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domingo, 15 de junio de 2014

“No hagan frente al que les hace mal”


“No hagan frente al que les hace mal” (Mt 5, 38-42). El consejo de Jesús de cómo actuar frente a los enemigos, podría mal interpretarse en el sentido de un pacifismo a ultranza, como una especie de “irenismo”, un pretender hacer las paces a toda costa, aun al precio de dejar en el camino la verdad y la justicia. No es ese el sentido en el que lo dice Jesús y jamás lo puede ser, porque la renuncia a la Verdad y a la Justicia, en vez de traer paz, solo trae injusticia y con la injusticia, discordia.
Jesús pide que sus discípulos no hagan frente a quien les hace el mal, porque el mal ha sido ya vencido por Él desde la cruz; aun más, el mal ha sido vencido desde siempre, desde la eternidad, porque el mal jamás puede prevalecer sobre el bien. El mal es suma imperfección, es carencia absoluta de bien; es sinónimo de oscuridad, de tinieblas, de fealdad, de error, de ignorancia y, en última instancia, y lo más grave de todo, es sinónimo de ausencia de Dios. Es en esto último en lo que radica la peligrosidad de responder al mal con mal: en que si un cristiano responde con mal a quien le hace mal, está indicando que en él está ausente Dios, que es Sumo Bien, con lo cual contradice su condición de cristiano.

“No hagan frente al que les hace mal”. Como cristianos, Jesús nos pide que no hagamos frente a quienes nos hace mal, con el mal, pero sí nos pide que les hagamos frente con la cruz, con el crucifijo, es decir, con el Bien Absoluto, con el Bien Perfecto, con el Bien Infinito, que es Él, materializado y crucificado, que desde la cruz, ha derrotado y vencido para siempre al mal y a todo lo que el mal representa: las tinieblas, la oscuridad, el error, el Mal absoluto y personificado en el Ángel caído.

sábado, 8 de febrero de 2014

“Ustedes son la luz del mundo..."


(Domingo V - TO - Ciclo A – 2014)
         “Ustedes son la luz del mundo (…) una lámpara no se enciende para ocultarla, sino para que alumbre (…) los hombres deben ver brillar la luz que hay en ustedes, con sus buenas obras, para que glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5, 13-16). Nuestro Señor plantea la lucha entre el Bien y el Mal en términos de luz y oscuridad: los cristianos forman parte de la luz, participan de la luz, porque Dios Padre les ha hecho partícipes de su luz al comunicarles la gracia divina de la filiación en el bautismo sacramental; es a esta luz a la que Jesús se refiere cuando dice que “no se enciende una lámpara para esconderla bajo un cajón”, porque es Dios Padre quien ha encendido al alma con la luz divina de la gracia en el momento del bautismo. Para graficar esta lucha, Jesús utiliza la figura de un hombre que enciende una luz en una lámpara: si la enciende, es obvio que no se la enciende para esconderla debajo de una mesa o para ponerla dentro de un cajón; si alguien enciende una lámpara, es porque la casa se encuentra en tinieblas y es necesaria la luz y esa luz debe colocarse en lo alto para que disipe las tinieblas, de otro modo, es inútil. Ese hombre que en la figura del Evangelio enciende la luz de la lámpara es en la realidad sobrenatural de la eternidad de los cielos, Dios Uno y Trino, porque Dios Trino es luz y luz eterna, indefectible, celestial, sobrenatural; Dios es luz que vence a las tinieblas, a los ángeles caídos, que son tinieblas vivientes, y Dios, que es luz eterna y viviente, comunica de esa luz por medio del bautismo sacramental, a las almas, convirtiéndolas de meras creaturas en hijos adoptivos suyos, reviviendo así en cada bautismo sacramental la escena del Jordán, dirigiendo a cada niño que se bautiza las mismas palabras que le dirigió a su Hijo Jesús: “Este es mi hijo muy amado”. Pero esta luz de gracia, la gracia de la filiación, que Dios Padre enciende en el bautismo sacramental, debe ser desplegada voluntaria y libremente porque el hombre es un ser libre ya que en esto consiste la “imagen y semejanza” con la que fue creado (cfr. Gn 1, 26), y este despliegue libre y voluntario de la gracia, se verifica por medio de las obras buenas, que son las que iluminan y disipan las tinieblas.
         La gracia del bautismo es luz, porque es participación de la Gracia Increada, es decir, es participación de Dios, que es Luz en sí mismo, pero si esa luz, esa gracia, no se pone por obra, no ilumina, y así las tinieblas no se disipan, permanecen como tinieblas. Cuando un católico no da testimonio de su catolicismo, el mundo, que “yace en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 2, 6-7) sigue yaciendo en tinieblas y en sombras de muerte”. Si un niño que asiste a un colegio católico miente y roba y maltrata a sus padres, sin propósito de enmienda, es una lámpara que se oculta bajo la mesa, no alumbra y no ilumina; si los novios católicos no conservan la castidad, no alumbran, no dan testimonio, no alumbran; si los padres católicos no rezan ni asisten a Misa, no alumbran a sus hijos y si no evitan la discordia entre sí, no alumbran; si un sacerdote católico está a favor de la anti-natura, no alumbra; si una universidad católica no predica el Magisterio eclesiástico, no alumbra; si un colegio católico se relaja en la moral católica, no alumbra; si un medio de información católico no transmite información católica, no alumbra, y así sucede con todo lo demás.

“Ustedes son la luz del mundo (…) una lámpara no se enciende para ocultarla, sino para que alumbre (…) los hombres deben ver brillar la luz que hay en ustedes, con sus buenas obras, para que glorifiquen al Padre que está en el cielo”. Si el mundo de hoy está inmerso en la más profunda de las tinieblas, es porque los cristianos no alumbramos como deberíamos. Es hora de que obremos las obras de misericordia, corporales y espirituales, las que nos prescribe la Iglesia, para que los hombres vean la luz que Dios ha puesto en nuestras almas el día de nuestro bautismo, y así glorifiquen al Padre que está en los cielos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La Verdad os hará libres; el pecado os hará esclavos



“La Verdad os hará libres; el pecado os hará esclavos” (cfr. Jn 8, 31-42). No se trata de un juego de palabras, sino de una realidad ontológica. La Verdad libera al hombre porque el hombre ha sido hecho para conocer la verdad con su inteligencia y para amar al bien con su voluntad, y en esto encontrar su felicidad. Como en el Ser divino se identifican la Verdad Absoluta, el Bien infinito y la felicidad suprema, el hombre encuentra su máxima felicidad en el conocimiento y amor de este Ser divino, y debido a que el orden natural es un reflejo de la sabiduría y del amor divinos, el hombre encuentra su libertad y su felicidad en el conocimiento y amor de ese orden natural, expresado en los Mandamientos.
Cuando Dios le dice al hombre: “Ama a Dios y a tu prójimo”, y cuando le dice: “No matarás”, “No robarás”, “No cometerás adulterio”, etc., le está indicando, tanto por la vía positiva, como por la vía negativa, el camino a la felicidad. Si el hombre sigue el consejo, o más bien, el mandato divino, será libre, porque será máximamente feliz, ya que fue creado para el conocer la Verdad y amar el Bien, que es la finalidad que persiguen los Mandamientos.
Pero cuando el hombre, dando rienda suelta al misterio de iniquidad que anida en su corazón, producto de su participación en la rebelión demoníaca en los cielos, deja de lado a Dios y piensa, desea, actúa, como si Dios no existiera, entonces comienza a vivir el camino que lo conduce a la esclavitud del error y de la ignorancia.
Homomonio, divorcio exprés, adopción homosexual, fertilización asistida, alquiler de vientres, aunque sean presentadas como logros del progreso humano, constituyen gravísimas violaciones al ordenamiento divino, en donde se encuentran ausentes la Verdad y el Bien, y por lo tanto, la felicidad. Al intentar construir una sociedad sin Dios, el hombre se vuelve esclavo del error, de la ignorancia y del mal, y se dirige a un abismo irreversible de maldad, de tristeza, de dolor y de amargura.