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sábado, 2 de mayo de 2026

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida

 


(Domingo V - TP - Ciclo A - 2026)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesús dice de Sí mismo que es “Camino, Verdad y Vida”, pero, ¿qué significa, de modo más concreto, espiritual y sobrenatural, esta expresión? En el contexto de los días en los que vivimos, en los que la Verdad se presenta como relativa y no absoluta; en los que cada uno puede creer en lo que quiere y cuando quiere; en un mundo en el que se sostiene falsamente que “todas las religiones conducen a Dios”; en un mundo en donde la secta que es la religión del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario afirma que cualquier camino es válido para llegar a Dios, que toda verdad es válida y ninguna tiene primacía sobre otra, en donde el mundo secular ha creado la cultura de la muerte, las palabras de Jesús, de que Él es “Camino, Verdad y Vida”, se oponen a todo el caos religioso y político que el Anticristo está construyendo en la sociedad humana.

Ante todo, debemos interpretar las palabras de Jesús en un sentido espiritual y sobrenatural y en un sentido absoluto, afirmando con nuestra fe católica que Jesús es el Único Salvador del mundo. Con estas premisas, analizamos brevemente la frase de Jesús “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Que Jesús sea el “Camino” significa, en un sentido espiritual y sobrenatural, que Jesucristo es el Único Camino que conduce al Cielo; Él es el Único Camino y no hay otro en el mundo, que conduce a la salvación; que Jesús sea la “Verdad” significa que Él, en cuanto Verdad Increada, en cuanto Sabiduría Increada, es Quien revela cómo es Dios en su naturaleza íntima; Él nos revela a Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; que Jesucristo sea la “Vida”, significa que Él es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. Por otra parte, cuando Jesús dice que Él es el “Camino, la Verdad y la Vida”, por un lado revela a la Trinidad, porque dice que Él es Dios Hijo, que conduce a Dios Padre en el Amor de Dios, el Espíritu Santo, pero por otra parte también nos revela cuál es el sentido primero, último y único de nuestra vida terrena y es el de ser conducidos a su Reino celestial al finalizar la misma, ya que esto es lo que significa: “Nadie va al Padre sino es por Mí”.

Esta verdad trascendental, la de tener como destino final supraterrenal el seno del Eterno Padre, es una verdad de fe enseñada por el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.

El Catecismo nos enseña también que es verdad que tenemos por destino trascendental, más allá de la vida terrena, el unirnos, en comunión de vida y amor, con la Santísima Trinidad en el Reino de los cielos, pero también es verdad que esa vida podemos vivirla ya en anticipo, en cierta medida y a través de la gracia santificante que nos otorgan los sacramentos, gozando de esta manera de un modo anticipado de es comunión de vida y amor con la Trinidad y esto se da por lo que se llama “inhabitación trinitaria” en el alma de quien está en gracia. Continúa así el Catecismo: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Entonces, nuestro destino final trascendental es el de unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, pero mediante la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, esa unidad se vive ya como anticipo y como participación por medio de la gracia, debido a que las Tres Divinas Personas se hacen Presentes, con su Ser divino trinitario, en el alma en gracia, anticipando así la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”. La Beata Isabel de la Trinidad, quien en su vida terrena tuvo la gracia de experimentar esta Presencia trinitaria en su alma, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. La Beata llama al alma en gracia, objeto de la inhabitación trinitaria, “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, y esto solo puede ser logrado por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

Algo importante que debemos determinar es lo siguiente: si Jesucristo es el Único Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo y si solo por Él es posible que la Trinidad inhabite en el alma en la vida terrena, como anticipo de la felicidad eterna, como nos enseña el Catecismo, ¿de cuál Jesucristo se trata? La pregunta es válida porque a lo largo de la historia han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Debemos preguntarnos como católicos cuál de todos estos cristos es el verdadero y si el Cristo de la Iglesia Católica es el mismo cristo de cualquier secta. La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía; El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que nos dona su vida divina trinitaria cada vez que comulgamos en gracia, con fe, piedad y amor; es el que nos ilumina con la Luz de su Gloria, ya que Él es la “Lámpara de la Jerusalén celestial”. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas y ahuyenta a las tinieblas vivientes del Infierno, los ángeles caídos. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, que está en la cruz y que por la cruz nos lleva al Padre y es el Único que nos conduce al Padre, por la Santa Cruz en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.

 

 

 



[1] Cfr. § 257-258, 260.

[2] Cfr. ibidem.

[3] Cfr. ibidem.


domingo, 21 de mayo de 2023

“Santifícalos en la verdad”

 


“Santifícalos en la verdad” (Jn 17, 11b-19). Antes de sufrir su Pasión y Muerte en Cruz, Jesús pide en la Última Cena al Padre por sus Apóstoles y la última petición es la de “santificarlos en la verdad”, puesto que la Palabra de Dios es la verdad. Lo que Jesús pide es que Dios los consagre para la función sacerdotal de predicar la verdad, algo que San Pablo llama el “sagrado ministerio del Evangelio” (Rm 15, 16). La misión de los Apóstoles, ordenados ya como sacerdotes ministeriales, es la de continuar con la misión de Jesús, anunciando el Evangelio a todas las naciones y bautizándolas en nombre de la Trinidad.

Los Apóstoles deben ser santificados en la verdad, puesto que son representantes de Cristo, que es la Verdad Increada de Dios; Cristo es la Verdad Eterna, la Verdad que resplandece por Sí misma desde la eternidad y en la cual no hay ni la más mínima sombra, ni de mentira, ni de error. La Iglesia de Cristo posee la plenitud de la Verdad Absoluta acerca de Dios y de sus misterios sobrenaturales absolutos, es decir, Dios como Uno y Trino y la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen Madre, por obra del Espíritu Santo, para ofrecerse como Víctima Inmaculada en el Ara de la Cruz y así salvar a la humanidad. Es esta verdad la que tienen que propagar los Apóstoles, sin agregar ni quitar nada, puesto que, si esto hicieran, se apartarían de la verdad y caerían en el error, en la herejía, en la blasfemia. Si los Apóstoles se apartan de la verdad revelada por Cristo -como ha sucedido y sigue sucediendo, incluso en el seno mismo de la Iglesia-, dejando de lado todo lo que la mente humana no puede comprender acerca del misterio de Cristo -como la Santísima Trinidad y la Encarnación del Verbo-, entonces estarían propagando una fe falsa, una fe acomodada a los estrechos límites y a la ínfima capacidad de la razón humana, tal como sucedió con numerosos herejes a lo largo de la historia de la Iglesia.

“Santifícalos en la verdad”. Así como los Apóstoles se santificaron en la verdad, dando sus vidas por la Verdad Increada de Dios, Cristo Jesús, así el bautizado en la Iglesia Católica también debe santificarse en la verdad, lo cual quiere decir dejar de lado y no aceptar, bajo ninguna circunstancia, una verdad distinta a la verdad de la Iglesia Católica, la Única Iglesia Verdadera del Único Dios Verdadero.

sábado, 13 de mayo de 2023

“Yo le pediré al Padre que les envíe el Espíritu de la Verdad”

 


Jesús en la Sinagoga

(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2023)

“Yo le pediré al Padre que les envíe el Espíritu de la Verdad” (Jn 14, 15-21). Antes de pasar de este mundo al otro, antes de sufrir su Pasión, su Crucifixión y su Muerte, Jesús revela que resucitará y que una vez resucitado, “le pedirá al Padre que les envíe el Espíritu de la Verdad”. En esta frase Jesús revela dos elementos sobre los cuales es necesario reflexionar, puesto que tienen relación directa con nuestra fe católica y con nuestro ser cristiano. Por un lado, revela la constitución íntima de Dios, como Uno y Trino: Él ya había revelado que Él era la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, Dios Hijo, y ahora revela que en Dios hay una Tercera Persona, la Persona del Espíritu Santo; por otro lado, el Espíritu, además de ser el Divino Amor que une eternamente en el Amor Divino al Padre y al Hijo, es además el “Espíritu de la Verdad”, y esto en contraposición con el espíritu de la mentira, propia del Ángel caído, Satanás, quien es el “Padre de la mentira”. Es decir, Jesús revela que en Dios hay Tres Personas y que la Persona Tercera, el Espíritu Santo, es el “Espíritu de la Verdad”. La Verdad y la Mentira se auto-excluyen mutuamente; no pueden existir ambas al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto: o algo es verdad, o algo es mentira, ya que una verdad a medias o una mentira a medias, es siempre una mentira completa. Así se auto-excluyen el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que es “Espíritu de la Verdad”, con el espíritu demoníaco, que el espíritu de la mentira, el espíritu de la tríada satánica formada por Satanás, por el Falso Profeta y por la Bestia. El Espíritu de la Trinidad es la Verdad, mientras que el espíritu de la tríada satánica es la mentira.

El Espíritu enviado por Cristo, en unión con su Padre, a la Iglesia, es “Espíritu de Verdad”, de ahí que en la Iglesia no puede haber jamás error alguno en su doctrina, puesto que el error no es verdad y por lo tanto la Iglesia, si miente, dejaría de ser ipso facto la Esposa Mística del Cordero. Una Iglesia falsa, que proclama la mentira en vez de la verdad, no puede nunca ser la Iglesia Verdadera del Único Dios Verdadero. El Espíritu Santo se caracteriza entonces, no solo por ser el Divino Amor, sino por ser la Verdad en Sí misma, la Verdad Increada, de ahí que tanto la Iglesia como los bautizados que aman a Cristo y poseen su Espíritu, el Espíritu de la Verdad, se reconozcan entre sí por decir siempre la verdad y por no mentir jamás. Es tan opuesto al Espíritu de Dios la mentira, que es una falta grave y tan grave, que está sancionada en la Ley de Dios, en sus Mandamientos: “No mentirás y no levantarás falso testimonio”. El pecado de la mentira -cuyos primos hermanos son, por así decirlo, la calumnia y la maledicencia- es tan grave, que cierra las puertas del Reino de los cielos a los mentirosos. En el Apocalipsis se nombra a una serie de grupos de pecadores impenitentes que no entrarán en el Cielo: “(no entrarán en el Cielo) los que se embriagan, los hechiceros, los idólatras, los cobardes, los impuros, los que aman y practican la mentira” (cfr. Ap 22, 15). Es por esto que Santo Tomás de Aquino decía que prefería creer que una vaca vuela, antes que creer que un religioso estaba mintiendo. Y San Ignacio de Loyola decía que jamás había que decir una mentira, aún si de esa mentira dependiera la subsistencia del mundo entero. El cristiano que miente no solo demuestra que no tiene en sí al Espíritu Santo, que es el “Espíritu de la Verdad”, lo cual ya es grave, sino que demuestra algo todavía más grave y es que está asociado y participa de la mentira del Padre de la mentira, Satanás, el Ángel caído. Jesús llama a Satanás “Padre de la mentira” y la razón por la que Satanás es el Padre de la mentira es porque es el primer mentiroso, es la primera creatura, de entre las creaturas inteligentes creadas por Dios, el ángel y el hombre -dicho sea de paso, los extra-terrestres no existen, y la ufología es una secta ocultista que promueve la adoración de demonios bajo la pantalla encubierta de seres de otros planetas-, en decir una mentira y esa mentira le costó el perder el Cielo para siempre. Satanás dijo la primera mentira al decir, sacrílegamente: “Yo soy dios” y como Dios no puede soportar la mentira ni al mentiroso que miente a sabiendas y explícitamente, envió a San Miguel Arcángel para que expulsara del Reino de los cielos, para siempre, al Demonio y es por eso que San Miguel Arcángel, ante la mentira de Satanás de auto-proclamarse dios, San Miguel Arcángel, bajo las órdenes de la Trinidad, exclama con voz potente: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!” y es en ese momento cuando, según el Apocalipsis, se entabla una "batalla en el Cielo" entre los Ángeles de Dios y los ángeles apóstatas, siendo estos expulsados definitivamente del Cielo. La razón de la victoria de San Miguel Arcángel no es solo la omnipotencia de Dios, sino la naturaleza misma de la Verdad de Dios, que en sí misma y por sí misma, es superior a la mentira. La lucha entre los ángeles, seres inteligentes caracterizados por ser solo espíritu, sin materia, no se lleva a cabo con armas materiales, sino con el intelecto y esta es la razón de la victoria de San Miguel Arcángel sobre Satanás y sus ángeles apóstatas, porque la Verdad Absoluta, Total y Plena, es siempre superior a la mentira.

“Yo le pediré al Padre que les envíe el Espíritu de la Verdad”. Si queremos saber a quién servimos en nuestro corazón, si a Dios Uno y Trino o a Satanás, revisemos los Mandamientos, sobre todo el que dice: “No mentirás” y ahí sabremos si servimos al Padre de la mentira, Satanás, o al Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo. Pidamos la gracia de servir al Espíritu de Dios, el Espíritu de la Verdad.


jueves, 4 de mayo de 2023

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”

 


“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 1-6). En estos tiempos, en los que un falso ecumenismo pretende igualar a todas las religiones con la falsa premisa de que todas las religiones son iguales, la revelación de Jesús nos indica que el verdadero ecumenismo es el que afirma que la Iglesia Católica y solo la Iglesia Católica, es la única religión y la única iglesia verdadera del único Dios Verdadero.

Jesús es el Camino, el Único Camino que conduce a algo infinitamente más grandioso que todos los cielos juntos y es el seno de Dios Padre y Jesús es el Camino, porque Él procede del Padre desde la eternidad, se encarna por el Espíritu Santo para salvarnos por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección y así conducirnos, unidos a Él por la gracia santificante, al seno del Padre. No hay otro camino posible que no sea Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que conduzca al Padre.

Jesús es la Verdad, la Verdad total, absoluta y plena acerca de Dios: si bien los judíos poseían un anticipo y la primicia de la verdad sobre Dios al creer, por revelación divina, que Dios es Uno, Jesús viene a completar esta verdad al revelar que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, es decir, Dios posee una naturaleza divina y un Acto de Ser divino trinitario, del cual participan las Tres Divinas Personas de la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cualquier otra afirmación acerca de la constitución de Dios como Uno y Trino es falsa y no debe ser creída ni aceptada, bajo ningún concepto, por el católico que ha sido bautizado en la Iglesia Católica.

Jesús es la Vida, la Vida divina, la Vida Eterna e Increada, porque Él posee, por participación con el Padre y el Espíritu Santo, al Ser divino trinitario, del cual brota, como de una Fuente inagotable, la Vida Divina, vida que es comunicada por participación a través de la gracia suministrada por los sacramentos. Por eso, quien recibe los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía, recibe la Vida Nueva que nos trae Jesús, una vida completa y absolutamente nueva, porque es la Vida divina de la Trinidad.

Esto es lo que Jesús quiere decirnos cuando afirma que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Y todo esto nos lo comunica Jesús desde la Eucaristía.

miércoles, 3 de mayo de 2023

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”

 


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2023)

         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 1-12). En estos tiempos en los que parecen predominar las falsas teorías de un falso ecumenismo, según las cuales todas las religiones son iguales, todos adoramos a un mismo Dios, todos vamos al Cielo y nadie va al Infierno, sin importar si creamos o no creamos, la Iglesia Católica, sobre la base de las palabras de su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo, se presenta a sí misma ante el mundo, como la Única y Verdadera Iglesia, del Único y Verdadero Dios.

         Uno de los argumentos que utiliza la Iglesia Católica es precisamente esta declaración de Jesucristo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

         Jesús es el Camino, el Único Camino que conduce a algo que es infinitamente más hermoso que el Reino de los cielos, a algo que es infinitamente más maravilloso que todos los cielos juntos y es el seno de Dios Padre. Jesús nos conduce al Padre, porque Él proviene del Padre, porque Él y el Padre son “una misma cosa”, Él y el Padre comparten, con el Espíritu Santo, el Amor Divino, un mismo Acto de Ser divino trinitario. Y precisamente, el motivo de la Encarnación del Verbo, de Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, que procede del Padre, es conducirnos, por el Espíritu Santo, al Padre, para que allí residamos por toda la eternidad. No hay otro camino para llegar al Padre que no sea Jesucristo, Quien desde la Cruz nos espira el Espíritu Santo para que, en el Amor Divino seamos llevados, en el Hijo, al Padre.

         Jesús es la Verdad Última, la Verdad sobrenatural, la Verdad Absoluta, la Verdad Total acerca de Dios, de su naturaleza y de su ser divino. Hasta Jesús, los judíos eran los poseedores de una parte de la verdad acerca de Dios, puesto que los judíos sabían, por revelación divina, que Dios era Uno y no había muchos dioses sino Uno solo y por eso eran el único pueblo monoteísta de la Antigüedad. A partir de Jesucristo, que es la Sabiduría del Padre, Dios se auto-revela no solo como Dios Uno, sino como Uno y Trino, es decir, como Uno en naturaleza y Trino en Personas, las Personas del Padre, del  Hijo y del Espíritu Santo, las cuales participan de la única naturaleza divina y del único Ser divino trinitario. No hay otra Verdad acerca de Dios que no sea la que revela Nuestro Señor Jesucristo, Verdad que es enseñada desde hace siglos por el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica.

         Jesús es la Vida, pero no esta vida humana que por naturaleza tenemos, sino que Él es la Vida Divina, la Vida misma de la Trinidad, Vida verdadera y absolutamente divina, celestial, Vida Increada y Eterna, Vida vivificante, que da la vida divina a todo aquel que recibe a Jesús con fe, con amor y con piedad, Vida que brota del Ser divino trinitario como de una Fuente Inagotable.

         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”, les dice Jesús a sus discípulos; “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”, nos dice a nosotros desde la Eucaristía, porque Él en la Eucaristía está vivo, glorioso y resucitado, en Persona y en la Eucaristía es el Camino que nos conduce al Padre, es la Verdad Absoluta acerca de la Dios Trinidad y es la Vida Eterna que se nos comunica en cada comunión. Por esta razón, la Iglesia Católica es la Única Iglesia Verdadera del Único Dios Verdadero; cualquier otra religión, no es más que invento humano o, peor aún, del Ángel caído.

martes, 28 de marzo de 2023

“La Verdad os hará libres”

 


“La Verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42). Jesús les dice a los judíos que “la Verdad los hará libres”, pero los judíos se ofenden puesto que no se consideran esclavos de nadie, al ser de la descendencia de Abraham.

La razón del desencuentro entre Jesús y los judíos es que Jesús les está hablando de la esclavitud del pecado, esclavitud de la cual la Ley mosaica no puede liberar. Los judíos creían que por el solo hecho de ser descendencia de Abraham y de observar la Ley mosaica, quedaban purificados, es decir, libres de pecado. Pero lo que no tienen en cuenta es que ni el hecho de ser descendientes de Abraham, ni el hecho de cumplir la Ley de Moisés, nada de eso puede quitar el pecado, que es una mancha de orden espiritual. El pecado es oscuridad espiritual que ciega espiritualmente al hombre y lo aleja de la Presencia de Dios, quitándole su amistad y convirtiéndolo en su enemigo y por el hecho de ser de orden espiritual, no puede ser quitado por la Ley de Moisés, ya que esta no tiene poder para hacerlo. El pecado no solo aleja al hombre de Dios, sino que lo esclaviza, porque es una fuerza maligna que, anidando en lo más profundo del ser del hombre, lo obliga a dirigirse en una dirección contraria a la de Dios y es en este sentido en el que Jesús les hace ver que el pecado hace esclavo al hombre.

 Debido a la naturaleza eminentemente espiritual del pecado, este puede ser quitado del alma del hombre sólo por una fuerza espiritual que sea superior a la del pecado y esta fuerza solo la posee Dios, quien es omnipotente y además, es lo diametralmente opuesto al pecado, ya que es la Santidad Increada en Sí misma. A esto se refiere Jesús cuando le dice a los judíos: “La Verdad os hará libres”, porque “la Verdad” es Él, es decir, Jesús, al ser la Segunda Persona de la Trinidad, al ser Dios Hijo encarnado, es la Sabiduría Divina y es la Verdad Divina, es la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, Palabra que contiene en Sí la infinita Sabiduría de Dios y la Verdad Absoluta de Dios. Esta es la razón por la cual sólo Dios puede quitar el pecado: porque es la Santidad Increada y porque es la Verdad Increada y Eterna y en cuanto tal, posee no solo la omnipotencia divina, sino la superioridad absoluta de la Santidad Divina por encima del pecado, originado en el corazón del hombre.

“La Verdad os hará libres”. Mientras el pecado, que se origina en la profundidad de nuestro ser y de nuestro corazón, nos hace esclavos por cuanto nos encadena a las pasiones y al error, solo Jesucristo, la Sabiduría y la Verdad Absolutas de Dios, nos hace libres, rompiendo las cadenas del pecado y concediéndonos la libertad plena, total y verdadera de los hijos de Dios. Hemos sido creados para ser libres en la Verdad y no para ser esclavos de las pasiones y del error, por lo tanto, para no frustrar el plan de Dios para nosotros, sigamos a Jesús, Camino, Verdad y Vida, cargando nuestra cruz, hasta el Calvario, para recibir la Libertad absoluta por medio de la Sangre del Cordero.

lunes, 27 de marzo de 2023

“Tratáis de matarme porque os dije la Verdad”

 


 “Tratáis de matarme porque os dije la Verdad” (Jn 8, 31-42). Jesús desenmascara los planes homicidas de los escribas y fariseos, que buscan “matar” a Jesús con la falsa acusación de blasfemia. Es decir, Jesús revela la Verdad de Dios como Uno y Trino y la Verdad de Él como Hijo de Dios encarnado que ha venido para salvar a los hombres, y esto es la completa Verdad, sin embargo, para los escribas y fariseos esto es “blasfemia” y “mentira” y de hecho, serán las acusaciones con las cuales llevarán a Jesús al patíbulo de la cruz.

¿Por qué los escribas y fariseos intentan matar a Jesús? Parece una decisión muy drástica, porque si les molestaba que la gente siguiera a Jesús, tal vez bastaría con decretar el destierro de Jesús, como sucedió siempre a lo largo de la historia. Una vez desterrado Jesús, la gente pronto lo olvidaría y los escribas y fariseos seguirían con sus puestos de privilegio en el Pueblo Elegido. Pero no es el destierro lo que decretan para Jesús, sino su asesinato; es decir, no se conforman con simplemente alejar a Jesús, sino que quieren quitarlo del medio de forma permanente, por medio de su asesinato. La razón de esta decisión tan drástica y dramática, se encuentra no en las mentes y los espíritus mezquinos y egoístas de los escribas y fariseos, sino en la mente y en el corazón pervertidos del Ángel caído, Satanás, que es quien instiga a los jefes del Pueblo Elegido para que cometan el homicidio contra Jesús, que en realidad es un deicidio.

En otras palabras, detrás del plan homicida de escribas y fariseos, se encuentra el “Homicida desde el principio”, el Ángel caído, Satanás, el cual pretende vanamente luchar contra Dios y hacer fracasar su plan de salvación para los hombres. Lo que el Demonio y sus secuaces, escribas y fariseos, no saben, es que no pueden matar a Dios, y si Dios encarnado muere en la cruz, porque sí muere con su Humanidad, en ese mismo momento la muerte, el Demonio y el Infierno, quedan derrotados para siempre, porque Dios es la Vida Increada en Sí misma, es la Santidad Increada, es la Gloria eterna en sí misma. Por este motivo, aunque Jesús muere con su Humanidad Santísima en la cruz, Él, en cuanto Dios, se regresa a Sí mismo a la vida, glorificando a su Humanidad y al mismo tiempo, concediéndonos la Vida divina de la Trinidad por medio de su Sangre derramada en la cruz, haciendo así vanos los planes del Ángel Homicida, el Demonio y de sus secuaces, los escribas y fariseos. 

“Tratáis de matarme porque os dije la Verdad”. Todo ser humano, en algún momento de su existencia terrena, recibirá la gracia de conocer a Jesús: quien ame a Jesús, en su Presencia Eucarística, recibirá de Él la Vida eterna, la Verdad de la Trinidad y el Amor de la Misericordia Divina; quien no lo ame, se quedará sin la Vida divina y sufrirá la segunda muerte, la muerte definitiva, quedando bajo las garras del Ángel Homicida para siempre.

miércoles, 6 de mayo de 2020

“Yo soy el camino y la verdad y la vida”




“Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 1-6). En nuestros tiempos, caracterizados por un lado por un fuerte ateísmo y materialismo, que niega la realidad del espíritu y, por otro, por una espiritualidad gnóstica que niega la necesidad de la Iglesia y sus sacramentos, como es la espiritualidad de la Nueva Era, el camino hacia el Dios Uno y Único, Verdadero, está doblemente bloqueado. Por un lado, lo bloquea la mentalidad racionalista y atea, que termina glorificando al materialismo; por otro lado, lo bloque una espiritualidad gnóstica, centrada ya sea en el propio yo -que termina en el auto-endiosamiento- o en un universo en el que todo y todos son dios, un dios que no es persona, sino una “energía cósmica” que todo lo abarca. Por uno u otro camino, el acceso al Dios verdadero, como decimos, está bloqueado, porque ambos caminos son falsos, porque son en realidad callejones sin salida.
Quien desee encontrar verdaderamente a Dios, no debe emprender por lo tanto ninguno de estos falsos caminos; quien desee encontrar al Dios Verdadero y Único, que es el Dios de la Iglesia Católica, debe elevar la mirada del alma y centrarla en el Hombre-Dios Jesucristo, quien pende de una Cruz, además de estar en Persona en el Sacramento de la Eucaristía. Y quien se una a Cristo, sea en la Cruz o en la Eucaristía, recibirá en lo más profundo del ser la iluminación que concede Cristo, porque Él es en Sí mismo luz divina –“Yo Soy la luz del mundo”- y esa luz le proporcionará el conocimiento verdadero de Dios, como Uno en naturaleza y Trino en Personas. Por último, quien centre su mirada en Cristo, sea en la Cruz o en la Eucaristía, recibirá la vida, pero no esta vida terrena que vivimos y experimentamos desde que nacemos, sino la Vida divina, la Vida misma de Dios Trino, que es la Vida Increada, por eso es que Jesús dice: “Yo Soy la Vida”.
“Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Para nuestro mundo desorientado, que o bien se topa de frente con el materialismo ateo, o bien se pierde en la nebulosa gnóstica de la falsa espiritualidad de la Nueva Era, las palabras de Jesús, Yo Soy el camino, la verdad y la vida, constituyen la única luz en medio de las densas tinieblas, que conduce a Dios. Jesús, en la Cruz y en la Eucaristía, es el Camino que conduce al seno del Padre Eterno; es la Verdad Absoluta y definitiva acerca de Dios Uno y Trino, y es la Vida divina, la Vida Increada, que hace partícipe al alma de la vida misma de la Trinidad.

miércoles, 1 de abril de 2020

“La Verdad os hará libres”



“La Verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42). Jesús afirma que “la Verdad” nos hará libres; esto quiere decir que no solo existe una Verdad Absoluta, objetiva, sino que mientras no estemos en la Verdad, no somos libres, sino esclavos. Ahora bien, ¿de qué verdad se trata? No se trata de una verdad cualquiera, sino de la Verdad Absoluta, la Verdad de Dios y esa Verdad, que es la Sabiduría de Dios, no hay que ir a buscarla más allá del sol: esa Verdad Absoluta, objetiva, que está fuera del espíritu humano y que Es en sí misma, es Jesús de Nazareth, Dios Hijo encarnado, porque Él es la Sabiduría y la Verdad de Dios encarnadas. Que la Verdad nos haga libre quiere decir entonces que Jesús nos hace libres; por contraposición, el pecado nos hace esclavos; entonces, quien sigue a Jesús, es libre; quien no lo sigue, es esclavo de sus pasiones y por lo tanto del pecado.
“La Verdad os hará libres”. Jesús es la Verdad Absoluta de Dios que nos hace libres y para conseguir esa libertad lo único que debemos hacer es seguirlo a Él, cada día, por el Camino Real de la Cruz, cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios, procurando vivir en gracia y evitar el pecado y todo lo que nos aleje de Dios. De esta manera experimentaremos la verdadera libertad, la libertad de los hijos de Dios, la libertad de los hijos de la Verdad, Cristo Jesús.

lunes, 13 de mayo de 2019

“Yo soy el camino y la verdad y la vida”


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“Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 1-6). Jesús les profetiza su misterio pascual de muerte y resurrección y por lo tanto, les avisa a sus discípulos que Él ha de partir, para regresar a la casa del Padre, adonde “hay muchas moradas”, para “prepararles una morada” y luego regresar. Tomás, que entiende todo en sentido terreno, piensa que se trata de un lugar geográfico al donde Jesús está por ir y por eso le pregunta por el “camino”: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Tomás cree que se trata de un lugar físico, geográfico; piensa que Jesús va a un lugar lejano, donde su Padre tiene una gran hacienda, y que es ahí en donde Jesús les ha de preparar una morada. Pero Jesús no está hablando de ir a un lugar geográfico: está hablando de su Pasión y Muerte en Cruz y de su Resurrección: Él irá al seno del Padre, de donde vino, por la muerte en Cruz y allí, en el Reino de los cielos, con su muerte habrá conquistado un lugar para cada uno de sus seguidores y entonces luego volverá para llevarlos allí.
“Yo soy el camino y la verdad y la vida”. En el mundo espiritual, Jesús es el Camino que nos lleva al seno del Padre; es la Verdad acerca de Dios Uno y Trino; es la Vida divina que se nos comunica a través de la Eucaristía. Quien busque otro camino para llegar a Dios, quien crea en otra verdad que no sea la del Jesús Hombre-Dios de la Iglesia Católica y quien busque una vida divina que no esté contenida en la Eucaristía, está lejos, muy lejos, del único y verdadero camino que lleva a Dios Trino, Cristo Jesús en la Eucaristía.

viernes, 12 de mayo de 2017

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2017)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesucristo es el Camino que conduce al cielo; es la Verdad que revela la naturaleza íntima de Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. En esta frase de Jesucristo se revela no solo la Trinidad –Él es Dios Hijo, que conduce al Padre, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, sino que también se revela el sentido primero, último y único de nuestra existencia en esta vida terrena, esto es, el ser conducidos a su Reino celestial, luego de terminar los días de nuestra existencia en la tierra, ya que eso es lo que significa: “ir al Padre”.
Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.
Ahora bien, nos enseña también el Catecismo que, si bien nuestro destino es unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, ya desde esta vida podemos, en cierta medida y por la gracia santificante, gozar de modo de anticipado de la Trinidad, por la inhabitación trinitaria en el alma que está en gracia: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Estamos destinados a la unidad con la Trinidad en el Reino de los cielos, pero esa unidad se consigue por la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, como anticipo, esta Presencia de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia, de la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Reflejando esta inhabitación trinitaria en el alma en esta vida, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mi misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. El alma, ya desde esta vida, está destinada a ser “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, lo cual logra el alma sólo por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
Ahora bien, Jesucristo es el Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, como nos enseña el Catecismo, en esta vida y en la otra, pero, ¿de cuál Jesucristo se trata? Porque a lo largo de la historia, han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Entonces, ¿cuál de todos estos cristos es el verdadero? La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.
         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, y es el Único que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.





[1] Cfr. § 257-258, 260.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 30 de marzo de 2017

“Las Escrituras dan testimonio de Mí”


“Las Escrituras dan testimonio de Mí” (cfr. Jn 5, 31-47). Los judíos se caracterizaban, en el Antiguo Testamento, por ser el Pueblo Elegido, es decir, por ser la única nación de la tierra que había recibido, de modo extraordinario –no por medio de la elucubración de la razón- la Verdad de que Dios era Uno. Así, los judíos poseían esta verdad y se distinguían del resto de las naciones, que creían en múltiples dioses. Como depositarios de la Verdad, los judíos, como dice Jesús, “escudriñaban las Escrituras, buscando la vida eterna”. Sin embargo, no la encuentran, por el hecho de estar centrados en la vanidad que implica la búsqueda de sí mismos[1].
Pero no solo no lo encontrarán a Dios en las Escrituras, porque se buscan a sí mismos: tampoco lo encontrarán cuando ese Dios, que transmite la Vida eterna por la Palabra sagrada, se les revele como Hombre-Dios, porque a pesar de que quien da testimonio de Él es Dios Padre, sus milagros y el profeta más grande del Antiguo Testamento, Juan el Bautista, terminarán crucificándolo. La lección que aprendemos del Pueblo Elegido es que la vanidad de la búsqueda de sí en vez de buscar a Dios, es reflejo de un pecado anterior, que está a la raíz, y es la soberbia, el pecado capital del Demonio en el cielo, pecado del que todo soberbio humano participa.
“Las Escrituras dan testimonio de Mí”. Que los judíos, por la vanidad de buscarse a sí mismos, no hayan encontrado a Dios, ni en las Escrituras, ni en Jesús de Nazareth, puesto que Jesús era ese mismo Dios de las Escrituras, en cuerpo y alma humanos, no nos garantiza que nosotros hayamos de encontrarlo. ¿Dónde está Dios para nosotros, los católicos, el Nuevo Pueblo Elegido? Está, en Persona, en la Eucaristía. Desde el sagrario, Jesús nos dice: “La Eucaristía da testimonio de Mí, porque la Eucaristía Soy Yo, Dios Hijo encarnado”. Al igual que con los judíos del Evangelio, hoy pasa lo mismo con muchos católicos: no encuentran a Dios, porque no encuentran la Eucaristía, es decir, buscan a Dios por fuera de la Eucaristía. Y fuera de la Eucaristía no está Dios, porque la Eucaristía es el Único Dios Verdadero, que nos da la Vida eterna, la misma vida de su Ser divino trinitario.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 707.

miércoles, 4 de mayo de 2016

“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena”


“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-15). Jesús revela cuál será la función de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad una vez que Él, junto al Padre, la envíe a la Iglesia y a las almas para Pentecostés: los guiará “a la Verdad plena”. ¿De qué se trata esta Verdad plena” de la que habla Jesús? Para saberlo, hay que recordar una frase de Jesús dicha anteriormente: “Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora”. Los discípulos habían recibido la revelación de que Jesús habría de morir por ellos y de que habría de resucitar, pero no habían recibido la revelación de cuánto habría de padecer Jesús por cada uno de ellos. También les había dicho que se iba a quedar “todos los días, hasta el fin del mundo”, entre ellos, pero no les había dicho cómo, y no les había dicho, porque “no podían entenderlo”, porque no tenían al Espíritu Santo que los hiciera capaces de entender, al modo como entiende Dios mismo, los sublimes misterios de su evento pascual. Es por eso que les dice: Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora”. Solo cuando Él les envíe el Espíritu Santo desde el cielo, el Espíritu Santo los iluminará y los guiará “hasta la Verdad plena” y así podrán comprender los misterios de la redención.
“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena”. Al igual que los discípulos, también nosotros, los cristianos, también necesitamos ser guiados “hacia la Verdad plena”, porque, al igual que ellos, también nosotros “no podemos entender” las palabras de Jesús y esa incapacidad de entendimiento la demostramos a cada paso que damos, en cada día de nuestra vida. No entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice: “Sígueme” y no queremos seguirlo, porque Jesús nos llama a dejar esta vida terrena y a entrar en la vida eterna; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice que debemos cargar la cruz de todos los días y en vez de cargarla, la tiramos, y nos echamos sobre las espaldas las carga del mundo, que no son las que Dios quiere para nosotros; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice que “Él es el Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo”, que nos alimenta con la substancia exquisita de la divinidad, pero nosotros preferimos atiborrarnos de los manjares terrenos; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice: “Perdona setenta veces siete” y “Ama a tus enemigos”, y nosotros preferimos en cambio vengarnos de quien nos hace mal y odiar al enemigo, en vez de amarlo hasta la muerte de cruz, como nos lo pide Jesús, no entendemos el misterio de Jesús cuando Él nos dice que “es bienaventurado el pobre de espíritu, porque de él es el Reino de los cielos”, pero nosotros nos empecinamos en enriquecernos con bienes materiales, a costa de nuestro prójimo; no entendemos que “sólo recibirán misericordia los que den misericordia a sus hermanos más necesitados”, pero nosotros nos empecinamos en preferir un partido de fútbol antes que hacer alguna de las obras de misericordia prescriptas por la Iglesia, y así ganarnos el cielo.

También nosotros, como los discípulos, somos “duros y tardos de entendimiento” (cfr. Lc 24, 25) y es por eso que necesitamos al Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo para que “nos guíe hasta la Verdad plena”.

viernes, 22 de abril de 2016

“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”


“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida” (Jn 14, 1-6). Jesús está revelando a sus discípulos no sólo quién es Él –Dios Hijo, que es el Único que conoce al Padre-, sino qué es lo que va a hacer por nosotros, a través de su sacrificio y muerte en cruz: va a prepararnos “una morada en la casa de su Padre”, para que “donde esté Él, también estemos nosotros”. Jesús nos revela, de esta manera, no solo la precariedad de esta vida terrena, temporal, sino la existencia de una vida en el más allá, una vida que, por desarrollarse en Dios, es eterna, como Dios es eterno; una vida en la absoluta paz, alegría y amor de Dios, porque es una vida que transcurrirá, por los siglos sin fin, en la Casa del Padre, allí adonde Jesús va a prepararnos una morada. Pero Jesús también nos revela que a esa vida eterna en la Casa del Padre, no se llega si no es por Él: “Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”. Jesús se nos revela a sí mismo como Dios, al utilizar el nombre propio de Dios –“Yo Soy”-, aplicándoselo a Él; es decir, al decir: “Yo Soy”, está utilizando el nombre con el que los hebreos conocían al Dios Único y Verdadero; por lo tanto, se está revelando como Dios. Luego de revelarse como Dios, se revela como “Camino, Verdad y Vida”: Jesús es el Camino que conduce al Padre y no hay otro camino que no sea Él, porque Él es Dios Hijo, que procede del Padre y que conduce al Padre y “nadie va al Padre” sino es por Él; Jesús es la Verdad Suprema y Absoluta de Dios, porque Él es la Sabiduría de Dios, y por lo mismo, nadie conoce al Padre sino Él, Dios Hijo, y quien conoce al Padre es porque es Él, Jesús, quien lo da a conocer; cualquier otra verdad acerca de Dios, que no sea la revelada por el Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, es sólo tinieblas y oscuridad; Jesús es la Vida, y la Vida eterna, la vida misma de Dios Trino, la vida que brota del Ser divino trinitario, porque Él es el Hijo Eterno del Padre, que engendrado antes que todos los siglos, recibe del Padre en la eternidad la Vida Increada y es por esto que toda vida que no sea la Vida eterna que da Jesús, es sólo desolación y muerte.
“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”. Jesús en la Eucaristía es el Único Camino al Padre que debemos recorrer, es la Única Verdad Divina que debemos creer y es la Única Vida eterna que debemos recibir.


sábado, 4 de julio de 2015

“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”


(Domingo XIV - TO - Ciclo B – 2015)

         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 1-6). Jesús es el Hombre-Dios; en cuanto tal, es poseedor de la omnipotencia divina, que le permite obrar milagros, es decir, hechos que superan las leyes de la naturaleza y que solo pueden ser obrados por la divinidad, como por ejemplo, la curación instantánea de una enfermedad, la resurrección de un muerto, la multiplicación de panes y peces. Sin embargo, el Evangelio relata un episodio paradójico: Jesús no puede hacer milagros en su propio pueblo, puesto que no creen en Él. Por este motivo, el Evangelio de este Domingo plantea a la incredulidad como fenómeno de la razón que se opone a la verdad de fe revelada y al hecho prodigioso que confirma esa verdad de fe. Jesús hace milagros –curación, multiplicación prodigiosa de panes y peces, resucitar muertos, etc.-, para confirmar la Verdad de sus palabras: Él afirma de sí mismo el ser Dios; por lo tanto, sus obras, que sólo pueden ser hechas por Dios, confirman que lo que dice es verdad, que Él es Dios. Sólo quien es Dios, puede obrar las obras de Dios. Jesús dice de sí mismo que es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; para confirmar esta Verdad absoluta divinamente revelada, realiza una obra –el milagro- que confirma, con el hecho prodigioso, la veracidad de lo que se dice. Por el contrario, si alguien dice de sí mismo: “Yo soy Dios”, pero se muestra incapaz de hacer obras propias de Dios –obras hechas con Omnipotencia, Sabiduría y Amor-, ese tal demuestra que no es Dios y que sus pretensiones de ser Dios son falsas y que es sólo un impostor. No es, obviamente, el caso de Jesús, porque Jesús sí realiza milagros, de manera tal que quien no cree en Él, tiene en sus milagros una prueba definitiva de su poder divino.
         Así nos lo enseña la Iglesia, en las Sagradas Escrituras, en sus Doctores y en su Magisterio: los milagros de Cristo confirman la Verdad por Él revelada y prueban su divinidad.
En las Sagradas Escrituras, es el mismo Jesús quien considera sus milagros como prueba de su divinidad: “Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí” (Jn 5, 36-37)
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38).
La fama de Jesús entre sus contemporáneos se hizo por los milagros, prodigios y signos: “Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos” (Hch 2, 22-23).
Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, afirma que Cristo hizo milagros para confirmar su doctrina y manifestar su divinidad[1].
En el Catecismo de la Iglesia Católica se afirma que los milagros visibles de Jesús conducen a creer en el misterio invisible de la Redención[2].
Finalmente, el Magisterio de los Papas y los Concilios, también sostiene que los milagros de Jesús confirma la Verdad revelada de que Él es Dios. Para el Papa León XIII, los milagros comprueban que Jesús es Dios y por eso mueven la razón a creer en sus palabras[3].
El Concilio Vaticano I sostiene que los milagros son auxilios externos de la fe[4].
Juan Pablo II afirma que la primera certeza transmitida por los Evangelios es que toda la Iglesia primitiva veía en los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sus leyes[5].
Los milagros de Cristo son hechos sobrenaturales, que sobrepasan las fuerzas de la naturaleza, ocurridos en realidad –es decir, no son producto de la fantasía o de la imaginación- y confirmados incluso por sus adversarios[6].
Dice Juan Pablo II: “En el Evangelio de Juan encontramos la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama “señales” (y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras la palabra “milagro” indica más bien el aspecto “extraordinario” que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos. Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). Y da la razón de la elección que ha hecho: “Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). A esto se dirigen tanto los Sinópticos como el cuarto Evangelio: mostrar a través de los milagros la verdad del Hijo de Dios y llevar a la fe que es principio de salvación”[7].
         Todo esto nos lleva a considerar que quien cree al milagro realizado por Jesucristo –o por sus santos-, cree que Jesús es quien dice ser, el Hijo de Dios Encarnado, y realiza el acto meritorio de fe, por el cual se acrecienta su unión en el Amor con Dios Trino, quien se revela y manifiesta en Cristo, precisamente, para ser conocido, amado y adorado.
         Por el contrario, quien no quiere creer en los milagros, como sucede en el caso de los habitantes del pueblo de Jesús -relatado en el episodio del Evangelio de hoy-, no cree que Jesucristo sea Dios y comete el pecado de incredulidad, por el cual se enfría su amor hacia Dios y se deteriora su relación de amistad y filiación, en mayor grado, cuanto mayor sea la incredulidad. Es lo que sucede en el Evangelio: Jesús realiza milagros, pero no creen, porque pecan de incredulidad: a pesar de estar viendo con sus propios ojos el milagro, no creen, o mejor dicho, no quieren creer, lo cual hace más grave su pecado de incredulidad, porque se hace voluntario. Pero al no creer en los milagros de Jesús, impiden la acción de la gracia y la manifestación del mismo Hombre-Dios en sus vidas: “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”.
         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Al igual que sucede con los contemporáneos de Jesús, que voluntariamente se veían privados de los milagros de Jesús por no querer creer en sus palabras y en sus obras, así sucede hoy con muchos cristianos, a quienes Jesús no puede hacer milagros en sus vidas, no porque Él no quiera, sino porque estos cristianos no quieren creer en sus milagros, el principal y el más grande de todos, el que Jesús realiza por intermedio de su Iglesia y del sacerdocio ministerial, la transubstanciación, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Quien no cree en el milagro de la Eucaristía, cierra su propia vida a la acción de Jesús en su alma y en su vida, porque Jesús no puede obrar milagros en el incrédulo, en el que no quiere creer, porque éste cierra su alma voluntariamente a toda acción de la gracia. Hay muchos cristianos que son incrédulos con respecto a los milagros de Jesús, aunque se muestran crédulos cuando los vendedores de ilusiones los engañan con sus palabras. En otras palabras, no creen a Dios, que se manifiesta en Cristo y creen en cambio a los hombres, cuya palabra, cuando no está sostenida por la Palabra de Dios, es falsa y vana.
Por eso es que dice San Cirilo de Jerusalén: “Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno”[8].
“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Si muchos cristianos se decidieran a querer creer en las palabras y en los milagros de Jesús, sus vidas serían muy distintas, porque Jesús entonces sí podría obrar todos los milagros que Él tiene pensado para cada uno, y estos son milagros de tal magnitud, que dejan a todos sin palabras.




[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 43, a. 1: “Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos. Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña. […] Segundo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo, de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia. Por esto se dice en Ga 3, 5: El que os otorga el Espíritu y obra milagros entre vosotros. Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Cristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios. Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros”.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515: “Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”.
[3] León XIII, Encíclica Satis Cognitum, n. 13, 29 de junio de 1896: “Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. […] Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón”.
[4] Denzinger-Hünermann 3009. Concilio Vaticano I, sesión III, Constitución Dogmática sobre la Fe, 24 de abril de 1870: “[La fe es conforme a la razón]. Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón (cf. Rm 12, 1), quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación, a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando de consuno luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos y acomodados a la inteligencia de todos, de la revelación divina [Can. 3 y 4]. Por eso, tanto Moisés y los profetas, como sobre todo el mismo Cristo Señor, hicieron y pronunciaron muchos y clarísimos milagros y profecías; y de los Apóstoles leemos: Y ellos marcharon y predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando su palabra con los signos que se seguían” (Mc 16, 20).
[5] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 2 de diciembre de 1987: “Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los “milagros, prodigios y señales”, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban “en su nombre”, del contexto auténtico del Evangelio.[…] Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes”.
[6] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[7] Cfr. Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[8] De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo; Catequesis 1, 2-3. 5-6: PG 33, 371. 375-378.