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sábado, 9 de marzo de 2024

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”


 


(Domingo IV - TC - Ciclo B – 2024)

         “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna” (Jn 3, 14-21). Jesús recuerda el episodio del Pueblo Elegido en el desierto, cuando fueron atacados por serpientes venenosas y, por indicación divina, Moisés construyó una serpiente de bronce y la levantó en alto, de modo que todo el que la miraba, quedaba curado de la mordedura venenosa de las serpientes. Este episodio de Moisés y del Pueblo Elegido, en el que el Pueblo Elegido es atacado por serpientes venenosas en su peregrinación hacia la Tierra Prometida, es figura y anticipación de la crucifixión de Jesús y esa es la razón por la que Jesús trae a colación el hecho. Para entender la analogía, debemos reflexionar sobre el episodio de Moisés y las serpientes en el desierto: las serpientes son los demonios, los que peregrinan en el desierto somos los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; el desierto es esta vida terrena, es el tiempo y el espacio de la historia humana, que desemboca en final del vértice espacio-tiempo, en la convergencia del espacio-tiempo, en la eternidad divina; la Jerusalén terrena  a la que se dirige el Pueblo Elegido en su peregrinar por el desierto es imagen de la Jerusalén celestial a la que nos dirigimos nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, la Jerusalén del Cielo, cuya Lámpara es el Cordero de Dios; el veneno de las serpientes es el pecado mortal; las mordeduras de las serpientes son las tentaciones demoníacas; la serpiente de bronce que Moisés eleva y que sana milagrosamente a quien la ve, es representación de Jesús crucificado, quien desde la Cruz da la vida eterna a quien arrodillado ante la Santa Cruz lo contempla con fe, con amor y devoción, recibiendo de Él la Vida divina, la Vida de la Gracia, la Vida Eterna, que se comunica por la Sangre que brota de sus heridas abiertas en manos y pies por los clavos y de las heridas de su Costado traspasado por la lanza del soldado romano.

         Así como los miembros del Pueblo Elegido, por un milagro divino, eran curados de las mordeduras de las serpientes venenosas por la serpiente de bronce que elevaba Moisés en lo alto, así, de manera análoga, es desde la cruz de donde el alma obtiene la vida divina, la vida eterna, el perdón de los pecados y la santificación del alma, por medio de la Gracia Santificante que brota junto con la Sangre de Jesús crucificado, elevado en lo alto en el Santo Sacrificio del Calvario y es por esto que debemos postrarnos ante Jesús crucificado, cuando sintamos el ardor de las pasiones y la acechanza o incluso la mordedura de las serpientes, los ángeles caídos, los demonios.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”. Quien se arrodilla ante Jesús crucificado con un corazón contrito y humillado, obtienen de Él su Gracia, que se derrama sobre su alma a través de la Sangre Preciosísima del Cordero que se derrama desde sus heridas abiertas y sangrantes. Pero Jesús, además de estar en la Cruz, se encuentra también en la Eucaristía y en la Eucaristía está en Persona y es por esta razón que, quien contempla a Jesús Eucaristía, recibe también de su Sagrado Corazón Eucarístico la vida divina, la vida eterna, la vida de su Sagrado Corazón Eucarístico, la vida misma de la Santísima Trinidad. Adoremos a Jesús, tanto en la Cruz como en la Eucaristía y así no solo seremos curados de las tentaciones y protegidos de las acechanzas del demonio, sino que ante todo obtendremos la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino, la Vida divina, eterna y gloriosa del Cordero de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía.


miércoles, 4 de octubre de 2023

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”


 

(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2023)

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña” (Mt 21, 33-43). Jesús relata a sus discípulos lo que se conoce como “parábola de los viñadores asesinos”. A simple vista, con un análisis superficial, podría tratarse de un simple caso de tintes policiales: un grupo de labradores arrenda una viña con el propósito aparente de quedarse con el fruto del trabajo, pero llegado el momento en el que los arrendatarios deben pagar al dueño de la viña lo que le corresponde, no solo no lo hacen, es decir, no pagan nada, sino que su actitud para con los enviados del dueño se va haciendo cada vez más violenta, hasta incluso llegar a matar al mismo hijo del dueño, enviado por este, pensando que por ser su hijo, lo iban a respetar. Jesús finaliza la parábola con una enseñanza: la viña será dada a otros arrendatarios, quienes sí la harán rendir con frutos.

La parábola se entiende cuando los elementos naturales se reemplazan por los sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es primero la sinagoga y luego la iglesia Católica; los enviados del dueño de la vid, son los diversos profetas, justos y hombres santos, enviados por Dios para preparar al Pueblo Elegido para que se conviertan y así se preparen para la Primera Venida del Mesías, Cristo Jesús, Aquel que habría de nacer “de una Virgen”, según los profetas; los arrendatarios primeros, los que no quieren pagar la renta y golpean a los enviados del dueño, hasta llegar a cometer el homicidio contra el hijo del dueño de la viña, es decir, los arrendatarios homicidas, son el Pueblo Elegido, los judíos, quienes apedrean primero a los profetas de Dios enviados a ellos, cuando los profetas les predican la necesidad de la conversión del corazón y el dejar de cometer maldades y de adorar a ídolos falsos; los arrendatarios segundos, es decir, el segundo grupo de arrendatarios, que respetarán al dueño de la vid y le hará dar los frutos que corresponde, porque trabajarán en la viña, son los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, que de hecho vienen a ocupar el puesto de los primeros arrendatarios, los que no quisieron ni devolver la viña, ni tampoco reconocer al hijo del dueño, llegando incluso a asesinarlo; el hijo del dueño de la vid es el Hijo de Dios, engendrado, no creado, por Quien todo fue hecho, es el Verbo del Padre que procede eternamente del seno del Padre, es la Sabiduría del Padre, en Quien el Padre tiene todas sus complacencias, es el Salvador de la Humanidad, el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, que se encarna por obra del Espíritu Santo para así cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección, que continúa y prolonga su Encarnación en la Sagrada Eucaristía; la muerte del hijo del dueño es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús, Quien así cumple su misterio pascual, al resucitar al tercer día, para llevar Consigo al Cielo a todos aquellos que lo sigan por el Camino Real de la Cruz; los frutos de la viña, ya sea la de los primeros arrendatarios, como los de los últimos arrendatarios, que sí harán trabajar a la viña, son frutos de santidad, son los racimos de la vid que, unidos a la Vid Verdadera que es Cristo, recibirán de Él la savia vivificante, la vida de la gracia, que hace vivir al alma con la vida de la Santísima Trinidad.

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”. No debemos pensar que nosotros, por el hecho de estar bautizados en la Iglesia Católica, nos merecemos por este solo hecho la aprobación del Dueño de la Viña, que es Dios Padre, Dueño de la Iglesia Católica: si no damos frutos de santidad, es decir, de mansedumbre, de humildad, de pobreza evangélica, de caridad al prójimo, de amor sobrenatural a Dios Hijo Presente en Persona en la Eucaristía, recibiremos el mismo trato que recibieron los arrendatarios homicidas: seremos echados fuera del Reino de Dios y nuestro lugar será ocupado por quien sí desee ser santo y perfecto, como Santo y Perfecto es Dios Uno y Trino. Trabajemos en la Viña del Señor, para dar frutos de santidad en esta vida y así ganar el Reino de los cielos en la vida eterna.

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

“¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2023)

         “¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?” (Mt 20, 1-16). Jesús ejemplifica el Reino de los cielos con toda la situación en la que se ven envueltos tanto el dueño de la viña como los obreros de la viña[1]. El dueño de la viña va a la plaza, al amanecer, alrededor de las seis de la mañana, a buscar obreros que están esperando que alguien los contrate para trabajar. Conversa con ellos y conviene en que el jornal del día de trabajo será un denario. Luego el propietario regresa más tarde, a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas últimas contrataciones no se menciona ninguna suma concreta, sino solo “un jornal justo”. Esto, considerado en conformidad con los negocios humanos, supondría para cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario, respectivamente. Una hora antes de la puesta del sol, el propietario contrata a los últimos, que estaban sin hacer nada, para que también trabajen en su viña.

         Al finalizar la jornada de trabajo, el capataz, por orden del dueño de la viña, da la orden de que se pague a los obreros su jornal y que a todos se pague la misma cantidad: en este último hecho, reside lo esencial de la parábola. La segunda orden es la de comenzar por los “últimos”, es decir, los que acaban de llegar, ya al terminar el día. La finalidad de esto es que los primeros sean testigos -los cuales son murmuradores y hostiles y luego pondrán objeción al dueño de la viña- de la cantidad que se paga a cada uno, lo cual a su vez hará que el dueño de la viña responda a sus objeciones. En esta respuesta, la del dueño de la viña, se contiene la enseñanza de la parábola.

         Los que han llegado primero y reciben la misma paga que los que llegaron al último, se quejan de lo que ellos consideran una “injusticia”, esto es, que a todos se les pague con el mismo jornal, con la misma cantidad de dinero; además, se quejan de que sólo han trabajado una hora y con el fresco de la tarde, mientras que ellos, los primeros, han trabajado todo el día y con el peso del sol y de las altas temperaturas, por lo cual consideran que merecen una suma de dinero mayor.

         El amo se dirige al portavoz o jefe de los que están descontentos con la situación y lo hace con un tono suave, ya que lo trata de “amigo”; tampoco hay un tono de enojo o de irritación cuando dice: “toma lo que es tuyo y vete”. Le recuerda con mucha calma el acuerdo previo, observado de común acuerdo entre las dos partes. “Es mi deseo”, dice él, “dar al último lo que le he dado al primero”. Con esto quiere decir que, si hay un trato justo, nadie tiene derecho a quejarse de la bondad que él ejerce de su parte. El entendimiento no debe ver el mal dónde solo existe el bien y si lo hace, es decir, si ve el mal donde hay bien, entonces el entendimiento está “enfermo”.

         Jesús concluye diciendo: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. En esta parábola se insinúa que, por encima de las obras buenas en sí mismas, se encuentra la generosidad divina, que da más allá de la justicia estricta. La frase final implica simplemente que los “primeros” y los “últimos” (jornada de trabajo larga o corta) son todos unos ante Dios. Esto no quiere decir que Dios no haga distinciones, sino que su misericordia no tiene límites, es infinita.

Un elemento que nos permite apreciar el sentido sobrenatural de la parábola es que hacer una extrapolación o sustitución de los elementos naturales por los sobrenaturales: así, el dueño de la viña es Nuestro Señor Jesucristo; la viña es la Santa Iglesia Católica; los primeros en llegar somos nosotros, los que hemos sido bautizados en los primeros días de nuestra vida, además de haber recibido los Sacramentos como la Comunión, la Confirmación y el Sacramento de la Penitencia; el pago final es el Reino de los cielos; los “últimos en llegar”, son los gentiles o los paganos, es decir, aquellos que no pertenecen al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica y que, sin embargo, reciben el mismo premio, esto es, la gloria del Reino de los cielos, simbolizada en el denario con el que paga su trabajo el dueño de la viña y que, por su fe en el Mesías, Cristo Jesús, ingresarán antes que muchos católicos en el Reino de Dios.

Por último, la parábola va dirigida ante todo al Nuevo Pueblo Elegido, los que integramos la Iglesia Católica por medio del Bautismo, recibido desde los primeros días de nuestro nacimiento. Que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros, significa que si no obramos la misericordia, si no seguimos a Nuestro Señor por el Camino de la Cruz, el Via Crucis, si no nos alimentamos del Pan de Vida eterna, si no lavamos nuestros pecados con la Sangre del Cordero en la Confesión Sacramental, nos pasará lo que a los primeros trabajadores de la parábola: primero entrarán los paganos recién conversos y recién al final, por la Divina Misericordia, entraremos nosotros, siendo ellos los primeros y nosotros los últimos.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.

lunes, 6 de marzo de 2023

“Dios es espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad”

 


(Domingo III – TC - Ciclo A – 2023)

          “Dios es espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 14-15). Si bien los judíos eran el Pueblo Elegido, porque poseían las primicias de la Verdad sobre Dios, esto es, que Dios es Uno y no hay múltiples dioses, como lo creían los paganos, los judíos, no obstante, no poseían la Verdad plena, total y última acerca de Dios, esto es, que Dios es Uno y Trino, Uno en naturaleza y Trino en Personas y es esto lo que Jesús viene a revelar: que Él es la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el seno de María Santísima por obra del Espíritu Santo, en obediencia al pedido de Dios Padre. De esta manera, Jesús, que es hebreo, de raza hebrea, por su naturaleza humana, completa la Verdad Última acerca de Dios y es por esto que, a partir de Jesús, si bien los judíos siguen siendo “Pueblo Elegido”, se establece un “Nuevo Pueblo Elegido”, constituido por los que se unan por la gracia al Cuerpo Místico del Hijo de Dios y así sean conducidos, por el Espíritu, al Padre, para adorarlo, en el tiempo y en la eternidad.

          Los hebreos y los samaritanos no se hablaban, por cuanto profesaban religiones distintas: los hebreos, la religión de Dios Uno, los samaritanos, una religión politeísta, conformada por numerosos dioses; ambas religiones eran incompatibles entre sí y por esto se produce este distanciamiento, y es lo que explica el asombro de la samaritana cuando Jesús le pide agua, puesto que como hemos dicho, hebreos y samaritanos no se hablaban entre sí. Sin embargo, a partir de Jesús, aquellos que forman parte del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados de la Iglesia Católica, no deben imitar al Pueblo Elegido; por el contrario, deben “ir por el mundo anunciando la Buena Noticia” de Jesús el Salvador, es decir, deben proclamar y anunciar el Evangelio de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo y por esto mismo, deben hablar al mundo, no para aprender nada del mundo, que el mundo no tiene nada para enseñar a la Iglesia, sino para enseñar al mundo que Jesús es el Salvador y que todo ser humano debe convertir su corazón a Jesús el Señor, para salvar su alma: “El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea y no se bautice, no se salvará”.

          Entonces, en Jesús, Dios Hijo encarnado, se completa la autorrevelación de Dios, que había sido dada en parte y en forma incompleta a los judíos, encargando a su Iglesia hacer en el mundo lo que Él hace con la samaritana: revelar la Verdad Última de Dios, como Uno y Trino y la Verdad de la Encarnación del Hijo de Dios, por pedido del Padre y por obra del Espíritu Santo, para la salvación de los hombres. Esto es lo que justifica y explica la actividad misionera y apostólica de la Iglesia, actividad que no es otra cosa que cumplir las palabras del Señor Jesús: “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones”.

Otro elemento a destacar en el diálogo de Jesús con la samaritana es el carácter eminentemente espiritual de la religión católica, carácter espiritual que se demuestra en la búsqueda de la mortificación de las pasiones corporales y en la santificación del alma por la gracia santificante; en contraposición a las falsas religiones, que solo buscan la satisfacción más o menos encubierta de las pasiones, trasladando incluso esta visión materialista-corpórea de la religión a la vida eterna, en donde el Paraíso consiste en la satisfacción sin límites de las pasiones depravadas del hombre, tal como lo proclama el Islam, por ejemplo.

La religión católica es entonces espiritual y esto porque “Dios es espíritu” y porque Dios es espíritu, la perfección del hombre será, no la satisfacción impura de las pasiones corporales, como afirma erróneamente el Islam, sino la espiritualización de la materia corpórea y la glorificación del alma en la vida eterna.

“Dios es espíritu”, le dice Jesús a la samaritana, y a nosotros nos dice: “Dios es espíritu y se ha encarnado, en la Persona del Hijo, en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; “los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad”, le dice a la samaritana y a nosotros nos dice: “los que adoran a Dios en espíritu y en verdad, los que de veras lo aman y creen que el Hijo se ha encarnado por voluntad del Padre y en el Amor del Espíritu Santo, deben adorarlo y amarlo en la Eucaristía, porque Dios Hijo encarnado prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del altar”.

miércoles, 25 de agosto de 2021

“También tengo que anunciar el Reino de Dios a otros pueblos”

 


“También tengo que anunciar el Reino de Dios a otros pueblos” (Lc 4, 38-44). Los judíos habían sido elegidos por Dios para ser la nación que, en medio de pueblos paganos, creyeran y adoraran a un Dios Único y Verdadero y por eso eran llamados el “Pueblo Elegido”. Pero ahora, en Cristo, ese Dios Uno se revela como Uno y Trino; se revela como Dios Hijo encarnado por voluntad del Padre, para santificar a las almas con el Don de dones, Dios Espíritu Santo y para conducir a los hombres, así redimidos, al Reino de los cielos. Con la frase: “También tengo que anunciar el Reino de Dios a otros pueblos”, Jesús anuncia la construcción de su Iglesia, la Iglesia del Cordero, la Iglesia Católica, constituida por los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados sacramentalmente en la Iglesia Católica. Y así como fue Jesús quien, con su actividad apostólica evangelizó a judíos y paganos, quienes se convirtieron al catolicismo, así la Iglesia Católica continúa esta actividad apostólica de Jesús y la continuará hasta el fin de los tiempos y hasta el confín de la tierra, anunciando a todos los pueblos que Cristo es el Mesías, que ha muerto en cruz para salvarnos, que ha resucitado y que se encuentra vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y que ha de venir por Segunda Vez en la gloria, para juzgar a vivos y muertos. Es en esto en lo que consiste el único y verdadero ecumenismo: que la Iglesia Católica anuncie a todos los hombres, de todos los tiempos, que Cristo es Dios y que ha venido para llevarnos a su Reino, el Reino de Dios, en la eternidad divina.

viernes, 26 de febrero de 2021

“Un propietario plantó un viñedo”


 

“Un propietario plantó un viñedo” (Mt 21, 33-43. 45-46). Con la parábola de los viñadores homicidas, Jesús revela y profetiza su misterio pascual de Muerte y Resurrección. En efecto, lo que se debe hacer para interpretarla dentro del misterio de salvación, es reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales. Así, el propietario de la viña, que planta un viñedo, la alquila a unos viñadores y luego se va, es Dios Padre, quien crea el mundo, elige para sí un Pueblo, el Pueblo Elegido y luego se va, metafóricamente, en el sentido de que establece un período de tiempo hasta que llegue la plenitud de los tiempos, con la Encarnación del Verbo; los criados que el dueño envía, cada vez en mayor número y que son apedreados y hasta asesinados por los viñadores, son los santos, profetas y justos del Antiguo Testamento que, en diversos tiempos de la historia, anunciaron la Primera Venida del Mesías, pero no fueron escuchados; el hijo del propietario, a quien éste envía pensando que por ser su hijo le harán caso y le devolverán la viña, es la Segunda Persona de la Trinidad en su Encarnación: es el Verbo de Dios Encarnado; es la Persona de Dios Hijo, encarnada en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; los viñadores, usurpadores y asesinos, son los escribas y fariseos y la parte del Pueblo Elegido que rechaza, primero a Dios y sus profetas y luego al Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth; la muerte del hijo del propietario a mano de los viñadores homicidas es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, a manos de los romanos y por instigación de los judíos; la viña que es plantada por el propietario es la Sinagoga primero y la Iglesia Católica después; por último, la muerte de los viñadores y el arrendamiento de la viña a otros viñadores que sí darán fruto, es el castigo sufrido por el Pueblo Elegido, que se quedó sin sacrifico desde Jesucristo, por un lado y por otro, es el surgimiento de la Iglesia Católica que da el Fruto de la Redención al ofrecer el Santo Sacrificio del altar, la renovación sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz en el Calvario.

Nosotros, los bautizados en la Iglesia Católica, somos el Nuevo Pueblo Elegido, los Nuevos Arrendatarios, que deben dar frutos de misericordia, de justicia, de amor a Dios y al prójimo. De lo contrario, si no damos frutos de santidad, correremos la misma suerte que los viñadores homicidas.

 

jueves, 26 de abril de 2018

“Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron”



“Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron” (Jn 6, 44-51). Jesús deja bien en claro el error de suposición en el que estaba el Pueblo Elegido: ellos pensaban que, en el exilio por el desierto, habían comido el pan celestial, al recibir el maná enviado por Yahvéh. Pero Jesús les aclara que no es así: ése no era el verdadero maná, porque ellos “comieron el maná y murieron”. El verdadero maná bajado del cielo, dado por el Padre, da la vida eterna, esto es, la vida divina absolutamente sobrenatural de Dios, que brota del Acto de Ser divino trinitario como de su fuente inagotable. Quien come de este Pan, dice Jesús, aunque muera, vivirá, porque el que coma de este pan incorporará a sí a Dios Hijo en Persona, y Dios “es su misma eternidad”, como dice Santo Tomás de Aquino.  
“Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron”. Los hebreos comieron el maná, un pan bajado del cielo, pero murieron, porque no era el verdadero maná, sino una figura del que habría de venir, Jesús en la Eucaristía. La Eucaristía es el Verdadero Maná bajado del Cielo, dado por Dios Padre al Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica. La Eucaristía contiene al Acto de Ser divino trinitario, del cual brota la Vida divina trinitaria la cual es incoada en esta vida a quien comulga la Eucaristía con fe y con amor. Ésa es la razón por la cual quien se alimenta de la Eucaristía, muere a esta vida terrena, pero en el mismo momento, la vida divina contenida en él por haberse alimentado del Pan bajado del cielo, se despliega en su plenitud y así su vida mortal se convierte en vida divina, en participación a la vida divina trinitaria. El que se alimenta de la Eucaristía en el desierto de la vida, al morir terrenalmente, comienza a vivir con la Vida divina de la Trinidad y por eso no muerte una segunda muerte, sino que comienza a vivir para siempre, en el Amor de Dios. Para siempre.

viernes, 13 de febrero de 2015

“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos”


"También los perrillos comen de las migajas que caen de los amos" 

“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos” (Mc 7, 24-30). Una mujer pagana, de origen siriofenicio, acude a Jesús para implorarle que expulse a un demonio que había tomado posesión de su hija y para hacerlo, se postra ante Jesús, en señal de adoración. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento –la postración es señal de adoración-, Jesús no le concede inmediatamente lo que pide: aún más, Jesús la pone a prueba, en su fe y en su humildad, al compararla con un perro. En efecto, para graficar su negativa a concederle el milagro, Jesús utiliza la figura de un banquete familiar, en el cual los hijos, sentados a la mesa, no se ven privados del pan, para dárselo a los perros. El ejemplo gráfico utilizado por Jesús es muy fuerte, puesto que, en esta figura, los miembros del Pueblo Elegido son los hijos, sentados a la mesa y destinatarios, en primer lugar, del pan, mientras que los paganos, como la mujer, son los perros, que como a animales domésticos que son, no se les puede dar el pan que corresponde a los hijos. Se trata de un argumento de razón natural: los seres humanos no pueden ser privados de la alimentación, en favor de los animales; o, dicho en otras palabras, puestos en igual situación de hambre y de necesidad de alimentación, los seres humanos tienen prioridad sobre los animales.
Lo que Jesús le quiere decir con este ejemplo es que los destinatarios de los milagros, no son los paganos, como ella –al menos en esta fase inicial de la Revelación-, sino los integrantes del Pueblo Elegido: ellos son como los hijos que se sientan a la mesa. Sin embargo, a pesar de esta comparación, la mujer siriofenicia se mantiene en su fe inquebrantable en Jesús y en su poder de expulsar al demonio del cuerpo de su hija y no se amedrenta ni se ofende por la comparación. Por el contrario, y dando muestras, además de fe y de humildad, de gran agudeza sobrenatural, utiliza la misma figura de Jesús, para argumentar a su favor: es cierto que solo los hijos son destinatarios del pan que se sirve a la mesa y que el pan no puede darse a los perros, pero es cierto también que los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos. El argumento resulta irrefutable, aún para el mismo Jesús: si los miembros del Pueblo Elegido, que son los hijos, son los principales destinatarios de los milagros y de los milagros más espectaculares, los paganos, que son los perros, pueden recibir algún milagro “menor”, como lo es la expulsión de un demonio que ha tomado posesión de un cuerpo. Con esta argumentación, Jesús, reconociendo la fe, la humildad y la lucidez sobrenaturales de la mujer, le concede lo que ha pedido, quedando su hija inmediatamente libre de la posesión demoníaca: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”. El Evangelio confirma el milagro: “Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio”.
La figura de la mujer siriofenicia es sumamente llamativa y es ejemplo de fe: es pagana y siriofenicia, lo cual quiere decir que no pertenece al Pueblo Elegido y que racialmente no es hebrea; sin embargo, muestra una fe en Jesús que supera ampliamente a la fe de muchos de los integrantes del Pueblo Elegido, puesto que no solo acude a Jesús con plena confianza en su poder divino –la mujer sabe, por un lado, que su hija no está enferma sino poseída por un demonio y sabe además que los demonios solo pueden ser expulsados con el poder divino-
Muestra ya un germen de fe, aun siendo pagana, y esta fe es confirmada por Jesús, al concederle el milagro que solicita. Es ejemplo y modelo de fe sobrenatural en Jesús, y esto es debido a su mansedumbre y a su prontitud en responder a la gracia, puesto que la fe es un don que se concede con la gracia santificante. La mujer siriofenicia, siendo pagana, recibe la gracia de la conversión en Jesucristo, con ocasión de una gran tribulación personal, como lo es la posesión demoníaca de su hija, y al recibir esta gracia, deja de lado sus creencias paganas y acepta a Jesucristo como Dios Encarnado Salvador de los hombres, que en cuanto Dios, posee el poder más que suficiente para expulsar al demonio del cuerpo de su hija. Esta fe en Jesucristo, en su condición de Hombre-Dios, la lleva a postrarse delante de Jesús, en señal de adoración y por lo tanto, de reconocimiento de su divinidad. Pero además de ejemplo de fe, la mujer siriofenicia es ejemplo de humildad, porque habiendo sido comparada, por el mismo Jesús en Persona, con un animal como el perro, la mujer siriofenicia no solo no se siente ofendida, sino que acepta con humildad, mansedumbre y amor, la comparación que hace Jesús, y es esta humildad la que conmueve al Sagrado Corazón de Jesús, y lo lleva a concederle el milagro que solicita.

Fe y humildad, amor y adoración a Jesucristo, ése es el legado de santidad de esta mujer siriofenicia que, en el momento en el que reconoce a Jesús y se postra ante Él para adorarlo, sale del paganismo para entrar en el Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica. Al recordar a esta santa anónima, por medio del Evangelio, pidamos la gracia de su misma fe, su misma humildad, su mismo amor y su misma adoración, para postrarnos ante Jesús Eucaristía, el Cordero manso y humilde que quita los pecados del mundo.

viernes, 3 de octubre de 2014

“Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo”



(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         (Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un hombre poseía una viña (…) la arrendó a unos viñadores (…) pero los viñadores mataron al heredero (…) el dueño acabará con esos miserables y dará la viña a otros, para que le den sus frutos a su tiempo” (Mt 21, 33-46). En la parábola, Jesús usa la figura de una viña, la cual es claramente, la de Isaías 5, 1-2[1]: en esta viña, el dueño de la viña, luego de limpiar el lugar y quitarle las piedras, ha excavado el lagar en la roca para que el jugo de las uvas prensadas pase por medio de las de canales de piedra a un depósito de piedra más profundo; finalmente, le coloca una torre de vigilancia. Antes de viajar al extranjero, contrata a unos viñadores, para que le den el fruto de la viña.
En esta parábola de los viñadores homicidas, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de la viña, es Dios Padre; el heredero, “el hijo del dueño de casa”, es Jesucristo, Dios Hijo; los enviados o criados, que van a buscar los frutos, son los profetas; los arrendatarios y homicidas, son el Pueblo Elegido; los frutos que pretende obtener el dueño de la viña, y que no obtiene, son la misericordia y la compasión; los frutos agrios, agraces, son la injusticia, la violencia, la impiedad, la pereza, la rapiña, la codicia; el lugar donde deberían estar estos frutos buenos, es el corazón del hombre; la viña, es Israel; el lugar en donde es asesinado el hijo del dueño, las afueras de la viña, es el Monte Calvario, las afueras de Jerusalén; los nuevos arrendatarios, son los gentiles, es decir, los llamados a integrar el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, en reemplazo de los miembros del Pueblo Elegido.
La viña de la parábola es por lo tanto una clara reminiscencia a la de Isaías 5, 7, por lo que se sugiere que la viña de la que habla Jesús, se trata de Israel, la viña de Dios[2] (y luego, por extensión, se tratará de la Iglesia Católica, cuyo nombre también es el de “Viña de Dios”). En Isaías 5, 7, dice el profeta: “La viña de Yahvéh de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son el plantío de su deleite. Esperaba de ellos rectitud, y no veo más que derramamiento de sangre; justicia, y he aquí que no hay más que gritos de dolor”. Dios es el viñador que prueba el grano de uva de su viña, los corazones de los hijos de Israel, pero en vez de probar un grano dulce, apetitoso, es decir, un corazón piadoso, compasivo, misericordioso, encuentra un grano de uva agrio, un fruto amargo de la viña, es decir, un corazón impiadoso, aunque por fuera aparente ser piadoso, devoto y religioso,  e inmisericordioso, voraz de bienes ajenos, iracundo, violento, despiadado, falto de caridad, de compasión, de misericordia, para con su prójimo. Ése es el motivo por el cual, en Isaías 5, 7, dice que “arrasará” con su viña, porque encontró “frutos agrios”; esperaba frutos dulces, y encontró “efusión de sangre, injusticia y gritos de angustia”[3].

El dueño de la viña es claramente Dios; los arrendatarios, que son la idea central de la parábola, son el Pueblo Elegido y no solo no han producido ningún fruto bueno –compasión, bondad, justicia- por negligencia, sino que solo han producido “frutos agrios”, es decir, frutos de injusticia, de codicia, de rapiña y de voracidad, y por eso ahora, Dios, arrasará con la viña, y la dará a los gentiles, para que ellos le den fruto a su tiempo. Sin embargo, movidos por la codicia, pues pretenden quedarse con la viña, que no les pertenece, los sacerdotes y fariseos continúan oponiéndose a los planes de Dios, y es sí que maltratan o matan a los criados –los profetas-, cuando el amo los envía para reclamar los frutos de la viña –que son la justicia, la bondad y la compasión-. Pero el amo, que tiene una paciencia sobrehumana, vuelve a enviar nuevos criados –profetas-, sin conseguir buenos resultados. Decide entonces enviar a su propio hijo, esperando conseguir un cambio de actitud en los viñadores, pero por el contrario, los viñadores se endurecen en su avaricia, y enceguecidos por la codicia, piensan que si matan al heredero, el dueño no tendrá fuerzas para reclamar la viña y así podrán quedarse con toda la tierra, con lo cual traman su muerte y la llevan a cabo. Los viñadores, efectivamente, se apoderan del hijo del dueño de la viña, “lo arrojan fuera de la viña y lo matan”. Esto es una clara alusión a la expulsión de Jesús de Jerusalén, y a su muerte de cruz fuera de Jerusalén, en el Monte Calvario.
La parábola finaliza cuando Jesús les pregunta a los mismos sumos sacerdotes y ancianos, acerca de qué es lo que hará el dueño de la viña, con “aquellos” viñadores homicidas, y ellos mismos, calificándolos como “miserables”, le contestan que “acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”, sin darse cuenta que de esa manera, se están calificando a sí mismos, porque Jesús utiliza la parábola para indicar que ellos, el Pueblo Elegido, serán quienes dejados de lado, en favor de los gentiles. Esto lo entienden muy bien los sumos sacerdotes y los ancianos, apenas termina la parábola, porque en ese momento se dan cuenta que ellos son esos viñadores homicidas: “comprendieron que se refería a ellos”, y por eso “buscaron el modo de detenerlo”, pero no podían hacerlo, a causa de la multitud.
         Con la parábola de los viñadores homicidas –que a su vez hace alusión a la viña de frutos malignos de Isaías-, Jesús está indicando que el Pueblo Elegido será dejado de lado, en favor de los gentiles, porque solo da frutos amargos: mata a los profetas primero, y luego al heredero, al Hijo de Dios, Jesucristo. Jesús está profetizando su Pasión, les está anunciando que ellos, al igual que sus antepasados, también rechazarán el mensaje de salvación, porque así como sus antepasados mataron a los profetas, así también ellos lo matarán a Él en la cruz, y por eso ellos quedarán excluidos del Reino de los cielos, y el Reino de los cielos le será dado a los gentiles, a quienes sí acepten el mensaje de salvación: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”.
         Atención a estas palabras, porque también van dirigidas a nosotros: “El dueño de la vida acabará con esos miserables y les arrendará la viña a otros, que le entregarán los frutos a su debido tiempo”. La Iglesia es una Viña que nos da Dios, para que le demos frutos de bondad, de caridad, de castidad, de paciencia, de misericordia, de justicia, de sacrificio, de oración, de virginidad, de oración, de ayuno, de abstinencia, de continencia. Puesto que el Evangelio se actualiza en la Santa Misa, la parábola se dirige también a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, por lo que también debemos interpretar las palabras como dichas a todos y cada uno de nosotros, ya que nosotros también somos los viñadores homicidas, toda vez que asesinamos a Jesús, el Heredero, crucificándolo con nuestros pecados, y pretendiendo adueñarnos de la Iglesia, para erigirnos en dueños de la Viña, en dueños de la Iglesia, para establecer nuestros propios mandamientos, colocándolos en el lugar de los Mandamientos de Dios. Nos convertimos en los viñadores asesinos, toda vez que crucificamos Jesús con nuestros pecados mortales o veniales deliberados, y toda vez que nos adueñamos de la Iglesia, excluyendo a nuestros hermanos de la Iglesia con nuestra falta de caridad y de ejemplo, y toda vez que manipulamos los Mandamientos de la Ley de Dios, acomodándolos a nuestros caprichos y a nuestra concupiscencia, dictaminando nosotros la medida de lo que está bien y de lo que está mal, y decidiendo nosotros si algo es pecado mortal y si es pecado mortal, decidimos que no tiene importancia, porque los que mandamos en la Iglesia somos nosotros, porque en el fondo, somos los viñadores homicidas, que hemos matado al Heredero, al Hijo de Dios, y nos hemos apoderado de la Viña, la Iglesia, y hemos establecida nuestras propias leyes, decidiendo qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.
Por eso es que, en la actualidad, se consiente a prácticamente toda clase de pecado y es lo que explica que, aunque se produzca un falso escándalo farisaico en los medios de comunicación, cuando se producen hechos delictivos clamorosos, que atentan contra el pudor y contra el sentido común, sin embargo, en la práctica y en la vida cotidiana, no solo no se niega ningún vicio ni concupiscencia, sino que el libertinaje sexual y moral se ha convertido en la regla de vida aceptada por la sociedad, el cual ha sido difundido por los medios de comunicación masivos, y eso es lo que explica que individuos como Tinelli –nefastos si los hay-, sean declarados “Personajes destacados de la cultura”; eso es lo que explica otras inmoralidades de nuestra época, como el hecho de que, mientras por un lado existan niños que mueren de hambre, por otro lado, existan futbolistas y deportistas que se convierten en multimillonarios de la noche a la mañana; esto es lo que explica, también que la idea de ganar dinero sin trabajar, es decir, por medio del pecado de la pereza, prolifere como un virus entre enormes masas de cristianos, sin que nadie se lo cuestione o se oponga.
En otras palabras, porque los cristianos hemos matado al Heredero de la Viña, arrojándolo fuera de la Viña, crucificándolo con nuestros pecados, convirtiéndonos en los viñadores homicidas, es que el mundo ha caído en la oscuridad y se dirige, a toda velocidad, al abismo de perdición. Es hora, por lo tanto, de elevar los ojos, arrepentidos, a Jesús en la cruz, pidiendo perdón por nuestros pecados, para que demos los frutos de santidad que Dios Padre, el Dueño de la Viña, está esperando desde hace tiempo, antes de que sea demasiado tarde.


[1] Cfr. B. Orchard, et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 439.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.
[3] Ibídem.

viernes, 15 de agosto de 2014

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”


Jesús y la mujer cananea
(Pieter Lastman, 1617)

(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2014)
         (Domingo XX - TO - Ciclo A – 2014)
         “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 19, 16-22). Una mujer cananea -es decir, pagana, no hebrea, y por lo tanto, no perteneciente al Pueblo Elegido-, acude a Jesús a implorarle por su hija, que está endemoniada. Lo que nos dice la escena evangélica es que, por un lado, la mujer distingue muy bien entre una simple enfermedad del cuerpo y la posesión diabólica, puesto que sabe reconocer la presencia del demonio –“Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”-; por otro lado, sabe bien que Jesús es el único que tiene poder de expulsar demonios porque, o ha visto ya a Jesús realizar exorcismos, o ha oído hablar de Él, o lo ha visto hacer milagros, ya que se dirige a Él con un título de majestad, que indica ascendencia divina: “Señor, Hijo de David”.
Lo que demuestra con esta actitud la mujer cananea, es que su fe en el poder divino de Jesús es inquebrantable y es muy grande, y es tan grande, que terminará siendo alabada por el mismo Jesús. La grandeza de su fe se agiganta no solo por el hecho de ser ella pagana, es decir, de no pertenecer al Pueblo Elegido, sino por el hecho de ser puesta a prueba nada menos que por el mismo Hombre-Dios Jesucristo, y no una, sino tres veces, y en las tres veces en las que su fe es puesta a prueba por Jesús, en las tres, sale airosa. En otras palabras, Jesús alaba la fe de la mujer cananea, no solo porque ella es pagana y cree en Él, en cuanto Hombre-Dios, sino porque Él mismo la pone a prueba tres veces, y las tres veces, supera la prueba de una forma rotunda y victoriosa.
La mujer cananea, siendo ella pagana, demuestra poseer más fe en Jesús en cuanto Hombre-Dios, que muchos de los hebreos y demuestra la fortaleza de esa fe en tres ocasiones, siendo cada ocasión más fuerte que la otra: en la primera prueba, la fe de la mujer debe sortear el silencio inaudito de Jesús, porque a pesar de que ella le implora con gritos, pidiéndole piedad y exponiéndole una situación de extrema gravedad, como lo es la posesión demoníaca, Jesús permanece en silencio, y así lo dice el Evangelio: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!, mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero Él no le respondió nada”. Jesús “no le respondió nada”, dice el Evangelio; una prueba durísima de fe: alguien se dirige a Jesús, sabiendo que Él es Dios, implorándole piedad, exponiéndole un caso gravísimo, como es el de una posesión demoníaca, y Dios Hijo “no dice nada”, permanece en silencio.
Una primera prueba, y durísima, de fe. Pero la mujer cananea, lejos de sentirse rechazada, crece en la fe y continúa gritando e implorando piedad, tanto, que despierta la compasión de los discípulos de Jesús, quienes son los que interceden por ella: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Pero cuando los discípulos le dicen que atienda su caso, Jesús le dice que no le va a conceder lo que le pide, porque Él “ha sido enviado solamente a las ovejas perdidas de Israel” y ella no es una oveja de Israel, porque es cananea, y esta es la segunda prueba, también durísima, de fe, porque es rechazada por segunda vez, en una petición de un asunto de grave urgencia y necesidad; sin embargo, la mujer, en vez de sentirse rechazada, cuando todo haría pensar que se desalentaría y que volvería las espaldas a Jesús y regresaría llorando, lamentando su desgracia, de un modo increíble, aumenta todavía más su fe y a la fe le agrega todavía una virtud, que es la humildad, porque esta vez, se postra en adoración ante Jesús, a la vez que le dice: “¡Señor, socórreme!”. Es decir, la mujer cananea, contra toda lógica humana, ante el doble rechazo de Jesús, no solo no se desespera, no solo no regresa, llorando desconsolada, porque su petición no ha sido escuchada, sino que acrecienta su fe en Jesús, a niveles que asombran al cielo mismo.
Con estas dos pruebas, la fe en Jesús de la mujer cananea era ya grande e inquebrantable y por eso podríamos pensar que Jesús ya podría concederle lo que le pedía; sin embargo, inexplicablemente, Jesús decide ir todavía más allá: a pesar de su fe, de su humildad y de su amor –quien tiene fe tiene humildad, y quien tiene humildad tiene amor-, Jesús quiere probar aún más su fe, y le dice algo que, si no hay humildad –y por lo tanto, amor-, el alma se retira, inmediatamente, ofendida-: “No está bien tirar el pan de los hijos para dárselo a los cachorros”.
Da aquí comienzo a la tercera prueba, que es la más fuerte de las tres, porque es la prueba más dura de todas, ya que es la prueba de la humillación, en donde la mujer cananea es comparada con un cachorro de perro, porque Jesús usa la figura de una familia en donde los hijos –los hebreos- se sientan a la mesa y comen pan –los milagros- , el cual no puede ser desperdiciado para ser dado a los cachorros –los cananeos, la mujer-.Jesús le está diciendo que no está bien dar el pan de los hijos -esto es, hacer un milagro, reservado para el Pueblo hebreo, que son los hijos- para dárselo a los cachorros –que son los paganos, en este caso, la mujer cananea-: de esta manera, está usando una escena familiar, un almuerzo, en la que los hijos son los hebreos y los paganos son los perros, y así dice que no está bien dar el pan que pertenece a los hijos para que coman los perros; es decir, Él no puede hacer un milagro –el exorcismo que ella le pide, porque está reservado al Pueblo Elegido- para hacerlo con los paganos, porque precisamente, no pertenecen al Pueblo Elegido.
La comparación es muy fuerte, porque compara a los paganos con los perros –suena fuerte decirlo, pero Jesús humilla a la mujer cananea, no porque sí, sino para fortalecerla en su fe, porque al mismo tiempo, le da la gracia para superar esa humillación-, pero la mujer cananea, lejos de ofenderse, supera la prueba de Jesús, y creciendo en la fe, en la humildad y en el amor, se humilla ante Jesús y le dice: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. La mujer cananea, asistida por la Sabiduría divina, toma de la misma figura familiar usada por Jesús, para hacerle ver que, a pesar de no pertenecer al Pueblo Elegido, también ella, siendo pagana, puede beneficiarse de un pequeño milagro, como lo es la expulsión de un demonio que ha tomado posesión del cuerpo de su hija. Ella no es hija, como los hebreos, y no puede beneficiarse de un gran milagro, pero sí es un cachorro, es decir, puede recibir un pequeño milagro, como lo es el exorcismo, la expulsión del demonio del cuerpo de su hija. Jesús, admirado de la fe de la mujer cananea, exclama: “Mujer, ¡qué grande es tu fe, que se cumpla tu deseo!”. Inmediatamente, el demonio que poseía el cuerpo de su hija, es expulsado por el poder divino de Jesús, y la hija de la mujer cananea se ve libre de esa presencia maligna.
“Mujer, ¡qué grande es tu fe!” Jesús alaba la fe de la mujer cananea, luego de probarla durísimamente por tres veces: frente a su petición, en la primera prueba, hace silencio; en la segunda prueba, le dice que no le va a conceder lo que le pide, porque no es digna; en la tercera prueba, le dice que es un perro; en cada una de las pruebas, la mujer cananea, ni se desespera, ni se indigna, ni se ofende, ni clama al cielo, ni insulta a Jesús, ni se va a otra religión, ni deja de creer en Él, ni reniega de Él: por el contrario, acrecienta su fe en su condición divina, en su condición de Hombre-Dios; dice en su interior: “Jesús, yo creo que Tú eres el Hombre-Dios, el Salvador, y Te amo por ser lo que eres, y no por lo que das”. La mujer cananea es modelo de fe y de amor en Jesús porque ama a Jesús por lo que es, no por lo que da, aunque le pide lo que puede dar, que es la salud y la salvación.
“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Porque la mujer cananea es modelo de fe, es que tenemos que preguntarnos: si Jesús viniera hoy y nos pusiera a prueba en nuestra fe en su Presencia eucarística; ¿podría decir de cada de uno de nosotros, lo mismo que dice de la fe de la mujer cananea? ¿Creemos realmente que Jesús está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía? ¿Nuestra fe en la Presencia real de Jesús, es tan fuerte como la fe de la mujer cananea? ¿Resistiría nuestra fe –nuestro amor a Jesús-, la fe que tenemos hoy, en este momento, la triple prueba, incluida la humillación, a la que la sometió el mismo Jesús en Persona, a la mujer cananea? Si nuestra respuesta es “no”, entonces, tenemos que pedirle a la mujer cananea, que con toda seguridad está en el cielo, que interceda por nosotros, para que nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía posea, al menos, una mínima parte de la grandeza de la fe que ella tuvo en el Evangelio.

domingo, 23 de marzo de 2014

“Al oír estas palabras, los que estaban en la sinagoga se enfurecieron”


“Al oír estas palabras, los que estaban en la sinagoga se enfurecieron” (Lc 4, 24-30). Sorprende la reacción de los asistentes a la sinagoga: en un primer momento, cuando Jesús lee las Escrituras y en un cierto modo los halaga en cuanto Pueblo Elegido, porque les dice que “se ha cumplido la Escritura delante de vosotros”, los asistentes a la sinagoga “estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de sus labios”. Pero cuando Jesús les hace ver que no por ser ellos el Pueblo Elegido recibirán los favores de Dios, y para ello cita los casos de Elías, que no es enviado a ninguna viuda de Israel, sino a una viuda de Sidón, es decir, pagano, y Eliseo, que es enviado a curar a Naamán, el sirio, y no a ningún israelita, los asistentes a la sinagoga se enfurecen, demostrando con esto su soberbia y su absoluta falta de caridad para con sus prójimos, los hombres, pretendiendo adueñarse de la Palabra de Dios.
Jesús, el Mesías, el Hombre-Dios, el Redentor, el Salvador, de los hombres, no es enviado solamente, de modo absoluto, de modo exclusivo, para los judíos. Si Dios elige a los judíos, y por eso se llaman “Pueblo Elegido”, no se debe a que la salvación sea exclusiva para ellos, sino porque, empezando por ellos, debe extenderse a toda la humanidad. Dios sería un ser egoísta, o su Amor sería muy pequeño y limitado, si solo deseara salvar a un pueblo o a una raza humana, mientras dejara que el resto de la humanidad se condene. Esto es lo que los asistentes a la sinagoga no entienden y por eso se enfurecen, además de pensar que por el solo hecho de ser religiosos, ya merecen el favor de Dios y no solo nadie puede decirles nada, sino que ni siquiera el mismo Dios puede reprocharles ninguna falta. Ése es el motivo por el cual, en el colmo de su indignación y furia, empujan a Jesús hasta la cima de la colina, con intención de despeñarlo, aunque no lo logran.

Muchos cristianos actúan en la Iglesia con la misma soberbia que los judíos de la sinagoga: no se les puede decir nada; no se les puede reprochar sus errores; piensan que son dueños de la Iglesia; creen que la Iglesia es un coto de caza; creen que la Iglesia es un espacio de poder propio, para usar en provecho propio, y ni siquiera Dios puede pedirles cuenta de su obrar, y si alguien se atreve a pedirles cuentas, comienzan a tramar y maquinar venganzas en las sombras para quien ha tenido la osadía de pedirles cuentas de su obrar. No cometamos el mismo error de los judíos que nos narra el Evangelio de hoy: la Iglesia no es un coto de caza; la Iglesia no es un lugar para ejercer el poder; mucho menos es un medio para ganar prestigio, dinero y estatus social; es un Arca de salvación eterna y la salvación se gana por la cruz y la cruz significa amor, humillación y sacrificio, unidos a Cristo y a María, y quien no entiende esto, no entiende nada y se enfurece, como se enfurecieron los judíos en la sinagoga. No estamos en la Iglesia para ganar prestigio, dinero y poder, sino para salvar el alma por medio de la cruz, el amor y el sacrificio, unidos a Cristo y a la Virgen. Si alguien no entiende esto, es porque no es de Dios, sino del maligno.

miércoles, 12 de febrero de 2014

“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los dueños”


“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los dueños” (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea, pagana, pide a Jesús que libere a su hija que se encuentra poseída por un demonio. Jesús le responde que “no está bien dar el pan de los hijos a los cachorros”, porque primero deben alimentarse los hijos, dando a entender a la mujer que los integrantes del Pueblo de Israel tienen prioridad en recibir los beneficios del Mesías y que por lo tanto su hija, que no pertenece al Pueblo Elegido, debe esperar. La mujer le responde que es así, pero que “hasta los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los dueños”. En esta respuesta, además de un gran acto de humildad –efectivamente, la mujer no se ofende al ser comparada nada menos que con un cachorro de perro-, hay una profundísima sabiduría celestial, que va mucho más allá de una mera comprensión racional humana, porque implica una iluminación divina. En efecto, en la respuesta de la mujer pagana, hay una súbita comprensión -dada por el Espíritu Santo e inexplicable por la sola deducción de la razón humana- acerca de los planes de la Sabiduría Divina para salvar a la humanidad, planes que pasan por la acción del Mesías a través del Pueblo Elegido primero, para luego dirigirse a todas las naciones paganas y es lo que explica que los hebreos sean los destinatarios de los milagros y portentos en un primer momento, pero eso no significa que los paganos sean excluidos. Por el contrario, eso es el indicio de que los paganos han sido ellos también llamados a participar del Amor misericordioso de Dios, que quiere abrazar y abarcar a toda la humanidad y no solo y exclusivamente a los hebreos.
Es esto lo que la mujer comprende y es por esto que, en la progresión del diálogo, la mujer cananea le responde a Jesús que a pesar de ser ella y su hija paganas, y por lo tanto no ser destinatarias en primer lugar de la acción benéfica del Mesías, sin embargo pueden también beneficiarse de su obra redentora, porque los milagros obrados en plenitud y en primacía a favor de los hebreos –en este caso, los exorcismos-, serán realizados luego a toda la humanidad y ella y sus hijas son, al fin y al cabo, tan humanas como lo son los hebreos. La mujer cananea comprende, súbitamente iluminada por el Espíritu Santo, que si bien los hebreos son, de momento, los “hijos”, que “comen sentados a la mesa” y ella y su hija son “los cachorros que comen las migajas que caen de la mesa de los hijos”, también ella y su hija, y luego toda la humanidad, entrarán en algún momento a formar parte del Nuevo Pueblo Elegido, porque todos serán llamados a ser hijos adoptivos de Dios, todos serán llamados al Banquete celestial, todos los hombres, de todos los tiempos, serán invitados a probar el Manjar celestial, el Maná bajado del cielo, el Maná verdadero, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía.
“Hasta los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de los dueños”. Nosotros, que ahora nos alimentamos de la mesa como los hijos, somos los cachorros de perro contemplados en la visión mística de la mujer cananea; de la misma manera, muchos de nuestros prójimos, que ahora se encuentran alejados de Dios, algún día también lo contemplarán cara a cara en el Reino de los cielos, por su misericordia.

domingo, 25 de agosto de 2013

"¡Ay de vosotros, cristianos tibios, que apreciáis más el mundo que el Santísimo Sacramento del altar!"


“¡Ay de vosotros, fariseos, que apreciáis más el oro que el altar!” (Mt 23, 13-22). Jesús reprocha a los fariseos el hecho de que para estos tenga más valor el oro que el altar, “que hace sagrado el oro”. Los fariseos han invertido los valores religiosos, y así lo material ha quedado por encima de lo espiritual; la creatura por encima del Creador; el oro por encima del altar. Si bien esta inversión de valores es grave, es solo una consecuencia de un hecho aún más grave, y es el haber desalojado del corazón a Dios, para suplantarlo y colocar en su lugar un ídolo mudo, el oro, el cual, en la perspectiva de Jesús, tiene valor –es sagrado- sólo en tanto y en cuanto es ofrendado en el altar, pero fuera de esta condición, no tiene valor en sí mismo, porque de nada sirve para el Reino de los cielos.
El Pueblo Elegido ya había cometido este pecado antes, cuando construyó el becerro de oro, un ídolo, despreciando los Mandamientos de la Ley de Dios que les traía Moisés.
Esto se repetirá luego en el juicio inicuo sufrido por Jesús en la Pasión, cuando la multitud prefiera a Barrabás, un delincuente y homicida, a Jesús, el Cordero de Dios.
Pero no son los fariseos los únicos en invertir los valores como consecuencia de expulsar primero a Dios del corazón: la inmensa mayoría de los cristianos de hoy cometen el mismo pecado, desde el momento en que abandonan de modo masivo la Iglesia y sus sacramentos, principalmente la Santa Misa, para inclinarse a ídolos de pies de barro, como el fútbol, la música, la política, el dinero, el placer, el poder.

Frente a esta apostasía reinante en la Iglesia, apostasía por la cual los cristianos dan más valor al mundo que a Dios que se ofrece a sí mismo en la Eucaristía, las palabras de Jesús podrían quedar así: “¡Ay de vosotros, cristianos tibios, hipócritas, guías ciegos, insensatos, que dáis más valor al mundo y a sus espejismos, que al Santísimo Sacramento del altar!”.