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martes, 18 de abril de 2023

“La Ira de Dios pesa sobre quien no cree en la Presencia del Hijo en la Eucaristía”


 

“La Ira de Dios pesa sobre quien no cree en la Presencia del Hijo en la Eucaristía” (cfr. Jn 3, 31-36). Para todos aquellos malos cristianos, incluidos sacerdotes y obispos, que niegan a Dios como castigador del mal, para todos aquellos que de forma errónea y herética consideran a Dios como un Dios todo bondad, dulzura, paciencia y misericordia, que no castiga al mal, que hace oídos sordos y cierra los ojos frente al mal provocado por los pecadores impenitentes, Juan el Bautista es muy claro: “Quien no crea en el Hijo de Dios, la Ira de Dios pesa sobre él”. Lo volvemos a repetir, son palabras de Jesús: “Quien no crea en el Hijo de Dios, la Ira de Dios pesa sobre él”. De esta manera, el Bautista revela que “de Dios nadie se burla”, porque puede haber alguien que, durante toda su vida terrena, viva totalmente desinteresado de Jesús; puede haber bautizados que, a pesar de haber recibido el Bautismo, la Comunión, la Confirmación, decidan no creer en Jesús y abandonar, como de hecho lo hacen en gran número en la actualidad, la práctica activa de la religión católica, pero estos tales no deben confundirse y pensar que se reirán de Dios, porque al final de sus vidas, luego de haber vivido como ateos prácticos, en el más craso materialismo y relativismo, se encontrarán cara a cara con Jesús, pero no con un Jesús manso, humilde, misericordioso, paciente, sino con un Jesús que es Justo y Eterno Juez, que dará a quienes obraron el mal, a quienes no quisieron saber nada de Él en esta vida terrena, a quienes lo ignoraron voluntariamente, lo que se merecieron con esta actitud, la Ira Divina, la Justicia Divina justamente inflamada en Ira Divina, que los castigará por toda la eternidad en el lago de fuego.

“La Ira de Dios pesa sobre quien no cree en la Presencia del Hijo en la Eucaristía”. Tengamos cuidado los católicos, no creamos en un Jesús de caricatura, en un Jesús que es solo risas y que se hace el que no ve el mal, porque es verdad que Dios es misericordioso y paciente, pero la paciencia y la misericordia de Dios se terminan cuando se termina esta vida terrena. Vivamos de tal manera que, creyendo en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, obremos la misericordia, para que en la eternidad no pese la Ira de Dios sobre nuestras almas.

viernes, 5 de septiembre de 2014

“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
         “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En este Evangelio, Jesús nos hace ver dos cosas: por un lado, la importancia de la oración, y por otro, la importancia de la oración en comunidad: “Donde hay dos o tres -comunidad- reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando hay oración y oración en comunidad –esto es lo que significa “dos o tres”, quiere decir “grupo” o “cantidad”, Jesús está “en medio de ellos”-, lo cual es un aliciente para que los miembros de la Iglesia se reúnan a orar en grupos. No es un alegato contra la oración individual, todo lo contrario, puesto que la oración individual también es encarecidamente recomendada por Jesús, cuando dice que el que quiera rezar debe “cerrar la puerta de su habitación y orar al Padre del cielo, y el Padre, que “ve en lo oculto” escuchará esa oración; la oración individual es sumamente necesaria, porque nuestra relación con Dios es ante todo y en primer lugar, de tipo personal, individual, y es por eso que la “puerta cerrada de la habitación” y el orar en esa “habitación cerrada”, significa el orar a solas, de modo individual, íntimo y privado, con Dios Uno y Trino. Aún más, el cristiano está llamado a entablar una relación personal, de “tú a tú” con cada una de las Personas de la Santísima Trinidad, y esto no se puede hacer de manera grupal, colectiva, sino individual, personal, íntima, porque cada persona es un individuo único e irrepetible.
Hecha esta salvedad acerca de la oración personal, retornamos entonces a la oración grupal a la cual nos invita Jesús en este Evangelio: cuando Jesús dice: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, esto sí nos conduce a la noción de una oración hecha ya no de modo individual, personal, íntimo, sino a una oración realizada entre personas reunidas en grupos de oración, es decir, es una oración que se realiza de modo grupal y no individual. Dentro de la Iglesia, hay distintos modos y niveles de hacer esta oración grupal, pero lo que hay que tener en cuenta, desde un principio, es que, tanto en la oración individual, como en la grupal, cuando se siente el impulso de rezar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, ese deseo de orar proviene del Espíritu Santo; es decir, es una gracia y se debe secundar de inmediato, y no debe, de ninguna manera, dejársela de lado, porque como dice Sor Faustina Kowalska, esa gracia pasa y luego no vuelve más[1].
Ahora bien, podríamos decir que en la Iglesia hay dos niveles de oración grupal, inspiradas por el Espíritu Santo: la familia y la misma Iglesia.
El primer nivel de oración grupal, inspirado por el Espíritu Santo, es la familia, y es por esto que los Padres de la Iglesia la llamaban la “Iglesia doméstica”[2], porque la consideraban como una verdadera iglesia en pequeño, en donde los padres debían ser los primeros catequistas de los hijos y en donde los hijos debían amar y respetar a los padres, por representar estos a la voz de Dios.  Los padres, por lo tanto, tienen el deber de construir sus familias como verdaderas “Iglesias domésticas”, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia.
Los padres de familia pueden -y deben- hacer gustar el Amor de Jesús a sus hijos: si se preocupan por dar de comer a sus hijos y porque sus hijos tengan la mejor educación, mucho más tienen que preocuparse porque sus hijos se alimenten de la Palabra de Dios encarnada, que es Jesús en la Eucaristía, que se dona a sí mismo en la Misa del Domingo, y deben preocuparse porque sean educados por la Sabiduría divina, que es Jesús en Persona, que se dona en la Palabra y en el Evangelio dominical. Los padres de familia pueden y deben transformar a sus respectivas familias en una 2Iglesia doméstica”, según el espíritu de los Padres de la Iglesia, convocados por el Espíritu Santo, para que todos gusten la Presencia de Jesucristo, y esto lo pueden lograr mediante el recurso de su autoridad paterna, convocando, de modo amoroso, pero firme, a los hijos, alrededor de un altar familiar, en donde estén las imágenes centrales de Jesús y de la Virgen y luego también las de San Miguel Arcángel y las de los santos a los cuales se les tenga más devoción, para así hacer oración en familia, dedicándole un tiempo durante la semana a la oración, recordando las palabras de Jesús en el Evangelio: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, y donde está Jesús, está la Virgen, y donde están Jesús y la Virgen, están los ángeles de luz y los santos, y esa es la razón por la cual la familia que reza, se convierte en un faro de luz que irradia luz de salvación a los demás (lo que deben tener en cuenta los padres es que, si no se rezan con sus hijos, si Jesús y la Virgen no constituyen el centro de las familias, el centro familiar será ocupado por el televisor, por Internet, por el celular, por la Tablet, por la Play Station, lo cual quiere decir, el espíritu del mundo, que es el espíritu de las tinieblas, porque el espíritu de las tinieblas está pronto a ocupar el lugar que solo le corresponde a Dios, pero que por tibieza, indiferencia, negligencia o ignorancia, queda vacío).
La familia entonces se convierte en un lugar de oración cuando los padres, respondiendo al impulso del Espíritu, convocan a los hijos a orar, y esto constituye para los padres una obligación y un deber ante Dios, pero si los padres de familia tienen la obligación de convertir a sus hogares en Iglesias domésticas, los hijos, a su vez, tienen el deber de amor de escuchar a sus padres y de obedecerles, cuando estos les inviten a rezar, en virtud del Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás Padre y Madre”, porque la honra se demuestra con la obediencia y la obediencia se basa en el amor. Entonces, es el Espíritu Santo el que convoca a los padres de familia y a los hijos a formar grupos de oración en sus hogares, pero lo hace no para que lo sientan como un “deber obligatorio, pesado y aburrido, porque lo dijo el padre en el sermón”, sino que el Espíritu Santo sopla en los corazones invitando a la oración en familia, para que padres e hijos hagan de sus hogares la Iglesia doméstica, y así experimenten en sus corazones la dulce Presencia de Jesús, quien no dejará de hacerse sentir, con el Amor de su Sagrado Corazón, en lo más profundo de quienes lo invoquen con fe y con amor. Ése es entonces el primer nivel en donde actúa el Espíritu Santo, convocando a los miembros de la Iglesia a formar una comunidad viva y orante: en la familia, constituyéndola como “Iglesia doméstica”.
         El otro nivel de oración comunitaria en el que actúa el Espíritu Santo es el propiamente eclesial, en donde la Iglesia se encuentra organizada ya como institución y en donde el Espíritu de Dios opera insuflándole vida, porque lo que mueve a la Iglesia, lo que le da vida, es el Espíritu Santo, el cual por este motivo es llamado también “Alma de la Iglesia”. Y como Alma de la Iglesia, le da vida al Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados y la vida para los bautizados consiste en la unión con el Ser trinitario de Dios y esa unión viene por la oración y de todas las oraciones de la Iglesia, la más perfecta de todas, es la Santa Misa, porque en ella es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien reza y se ofrece como Víctima propiciatoria, en expiación por los pecados del mundo. 
           Entonces, si el impulso a rezar en la familia se debe a la acción del Espíritu Santo, mucho más intensa es la acción convocante del Espíritu para la Santa Misa, en donde Jesús se hace Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico y se hace presente en el altar eucarístico, en medio de la asamblea, para donarse a sí mismo, a todos y cada uno, para dar a todos la plenitud del Amor del Padre y del Hijo.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. El Espíritu Santo convoca a los hombres para hacer gustar el Amor de Dios por medio de la oración y por la Santa Misa, pero hoy los hombres, la inmensa mayoría, hacen oídos sordos a esta invitación, y prefieren en cambio reunirse por motivos muy distintos: por partidos de fútbol, de rugby, o por carreras de fórmula uno, o por eventos sociales de todo tipo, como casamientos, cumpleaños, graduaciones, etc. y en esos eventos, el espíritu mundano es el que los convoca, y ese espíritu mundano les propone todo tipo de vanidades y mundanidades -diversiones vanas, pasajeras, superfluas, peligrosas, que ponen en riesgo la salvación eterna-, y los hombres, sin embargo, acuden gustosos a esas reuniones mundanas; los hombres, de todo tipo de clase y condición social, y de cualquier edad, acuden gustosos a reunirse para festejar y celebrar el espíritu del mundo, pero cuando el Espíritu Santo les sugiere reunirse para orar y así gustar la Presencia del Señor Jesús –“Ved qué bueno es el Señor, hagan la prueba y véanlo, dichoso aquel que busca en Él refugio”, dice el Salmo[3]-, todos tienen excusas para no acudir a la cita, posponiendo e intercambiando al Rey de los cielos por pasatiempos vanos e inútiles que conducen, detrás de la sensualidad, las luces multicolores, la música estridente, las carcajadas, el alcohol y las substancias tóxicas sin freno, a las siniestras puertas del Abismo de donde no se sale y en donde no hay redención.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando se siente el deseo y el impulso de rezar a Jesucristo –sea de modo individual o en grupo-, hay que tener en cuenta que es el Espíritu Santo el que nos convoca a la oración, y que esto es una gracia, porque “nadie puede pronunciar el nombre de Jesús, sino es inspirado por el Espíritu”[4], por lo cual no se debe rechazar esa gracia, a riesgo de que no vuelva más. También hay que considerar que la convocatoria a la oración que hace el Espíritu, es una convocatoria de amor, porque el Espíritu que nos congrega a los bautizados es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor, y que procediendo de ambos en el cielo[5], convoca a la unidad y a la comunión en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia, y por eso es una convocatoria a la comunión en el Amor y para el Amor Divino, porque el Espíritu Santo, dice San Agustín, nos reúne entre nosotros, formando un solo Cuerpo, que es la Iglesia, en el Amor, pero para que gocemos del Padre y del Hijo, en el Espíritu, que es Amor[6]; en otras palabras, cuando el Espíritu Santo nos convoca a orar, esa convocatoria es una convocatoria para gustar el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, para que por su Amor nos unamos al Padre. 
Y si esta convocatoria del Espíritu sucede a nivel de familia -que es un grupo eclesial pequeño- es válido, con mucha mayor razón todavía es válido, cuando se trata de la Santa Misa: cuando el Espíritu Santo nos convoca para la Santa Misa, no nos convoca para un rito aburrido y tedioso; no nos convoca para un evento social; no nos convoca para cumplir con un precepto religioso de una determinada iglesia; cuando el Espíritu Santo nos convoca a la Santa Misa, lo hace porque se hará Presente el Rey de reyes y Señor de señores, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, quien luego de bajar del cielo obedeciendo al sacerdote ministerial, después de las palabras de la transubstanciación, se ocultará y quedará escondido detrás de algo que parece pan pero que ya no lo será más, porque será su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, la Eucaristía, y todo lo hará para donar el Amor de su Sagrado Corazón. 
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Para que asistamos a la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y para que recibamos la plenitud del Amor de Dios, contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es que el Espíritu Santo nos convoca el Domingo, Día del Señor.





[1] Esto quiere decir que debemos aprovechar absolutamente todo lo que nos sucede, en el día a día, aun lo que parece más monótono y “aburrido”, para ofrecerlo a Dios, a Jesús en la cruz. Dice así Sor Faustina: “¡Oh vida gris y monótona, cuantos tesoros encierras! Ninguna hora se parece a la otra, pues la tristeza y la monotonía desaparecen cuando miro todo con los ojos de la fe. La gracia que hay para mí en esta hora no se repetirá en la hora siguiente. Me será dada en la hora siguiente, pero no será ya la misma. El tiempo pasa y no vuelve nunca. Lo que contiene en sí, no cambiaría jamás; lo sella con el sello para la eternidad” (Diario 62).
[2] Además, entre otros muchos lugares del Magisterio, así la llama también el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1666: “El hogar cristiano es el lugar en que los hijos de Dios reciben el primer anuncio  de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente ‘Iglesia doméstica’, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana”; el Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium,  en el numero 11, llama a la familia Ecclesia domestica, y dice que los padres son los primeros anunciadores de la fe para los hijos; Juan Pablo II la llama “Iglesia doméstica” en el número 21 de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.
[3] 34, 8.
[4] Cfr. 1 Cor 12, 3.
[5] Cfr. Yves M.-J., Congar, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 222-223.
[6] Cfr. B. de Margerie, La doctrine de Saint Augustin sur l’Esprit Saint comme communion et source de communion, “Augustinianum”, 12 (1972) 107-119.

jueves, 5 de agosto de 2010

Cada comunión es un encuentro con Jesús




“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (cfr. Lc 12, 32-48). La advertencia de Jesús va dirigida a toda la humanidad, por un doble motivo: porque Él vendrá al fin de los tiempos, en el Día del Juicio Final, y porque viene en la muerte personal de cada uno, y como no sabemos cuándo hemos de morir, su venida para nosotros, aunque no sea el Día del Juicio Final, será inesperada.

Para graficar esta doble venida –en el día de nuestra muerte personal, particular, y en el Día del Juicio Universal, en el que vendrá como Justo Juez para juzgar a toda la humanidad-, Jesús utiliza la imagen de un señor –el dueño de casa- que asiste a unas bodas, y que regresa a la noche, y es esperado por sus sirvientes, con las velas encendidas. La escena está llena de significado sobrenatural, ya que cada imagen representa una realidad sobrenatural: el dueño de casa es el mismo Jesucristo, Dios Hijo, que asiste a unas bodas, como el Esposo, ya que por su Encarnación, se ha convertido en el Esposo de la humanidad; la noche es el fin de los tiempos, el Día del Juicio Final, en donde no habrá más luz creada, ni artificial, ni natural, porque será un día de prueba, en donde el sol no brillará, pero la noche es también el momento de la muerte de cada uno: en la muerte, los ojos del cuerpo se cierran, y el alma no es iluminada ni por la luz eléctrica, ni por la luz del sol: el alma está en tinieblas, hasta que es juzgada, en el juicio particular, por Cristo Dios; los sirvientes que esperan al dueño de casa somos nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica: cuando llegue el dueño de casa, es decir, el Dueño de las almas, Jesucristo, no podemos estar dormidos, sino que debemos estar vigiles, despiertos, conscientes de Su Venida, para recibirlo con un corazón limpio y con obras de misericordia; las velas encendidas de los sirvientes, representan tanto la gracia que ilumina al alma, como la compasión y la misericordia para con el prójimo, que brilla en las buenas obras. Como sirvientes, debemos tener las velas encendidas, es decir, debemos vivir en gracia, confesados, sin conciencia de pecado mortal, al menos, y debemos tener en nuestro haber obras de misericordia, de visita a enfermos, de visita a presos, de ayuda a los más necesitados, para que el Señor, al regresar en la noche de los tiempos, encuentre en nosotros la luz de la gracia y de la misericordia. No puede ser de otra manera: ¿qué diría un dueño de una estancia, que al regreso de las bodas, ya de noche, encontrara a sus sirvientes emborrachados, peleados entre sí, dormidos, sin las velas encendidas? Lo primero que haría sería reprender duramente a sus sirvientes. Eso, y mucho más que una reprimenda hará Jesucristo, porque el Dueño de las almas, Jesucristo, tiene poder para precipitar al alma en el infierno, si es que no nos encuentra despiertos en la fe y en las obras. Si Dios, cuando venga al fin del tiempo, en el Día del Juicio, o cuando venga a buscarnos en el día de nuestra muerte, nos encuentra a oscuras, esto es, con el alma en pecado mortal, y sin amor al prójimo, ¿qué nos dirá? Ya sabemos cuál es la respuesta, por eso es que debemos estar despiertos, alertas, con las velas encendidas, es decir, con el alma en gracia, y con obras de misericordia hechas, para presentarnos ante el Juez de los hombres.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. ¿Cuándo será el Día del Juicio Final? ¿Cuándo será el día de nuestra muerte? ¿Cuándo vendrá Cristo Dios a pedirnos cuenta de nuestra alma? ¿Cuándo vendrá a juzgar a toda la humanidad? No lo sabemos, pero sí sabemos que debemos estar alertas, porque puede ser en cualquier momento: “Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí tenemos advertencias del cielo, que nos anuncian que, si no Dios, al menos el demonio está ya en la tierra, preparando el reinado del Anticristo. Nos lo advierten las profecías de los santos, inspiradas por el Espíritu Santo, y si son profecías de santos, no debemos despreciarlas: el Papa Benedicto XIV nos dice que hay que dar Fe Humana a las revelaciones privadas aprobadas por la Iglesia, como son las de Santos canonizados, o los escritos publicados con imprimatur, con licencia eclesiástica, y que sería temerario despreciarlas. Con respecto a estas profecías, dice San Pedro Canisio: “Hay menor peligro en creer y recibir lo que con alguna probabilidad nos refieren personas de bien, (cosa que no está reprobada por los doctos), antes que rechazar todo con espíritu temerario y de desprecio”.

Teniendo en cuenta esto, ¿qué es lo que nos dicen los santos? El P. Pío recibió una aparición del Señor que decía así: “La hora del castigo está próxima, pero Yo manifestaré mi Misericordia. (…) Temporales, tempestades, truenos, lluvias ininterrumpidas, terremotos, cubrirán la tierra. Por espacio de tres días y tres noches, una lluvia ininterrumpida de fuego seguirá entonces, para demostrar que Dios es el dueño de la Creación. (…) Los que creen y esperan en mi Palabra no tendrán nada que temer, porque Yo no los abandonaré, lo mismo que os que escuchen mis mensajes. Ningún mal herirá a los que están en estado de Gracia y buscan la protección de mi Madre. (…)Rezad piadosamente el Rosario, en lo posible en común o solos. Durante estos tres días y tres noches de tinieblas, podrán ser encendidas sólo las velas bendecidas el día de la Candelaria (2 de febrero) y darán luz sin consumirse”[1].

San Gaspar de Búfalo[2] nos advierte: “Aquél que sobreviva a los tres días de tinieblas y de espanto, se verá a sí mismo como solo en la tierra, (...) No se ha visto nada semejante desde el diluvio”.

¿Cuándo sucederá esto? Dice Ana Catalina Emmerich: “Vi la Iglesia de San Pedro y una cantidad enorme de gente que trabajaba para derribarla, pero a la vez vi otros que la reparaban. Los demoledores se llevaban grandes pedazos; eran sobre todo sectarios y apóstatas en gran número. Vi con horror que entre ellos había también sacerdotes católicos..., vi al Papa en oración, rodeado de falsos amigos, que a menudo hacían lo contrario de lo que él ordenaba. (...) Daba lástima. Cincuenta o sesenta años antes del año 2000 será desencadenado Satanás por algún tiempo. En violentos combates, con escuadrones de espíritus celestiales, San Miguel defenderá a la Iglesia contra los asaltos del mundo. (...) Sobre la Iglesia apareció una Mujer alta y resplandeciente, María, que extendía su manto radiante de oro. En la Iglesia se observaron actos de reconciliación, acompañados de muestras de humildad; las sectas reconocían a la Iglesia en su admirable victoria, y en las luces de la revelación que por sí mismas habían visto refulgir sobre ella. Sentí un resplandor y una vida superior en toda la naturaleza y en todos los hombres una santa alegría como cuando estaba próximo el nacimiento del Señor”´

También coincide, con respecto al tiempo, Santa Brígida de Suecia[3]: “Cuarenta años antes del año 2000, el demonio será dejado suelto por un tiempo para tentar a los hombres. Cuando todo parecerá perdido, Dios mismo, de improviso, pondrá fin a toda maldad. La señal de estos eventos será: cuando los sacerdotes habrán dejado el hábito santo, y se vestirán como la gente común, las mujeres como los hombres y los hombres como las mujeres”.

San Anselmo nos dice[4]: “¡Ay de ti, villa de las siete colinas (Roma) cuando la letra K sea aclamada dentro de tus murallas! Entonces tu caída estará próxima, tus gobernantes serán destruidos. Has irritado al Altísimo con tus crímenes y blasfemias, perecerás en la derrota y la sangre”[5].

San Vicente Ferrer[6] también coincide en que los días de tinieblas llegarán cuando los hombres se vistan como mujeres, y las mujeres como hombres: “Advertid que vendrá un tiempo de relajación religiosa, y catástrofes como no lo ha habido ni habrá. En aquel tiempo las mujeres se vestirán como hombres y se comportarán a su gusto licenciosamente, y los hombres vestirán vilmente como las mujeres. Pero Dios lo purificará todo y regenerará todo, y la tristeza se convertirá en gozo”.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. No despreciemos la voz del cielo, la voz de los santos; no seamos temerarios ni necios. Seamos como los servidores que esperan a su señor con las velas encendidas, despiertos en medio de la noche: vivamos en gracia, recemos el Rosario, obremos el bien, no hagamos el mal a nadie, y así Cristo Dios, cuando venga en medio de la noche, nos llevará al cielo.

No sabemos cuándo habrá de venir el Señor: puede ser hoy a la noche, mañana, o en cien años, pero sí sabemos que ahora, por la Santa Misa, por la comunión, viene al alma; por la comunión, Jesús entra en el alma, y ahí, en ese momento de la comunión, es como si fuera un anticipo del Juicio Final. ¿Qué tenemos para ofrecerle a Jesús, cuando venga a nuestro corazón por la comunión? ¿Lo esperamos con las velas encendidas y vigilantes, es decir, en estado de gracia, y con el corazón en paz con Dios y con el prójimo? ¿Tenemos para ofrecerle obras buenas? ¿O Jesús encontrará, por el contrario, un corazón oscurecido por el rencor, por el enojo, por la ausencia de caridad?

Cada comunión es como un pequeño Juicio Final, para cada uno. De nuestra libertad depende qué sea lo que tengamos para ofrecer a Jesús: o luz, u oscuridad. Que la Madre de Dios interceda para que nuestro corazón sea un corazón luminoso.



[1] Mensaje de 1959, tomado de su testamento y hecho distribuir por los Sacerdotes Franciscanos a todos los grupos de Oración católicos en el mundo, ya desde la Navidad de 1990.

[2] 1786-1836, Fundador de los Misioneros de la Preciosísima Sangre.

[3] 1303-1373.

[4] siglo XIII.

[5] Nota: K = KAROL, nombre del Papa Juan Pablo II.

[6] 1350-1419.