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viernes, 8 de septiembre de 2023

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”

 


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2023)

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En el cristianismo, la oración es esencial para la vida del espíritu: así como el respirar es esencial para la oxigenación del cuerpo y así como el alimento material es esencial para la vida del cuerpo, así la oración es esencial para mantener al espíritu vivo, con la vida de Dios Trinidad. Ahora bien, esta oración puede ser de varias maneras; entre ellas, puede ser oración individual, recomendada por el mismo Jesús, cuando dice que al orar “entremos en nuestra habitación y cerremos la puerta, porque el Padre todo lo ve”: la habitación es nuestra alma o nuestro corazón, por lo que Jesús nos induce a orar de forma privada, en recogimiento, en silencio, sin grandes exteriorizaciones, sin que nadie se dé cuenta de que estamos orando. Esto es así porque, aunque los hombres no se den cuenta de que estamos orando, si hacemos caso del método enseñado por Jesús, el de la oración del corazón, se trata de una oración que es conocida sólo por Dios y nadie más que Él, por lo que es una oración que le agrada mucho, ya que no se hace para ser admirado por los hombres, sino para establecer una verdadera comunión de vida y amor con Dios Trinidad.

Antes de continuar y siempre con respecto a la oración, debemos tener en cuenta el siguiente refrán que dice: “Lex credendi, lex orandi”, esto es, la ley de la fe es la ley de la oración. ¿Qué quiere decir? Que nuestra fe debe ser pura, inmaculada, sin mezcla ninguna de ninguna otra fe que no sea la fe católica y en esto la Virgen es nuestro modelo: así como la Virgen es pura e Inmaculada, así debe ser nuestra fe, pura e inmaculada, sin estar contaminada por ninguna fe que no pertenezca a la fe católica. De modo concreto, esto se refiere tanto a las religiones monoteístas como el Islam, el Protestantismo y el Judaísmo, como a las sectas de todo tipo, incluidas las sectas satánicas que pretenden infiltrarse en nuestra fe católica, como por ejemplo, las devociones satánicas como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte: nada de esto puede contaminar nuestra fe católica, ya que así estaríamos mancillando nuestra Santa Fe. Tampoco se deben incluir, bajo ningún pretexto, oraciones dirigidas a demonios, como a la Pachamama, ni tampoco se deben incluir oraciones o ritos que pertenecen a Iglesias que no pertenecen a la Iglesia Católica, como el Protestantismo, el Islamismo y el Judaísmo.

Haciendo un paréntesis, y para ver cómo quienes viven en la oscuridad espiritual del satanismo, del ocultismo, de la brujería, de la Wicca, del esoterismo, creen efectivamente en el poder de la oración -más bien, habría que decir de la “anti-oración”, en estos casos-, está el caso de una sociedad secreta, la masonería, que promueve la anti-oración de varias formas, una de ellas, es haciendo que los miembros de las logias vayan rotando cada día, de manera que queden cubiertas las veinticuatro horas del día y los treinta días del mes, con blasfemias a la Virgen: lo que tienen que hacer estos oscuros personajes, es proferir cincuenta blasfemias a la Virgen por turno. En otras palabras, la Santísima Virgen es ofendida por estos voceros del Demonio, cincuenta veces por vez, en lo que podríamos llamar algo así como un anti-Rosario o un “Rosario satánico”, en donde el fin explícito es ofender a nuestra Madre del cielo, todo el día, todos los días. Cuando se piensa que hay católicos que no rezan el Rosario, lo cual contrarresta y anula las blasfemias de estos personajes siniestros, y no lo hacen simplemente por pereza, entonces podemos darnos cuenta de porqué el mundo está como está: porque se alaba a Satanás, por un lado, con la religión del Anticristo, la Nueva Era y, por otro, se ofende a la Santísima Virgen con cincuenta blasfemias por turno, mientras los hijos de la Virgen, los que deberían defenderla de estas horribles blasfemias, ponen las excusas más banales y torpes, para no rezar el Rosario, lo cual da una muestra del escaso o nulo amor que tienen a la Madre del cielo, la Virgen María, la Madre de Dios. Podemos decir también que en estas reuniones de anti-oración, se reúnen dos o tres o más, pero obviamente no “en Nombre de Jesús”, sino en nombre de Satanás y lo hacen para ofender y blasfemar contra los Sagrados Corazones de Jesús y María y para adorar sacrílegamente al Ángel caído, Satanás.

Continuando con la oración ya propiamente cristiana, podemos decir que la otra forma de oración es la oración realizada en forma grupal y es también recomendada y enseñada por Jesús en el Evangelio: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Esta oración, a diferencia de la anterior, se realiza en compañía de otros fieles; en esta forma de oración -que no excluye a la oración del corazón, sino que la complementa-, ya no es el alma sola la que se dirige a Dios, sino que lo hace en compañía de otras almas que, por la oración, buscan la unión espiritual con la Trinidad. Tanto la oración del corazón, individual, como la oración grupal, realizada en compañía de otras almas, son válidas y queridas por el Cielo, como forma de comunión de vida y amor del alma con Dios.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Si estimamos la salud y la vida de nuestras almas, hagamos oración -oración personal, el Santo Rosario, la Adoración Eucarística, la Santa Misa, entre otras tantas-, sea individual o grupal y así nuestra alma estará viva, ya que, al unirse con Dios por la oración, recibirá de Él su vida divina.


 

 

jueves, 6 de enero de 2022

Solemnidad de la Epifanía del Señor

 


(Ciclo C – 2022)

          Los tres Reyes Magos, luego de realizar un largo peregrinar desde tierras lejanas, guiados por la Estrella de Belén, llegan hasta el Portal de Belén, en donde se encuentra el Niño Dios, sostenido entre sus brazos por la Madre de Dios, la Santísima Virgen María.        Al llegar, los Reyes Magos se postran ante el Niño Jesús y lo adoran. Luego, le entregan sus regalos: oro, incienso y mirra, regalos que son propias de un rey, lo cual significa que los Reyes Magos consideran al Hijo de la Virgen como Dios y como Rey de todas las naciones, porque ellos representan a quienes no son hebreos. En esta escena, real, debemos contemplar los elementos sobrenaturales y celestiales que se encuentran ocultos a los ojos de quienes carecen de la gracia sobrenatural y de la luz de la santa fe católica.

          Un primer elemento a considerar es la Estrella de Belén: es una verdadera estrella cósmica, que guía a los Reyes Magos hasta el lugar exacto en donde se encuentra el Niño Jesús: la Estrella de Belén representa a la Virgen María, porque es Ella quien nos lleva siempre, indefectiblemente, al encuentro con su Hijo Jesús.

          Otro elemento a considerar es la Epifanía del Niño en sí misma, esto es, el resplandor de luz que el Niño emite en el momento en el que llegan los Reyes. En la Sagrada Escritura, la luz es sinónimo de gloria divina, por lo tanto, el hecho de que el Niño resplandezca de luz, es manifestación de su divinidad, de su gloria, porque la luz que el Niño emana es Luz Eterna, luz proveniente de su Ser divino trinitario y es por lo tanto una manifestación de su divinidad. Al resplandecer ante los Reyes Magos, el Niño Dios se manifiesta, como Dios Niño, a los pueblos de la tierra, que no conocían al Dios Único y Verdadero, pueblos que están todos representados en los Reyes de Oriente.

          Otro elemento a considerar es la actitud de los Reyes ante el Niño: iluminados por la gracia divina, los Reyes Magos se postran en adoración ante el Niño recién nacido y este gesto de adoración no lo harían, de ninguna manera, si el Niño de Belén fuera un niño humano más entre tantos, y no el Niño Dios, esto es, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios.

          Por último, debemos considerar los regalos que los Reyes ofrendan al Niño Dios: oro, incienso y mirra, regalos que, como dijimos, son propios de un rey, por lo que se concluye que los Reyes Magos claramente consideraban al Niño de Belén como a Dios Hijo encarnado.

Al recordar la Visita de los Reyes Magos al Niño Dios, podemos hacer el propósito de imitarlos en esta Visita. Por lo tanto, debemos adorar al Niño de Belén, como lo hicieron los Reyes Magos, porque el Niño de Belén es Dios Hijo encarnado y Dios es el Único que merece ser adorado “en espíritu y en verdad”. Otra forma de imitar a los Reyes Magos, es ofrecerle dones al Niño Jesús; ahora bien, como nosotros no tenemos oro, ni incienso, ni mirra, podemos ofrecer, espiritualmente, lo que estos dones materiales significan: el oro representa la adoración; el incienso, la penitencia y la mortificación de nuestra humanidad, de nuestros sentidos; la mirra, representa la oración. Entonces, imitando a los Reyes Magos, adoremos al Niño Dios Presente en Persona en la Eucaristía, postrándonos ante el Santísimo Sacramento del altar y le ofrezcamos dones espirituales: adoración perpetua en la Eucaristía -el equivalente al oro-, sacrificios, penitencias y ayunos -el equivalente al incienso- y la oración, sobre todo el Santo Rosario -el equivalente a la mirra-.


jueves, 30 de septiembre de 2021

El Padrenuestro se vive en la Santa Misa

 



         Jesús nos enseña una oración que es propia del catolicismo y es la oración del Padrenuestro. Además de caracterizarse porque en la oración nos dirigimos a Dios como “Padre”, esta oración tiene una característica particular y es que se la puede rezar, como se reza habitualmente, pero también se la puede “vivir”, literalmente y esto sucede en la Santa Misa. Veamos cada una de sus partes y cómo estas partes del Padrenuestro se hacen vivas en la Santa Misa.

         “Padre Nuestro que estás en el cielo”: en la Santa Misa el altar se convierte en una parte del Cielo y en el Cielo es donde moran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, por lo que en la Santa Misa está el Padre Eterno, que es el Origen Increado de la Santísima Trinidad.

         “Santificado sea Tu Nombre”: en la Misa se santifica el Nombre de Dios, que es Tres veces Santo y esto lo hace el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, quien al renovar su sacrificio en cruz en el altar eucarístico, santifica infinitamente el Nombre Santísimo de Dios.

         “Venga a nosotros Tu Reino”: El Reino de Dios viene efectiva y realmente en cada Santa Misa, porque el altar, como dijimos, se convierte en el Cielo, en donde está el Reino de Dios, pero todavía más que el Reino, por la Santa Misa viene a nosotros algo que es infinitamente más grande y majestuoso que el mismo Reino de Dios y es el Rey de ese reino, Cristo Jesús en la Eucaristía.

         “Hágase Tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo”: la voluntad de la Trinidad Santísima es que todos nos salvemos y esta voluntad se cumple a la perfección en la Santa Misa, porque allí Jesús renueva de forma sacramental e incruenta su sacrificio en cruz, sacrificio por el cual nos salva, por medio de su Preciosísima Sangre redentora.

         “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en la Santa Misa, Dios Uno y Trino cumple doblemente con esta petición, porque nos provee el pan material de cada día pero además nos dona el Pan del espíritu, el Pan de Vida eterna, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.

         “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: en la Santa Misa, Dios Trino nos perdona nuestros pecados antes de que se lo pidamos, al enviar a Dios Hijo a morir en la cruz por nosotros; además, nos da la fuerza del Amor Divino, necesario para que nosotros perdonemos a nuestros enemigos de la misma manera y con el mismo Amor con el que Cristo nos perdonó desde la cruz.

         “No nos dejes caer en la tentación”: en la Santa Misa, Dios nos da no sólo fuerzas más que suficientes para no caer en la tentación –porque nos hace partícipes de su misma santidad, de su misma fuerza divina-, sino que nos da la gracia para crecer en toda clase de virtudes, incluidas las fuerzas para imitar a Cristo en todas sus virtudes.

         “Y líbranos del mal”: en la Santa Misa, Dios Uno y Trino no sólo nos libra del mal en persona, Satanás, el Ángel caído, porque Cristo lo vence con la cruz, sino que además nos colma de un Bien infinito, al concedernos el Pan de Vida eterna y la Carne del Cordero, la Sagrada Eucaristía, Fuente Increada de la Bondad divina.

         Por todas estas razones, el Padrenuestro se vive en la Santa Misa.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

“Pasó la noche orando”

 


“Pasó la noche orando” (Lc 6, 12-19). Siendo nosotros cristianos, nuestro modelo de ser y de vida es Cristo; por lo tanto, debemos imitarlo en lo que nuestra limitada naturaleza pueda imitarlo. Por supuesto que no podremos imitarlo en sus milagros, porque esos milagros, como la multiplicación de panes y peces, las resurrecciones de muertos, las pescas milagrosas, etc., los hacía con su poder de Dios y nosotros no somos Dios, por lo que no tenemos ese poder, pero sí podemos imitarlo en aquello en que lo puede imitar nuestra débil naturaleza humana; en este caso, lo podemos imitar en su oración al Padre, tal como relata el Evangelio: “Jesús subió a la montaña a orar y pasó la noche orando a Dios”.

No es por casualidad que Jesús suba a la montaña, porque la montaña tiene un significado espiritual: al ser algo gigantesco, simboliza la inmensidad de Dios; el hecho de ser la montaña algo elevado, simboliza a Dios, que está en los cielos; también el hecho de subir hasta la cima, simboliza el esfuerzo que debe hacer el hombre para despegarse de la tierra y de los atractivos del mundo, para elevar su alma a Dios. Por todas estas razones, Jesús elige la montaña para orar. Hay otros dos aspectos a considerar: el horario en el que Jesús reza, la noche y el hecho de la oración misma: en cuanto al horario, Jesús reza “toda la noche” y esto también tiene un significado espiritual, porque la noche, caracterizada por las tinieblas, simboliza nuestra vida terrena, que al ser terrena, está por eso mismo envuelta en tinieblas, al no estar en Dios y con Dios y estas tinieblas son las tinieblas del error, del pecado y también son las tinieblas vivientes, los demonios. Al orar toda la noche, Jesús quiere hacernos ver que debemos orar toda la vida, es decir, toda nuestra noche, porque sólo así obtendremos la luz de Dios, que disipa toda clase de tinieblas. En cuanto al hecho de la oración en sí, Jesús es nuestro ejemplo, porque aunque Él era Dios Hijo y estaba por lo tanto en permanente unión con el Padre y el Espíritu Santo, con su humanidad se unía a la Trinidad por medio de la oración y es así como debemos hacer nosotros, unirnos a Dios Uno y Trino por medio de la oración, siendo las principales oraciones para nosotros, los católicos, la Santa Misa, el Rosario, la Adoración Eucarística y luego también la oración que brota del corazón.

“Pasó la noche orando”. Imitemos a Cristo y pasemos nuestra vida terrena, nuestra noche, en oración, para así alcanzar el Día sin fin, la eternidad en el Reino de los cielos.

miércoles, 4 de agosto de 2021

“Donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, ahí estoy yo en medio de ellos’’

 


“Donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, ahí estoy yo en medio de ellos’’ (Mt 18, 15-20). Ocurre con mucha frecuencia que los cristianos se sienten solos y como consecuencia de esa soledad, sobrevienen muchas tribulaciones, como la angustia, el miedo, e incluso la desesperación, en los casos extremos. Y estas situaciones se agravan en momentos como el que vivimos, en el que con el pretexto de una crisis sanitaria, los gobiernos toman decisiones autoritarias, propias de una dictadura, como por ejemplo los estados de sitio o los confinamientos prolongados a gente sana, algo que por otra parte es contrario a la ciencia y al sentido común. Todo esto incrementa el sentimiento de soledad, de angustia, de encierro, de soledad.

Ahora bien, en este Evangelio, Jesús nos anima a hacer oración y nos da un estímulo para hacerlo: cuando hacemos oración, sobre todo con el prójimo, Él está con nosotros. No sabemos de qué forma, pero con toda certeza está, Él, Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, cuando hacemos oración y esto es un gran estímulo para hacer oración.

¿Qué oración hacer? El Santo Rosario, la Adoración Eucarística y la Santa Misa. Si esto hacemos, jamás experimentaremos la soledad; por el contrario, experimentaremos la Presencia amorosa de Nuestro Salvador Jesucristo. Es por esto que, para el cristiano, no existe la soledad y mucho menos la desesperación, porque Jesús está con nosotros, nunca nos deja solos. Somos nosotros los que lo dejamos solo, cuando no hacemos oración; hagamos oración y experimentaremos la Dulce Presencia del Señor Jesús.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá”

 


“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá” (Lc 11, 5-13). Con el ejemplo de un hombre que acude inoportunamente a la casa de su amigo para pedirle un poco de pan a fin de convidar a otro amigo que lo ha venido a visitar de improviso, Jesús nos quiere hacer ver dos cosas: por un lado, la necesidad de la oración; por otro lado, la necesidad de que la oración sea constante y perseverante, “a tiempo y a destiempo”. En el ejemplo dado por Jesús, el amigo que está ya descansando, se levanta finalmente, por la insistencia de su amigo, a darle lo que le pide, es decir, los tres panes. Con esto nos quiere indicar Jesús que, si bien Dios, en su omnisciencia, sabe qué es lo que necesitamos -seríamos el amigo que pide los tres panes-, sin embargo quiere que se lo pidamos por medio de la oración; por otra parte, el hecho de que el amigo acuda a pedir en hora inoportuna, indica que la oración debe ser hecha a toda hora y en todo tiempo: estando despiertos, estando acostados e incluso, estando dormidos. Es decir, debemos estar en la Presencia de Dios en todo tiempo, independientemente de nuestro estado de vigilia y debemos orar sin cesar, aun sabiendo que Dios conoce nuestras necesidades. Por último, la oración debe ser, además de insistente, confiada en el Amor de Dios, porque el mismo Jesús lo dice: si entre nosotros, los hombres, que somos malos a causa del pecado, nos damos cosas buenas entre nosotros, ¿cuánto más no ha de darnos Dios, que no sólo es Bueno, sino que es la Bondad y la Santidad Increadas?

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá”. En el ejemplo dado por Jesús, el hombre pide a su amigo un poco de pan: nosotros hagamos lo mismo con Dios, pero pidamos no sólo el pan material, necesario para la vida corporal, sino que pidamos ante todo el Pan de Vida divina, necesario para la Vida eterna. Por lo tanto, ante el sagrario, pidamos a Jesús Eucaristía, busquemos en su Corazón Eucarístico, toquemos la puerta del Sagrario y Dios, que es Padre Bueno y Providente, nos dará algo que supera todo lo que podamos imaginar o pensar: nos dará el Corazón Eucarístico de su Hijo Jesús.

domingo, 30 de agosto de 2020

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”

 


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2020)

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). Jesús nos enseña una forma de oración, la grupal, motivo por el cual es una buena ocasión para hablar de la oración en general: la oración es, para el alma, más esencial que el oxígeno para el organismo, porque se trata de la elevación del alma a Dios, que así alcanza laFuente de Vida Increada. Sin oración, el alma está sin Dios y si está sin Dios está sin vida, por lo tanto, está muerta, igual que el cuerpo cuando se queda sin oxígeno. Si el alma no hace oración, está muerta, porque, aunque esté viva con su vida natural -es decir, la persona habla, respira, se mueve-, sin embargo está muerta a la Vida de Dios, porque no recibe de Él la Vida que es Dios en Sí mismo. Sin Dios, el alma está, paradójicamente, muerta, aun cuando ésta sea en sí misma la vida del cuerpo. Un alma sin oración es como un cadáver, es como un cuerpo sin alma: la oración es al alma lo que el alma es al cuerpo, es decir, es la vida y todavía más, porque por la oración le viene al alma una vida que no es un mero aumento cuantitativo o cualitativo de su vida natural, sino que recibe una Vida nueva, una Vida que antes no tenía, una Vida que es la Vida misma de Dios, que es la Vida Increada.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. La oración puede ser individual o en grupo, pero aun si es en grupo –“donde dos o tres se reúnen”-, la condición, para que sea verdadera oración y alcance al alma la Vida que viene de Dios, es que sea interior, según otra enseñanza de Nuestro Señor: “Cuando ores, entra en tu habitación y cierra la puerta y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. En otras palabras, la oración puede ser hecha en forma grupal, según la enseñanza del Evangelio de hoy, pero aun así debe ser interior y personal, para que sea escuchada por Dios y alcance de Dios su Vida Eterna.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Si queremos que nuestra alma esté viva con la Vida de Dios, hagamos entonces oración continua, sea individual o grupal, pero hagamos oración y para cuando hagamos oración, tengamos en cuenta que hay una oración que es indefectiblemente escuchada por Dios, y es la Santa Misa, porque en ella es el Cordero de Dios quien se inmola para expiar por nuestros pecados para conseguirnos la gracia santificante que nos convierte en hijos de Dios. Entonces, si hay una oración en la que las palabras del Señor se hacen realidad -“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”-, ésa es la Santa Misa, porque ahí Él se hace Presente en Persona, por la oración de la Iglesia. Por eso mismo, asistamos al Santo Sacrificio del altar y recibamos al Cordero de Dios que se nos entrega en la Eucaristía y así tendremos la Presencia y la Vida de la Trinidad en nuestras almas.

lunes, 10 de agosto de 2020

"Mujer, qué grande es tu fe"

 LA MUJER CANANEA - FE QUE MUEVE MONTAÑAS - Crossroads Initiative

(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2020)

          “Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15, 21-28). Una mujer cananea, es decir, pagana, no perteneciente al Pueblo Elegido, se postra ante Jesús para clamarle por su hija, que está poseída por un demonio. A pesar del tiempo transcurrido -veintiún siglos- la mujer cananea es ejemplo para los cristianos de todos los tiempos, incluidos nosotros, cristianos del siglo XXI. Hay muchas razones por las cuales la mujer cananea es ejemplo en la fe.

          Por un lado, sabe discernir entre enfermedad corporal o psiquiátrica -epilepsia, convulsiones, esquizofrenia- de una posesión demoníaca, puesto que es el motivo específico por el cual la mujer acude a Jesús, para que la exorcice, no para que la cure de un mal: “Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Muchos exégetas, interpretando erróneamente la Biblia, confunden a las posesiones demoníacas con episodios epilépticos, cosa que no hace la mujer cananea, ya que distingue perfectamente entre una enfermedad corporal y una posesión demoníaca.

          Por otro lado, reconoce en Jesús no a un profeta, ni a un hombre sabio, ni a un hombre justo o santo, a quien Dios acompaña con sus signos: reconoce en Jesús al Hombre-Dios, es decir, para ella, Jesús es Dios Hijo encarnado y por eso el trato de “Señor”, reservado sólo a Dios y por eso la postración, reservada, como signo externo de la adoración interior, sólo a Dios.

Su fe en Jesús es enorme y su mérito es también enorme, porque no pertenece al Pueblo Elegido y porque lo reconoce como Dios, algo que ni los propios judíos, en su mayoría, fueron capaces de hacer.

Es ejemplo de perseverancia en la oración, porque ante las repetidas negativas de Jesús a su pedido, no ceja en su empeño y continúa pidiendo a Jesús por su hija.

Es ejemplo también de humildad, porque Jesús la compara nada menos que con un perro, con un cachorro, al decirle que “no es lícito tomar la comida de los hijos para dárselas a los cachorros”. Así, la está tratando de cachorro de perro, pero la mujer cananea, lejos de ensoberbecerse o de enojarse, se humilla todavía más y continúa implorando un milagro para su hija, utilizando el mismo ejemplo de Jesús y aplicándoselo a ella: “Pero aun así, los cachorros comen de las migajas que caen de las mesas de los hijos”. El alimento substancial, son los milagros que Jesús ha venido a hacer entre los hijos, los miembros del Pueblo Elegido, pero ella, aun no perteneciendo al Pueblo Elegido, se puede ver favorecida por un pequeño milagro, como es el exorcismo de su hija, así como los perros se ven favorecidos por las migajas que caen de las mesas de sus dueños.

Por todas estas razones, la mujer cananea es ejemplo de fe en Jesús como Dios; es ejemplo de perseverancia en la oración; es ejemplo de discernimiento entre enfermedad corporal y posesión diabólica; es ejemplo de humildad y de auto-humillación, porque no duda en auto-humillarse ante Jesús, con tal de conseguir el exorcismo para su hija.

“Mujer, qué grande es tu fe”. Cuán grande ha de ser la fe de la mujer cananea, para que el mismo Jesús se asombre de la misma. Si Jesús viera nuestra fe, en este instante, y la comparara con la fe de la mujer cananea, ¿podría decir lo mismo de nosotros? Pidamos a la mujer cananea, que con seguridad está en el cielo, que interceda para que nuestra fe en Cristo Jesús y su omnipotencia divina sea al menos pequeña como la migaja que cae de la mesa de los hijos.

         

sábado, 8 de agosto de 2020

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”


“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En el cristianismo, la oración es esencial para la vida del espíritu: así como el respirar es esencial para la oxigenación del cuerpo y así como el alimento material es esencial para la vida del cuerpo, así la oración es esencial para mantener al espíritu vivo, con la vida de Dios Trinidad. Ahora bien, esta oración puede ser de varias maneras; entre ellas, puede ser oración individual, recomendada por el mismo Jesús, cuando dice que al orar “entremos en nuestra habitación y cerremos la puerta, porque el Padre todo lo ve”: la habitación es nuestra alma o nuestro corazón, por lo que Jesús nos induce a orar de forma privada, en recogimiento, en silencio, sin grandes exteriorizaciones, sin que nadie se dé cuenta de que estamos orando. Esto es así porque aunque los hombres no se den cuenta de que estamos orando, si hacemos caso del método enseñado por Jesús, el de la oración del corazón, se trata de una oración que es conocida sólo por Dios y nadie más que Él, por lo que es una oración que le agrada mucho, ya que no se hace para ser admirado por los hombres, sino para establecer una verdadera comunión de vida y amor con Dios Trinidad.

La otra forma de oración es la oración realizada en forma grupal y es también recomendada y enseñada por Jesús en el Evangelio: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Esta oración, a diferencia de la anterior, se realiza en compañía de otros fieles; en esta forma de oración -que no excluye a la oración del corazón, sino que la complementa-, ya no es el alma sola la que se dirige a Dios, sino que lo hace en compañía de otras almas que, por la oración, buscan la unión espiritual con la Trinidad. Tanto la oración del corazón, individual, como la oración grupal, realizada en compañía de otras almas, son válidas y queridas por el Cielo, como forma de comunión de vida y amor del alma con Dios.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Si estimamos la salud y la vida de nuestras almas, hagamos oración -oración personal, el Santo Rosario, la Adoración Eucarística, la Santa Misa, entre otras tantas-, sea individual o grupal y así nuestra alma estará viva, ya que, al unirse con Dios por la oración, recibirá de Él su vida divina.


domingo, 12 de abril de 2020

Jueves de la Octava de Pascua


La paz sea con vosotros" - Católicos - Hello Foros - La Comunidad ...

(Ciclo A – 2020)

“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). En este Evangelios, Jesús resucitado se aparece a los discípulos reunidos en conjunto y esto tiene un significado eclesiológico, ya esta aparición de Jesús resucitado representa, para la Iglesia, tanto un programa de vida en el que se incluye el mandato de ir a misionar.
Un dato recurrente en las apariciones de Jesús es el recordarles su Palabra, sobre todo aquellas en las que les profetizaba su Pasión, Muerte y Resurrección: de modo análogo, el cristiano en sí mismo y la Iglesia en su totalidad, deben tener siempre presentes, en la mente y en el corazón, la Palabra de Dios, encarnada en Cristo, que ha llevado a cabo su misión redentora por medio del misterio pascual de Muerte y Resurrección. La Palabra de Cristo, la Palabra de Dios, debe ser el alimento espiritual esencial de todo cristiano, así como de la Iglesia en su totalidad.
Cuando Jesús se les aparece, los discípulos -esto es, la Iglesia como Cuerpo Místico- se encuentran “hablando de Jesús”, lo cual es un ejemplo para el cristiano de cualquier tiempo que sea, puesto que este “hablar de Jesús” es como la figuración de la oración dirigía a Jesús, que la Iglesia lleva a cabo en todo tiempo y lugar. Por otra parte, el “hablar de Jesús”, esto es, el orar, el hacer oración, es una ocasión para que Jesús se manifieste en Persona, aun cuando no lo veamos, según sus propias palabras: “Cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre, allí estoy Yo”. La oración es, para la Iglesia, la ocasión para la manifestación de Jesús resucitado.
Y del mismo modo a como los discípulos se ven embargados por la alegría cuando contemplan a Jesús resucitado, una alegría tan grande dice el Evangelio que los hacía “resistir a creer”, así el cristiano y también la Iglesia, cuando oran, reciben de Jesucristo su Espíritu, el Espíritu Santo, quien les comunica una alegría que no es de este mundo, sino sobrenatural, pues se origina en el mismo Acto de Ser divino trinitario, que es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de los santos: “Dios es Alegría infinita”[1].
De esta manera, tanto la oración, como la lectura de la Palabra de Dios, son ocasiones para que el alma se llene de una alegría desconocida porque viene de Dios o, mejor dicho, para que el alma se llene de Dios, que es Alegría infinita y eterna.
En el Evangelio, Jesús resucitado realiza una acción sobre la Iglesia reunida en oración: “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y cuando esto hace, los transforma en algo más que discípulos: los convierte en “testigos” de su Misterio Salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, el encuentro con Jesús lleva a la Iglesia a no quedarse para ella, de modo egoísta, con la novedad de que Jesús ha muerto y resucitado, sino que la impulsa a transmitir al mundo entero aquello de lo que la Iglesia ha sido testigo: que Jesús ha muerto en Cruz, que ha derrotado a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, la muerte y el demonio- y que ha conseguido para los hombres la gracia santificante, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los cielos.
“Ustedes son testigos de todo esto”. Así como Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les comunica de la Alegría de su Corazón traspasado y los convierte en testigos y misioneros, así también, cada vez que adoramos a Cristo en la Eucaristía o cada vez que comulgamos, se renueva para nosotros el don del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos de la Pasión y Muerte de Jesús ante el mundo: “Ustedes son testigos de todo esto”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

martes, 22 de octubre de 2019

“Hipócritas, no sabéis interpretar el tiempo presente”



“Hipócritas, no sabéis interpretar el tiempo presente” (Lc 12, 54-59). Jesús nos da un duro correctivo, tratándonos de hipócritas y en realidad lo somos. ¿Por qué? El mismo Jesús nos da la respuesta: “Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: “Chaparrón tenemos”, y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: “Va a hacer bochorno”, y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?”. Es decir, Jesús nos recrimina el hecho de que sabemos interpretar muy bien el tiempo climatológico, ya que sabemos, por el aspecto del cielo o por el tipo de viento, si va a haber lluvia o si va a hacer calor sofocante; sin embargo, no sabemos interpretar –o no queremos, en realidad- interpretar “el tiempo presente”, espiritualmente hablando. Es decir, Jesús nos recrimina el hecho de que somos infalibles con el tiempo climatológico, pero miramos para otro lado cuando se trata del tiempo presente, espiritualmente hablando.
¿Y cómo es el tiempo presente, espiritualmente hablando? Cuando observamos el mundo desde el punto de vista espiritual, podemos decir que es de una verdadera calamidad, una verdadera catástrofe espiritual. Esto lo podemos constatar con un simple dato de la realidad: entre otras cosas, más del noventa por ciento de niños y jóvenes que hacen la Primera Comunión y reciben la Confirmación, abandonan la Iglesia; más del noventa por ciento de los adultos, que han recibido el Bautismo y la Catequesis, no asisten a Misa ni se confiesan, es decir, son católicos nominales en la teoría y ateos reales en la práctica. Otros datos: la gran mayoría de los católicos muere sin recibir los últimos auxilios, pero no por falta de disposición de la Iglesia, sino porque no los quieren recibir, porque han perdido la fe; la gran mayoría de los jóvenes no se casan por la Iglesia, ya que prefieren el pecado mortal del concubinato, antes que la gracia y la virtud del Sacramento del matrimonio; una gran cantidad de jóvenes se encamina detrás de las canciones y modas que promueven el ateísmo, el ocultismo, la wicca, el paganismo, o se adhieren a sectas que no poseen la Verdad Absoluta como la posee la Iglesia Católica.
“Hipócritas, no sabéis interpretar el tiempo presente”. Si sabemos interpretar el tiempo climatológico, entonces sí sabemos interpretar los tiempos espirituales, que son de una verdadera calamidad. Empecemos, entonces, a poner remedio a la situación, haciendo oración, ayuno y penitencia por quienes no lo hacen.

miércoles, 16 de octubre de 2019

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”


(Domingo XXIX - TO - Ciclo C – 2019)

          “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 1-8). Jesús hace esta pregunta al final de la parábola en la que nos enseña la necesidad de la constancia y la perseverancia en la oración, para ser escuchados por Dios. En la parábola, una mujer acude a un juez inicuo que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. Sucede que acude a este juez una mujer viuda para pedirle que le haga justicia “frente a su adversario”. Después de negarse a hacer justicia por un tiempo, el juez reflexiona y dice: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”. La enseñanza de la parábola es que, si el juez injusto hace justicia solo por causa de la insistencia y de la perseverancia en el pedido, tanto más hará justicia Dios, Justo Juez, a aquellos de sus hijos que acudan a Él con insistencia y perseverancia. Se insiste con la idea de orar hasta ser inoportunos, hasta que la oración del que ora sea escuchada[1]Acto seguido, Jesús hace una pregunta que no parece tener relación con el tema, pero sí la tiene: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. 
“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. La pregunta es: ¿por qué Jesús hace esta pregunta acerca de si habrá fe en la tierra cuando venga el Hijo del hombre? La respuesta es que la parábola está relacionada con la oración y para la oración se necesitan, además de la perseverancia, la fe; la enseñanza entonces es que es necesario tener fe, para hacer oración, pero en los tiempos en que esté cercana la Segunda Venida del Hijo del hombre, la fe se habrá perdido de tal manera, que no habrá casi nadie que haga oración, porque, precisamente, no habrá fe y eso es lo que explica la pregunta de Nuestro Señor. Es decir, la humanidad, cuando esté cercana la Segunda Venida del Hijo del hombre, se caracterizará por no solo no hacer oración perseverante, sino por no hacer oración en modo alguno, ya que la oración depende de la fe y si Jesús se pregunta si habrá fe cuando Él venga por Segunda Vez, es porque no habrá oración, y la razón de la falta de oración es que no habrá fe. Sin embargo, por el sentido general de la parábola, la enseñanza y la respuesta a la pregunta retórica que hace Jesús es que los justos, los que tengan fe, hagan oración, con la certeza de que serán escuchados y de que al final, el mal no prevalecerá[2]. Es decir, la victoria final de la Justicia de Dios sobre el mal y el Infierno está asegurada, por la promesa de Jesús: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”, pero la pregunta de Jesús es como una advertencia hacia sus seguidores, porque muchos de ellos desfallecerán en la fe y no harán oración, en los tiempos previos a su Segunda Venida. En los tiempos cercanos a la Segunda Venida de Jesús, cuando todo parezca humanamente perdido, los fieles seguidores de Cristo se caracterizarán porque harán oración, ya que, confiados en las palabras de Jesús, esperarán contra toda esperanza.
Entonces, la enseñanza general de la parábola es que hay que tener fe en Cristo Dios, vencedor del mal; basados en esta fe, hay que hacer oración y esa oración debe ser constante y perseverante, con la certeza de que seremos escuchados en nuestras peticiones por Dios, Justo Juez



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 628.
[2] Cfr. Orchard, ibidem, 682.

lunes, 9 de septiembre de 2019

“Se pasó la noche en oración con Dios”




“Se pasó la noche en oración con Dios” (Lc 6, 12-19). Jesús no dedica la noche a descansar, sino a orar con Dios. Aun luego de un día ajetreado, dedica la noche no al descanso del cuerpo, sino a ese descanso del alma que significa la oración con Dios. De esta actitud debemos los cristianos tomar ejemplo, no en el sentido de no dormir para orar, sino en el de incorporar la oración a nuestra vida cotidiana, así como lo es el comer, el dormir, etc. En efecto, la oración es al alma lo que la respiración a los órganos del cuerpo; la oración es al cuerpo lo que la alimentación de cada día. Si una persona no respira, se muere; si una persona no se alimenta, en pocos días muere. Lo mismo sucede con la oración y el alma: si ésta no se alimenta de la oración, no puede sobrevivir. Ahora bien, es obvio que hablamos de la oración cristiana, de aquella oración en la que Cristo es el centro y a la cual nos referimos a Él como a el Único Salvador. Es necesario aclararlo, porque hay oraciones que son perjudiciales para el alma, como las oraciones paganas, aquellas en las que Cristo no es el Redentor de los hombres. Este tipo de oraciones se han dispersado y hecho comunes incluso entre los cristianos, porque se han difundido oraciones de la Nueva Era en la que Cristo no es el Único Salvador, sino un avatar de la divinidad. No da lo mismo rezar estas oraciones paganas, a rezar las oraciones cristianas, más específicamente católicas, como lo son el Rosario, la Adoración Eucarística y, la principal de todas, la Santa Misa.
“Se pasó la noche en oración con Dios”. Si el cristiano quiere sobrevivir en la atmósfera enviciada de paganismo, ocultismo y materialismo que caracterizan los inicios del siglo XXI y si quiere obtener una verdadera comunicación e inhabitación con el Espíritu de Dios, entonces debe incorporar la oración diaria –católica- como parte de sus tareas cotidianas. De lo contrario, perecerá víctima del ambiente neo-pagano, materialista, ateo y consumista que nos asfixia día a día.

lunes, 2 de septiembre de 2019

“Por tu palabra, echaré las redes”



“Por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 1-11). Luego de haber estado Pedro y los discípulos pescando infructuosamente durante toda la noche, Jesús les dice que se internen nuevamente en el mar y que echen las redes, porque allí encontrarán pesca. Pedro le expone brevemente las razones humanas que tienen para no hacerlo: han estado pescando en ese lugar toda la noche, ya es de día y la pesca se hace de noche; es decir, le dice que humanamente no tiene sentido obedecer esa orden y hacer lo que Jesús dice: humanamente, está todo perdido. Sin embargo, hay algo que Pedro dice y que nos enseña cómo debemos actuar en situaciones similares: “Por tu palabra, echaré las redes”. Luego de decirlo, Pedro obedece a Jesús y obtiene lo que se conoce como la “segunda pesca milagrosa”, es decir, las redes se llenan inmediatamente de peces por orden de Jesús, Dios y Creador, a Quien obedecen todas las creaturas.
“Por tu palabra, echaré las redes”. La actitud de Pedro nos deja una profunda enseñanza: cuando todo parezca humanamente perdido, lo que no está perdido es la fe y la confianza en la Palabra de Dios y es entonces cuando más tenemos que orar y ser constantes en la oración y en la fe en la Palabra de Dios, porque es ahí, en nuestra debilidad humana, en donde se manifiesta la Omnipotencia divina.

lunes, 5 de agosto de 2019

“También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”


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“También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos” (Mt 15,21-28). El episodio con la mujer cananea revela, además del poder divino de Jesús, una gran cantidad de cualidades en la mujer cananea. Por un lado, no va a pedir a Jesús que cure a su hija de una enfermedad, sino que la libere de una posesión maligna, lo cual quiere decir que la mujer sabe diferenciar bien entre lo que es enfermedad y lo que es posesión demoníaca. Por otro lado, acude a Jesús porque tiene fe y confianza en Él, en su poder divino: con toda seguridad, o ha oído hablar de Jesús, o bien a asistido en persona a algunos de los numerosos exorcismos que Jesús practicó a lo largo del Evangelio y por esta razón sabe que Jesús, con el solo poder de su voz, puede expulsar los demonios y así liberar a su hija. Otra virtud que demuestra, además de esta fe en la divinidad de Jesús, es la extrema humildad. En efecto, Jesús prueba al extremo la humildad de la mujer cananea, antes de concederle lo que le pide. Por ejemplo, primero no le responde a la petición, como cuando una persona escucha a otra, pero se queda callada. Tanto es así, que los mismos discípulos se sienten perplejos y son ellos los que interceden por la mujer, ante el silencio de Jesús: “Atiéndela, que viene detrás gritando”. Cuando se decide a responder, es para negar, implícitamente, su pedido, porque le dice que ha venido sólo “para las ovejas descarriadas de Israel” y puesto que ella es cananea y no israelita, Él no puede atender su petición; es decir, le niega por segunda vez su petición. Sin embargo, la mujer cananea muestra otra virtud más, y es la constancia y perseverancia en la oración, ya que ante esta respuesta negativa, se postra ante Jesús y le suplica: “Señor, socórreme”. Ante esta muestra de fe, de humildad, de constancia en la oración, uno podría suponer que Jesús se habría de conmover, pero tampoco es así, ya que le vuelve a responder negativamente, a lo que se le agrega otro elemento: la humillación pública a la mujer cananea, ya que la trata, indirectamente, de “perra” –sin sentido peyorativo, pero la trata de animal, en comparación con los hijos, humanos, que son los israelitas-: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Jesús le vuelve a decir que no, y esta vez humillándola, porque le dice que no puede hacer un milagro que está reservado a los hijos de Dios, que son los israelitas. Ante esta respuesta, la mujer cananea, movida por el amor a su hija y también por el amor a Jesús, no solo no se retira ofendida, sino que se humilla aún más, aceptando la comparación de Jesús, pero respondiendo al mismo tiempo con humildad y sabiduría: es verdad que no se debe dar la comida de los hijos a los perros, pero los perros se alimentan de las migajas que caen de la mesa de los hijos. Es decir, la mujer cananea le dice que acepta que los milagros más grandes son para los israelitas, pero los no israelitas pueden beneficiarse de la sobreabundancia de los milagros de los israelitas. Esta respuesta, que expresa la extrema humildad –además de fe y constancia en la oración- de la mujer cananea, es que lo que sorprende a Jesús y hace que le conceda lo que pide, la liberación de su hija de la posesión demoníaca: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Cuando pidamos algo a Jesús, recordemos el ejemplo de la mujer cananea y aprendamos de ella.

lunes, 17 de junio de 2019

“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre”




“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con estas indicaciones acerca de la oración y de las buenas obras, Jesús nos advierte contra la tentación de hacer estas cosas buenas sólo por pura exterioridad, para ser vistos por los hombres y para ser aplaudidos por ellos. El hombre, por el pecado original, tiene la tendencia de la presunción y de la soberbia y por esta razón, si hace alguna obra buena, como el rezar o hacer una obra de misericordia, busca el aplauso de los demás hombres. Pero haciendo esto, por un lado, arruina la buena obra realizada, ya que la soberbia y la presunción lo echan todo a perder; por otra parte, se olvida que a quien debe agradar con las buenas obras es a Dios y no a los hombres, porque es Dios quien da la verdadera recompensa, que es su gracia y amor, para toda obra buena.
“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre”. Cuando oremos, no busquemos que los hombres nos vean orar ni tampoco esperemos ser honrados por ellos ni ser tenidos como buenos; cuando hagamos alguna obra buena, no hagamos alarde de esa obra buena, porque así arruinamos todo lo que hayamos hecho. Cuando oremos, nos refugiemos en lo más profundo del corazón, en el interior de nuestras almas, que es en donde nos ve Dios y Dios responderá nuestra oración; cuando hagamos obras buenas, las hagamos pero no para que los demás nos aplaudan y hablen bien de nosotros: hagamos las obras buenas de cara a Dios, para que sea Dios quien nos recompense, con su gracia y su amor. No busquemos el aplauso de los hombres: busquemos, con la oración y las obras buenas, la gracia y el Amor de Dios.

viernes, 16 de febrero de 2018

“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás”


 "Tentación del Señor"

(Temptation of the Lord)


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2018)

“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc 1, 12-15). Jesús es llevado al desierto por el Espíritu Santo y allí, en el desierto, ayunará durante cuarenta días y cuarenta noches. Hacia el final del ayuno, al experimentar hambre, se le aparecerá el espíritu maligno, el Ángel caído, Satanás, del Demonio, el cual buscará, por medio de la tentación, una tarea imposible de toda imposibilidad: el hacer caer a Jesús en el pecado. El Demonio tienta a Jesús, pero es absolutamente imposible que Jesús hubiera podido caer, no ya en pecado, ni siquiera venial, sino ni siquiera en la más ligera duda acerca de lo que el Demonio le proponía. Esto, en virtud de la condición divina del Hombre-Dios: Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, es Dios Hijo encarnado, y en cuanto Dios, es imposible, de toda imposibilidad, el pecado, desde el momento en que Él es la Santidad Increada en sí misma. También en cuanto Hombre era imposible que Jesús pecara, porque era Hombre perfectísimo, en quien “habitaba corporalmente la divinidad”, por cuanto su naturaleza humana estaba unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad, lo cual significa que la humanidad de Jesús de Nazareth participaba, con toda su plenitud, de la gloria, la gracia, la sabiduría de Dios Uno y Trino, todo lo cual hacía imposible no solo el pecado, sino siquiera la más mínima imperfección.
Entonces, si Jesús se deja tentar, no es para ver cuán fuerte es Él en relación a la tentación, porque era imposible que, ya sea en cuanto Dios, que en cuanto Hombre perfecto, pudiera pecar. ¿Por qué Jesús permite, entonces, el ser tentado? Jesús se deja tentar en el Demonio en el desierto, para que nosotros tomemos ejemplo de Él ante la tentación y sepamos, con el auxilio del Espíritu Santo, cuáles son las tentaciones a las que nos expone el Demonio, y cómo debemos responder, guiados en el ejemplo de Jesús.
Ante todo, para poder hacernos una idea acerca de qué es la tentación, tomemos la imagen de un pez que, desde dentro del agua, mira hacia la superficie la carnada que esconde el anzuelo tirado por el pescador. Así como el pez mira la carnada y le parece apetitosa, pero en el momento en que la muerde, se da cuenta de la realidad –no era lo que parecía, al fugaz momento agradable, le sigue el dolor y luego la muerte, porque es sacado fuera de su elemento vital, el agua-, de la misma manera el hombre, al contemplar la tentación que encubre el pecado, le parece apetitoso, pero una vez que lo comete, el breve placer terreno y concupiscible del pecado cede al dolor espiritual y a la muerte espiritual ya que, según la gravedad, su alma queda muerta a la vida de la gracia, si se trata de un pecado mortal.
En la primera tentación, el Demonio, al darse cuenta de que Jesús tiene hambre, le dice a Jesús que le pida a Dios que convierta las piedras en pan, así Él podrá satisfacer su hambre corporal. Pero Jesús le responde que no es el hambre corporal la necesidad básica del hombre, sino el hambre espiritual, que se sacia con la Palabra de Dios: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto nos enseña que, si es importante saciar el hambre corporal por medio de la alimentación, mucho más importante es saciar el hambre espiritual con la Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras y en la Eucaristía. Otra enseñanza es que de nada sirve al hombre satisfacer su apetito corporal, si no satisface su apetito espiritual, que en el caso del hombre solo puede ser satisfecho por Dios; Dios que, para el católico, está en la Palabra de Dios y en la Eucaristía, por cuanto la Eucaristía es la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del Altar. Otra interpretación es que se trata de la tentación de pretender suplantar el primado espiritual de Dios en el hombre, por el primado de los apetitos carnales[1]: Jesús nos enseña a vencer esta tentación con la virtud de la castidad, expresión corporal de la pureza trinitaria del Ser divino.
         En la segunda tentación, el Demonio lleva a Jesús a lo más alto del templo y le dice que se arroje, ya que Dios enviará sus ángeles para que no se haga daño. Jesús le responde: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Se trata de un milagro absurdo, innecesario y, ante todo, su sola petición, es temeraria. La petición de un milagro como este, equivale a un desafío a Dios por parte del hombre, que así invierte los términos, porque no es Dios el que pone a prueba al hombre, como debe ser –Dios tiene derecho a ponernos a prueba en el Amor-, sino que es el hombre el que pone a prueba a Dios. Jesús nos enseña que no debemos ser temerarios y pedir a Dios milagros irracionales, cuando somos nosotros mismos los que, voluntariamente, ponemos en peligro nuestras almas. Dios no tiene obligación de quitarnos los obstáculos –pecados- que libre y voluntariamente ponemos en el camino; si nos los quita, es por misericordia, pero no por obligación-. Equivaldría a que alguien, conduciendo un vehículo en un camino de montaña, repentinamente acelerara a toda velocidad, dirigiéndose al precipicio, pidiendo al mismo tiempo a Dios que detenga el vehículo, haciéndolo además responsable del seguro accidente. Otra interpretación es que se trata de la tentación del éxito y del poder mundano, que se vence con la virtud de la pobreza[2], pero no de cualquier pobreza, sino de la pobreza limpia y casta de la cruz, que rechaza los bienes terrenos porque desea solo los bienes del cielo.
En la tercera y última tentación, el Demonio lleva a Jesús a lo más alto de una montaña, le muestra los reinos de la tierra y le dice que se postre ante él y lo adore, y él le dará todos esos reinos. Jesús le responde: “Sólo a Dios adorarás”. Esto nos enseña que solo debemos postrarnos en adoración ante Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, y que debemos rechazar cualquier adoración que no sea a Dios en la Eucaristía. Cualquier adoración que no sea a Cristo Eucaristía, es idolatría pagana que ofende a la majestad de Dios. También nos enseña Jesús que debemos despreciar el poder, la fama y los bienes terrenos, porque quien apega su corazón a los bienes terrenos, queda atrapado por la trampa del Demonio, que se oculta detrás de estas cosas. No significa que no debamos esforzarnos para adquirir bienes, ni que debamos renunciar al poder o a la fama mundana, si es que accidentalmente sobrevienen, ya que todo eso puede y debe ser puesto a los pies de Jesús; significa que no debemos darle nuestro corazón a los bienes, a la fama y al poder, ya que solo a Dios debemos el amor de adoración y de gratitud, y para nosotros, los católicos, Dios está en Persona en la Eucaristía, y esa es la razón por la cual solo a la Eucaristía debemos adorar. Otra interpretación es que se trata de la tentación de pretender el hombre cumplir su propia voluntad, de forma independiente y autónoma al Querer divino[3][3] –no en vano el primer mandamiento de la Iglesia de Satanás es: “Haz lo que quieras”, como instigación demoníaca al hombre de rebelión contra el plan divino de salvación-, tentación que se vence con la virtud de la obediencia a los legítimos superiores.
Por último, al citar a la Sagrada Escritura para contrarrestar las insidias del Demonio, Jesús nos da ejemplo de cómo en la Palabra de Dios encontramos la sabiduría y la fortaleza divinas más que suficientes para vencer cualquier clase de tentación. Sin embargo, debemos recordar que no podemos caer en el error protestante, de pensar que la Palabra de Dios es sólo la Sagrada Escritura: para nosotros, los católicos, la Palabra de Dios está contenida, además de las Escrituras, en la Sagrada Tradición –los escritos de los Padres de la Iglesia- y en el Magisterio, además de estar contenida, viva, palpitante, en la Eucaristía. Cometeríamos un gravísimo error si, cediendo al error protestante, pensáramos que la Palabra de Dios es solo la Biblia.
“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás”. Dice el Santo Cura de Ars que “seremos tentados hasta el último instante de nuestra vida terrena”, pero esto no nos debe provocar temor de ninguna clase, porque Jesús nos da ejemplo de cómo vencer a la tentación fácilmente y es acudiendo al ayuno, a la oración, a la penitencia y a la Palabra de Dios, que para nosotros, los católicos, está en la Escritura, en la Tradición, en el Magisterio y en la Eucaristía.


[1] Cfr. Cristina SiccardiLa lotta tra Carnevale e Quaresima di Pieter Bruegelhttps://www.corrispondenzaromana.it/la-lotta-carnevale-quaresima-pieter-bruegel/
[2] Cfr. Siccardi, ibidem.
[3] Cfr. Siccardi, ibidem.

viernes, 2 de febrero de 2018

“Antes que amaneciera, Jesús fue a un lugar desierto; allí estuvo orando (…) Jesús curó a muchos enfermos (…) y expulsó a muchos demonios”


(Domingo V - TO - Ciclo B – 2018)

“Jesús fue a orar (…) curó a muchos enfermos (…) y expulsó a muchos demonios” (Mc 1, 29-39). El Evangelio nos revela las actividades de Jesús en su misión pública: Jesús reza, cura enfermos, expulsa demonios. Reza, porque si bien es Dios Hijo, es también Hombre perfecto, y en cuanto tal, se dirige al Padre en la intimidad de la oración para encomendarse a su Padre Dios, para que todo lo que hace sea solo para la mayor gloria de Dios y salvación de las almas. La oración de Jesús es el momento en el que, entrando en comunión íntima y personal con Dios, por medio del Espíritu Santo, obtiene las fuerzas que, en cuanto hombre perfecto, necesita, para combatir a los grandes males que afligen a la humanidad, que son el pecado -la enfermedad y la muerte son consecuencias del pecado original- y la actuación perversa y maligna del Demonio, el Ángel caído que, aunque no lo veamos con los ojos corporales, anda en medio de los hombres, por todo el mundo, buscando hacer caer en la tentación y el pecado, para conducir a las almas a la eterna perdición en el infierno. Esto es lo que significa la expresión de las Escrituras: “(el Demonio) ronda como un león, buscando a quién devorar”. Jesús reza también para “sanar enfermos”, desde el momento en que la enfermedad, cualquiera que esta sea, es consecuencia del pecado original, que quita al hombre los dones preternaturales y a partir del cual el ser humano comienza con la enfermedad, el dolor y la muerte. Esto es lo que el Evangelio nos dice: “Antes que amaneciera, Jesús fue a un lugar desierto; allí estuvo orando (…) Jesús curó a muchos enfermos (…) y expulsó a muchos demonios”.  
Sin embargo, al escuchar este Evangelio, podríamos estar tentados de confundir la misión de Jesús y pensar que Jesús ha venido a este mundo para “curar enfermos y expulsar demonios”, pero ese no es el fin de la misión de Jesucristo y Él mismo lo dice con sus propias palabras: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. Es decir, Jesús sale a misionar, pero no para simplemente curar enfermos y expulsar demonios, ya que esos prodigios son solo el prolegómeno de su misión principal y exclusiva, que es la de “predicar”, es decir, la de “anunciar que el Reino de Dios está cerca”, que es necesaria la “conversión del corazón” para poder acceder a ese Reino, un Reino que no es humano, ni temporal, ni visible, ni está en lugar alguno, sino que es un Reino celestial, eterno, que está en el Cielo y no en la tierra; un Reino que nos espera en la eternidad, aunque para aquél que lo reciba en esta tierra, comience desde ahora, desde esta vida terrena.
Cometen un grandísimo error quienes piensan que la misión de la Iglesia, que es continuación de la misión de Jesucristo y de sus Apóstoles, la Iglesia primitiva, consiste en terminar con la pobreza, el hambre, la desigualdad, la injusticia que los hombres cometen entre sí. La misión de la Iglesia no es de orden social, ni su objetivo principal –ni tampoco secundario- es acabar con la pobreza en el mundo. La misión de la Iglesia es anunciar que Jesús, el Hombre-Dios, que está en la Eucaristía, está en medio de nosotros y que ha venido a este mundo, no para hacer de este mundo un mundo mejor, sino para pedirnos que nos convirtamos a su Amor, que es el Amor de Dios, lo cual implica el rechazo del pecado en todas sus formas –la superstición, la creencia de sectas, en iglesias que no son las católicas; la confianza en el dinero; el pensar que esta vida terrena es la única; el no querer cambiar el corazón, inclinado al mal por el pecado, etc.- y el abrazar la vida de la gracia, la vida de los hijos adoptivos de Dios, gracia que nos viene por los sacramentos y que nos hace vivir, ya en la tierra, en este “valle de lágrimas”, con la vista puesta en la eterna bienaventuranza.
“Jesús fue a orar (…) curó a muchos enfermos (…) y expulsó a muchos demonios”. Curar enfermos y expulsar demonios no son el objetivo de Jesús, sino los prolegómenos para anunciarnos que la verdadera vida, la vida eterna, nos espera al finalizar esta vida terrena, pero que también esta vida eterna podemos ya empezarla a vivir desde esta vida terrena, siempre y cuando rechacemos el pecado y vivamos en estado de gracia. Para anunciarnos esta maravillosa verdad, la de la vida eterna que nos espera al final de esta vida terrena, es que la Iglesia misiona, pidiendo a los hijos adoptivos de Dios que se aparten del pecado y que se preparen para el Reino de los cielos, que está más cerca de lo que podemos pensar o imaginar. De hecho, cada día que pasa, es un día menos que nos separa del inicio del Reino de los cielos en la bienaventuranza.
Pero hay algo más que la Iglesia pide a los hijos adoptivos de Dios, y es que se unan al Cordero de Dios en su sacrificio redentor, para ser, en Él, por Él y con Él, salvadores y co-rredentores de la humanidad, y el lugar óptimo para esta unión con Jesús es la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz. Para eso estamos en esta vida terrena: para unirnos al Redentor en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y así convertirnos en corredentores de nuestros hermanos.