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viernes, 19 de noviembre de 2021

“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca”

 


“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 29-33). Jesús profetiza acerca de dos eventos futuros: la destrucción del templo y de Jerusalén y su Segunda Venida en la gloria. El primer evento será local y los discípulos tendrán tiempo para huir en dirección opuesta al lugar en donde sucederá, para poder ponerse a salvo y ocurrirá en un momento determinado: “antes de que pase esta generación”. Esto ocurrió efectivamente en el año 70 d. C., luego de que las tropas del emperador romano sitiaran y luego arrasaran a Jerusalén y al templo. El segundo evento, su Segunda Venida en la gloria, no tiene un tiempo determinado, puesto que “nadie sabe ni la hora ni el día, excepto el Padre” y será un evento universal, pues comparecerá toda la humanidad ante Cristo, quien vendrá como Justo y Eterno Juez, para conducir a los buenos al Reino de los cielos y para condenar a los malos al Infierno eterno; al ser universal, de este evento nadie podrá “escapar”, por así decir, puesto que será el Juicio Final para toda la humanidad en general y para cada ser humano en particular.

Si bien Jesús no da una fecha para su Segunda Venida, sí da las señales que la precederán: “se oscurecerán el sol y la luna, los astros caerán”, habrá guerras, terremotos, tempestades, pestes, hambrunas, aparecerán falsos mesías, falsos cristos y, finalmente, precederá inmediatamente su Segunda Venida la última persecución sangrienta contra la Iglesia –anunciada en el número 675 del Catecismo- y la “abominación de la desolación”, es decir, la supresión del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, con la aparición del Anticristo, su auto-proclamación como Cristo y la entronización de un ídolo demoníaco, todo lo cual “conmoverá el cimiento de la fe” de muchos bautizados, provocando la apostasía de una gran cantidad de fieles. La apostasía hará que los fieles dejen de adorar a Cristo en la Eucaristía y dejen de adorar a la Santísima Trinidad, para adorar al Anticristo y a la tríada satánica: la Bestia –la Masonería-, el Dragón rojo del Apocalipsis –el Comunismo, que se implantará en todo el mundo como un Estado Comunista Universal, que es en eso en lo que consiste el Nuevo Orden Mundial anticristiano- y el Anticristo, cuyo camino al poder y al trono pontificio será allanado por el Falso Profeta.

“Cuando vean que sucedan estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Sólo la oración –sobre todo el Santo Rosario-, la Adoración Eucarística, la Conversión Eucarística, la frecuencia de la Confesión sacramental, la Comunión en gracia, con fe, devoción, piedad y amor, nos darán la luz divina suficiente para discernir la proximidad del Reino de los cielos y la inminencia del Día de la Ira de Dios.

domingo, 1 de noviembre de 2020

“El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y prudentes”

 


"Parábola de las vírgenes necias y prudentes"
(Peter von Cornelius)

(Domingo XXXII - TO - Ciclo A – 2020)

          “El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y prudentes” (Mt 25, 1-13). Para comprender mejor la parábola, debemos reemplazar sus elementos naturales, por los elementos sobrenaturales, es decir, debemos saber a quiénes representan, en el mundo espiritual, los integrantes de la parábola; sólo de esta manera, comprenderemos la parábola y su inserción en el misterio pascual de muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

          El esposo, que llega a medianoche, es Nuestro Señor Jesucristo, el Esposo por antonomasia, ya que siendo Dios Hijo, se unió a la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en el seno virgen de María Santísima; la medianoche representa el fin del tiempo y de la historia humana: es el Día del Juicio Final, el Día en el que desaparecerán los cielos y la tierra que conocemos, para dar paso a la vida eterna; la noche simboliza el estado espiritual de la humanidad en general, en los días previos a la Segunda Venida en la gloria de Jesucristo: serán días de mucha oscuridad espiritual, puesto que para ese entonces se habrá implantado a la religión del Anticristo, la Nueva Era, religión pagana, gnóstica y esotérica, como religión única mundial; la llegada del esposo representa la Segunda Venida en la gloria del Hijo de Dios, quien llegará para poner fin a esta falsa religión, para apresar para siempre en el Infierno al Demonio, a la Bestia, al Anticristo y al Falso Profeta y para juzgar a la humanidad, destinando a unos al Cielo y a los impenitentes al Infierno.

          ¿Qué simbolizan las vírgenes con sus lámparas? Las vírgenes, en sí mismas, representan o simbolizan al alma humana; las vírgenes con sus lámparas llenas de aceite, simbolizan a las almas que tienen consigo la gracia y por eso están iluminadas por la luz de la verdadera fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del mundo: en otras palabras, las vírgenes prudentes son los católicos que profesan la Verdadera Fe Católica; las vírgenes con lámparas pero sin aceite suficiente, son las almas que no están en gracia y que han perdido la luz de la fe, por lo que vagan en la oscuridad de la religiosidad del Anticristo, la Nueva Era: son los católicos que, habiendo perdido la fe en Jesús Eucaristía y en la Virgen como Madre de Dios, profesan una fe sincretista, vacía de su contenido cristológico y mariano y contaminada con toda clase de espiritualidades orientales, gnósticas, ocultistas y esotéricas; las vírgenes prudentes, los que profesan la Verdadera Fe en el Hombre-Dios Jesucristo, son las almas que ingresarán en el salón nupcial de fiestas, el Reino de Dios, al término del Juicio Final; las vírgenes sin aceite y que viven en la oscuridad, son las almas que, profesando la religión del Anticristo, permanecerán fuera del luminoso salón del Reino de Dios, en las tinieblas y penumbras exteriores, en donde habrá “llanto y rechinar de dientes”, pues se trata de la eterna condenación en el Infierno. Es decir, estas almas no sólo quedarán fuera del Reino, sino que serán precipitadas -junto con el Demonio, la Bestia, el Falso Profeta y el Anticristo- a las profundidades del Infierno eterno.

          La aparente falta de caridad de las vírgenes prudentes hacia las necias -estas últimas les piden aceite para sus lámparas, pero las prudentes se niegan a compartir el aceite-, no es tal, ya que significa que la salvación es personal y no comunitaria, es decir, el permanecer en estado de gracia, el vivir la Verdadera Fe y el obrar la misericordia hasta el final de la vida, es una cuestión de actos personales, propios de la persona, que en cuanto tal, no pueden ser compartidos, ya que dependen de la libertad de cada persona.

          “El Reino de los cielos se parece a diez vírgenes necias y a diez prudentes”. ¿De qué lado estaremos, cuando los ángeles de Dios, haciendo sonar sus trompetas, anuncien a la humanidad el fin de los tiempos y la Segunda Venida en la gloria del Mesías? ¿Seremos como las vírgenes necias, en quienes no se encontró ni fe, ni esperanza, ni caridad, porque no tenían la gracia de Dios y por eso fueron dejadas fuera del salón de fiestas del Reino? ¿O seremos como las vírgenes prudentes que, ante la improvisa Llegada del Esposo, fueron consideradas dignas de entrar en el Reino de Dios, porque en sus almas inhabitaba la gracia y con ella la luz de la fe y las obras de misericordia? De nuestra libertad, de nuestro libre albedrío, dependerá que nos encontremos a la izquierda o a la derecha del Hombre-Dios el Día de la Ira de Dios.

 

 

miércoles, 25 de junio de 2014

“No todo el que dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos”


“No todo el que dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7, 21-29). Jesús nos advierte acerca del valor de las palabras: si estas no van acompañadas por obras concretas de misericordia hacia el prójimo, las palabras pronunciadas por nosotros, delante de él, no valen nada, y esto quedará de manifiesto el Día del Juicio Final. En ese día, serán apartados para siempre, de la visión beatífica y de la comunión de los bienaventurados, todos los que, llevando el sello del bautismo, y habiendo recibido los sacramentos de la Comunión y de la Confirmación, y aun habiendo recibido el Sacramento del Orden, sin embargo, en el momento del Juicio Final, sean encontrados faltos de obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.

Esos tales, nos advierte Jesús, serán condenados al Infierno, en donde arderán para siempre, con sus cuerpos y sus almas, porque las palabras vacías, sin obras de misericordia, aun cuando sean hermosas, como: “Señor, Señor”, no tienen ningún valor delante de Dios. Jesús nos aclara esto para que no nos engañemos y para que no creamos que por mover los labios y recitar oraciones, teniendo un corazón endurecido y sin caridad para con el prójimo, podremos presentarnos ante el Juicio de Dios en el Día de la Ira de Dios, vacíos de obras buenas. Si no nos presentamos con obras de misericordia, de nada valdrán nuestras palabras huecas y vacías, que resonarán, huecas y vacías, en el Infierno, por toda la eternidad, recordándonos nuestra malicia. 

sábado, 24 de agosto de 2013

"Traten de entrar por la puerta estrecha"


(Domingo XXI - TO - Ciclo C - 2013)
"Traten de entrar por la puerta estrecha". Ante la pregunta de un doctor de la Ley, acerca de si es verdad que "los que se salvan son pocos", Jesús no le responde directamente, sino con una parábola que va mucho más allá de lo que quiere saber el doctor de la ley. La parábola describe la siguiente situación: una casa, en la que se celebra un banquete, y por lo tanto hay luz, alegría y un ambiente de pacífica fiesta; un dueño de casa, que en un momento determinado "se levanta y cierra la puerta", impidiendo así la entrada, de modo definitivo, de "muchos" que no entrarán nunca a su casa; en contraposición al ambiente de paz y de alegría que reina en la casa, "afuera" de la misma, se vive un clima horrendo: hay "llanto y rechinar de dientes"para los que quedan afuera, lo cual da indicio de que son agredidos por una fuerza maligna -tal vez bestias salvajes- que les provocan terribles heridas, al punto de provocar, precisamente, el llanto y el rechinar de dientes, a causa del dolor; el grupo de personas que queda fuera de la casa, en las tinieblas, es un grupo especial: conocen al dueño de casa -"Hemos comido y bebido contigo" y "Has predicado en nuestras plazas"- y lo llaman "Señor", pidiéndole que les permita pasar, pero el dueño sorpresivamente les dice que "no los conoce"; el otro elemento presente en la parábola es la misteriosa puerta de entrada a la casa: es el único lugar por el cual se accede a la casa, a la par de que es muy estrecha, lo cual hace difícil su franqueo; al parecer, el dueño de casa está esperando una señal para "levantarse y cerrar la puerta"; por último, Jesús dice, con respecto a esta casa y su ingreso, que "los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos".
¿Por qué Jesús responde con esta parábola y qué quieren decir sus elementos? 
Porque con la parábola Jesús responde a algo más profundo que simplemente saber si salvan muchos o pocos, sino que abarca el tema de cómo salvar el alma.
La parábola se refiere a dos cosas distintas: al día de la muerte de cada persona en particular -día en el que el alma recibe el juicio particular-, como así también el día del Juicio Final.
Interpretando a la parábola en el segundo sentido, podemos tratar de dilucidar qué realidades sobrenaturales representan sus distintos elementos: la casa es la Casa del Padre, es decir, el Reino de los cielos; en la misma hay un ambiente de paz, de felicidad y de fiesta, porque en el Cielo está Dios, que es la fuente de la alegría, del amor y de la paz, y la fiesta es una fiesta de bodas, organizada por el Padre para su Hijo Dios, que se ha desposado en nupcias místicas con la humanidad, en la Encarnación; el dueño de casa que "se levanta y cierra la puerta", es el Último Día de la humanidad, el Día del Juicio Final -el Día de la ira de Dios-, en el que finalizará el tiempo humano, para dar lugar a la eternidad, la cual será de alegría para unos, y de dolor para otros; el lugar "fuera de la casa", en donde hay "llanto y rechinar de dientes", es el infierno, en donde los condenados quedarán librados, sin protección divina de ninguna clase, a la malicia, odio y perversidad de los demonios, los cuales provocarán heridas y dolores lacerantes a los condenados, en un clima de oscuridad, terror y pánico, que no finalizará nunca; los condenados, los que quedan fuera de la casa, son los malos cristianos: son cristianos, porque conocen al dueño de la casa, ya que asistían a Misa -"Hemos comido y bebido contigo"- y escuchaban la Palabra de Dios -"Has predicado en nuestras plazas"-, pero son malos, en el sentido de que a pesar de asistir a Misa y comulgar y escuchar la Palabra de Dios, no han obrado el bien y, por el contrario, han obrado el mal, lo cual ha provocado el cansancio y hastío del dueño de casa, que harto de la impenitencia de estos malos cristianos, ha decidido cerrarles la puerta de entrada para siempre; el dueño de casa, Dios Padre, no los conoce, porque están en pecado mortal, es decir, no están en estado de gracia y por lo tanto no poseen la imagen de su Hijo Jesús en ellos, lo cual hace que los desconozca; la puerta de entrada, el único lugar por el que se puede acceder a la casa, es la Cruz de Jesús: el único camino de salvación es Jesús crucificado, y esto hace que aquel que rechaza y desprecia la Cruz, vea negado para siempre su ingreso en el Reino de los cielos; finalmente, los "últimos" que son "primeros", son los buenos cristianos que, para el mundo, son últimos -el mundo rechaza e ignora a Cristo y por lo tanto también a aquellos que buscan imitarlo-, mientras que los "primeros" que son "últimos", son los cristianos malos, mundanos, que no viven en estado de gracia a causa de su mundanidad y, por lo tanto, son desconocidos por Dios, quien no les permite la entrada en el Reino de los cielos, convirtiéndose así en últimos.
"Traten de entrar por la puerta estrecha". El Evangelio de hoy nos advierte acerca de la necesidad imperiosa de tomar la Cruz de cada día y seguir a Jesús por el Camino Real del Calvario, para así poder entrar al Reino de los cielos. La "puerta estrecha" es la Cruz de Jesús, y solo a través de ella puede el alma salvar su alma y entrar en la Casa del Padre para participar, por toda la eternidad, de la fiesta de bodas de su Hijo Jesús con la humanidad.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”



“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre” (Lc 17, 20-25). En la imagen del relámpago que surca veloz el cielo, en un día de oscuridad y tormenta, Jesús grafica cómo será el Día del Hijo del hombre, es decir, el Día en que Él venga a juzgar al mundo, llamado en la Biblia “Día de la ira de Dios”.
La imagen da idea de la situación espiritual de la humanidad al momento de la Llegada del Hijo del hombre: el rayo se desencadena en una tormenta, y como es algo luminoso, se contrasta con la oscuridad de la tormenta. Así estará la humanidad entera el día que Jesús llegue a juzgar la tierra: sumergida en la oscuridad del pecado y del mal, e inmersa en las tinieblas de la ignorancia y del error, de tal manera que la luminosidad del rayo contrastará con las tinieblas y la oscuridad, tanto más cuanto que la blancura del rayo simboliza la pureza y la gloria de su Ser divino, que disipará la densa oscuridad del espíritu del mal, que para esos días se habrá abatido sobre la humanidad como nunca antes en la historia.
Pero la figura del rayo también simboliza la prontitud y celeridad de su Llegada, lo cual contrastará con otro signo de los tiempos, y es la aparición de falsos mesías, falsos profetas, falsos maestros, y de innumerables sectas, unas más tenebrosas que otras: si las sectas pueden decir: “Aquí está el Mesías”, o si los falsos profetas –como por ejemplo, Soon Myung Moon, Sai Baba, David Koresh, y tantos otros más- pueden decir: “Yo soy el Mesías”, esto es señal de su radical falsedad, porque precisamente el Mesías vendrá como el rayo, en un abrir y cerrar de ojos, sin dar tiempo, como lo hacen los sectarios y los fundadores de sectas, devenidos en falsos cristos, a montar toda una institución que propague el falso mensaje de salvación. La señal de que alguien es un falso profeta o mesías, es precisamente el tiempo: mientras Jesús vendrá de modo repentino, como el rayo cruza el cielo de oriente a occidente, los sectarios tendrán tiempo de montar sus instituciones y de tejer las telas de arañas de sus falsas doctrinas.
“Como el relámpago brilla en el cielo así vendrá el Hijo del hombre”. El Día del Juicio Final, el Día de la ira de Dios, Jesús vendrá como Justo Juez, como un rayo atraviesa el cielo; ese día, llamado “terrible” por los Padres de la Iglesia, temblarán hasta los ángeles ante la ira de Dios, y ya se habrá terminado la misericordia.
Mientras tanto, nos queda el tiempo de la misericordia, los días ordinarios, los días de todos los días, en los que Jesús viene no como Justo Juez, sino como Dios de la Misericordia y del perdón, de la paz y del Amor, y viene como Rey pacífico, en el silencio del altar eucarístico, obedeciendo a la voz del sacerdote en la consagración. Estos días son días de misericordia, que hay que aprovecharlos al máximo, antes de que sea tarde.