y es también mucho más difícil de erradicar, por cuanto arraiga no en el cuerpo, sino en las potencias espirituales del hombre, el intelecto o la voluntad, o también en las potencias sensitivas. También la curación es diferente, porque mientras que para la posesión corporal la curación se efectúa por medio del exorcismo llamado “mayor”, para la dominación espiritual que el demonio ejerce sobre el hombre por el pecado, es necesaria la confesión sacramental, cuyo poder es mayor que el exorcismo.
“Jesús increpó al espíritu impuro diciéndole: ‘Cállate y sal de este hombre’”. La temible realidad de la posesión corporal debe hacernos meditar acerca de esa otra todavía más temible posesión, y es la posesión y dominación espiritual que el espíritu del mal ejerce sobre el hombre por medio del pecado, para que estemos prevenidos de manera tal de estar dispuestos a perder la vida terrena antes que perder la vida de la gracia, tal como lo decimos en el acto de contrición: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.



[1] Cfr. Fortea, J. A., Exorcística. Complemento del Tratado Summa Daemoniaca, Atlas Representaciones, Asunción 2007, 22.

sábado, 12 de octubre de 2013

“¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo C – 2013)
         “¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” (Lc 17, 11-19). Jesús cura milagrosamente a diez leprosos, pero sólo uno de ellos, un extranjero, regresa a darle gracias. Los otros nueve, una vez curados, se olvidan de Jesús y se retiran sin más. Lo llamativo del episodio, y que llama la atención también de Jesús, es la desproporción que hay entre los que reciben la gracia de la curación milagrosa, y los que regresan a agradecer por la misma: solo uno, contra nueve que no agradecen. Esta actitud desagradecida es lo que motiva la dolorosa pregunta de Jesús: “¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”.
Debido a que la lepra, en la Sagrada Escritura, es figura del pecado, en este episodio del Evangelio, debemos vernos reflejados nosotros, integrantes de la Iglesia, porque como todos los hombres llevamos la herencia del pecado original y estamos expuestos continuamente a caer en el pecado. Que la lepra sea figura del pecado, significa que así como la lepra daña al cuerpo, así el pecado provoca en el alma un daño, que será más o menos grave de acuerdo a la gravedad del pecado. Al ser figura del pecado, se puede hacer una analogía entre la enfermedad de la lepra, como tal, y el pecado: así como la lepra está provocada por un microorganismo, un microbio –el Mycobacterium leprae-, es decir, algo insignificante en cuestión de tamaño en relación a la masa corporal del individuo afectado, así el pecado es algo insignificante en relación a la vida espiritual, y de hecho, una de las cosas que más lamentarán quienes se condenen en el infierno –dicen santos como San Alfonso María de Ligorio- es el haber perdido algo tan inmensamente grande, como Dios, por algo tan despreciablemente pequeño, como el pecado; de la misma manera a como la lepra produce una lesión que es indolora y es causa de insensibilidad, porque el microbio lesiona los nervios periféricos, portadores de la sensibilidad-, así el pecado, al ser cometido, es insensible, puesto que el alma no “siente nada” cuando peca y al igual que la lepra, que causa insensibilidad, el pecado va provocando cada vez más una insensibilidad hacia la vida de la gracia, que termina por colocar al pecador en una dureza de corazón permanente e irreversible. En el Antiguo Testamento, el leproso era marginado de la comunidad y debía vivir apartado, en cuevas solitarias y su presencia debía ser anunciada por un cencerro porque por temor al contagio, nadie quería estar a su lado; de la misma manera, el pecado aísla al pecador de la comunión de vida y amor con los justos que en la Iglesia viven en gracia, y su ejemplo busca de ser evitado a toda costa por quien tiene conciencia de la maldad y fealdad del pecado (esto no significa, obviamente, que exista discriminación alguna relativa al pecador en cuanto persona, pero sí que se debe evitar, como modelo a imitar, su mal ejemplo de pecador).
La lepra entonces es figura del pecado, y es esto lo que debemos considerar en este Evangelio, pero también debemos considerar la curación milagrosa de la lepra por parte de Jesús, puesto que esta es una figura del sacramento de la confesión: así como los leprosos quedan curados en un instante por la omnipotencia del Hombre-Dios Jesucristo, de manera tal que no queda rastro alguno de la enfermedad en los leprosos, así también sucede en el alma cuando, por el sacramento de la confesión, el penitente recibe la potentísima acción de la gracia divina de Jesucristo sobre el alma, por intermedio del sacerdote ministerial, quedando curado de todo pecado, y así como el cuerpo sanado de la lepra recupera su salud y bienestar obteniendo una nueva vida, la vida sana, así el alma, por la confesión sacramental, no solo se ve libre de la fealdad y malicia del pecado, sino que se ve revestida de la gracia divina que le proporciona una nueva vida, la vida de Dios, participada por la gracia. En otras palabras, si la lepra es figura del pecado, la curación milagrosa de los leprosos por parte de Jesús, es figura de su acción curativa producida en el sacramento de la confesión.
“¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. De los diez leprosos curados, sólo uno vuelve a dar gracias al Hombre-Dios Jesucristo, y la forma de demostrar su agradecimiento es postrándose con rostro en tierra ante su Presencia, adorándolo porque reconoce en Jesús a Dios encarnado. Todos los cristianos hemos recibido un milagro infinitamente más grande que el ser curados de una enfermedad como la lepra, desde el momento en que hemos recibido el sacramento de la confesión, por medio del cual la Sangre de Cristo derramada en la Cruz se ha vertido en nuestras almas, dejándonos limpios, puros e inmaculados, llenos de la gracia divina, y por eso nos tenemos que preguntar si agradecemos los dones que Jesús nos hace, y tanto más,  cuanto que no solo hemos recibido el don de la Confesión sacramental -y mucho más de una vez, sino innumerables veces-, sino también dones cuya sola enumeración llevaría días enteros, y por esto solo deberíamos postrarnos en acción de gracias ante Jesús. Cuando venimos a Misa, ¿cómo nos comportamos con relación a Jesús y a su infinito Amor demostrado en la confesión sacramental? ¿Pensamos en nuestros mezquinos intereses, pensamos en solo pedir cosas a Jesús, o peor aún, pensamos en reclamarle cosas que le pedimos y que según nuestro corto punto de vista, no nos dio? Cuando venimos a Misa, pensamos en nosotros mismos o, por el contrario, nos postramos de rodillas ante su Presencia sacramental, en signo de adoración y acción de gracias por su Amor misericordioso? 
Que seamos como el samaritano agradecido y, al igual que él, expresemos nuestra fe y gratitud, en cada Santa Misa, postrándonos ante su Presencia sacramental, la Sagrada Eucaristía, tanto interiormente, como exteriormente, arrodillándonos al recibirlo en la Comunión.