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viernes, 5 de abril de 2024

Domingo in Albis

 


(Domingo II - TP o Domingo in Albis - Ciclo B – 2024)

        

         “Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Jesús Misericordioso se le aparece a Santa Faustina Kowalska y le da varias misiones, como por ejemplo, confirmar la existencia del Infierno -aunque la Iglesia Católica lo anuncia desde hace veinte siglos, Santa Faustina es llevada en persona al Infierno para dar testimonio de él, para que nadie diga que no existe y que está vacío, sino que existe, es real y dura para siempre y está ocupado por demonios y almas condenadas; también le da la misión de recordar a los hombres que Dios es Misericordia Infinita, para que los pecadores no desesperen, aun los más empedernidos y así no teman acercarse a Dios, pidiendo perdón por sus pecados en el Sacramento de la Confesión; y entre estas misiones, como una de sus principales misiones, Jesús Misericordioso le encarga a Santa Faustina la misión de anunciar al mundo que Él está por regresar por Segunda Vez, dando como señal de su regreso inminente la misma imagen de Jesús Misericordioso. Esta Segunda Venida de Jesús en la gloria es un dogma de fe de la religión católica y aunque parezca obvio, es necesario afirmar que debemos creer que Jesús vendrá por Segunda Vez y esta verdad de fe a su vez implica otras verdades de fe, como el creer que el Hijo de Dios vino por primera vez, en Belén, en la humildad de nuestra carne -nadie se enteró de su Primera Venida, solo los pastores, quienes fueron advertidos por los ángeles, quienes les dijeron: “Les ha nacido un Redentor, vayan a adorarlo, lo encontrarán envuelto en pañales”, pero aparte de los pastores, nadie más supo de la Primera Venida de Jesús- y en esta Primera Venida vino para cumplir su misterio pascual de muerte y resurrección a través de su Sacrificio en Cruz, abriéndonos las Puertas del Cielo por el poder de su Sangre y concediéndonos la filiación divina a través de la gracia santificante, adoptándonos como hijos de Dios; la Segunda Venida será muy diferente a la Primera, porque si en la Primera pasó inadvertido, en la Segunda será visto por toda la humanidad, porque toda la humanidad comparecerá ante Él, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el último día de la historia humana; además, vendrá con su Cuerpo glorioso y resucitado, pleno de gloria y de luz divina, escoltado por todo el ejército de ángeles celestiales; vendrá en el Último Día en la gloria pero no como Jesús Misericordioso, no como el Jesús dulce, pacífico, paciente, que nos tiene una paciencia infinita hasta que nos decidamos de una vez a ser cristianos, hasta que nos decidamos de una vez a vivir los Mandamientos de la Ley de Dios, hasta que nos decidamos a vivir de la gracia que nos conceden los Sacramentos; vendrá como como Juez Justo y Verdadero, para sentenciar a toda la humanidad, a todos y cada uno de nosotros, para arrojar al Infierno eterno a los perversos y orgullosos y para conducir al Reino de los cielos a quienes lo aman a Él y a la Trinidad.

Ahora bien, esta Segunda Venida implica también otra verdad de fe y es que estará precedida por la asunción del Anticristo, quien dominará de modo tiránico al mundo por un breve período de tiempo y dicho gobierno del Anticristo, el gobierno del Nuevo Orden Mundial, un gobierno sin Dios y contra Dios, está anunciado proféticamente por el Catecismo de la Iglesia Católica. Dice así el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cfr. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cfr. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cfr. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)”. El Catecismo dice que antes de la Segunda Venida de Cristo, el Anticristo vendrá y se pondrá en su lugar, engañando la fe de los creyentes, dando una aparente solución a los problemas del hombre, pero al precio de la apostasía de la verdad. Luego dice el Catecismo en el numeral 680: “Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal”. Y en el 682: “Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia”. Entonces, según el Catecismo, a esta verdad de fe de la Segunda Venida de Jesús, le corresponde también otra verdad y es la de la llegada previa del Anticristo, antes de la Segunda Venida de Cristo. El Anticristo se auto-proclamará como el salvador de la humanidad, pero será un falso cristo, será una persona poseída por Satanás, que obrará al servicio de Satanás y reinará a costas de la perversión de la Verdad, a costas de ocultar la Verdad para brindar una “falsa solución apostatando de la verdad”, es decir, engañando a los hombres, ocultando la Verdad Revelada en Cristo y suplantándola con la Mentira, con la Falsedad, con el Engaño, lo cual es propio del Padre de la Mentira, el Demonio. Y así como la señal de los cristianos es la Verdad, la Misericordia y la Eucaristía, así habrá una señal que identificará a los seguidores del Anticristo y es la Mentira, el Odio y la marca de la Bestia, el número 666, tal como lo indica el Apocalipsis. Solo para señalar un ejemplo entre miles, ya se está experimentando con un chip subcutáneo patentado con el número 060606 y quien no lo posea, no podrá “ni comprar ni vender”, como lo dice el Apocalipsis.

“Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Como preludio de la Segunda Venida de Cristo, reinará el Anticristo, el cual se caracterizará por la extrema malicia, por la malicia inhumana de su gobierno, por una malicia jamás vista y que provocará horror entre los hombres y muy probablemente parte de esa malicia del Anticristo ya la estamos viviendo, a través de las leyes promulgadas por hombres sin Dios, servidores de Satanás y del Anticristo, como por ejemplo, las leyes por las cuales se considera el asesinato de niños por nacer como derecho humano y constitucional, y por estas leyes inicuas se producen cincuenta millones de niños abortados por año; parte de la malicia del gobierno del Anticristo ya la  estamos viviendo porque con la sangre y las células de esos niños abortados se producen fármacos experimentales y productos cosméticos; parte de la malicia del gobierno del Anticristo ya la estamos viviendo porque gran parte de la humanidad ha rechazado a Dios y a su Mesías, Cristo, y comete día a día innumerables pecados abominables que claman venganza a la Justicia de Dios, como homicidios, ocultismo, satanismo, espiritismo, pecados contra natura, guerras, traiciones, adulterios y crímenes de todo tipo. “Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Como devotos de la Divina Misericordia, tenemos como misión la misma misión de Santa Faustina, el anunciar que la Segunda Venida de Cristo está cerca y que la imagen de Jesús Misericordioso es la señal de la proximidad de esta Segunda Venida. Cuando venga Jesús por Segunda Vez, pondrá fin a la malicia de los seguidores del Anticristo; hasta que eso suceda, nuestro deber es obrar la misericordia, corporal y espiritual, como parte de nuestra misión de anunciar que Cristo está por venir por Segunda Vez.

martes, 11 de abril de 2023

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia

 



(Ciclo A – 2023)

Jesús promete que quien venere esta imagen, no perecerá jamás. Veneremos entonces, esta imagen, colocándola en el mejor lugar de nuestros hogares, pero sobre todo, la veneremos y la entronicemos en nuestro corazón, obrando la misericordia para con el más necesitado, para que quede allí, grabada a fuego, por el fuego del Espíritu Santo, por el tiempo y por toda la eternidad.

“(Esta imagen) Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia, (y) se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario, 848).

La imagen de Jesús Misericordioso no es una imagen más: es la “última devoción para el hombre de los últimos tiempos”; es la “señal de los últimos tiempos”, es “la última tabla de salvación” (Diario 998), a la cual el hombre debe acudir para beneficiarse del “Agua y de la Sangre” que brotaron del Corazón traspasado de Jesús.

Ya no habrá más devociones, hasta el fin de los tiempos, ni habrá tampoco más misericordia, una vez finalizados los días terrenos, antes del Día del Juicio Final. Dios tiene toda la eternidad para castigar, pero mientras hay tiempo, hay misericordia. Cada día que transcurre en esta tierra, es un don de la Misericordia Divina, que nos lo concede para retornemos a Dios Trino, para que nos arrepintamos de las maldades de nuestros corazones, para que dejemos de obrar el mal, e iniciemos el camino que conduce a la feliz eternidad, el camino de la cruz. El tiempo, los segundos que pasan, los minutos, las horas, los días, los años, son dones de la Misericordia Divina, que espera con paciencia nuestro regreso al Padre, por medio del arrepentimiento, la contrición, el dolor de los pecados, y el amor a Dios y al prójimo.

Pero para apreciar la magnitud inconmensurable del don de la Divina Misericordia, es necesario remontarse al Viernes Santo, a los instantes antes de la muerte de Jesús, a su atroz agonía, y a su muerte misma, porque el estado de Jesús en la cruz y su muerte, son consecuencias del contenido del corazón humano, y la Divina Misericordia es la respuesta de Dios Uno y Trino al deicidio cometido por el hombre.

En la cruz, ya cerca de las tres de la tarde, Jesús se encuentra al límite de sus fuerzas físicas; está agonizando, luego de haber pasado tres horas suspendido por tres clavos de hierro, y luego de haber sufrido, en su Cuerpo, el tormento más duro que jamás los hombres hayan aplicado a alguien. Pero no solo ha sufrido en el Cuerpo: también moralmente, comenzando desde su condena, ya que recibió una condena a muerte, por blasfemo, siendo Él Dios y autor de la vida, y la Vida misma Increada, y siendo Él el Inocente. Además de los golpes, fue insultado, blasfemado, agredido verbalmente, acusado injusta y falsamente, vilipendiado, humillado. Fue brutal e inhumanamente flagelado, coronado de espinas, golpeado con puños en la cara, con bastones en la cabeza, con patadas en el cuerpo; le fue puesta una cruz en sus hombros, y luego se dejó subir a la cruz y ser crucificado con tres gruesos clavos de hierro. Ya en la cruz, se le negó agua para su sed, y a cambio se le dio vinagre, y finalmente, derramó toda su sangre, quedándose sin sangre en su cuerpo. Al morir, en el colmo de los ultrajes a su cuerpo, su Corazón fue atravesado por una lanza.

Frente a todo este ultraje, y frente al odio deicida que los hombres descargaron en Jesús, Dios Uno y Trino reacciona de una manera muy distinta a como lo haría el hombre: Dios Padre, al contemplar la muerte tan atroz y cruel de su Hijo en la cruz, a manos de los hombres, no reacciona con furor, con ira, con venganza, cuando por su justicia, podría haberlo hecho; reacciona enviando al Espíritu Santo, que brota del Corazón traspasado de Jesús, junto con la Sangre y el Agua, que significan.

Es en esto en lo que consiste la Misericordia Divina: en vez del castigo que los hombres merecemos por nuestros pecados, Dios nos abre las entrañas de su Ser divino, su Misericordia y su bondad infinita, a través del Corazón abierto de su Hijo. Su Misericordia, su Amor, su Bondad sin límites, se derraman, como un océano incontenible, sobre la humanidad, a pesar de que la humanidad ha demostrado sólo odio deicida hacia Él.

Es esto lo que dice Jesús a Sor Faustina: “Abrí mi Corazón como fuente de misericordia, para que todos, para que todas las almas tengan vida. Que se acerquen, por lo tanto, con fe ilimitada a este océano de pura bondad. Los pecadores obtendrán la justificación, y los justos serán confirmados en el bien. En la hora de la muerte, colmaré con mi divina paz el alma que habrá puesto su fe en mi bondad infinita”.

A nosotros, que atravesamos su corazón con una lanza de hierro, nos abre el abismo insondable de su Amor misericordioso; a nosotros, que le dimos muerte y no le dimos paz hasta que lo vimos muerto, nos colmará de su vida y de su paz en la hora de nuestra muerte, si acudimos a Él con confianza.

La devoción a la Divina Misericordia no es una devoción más: es la última oportunidad para el hombre de los últimos tiempos. Si la humanidad no acude a la Misericordia Divina, morirá sin remedio en el abismo eterno. Dice Jesús: “Di a la Humanidad que esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos” (Diario 299). (…) “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi misericordia [288a]”.

Mientras hay tiempo, hay misericordia, y por eso, cada día que Dios nos concede, es un regalo de la Misericordia Divina, que busca nuestro arrepentimiento y nuestro amor a Dios y al prójimo. Pero resulta que el tiempo se está terminando, y que el Día de la ira divina, en donde ya no habrá más misericordia, se está terminando, ya que está cercano el retorno de Jesús, según sus mismas palabras: “Si no adoran Mi misericordia, morirán para siempre. Secretaria de Mi misericordia, escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia” (Diario 965) (…) “Deseo que Mi misericordia sea venerada en el mundo entero; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi misericordia” (Diario, 998) (...) “Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia (Diario, 965). Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ¡ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita! (Diario, 965).

La Devoción a la Divina Misericordia es la última devoción concedida a la Humanidad, antes del Día del Juicio Final, y prepara a los corazones para la Segunda Venida de Jesucristo, que está próxima: “Prepararás al mundo para Mi última venida” (Diario 429).

La imagen de Jesús misericordioso es una señal de los últimos tiempos, que avisa a los hombres que está cercano el Día de la justicia: “Habla al mundo de mi Misericordia. Es la señal de los últimos tiempos; después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo para que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia” (Diario 848).

No hay opciones intermedias: o el alma se refugia en la Misericordia de Dios, o se somete a su justicia y a su ira divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146).

Es la misma Virgen quien nos advierte de que la Segunda Venida de Jesucristo está a las puertas, y de que su imagen es una señal de esta inminente llegada: “Tú debes hablar al mundo de Su gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).

Hay dos elementos para practicar esta devoción: la oración a las tres de la tarde, que es la hora en la que Jesús muere en la cruz, y el rezo de la Coronilla de la Divina Misericordia por los moribundos. A las tres de la tarde se implora misericordia a Dios Hijo, que por nosotros muere en la cruz, y con la Coronilla, se implora misericordia por los moribundos. Jesús promete conceder todo lo que se pida, si es conforme a su Voluntad, a quien rece a las tres de la tarde recordando su Pasión, y promete la salvación del moribundo por quien se rece la Coronilla. Dice así Jesús: “Suplica a mi Divina Misericordia (a las tres de la tarde, N. del R.), pues es la hora en que mi alma estuvo solitaria en su agonía, a esa hora todo lo que me pidas se te concederá”. Esta es la hora en la que Jesús derrama sus gracias como un torrente incontenible; el alma fiel debe sumergirse en la Pasión del Señor, aunque sea por un breve instante, rezar el Via Crucis de la Divina Misericordia y la Coronilla, y Jesús le concederá “gracias inimaginables”. Sobre la Coronilla, dice Jesús: “Quienquiera que la rece recibirá gran misericordia a la hora de la muerte” (Diario, 687) (…) “Cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré ante el Padre y el alma agonizante no como Juez justo sino como el Salvador Misericordioso” (Diario, 1541) (…) “Hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita” (Diario, 687) (…) “A través de ella obtendrás todo, si lo que pides está de acuerdo con Mi voluntad” (Diario, 1731) (…) “Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia” (Diario 687).

Jesús promete que quien venere esta imagen, no perecerá jamás. Veneremos entonces, esta imagen, colocándola en el mejor lugar de nuestros hogares, pero, sobre todo, la veneremos y la entronicemos en nuestro corazón, obrando la misericordia para con el más necesitado, para que quede allí, grabada a fuego, por el fuego del Espíritu Santo, por el tiempo y por toda la eternidad.

 

miércoles, 20 de abril de 2022

Domingo in Albis o Domingo de la Divina Misericordia

 


"Anunciarás al mundo mi Segunda Venida (...) Esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos"
(Nuestro Señor Jesucristo a Santa Faustina Kowalska)

(Domingo II - TP - Ciclo C – 2022)

         El segundo Domingo de Pascuas se llama también “Domingo in albis” o “Domingo de la Divina Misericordia”. En este Domingo, por expreso pedido de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Faustina Kowalska, se celebra a la Divina Misericordia: “Quiero que mi Misericordia sea honrada en toda la Iglesia el segundo domingo de Pascuas”.

         La razón por la cual se debe honrar, alabar y adorar a la misericordia de Dios es que Dios es infinita misericordia, una misericordia sin límites, infinitamente más grande que el más grande de los pecados del hombre. Ahora bien, lo que debemos tener en cuenta es que, aunque esta misericordia es infinita en Sí misma, tiene un límite y es el tiempo que dura nuestra vida aquí en la tierra. En otras palabras, cuando nuestra vida terrenal termina, se termina el tiempo de la misericordia, para dar comienzo a la Divina Justicia. Esta vida terrena es el tiempo en el que actúa la Divina Misericordia, sin importar la gravedad y cantidad de nuestros pecados, basta con que nos arrepintamos de nuestro mal obrar y acudamos al Sacramento de la Confesión: “Di a los pecadores que mi Misericordia es infinita”. Pero la Misericordia Divina termina cuando termina esta vida terrena, para dar paso a la Justicia Divina; el día de nuestra muerte es el anticipo del Día del Juicio Final, el Día de la Ira de Dios, Día en el que los impíos, los impenitentes, los que no se arrepienten de sus pecados, probarán el amargo y doloroso saber de la Justicia Divina. En ese día, dice la Virgen a Sor Faustina, hasta los ángeles del Cielo temblarán ante la Ira de Dios: “En el Día del Juicio Final temblarán hasta los ángeles del Cielo”. Mientras vivimos en esta vida terrena, la Misericordia Divina es infinita, pero cuando esta vida termina, comienza la Justicia Divina, por eso es necesario que acudamos al Sacramento de la Confesión, para recibir el perdón de nuestros pecados y así ser protegidos por la Divina Misericordia en el Día del Juicio Final.

         Este otro aspecto de Dios debemos tenerlo bien presente, para que no nos confundamos eternamente: Dios es infinita misericordia, pero también es infinita justicia. Si Dios no fuera Justo, es decir, si fuera injusto, no sería Dios, porque la injusticia es una imperfección y Dios es Perfecto por definición. Dios es Justicia Infinita y quien no quiera pasar por la Misericordia Divina, deberá pasar por la Justicia Divina y así lo dice Jesús: “Quien no quiera pasar por mi Misericordia, deberá pasar por mi Justicia Divina”. Y los rayos de Sangre y Agua que brotan del Corazón traspasado de Jesús son el refugio santo contra la Ira de Dios: “El que se ampare en mi Misericordia, no sufrirá el rigor de mi Justicia”.

         Es un gravísimo error en los cristianos pensar que Dios es Pura Misericordia y que no castiga a nadie; es un gravísimo error pensar que Dios nos lleva a todos al Cielo, aun si no nos arrepentimos de nuestros pecados: nadie entrará al Cielo obligado; nadie ingresará en el Reino de Dios a la fuerza y la impenitencia, el no arrepentirse del pecado, del mal cometido, es un signo de que la persona no quiere entrar en el Reino de Dios; es un signo de que la persona prefiere el pecado antes que la gracia santificante que Jesús nos ofrece desde su Corazón traspasado.

         Por último, la imagen de Jesús Misericordioso es una señal de que el tiempo de la Divina Misericordia se está acabando para la humanidad, sumergida en la tiniebla del pecado, de la muerte y del ocultismo y de que está a las puertas el Día de la Ira de Dios. Así le dice Jesús a Santa Faustina: “Esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los últimos tiempos (…) Anunciarás al mundo mi Segunda Venida (…) Ya no habrán más devociones hasta el fin”. La imagen de Jesús Misericordioso anuncia que las puertas de la Divina Misericordia todavía están abiertas, pero también anuncian que están a punto de cerrarse y quien no quiera refugiarse en la Divina Misericordia, deberá sufrir para siempre el peso y la furia de la Ira Divina. Mientras hay tiempo, hay Misericordia; no desperdiciemos el tiempo y acudamos cuanto antes al refugio que nos protege de la Ira de Dios, el Corazón Misericordioso de Jesús.

sábado, 27 de abril de 2019

Domingo in Albis o Día de la Misericordia Divina



(Domingo II - TP - in Albis - Ciclo C – 2019)

         El segundo Domingo del Tiempo Pascual es llamado “Domingo in Albis” o también “Domingo de la Misericordia” y esto por expreso pedido de Nuestro Señor Jesucristo a Sor Faustina Kowalska: “Quiero que la fiesta de la Misericordia se celebre solemnemente el segundo Domingo después de Pascuas”.
         Es decir, en este Domingo se celebra la Misericordia del Señor, por lo que es motivo para hablar de ella. ¿Por qué Jesús se presenta como Jesús Misericordioso? Para que nosotros sepamos que Él es la Divina Misericordia encarnada, lo cual quiere decir que la Divina Misericordia es tal y como Jesús se le aparece a Santa Faustina y no de otra forma. Si Jesús se presenta como Jesús Misericordioso, es para que nosotros sepamos que la Misericordia de Dios es una sola y no la que, según algunos, es. Jesús se presenta como Jesús Misericordioso para que sepamos que existe una falsa misericordia y una verdadera misericordia y que la verdadera Misericordia es Él. ¿Cómo es la falsa misericordia y cómo es la verdadera misericordia? Según la falsa misericordia, el hombre puede vivir tal y como le plazca en esta vida, sin preocuparse ni por la vida sacramental, ni por vivir la fe, ni por vivir los Mandamientos: puesto que Dios es tan misericordioso, no importa qué clase de vida llevemos aquí, Dios nos perdonará igual. Es decir, según la falsa misericordia, el hombre puede vivir en el pecado, cualquiera que este sea, porque Dios, que es infinita misericordia, lo perdonará al final de sus días.
         Sin embargo, esto es falso, porque es verdad que Dios es Misericordia Infinita, pero también es verdad que es Justicia Infinita y que si alguien no quiere arrepentirse de sus pecados, Dios no puede obligarlo a arrepentirse, por lo que ese tal se hace objeto de la Justicia Divina y no de la Misericordia Divina, tal como lo dice Jesús: “Que los más grandes pecadores [pongan] su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia. Escribe: Antes de venir como Juez Justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[1]. De estas palabras se deduce claramente que, por un lado, no hay pecado, por grande que sea, que Dios no perdone en su infinita misericordia; por otro lado, que no hay pecador que no sea perdonado, por gran pecador que sea, con la condición de que se arrepienta de sus pecados, pero si el pecador no se arrepiente, entonces Dios no puede perdonarlo y esa alma, en vez de recibir la Misericordia Divina, recibirá la Justicia Divina. Esto es así porque Dios es infinitamente Justo: Dios sería injusto si concediera a un pecador impenitente el perdón, porque precisamente, el impenitente no quiere el perdón, por eso Dios no se lo puede conceder, porque respeta esta libre decisión del pecador de ser impenitente. Ese tal se condenará, pero no porque Dios le niegue su Misericordia, sino porque el hombre impenitente no quiere recibirla. Quien se condena, no es por falta de Misericordia, porque Dios a todos ofrece su Divino Perdón y a todos concede la gracia de la Misericordia Divina, pero resulta que no todos los hombres quieren recibir este Divino Perdón.
         Entonces, un primer motivo por el cual Jesús se aparece como la Misericordia encarnada, es para que sepamos distinguir entre verdadera y falsa misericordia.
         El otro motivo por el que Jesús viene como Jesús Misericordioso es para que sepamos que su Segunda Venida, para juzgar al mundo, está cerca y esta imagen, la imagen de la Divina Misericordia, es un aviso de que Él está por venir y que debemos estar preparados para su Segunda Venida. Dice así Sor Faustina: “Una vez cuando en lugar de la oración interior comencé a leer un libro espiritual, oí en el alma estas palabras, explícitas y fuertes: “Esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos (…) La humanidad no encontrará la paz, hasta que no se vuelva con confianza a mi Misericordia (…) Doy a la humanidad un vaso del cual beber, y es esta imagen (…) Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Jesús vino por primera vez, en la humildad de un pesebre y muy pocos se enteraron de su Primera Venida; vendrá por Segunda Vez, en la gloria del cielo y toda la humanidad lo verá y cuando venga, juzgará a vivos y muertos y es para esta Segunda Venida en la gloria, para la cual Jesús nos advierte que debemos estar preparados. Ese día, le dijo la Virgen a Sor Faustina, “hasta los ángeles del cielo temblarán de espanto ante la ira de Dios”. La imagen de Jesús Misericordioso es la última devoción para el hombre de los Últimos Tiempos: ya no habrán más devociones y quien desprecie o deje pasar la Misericordia, inevitablemente pasará por la Justicia Divina. Así dice Jesús a Santa Faustina: “(…) habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía (...) (Esta imagen) es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia, (y) se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos”[2]. La imagen de Jesús Misericordioso es la señal de que su Segunda Venida está próxima; tal como Él le dice a Sor Faustina, es “una señal de los últimos tiempos”, los tiempos que precederán a su Segunda Venida en la gloria, Segunda Venida en la que tendrá lugar “el día de la justicia”, el cual está descripto en la Sagrada Escritura como “Día de la Ira de Dios” (Rm 1, 18). Dios es Amor infinito, pero los pecados de la humanidad han traspasado los cielos y claman la intervención de la Justicia Divina, porque además de las innumerables crueldades y blasfemias que se cometen en todo lugar, gracias a la globalización tecnológica y a una falsa concepción de la Divina Misericordia, todo el mundo se ha convertido en una inmensa Sodoma y Gomorra, lo cual enciende la ira de Dios. Sólo quien se ampare bajo los rayos que brotan del Corazón de Jesús Misericordioso, estarán a salvo de la ira de Dios: “Estos rayos protegen de la ira de mi Padre”. A Jesús Misericordioso le decimos: “Oh Jesús Misericordioso, Tú eres la infinita y Divina Misericordia encarnada; nos reconocemos pecadores y necesitados de tu Misericordia; que tu Misericordia Divina nos ampare de la ira del Padre, justamente encendida por nuestros pecados. Oh Sangre y Agua, que brotasteis del Corazón de Jesús, como manantial de misericordia para el mundo entero, ampáranos y líbranos de la ira de Dios”.
        


[1] Diario, 1146.
[2] Diario, 848.

sábado, 7 de abril de 2018

Domingo in Albis



(Ciclo B – 2018)

Nuestro Señor Jesucristo se apareció a Santa Faustina Kowalska durante una serie de años y en una de las apariciones le confió a Sor Faustina que la Devoción a la Divina Misericordia habría de ser la última, antes de su Segunda Venida y que la señal de que su Segunda Venida estaba cerca, era esta imagen: “Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la humanidad conozca la infinita Misericordia mía (esta imagen) es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de mi Misericordia, se beneficien del Agua y la Sangre que brotó para ellos”[1]. Y también: “Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia”. El mensaje central de Jesús Misericordioso a Santa Faustina Kowalska es que la Humanidad debe volverse a Él, que es la Misericordia de Dios encarnada, porque de lo contrario, “no tendrá paz”, y que Él está a punto de venir, en su Segunda Venida gloriosa: “Esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos (…) La humanidad no encontrará la paz, hasta que no se vuelva con confianza a mi Misericordia (…) Doy a la humanidad un vaso del cual beber, y es esta imagen (…) Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Además, de las palabras de Jesús, se puede observar que parte también esencial del mensaje es que quien no quiera aprovechar la Misericordia de Dios, deberá comparecer ante la Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por las puertas de mi Misericordia, deberá pasar por las puertas de mi Justicia”.
Cuando se considera a la Divina Misericordia, se puede caer en un error muy frecuente, que es el de negar la Justicia Divina y por lo tanto, negar el Infierno, lo cual no corresponde a la Fe católica. En las apariciones como Jesús Misericordioso, Nuestro Señor confirmó a la Iglesia en la verdadera doctrina de la Misericordia, que implica y comprende la doctrina sobre la Justicia Divina y el Infierno. Muchos pretenden que Dios es Misericordia, pero olvidan que también es Justicia y que si fuera sólo Misericordia, no sería Dios, porque dejaría sin castigo el mal, lo cual es injusto e impío.
         Forman parte del Ser divino trinitario tanto la Misericordia como la Justicia: Misericordia sin Justicia es impiedad; Justicia sin Misericordia es propio de un Dios que solo busca el castigo del mal, sin apiadarse de las miserias de sus creaturas, los hombres.
         La existencia del Infierno es una muestra de la Misericordia de Dios y del profundo respeto de la libertad de las creaturas –sean ángeles u hombres- que no desean estar con Él ni saber nada de Él. Para respetar la decisión de ángeles y hombres que no quieren amarlo ni adorarlo y no quieren servirlo, es que Dios Trino crea un lugar especial, en el que el ángel rebelde y el hombre pecador contumaz tienen lo que desean: un lugar en el que no está Dios Trino y al no estar Dios Trino, es un lugar en el que no hay Amor, sino odio; no hay paz, sino discordia; no hay gracia ni gloria divina, sino estado de pecado permanente. Y puesto que las respectivas voluntades de los ángeles y hombres rebeldes son definitivas y puesto que tanto el ángel como el hombre, una vez creados, viven para siempre –Dios no aniquila a sus creaturas-, el Infierno, el lugar creado para los que no quieren estar con Dios, es para siempre, es decir, es eterno, no termina nunca.
         Afirmar que porque Dios es Misericordioso no puede haber creado el Infierno es afirmar un error sobre Dios: precisamente, porque es Misericordioso, crea al Infierno para dar a la creatura aquello que la creatura quiere con todas las fuerzas de su ser: vivir para siempre sin la Presencia de Dios; vivir sin cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios; vivir sin saber nada de Dios. Jesús revela que el Infierno fue creado inicialmente para los ángeles, pero es el lugar al que van también todos aquellos que en esta vida se rehúsan, libre y voluntariamente, a hacer el bien, a obrar la misericordia y por lo tanto persisten en su malicia hasta el último suspiro de sus vidas. En el Día del Juicio Final, Jesús dirá a los réprobos, a los que libremente eligieron morir en pecado mortal, para no vivir en la gloria de Dios por la eternidad: “¡Apártense de mí malditos, al fuego eterno, creado para el Diablo y los ángeles!” (Mt 25, 41).
         Quienes niegan la existencia del Infierno con el pretexto de que Dios es misericordioso, o quienes afirman erróneamente que las almas que deberían ir al Infierno son aniquiladas, o quienes afirman también erróneamente que el Infierno está vacío, se apartan de la Fe católica y cometen el pecado de herejía e incurren en cisma ipso facto.          El Infierno existe, es real y el tormento del alma y del cuerpo para los condenados duran toda la eternidad. El Catecismo de la Iglesia Católica dice así: “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Inmediatamente después de la muerte, las almas de aquellos que mueren en un estado de pecado mortal descienden al infierno, donde sufren los castigos del infierno, el “fuego eterno”. El principal castigo del infierno es la separación eterna de Dios, en quien sólo el hombre puede poseer la vida y la felicidad para la cual fue creado y por la que anhela”[2]. Y en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica se afirma: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal”[3]. Es decir, en el Catecismo se afirma, como verdad de fe definida, que el Infierno existe, que hay un tormento del alma y del cuerpo, que los que van allí van por propia culpa y que es para siempre.
         En sus apariciones a Santa Faustina Kowalska, Jesús no hace sino confirmar lo que la Iglesia enseña en su Catecismo y en su Magisterio: “Para la Justicia, tengo toda la eternidad; la Misericordia es para esta vida y los hombres deben aprovecharla. Quien no quiera pasar por la puerta de la misericordia, pasarán por la puerta de la Justicia”.
La doctrina sobre la Divina Misericordia es inseparable de la doctrina sobre el infierno porque uno y otro destinos eternos –cielo e infierno- están intrínsecamente unidos: el destino de los justos –los que mueren en estado de gracia, es decir, protegidos por los rayos de la Divina Misericordia-, es el Reino de los cielos, un estado de felicidad completa y total de alma y cuerpo; los impíos, los que mueren en pecado mortal por libre elección –son los que no quieren pasar por las puertas de la Misericordia y por lo tanto tienen que pasar por las puertas de la Justicia Divina-, tienen por destino eterno el infierno. Lo que caracteriza a los que mueren amparados por la Misericordia es que en esta vida querían “estar con Cristo” e hicieron todo lo que estaba a su alcance para vivir en gracia, evitar el pecado y obrar la misericordia; lo que caracteriza a los que desprecian a la Divina Misericordia es que se apartaron de Jesucristo en esta vida por el pecado mortal libremente deseado y no quisieron salir de ese pecado y no quisieron recibir la Divina Misericordia, por lo que reciben el justo castigo de la Justicia Divina y reciben lo que libremente eligieron, el pecado por toda la eternidad, el Infierno, en donde no está Jesucristo: el impío no quería a Jesús Misericordioso en esta vida y tampoco en la otra, por lo que Jesús Misericordioso no lo obliga a estar con Él y esta separación por toda la eternidad de Dios y su Amor es lo que se llama “Infierno”. Sin embargo, el pecador que, arrepentido, a acude a la Divina Misericordia, nunca es rechazado, sino que es recibido por Jesús y esto es contra quienes afirman que asesinos en masa como el nazista Hitler o los comunistas Stalin, Mao Tsé Tung, carniceros humanos que mataron a decenas de millones de personas, no pueden salvarse (y lo mismo vale para los herejes y cismáticos que, mucho peor que el pecado de matar el cuerpo, matan el alma de quienes los siguen). Aun así, siendo los asesinos más implacables que jamás haya conocido la humanidad, pueden salvarse, si acuden a la Divina Misericordia, porque la Divina Misericordia es insondable, como insondable es el Ser divino trinitario. Dice así Jesús a Sor Faustina: “No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia”. Y también: “Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido. No es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia; lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde (…) Yo no puedo castigar al que confía en mi Misericordia. Castigo cuando se me obliga. Pero antes de venir como Juez el Día de la Justicia, Yo abro las puertas de mi Amor y concedo el tiempo de la Misericordia”. Pero el pecador, para recibir la Divina Misericordia, tiene que implorar perdón a Dios y hacer el propósito de enmienda. Porque también es verdad que quienes rechazan la Divina Misericordia, se condenan a sí mismos a un estado de sufrimiento de cuerpo y alma por toda la eternidad, en donde es el fuego el que combustiona tanto el alma como el cuerpo, aunque sin reducirlo nunca a cenizas, como sucede en la tierra con las cosas materiales atacadas por el fuego. Tanto la felicidad en el Cielo de los bienaventurados, como el dolor en el Infierno de los condenados, es eterno y aunque no tenemos experiencia de eternidad, podemos darnos una idea según el concepto de eternidad, que se opone al concepto de tiempo: el tiempo supone un antes y un después; la eternidad, por el contrario, supone una duración ilimitada, una permanencia interminable, no un antes y un después, sino un “durante”, un presente que no termina nunca. Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es la de un reloj pintado a las nueve en punto: por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco[4].
Es verdad lo que dice la Escritura de que “Dios quiere que todos los hombres se salven”, pero eso es de parte de Dios, porque no todos los hombres quieren salvarse y Dios, en su voluntad divina, nos ama y respeta tanto, que “respeta la libertad de los hombres”[5], de manera que a nadie lleva al Cielo contra su voluntad. Éste es el sentido de las palabras de Jesús Misericordioso: “Antes de venir como Juez Justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia……”[6].
        Acudamos a la fuente de la Divina Misericordia -la Confesión sacramental y la imagen de Jesús Misericordioso- mientras es el tiempo de la Misericordia.



[1] Cfr. Sor Faustina Kowalska, Diario, 848.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1035.
[3] Cfr. Compendio, n. 212.
[4] Padre Jorge Loring. S.J., Para salvarte.
[5] Cfr. P. Loring, ibidem.
[6] Cfr. Sor Faustina Kowalska, Diario, 1146.

sábado, 22 de abril de 2017

Domingo in Albis o Fiesta de la Divina Misericordia



(Ciclo A – 2017)

         El Primer Domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”, se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, debido a un expreso pedido de Jesús a Sor Faustina Kowalska[1]. En efecto, el día 22 de Febrero de 1931, Jesús se le apareció a Sor Faustina y le dijo así: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia”. El Domingo de la Divina Misericordia es un día en el que se derraman sobre las almas la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz, librando a los pecadores de los castigos merecidos por sus culpas y sumergiéndolos en el océano del Amor de Dios: “En aquel día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramaré un mar entero de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; el alma que se confiese [dentro de ocho días antes o después] y comulgue [el mismo día] obtendrá la remisión total de culpas y castigos” (…) En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias”. Para recibir ese “mar de gracias” -para obtener las indulgencias plenarias que se conceden en este día-, debemos entonces confesarnos, ocho días antes o después, y comulgar en estado de gracia.
         ¿Cuál es la razón de esta aparición de Jesús Misericordioso? ¿Para qué se aparece Jesús a Santa Faustina? ¿Cuál es el contenido esencial del mensaje de Jesús Misericordioso? Podemos decir que es: salvar nuestras almas, mediante la adoración y la unión a la Divina Misericordia, representada en su imagen como Jesús Misericordioso: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión, con las palabras ‘Jesús, en Vos confío’. Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo la victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia Gloria”. Adorar la Divina Misericordia es unirnos a Él por la gracia del Sacramento de la Confesión, representada en el Agua, y por la Eucaristía, representada en la Sangre de la imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas (…) Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto por la lanza en la Cruz”. También adoramos la Divina Misericordia uniéndonos a Él por la fe y el amor a las Tres de la tarde, la Hora de la Misericordia: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma (…) A la hora de las tres implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi desamparo en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi Pasión”. Otro elemento del mensaje de Jesús Misericordioso es prepararnos para su Segunda Venida: “Prepararás al mundo para mi Segunda Venida” (Diario 429), y también: “Hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía. Es una señal de estos tiempos (N. del R.: la señal es la imagen de Jesús Misericordioso), después de ella vendrá el Día de la Justicia. Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario 848); “Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día de Mi justicia” (Diario 965); “Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia” (Diario 1588). También la Virgen le dice lo mismo a Sor Faustina: “Tú debes hablar al mundo de Su gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el Día de la Ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).
Entonces, tenemos que prepararnos para la Segunda Venida de Jesús y el modo de prepararnos es obrando la Misericordia con los prójimos más necesitados, y en esto consiste el otro elemento de esta devoción. Esto es lo que Él mismo afirmó en el Evangelio, que en el Día del Juicio Final, se salvarían aquellos que hubieran obrado la misericordia: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, beber, vestisteis, etc.”. Pero en el mensaje a la humanidad, dado a Sor Faustina, Jesús también advierte que, quien no quiera pasar por su Misericordia, deberá pasar por su Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146). Esto es lo mismo que dice Jesús en el Evangelio: “¡Apartaos de Mí, maldito, al fuego eterno! Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, sed y no me disteis de beber, etc.”. No es indistinto obrar o no la misericordia, es decir, prepararnos o no para la Segunda Venida, porque el destino eterno será muy distinto, según como haya sido nuestra preparación para el encuentro con Él: el cielo, para quienes lo hayan imitado en su Misericordia; el Infierno, para quienes no hayan tenido compasión para con sus hermanos.
         Además de estar revelado en el Evangelio y en la Tradición y el Magisterio, Jesús –el mismo Jesús Misericordioso- llevó a Santa Faustina al Infierno y le hizo ver los eternos tormentos, corporales y espirituales, que les esperan a quienes no hayan querido tener compasión y misericordia para con sus hermanos. Santa Faustina dice así: “Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso! Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios”. Los tipos de torturas que vió: la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios; la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás; la sexta es la compañía constante de satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar”. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno. O que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe (…) Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”. (Diario, 741).
La Fiesta de la Divina Misericordia consiste en prepararnos para su Segunda Venida, adorando a Jesús Misericordioso, unirnos a Él por la fe, el amor y los sacramentos de la confesión y la Eucaristía –es decir, viviendo en gracia, confesándonos con frecuencia y comulgando en estado de gracia- y obrar la Misericordia: ése es el mensaje central de las apariciones de Jesús Misericordioso a Santa Faustina. Por último, si por la adoración a la Divina Misericordia debemos prepararnos para la Segunda Venida, ¿cuándo será ésta? No lo sabemos ni lo podemos saber, pero tampoco necesitamos saberlo, porque esa Segunda Venida puede ser esta misma noche, para quien muera esta noche, o mañana, para quien muera mañana. No importa saber cuándo será la Segunda Venida; lo que importa, es estar preparados para el encuentro personal con Jesús Misericordioso, y lo único que Jesús aceptará de nosotros, cuando lo veamos cara a cara, será un corazón colmado de amor a Dios y al prójimo y lleno de su gracia santificante, y unas manos colmadas de buenas obras. Esto es lo que Jesús quiere de cada alma, para poder hacerla entrar en el Reino de los cielos: “Hija mía deseo que tu corazón sea formado a semejanza de Mi Corazón Misericordioso. Debes ser impregnada completamente de mi Misericordia” (167). La Fiesta de la Divina Misericordia debe servir, entonces, no para una mera conmemoración devota, sino para que nuestro corazón se convierta en lo que desea Jesús: un corazón impregnado de la Misericordia Divina, un Corazón en el que esté estampada y marcada a fuego la imagen de Jesús Misericordioso”.





[1] En el segundo Domingo de Pascua, que este año se celebra el 23 de abril, se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina.
“O al menos rece, en presencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, ‘Jesús misericordioso, confío en ti’)”, dice el texto del decreto.
Asimismo se concede indulgencia parcial “al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”.

sábado, 2 de abril de 2016

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


         “Deseo que el primer domingo después de Pascua se celebre solemnemente la Fiesta de la Divina Misericordia (…) Esta Fiesta surge de Mi piedad mas entrañable... Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores. Las entrañas mas profundas de Mi Misericordia se abren ese día. Derramaré un caudaloso océano de gracias sobre aquellas almas que acudan a la fuente de Mi misericordia. El alma que acuda a la Confesión, y que reciba la Sagrada Comunión, obtendrá la remisión total de sus culpas y del castigo... Que el alma no tema en acercarse a Mi, aunque sus pecados sean como la grana”[1]. Es por deseo explícito de Jesús que la Iglesia celebra la Divina Misericordia con una fiesta litúrgica solemne el primer domingo después de Pascua. La razón de la celebración es que, en ese día, las compuertas de la Misericordia, se abren de par en par y se derraman sobre las almas; estas compuertas abiertas del cielo no son otra cosa que el Corazón traspasado de Jesús por la lanza del soldado romano el Viernes Santo. Al ser traspasado, de su Corazón brotaron “sangre y agua” (Jn 19, 34), según la descripción de Juan Evangelista, y es este contenido del Sagrado Corazón lo que quita el pecado de las almas, al mismo tiempo que las santifica y las justifica, al concederles la gracia divina. La Fiesta de la Misericordia es extender, en el tiempo y en el espacio, a fin de que caiga sobre la mayor cantidad de hombres posibles, el derrame del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús, para que tanto mayor sea la cantidad de almas que, recibiendo la Divina Misericordia, se salven, evitando de pasar por la Divina Justicia. Para poder apreciar el significado último de esta Fiesta de la Divina Misericordia, hay que tener en cuenta que Jesús crucificado se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, convirtiendo la Ira santa de Dios, encendida por la malicia del corazón humano, en Divina Misericordia. Dios Padre nos mira a través de las llagas santas de Jesús y porque nos mira a través de ellas, es que en vez de descargar sobre nosotros la Justicia, derrama sobre nosotros su Misericordia. En el tiempo y en el espacio, esta Misericordia se derrama por el Sacramento de la Confesión, pero lo hace, de modo especialísimo, abundantísimo, en la Fiesta de la Divina Misericordia, de modo que quien acuda al Sacramento de la Penitencia en la Fiesta de la Divina Misericordia, recibe el perdón total de la culpa y de la pena, quedando su alma inmaculada y santa y su corazón como una imagen y copia viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y María, lista para entrar en el Reino de los cielos.
         Quien acuda a la Divina Misericordia -de manera especial en la Fiesta de la Divina Misericordia-, que se derrama sobre el alma por el Sacramento de la Confesión, aun cuando sea “como un cadáver en descomposición”, renacerá a la vida nueva, la vida de la gracia, que es el anticipo, en esta tierra, de la vida futura de la gloria. Dice así Jesús Misericordioso: “Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia –el Sacramento de la Penitencia o Confesión; N. del R.) donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este  milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la
Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido. No es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia; lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde”[2].
Ahora bien, es el mismo Jesús Misericordioso quien advierte que, quien desprecie a la Divina Misericordia, persistiendo en su pecado y sin querer convertirse, deberá comparecer ante la Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[3]. Es decir, quien no quiera arrepentirse de sus pecados, manifiesta que libremente no desea recibir la Divina Misericordia -que es la que, precisamente, perdona los pecados- y que desea someterse, desafiante, a la Justicia Divina. Y Dios, que es infinitamente misericordioso, es también infinitamente justo, no puede dejar de dar, en virtud de su Justicia Divina, aquello que nos merecemos con nuestras obras libres y con nuestras libres decisiones: si obramos el mal y no nos arrepentimos, merecemos en justicia la retribución por el mal cometido, deseado y del que no hemos manifestado arrepentimiento. Quien no desee la Misericordia Divina, no la obtendrá, pero sí obtendrá el pago merecido por sus acciones, por medio de la Divina Justicia, y esto en virtud de lo que dice la Escritura: “De Dios nadie se burla” (Gál 6, 7). Esto es por lo que decíamos anteriormente: Cristo Jesús se interpone entre la Justicia Divina y nosotros; si no nos resguardamos bajo los rayos de su Sangre y Agua, entonces quedamos expuestos a la Divina Justicia: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (cfr. Rom 1, 18).
         Para que nos quede en claro que Jesús, en cuanto Dios, es Misericordioso pero también Justo y que no deja de dar a cada uno lo que cada uno merece, es que Él mismo en Persona llevó a Santa Faustina al Infierno, para que fuera ella, la santa que debía difundir la Misericordia Divina al mundo, la que diera testimonio también de la Justicia Divina. Dice así Santa Faustina: “Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. Ahora no puedo hablar de ello, tengo, la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mi no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado”[4].
         Esto nos hace ver que Jesús Misericordioso es un Dios de Bondad y Amor infinitos, sí, pero que también es un Dios de Justicia infinita y que nos da lo que nos merecemos con nuestras obras. Si deseamos evitar las puertas de la Divina Justicia, arrepintámonos de nuestros pecados, acudamos al Sacramento de la Penitencia, vivamos en gracia y obremos la misericordia –la Iglesia prescribe catorce obras, siete espirituales y siete materiales o corporales, accesibles para todos, de modo que ninguno diga que no podía obrar la misericordia-, a fin de pasar al cielo, al término de nuestras vidas, por las puertas de la Divina Misericordia, el Sagrado Corazón traspasado de Jesús.





[1] Cfr. Santa Faustina Kowalska, Diario, 699.
[2] Diario, 1448.
[3] Diario, 1146.
[4] Diario, 741.

viernes, 25 de abril de 2014

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


(Domingo II - TP - Ciclo A - 2014)
         “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-31). Jesús resucitado se aparece en medio de sus discípulos, que se encuentran en oración, y les infunde el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es el culmen de su misterio pascual de muerte y resurrección. El Amor de Dios es la respuesta de Dios al deicidio de los hombres. Los hombres habían crucificado a su Hijo, y Dios Padre responde no con ira y con su Justicia divina, sino con Amor y con Misericordia, insuflando el Espíritu Santo, el Amor Divino. Jesús insufla el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el cenáculo, y con esto infunde sobre la Iglesia el Amor y la Misericordia Divina, pero ya en la cruz, cuando estaba ya muerto, ya había infundido sobre la humanidad su Divina Misericordia, cuando el soldado romano traspasó su Corazón y de su Corazón traspasado brotó Sangre y Agua, porque la Sangre y el Agua, que brotaron de las profundidades del Corazón de Jesús, fueron el vehículo para portar al Espíritu Santo, el Amor de Dios.
         El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús llevan en sí mismos al Amor de Dios, el Espíritu Santo, y por eso mismo son la Misericordia de Dios para las almas, y es eso lo que Jesús le dice a Sor Faustina Kowalska en sus apariciones como Jesús Misericordioso, hablando de los rayos que brotan de su imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas. Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizado fue abierto por la lanza en la Cruz”.
         Esta Misericordia Divina, que se derramó sobre el mundo y la Iglesia desde el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, se comunica en el tiempo y en el espacio a las almas a través de la Iglesia de muchas maneras, principalmente a través de los sacramentos y también a través de las obras de misericordia corporales y espirituales, pero también por el amor fraterno entre los miembros de la Iglesia.
         Pero hay un modo especialísimo por el cual se comunica la Misericordia Divina en estos últimos tiempos que vive la humanidad y es practicando la devoción a Jesús Misericordioso, tal como se le apareció Jesús a Sor Faustina Kowalska, una religiosa polaca en el año 1938. Jesús se le apareció en la celda de su convento a Sor Faustina diciéndole: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión con la frase “Jesús, en Vos confío” y quiso que la imagen fuera honrada especialmente el primer Domingo después de Pascua: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer Domingo después de Pascua; ese Domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia” (…) Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia gloria”.
         Pero no solo el segundo Domingo después de Pascua se derrama la Misericordia sobre la humanidad, sino todos los días, a las Tres de la tarde, la hora en que murió Jesús en la Cruz, se derrama un torrente inagotable de Misericordia Divina sobre los hombres. Solo basta que nos sumerjamos, por medio de la oración, en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y el Amor infinito que brota del Corazón traspasado de Jesús se derramará sobre nosotros, sobre nuestros seres queridos, y sobre todos los hombres. Así se lo dice Jesús a Sor Faustina: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, que te sumerjas completamente en Mi Misericordia adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma” (...) “A la hora de las tres, implora Mi Misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi Pasión, especialmente en mi desamparo, en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no rehusaré nada al alma que me lo pida por los méritos de mi Pasión”.
Todavía más, incluso fuera del día de la Divina Misericordia, y fuera de las Tres de la tarde, con solo contemplar la imagen de la Divina Misericordia, la Misericordia Divina nos alcanza, con solo contemplar la imagen con fe y con amor. Así dice Santa Faustina al contemplar la imagen de Jesús Misericordioso: “Hoy he visto la gloria de Dios que fluye de esta imagen. Muchas almas reciben gracias aunque no lo digan abiertamente”.
Además, quien recite la Coronilla de la Divina Misericordia -enseñada por Jesús en Persona a Sor Faustina- en la hora de la muerte, recibirá la gracia de la conversión y de la salvación eterna: “Alienta a las personas a recitar la Coronilla que te he dado... Quien la recite, recibirá gran misericordia a la hora de su muerte. Los sacerdotes la recomendarán a los pecadores como su último refugio de salvación. Aún si el pecador más empedernido recita esta Coronilla, al menos una vez, recibirá la gracia de mi infinita misericordia. Deseo conceder gracias inimaginables a aquellos que confían en Mí Misericordia”.
Y si la Coronilla se reza por un moribundo, Jesús en Persona se hace Presente y se interpone entre el moribundo y Dios Padre, intercediendo como Salvador misericordioso y concediendo al moribundo la gracia de la contrición perfecta del corazón y la salvación eterna: “Escribe que cuando reciten esta coronilla en presencia del moribundo, Yo me pondré entre mi Padre y él, no como Juez Justo, sino como Salvador misericordioso”.
La imagen de Jesús Misericordioso es la “última devoción para el hombre de los últimos tiempos”; es la “señal de los últimos tiempos”, es “la última tabla de salvación”[1], a la cual el hombre debe acudir para beneficiarse del “Agua y de la Sangre” que brotaron del Corazón traspasado de Jesús: “(Esta imagen) Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia, (y) se beneficien dela Sangre y del Agua que brotó para ellos”[2].
La devoción a la Divina Misericordia  es la última oportunidad para el hombre de los últimos tiempos. Si la humanidad no acude a la Misericordia Divina, morirá sin remedio en el abismo eterno. Dice Jesús: “Di a la Humanidad que esta imagen es la última tabla de salvación para el hombre de los Últimos Tiempos”[3]. (…) “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi misericordia[4]”.
Ya no habrán más devociones, hasta el fin de los tiempos, ni habrá tampoco más misericordia, una vez finalizados los días terrenos, antes del Día del Juicio Final. Dios tiene toda la eternidad para castigar, pero mientras hay tiempo, hay misericordia. Cada día que transcurre en esta tierra, es un don de la Misericordia Divina, que nos lo concede para retornemos a Dios Trino, para que nos arrepintamos de las maldades de nuestros corazones, para que dejemos de obrar el mal, e iniciemos el camino que conduce a la feliz eternidad, el camino de la cruz. El tiempo, los segundos que pasan, los minutos, las horas, los días, los años, son dones de la Misericordia Divina, que espera con paciencia nuestro regreso al Padre, por medio del arrepentimiento, la contrición, el dolor de los pecados, y el amor a Dios y al prójimo.
Mientras hay tiempo, hay misericordia, y por eso, cada día que Dios nos concede, es un regalo de la Misericordia Divina, que busca nuestro arrepentimiento y nuestro amor a Dios y al prójimo. Pero resulta que el tiempo se está terminando, y que el Día de la ira divina, en donde ya no habrá más misericordia, se está terminando, ya que está cercano el retorno de Jesús, según sus mismas palabras: “Si no adoran Mi misericordia, morirán para siempre. Secretaria de Mi misericordia, escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”[5] (…) “Deseo que Mi misericordia sea venerada en el mundo entero; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi misericordia”[6] (...) “Antes del día de la justicia envío el día de la misericordia[7]. Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ¡ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita![8].
La Devoción a la Divina Misericordia es la última devoción concedida a la Humanidad, antes del Día del Juicio Final, y prepara a los corazones para la Segunda Venida de Jesucristo, que está próxima: “Prepararás al mundo para Mi última venida”[9].
La imagen de Jesús misericordioso es una señal de los últimos tiempos, que avisa a los hombres que está cercano el Día de la justicia: “Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo para que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”[10].
No hay opciones intermedias: o el alma se refugia en la Misericordia de Dios, o se somete a su justicia y a su ira divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[11].
Jesús nos advierte, con mucha insistencia, que acudamos a beber a la Fuente Inagotable de la Misericordia Divina, que es esta imagen suya, que es su Corazón traspasado, de donde brotan Sangre y Agua, porque es cierto que Jesús es Misericordia infinita, pero también es cierto que Él es también Justicia infinita, porque de lo contrario, no sería Dios Justo, sino que sería un Dios In-Justo, es decir, no sería Dios. Dios es Misericordia y Justicia, y nos ofrece su Misericordia y nosotros debemos aceptar libremente su Misericordia, pero si no queremos pasar por su Misericordia, indefectiblemente deberemos pasar por su Justicia, y para quien no quiera pasar por su Misericordia en esta vida, la Sabiduría Divina preparó el Infierno para que la Justicia Divina pudiera ejercer allí los justos castigos preparados para los que libremente eligieron morir en pecado mortal.
El mismo Jesús Misericordioso fue quien, en un determinado momento, envió a un ángel para que llevara a Sor Faustina al infierno y le hiciera contemplar las terribles torturas a las que son sometidos, para siempre, aquellos que no quisieron aprovechar las innumerables oportunidades de conversión que la Divina Sabiduría les ofrecía. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su Compendio, en el Número 212 dice: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal”. Quien piensa que Dios es solo Misericordia pura, pero no Justicia, y cree que puede vivir en el pecado y que se arrepentirá a último momento, está equivocado. Precisamente, Jesús llevó a Sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de que el infierno existe y de que no está vacío; por el contrario, está ocupado con todos aquellos que pensaron que podían burlar a la Justicia Divina.
         Jesús es Misericordia infinita, pero también es Justicia infinita y por eso llevó a sor Faustina al infierno, para que diera testimonio de su existencia. Dice así el tremendo testimonio de Sor Faustina, y tengamos en cuenta fue Dios quien la llevó y quien le ordenó que diera testimonio de su experiencia:
“Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso!
Los tipos de torturas que vi:
-la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios;
-la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia;
-la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;
-la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios;
-la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás;
-la sexta es la compañía constante de satanás;
-la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.
Las mencionadas antes son las torturas sufridas por todos los condenados juntos, pero que no es el fin de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos.
Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra.
Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno, o que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe.  Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creen que haya un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”[12].
Es la misma Virgen quien nos advierte de que la Segunda Venida de Jesucristo está cercana, y de que su imagen es una señal de esta venida. Pero tenemos que saber que la imagen no es una carta blanca para pecar y que con Dios y su Misericordia no se juega: la Virgen dice que quien abuse de la Misericordia Divina pasará por la ira de Dios y la ira de Dios será tan terrible, que hasta los ángeles temblarán en ese día. Así le dice la Virgen a Sor Faustina: ‘Yo he dado al mundo el Salvador; tú has de hablar de su Gran Misericordia y prepararlo para su Segunda Venida. Él vendrá, no como Salvador Misericordioso, sino como Justo Juez. Aquel día terrible será día de Justicia, día de la ira de Dios: en aquel día los mismos ángeles temblarán… Habla a los hombres de la Gran Misericordia de Jesús, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo deberás dar cuentas de un gran número de almas… No temas nada; sé fiel hasta el fin’[13]”.
Finalmente, como hemos visto, Jesús asocia numerosísimas gracias asociadas a esta imagen: “Ofrezco a los hombres la vasija con la que han de seguir viniendo a la fuente de la Misericordia para recoger las gracias. Esa vasija es esta imagen con la inscripción: “Jesús, en Vos confío”. Jesús promete que quien venere esta imagen, no perecerá jamás.
Veneremos entonces, la imagen de Jesús Misericordioso, colocándola en el mejor lugar de nuestros hogares, pero sobre todo, la veneremos y la entronicemos en nuestro corazón, y la honremos obrando la misericordia para con el más necesitado, y le pidamos a la Virgen, Madre de Misericordia, que sea Ella quien la grabe en nuestros corazones con el fuego del Espíritu Santo, para que quede allí grabada, en el tiempo y por toda la eternidad[14].




[1] Diario, 998.
[2] Diario, 848.
[3] Diario, 299.
[4] Diario, 288ª.
[5] Diario, 965.
[6] Diario, 998.
[7] Diario, 965.
[8] Diario, 965.
[9] Diario, 429.
[10] Diario, 848.
[11] Diario 1146.
[12] Diario de Santa Faustina, 741.
[13] Diario 635.
[14] Cfr. http://adoremosalcordero.blogspot.com.ar/2011/04/esta-imagen-es-una-senal-de-los-ultimos.html