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lunes, 2 de octubre de 2023

“¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para acabar con ellos?”

 


“¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para acabar con ellos?” (Lc 9, 51-56). Esta frase de los discípulos de Jesús nos revela varios datos interesantes. Por un lado, revela que, a los discípulos más estrechos de Jesús, les ha sido concedida la participación en los poderes divinos de Jesús; es decir, Jesús, siendo Dios, tiene poder sobre la naturaleza y sobre todo lo creado, como por ejemplo, el hacer caer “fuego del cielo”, literalmente, tal como sucedió en Sodoma y Gomorra y es este poder divino del cual los discípulos son hechos partícipes.

Por otro lado, revela que los discípulos de Jesús, si bien son conscientes del poder divino que han recibido de parte de Jesús, no han comprendido sin embargo el mandato de Jesús en relación a los enemigos: Jesús ha venido no solo para abolir la ley del Talión que prescribía el devolver la misma cantidad de daño recibida por el enemigo: “Ojo por ojo y diente por diente”, sino para instaurar una nueva ley, basada en la caridad o amor sobrenatural al prójimo por amor a Dios: “Amen a sus enemigos”. Los discípulos de Jesús no han entendido o no han asimilado esta nueva ley de la caridad de Nuestro Señor Jesucristo y por eso es que piden permiso a Jesús para aniquilar a sus enemigos –en este caso, los samaritanos-, haciendo caer fuego del cielo sobre ellos.

La respuesta de Jesús esclarece la situación: “Ustedes no saben a qué espíritu pertenecen” y es precisamente eso, el hecho de ya no pertenecer al espíritu de la venganza humana, del rencor, de la enemistad para con el enemigo. Los discípulos ahora pertenecen al Espíritu de Dios, el Espíritu del Divino Amor, que une en el Amor Eterno al Padre y al Hijo.

Por último, Jesús sí quiere enviar otro fuego, pero es un fuego distinto al fuego destructor de la tierra; es un fuego que no destruye ni calcina aquello que alcanza, porque es un fuego que no quema los cuerpos, sino que enciende las almas en el Amor de Dios y este Fuego Santo es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Es el Fuego que Jesús, ya resucitado y glorificado, enviará junto al Padre a la Iglesia, en Pentecostés; es el Fuego que concederá el Amor Divino a los integrantes de la Iglesia Católica y hará que se asombren quienes lo puedan comprobar: “Mirad cómo se aman”.

“¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para acabar con ellos?”. Nuestro Señor Jesucristo quiere que toda la humanidad se encienda en  el Fuego del Divino Amor y para ello envía, a lo más profundo del ser de quien lo reciba sacramentalmente, el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.

lunes, 11 de noviembre de 2019

“Como sucedió en tiempos de Noé y de Lot así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre”




“Como sucedió en tiempos de Noé y de Lot así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre” (Lc 17, 26-37). Al profetizar acerca de su Segunda Venida, para graficarla, Jesús toma como ejemplo dos hechos bíblicos, ocurridos en el tiempo: lo sucedido en tiempos de Noé y lo sucedido en tiempos de Lot. Ambos tiempos –previos al Diluvio universal y a la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra- se caracterizaron por el absoluto alejamiento de la humanidad de Dios y por la completa y totalmente ausente vida tanto espiritual como moral. En ambos tiempos, se caracterizaban porque los hombres vivían “como si Dios no existiese”, olvidándose por completo de Él y de su ley y abandonándose al más completo libertinaje. Por otra parte, como consecuencia del olvido de Dios, todos vivían sus vidas con total despreocupación, desarrollando la vida cotidiana como todos los días, como si no existiesen ni el Juicio de Dios ni Dios mismo. Es decir, todos comían, bebían, se casaban, comerciaban, construían, pero sin pensar en Dios. Habían construido una sociedad sin Dios y una sociedad sin Dios es una sociedad no sólo inmoral sino amoral, caracterizada por la ausencia total de valores morales y religiosos. En tiempos de Noé y de Lot, todos vivían despreocupados de Dios y su ley, hasta que llegó el diluvio en épocas de Noé y hasta que llovió fuego y azufre para las ciudades de Sodoma y Gomorra. En ambos casos, el agua y el fuego destruyeron todo, menos a los elegidos.
“Como sucedió en tiempos de Noé y de Lot así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre”. Jesús nos advierte que, cuando Él se manifiesta por Segunda Vez, la situación de la humanidad será similar a la de los tiempos de Noé y de Lot: habrá una total relajación de las normas morales y habrá una total ausencia de espiritualidad, es decir, de unión del hombre con Dios. Esto ya lo estamos viviendo, con los movimientos que pertenecen a la denominada “cultura de la muerte” y que ganan terreno día a día: se promueve el aborto a escala planetaria, por un lado y, por otro, si Sodoma y Gomorra eran ciudades aisladas en la Antigüedad, hoy podemos decir que todo el planeta se ha convertido en una inmensa Sodoma y Gomorra, porque gracias a los medios de comunicación masivos, las costumbres inmorales se han dispersado por el mundo entero, llegando hasta los más recónditos lugares de la tierra. Podemos decir incluso que hoy, estamos en peor situación, desde el punto de vista moral y espiritual, que en tiempos de Noé y de Lot.
“Como sucedió en tiempos de Noé y de Lot así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre”. Así como Dios purificó al mundo por el agua del Diluvio universal y por el fuego que cayó sobre las ciudades inmorales de Sodoma y Gomorra, así también Jesús purificará, con el Agua de la gracia y con el Fuego del Espíritu Santo, al mundo, antes de su Venida. Si permanecemos unidos a Él por la fe, la gracia, los sacramentos, la misericordia y la justicia, entonces significará que estaremos preparados para su Segunda Venida y que nada habremos de temer.

viernes, 13 de noviembre de 2015

El Día en que se manifieste el Hijo del hombre será como en Sodoma y Gomorra


         Jesús habla acerca de su Segunda Venida, su Venida en la gloria, y describe cómo será el mundo en ese entonces: será como en los tiempos de Noé y también como en los tiempos de Lot en Sodoma, todo aparentará ser normal: con la gente “comprando y vendiendo”, “casándose”, “comiendo y bebiendo”, “plantando y edificando”, es decir, llevando una vida despreocupada y del todo “normal”. Pero un momento determinado, todo cambiará repentinamente y sin que nadie se lo espere, sobrevendrá repentinamente un castigo universal que, a juzgar por la cantidad de los que son llevados y la cantidad de los que son dejados –uno y uno: de dos que estén en el lecho, uno será dejado y el otro llevado-, afectará a por lo menos la mitad de la humanidad. La referencia a Noé y Lot significa que, cuando Jesús llegue, el mundo estará tanto o más corrupto que cuando sucedieron el Diluvio y la lluvia de fuego.
La llegada de Jesús será repentina, fulminante, como un rayo que atraviesa el cielo: “Porque así como el relámpago sale del oriente y resplandece hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre (Mt 24, 27)”; vendrá “como un ladrón” (Mt 24, 44) que ingresa en la casa del dueño cuando este menos se lo espera. Para esta Segunda Venida en la gloria, debemos estar preparados, vigilantes, como el siervo que espera el regreso de su amo en medio de la noche: vestidos, es decir, en estado de gracia; ceñida la cintura, la vida casta; con las lámparas encendidas, la luz de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo.
Por último, Jesús da una señal para que estemos prevenidos, acerca de dónde sucederá la Segunda Venida: “donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. El cadáver, algo que está muerto, sin vida, es el Anticristo, un hombre poseído por Satanás y discípulo directo suyo; los buitres, las aves que se alimentan de carroña, son los hombres que siguen al Anticristo y se alimentan de sus mentiras, de sus blasfemias, de sus sacrilegios. Jesús se dirigirá directamente hacia donde se encuentre el cadáver rodeado de buitres, es decir, el Anticristo rodeado por los hombres destinados a la eterna perdición.
Nadie sabe cuándo sucederá, sólo Dios; mientras tanto, el cristiano debe esperar a Cristo en su encuentro personal, es decir, en la hora de la muerte, porque allí será conducido ante su Presencia para recibir el Juicio Particular y la retribución –cielo o infierno- que mereció por sus obras hechas libremente.

“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. Si los buitres, es decir, los hombres seguidores del Anticristo, están junto al cadáver, el Anticristo, entonces los cristianos, representados en las águilas, por la majestuosidad de esta ave que simboliza la gracia, deben estar donde está Cristo con su Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía: “Donde esté el Cuerpo de Jesús resucitado, allí estarán las águilas”. Por eso es que no hay otro lugar mejor para esperar la Segunda Venida de Jesús que estar delante del sagrario, adorando a Jesús Eucaristía.

miércoles, 9 de julio de 2014

“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades”


“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos a predicar el Evangelio, que es un Evangelio de paz y por eso mismo sorprende la dureza del castigo que recibirán, en el Día del Juicio Final, todos aquellos que se nieguen a recibir a los enviados por Jesucristo: “las ciudades de Sodoma y Gomorra”, dice Jesús, “serán tratadas menos rigurosamente” que aquellos que cerraron sus oídos a los enviados por Él: “si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras”.
La razón es que quien se niega a escuchar a Dios Uno y Trino, de quien emana la verdadera y única paz, elige, libremente, la ausencia de paz, y esto es lo que sucede en el Infierno, en donde los condenados no tienen ni un solo segundo de paz, por toda la eternidad.

“Si no los quieren recibir, ni escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esa ciudad”. Debemos estar muy atentos a no despreciar a nuestro prójimo, cuando nuestro prójimo nos habla en nombre de Dios, o cuando nuestro prójimo requiere de nosotros una obra de misericordia; si no recibimos a nuestro prójimo, si no queremos escucharlo, si no queremos obrar la misericordia para con él, con toda probabilidad, estaremos sellando nuestra condenación, y en el Día del Juicio Final sabremos cuál fue la palabra que no quisimos escuchar y la obra de misericordia que no quisimos obrar, y que nos hubieran salvado, pero entonces será tarde. Es por eso que hay que aprovechar el tiempo, obrando la misericordia siempre y en todo momento, mientras hay tiempo.

lunes, 11 de julio de 2011

Si un pagano hubiera recibido la Eucaristía, se habría convertido

Sodoma y Gomorra son figura
de paganos que se habrían convertido
si hubieran recibido milagros.
El cristiano que vive según el mundo,
recibirá menos misericordia
que estas ciudades mundanas.


“Si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que hice en ti, se habrían convertido” (cfr. Mt 11, 20-24). Jesús se lamenta por las ciudades como Cafarnaúm, que han recibido su Presencia y su misericordia, porque Él ha obrado milagros portentosos, pero aún así no se han convertido.

Jesús se queja de estas ciudades, a las que podría llamarse “religiosas”, porque no han vestido “sayal” ni han esparcido “cenizas sobre sus cabezas”, en señal de arrepentimiento y de conversión, y por lo tanto, han seguido en su maldad. Aparentando ser buenas, estas ciudades han demostrado una maldad superior a las ciudades consideradas “malas”, porque si en estas –Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra, todas ciudades paganas- se hubieran hecho los milagros que se hicieron en Cafarnaúm, en Corozaím y en Betsaida, se habrían convertido, con lo cual demuestran, en realidad, que estaban dispuestas a convertirse de su mal proceder, de haber recibido la advertencia.

Estas ciudades –Corozaím, Betsaida, Cafarnaúm, por un lado, y Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra por otro- son figuras de los bautizados y de los paganos respectivamente.

Es decir, son figura de aquellos que han recibido el don de la filiación divina en el bautismo, pero se comportan en sus vidas como si no hubieran recibido nada, mientras que las ciudades paganas y mundanas son figura de muchos paganos que, de haber conocido a Jesucristo, se habrían convertido en grandes santos.

Con toda seguridad, siguiendo la intención de las palabras de Jesús, muchos de estos paganos, habiendo asistido una sola vez a Misa, y habiendo comulgado una sola vez, habrían alcanzado grandes cimas de santidad, porque habrían alcanzado la conversión del corazón.

No podemos decir, como bautizados, que no se han hecho en nosotros grandes milagros, pues hemos recibido, además del don de ser hijos de Dios, el Cuerpo sacramentado de Jesús resucitado, y si nos comportamos como si no hubiéramos recibido estos grandes milagros, entonces en el Día del Juicio, los paganos, y aquellos considerados “malos” a los ojos de la sociedad, recibirán más misericordia que nosotros.

jueves, 7 de julio de 2011

Quien persevere hasta el fin se salvará

Sólo en la Consagración
al Inmaculado Corazón de María
estarán las almas a salvo
de la inmensa corrupción
de cuerpo y espíritu
que se ha abatido
sobre el mundo entero.


“Quien persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10, 16-23). Jesús habla de la persecución que habrá de sufrir la Iglesia naciente por parte de los judíos, ya que menciona a la sinagoga, pero habla también de la última persecución, la que sufrirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

“Quien persevere hasta el fin se salvará”. ¿Por qué la advertencia de Jesús?

Porque antes de la persecución cruenta, final, habrá otra persecución, incruenta, orquestada y dirigida por los medios masivos de comunicación, tendientes a hacer desaparecer del horizonte de la humanidad hasta la idea de Dios y a corromper el alma y el cuerpo de los hombres. De esta manera, a medida que se acerque el fin, la presencia e influencia del infierno y de sus agentes se hará sentir cada vez más intensamente, al punto tal que no parecerá no haber nada sin corrupción, y tal será la situación, que si Dios no acortase los tiempos, se contaminarían con el mal hasta los elegidos.

¿Estamos viviendo esos tiempos? Sólo tres signos, de entre muchos, parecieran inclinarnos a responder afirmativamente.

Un signo es el intento de convertir, mediante la ideología del género, a todo el mundo en un inmenso Sodoma y Gomorra, por medio de las leyes de educación sexual y por la legalización del homomonio. Dentro de poco, de seguir la tendencia actual, no quedará nadie, ni siquiera los niños, puesto que se enseña esto desde el jardín de infantes, sin aceptar la liberalización total de la sexualidad humana.

El otro signo es el aparente triunfo de la “cultura de la muerte”, que busca eliminar a la vida humana en sus extremos, en la concepción y en la vejez, por medio de la legalización del aborto y la eutanasia.

El tercer signo se da dentro de la Iglesia Católica, y es la negación de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Dice Ana Catalina Emmerich: “Vi a la nueva iglesia, la cual (los apóstatas) estaban tratando de construir. No había nada sagrado en ella... La gente estaba amasando el pan en la cripta de abajo... pero no recibían el Cuerpo del Señor, sino solo pan. Los que estaban en el error, pero sin culpa propia, y que piadosamente y ardientemente deseaban recibir el Cuerpo de Jesús, eran consolados espiritualmente, pero no a causa de su comunión. Entonces, mi Guía (Jesús) dijo: “Esto es Babel”.

La consideración, aunque sea ligera, de nuestros tiempos, nos lleva a recordar las palabras del Apocalipsis: “Fuera los perros, los hechiceros, los fornicadores, los asesinos, los idólatras, y todo el que ama la mentira” (22, 15).

Pero el Apocalipsis también describe a aquellos que perseveraron hasta el fin, que no se dejaron contaminar por la idolatría a la Bestia: “Estos son los que vencieron a la bestia y al Dragón con la Sangre del Cordero, y por el testimonio que dieron” (cfr. 15, 2. 12, 11).

“Quien persevere hasta el fin se salvará”. Sólo por medio de la Consagración al Inmaculado Corazón de María Santísima podrán los hombres salvarse, porque sólo ahí se estará al abrigo de la corrupción del alma y del cuerpo que ya inunda al mundo entero.