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martes, 15 de marzo de 2022

“Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo B - 2022)

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 1-3. 11-32).  En la parábola del hijo pródigo, cada elemento de la parábola hace referencia a un misterio sobrenatural. Así, el padre de la parábola es Dios Padre; el hijo pródigo es el cristiano que, habiendo sido creado por Dios, fue adoptado como hijo por Dios Padre al recibir la gracia de la filiación divina en el Bautismo; la herencia o riqueza malgastada del hijo pródigo es la gracia santificante, que se pierde por causa del pecado; la situación de carestía en la que se encuentra el hijo pródigo luego de malgastar su fortuna, la gracia, es el estado en el que queda el alma luego de cometido el pecado, puesto que queda desolada en la profundidad de su ser, al perder la unión vital con Dios que le concedía la gracia; el deseo que el hijo pródigo experimenta, en ese estado de desolación, de regresar a la casa del padre, es la gracia de la conversión perfecta del corazón, la contrición, es decir, es cuando el alma experimenta un profundo dolor interior, de orden espiritual, al tomar conciencia de su malicia al obrar contra su Padre, Dios; el regreso a la casa del padre y el abrazo y beso con que éste lo recibe, representan al Amor de Dios, que se derrama por medio de la Sangre de Cristo en cada Confesión sacramental, concediendo el perdón de los pecados y el don de la Divina Misericordia trinitaria, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, sino que se convierta y salve su alma; la fiesta que organiza el padre, con comida exquisita y buena música, representan la alegría del Cielo y sus habitantes -participación de la Alegría de Dios, que es Alegría Infinita- cuando se produce la conversión de un pecador en la tierra, porque ese pecador arrepentido ha dejado de lado el camino que lo llevaba a la eterna perdición y ha elegido el camino de la eterna salvación, el seguimiento de Cristo por el Camino Real de la Cruz; los elementos con los cuales el padre de la parábola adorna a su hijo, revelan que el padre trata a su hijo pródigo, no como a un siervo, sino como a un verdadero hijo, porque son todos signos que revelan filiación: el anillo, la vestimenta, las sandalias, porque nada de esto usan los siervos, sino solo aquel que es hijo verdaderamente. Finalmente, todo esto demuestra, por un lado, la insensatez del pecado –sobre todo, el pecado mortal-, que hace perder al cristiano la unión vital con la Trinidad; por otro lado, demuestra el inmenso Amor que el Padre tiene por sus hijos adoptivos, nosotros, los bautizados católicos, porque en el hijo pródigo estamos representados aquellos que hemos sido adoptados como hijos por Dios, hemos pecado y luego hemos recibido el Sacramento de la Penitencia.

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. El amor y la misericordia del padre de la parábola para con su hijo pródigo se hacen realidad ontológica, celestial y sobrenatural en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía: por el Sacramento de la Penitencia, Dios Padre derrama sobre nosotros la Sangre de su Hijo amado, Jesucristo y limpia nuestros pecados y nos devuelve la gracia santificante, colmándonos con su Amor; por el Sacramento de la Eucaristía, Dios Padre nos alimenta con un alimento exquisito, la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, de manera que cada vez que nos alimentamos con el Pan del Altar, nuestras almas y corazones se ven inundados con el Amor Misericordioso del Padre, Cristo Jesús.     

sábado, 21 de agosto de 2021

“Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas”

 


(Domingo XXII - TO - Ciclo B – 2021)

         “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23). Al ver que los discípulos de Jesús no cumplen con los requisitos legales del lavatorio ritual de las manos antes de comer, los fariseos ven la oportunidad de atacar a Jesús para hacerlo quedar en evidencia, a Él y a sus discípulos, por la presunta falta cometida[1]. Para los fariseos, constituía una grave falta el comer sin lavarse las manos, pero no porque se tratara de una medida higiénica, sino porque los fariseos no sólo se preocupaban por la observancia de los preceptos escritos de la ley mosaica relativos a la impureza legal, sino también por la tradición de los ancianos, la interpretación de la ley escrita y las demás disposiciones establecidas por los antiguos rabinos. En otras palabras, para los fariseos, la interpretación que los rabinos hacían de la ley de Moisés estaba al mismo nivel que la ley de Moisés, de ahí el reproche a Jesús y sus discípulos: los discípulos de Jesús habían transgredido una de estas tradiciones rabínicas, lo cual equivalía a transgredir la ley misma, porque para los fariseos tenían el mismo nivel de obligatoriedad[2].

         Ahora bien, Jesús, lejos de darles la razón, les reprocha a su vez y les pone en tela de juicio el principio de estas tradiciones y denuncia la falta de sinceridad y la hipocresía que caracteriza a la conducta de los fariseos. Jesús cita a Isaías y aplica la cita a los fariseos: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos!”. Y luego agrega: “Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”. Lo que Jesús les quiere hacer notar con esta cita de Isaías y con su reproche es que los fariseos, en sus deseos por mantener las tradiciones que se originaban en los hombres –en los rabinos-, se olvidaban de las obligaciones fundamentales de la ley de Dios. En otras palabras, los fariseos tenían dos tradiciones: una, de origen humano, la interpretación de los rabinos; la otra, la ley de Dios y el error consistía en que ponían al mismo nivel la interpretación rabínica, humana, de la ley de Dios y a la ley de Dios en sí misma, llegando incluso a hacer prevalecer la ley rabínica por encima de la ley de Dios. Es este grave error el que les reprocha Jesús, porque en la vida cotidiana, el poner en práctica la tradición rabínica, llevaba a anular la ley de Dios. Es decir, por lavarse las manos antes de comer, por ejemplo, se olvidaban del amor a Dios y al prójimo; para ellos era más importante el aspecto sanitario de la ley rabínica, por así decirlo, que el aspecto espiritual de la ley de Dios, que mandaba amar a Dios y al prójimo. Otro ejemplo de esta hipocresía farisaica se da en el cumplimiento del Cuarto Mandamiento, que manda asistir a los padres cuando estos se encuentran en necesidad: para esquivar este mandamiento y para no tener que dar a los padres ninguna ayuda material, los fariseos declaraban a sus bienes materiales como sagrados, utilizando la palabra “corbán”, con lo cual, según ellos, quedaban exentos de ayudar a los padres. En otras palabras, si tenían cinco monedas de plata con la que podían ayudar a los padres, los fariseos decían: “Estas cinco monedas son corbán”, es decir, las declaraban como destinadas al templo, con lo cual, la acción que realizaban se ponía en clara contradicción con la ley de Dios, que mandaba en el Cuarto Mandamiento ayudar a los padres. De estos graves abusos está repleto el Talmud, que es el libro de las interpretaciones rabínicas de la ley, al cual ponen por encima de la ley de Dios: para los judíos, tiene más valor lo que los rabinos interpretan de la ley de Dios, que la ley de Dios misma, por eso Jesús les dice que siguen preceptos humanos y no la ley de Dios.

         Por último, luego de desenmascararlos en su cinismo e hipocresía y en su falso cumplimiento de la ley de Dios, porque anteponen las leyes rabínicas a la ley divina, Jesús revela cuál es la verdadera impureza del hombre, que no es material, corpórea, sino inmaterial y es el pecado, que nace del corazón mismo del hombre, corrompido por el pecado original: “(Es) del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. Es decir, todo lo malo que mancha al hombre, se origina en esa mancha original con la que nace el hombre en su corazón y es el pecado y lo único que nos limpia de esa mancha espiritual, es la gracia santificante, que se nos comunica por los sacramentos, sobre todo el Sacramento de la Penitencia, que perdona pecados mortales y veniales y también el Sacramento de la Eucaristía, que perdona pecados veniales y nos concede a la Fuente Increada de la Gracia, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

         Hagamos entonces el propósito de vivir en la verdadera pureza de cuerpo y alma, la que nos concede la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

 



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei, Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 512.

[2] Cfr. Orchard, ibidem, 512.

jueves, 24 de junio de 2021

“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”


 

“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9, 9-13). Para entender el dicho de Jesús, hay que entender qué es lo que sucede con Mateo: en los tiempos de Jesús, el territorio Palestino estaba ocupado militarmente por el Imperio Romano y puesto que Roma se había anexado ese territorio, cobraba impuestos para el Imperio. En otras palabras, los judíos que vivían en Palestina eran tributarios de un imperio extranjero, el Imperio Romano y por eso anhelaban la llegada de un Mesías que los liberara del yugo de sus enemigos. Mateo, en el momento en el que Jesús lo llama a su servicio diciéndole: “Sígueme”, era recaudador de impuestos y como tal, era visto como un pecador, algo así como una especie de traidor a la nación, porque recaudaba impuestos no para Israel, sino para Roma. Respondiendo al llamado de Jesús, Mateo deja su mesa de recaudador de impuestos y en el acto sigue a Jesús; luego, siendo ya discípulo de Jesús, lo invita a comer a su casa, invitación que Jesús acepta gustoso. Estando en la mesa con Mateo, los fariseos se escandalizan falsamente, al pensar que Jesús hace amigos y discípulos con los pecadores, en este caso, con un traidor a la nación. Y esto es lo que los lleva a exclamar: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”. Al oír esto, Jesús responde que “no son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Con esta respuesta, deja sin palabras a los fariseos, porque si ellos consideraban enfermo, es decir, pecador, a Mateo, por el hecho de ser recaudador de impuestos, entonces es él, pecador o enfermo, quien tiene necesidad de la redención del Mesías o de la cura del médico. Por otra parte, los fariseos se consideraban a sí mismos puros y santos, es decir, sanos, y por lo tanto, no necesitados de la visita, ni del Mesías, ni del médico.

“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Jesús hace equivaler al enfermo con el pecador y al Mesías, que es Él, al médico: de hecho, uno de los títulos de Jesús es el de “Médico de almas” y de esta manera, en la figura de Mateo, el pecador o también el enfermo, necesitado del Mesías y del Médico del alma que es Jesucristo, también debemos reconocernos nosotros, que somos pecadores y que, por lo tanto, necesitamos de la Misericordia Divina del Médico de almas, Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia que se nos concede en el Sacramento de la Penitencia y en la Sagrada Eucaristía.

jueves, 11 de marzo de 2021

“¡Lázaro, sal de allí!”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo B – 2021)

         “¡Lázaro, sal de allí!” (Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45). En el episodio de la resurrección de Lázaro, llaman la atención la actitud y las palabras de Jesús, apenas enterado de que Lázaro, su amigo junto a Marta y María, estaba enfermo de gravedad. Primero, dice algo que en apariencia no se cumple, porque dice que “esta enfermedad –la de Lázaro- no acabará en la muerte”, algo que en apariencia no se cumplió, porque Lázaro murió efectivamente; el segundo hecho que llama la atención es la demora de Jesús en acudir a asistir a su amigo moribundo: en efecto, luego de saber que Lázaro estaba gravemente enfermo, en vez de partir inmediatamente, permanece “dos días en el lugar en que se hallaba”, según relata el Evangelio. Es esto lo que da lugar a la queja de Marta cuando Jesús llega: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Ahora bien, por extrañas que puedan parecer, ambas actitudes de Jesús tienen explicación, de manera tal que todo lo que hace Jesús está encaminado a la realización de un milagro por el cual Dios habría de ser glorificado.

         En cuanto a la predicción de Jesús, de que “esta enfermedad no acabará en la muerte”, se cumple efectivamente, porque si bien la enfermedad termina provocando la muerte de Lázaro, la resurrección que obra Jesús derrota tanto a la enfermedad como a la muerte, por lo que la enfermedad, que había provocado la muerte, termina no en la muerte, sino en el regreso a la vida de Lázaro. Por otra parte, se cumple también la segunda parte de la frase de Jesús: “(esta enfermedad) servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo del hombre sea glorificado por ella” y efectivamente es lo que sucede, porque por el milagro de la resurrección, Dios Hijo es glorificado y también el Nombre de Dios es ensalzado y glorificado.

         Con respecto a la demora de dos días de Jesús en acudir a visitar a Lázaro, sabiendo que estaba gravemente enfermo y que esta demora le impediría verlo antes de morir -en modo absoluto es falta de caridad de Jesucristo, lo cual es imposible de que eso suceda, siendo Él la Caridad Increada en persona-, se explica de la siguiente manera: Jesús se queda dos días porque quería, positivamente, que Lázaro muriera, para que Él hiciera luego el milagro de la resurrección. La demora de Jesús, expresamente deseada por Jesús, lo que hace es, por un lado, resaltar el hecho de la muerte de Lázaro –cuando Jesús llega ya llevaba cuatro días muerto y estaba ya sepultado- y por otro lado, resalta el poder del Hombre-Dios Jesucristo, que vuelve a la vida a quien estaba, humanamente hablando, definitiva y seguramente muerto. Si Jesús hubiera llegado cuando Lázaro acababa de morir, no habría resaltado tanto el milagro, como sí sucedió al realizar el milagro después de cuatro días de muerto.

         Otro aspecto en el que podemos reflexionar es en el hecho de la resurrección de Lázaro, es decir, nos podemos preguntar qué es lo que sucedió, desde el punto de vista antropológico y espiritual en la resurrección de Lázaro. Lo que sucedió fue que la poderosa voz del Hombre-Dios Jesucristo se escuchó en el reino de los muertos y, por el poder divino de esta voz, el alma de Lázaro regresó de la región de los muertos y volvió a unirse a su cuerpo, regresando Lázaro a la vida. Este milagro es una demostración explícita de la divinidad de Jesucristo –es decir, que Cristo es Dios-, porque sólo Dios, con su omnipotencia, puede hacer que un alma, que se había separado de su cuerpo por la muerte, vuelva a unirse al cuerpo, y además, sólo Dios puede hacer que un cuerpo, que estaba ya en pleno proceso de descomposición orgánica, quede completamente restablecido, en pleno estado de salud corporal. Quien reflexione sobre el milagro que realiza Jesús, de resucitar a Lázaro, no puede no concluir que Jesús es Dios en Persona.

         Hay otro aspecto que se puede considerar en este milagro y es que la resurrección de Lázaro es un anticipo y una prefiguración de otras dos resurrecciones: la vuelta a la vida por acción de la gracia del alma que había pecado mortalmente, lo cual sucede en la absolución de los pecados por parte del sacerdote ministerial en el Sacramento de la Penitencia, y la resurrección de los cuerpos en el Día del Juicio Final, en el que, por el poder de Cristo Dios, los cuerpos serán restituidos a un estado de salud plena corporal y las almas se unirán a sus respectivos cuerpos, como sucedió en la resurrección de Lázaro.

         “¡Lázaro, sal de allí!”. En la prodigiosa resurrección de Lázaro obrada por Jesús, debemos ver entonces, prefigurada, nuestra propia resurrección espiritual, por obra del Sacramento de la Penitencia y, por otro lado, debemos ver prefigurada nuestra resurrección corporal, en el Día del Juicio Final. Por todos estos portentos divinos, debemos siempre y en todo momento, glorificar a la Santísima Trinidad.

 

 

 

“Toma tu camilla y anda”

 


“Toma tu camilla y anda” (Jn 5, 1-16). Jesús cura a un hombre que llevaba casi cuarenta años postrado. En este Evangelio, podemos ver dos actitudes que contrastan entre sí: por un lado, la actitud misericordiosa del Hombre-Dios Jesucristo, quien se inclina ante el sufrimiento humano y le concede la curación, sin merecimiento alguno por parte del hombre, demostrando así la gratuidad del amor misericordioso de Dios para con los hombres; por otro lado, el Evangelio muestra el sórdido cinismo de los fariseos, a quienes no les importa que Jesús haya curado a alguien que sufría desde hacía años, sino que llevados por un legalismo religioso carente de toda compasión, critican a Jesús por haber llevado a cabo su obra de misericordia en un día sábado: “Los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado”. Esto demuestra que la persecución a Jesús está motivada no porque Jesús haya cometido delito alguno –lo cual, por otra parte, era imposible de toda imposibilidad que sucediera-, sino porque le tenían envidia y celos, ya que los ponía en evidencia en su vacía religiosidad.

Por último, el hombre postrado por la enfermedad es figura del hombre postrado por el pecado, que no solo le quita fuerza vital al alma, sino que llega incluso a darle muerte, cuando se trata de un pecado mortal. La curación de Jesús, en este sentido, prefigura y anticipa la curación que la gracia santificante obra en el alma: así como Jesús cura el cuerpo del hombre enfermo, así la gracia santificante, que viene a nosotros por los sacramentos –sobre todo la Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia-, cura al alma, quitándole el pecado y concediéndole la participación en la vida de la Santísima Trinidad.

“Toma tu camilla y anda”. Toda vez que nos acercamos al Sacramento de la Penitencia, Jesús realiza para con nosotros un milagro infinitamente más grandioso que el simplemente devolvernos la salud corporal, ya que lo que nos devuelve es la salud del alma, quitando nuestros pecados y dándonos una vida nueva, haciéndonos participar de la vida de la Santísima Trinidad.

domingo, 7 de febrero de 2021

“Si quieres, puedes curarme”


 

(Domingo VI - TO - Ciclo B – 2021)

         “Si quieres, puedes curarme” (Mc 1, 40-45). Jesús cura a un leproso. ¿Qué nos enseña este milagro? Ante todo, nos enseña que Jesús es, más que un hombre santo o un profeta a quien Dios acompaña con sus obras, el mismo Dios en Persona, que se ha encarnado en una naturaleza humana: es decir, nos enseña que Jesús es Dios Hijo en Persona, porque sólo Dios puede realizar un milagro de curación física como el relatado en el Evangelio. Por otro lado, nos enseña que, además de curar la lepra, Jesús puede perdonar los pecados, porque la lepra es figura del pecado: así como la lepra destruye el cuerpo, deformándolo e incluso puede hasta quitarle la vida, así el pecado destruye al alma, llegando a quitarle la vida de la gracia cuando se trata de un pecado mortal. Al curar la lepra del cuerpo, Jesús está prefigurando la cura del alma, afectada por la lepra espiritual que es el pecado. Lo que podemos ver entonces es la condición de Jesús como Dios que es Médico del cuerpo y del alma, porque cura la enfermedad corporal, la lepra y además cura la enfermedad del alma, el pecado, la lepra espiritual. Por lo tanto, también podemos ver en este milagro una prefiguración del Sacramento de la Penitencia o Reconciliación, porque en este sacramento es Cristo en Persona quien, a través del sacerdote ministerial, por la acción de su gracia, quita el pecado del alma cuando el penitente confiesa su pecado. La curación del leproso por parte de Jesús debe remitirnos a la figura del penitente que, afligido por la lepra espiritual que es el pecado, acude al Sacramento de la Penitencia para recibir su sanación espiritual por medio de la acción de la gracia.

         Otro elemento importante que debemos contemplar en este milagro es la fe del leproso y la interacción con Jesús. En cuanto a la fe, el leproso tiene fe en Jesús, pero no como un hombre santo, sino como Dios omnipotente, que tiene en cuanto tal el poder de curar su alma. El leproso acude a Jesús con fe en su omnipotencia y tiene fe en Jesús ya sea porque lo ha visto hacer milagros similares, o porque ha escuchado hablar de Él; en todo caso, lo que importa es que su fe en Jesús es una fe verdaderamente católica, en el sentido de que cree en Jesús no al modo protestante o evangelista –para ellos Jesús es solo un hombre; un hombre santo, pero hombre al fin y al cabo-, sino al modo católico, esto es, cree en Jesús como Dios Hijo encarnado, como Segunda Persona de la Trinidad encarnada en una naturaleza humana. Otro aspecto es la interacción o interrelación entre el leproso y Jesús: el leproso no le pide directamente la curación, sino que le dice: “Si quieres” curarme, cúrame, lo cual demuestra la perfección de su fe, porque no quiere la salud a toda costa, sino que quiere lo que Jesús quiere, es decir, si Jesús quiere curarlo, él se curará; si Jesús no quiere curarlo, él no se curará. La fe del leproso es ejemplar, porque imita al mismo Jesús que, en el Huerto de los Olivos, no pide a Dios que le quite el cáliz amargo de la Pasión, sino que le pide que se haga su voluntad: “Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Es decir, el leproso, sin saberlo, imita a Jesús y participa de su perfecta oblación al Padre, al someterse a la voluntad divina y no al propio querer. Por eso es que el leproso dice: “Si quieres”: deja a Dios que obre según su voluntad, deja que Dios obre en él según su querer, curándolo o no curándolo. El leproso no impone su voluntad a Dios, sino que le pide a Dios que Él cumpla su voluntad en él. La respuesta de Jesús –“Sí, quiero curarte”- es acorde a su infinita misericordia y por eso lo cura inmediatamente, premiando con la salud corporal la fe perfecta del leproso.

         “Si quieres, puedes curarme”. Además de adorar a Dios y darle gracias por su infinita misericordia demostrada en su Hijo Jesucristo, que nos cura la lepra espiritual del pecado por medio del sacramento de la Penitencia, pidamos la gracia de imitar la fe perfecta del leproso para no imponer a Dios nuestra voluntad, sino para pedirle a Dios que “no se haga nuestra voluntad, sino la suya”, porque la voluntad de Dios es infinitamente sabia, perfecta y misericordiosa.

viernes, 15 de enero de 2021

“Tus pecados te son perdonados”


 

“Tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-12). En la escena de la curación del paralítico, se encuentran numerosos elementos sobrenaturales que escapan a un análisis racional y simplista y que, una vez analizados y reflexionados, refuerzan nuestra fe católica, tanto en el Hombre-Dios Jesucristo, como en su Esposa Mística, la Santa Iglesia Católica. Veamos brevemente en qué consisten estos elementos.

Ante todo, el paralítico, a quien podemos considerar como el destinatario principal de las acciones de Jesús. El paralítico es modelo de fe sobrenatural en Jesús, pero no en Jesús en cuanto hombre santo, sino en cuanto Hombre-Dios, esto es, en cuanto Dios Hijo encarnado y la razón es que el paralítico acude a Jesús no para que Jesús le cure su parálisis corporal, sino para que le perdone los pecados. En efecto, el motivo por el cual el paralítico es llevado ante la presencia de Jesús es para que Jesús sane su alma, quite sus pecados de su alma. Esto se ve claramente en las palabras de Jesús al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, como en los pensamientos de los escribas y fariseos que acusan falsa y cínicamente a Jesús de ser un impostor, porque “sólo Dios puede perdonar los pecados”.

Los otros personajes que aparecen en escena son los fariseos y los escribas que, sin proferir palabra alguna, sin embargo, en sus pensamientos, acusan a Jesús falsamente de ser un impostor porque, como dicen con razón, “sólo Dios puede perdonar los pecados” y en efecto, es así, sólo que Dios -Jesús- está frente a ellos perdonando los pecados y aún así se niegan a creer en Jesús en cuanto Dios encarnado.

Finalmente, la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, quien obra sobre el paralítico un doble milagro de misericordia: le perdona los pecados, curando su espíritu y colmándolo de gracia santificante, y por otra parte, para demostrar que Él tiene poder efectivo de perdonar los pecados, cura su parálisis, al devolverle la salud corporal, como muestra efectiva de que tiene realmente el poder espiritual y divino de perdonar los pecados.

“Tus pecados te son perdonados”. El paralítico es ejemplo de fe católica en Cristo Jesús, es decir, cree en Jesús no como hombre santo a quien Dios acompaña haciendo milagros, sino en Cristo como Hombre-Dios que, en cuanto Dios encarnado, hace milagros que sólo Dios puede hacer, porque Él es Dios. Por otro lado, los escribas y fariseos son también una muestra de algo que es cierto: que sólo Dios puede perdonar los pecados: el error en estos últimos es que no reconocen, aun teniendo a Jesucristo delante de ellos haciendo milagros que sólo Dios puede hacer, no lo reconocen en cuanto tal. Por último, Nuestro Señor Jesucristo, que demuestra su poder divino con el doble milagro al paralítico, curando su espíritu al perdonar sus pecados y curando su cuerpo al curar milagrosamente su parálisis. Un último elemento aparece oculto a los ojos del cuerpo y a la razón y es visible sólo a los ojos del alma iluminados por la fe: el perdón de Jesús, en cuanto Sacerdote Sumo y Eterno, de los pecados del paralítico, es figura y anticipo del Sacramento de la Penitencia, en la que el mismo Jesucristo, a través del sacerdote ministerial, perdona, con el poder divino, los pecados de los hombres.

domingo, 6 de diciembre de 2020

“Tus pecados son perdonados”

 


“Tus pecados son perdonados” (Lc 5, 17-26). En este Evangelio, además de revelarse la divinidad de Jesús, que por tener el poder de perdonar los pecados, demuestra que es Dios, se prefigura además el Sacramento de la Confesión.

Veamos brevemente qué es lo que sucede en el episodio narrado por el Evangelio. El paralítico acude a Jesús, llevado por sus familiares y amigos, para pedirle a Jesús no la curación de su afección corporal, de su parálisis, sino para que le perdone los pecados. Esto se ve claramente cuando Jesús, al tenerlo frente a Sí, no le cura su parálisis, sino que le absuelve los pecados –algo que sólo Él, en cuanto Dios y Sumo y Eterno Sacerdote, puede hacer- y sólo en un segundo momento, cuando lee los pensamientos de los que lo acusan de blasfemo por perdonar los pecados, sólo entonces, le devuelve al paralítico la salud corporal. Es decir, primero le perdona los pecados y luego, en segunda instancia, le cura su parálisis. Esto demuestra que Él es Dios, porque sólo Dios puede quitar el pecado del alma, ya que sólo Dios tiene la Omnipotencia y el Amor necesarios para hacerlo. Por otro lado, está prefigurado el Sacramento de la penitencia, ya que el paralítico es figura del alma que, a causa del pecado, está paralizada en su vida espiritual, sin poder erguirse y dirigirse por sus propios medios hacia el Camino de la Salvación, el Camino Real de la Cruz. Cuando el penitente se acerca al Confesionario, es como el paralítico en la camilla; cuando el penitente recibe la absolución por parte del sacerdote ministerial, es como el paralítico que recibe la curación de parte de Jesús: el alma, sin el pecado y colmada con la gracia, se levanta de su nada y se dirige hacia el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, reconociéndolo como a su Salvador, es decir, luego de confesar sus pecados, puede comulgar en gracia, puede recibir a Cristo Salvador en la Eucaristía.

“Tus pecados son perdonados”. Otro elemento que se destaca en el episodio es la fe del paralítico, a la cual podemos compararla con la fe del penitente que se acerca al confesionario para recibir la absolución de sus pecados: así como el paralítico va en busca de Jesús para que cure su alma, absolviendo sus pecados, así el penitente acude al confesionario para recibir la curación del espíritu, el perdón de los pecados. Acudamos con frecuencia al Sacramento de la Confesión, para recibir el bien más preciado que pueda existir en esta vida, la salud del alma, puesto que anticipo y prenda de la salvación eterna.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

“Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré”


 

         “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados y Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). El agobio y la fatiga sobrevienen al alma cuando el alma se vuelca a los bienes y placeres terrenos y no puede ser de otra forma, puesto que el alma ha sido creada para deleitarse con bienes, pero no con los bienes perecederos de la tierra, sino con los bienes espirituales y eternos. Es por esto que el alma que busca consuelo en esta vida pasajera y efímera y en los placeres que el mundo ofrece, termina inevitablemente por cansarse, fatigarse y agobiarse. El único alivio que en esta situación recibe el alma, proviene de Dios, proviene de Dios Hijo encarnado, proviene del Amor de su Sagrado Corazón, que se derrama a raudales sobre el alma por medio del Sacramento de la Confesión. Es allí, en el Sacramento de la Penitencia, en donde le es quitado al alma el peso que ella misma se procuró, deseando los bienes de la tierra y es allí en donde, por la gracia, recibe la iluminación interior, que viene de lo alto y que le indica el camino por donde debe transitar si verdaderamente quiere ser feliz, en esta vida y en la otra y es el Camino Real de la Cruz. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice que Él “aliviará” a quien acuda a Él, ya que esto lo hará Él quitando el peso del pecado por la gracia, pero al mismo tiempo, luego de quitado el peso del pecado, le dará el peso del amor de Dios, que es su “yugo”, la Santa Cruz, un yugo o un peso “ligero”, porque quien lleva la Cruz sobre sus espaldas, quien lleva la Cruz en la que están todos los pecados de todos los hombres, es Él, Jesucristo, y por eso es que su yugo, la Cruz, es “ligero”.

         Acudamos al Sacramento de la Confesión para quitarnos el peso del pecado y abracemos el suave y ligero yugo de Dios, la Santa Cruz, para encaminarnos al Calvario y morir al hombre viejo y así nacer al hombre nuevo, al hombre nacido “del agua y del Espíritu”, el hombre regenerado por la gracia santificante, convertido en hijo adoptivo de Dios y en heredero del Cielo.

domingo, 13 de septiembre de 2020

“Tu fe te ha salvado; vete en paz”

 


“Tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc 7, 36-50). La escena del Evangelio, que es real y sucedió verdaderamente en el tiempo y en el espacio, tiene a su vez un significado sobrenatural, que no se ve a simple vista, sino que es necesaria la luz de la fe. En efecto, la mujer pecadora representa a toda alma que viene a este mundo, que nace con el pecado original, aunque también representa a todo pecador y a cualquier pecador, independientemente del pecado que cometa; el perfume con el que la mujer pecadora unge los cabellos y los pies de Jesús y que invade la casa, es la gracia, que invade el alma cuando ésta acude a los pies del sacerdote ministerial, para recibir el perdón divino en la Confesión Sacramental, aunque también es la gracia que recibe el alma del que se bautiza, con lo que se le quita el pecado original; las lágrimas de la mujer representan la alegría de un corazón contrito y humillado que, por la Misericordia Divina, ha recibido el perdón de Dios; el perdón otorgado por Jesús a la mujer pecadora y que es lo que motiva su amor de agradecimiento, es el perdón que recibe toda alma en el Sacramento de la Confesión.

“Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Si alguno tiene la desdicha de no estar en estado de gracia, que recuerde el perdón otorgado por Jesús a la mujer pecadora y acuda, con prontitud y agradecimiento, al Sacramento de la Penitencia, para recibir con amor la Divina Misericordia.

jueves, 2 de julio de 2020

“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo”


La Parábola de los ciegos: el ciego que guía a otro ciego . 1107 ...

“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo” (Mt 15,1-2.10-14). La frase de Jesús es pronunciada en el contexto de su diálogo con los fariseos, en el que estos reprochaban a Jesús el hecho de que sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer. Lo que Jesús les quiere hacer ver es que las normas de los judíos son normas inventadas por humanos y que no tienen incidencia en el espíritu: una ablución de manos, hecha con sentido religioso y no higiénico, no sirve para purificar el espíritu del mal que ha obrado. De ahí que Jesús les diga que lo que hace impuro al hombre no es “lo que entra por la boca” -el alimento corporal-, sino “lo que sale de ella”, es decir, lo que sale del corazón. Esta enseñanza se complementa con la otra en la que Jesús afirma que “lo que hace impuro al hombre son las cosas que salen de su corazón”, porque es en el corazón del hombre, herido por el pecado original, donde se gestan y originan “toda clase de cosas malas”. Los fariseos hacen al revés de lo que deberían hacer, purifican sus manos pensando que lo que hace malo o impuro al hombre es lo que él consume -de ahí las abluciones de manos  y la división de alimentos en puros e impuros-; Jesús viene a corregir este error, afirmando que no es eso lo que hace malo al hombre, sino el pecado que se engendra en su corazón y es por eso que las abluciones de manos antes de comer no tienen un sentido religioso, aunque sí lo pudieran tener en sentido higiénico.
“Si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo”. Los cristianos no nos guiamos por la ley antigua, sino por la Ley Nueva de Jesucristo, la Ley del Nuevo Testamento. Si nos dejáramos guiar por los escribas y fariseos, seríamos como los ciegos guiados por otros ciegos: caeríamos todos en el pozo del error y la mentira. Por esta razón es que las palabras de Jesús constituyen, para nosotros, la luz que nos conduce por el camino al Cielo. Más que lavar nuestras manos, debemos lavar nuestros corazones, manchados por el pecado, en el Sacramento de la Penitencia.

sábado, 27 de junio de 2020

“Tus pecados están perdonados”


Ilustración de Jesús Sana Al Paralítico Grabar En Madera Publicado ...

“Tus pecados están perdonados” (Mt 9, 1-8). El paralítico a quien Jesús le perdona sus pecados y le sana su parálisis, es un ejemplo para todo cristiano en todo tiempo. Una primera razón es que el paralítico va en busca de Jesús, pero no para que le cure su enfermedad corporal, su parálisis, sino que va en busca de Jesús para que Jesús le perdone sus pecados. Es decir, al paralítico le importa más su salud espiritual que corporal, por eso es que Jesús le dice: “Tus pecados te son perdonados”; sólo en un segundo momento, luego de que los escribas lo calumniaran de blasfemo, es que Jesús le cura su enfermedad corporal. De esta manera, el paralítico nos hace ver cómo es más importante la salud espiritual que la corporal: lo que él quiere de Jesús es el perdón de los pecados, no la curación de su enfermedad corporal, la cual le viene sobreañadida por la Misericordia de Jesús. La segunda razón por la cual el paralítico es ejemplo para los cristianos, es porque tiene fe sobrenatural en Jesús: él sabe que puede curar el cuerpo, pero sabe también que Jesús es Dios y que en cuanto tal, tiene la fuerza espiritual divina necesaria para realizar prodigios asombrosos, como resucitar muertos, expulsar demonios, o quitar los pecados del alma.
Por último, el episodio evangélico es una prefiguración del Sacramento de la Confesión: en el paralítico están representadas las almas que han sido heridas espiritualmente por el pecado y van en busca de la salud espiritual, pidiendo el perdón de los pecados por medio del Sacramento de la Penitencia.
“Tus pecados están perdonados”. En todo momento tengamos presente tanto el ejemplo del paralítico, que busca en Jesús no la curación física, sino la curación del alma, el perdón de los pecados, y tengamos también siempre presente a la Divina Misericordia, que por medio del Sacramento de la Penitencia nos quita aquello que paraliza nuestras almas, el pecado, y nos devuelve la salud espiritual, nuestra condición de hijos de Dios por la gracia.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Día 3 de la Octava de Navidad



(Ciclo C - 2018 – 2019)

         “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14). Los ángeles nos revelan qué es lo que sucede en Navidad: Dios es glorificado en el cielo y en la tierra los hombres a quienes Dios ama, reciben su paz. La paz de Dios desciende desde el cielo, porque Dios, que es la Paz en sí misma, ha bajado a la tierra en la humanidad de un Niño en el Portal de Belén. Dios ha venido desde el cielo a la tierra para traer su paz a los corazones de los hombres que, a causa del pecado, habían quedado enemistados con Dios y por lo tanto sin paz en sus corazones. La paz que los hombres se dan entre sí es solo ausencia de conflictos externos, ya que es imposible que el hombre pueda dar una paz interior. Sólo Dios puede dar la verdadera paz al hombre, la paz interior, espiritual, sobrenatural, que es la paz que sobreviene al hombre al serle removido aquello que le quitaba la paz, el pecado, y al serle concedido aquello que lo hace hijo de Dios y amigo de Dios, la gracia santificante. Solo Dios puede hacerlo porque solo Dios puede, con su Sangre, quitar el pecado y con su gracia, hacerlo partícipe de Sí mismo y de su paz. Para esto es que ha venido Dios como Niño en Belén y, en agradecimiento, los hombres debemos acudir a postrarnos ante Dios hecho Niño, para darle gracias por su infinito amor.
Porque Dios ha venido a traer su paz, los hombres lo debemos adorar y glorificar, pero ya no solo en cielo, en donde es la morada eterna de Dios, sino en el Portal de Belén, Casa de Pan, porque Dios ha venido a donarse a sí mismo como Pan de Vida eterna, la Eucaristía, que al contener en sí al Ser de Dios, contiene la Paz de Dios que brota de su Ser como de una fuente inagotable. La glorificación de Dios debe darla el hombre que recibe la paz de Dios, al Niño Dios que está en Belén y que está en el Nuevo Belén, el altar eucarístico.
“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Si al nacer el Niño fueron los ángeles los que glorificaron a Dios y fueron los pastores quienes acudieron a recibir la paz que para el hombre traía Dios hecho Niño, es la Iglesia la que continúa, en el signo de los tiempos, la tarea de ángeles y pastores: por la Eucaristía, la Iglesia glorifica a Dios, ofreciéndole el Pan de Vida eterna; por el Sacramento de la Penitencia, la Iglesia concede el perdón de los pecados y le otorga al hombre la paz de Dios.

sábado, 14 de enero de 2017

“Señor, si quieres, puedes purificarme”


“Señor, si quieres, puedes purificarme” (Mc 1, 40-45). Un leproso se acerca a Jesús, implorándole que cure su lepra: “Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme”. Jesús, “conmovido”, dice el Evangelio, lo toca y lo cura: “Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado””. Al instante, el leproso queda completamente curado: “En seguida la lepra desapareció y quedó purificado”.
Para poder aprehender el sentido sobrenatural de este episodio evangélico, es necesario recordar que, como dice Santo Tomás, a partir de las realidades sensibles, podemos elevarnos a las realidades sobrenaturales. En este caso, la lepra, una enfermedad causada por un bacilo y que, en el lenguaje bíblico, del pecado. Es decir, así como la lepra se caracteriza por cubrir el cuerpo de manchas indoloras y de provocar la deformación del rostro y la mutilación del cuerpo, al provocar la inflamación de la piel y de los cartílagos, llegando incluso hasta provocar la muerte, así también el pecado, en el orden espiritual, provoca una mancha en el alma, propiamente el pecado, que es indolora, y al mismo tiempo, deforma, hasta volverla irreconocible, a la imagen de Dios que toda alma posee en sí misma, por haber creada a imagen y semejanza de Dios.
A su vez, la curación milagrosa de Jesús, extendiendo su mano, tocando al leproso y diciendo: “Lo quiero, queda curado”, es un anticipo y una figura del Sacramento de la Penitencia, sacramento por el cual Jesús en Persona, a través del sacerdote ministerial, cura el alma del pecador con su gracia, quitándole la mancha del pecado y restaurando, por la gracia, la belleza natural del alma, concediéndole además una belleza sobrenatural, al convertirla, también por la gracia, en una imagen suya, en una imagen del Hombre-Dios.

Es de destacar también la fe del leproso, porque le dice “Señor”, reconociendo con esto la divinidad de Jesús, porque “Señor”, en este contexto, se reserva sólo a Dios; la fe del leproso no se queda en palabras, sino que acude a Jesús con la convicción de que, si es voluntad de Él, lo curará: “Si quieres”, le dice el leproso, puedes curarme”. La fe del leproso en la condición divina de Jesús y por lo tanto en su capacidad de poder curar su grave enfermedad, es un ejemplo para todos nosotros, al momento de acudir al Confesionario; es decir, al confesarnos, debemos confiar en el poder divino de Jesús, que perdona, a través del sacerdote ministerial, cualquier pecado, por grave que sea. Por lo tanto, al confesarnos, antes de recibir el sacramento, debemos repetir, interiormente, con la misma fe, confianza y amor en Jesús, que el leproso del Evangelio: “Señor, si quieres, puedes purificarme de mis pecados”.

viernes, 10 de junio de 2016

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”


(Domingo XI - TO - Ciclo C – 2016)

         “Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor” (Lc 7, 36-8, 3). La escena evangélica en la que la mujer pecadora derrama perfume en los pies de Jesús, los besa y los seca con sus cabellos, representa y anticipa el Sacramento de la Confesión y, de parte de María Magdalena –según muchos autores, es ella esta mujer-, la contrición del corazón, es decir, el arrepentimiento perfecto del alma que se duele por haber ofendido a Dios, infinitamente bueno y justo, con la malicia del pecado. Esta escena representa la esencia del Sacramento de la Reconciliación, que se basa en el Amor, tanto de parte de Dios, que perdona, como del alma, que se arrepiente y pide perdón, movida no por un miedo irracional a Dios, sino por el Amor de Dios. En el Sacramento de la Penitencia se reproduce la escena entre Jesús, el Hombre-Dios, y la mujer pecadora. Dios, que es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), se manifiesta al alma, en lo más profundo de su ser, en un doble sentido: se revela como Dios-Amor Misericordioso, Encarnado en Cristo Jesús; por otro lado, ilumina al alma para que esta se conozca a sí misma en las tinieblas y en la malicia del pecado, que ofende la majestad, la bondad y la justicia divinas; al mismo tiempo, le concede la gracia para que acepte esta condición de ser pecadora. El alma, a su vez, contemplando a Dios que se le revela en Cristo Jesús y contemplándose a sí misma al mismo tiempo como pecadora, puede o no aceptar la gracia de la contrición del corazón, porque Dios respeta nuestro libre albedrío; si lo hace, aparece en el alma el arrepentimiento perfecto del corazón, un arrepentimiento que es salvífico y que abre las puertas del alma para que entre el Amor de Dios en su plenitud. 
        Pero lo que hay que tener en cuenta es que ya desde el inicio, antes de la contrición, actúa Dios, que es Amor, revelándose como Amor Perfectísimo y Justicia Perfectísima, y revelando al alma a sí misma en su condición de pecadora. 
           Es por esto que la escena representa también la esencia de la religión en cuanto unión de Dios con el hombre, y esa esencia es el Amor: Dios se comunica por Amor, revela al alma su condición de pecadora por Amor y la perdona por Amor; a su vez, el alma, recibiendo la gracia de conocerse a sí misma, responde también con amor –“Amor con amor se paga”, dice el dicho-, por lo que, como vemos, la relación entre Dios y el alma -la religión- está basada en el Amor. 
            El arrepentimiento perfecto, la contrición del corazón, está basado en el Amor, y es en esto en lo que consiste tanto la contrición del corazón, como el perfecto temor de Dios, que es el amor filial del hombre hacia Dios, un amor por el que ama tanto a Dios, que se duele con el solo pensamiento de poder llegar a ofenderlo con la malicia del pecado. 
         Por el contrario, el miedo a Dios, que lleva a un arrepentimiento sumamente imperfecto, porque no está basado en el Amor a Dios, no es salvífico, porque el alma no se une a Dios por el Amor, sino que simplemente se mantiene a distancia de Él, buscando de no ofenderlo, pero movida por el temor al castigo divino –el Infierno- y no por el Amor a Dios.

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”. Que Santa María Magdalena interceda por nosotros para que, movidos por el Amor del Espíritu Santo, alcancemos la perfecta contrición del corazón y vivamos el Sacramento de la Penitencia como lo que es, el derramarse de la Divina Misericordia sobre nuestras almas, y así, encendidos en el Amor de Dios, hagamos el firme propósito de no volver a pecar, de alejarnos de las ocasiones de pecado y de estar dispuestos a morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado.

sábado, 2 de abril de 2016

Domingo in Albis o de la Divina Misericordia


         “Deseo que el primer domingo después de Pascua se celebre solemnemente la Fiesta de la Divina Misericordia (…) Esta Fiesta surge de Mi piedad mas entrañable... Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores. Las entrañas mas profundas de Mi Misericordia se abren ese día. Derramaré un caudaloso océano de gracias sobre aquellas almas que acudan a la fuente de Mi misericordia. El alma que acuda a la Confesión, y que reciba la Sagrada Comunión, obtendrá la remisión total de sus culpas y del castigo... Que el alma no tema en acercarse a Mi, aunque sus pecados sean como la grana”[1]. Es por deseo explícito de Jesús que la Iglesia celebra la Divina Misericordia con una fiesta litúrgica solemne el primer domingo después de Pascua. La razón de la celebración es que, en ese día, las compuertas de la Misericordia, se abren de par en par y se derraman sobre las almas; estas compuertas abiertas del cielo no son otra cosa que el Corazón traspasado de Jesús por la lanza del soldado romano el Viernes Santo. Al ser traspasado, de su Corazón brotaron “sangre y agua” (Jn 19, 34), según la descripción de Juan Evangelista, y es este contenido del Sagrado Corazón lo que quita el pecado de las almas, al mismo tiempo que las santifica y las justifica, al concederles la gracia divina. La Fiesta de la Misericordia es extender, en el tiempo y en el espacio, a fin de que caiga sobre la mayor cantidad de hombres posibles, el derrame del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús, para que tanto mayor sea la cantidad de almas que, recibiendo la Divina Misericordia, se salven, evitando de pasar por la Divina Justicia. Para poder apreciar el significado último de esta Fiesta de la Divina Misericordia, hay que tener en cuenta que Jesús crucificado se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, convirtiendo la Ira santa de Dios, encendida por la malicia del corazón humano, en Divina Misericordia. Dios Padre nos mira a través de las llagas santas de Jesús y porque nos mira a través de ellas, es que en vez de descargar sobre nosotros la Justicia, derrama sobre nosotros su Misericordia. En el tiempo y en el espacio, esta Misericordia se derrama por el Sacramento de la Confesión, pero lo hace, de modo especialísimo, abundantísimo, en la Fiesta de la Divina Misericordia, de modo que quien acuda al Sacramento de la Penitencia en la Fiesta de la Divina Misericordia, recibe el perdón total de la culpa y de la pena, quedando su alma inmaculada y santa y su corazón como una imagen y copia viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y María, lista para entrar en el Reino de los cielos.
         Quien acuda a la Divina Misericordia -de manera especial en la Fiesta de la Divina Misericordia-, que se derrama sobre el alma por el Sacramento de la Confesión, aun cuando sea “como un cadáver en descomposición”, renacerá a la vida nueva, la vida de la gracia, que es el anticipo, en esta tierra, de la vida futura de la gloria. Dice así Jesús Misericordioso: “Escribe de Mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia –el Sacramento de la Penitencia o Confesión; N. del R.) donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este  milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la
Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud. Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido. No es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia; lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde”[2].
Ahora bien, es el mismo Jesús Misericordioso quien advierte que, quien desprecie a la Divina Misericordia, persistiendo en su pecado y sin querer convertirse, deberá comparecer ante la Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[3]. Es decir, quien no quiera arrepentirse de sus pecados, manifiesta que libremente no desea recibir la Divina Misericordia -que es la que, precisamente, perdona los pecados- y que desea someterse, desafiante, a la Justicia Divina. Y Dios, que es infinitamente misericordioso, es también infinitamente justo, no puede dejar de dar, en virtud de su Justicia Divina, aquello que nos merecemos con nuestras obras libres y con nuestras libres decisiones: si obramos el mal y no nos arrepentimos, merecemos en justicia la retribución por el mal cometido, deseado y del que no hemos manifestado arrepentimiento. Quien no desee la Misericordia Divina, no la obtendrá, pero sí obtendrá el pago merecido por sus acciones, por medio de la Divina Justicia, y esto en virtud de lo que dice la Escritura: “De Dios nadie se burla” (Gál 6, 7). Esto es por lo que decíamos anteriormente: Cristo Jesús se interpone entre la Justicia Divina y nosotros; si no nos resguardamos bajo los rayos de su Sangre y Agua, entonces quedamos expuestos a la Divina Justicia: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (cfr. Rom 1, 18).
         Para que nos quede en claro que Jesús, en cuanto Dios, es Misericordioso pero también Justo y que no deja de dar a cada uno lo que cada uno merece, es que Él mismo en Persona llevó a Santa Faustina al Infierno, para que fuera ella, la santa que debía difundir la Misericordia Divina al mundo, la que diera testimonio también de la Justicia Divina. Dice así Santa Faustina: “Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. Ahora no puedo hablar de ello, tengo, la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mi no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado”[4].
         Esto nos hace ver que Jesús Misericordioso es un Dios de Bondad y Amor infinitos, sí, pero que también es un Dios de Justicia infinita y que nos da lo que nos merecemos con nuestras obras. Si deseamos evitar las puertas de la Divina Justicia, arrepintámonos de nuestros pecados, acudamos al Sacramento de la Penitencia, vivamos en gracia y obremos la misericordia –la Iglesia prescribe catorce obras, siete espirituales y siete materiales o corporales, accesibles para todos, de modo que ninguno diga que no podía obrar la misericordia-, a fin de pasar al cielo, al término de nuestras vidas, por las puertas de la Divina Misericordia, el Sagrado Corazón traspasado de Jesús.





[1] Cfr. Santa Faustina Kowalska, Diario, 699.
[2] Diario, 1448.
[3] Diario, 1146.
[4] Diario, 741.