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jueves, 29 de abril de 2021

“Yo soy la verdadera vid y ustedes los sarmientos”

 

“Yo soy la verdadera vid y ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús utiliza la figura de la vid y los sarmientos para describir la relación espiritual y sobrenatural entre Él y el alma: así como el sarmiento, cuando permanece unido a la vid, recibe de la vid lo que le da vida, que es la savia y así el sarmiento da fruto, convirtiéndose en un racimo de uvas, así el alma que se une a Cristo por los sacramentos y la fe, recibe de Él aquello que da vida divina al alma y es la gracia santificante y así puede dar frutos de vida eterna, que son las obras de misericordia. Esta sería la relación óptima, tanto entre la vid y el sarmiento, como entre Jesucristo y el alma: que el alma permanezca unida a Él por la gracia y que así haga obras meritorias para el Cielo. Sin embargo, hay otro tipo de relación entre la vid y los sarmientos: hay sarmientos que dejan de recibir la savia vivificante y así se secan y no solo no dan frutos, sino que se desprenden definitivamente de la vid, caen al suelo y su destino es el de ser arrojados a una hoguera, para ser consumidos por el fuego: este tipo de sarmiento, infructífero, representa al alma que, por libre voluntad y decisión, elige dejar de recibir la gracia santificante de Jesucristo, elige apartarse de los sacramentos y así, sin la gracia, vive en estado permanente de pecado mortal y si muere en pecado mortal, es arrancado definitivamente y para siempre del Cuerpo Místico de Cristo, para ser arrojado en el lago de fuego inextinguible, el Infierno, en donde su cuerpo y su alma arderán, sin consumirse, por toda la eternidad.

“Yo soy la verdadera vid y ustedes los sarmientos”. En la figura de la vid, debemos ver al Hombre-Dios Jesucristo; en la figura de los sarmientos, debemos vernos a cada uno de nosotros, así como sucede con la vid terrena y los sarmientos. Sin embargo, hay un detalle que no está presente en la vid terrena y los sarmientos: en estos, es la determinación de varios factores naturales, desfavorables, los que hacen que el sarmiento deje de recibir la savia y así el sarmiento se seca y se cae; en la vida real, nosotros, los sarmientos, tenemos la libertad de elegir qué clase de sarmientos queremos ser: si sarmientos unidos a Cristo y sus sacramentos, para así dar frutos de vida eterna, o si elegimos ser sarmientos secos, sin frutos, destinados a la eterna condenación. En nosotros está elegir qué tipo de almas queremos ser y qué destino eterno queremos obtener.

 

sábado, 24 de abril de 2021

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos”

 

(Domingo V - TP - Ciclo B – 2021)

         “Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús utiliza la imagen de una viña con sus sarmientos, para describir la relación que existe entre Él y sus discípulos, es decir, los miembros de su Iglesia. La imagen es elocuente en cuanto a la relación de dependencia absoluta entre la vid y los sarmientos: si los sarmientos permanecen unidos a la vid, reciben de esta su savia vivificante y así no solo sobreviven, sino que dan fruto abundante, convirtiéndose en racimos; si el sarmiento se separa de la vid, deja de recibir su savia, que era lo que le daba vida y no solo no da fruto, sino que se separa de la vid, cae al suelo y sólo sirve para ser quemado.

         La imagen de la vid y los sarmientos es una metáfora de la vida espiritual sobrenatural del cristiano: Cristo es la Vid Verdadera, porque de Él brota la Savia vivificante, que es la gracia santificante, que da la vida divina a los bautizados y no solo les da vida divina, sino que los hace fructificar con frutos de santidad, porque los que permanecen unidos a Cristo, reciben su gracia y la gracia es la que hace obrar obras meritorias para el Cielo, obras de misericordia que obtienen para el alma los méritos de Cristo y así esas obras se convierten en el pasaje que las conduce al Reino de Dios, el seno de Dios Padre. Por el contrario, el sarmiento que se separa de la vid, esto es, el bautizado que rechaza la gracia porque se aleja de los sacramentos y prefiere vivir en el pecado, deja de recibir el flujo de vida divina que le viene por esa savia celestial que es la gracia santificante y así no obra ninguna obra meritoria para el Cielo; este sarmiento, así separado de la vid, es decir, este bautizado, separado voluntariamente de la Vid que es Cristo, a causa del pecado elegido libremente, si muere en estado de pecado mortal, es arrojado al fuego del Infierno, a la eterna condenación, prefigurado este fuego infernal en el fuego con el que es quemado el sarmiento que se desprende de la vid, no da fruto y cae al suelo, seco y sin vida.

         Entonces, la vid es Cristo, la savia es la gracia, los sarmientos que dan fruto son los justos que permanecen unidos a Cristo por la gracia y obran obras meritorias para el Cielo, y los sarmientos secos, que se separan de la vid y no dan fruto y son arrojados al fuego, son las almas de los bautizados que voluntariamente rechazaron a Cristo y su gracia, no dieron frutos de obras de misericordia que le valieran el Cielo y en el momento de su muerte fueron juzgados faltos de gracia y merecedores del lago de fuego eterno, el Infierno.

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos”. Lejos de ser una mera figura poética, o una metáfora que evoca una unión meramente afectiva o emocional con Jesucristo, la figura de la vid y los sarmientos evoca, firmemente, el destino de eterna condenación en el Infierno, o de eterna felicidad en el Cielo, que cada alma elige por sí misma en su paso por la vida terrena. Vivamos unidos a Cristo, Vid Verdadera, por la gracia santificante que nos dan los sacramentos y así daremos frutos de vida eterna, que nos harán merecedores de la felicidad eterna en el Reino de los cielos.

martes, 12 de mayo de 2020

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos”


Archivo:Christ the True Vine icon (Athens, 16th century).jpg ...

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús describe tres cosas: quién es Él, quién es su Padre y quiénes somos nosotros. Para ello, utiliza la imagen de la vid, del labrador y de los sarmientos y aplica estas imágenes a Él, al Padre y a nosotros. Él es la Vid verdadera, porque así como de la vid terrena se extrae el vino luego de la vendimia, así de Él, Vid verdadera, se extrae el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, luego de la vendimia sobrenatural que es la Pasión. Ahora bien, como toda vid, posee un labrador que la trabaja y ése labrador, en el caso de Jesús Vid Verdadera, es Dios Padre. ¿Y qué hace Dios Padre? Así como el labrador terreno poda los sarmientos vivos para que éstos crezcan más sanos y fuertes, recibiendo más savia de la vid por medio de su unión con esta, así el Padre poda, con las tribulaciones, las pruebas y la Cruz de cada día, las almas que por la gracia están unidas a Cristo, para que la savia vivificante de la gracia santificante circule en ellas todavía con más vigor y fuerza y así los haga crecer cada vez más en grados de santidad. Pero también hace otra cosa el Labrado Eterno que es el Padre: así como el labrador terreno corta, deshecha y arroja al fuego a aquellos sarmientos que están secos, es decir, aquellos sarmientos por los que ya no circula la savia de la vid, así Dios Padre poda, o más bien, quita del alma, al ver que sus esfuerzos son infructuosos, las gracias, sobre todo la gracia de la conversión final y así el alma, al morir, privada de la gracia santificante, no ve otro destino que el que ella eligió por sí misma en esta vida y es el fuego eterno, el Infierno. Es decir, Dios concede la gracia de la conversión continua y constantemente, pero llega un momento en que, ante la obstinación del alma, deja de hacerlo, abandonando al alma a su propia libertad, a su libre arbitrio y el alma así separada de la Vid Verdadera por propia voluntad, nada puede hacer para evitar la eterna condena, según las palabras del propio Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer”.
“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador (…) vosotros sois los sarmientos”. No debemos pensar que porque hemos sido bautizados y de vez en cuando acudimos a los sacramentos o hacemos alguna oración distraída y desganada, tenemos ya el Cielo asegurado: si no obramos libremente, en el sentido de querer afianzar, conservar y acrecentar el flujo de savia vivificante que nos viene de la Vid Verdadera, Cristo, por medio de la oración, la recepción frecuente de los sacramentos y las prácticas de las buenas obras, se debilitará cada vez más en nosotros el flujo vital de la gracia hasta desaparecer y así el Labrador Eterno, Dios Padre, no hará otra cosa que lo que nosotros hicimos por cuenta propia y es el separarnos de la Vid Verdadera, Cristo Jesús. Por lo tanto, si queremos habitar en el Reino de los cielos al fin de nuestra vida terrena, obremos de manera tal que el flujo de gracia santificante que proviene de la Vid Verdadera, Cristo Jesús, sea cada vez y cada día más y más abundante. Así Cristo, Vid Verdadera, será para nosotros la Vida Eterna del alma.