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lunes, 6 de marzo de 2023

“Dios es espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad”

 


(Domingo III – TC - Ciclo A – 2023)

          “Dios es espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 14-15). Si bien los judíos eran el Pueblo Elegido, porque poseían las primicias de la Verdad sobre Dios, esto es, que Dios es Uno y no hay múltiples dioses, como lo creían los paganos, los judíos, no obstante, no poseían la Verdad plena, total y última acerca de Dios, esto es, que Dios es Uno y Trino, Uno en naturaleza y Trino en Personas y es esto lo que Jesús viene a revelar: que Él es la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el seno de María Santísima por obra del Espíritu Santo, en obediencia al pedido de Dios Padre. De esta manera, Jesús, que es hebreo, de raza hebrea, por su naturaleza humana, completa la Verdad Última acerca de Dios y es por esto que, a partir de Jesús, si bien los judíos siguen siendo “Pueblo Elegido”, se establece un “Nuevo Pueblo Elegido”, constituido por los que se unan por la gracia al Cuerpo Místico del Hijo de Dios y así sean conducidos, por el Espíritu, al Padre, para adorarlo, en el tiempo y en la eternidad.

          Los hebreos y los samaritanos no se hablaban, por cuanto profesaban religiones distintas: los hebreos, la religión de Dios Uno, los samaritanos, una religión politeísta, conformada por numerosos dioses; ambas religiones eran incompatibles entre sí y por esto se produce este distanciamiento, y es lo que explica el asombro de la samaritana cuando Jesús le pide agua, puesto que como hemos dicho, hebreos y samaritanos no se hablaban entre sí. Sin embargo, a partir de Jesús, aquellos que forman parte del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados de la Iglesia Católica, no deben imitar al Pueblo Elegido; por el contrario, deben “ir por el mundo anunciando la Buena Noticia” de Jesús el Salvador, es decir, deben proclamar y anunciar el Evangelio de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo y por esto mismo, deben hablar al mundo, no para aprender nada del mundo, que el mundo no tiene nada para enseñar a la Iglesia, sino para enseñar al mundo que Jesús es el Salvador y que todo ser humano debe convertir su corazón a Jesús el Señor, para salvar su alma: “El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea y no se bautice, no se salvará”.

          Entonces, en Jesús, Dios Hijo encarnado, se completa la autorrevelación de Dios, que había sido dada en parte y en forma incompleta a los judíos, encargando a su Iglesia hacer en el mundo lo que Él hace con la samaritana: revelar la Verdad Última de Dios, como Uno y Trino y la Verdad de la Encarnación del Hijo de Dios, por pedido del Padre y por obra del Espíritu Santo, para la salvación de los hombres. Esto es lo que justifica y explica la actividad misionera y apostólica de la Iglesia, actividad que no es otra cosa que cumplir las palabras del Señor Jesús: “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones”.

Otro elemento a destacar en el diálogo de Jesús con la samaritana es el carácter eminentemente espiritual de la religión católica, carácter espiritual que se demuestra en la búsqueda de la mortificación de las pasiones corporales y en la santificación del alma por la gracia santificante; en contraposición a las falsas religiones, que solo buscan la satisfacción más o menos encubierta de las pasiones, trasladando incluso esta visión materialista-corpórea de la religión a la vida eterna, en donde el Paraíso consiste en la satisfacción sin límites de las pasiones depravadas del hombre, tal como lo proclama el Islam, por ejemplo.

La religión católica es entonces espiritual y esto porque “Dios es espíritu” y porque Dios es espíritu, la perfección del hombre será, no la satisfacción impura de las pasiones corporales, como afirma erróneamente el Islam, sino la espiritualización de la materia corpórea y la glorificación del alma en la vida eterna.

“Dios es espíritu”, le dice Jesús a la samaritana, y a nosotros nos dice: “Dios es espíritu y se ha encarnado, en la Persona del Hijo, en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; “los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad”, le dice a la samaritana y a nosotros nos dice: “los que adoran a Dios en espíritu y en verdad, los que de veras lo aman y creen que el Hijo se ha encarnado por voluntad del Padre y en el Amor del Espíritu Santo, deben adorarlo y amarlo en la Eucaristía, porque Dios Hijo encarnado prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del altar”.

domingo, 19 de febrero de 2023

Miércoles de Cenizas

 



(Ciclo A – 2023)

         Con la celebración del ritual de imposición de cenizas el día llamado por eso “Miércoles de cenizas”, la Iglesia Católica inicia el tiempo litúrgico denominado “Cuaresma”, tiempo dedicado a la preparación interior, espiritual, por medio de la penitencia, el ayuno, la oración y las obras de misericordia, para no solo conmemorar, sino ante todo participar, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

         La imposición de cenizas simboliza penitencia y arrepentimiento: arrepentimiento de nuestros pecados, porque nuestros pecados se traducen en la crucifixión del Señor y son manifestación de la malicia que anida en nuestros corazones, como consecuencia del pecado original, según las palabras de Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de pecados” y penitencia, como signo de que estamos arrepentidos de los pecados cometidos y que deseamos vivir una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, caracterizada por el horror al pecado, cualquiera que sea este.

         En el momento de la imposición de la ceniza, el sacerdote traza una cruz sobre la frente de los fieles, mientras repite las palabras “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que polvo eres y en polvo te has de convertir”; en ambas oraciones, la Iglesia nos recuerda, a través del sacerdote, que estamos en esta tierra solo de paso y que nuestra morada definitiva y eterna es el Reino de los cielos[1].

         Cuando el sacerdote dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”, nos está repitiendo las mismas palabras de Jesús en el Evangelio: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. Si Jesús nos pide que nos convirtamos, es porque no estamos convertidos. ¿En qué consiste la conversión? En dejar de mirar a las cosas bajas de la tierra, para elevar la mirada del alma al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, por eso Jesús y la Iglesia nos piden la verdadera conversión, que es la “conversión eucarística”, el giro del alma por el cual deja de interesarse y de mirar las cosas de la tierra, para comenzar a contemplar a Jesús Eucaristía, el Camino, la Verdad y la Vida. También Jesús y la Iglesia nos piden: “Creer en el Evangelio”, que en nuestro caso implica también creer en la Tradición de los Padres de la Iglesia y en el Magisterio, y si necesitamos creer en el Evangelio, es porque creemos en otra cosa que no es el Evangelio: creemos en ideologías políticas, creemos en nuestras propias ideas, creemos en cualquier cosa, pero no creemos en el Evangelio, en la Palabra de Dios, que es la que debe guiar y orientar nuestro obrar cotidiano como cristianos.

         La otra frase que puede decir el sacerdote al imponer las cenizas es: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” y si la Iglesia nos lo recuerda, es porque lo olvidamos con frecuencia: olvidamos que estamos de paso en esta vida terrena; olvidamos que cada día que pasa, es un día menos que nos falta para nuestra muerte, día en el que será para nosotros el día más importante de nuestras vidas, paradójicamente, porque ese día nos encontraremos cara a cara con el Justo Juez, Cristo Jesús, Quien pronunciará la sentencia definitiva, después de examinar nuestras obras, que determinará nuestra eternidad, o el cielo o el infierno. Debemos recordar que somos polvo, en el sentido de que nuestro cuerpo material es frágil y cuando el alma se desprende de él, provocando el fenómeno que llamamos “muerte”, este cuerpo físico, terreno -que tanto nos preocupa mantenerlo sano, al que tanto cuidamos con dietas y ejercicios, descuidando la salud del alma y la fortaleza y nutrición del alma que nos concede la Sagrada Eucaristía-, comienza inmediatamente un proceso de descomposición orgánica que lo lleva a convertirse en literalmente polvo, es decir, en nada. La Iglesia nos recuerda que somos polvo y al polvo regresaremos, para que no nos preocupe tanto la salud y el bienestar del cuerpo, como la salud y el bienestar del alma; si nutrimos el cuerpo, mucho más debemos nutrir al alma con alimentos espirituales, la oración, la penitencia, el ayuno y sobre todo la gracia santificante que nos conceden el Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía.

         Por último, en el tiempo de Cuaresma, la Iglesia como Cuerpo Místico del Señor, ingresa junto con Él en el desierto por cuarenta días, para prepararnos, junto con Cristo, a los sagrados misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En estos cuarenta días de duración de la Cuaresma, la Iglesia participa de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, haciendo ayuno, oración y penitencia y es eso lo que debemos hacer como integrantes del Cuerpo Místico: ayuno, oración y penitencia, en unión con Nuestro Señor Jesucristo. De esa manera, unidos a Cristo en el desierto y fortalecidos por su gracia, podremos vencer nuestras pasiones depravadas, seremos protegidos de las acechanzas y perversidades del demonio y estaremos en grado de participar del misterio salvífico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 18 de enero de 2023

“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

 


(Domingo II - TO - Ciclo A – 2023)

          “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29-34). Mientras Jesús va caminando, Juan el Bautista, que lo ve pasar, lo señala y lo nombra con un nombre nuevo, jamás pronunciado hasta entonces: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Bautista llama a Jesús “Cordero”, pero no un cordero cualquiera, sino “el Cordero de Dios”, y esto no solo porque Jesús es manso y humilde como un cordero -la mansedumbre y la bondad es el aspecto característico del cordero-, sino porque Jesús es la Humildad, la Mansedumbre y la Bondad Increadas, desde el momento en que Él es la Segunda Persona de la Trinidad y, en cuanto tal, contiene en Sí mismo todas las perfecciones y virtudes posibles, en grado infinito y perfectísimo y la bondad, la mansedumbre y la humildad, son virtudes en sí mismas excelsas y perfectas.

          Al ser Dios Hijo encarnado, Jesús no podía no manifestarse como Cordero, por su humildad, su bondad y su mansedumbre, constituyendo así en su Persona divina encarnada, como la ofrenda perfectísima de sacrificio para honra y gloria de la Trinidad. Jesús es entonces “el Cordero de Dios”, en cuanto ofrenda perfectísima y agradabilísima para la Trinidad, pero también es “Dios hecho Cordero de sacrificio”, es Dios hecho Cordero místico, Cordero de sacrificio, de ofrenda por la salvación de los hombres; Jesús es Dios hecho Cordero, sin dejar de ser Dios, Cordero que derramará su Sangre Preciosísima en el ara del Calvario, el Viernes Santo, para concedernos, con su Sangre derramada, no solo el perdón de los pecados, sino también y ante todo, la vida divina de la Trinidad, la vida misma del Acto de Ser divino trinitario, para que purificados de nuestros pecados por medio de su Sangre Preciosísima, seamos convertidos en hijos adoptivos de Dios, en herederos del Reino de los cielos, en templos vivientes del Espíritu Santo, en altares de Jesús Eucaristía. Pero la Sangre del Cordero, al ser derramada sobre nuestras almas por el Sumo y Eterno Sacerdote, Cristo Jesús, nos asimila a Él y nos convierte en imágenes vivientes suyas, destinadas a ser, como Él, víctimas de oblación para el sacrificio perfecto para la Trinidad, es decir, somos convertidos, por la Sangre del Cordero, en víctimas en la Víctima por excelencia, el Cordero de Dios, Cristo Jesús.

          “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, dice el Bautista al ver pasar a Jesús. Como Iglesia, como miembros de la Iglesia, también nosotros, al contemplarlo en la Eucaristía, adoramos a Cristo Dios y le decimos: “Jesús, Tú en la Eucaristía eres el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Y luego de adorarlo, pedimos la gracia de unirnos a su Santo Sacrificio, para ser sacrificados, como Él, en el ara de la Cruz, por la salvación de los hombres, nuestros hermanos. Si somos fieles a la gracia recibida en el Bautismo sacramental, gracia por la cual fuimos incorporados al Cordero de Dios en su Cuerpo Místico, también de nosotros se podrá decir: “Éstos son los corderos de Dios que, purificados por la Sangre del Cordero, siguen al Cordero adonde Él va”. Y como el Cordero de Dios va a la Cruz, a ofrendar su vida en el Calvario, también nosotros, corderos en el Cordero, debemos seguirlo por el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz, el Único Camino que conduce a algo infinitamente más hermoso que el Reino de los cielos, el seno eterno de Dios Padre.

domingo, 16 de mayo de 2021

“Que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”

 


“Que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos” (Jn 17, 20-26). Jesús quiere, para sus discípulos, para su Iglesia, la unidad, pero también quiere algo más: quiere que los discípulos, los que forman su Iglesia, estén inhabitados por el Amor con el que el Padre lo amó y lo ama a Él desde la eternidad, el Espíritu Santo, el Divino Amor. Será el Espíritu Santo, enviado por Él y el Padre desde el Cielo, una vez que Él resucita y ascienda al Cielo, quien unirá a sus discípulos en una sola fe, en una sola Iglesia, en un solo Bautismo, en la fe en un  solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo no sólo dará la unidad de la Iglesia, sino que dará también el Amor con el cual los integrantes de la Iglesia de Cristo se amarán entre sí y ese Amor es Él mismo, el Espíritu Santo en Persona. Es decir, el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, unirá a los fieles de la Iglesia de Cristo en una sola Iglesia, en la que todos estarán inhabitados por el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo, el Divino Amor. Y esto hará que los miembros de la Iglesia, los bautizados en la Iglesia Católica, tengan a Cristo con ellos, porque el Espíritu Santo los hará formar un solo Cuerpo con Cristo, los hará integrantes del Cuerpo Místico de Cristo. Es el Espíritu Santo el que llevará a cabo el doble deseo de Jesús para su Iglesia, la de que sus integrantes tengan el mismo Amor con el que Él es amado por el Padre desde la eternidad y que Él esté en ellos, para que ellos estén con Él: “Que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”.

Esto da una pista para saber quién pertenece, en espíritu y en verdad, a la Iglesia Católica, la Iglesia de Cristo y quién no: quien posea el Amor del Espíritu Santo en su corazón –y por lo tanto posea a Cristo con él-, ése tal será quien forme parte del Cuerpo Místico de Jesús. Esto se demuestra por muchas cosas, entre otras, el amar al enemigo, el cargar la cruz de cada día, el cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios, etc. Es decir, no basta sólo con ser bautizados para pertenecer a Cristo, en espíritu y en verdad, es necesario también poseer su Espíritu, que es el Espíritu Santo, el Amor Divino, donado en Pentecostés y en cada Eucaristía.

 

domingo, 12 de abril de 2020

Jueves de la Octava de Pascua


La paz sea con vosotros" - Católicos - Hello Foros - La Comunidad ...

(Ciclo A – 2020)

“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). En este Evangelios, Jesús resucitado se aparece a los discípulos reunidos en conjunto y esto tiene un significado eclesiológico, ya esta aparición de Jesús resucitado representa, para la Iglesia, tanto un programa de vida en el que se incluye el mandato de ir a misionar.
Un dato recurrente en las apariciones de Jesús es el recordarles su Palabra, sobre todo aquellas en las que les profetizaba su Pasión, Muerte y Resurrección: de modo análogo, el cristiano en sí mismo y la Iglesia en su totalidad, deben tener siempre presentes, en la mente y en el corazón, la Palabra de Dios, encarnada en Cristo, que ha llevado a cabo su misión redentora por medio del misterio pascual de Muerte y Resurrección. La Palabra de Cristo, la Palabra de Dios, debe ser el alimento espiritual esencial de todo cristiano, así como de la Iglesia en su totalidad.
Cuando Jesús se les aparece, los discípulos -esto es, la Iglesia como Cuerpo Místico- se encuentran “hablando de Jesús”, lo cual es un ejemplo para el cristiano de cualquier tiempo que sea, puesto que este “hablar de Jesús” es como la figuración de la oración dirigía a Jesús, que la Iglesia lleva a cabo en todo tiempo y lugar. Por otra parte, el “hablar de Jesús”, esto es, el orar, el hacer oración, es una ocasión para que Jesús se manifieste en Persona, aun cuando no lo veamos, según sus propias palabras: “Cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre, allí estoy Yo”. La oración es, para la Iglesia, la ocasión para la manifestación de Jesús resucitado.
Y del mismo modo a como los discípulos se ven embargados por la alegría cuando contemplan a Jesús resucitado, una alegría tan grande dice el Evangelio que los hacía “resistir a creer”, así el cristiano y también la Iglesia, cuando oran, reciben de Jesucristo su Espíritu, el Espíritu Santo, quien les comunica una alegría que no es de este mundo, sino sobrenatural, pues se origina en el mismo Acto de Ser divino trinitario, que es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de los santos: “Dios es Alegría infinita”[1].
De esta manera, tanto la oración, como la lectura de la Palabra de Dios, son ocasiones para que el alma se llene de una alegría desconocida porque viene de Dios o, mejor dicho, para que el alma se llene de Dios, que es Alegría infinita y eterna.
En el Evangelio, Jesús resucitado realiza una acción sobre la Iglesia reunida en oración: “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y cuando esto hace, los transforma en algo más que discípulos: los convierte en “testigos” de su Misterio Salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, el encuentro con Jesús lleva a la Iglesia a no quedarse para ella, de modo egoísta, con la novedad de que Jesús ha muerto y resucitado, sino que la impulsa a transmitir al mundo entero aquello de lo que la Iglesia ha sido testigo: que Jesús ha muerto en Cruz, que ha derrotado a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, la muerte y el demonio- y que ha conseguido para los hombres la gracia santificante, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los cielos.
“Ustedes son testigos de todo esto”. Así como Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les comunica de la Alegría de su Corazón traspasado y los convierte en testigos y misioneros, así también, cada vez que adoramos a Cristo en la Eucaristía o cada vez que comulgamos, se renueva para nosotros el don del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos de la Pasión y Muerte de Jesús ante el mundo: “Ustedes son testigos de todo esto”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre”


“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre” (Lc 21, 12-19). Jesús profetiza la persecución a la cual será sometida su Iglesia en tres tiempos distintos: luego de su muerte, en el tiempo de la Iglesia, y al final de los tiempos, en el tiempo previo a su Segunda Venida en la gloria o Parusía. La razón de la persecución será el odio luciferino –preternatural, angélico, diabólico- a la Verdadera y Única Iglesia de Cristo, la Esposa del Cordero, que en cuanto tal, está inhabitada por el Espíritu Santo. Esta persecución está anunciada en el Apocalipsis, en el pasaje en el que “la Mujer vestida de sol huye al desierto con dos alas de águila” para salvar a su Niño de la furia homicida del Dragón, que pretende ahogarlo con su vómito (cfr. Ap 12, 1-17). La Mujer es la Virgen, quien es a su vez prefiguración de la Iglesia; el Niño es Jesús, el Niño Dios; el desierto es la soledad de la Iglesia Santa que huye de la mundanidad; el Dragón es el Demonio, que por medio de los hombres malvados busca la destrucción de la Iglesia desde su inicio hasta el fin de los tiempos.

“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre”. La Iglesia será perseguida, como lo profetiza Jesús, y esta persecución se acentuará  a medida que la Humanidad se acerque al Día del Juicio Final, pero las fuerzas diabólicas que pretenden su destrucción “no prevalecerán” (cfr. Mt 16, 18), tal como el mismo Jesús lo promete y la razón es que la Iglesia –los miembros de su Cuerpo Místico, los bautizados- estarán asistidos por el Espíritu Santo, razón por la cual “no deberán preocuparse por su defensa”, porque será el mismo Espíritu de Dios el que los asistirá en su defensa. La Iglesia será perseguida, parecerá débil, pero solo en apariencia, porque en su debilidad radica su fortaleza, que no es humana, sino sobrenatural, y por lo tanto, superior a las fuerzas angélicas diabólicas de sus perseguidores.

jueves, 21 de mayo de 2015

“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”


“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos” (cfr. Jn 17, 20-26). Jesús ruega al Padre en la Última Cena pidiendo por la unión de su Iglesia, Jesús ora no solo por quienes asistían en ese momento a la Última Cena, sino por todas las generaciones de la Iglesia[1], por su Cuerpo Místico, es decir, por nosotros, por los quedamos en el mundo, hasta que Él vuelva, hasta el fin de los tiempos, y ora pidiendo la unidad, la unión entre quienes integran su Iglesia: “Que sean uno”. Ahora bien, esa unión será una unión del todo particular, debido a que será “como la que existe entre Él y el Padre”: “como nosotros somos uno”, y Jesús y el Padre son uno en el Espíritu, puesto que “Dios es Espíritu” (Jn 4, 24). Puesto que Dios es “Espíritu Puro”, de las Tres Personas que hay en la Trinidad, le corresponde el nombre de “Espíritu” a la Tercera, a la Persona-Amor, porque es la Persona-Amor, la “expresión y el sello de la unidad espiritual entre el Padre y el Hijo”[2]; en otras palabras, la unión espiritual en Dios, entre el Padre y el Hijo, es en el Amor, en la Persona-Amor, en el Espíritu Santo, que es el sello de Amor del Padre y del Hijo. La unión que existe entre el Padre y el Hijo es la unión en el Espíritu Santo, en el Amor, porque el Espíritu Santo es la emanación del Amor recíproco del Padre y del Hijo; el Espíritu Santo es el Amor Santo, Puro, Perfecto, en Acto de Ser Puro, que Dios Padre y Dios Hijo se tienen mutuamente, desde la eternidad; es el Amor, el que une al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre, en el Espíritu, y es en ese Espíritu, en el que Jesús quiere que sus discípulos estemos unidos: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. Jesús pide que como Iglesia seamos uno, pero esa unión que debe existir entre los miembros de su Iglesia, no puede ser  otra que la misma unión espiritual, en el Espíritu de Amor, la misma que existe entre el Padre y el Hijo desde la eternidad; la unión que se da en el Espíritu y por el Espíritu Santo entre el Padre y el Hijo, y es para eso que Jesús enviará el Espíritu Santo en Pentecostés, para que los cristianos, que formamos su Cuerpo Místico, seamos unidos por su Espíritu en su Cuerpo y formemos una unidad en el Amor.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. La unidad que Jesús pide al Padre, se realiza de modo perfecto por medio de la Eucaristía, porque todos los que comulgan la Eucaristía, reciben la efusión del Espíritu por Jesús –así se cumple el pedido de Jesús: “el Amor con que me amaste, el Espíritu Santo, esté en ellos”-, y así son unidos en el Amor al Padre, al recibir el Cuerpo Sacramentado de Jesús.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento. Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 761.
[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Editorial Herder, Barcelona 1964, 104.

martes, 19 de mayo de 2015

“Ruego por ellos (…) que están en el mundo”


“Ruego por ellos (…) que están en el mundo” (cfr. Jn 17, 1-11). “A la Hora de pasar de este mundo al Padre”, en la Última Cena, Jesús realiza la oración sacerdotal, por la cual reza al Padre por los Apóstoles y por sus discípulos, es decir, por su Iglesia toda: Él ha de partir al Padre, por medio de su sacrificio en la cruz, y será glorificado y exaltado en los cielos, mientras que su Iglesia, permanecerá aquí, en la tierra, en este mundo, el cual “yace bajo el dominio del maligno” (cfr. 1 Jn 3, 8), y es por eso que los miembros de su Iglesia, que quedan en el mundo, pero “no son del mundo”, necesitarán de la fuerza que “viene de lo alto”, necesitarán ser investidos del Espíritu de Jesús, una vez que Él ascienda a los cielos, para resistir a los asaltos de los poderes infernales, que tratarán de hacer sucumbir a su Iglesia, que permanecerá en el mundo hasta el fin de los tiempos.
Ruego por ellos”, dice Jesús, pero también dice más adelante: “Por ellos me santifico ( o me consagro) par que también ellos sean santificados (o consagrados) en la verdad”. Esta consagración no es la unión hipostática ni la unción de su humanidad por el Espíritu Santo, sino la consagración sacerdotal, de sí mismo como víctima sobre la cruz[2]. El sacrificio de Cristo da a los Apóstoles –y a la Iglesia, es decir, a los bautizados, en cuanto sacerdotes bautismales- una aptitud sacrificial, que los capacita para ofrecerse junto a Cristo y en Cristo, por la salvación del mundo. Jesús se consagra, es decir, se ofrece en la Última Cena a sí mismo interiormente como Víctima Santa y Pura, porque ha de ofrecerse en el Calvario, en el ara santa de la cruz, inmolándose con su Cuerpo y su Sangre, y por eso reza por nosotros, es decir, nos consagra, nos santifica, nos une  a Él, porque nosotros también hemos de ofrecernos en el ara santa de la cruz, para alcanzar el Reino de los cielos y para expiar los pecados del mundo, en unión con Él, con su sacrificio de la cruz, en la Santa Misa. Ésa es la razón por la cual y para la cual asistimos a la Santa Misa: para consagrarnos, santificados por la gracia de Jesucristo, unidos a su sacrificio en cruz, como víctimas, por la salvación de los hombres. Por eso este Evangelio describe el objetivo para el cual estamos en esta vida: para ofrecernos como víctimas unidas a Él, Víctima Inocente, por medio del Santo Sacrificio de la cruz, la Santa Misa.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 761.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.

lunes, 26 de enero de 2015

“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios”


“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios” (Mc 3, 31-35). Aunque parezca lo contrario, Jesús no niega a su familia biológica, es decir, su Madre, la Virgen, y sus primos: Jesús, en realidad, amplía el concepto de “madre” y “hermanos”, a no solo aquellos a los que está ligado por la sangre, sino a aquellos a los que está ligado por el amor a Dios, amor que se expresa en su voluntad, manifestada en los Diez Mandamientos. De esta manera, al decir que “su madre y sus hermanos son quienes cumplen la Voluntad de Dios”, Jesús no solo reafirma a su Madre, la Virgen, como su Madre, y a sus “hermanos” –primos, en realidad-, como su familia, puesto que ellos, la Virgen la primera, cumplen la Voluntad de Dios: lo que hace, es anticipar el concepto de Iglesia como “Familia de Dios”, porque pertenecen a la Iglesia los bautizados, los hijos de Dios, cuyo deseo primero y último es vivir de acuerdo a los Mandamientos de su Padre adoptivo, Dios, cumpliendo así su Voluntad. En otras palabras, no solo la Virgen y sus primos son “su madre y sus hermanos”, porque además de familia biológica, cumplen la Voluntad de Dios, sino que ahora serán “madre y hermanos” suyos, quienes entren a formar parte de la Iglesia, por el bautismo, y tengan como objetivo primario de sus existencias, hacer la Voluntad de Dios en sus vidas, correspondiendo así con amor de hijos adoptivos, al Amor del Padre que, por Amor, los ha adoptado y los ha redimido, enviando a su Hijo a morir en la cruz por ellos.
Ahora bien, el hecho de ser “madre y hermanos” de Jesús, es decir, de pertenecer a su “familia espiritual”, no es un calificativo meramente moral: por la gracia, el cristiano es incorporado verdadera y realmente al Cuerpo Místico de Jesús; es unido a Él de modo orgánico, de manera tal que pertenece a su Cuerpo y, así como el cuerpo recibe vida del alma, así el cristiano, incorporado al Cuerpo Místico de Jesús por el bautismo, recibe su Espíritu, el Espíritu Santo, que actúa como “Alma de su alma”, así como lo hace también con la Iglesia Universal. Así, la "madre" y los "hermanos" de Jesús, los bautizados, estarán unidos a Él, no por lazos de sangre, como en la familia biológica, sino por el Amor de Dios, el Espíritu Santo.         
“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios”. El cristiano es “madre” de Jesús cuando, a imitación de la Virgen, lo engendra en su corazón por la gracia, la fe y el amor; el cristiano es “hermano” de Jesús, cuando por la gracia del bautismo sacramental, queda incorporado a su Cuerpo Místico, naciendo a la vida de los hijos de Dios, convirtiéndose en hijo adoptivo y espiritual de la Virgen y de Dios Padre, y hermano de Jesús, al ser unido a Él por esta misma gracia. Y quien es “madre” y “hermano” de Jesús, está unido a Él por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que es quien pone en el corazón el amor a la Voluntad de Dios, expresada en los Mandamientos, y da la fuerza necesaria para vivir según los Mandamientos, para que así el cristiano pueda cumplir la Voluntad de Dios en su vida. Y al que cumpla la Voluntad de Dios. Y si alguien se esfuerza por cumplir la Voluntad de Dios, a su vez, Dios podrá cumplir su Voluntad en el alma del cristiano, y la Voluntad de Dios es que, por Jesús en la cruz, el cristiano salve su alma y viva en su Casa para siempre: es Voluntad de Dios que todos los hijos adoptivos suyos vivan en su Casa, la Casa del Padre, el Reino de los cielos, por toda la eternidad.

sábado, 31 de mayo de 2014

Solemnidad de la Ascensión del Señor


(Ciclo A – 2014)
         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús asciende a los cielos con su Cuerpo glorioso y resucitado. De esta manera, cumple gran parte de su misterio pascual de muerte y resurrección. Al ascender, lleva su humanidad resucitada, que ha pasado ya por la amargura y la tribulación de la muerte de la Pasión y de la muerte de cruz, al cielo, al seno del Padre eterno, y la lleva glorificada, como primicia de todos aquellos que morirán en gracia, que se harán acreedores de los méritos que Él consiguió con su sacrificio en cruz. Jesús Resucitado, Glorioso, que Asciende entre aclamaciones, hosannas y aleluyas de los ángeles del cielo, es la Cabeza de la Nueva Humanidad, la humanidad regenerada por la gracia, la humanidad que ha sido adoptada por Dios, la que sido bañada y regenerada en la Sangre del Cordero, la que ha sido lavada en las aguas purísimas de la gracia santificante, las aguas que brotan de las entrañas del Sagrado Corazón traspasado por la lanza en la cruz. Jesús es la Cabeza de la Nueva Humanidad, gloriosa y resucitada, que asciende entre aclamaciones de triunfo, porque ha vencido para siempre en la cruz a los crueles enemigos de la humanidad, el demonio, la muerte y el pecado, y ahora ingresa en el santuario del cielo, con la Humanidad regenerada por la gracia, glorificada, luminosa, refulgente, llena de la Vida, del Amor y de la Luz de Dios Uno y Trino, y lo hace como anticipo del ingreso del Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados que morirán en gracia, los fieles que en el momento de la muerte estarán configurados con Cristo porque lo habrán aceptado como a su Dios y Señor, como a su Salvador y Redentor y habrán pedido perdón de sus pecados, habrán dejado que su Sangre les lave sus heridas y les purifique las pústulas y las lesiones del pecado, quedando sus almas purificadas y regeneradas por la gracia santificante y también sus cuerpos, que al pasar a la otra vida, serán glorificados y así, sus almas y cuerpos, es decir, toda su humanidad, glorificada, entrará al cielo, como parte del Cuerpo Místico de Jesús, Cabeza de la Humanidad regenerada por la gracia, que ha entrado primero, como primicia, en el santuario del cielo.
         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Parece una paradoja, o un contrasentido, la promesa de Jesús, de permanecer en su Iglesia, con sus discípulos, todos los días, hasta el fin de los tiempos, en el mismo momento en el que justamente, desaparece de la vista de ellos, para ascender al cielo, es decir, para no ser visto ya más. Pero Jesús no hace promesas en vano, ni promete cosas que no va a cumplir. Cuando Jesús promete algo, es porque lo que promete, lo cumple y en este caso, la promesa está ya cumplida antes de ser formulada, desde la Última Cena, porque antes de ascender a los cielos, Jesús ha obrado el milagro de la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Cenáculo, obrando el milagro eucarístico, y esa es su forma, admirable y milagrosa, de cumplir su promesa de “permanecer con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo”: en la Eucaristía, en el sagrario, escondido en las especies sacramentales, en algo que parece pan pero que no es más pan, porque es Él en Persona, es la substancia de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, porque ya no es más la substancia del pan y del vino.
         Entonces, a partir de la Santa Misa, la Iglesia puede contemplar a su Señor que asciende glorioso y resucitado a los cielos, y puede verlo desaparecer, pero no lo extraña, porque si bien no lo ve ya más visible y sensiblemente, sí lo contempla, con los ojos de la fe, invisible, pero real y verdaderamente Presente, en el sacramento de la Eucaristía. Así la Iglesia puede cumplir el mandato misionero del Señor: “Vayan y hagan que todos sean mis discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado”, porque cuenta con la Presencia real y substancial de su Señor en la Eucaristía, porque Él en la Eucaristía es el Motor de Amor y de Vida divina que alimenta a su Iglesia con su Presencia Eucarística.

         “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús Asciende a los cielos con su Cuerpo glorificado y por eso ya no lo vemos más sensiblemente, con los ojos del cuerpo, pero al mismo tiempo, permanece con su Cuerpo, glorioso y resucitado, con su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía, en donde lo podemos contemplar con los ojos de la fe y alimentarnos de su Vida, de su Luz y de su Amor, para difundir su Evangelio, en el cumplimiento de su mandato misionero, de hacer discípulos suyos a todos los hombres de la tierra, hasta el fin de los tiempos, cuando Él vuelva en el esplendor de su gloria.

jueves, 9 de enero de 2014

“El Espíritu del Señor está sobre Mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”




“El Espíritu del Señor está sobre Mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4, 14-22a). La intervención de Jesús en la sinagoga está signada por el Espíritu Santo, porque es Él quien lo conduce hasta allí y le indica qué pasaje de la Escritura debe leer. En ese pasaje, se habla de Él mismo, de Jesús, en cuanto Mesías e Hijo de Dios enviado a dar la “Buena Noticia a los pobres”. Jesús mismo dice que ese pasaje se refiere a Él. Ahora bien, ni la curación de enfermedades y la expulsión de demonios no son la Buena Noticia en sí, sino un prolegómeno de esta: la Buena Noticia es que Cristo ha venido para derramar su Sangre y dar su Vida en la Cruz y a prolongar este sacrificio y este don de su vida en la Eucaristía, para la salvación de toda la humanidad.
Esto que Cristo dice de sí mismo, también lo debe decir el cristiano al mundo, en cuanto que el cristiano forma parte del Cuerpo Místico de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Y así como para Cristo el curar enfermos y expulsar demonios son signos que no constituyen en por ellos mismos la Buena Noticia, así también para el cristiano, el tener dones de curación, de profecía, de sanación, no son la Buena Noticia que debe anunciar a sus hermanos. Lo que el cristiano debe anunciar a su prójimo es la salvación de Cristo en la Cruz, como también los “pobres” a los que debe llevar el anuncio no son ni pura ni  exclusivamente los pobres materiales, sino ante todo los pobres de espíritu, los que no conocen a Dios y a su Cristo.
En todo caso, si el cristiano quiere dones –que sean útiles en orden a su tarea específica, el anuncio del Evangelio-, debe pedir configurarse a Cristo, que fue tenido como maldito al ser crucificado, según lo dice la Escritura: “maldito el que cuelga del madero” (Gál 3, 13), y por ese debe pedir el ser “tenido como maldito a favor de sus hermanos”; y también, así como Cristo recibió todos los pecados de todos los hombres para expiar por ellos, así el cristiano debe pedir lo mismo y llevar una vida de penitencia y oración, como los santos que imitaron a Cristo, como la Beata Ángela de Foligno, cuyo proceso de conversión debería hacer suyo todo cristiano. Dice así la Beata, describiendo este proceso: “Tuve que atravesar muchas etapas en el camino de la penitencia o conversión. La primera fue convencerme de lo grave y dañoso que es el pecado. La segunda el sentir arrepentimiento y vergüenza de haber ofendido al buen Dios. La tercera hacer confesión de todos mis pecados. La cuarta convencerme de la gran misericordia que Dios tiene para con el pecador que quiere ser perdonado. La quinta el ir adquiriendo un gran amor y estimación por todo lo que Cristo sufrió por nosotros. La sexta adquirir un amor por Jesús Eucaristía. La séptima aprender a orar, especialmente recitar con amor y atención el Padrenuestro. La octava tratar de vivir en continua y afectuosa comunicación con Dios".
Sólo así, el cristiano podrá decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”.

martes, 3 de abril de 2012

El pecado y sus consecuencias espirituales y materiales



Sabemos lo que es el pecado: naturaleza espiritual, insensible, invisible, es como una mancha oscura que cubre al alma, privándola de la luz y del amor de Dios, al tiempo que la coloca bajo el dominio y poder de acción directos del ángel caído. Sabemos que puede ser venial o mortal, según la privación parcial o total de la gracia que provoque. Sabemos que se quita con la confesión sacramental, aunque permanece una pena que debe ser “pagada” en esta vida o si no en la otra, en el Purgatorio. Sabemos que un solo pecado mortal conduce al alma al infierno, sin posibilidad alguna de retractación ni de pedido de perdón.

Sabemos que los ángeles caídos cometieron un solo pecado y por lo mismo recibieron la condenación eterna; sabemos que Adán y Eva cometieron un solo pecado y perdieron el Paraíso para siempre, con todos los dones preternaturales con los que habían sido creados; sabemos que un hombre cualquiera, con un solo pecado mortal cometido en su vida y no confesado, se condena para siempre en la eternidad. El motivo es que, además de quitar la gracia, el que comete el pecado manifiesta, con ese acto, que eso es lo que él quiere para ese momento presente, en el que está cometiendo el acto pecaminoso, lo cual equivale, en la otra vida, a vivir en ese estado por la eternidad, puesto que en la otra vida no existe el tiempo, sino la eternidad, que es como un eterno presente.

El motivo de esto es que el pecado es ausencia de amor y de humildad, características sobresalientes del Ser divino de Dios Uno y Trino. Precisamente, el demonio no posee amor ni humildad, sólo odio y orgullo. Cuando el alma, privada del amor y de la humildad, se presenta ante Dios en el juicio particular, se da cuenta de que no puede estar delante de Él, y pide, en justicia, ser precipitada en el infierno, al anillo que le corresponde, de acuerdo al grado de odio y soberbia que tenga.

Pero hay algo del pecado que se nos escapa: al ser de naturaleza espiritual, y al inherir en el alma, es insensible, invisible, indoloro. Tanto es así, que el alma peca y, al no experimentar ninguna “sensación” negativa –por el contrario, el pecado satisface la concupiscencia, sea carnal o espiritual, como la soberbia-, y solo algo positivo, el pecador piensa que, al fin de cuentas, pecar “no es tan malo”, y que la diferencia con el no-pecado es igual a nada.

Sin embargo, el pecado tiene un efecto, un doble efecto, a nivel espiritual: en la persona que lo comete, y en el Cuerpo real de Cristo y también en su Cuerpo Místico, la Iglesia.

En la persona que lo comete, el pecado es al alma lo que la lepra o un tumor maligno es al cuerpo; en relación al Cuerpo real de Cristo, el pecado, al ser infracción de la justicia divina, cuyo orden es el bien y el amor, ausentes en el pecado, merece un castigo inmediato, el cual es recibido por Cristo, puesto que Él asumió nuestros pecados en forma vicaria, siendo Inocente, para que no fuéramos castigados, y el castigo que recibe, depende de la gravedad del pecado –por ejemplo, los pecados carnales son expiados en la flagelación, los pecados de pensamiento en la coronación de espinas, etc.-; y finalmente, el pecado repercute en el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, porque al ser oscuridad, cada alma en pecado, en vez de irradiar luz, irradia sombras y oscuridad, tal y como sucedería en una noche oscura en la que algunos integrantes de una procesión, en vez de llevar antorchas, no llevaran nada o, peor aún, llevaran una antorcha especial que irradiara luz negra en vez de luz blanca.

También tiene consecuencias profundamente negativas sobre la Creación: por ejemplo, cuando se consuma el deicidio, la conmoción del universo, el terremoto, el oscurecimiento de la luz del sol, etc.; otra consecuencia sobre la Creación, es la destrucción de la misma a causa de la avaricia (desforestación, alteración del clima por emisión de CO2, etc.).

Sin embargo, las consideraciones acerca del pecado no deben desviarnos acerca de cuál es la vida del cristiano: esta no consiste en –o al menos exclusivamente- “evitar el pecado”, puesto que es infinitamente más rica que esto: la vida del cristiano consiste en vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, lo cual es infinitamente más grande y misterioso que simplemente evitar el pecado. ¿Qué ejemplo podemos dar? Intentemos el siguiente: supongamos que a un niño pequeño, su padre le dice que no debe meter los dedos en el enchufe, porque eso está mal y le hará mucho daño para su salud; además le dice que si obedece, se estará portando como un buen hijo. Supongamos que el niño hace caso, pero queda con la idea de que “ser buen hijo” consiste en evitar las cosas malas, como meter los dedos en el enchufe, sin tener en cuenta que “ser buen hijo” consiste en amar a su padre, y demostrar ese amor con el afecto, la sonrisa, el diálogo, la ternura, etc.





lunes, 18 de julio de 2011

Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican



“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (cfr. Lc 8, 19-21). De buenas a primera, daría la impresión de que Jesús deja en un segundo plano no sólo a sus primos biológicos –eso es lo que quiere decir la palabra “hermano”-, sino también a su propia madre, la Virgen María, porque cuando le dicen que lo esperan afuera su madre y sus hermanos, dice que su madre y sus hermanos son “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

Pero este dejar de lado o poner en un segundo plano es sólo aparente. Sucede que Jesús habla y hace referencia a un aspecto de su misterio, derivado del don de su Espíritu, que transforma a los seres humanos en una nueva creación, los hijos adoptivos de Dios, y los integra en una nueva familia, unida no por lazos biológicos, sino por un lazo infinitamente más fuerte y profundo, el Espíritu Santo.

Al decir Jesús que su madre y sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican, está descubriendo el aspecto eclesiológico de su misterio pascual, es decir, está revelando que con Él nace una nueva relación entre los seres humanos, desconocida hasta entonces, la relación que se entabla en la Iglesia y por la Iglesia, la cual, donando el Espíritu por el bautismo, convierte a la creatura humana en hija de Dios al hacerla partícipe de la filiación divina del Hijo Unigénito del Padre.

“Tu madre y tus hermanos te esperan” “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los miembros de la Iglesia, aquellos que, unidos por el Espíritu Santo, forman entre todos una sola y nueva familia[1], la familia santa de los hijos de Dios, la Iglesia, mi cuerpo místico. Mi madre y mis hermanos son los que me reciben a Mí, la Palabra de Dios, el Verbo eterno del Padre hecho carne y donado como Pan de Vida eterna, y obran movidos por mi Espíritu”.


[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria eucarística.