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miércoles, 18 de diciembre de 2019

“José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”


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(Domingo IV - TA - Ciclo C - 2019 – 2020)

         “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1, 18-24). El Evangelio nos relata, en una sola frase, el origen celestial y divino del Niño que está concebido en el seno purísimo de María: viene del cielo, porque ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. El Niño que ha sido concebido no es otro que el Hijo de Dios, el Verbo Eterno del Padre, que procede eternamente del Padre. El Niño concebido en el seno purísimo de la Virgen María no proviene de hombre alguno: si bien nace en el tiempo y su humanidad es creada por obra del Espíritu Santo, también su origen es eterno y por obra del Espíritu Santo es que es concebido en el seno de María Santísima. El Evangelio nos revela así la doble naturaleza de Jesús, una naturaleza humana, por eso es concebido en el seno de María y nace en el tiempo, y una naturaleza divina, porque es engendrado en el seno del eterno del Padre desde toda la eternidad.
         Éste es el secreto de la Navidad: el Niño que nace en Belén no es un niño humano; no es un niño santo, ni siquiera el más santo de todos los niños santos: el Niño que nace en Belén es el Niño Dios, es Dios que sin dejar de ser Dios, se hace Niño, para que nosotros, siendo niños por la gracia, nos hagamos Dios por participación.
         Al contemplar el Pesebre de Belén, debemos recordar el Evangelio y las palabras del Ángel dichas a San José: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Si fuera de otra manera, si el Niño fuera obra de una concepción humana, podría llegar a ser santo y un gran santo, pero de ninguna manera sería el Redentor de la humanidad, el Salvador de los hombres, el Vencedor Invicto del Pecado, del Demonio y de la Muerte. Pero el Niño que es concebido en María por obra del Espíritu Santo, el Niño que nace en Belén, es Dios Hijo encarnado, que ha venido a este mundo de lágrimas, de oscuridad y de tinieblas de muerte, para iluminarnos con la luz de su gloria, para disipar las tinieblas de muerte en las que estamos inmersos sin darnos cuenta, para derrotar a nuestros tres grandes enemigos, el Demonio, el Pecado y la Muerte; ha venido para darnos su gracia y adoptarnos como hijos de Dios, para llevarnos al cielo y hacernos herederos del Reino de Dios; ha venido, en fin, para donársenos como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, en la Eucaristía, para que nos alimentemos con su substancia divina, para que nos alimentemos con el manjar de los ángeles en el tiempo que nos queda de vida terrena, para que luego sigamos adorándolo en la gloria del Reino de Dios.
         El Niño que nace en Belén para Navidad es el fin de nuestras vidas, es al alegría de nuestros corazones, es la esperanza que tenemos para salir de esta vida de tinieblas y llegar al Reino de la luz. Y hasta que eso suceda, el Niño de Belén, el mismo Niño que nace en Belén, Casa de Pan, se nos entrega en cada Eucaristía, para que su gloria, su alegría y su vida divina sean nuestras, en el tiempo y en la eternidad.

“Concebirás por obra del Espíritu Santo y darás a luz un hijo”


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“Concebirás por obra del Espíritu Santo y darás a luz un hijo” (Lc 1, 26-38). El Evangelio de la Anunciación del Ángel a la Virgen nos da el verdadero espíritu de Navidad: el fruto del vientre de María, Aquel a quien esperamos para Navidad, no es obra de hombre alguno, sino de Dios: “Concebirás por obra del Espíritu Santo y darás a luz un hijo”. El Niño concebido en el seno purísimo y virginal de María no es un niño santo, ni siquiera el más santo entre todos los santos: es Dios Tres Veces Santo, por quien todo lo santo es santo. El Niño concebido en el seno de María Santísima es el Hijo de Dios, el Verbo Eterno del Padre, engendrado en su seno desde la eternidad, que ahora se encarna para después nacer en Navidad y entregarse como Pan Vivo bajado del cielo.
Cuando contemplemos al Niño de Belén, cuando contemplemos el pesebre, no debemos ver en él una figura costumbrista de la época; el pesebre no refleja cómo era el nacimiento de un niño hebreo pobre en Palestina en tiempos de Herodes: el pesebre refleja el nacimiento, en el tiempo –nacimiento milagroso- del Hijo de Dios hecho carne, encarnado y nacido en el tiempo para redimir a toda la humanidad. Cuando contemplemos el pesebre, recordemos las palabras del Ángel pronunciadas a la Virgen -“Concebirás por obra del Espíritu Santo y darás a luz un hijo”- y entonces nos postremos de rodillas ante el Niño de Belén, porque no es un niño más, sino Dios hecho Niño; es Dios que se nos manifiesta no en el esplendor de su majestad invisible, sino en el esplendor de su majestad y gloria que son visibles bajo la forma de un niño humano.
Cuando contemplemos el pesebre, recordemos las palabras del Ángel pronunciadas a María, recordemos que el Niño de Belén es Dios Hijo encarnado y recordemos también que ese mismo Niño es el que, prolongando su Encarnación en la Eucaristía, se nos brinda todo Sí mismo como Pan de Vida eterna, como Pan Vivo bajado del cielo. Cuando contemplemos el pesebre, recordemos las palabras del ángel pronunciadas a la Virgen y no dudemos en acercarnos a Dios Niño, que viene a nosotros como Niño, para que no tengamos excusas de acercarnos a Él, ya que nadie tiene miedo de acercarse y tomar entre sus brazos a un niño recién nacido. Cuando contemplemos el pesebre, recordemos las palabras del Ángel y, postrados de rodillas, abracemos a Dios que se hace Niño por nuestra salvación.

lunes, 4 de noviembre de 2019

“Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”




“Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz” (Lc 16,1-8). Esta parábola debe leerse con atención, porque si no se pueden sacar conclusiones apresuradas y erróneas. Ante todo, tanto el dueño de la parábola como el administrador deshonesto, son “hijos de este mundo”, es decir, hijos de las tinieblas, por cuanto de ninguna manera se puede hacer ninguna transposición entre el dueño y Dios Padre, que es Dios Perfectísimo y de Bondad infinita. Lo que hay que tener en cuenta es que el dueño de la parábola –y no Nuestro Señor Jesucristo- alaba el proceder astuto del administrador infiel, pero no aprueba su deshonestidad. Es decir, ni en la parábola ni mucho menos Jesús, aprueban la deshonestidad del administrador infiel, sino que se ensalza su proceder astuto, sagaz, con el cual el administrador infiel pretende ganarse amigos para cuando quede en la calle.
“Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”. ¿Qué nos enseña la parábola? Ante todo, tenemos que vernos en la figura del administrador, pues también nosotros somos administradores de los bienes de Dios y por lo tanto debemos administrar estos bienes para que, cuando sea la hora de nuestra muerte –que sería el momento en el que administrador de la parábola queda despedido-, no nos veamos desamparados ante el Juicio de Dios. Si hacemos uso correcto de los bienes materiales y espirituales que Dios nos ha dado –por ejemplo, si los compartimos con los más necesitados-, entonces nos ganaremos el favor, no sólo de aquellos a quienes auxiliamos, sino que obtendremos el favor de nada menos que de una Gran Abogada, la Santísima Virgen María, Nuestra Madre del cielo, que intercederá por nosotros en el momento del Juicio Particular, para que el destino nuestro final no sea la eterna condenación, sino el cielo o el purgatorio.
“Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”. Aprendamos del administrador infiel, no en su pecado, que es el robo, sino en su astucia, en el saber obrar para hacerse amigos que luego lo puedan ayudar; obremos la misericordia espiritual y corporal y así obtendremos almas que intercedan por nosotros cuando lo necesitemos –sobre todo en el Juicio Particular- y, sobre todo, obtendremos el favor de la Abogada de los pobres, María Santísima.

viernes, 22 de septiembre de 2017

“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres”


“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres” (Lc 8, 1-3). Comentando este Evangelio, el Papa Juan Pablo II[1] afirmaba lo siguiente: “En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres en las que se expresaba con fuerza la respuesta de la Iglesia-Esposa al amor redentor de Cristo-Esposo”. Desde un primer momento, el Santo Padre Juan Pablo II nos advierte contra el gran peligro que existe en este tema, y es el del reduccionismo ideológico de corte feminista-marxista; en vez de eso, Juan Pablo II da la correcta clave de lectura del papel de las mujeres en la Iglesia, y es el de ser partes o miembros vivientes de la Iglesia-Esposa de Cristo-Esposo. La clave de lectura del papel de la mujer es la de ser miembros de la Esposa del Cordero, la Iglesia y por lo tanto, de amar a Cristo con amor esponsal, al mismo tiempo que se toma a la Iglesia-María como modelo de mujer.
 Luego el Santo Padre enfatiza el importante papel que desempeñan las mujeres, pero siempre precedido por la oración, que es el medio por el cual el alma se une a Dios y Dios se manifiesta con su Espíritu, sea a través de sus hijos, como de sus hijas, las mujeres: “En primer lugar están aquella que personalmente habían encontrado a Cristo, que lo habían seguido y que, después de su partida, “perseveraban unánimes en la oración” (Hch 1, 14) con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por “los hijos y las hijas” del pueblo de Dios (cfr. Hch 2, 17; Jl 3,1) Estas mujeres, y otras en el transcurso del tiempo, han tenido un papel activo e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la construcción, desde sus fundamentos, de la primera comunidad cristiana y de las comunidades posteriores, gracias a sus carismas y a sus múltiples maneras de servir”.
Para el Papa Juan Pablo II, la mujer cumple un rol esencial no solo en el apostolado de la Iglesia universal sino también, junto con el esposo, en la configuración del hogar cristiano como “Iglesia doméstica” y en la transmisión de la fe a los hijos: “El apóstol Pablo habla de sus “fatigas” por Cristo en los diversos terrenos del servicio apostólico en la Iglesia, comenzando por “la Iglesia doméstica”. En efecto, la “fe sin rebajas” pasa por la madre a los hijos y nietos, como ocurrió en casa de Timoteo (cfr. 2 Tim 1, 5)”.
La mujer debe mantenerse “fiel al Evangelio” –y no adherir a ideologías anti-cristianas, como el feminismo de izquierda-, tal como lo hicieron las santas mujeres a lo largo de la historia de la Iglesia, y así la Iglesia se muestra agradecida con estas sus hijas, que con diversos dones, enriquecieron el tesoro espiritual, transmitiendo la fe de modo íntegro, en respeto a la tradición: “Esto mismo se renueva durante el correr de los siglos, de generación en generación, como lo muestra la historia de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación, ha manifestado su gratitud hacia ellas, las que, fieles al evangelio, han participado en todos los tiempos en la misión apostólica de todo el pueblo de Dios y las ha honrado. Santas mártires, santas vírgenes, madres de familia, han dado testimonio de su fe con valentía y también, por la educación de sus hijos en el espíritu del evangelio. Han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia... Incluso, enfrentándose a graves discriminaciones sociales, las santas mujeres han obrado con libertad, fuertes por su unión con Cristo”.
No solo en el pasado, sino también en el presente, la Iglesia continúa enriqueciéndose con el testimonio cristiano de mujeres que viven la santidad -y no la ideologización- de la fe y de su rol en la Iglesia, rol que es esencialmente el seguimiento y la imitación de Cristo Dios: “En nuestros días, la Iglesia no cesa de enriquecerse gracias al testimonio de numerosas mujeres que viven generosamente su vocación a la santidad. Las santas mujeres son una encarnación del ideal femenino: pero, también son un modelo para todos los cristianos, un modelo de “sequela Christi”, del seguimiento de Cristo, un ejemplo de la manera cómo la Iglesia-Esposa tiene que responder con amor al amor de Cristo-Esposo”[2].
“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres”. Es necesario tener bien en claro cuál es el rol de la mujer en la Iglesia, representado por las santas mujeres, como las referidas en el Evangelio, pero ante todo, y de modo insuperable, por la Virgen María. María Santísima, Virgen y Madre de Dios, es el paradigma para la mujer católica, sea cual sea su estado de vida, y es el paradigma para la femineidad, para la verdadera femineidad. Si no se tiene en cuenta esto, las ideologías contrarias al hombre y a la mujer deforman de tal manera el concepto de femineidad, que pretenden que el ser mujer consista en una anti-natural equiparación al hombre en todo, al tiempo que abandona su rol propio de mujer. El feminismo hace lo contrario de lo que pretende: en vez de ensalzar y destacar el rol propio de la mujer, saca a la mujer de sí misma y la convierte en un monstruo, producto de la ideología, y es el ser una caricatura del hombre: paradójicamente, el feminismo, destruye a la mujer a la que dice defender, para convertirla en un remedo anti-natural del hombre. Esto sucede cuando se quita del horizonte de la mujer a las mujeres santas del Evangelio, y sobre todo, a la Mujer del Génesis (cfr. Gn 3, 15), del Calvario (cfr. Jn 19, 25-27) y del Apocalipsis (cfr. Ap 12, 1), María Santísima.




[1] Cfr. San Juan Pablo II (1920-2005), Mulieres dignitatem, 27.
[2] Cfr. Juan Pablo II, ibidem.

viernes, 15 de enero de 2016

“Hijo, no tienen más vino”


(Domingo II - TO - Ciclo C – 2016)

         “Hijo, no tienen más vino” (Jn 2, 1-11). Jesús y María son invitados a unas bodas en Caná. En un determinado momento, la Virgen se percata de algo que les sucede a los esposos y que empañará la fiesta: se han quedado sin vino. La Virgen le avisa a Jesús, el cual, luego de una resistencia inicial, accede a obrar el primer milagro público, que es la conversión del agua de las tinajas, en vino de excelente calidad. El milagro de las Bodas de Caná es el primer milagro público de Jesús, es decir, es la primera manifestación pública de Jesucristo como Hombre-Dios, pero también es la primera manifestación de la Virgen como Medianera de todas las gracias. En efecto, cuando se medita acerca de cómo Jesús realiza el milagro, lo que podemos observar es que, en primera instancia, Jesús no tiene ninguna intención de hacer el milagro: cuando la Virgen se da cuenta de que los novios se han quedado sin vino y le avisa a Jesús, éste le dice: “¿Y a ti y a mí qué, Mujer?”, en un claro intento por desentenderse del asunto, porque “todavía no había llegado la Hora” establecida por el Padre para dar inicio a la manifestación del Mesías. Sin embargo, a renglón seguido, el Evangelio pone de manifiesto el poder intercesor de María Santísima, no solo ante su Hijo Jesús, sino ante la Trinidad misma, porque Jesús, luego de esta respuesta, y por mediación de su Madre, decide obrar el milagro de convertir el agua en vino. Esta intercesión de María demuestra que su nombre de “Omnipotencia Suplicante” le corresponde absolutamente, porque su Candor, su Pureza y su Plenitud de gracia, logran que Dios Padre adelante la Hora de la manifestación de su Hijo; logran que el Hijo realice un milagro que no estaba dispuesto a hacer, y logra que Dios Espíritu Santo se manifieste públicamente por anticipado, porque todo el milagro de la conversión del agua en vino exquisito, es por el gran Amor que Dios tiene a los esposos y a los invitados.
         Ahora bien, en el milagro de las Bodas de Caná, sucedido realmente, hay también varios significados sobrenaturales: las tinajas vacías simbolizan el corazón del hombre sin Dios, sin su amor, pero también simboliza al corazón que está libre de las afecciones mundanas y listo, por lo tanto, para recibir la gracia santificante; las tinajas llenas con agua, significan el corazón con la gracia de Dios, que llega por intercesión de María Santísima, que prepara al alma para recibir la Sangre de Jesús; las tinajas con vino exquisito, simbolizan al corazón del hombre colmado con la Sangre del Cordero, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
Además, en este milagro también está representado y anticipado el milagro que sucede en la Santa Misa: el agua que se convierte en vino en las tinajas, simboliza y anticipa al vino que, por el poder del Espíritu Santo, se convierte en la Sangre del Cordero de Dios en el cáliz del altar eucarístico.
Entonces, estas son las enseñanzas que nos deja el milagro de las Bodas de Caná: primera manifestación pública de Jesucristo como Dios Encarnado; primera manifestación pública de la Virgen como Medianera de todas las gracias y condición de María como Omnipotencia Suplicante, lo cual nos anima sobremanera a confiar en el poder intercesor de María Santísima; la disposición del corazón, que debe estar vacío de afectos mundanos para así recibir la gracia santificante; el corazón en gracia, que se colma con la Sangre de Jesús, derramada en la cruz y vertida en el cáliz eucarístico; el vino de las ofrendas eucarísticas en la Santa Misa, que se convierte en la Sangre de Jesús, derramada en la cruz y vertida, misteriosa y sobrenaturalmente, en el cáliz del altar.

“Hijo, no tienen más vino”. Nuestros corazones son como las tinajas de barro, vacías del amor de Dios, vacías del amor al prójimo. Que por intercesión de María Santísima, nuestros corazones sean como las tinajas de barro de las bodas de Caná: primero, vacías de afectos mundanos; luego, colmadas de la gracia santificante; por último, plenas de la Sangre que brota del costado traspasado del Cordero de Dios, Cristo Jesús.

miércoles, 13 de enero de 2016

“Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, allí estuvo orando”


“Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, allí estuvo orando” (Mc 1, 29-39).luego de su actividad apostólica –curar enfermos y expulsar demonios-, Jesús se retira a un lugar desierto, para orar. El desierto es sinónimo de soledad y silencio, y esa es la razón por la cual Jesús ora allí, porque para orar, el hombre necesita estar a solas, para encontrar a Dios, así como también necesita hacer silencio, tanto exterior como interior, para escuchar la voz de Dios, que habla en el silencio y no en el estrépito.
Al orar, siendo Él el Hombre-Dios, Jesús nos enseña, con el ejemplo, a hacer oración. Puesto que el hombre está compuesto de materia y espíritu, es necesario que haga oración, para alimentar el espíritu. Por eso es que Jesús dice: “No solo de pan vive el hombre”, porque el hombre no necesita solo el alimento corporal, sino del alimento espiritual, y el alimento espiritual más exquisito y sabroso de todos, es la Palabra de Dios: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La oración es al alma lo que el alimento corporal es al cuerpo: así como el cuerpo, sin alimento, perece, así el alma, sin oración, sucumbe ante las tentaciones que inevitablemente, por el hecho de ser viadores, se nos presentan todos los días. La oración es también al alma, lo que el agua al cuerpo: así como el cuerpo perece por deshidratación luego de unas horas sin beber, así también el alma, si no se sacia en su sed espiritual en la Fuente inagotable de paz, felicidad y amor que es Dios Trino, entonces sucumbe también porque inevitablemente saciará su sed espiritual en “cisternas agrietadas, que no retienen el agua” (cfr. Jer 2, 13), es decir, buscará saciar su sed de espiritualidad, pero puesto que todo lo que no sea Dios Uno y Trino, es veneno para el alma, finalizará por sucumbir. El alma que ora, es alimentada por Dios Trino, recibiendo de Él todo lo que Él es y tiene: amor, paz, felicidad, alegría, serenidad. El alma que ora es como el planeta o la estrella que está más cercana al sol: cuanto más cercana, más luz y calor recibe del sol; cuanto más lejana, más oscura y fría. Y quien no ora a Dios –la manera más rápida, segura y eficaz de llegar al Corazón mismo de Dios es por intercesión de María Santísima-, “ora a ídolos demoníacos” (cfr. 1 Cor 10, 20), que solo llenan el corazón de vacío, tristeza, angustia, dolor y muerte, tanto temporal como eterna.

“Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, allí estuvo orando”. En nuestro caso, el desierto no es un lugar geográfico, sino que designa el interior más íntimo de nuestro ser, allí en donde sólo Dios puede acceder y allí donde sólo Dios ve lo más profundo de nuestro ser, aquello de nosotros que está oculto incluso a nosotros mismos. Y esta oración, la oración interior, hecha con el corazón, es decir, con amor, es la esencia de la oración, pero para poder realizarla, es necesario el silencio y el recogimiento interior en ese desierto interior que es nuestra propia alma, según nos dice Jesús:: “Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio” (Mt 6, 6). Dios Padre premia al que hace oración y el premio es la Presencia, por medio de Dios Espíritu Santo, de su Hijo, Jesucristo, en el alma orante.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La Sagrada Familia



(Ciclo C - 2012)
         Los Padres de la Iglesia sostienen que la familia debe ser una “Iglesia doméstica”, y por este motivo es que la Iglesia nos pide en este Domingo, a días del Nacimiento de Jesús en Belén, que contemplemos a la Sagrada Familia, porque ella es modelo de santidad para toda familia católica.
El matrimonio virginal entre María Santísima y San José, se transforma en familia con el Nacimiento virginal y milagroso del Niño Jesús, y desde este momento, se convierte en el modelo único e insuperable de santidad para toda familia humana, pero de modo especialísimo, para la familia católica, y el motivo por el cual es modelo de santidad es porque todo en la Familia del Pesebre es santo: en esta Familia, todo lo humano se diviniza, y lo divino se humaniza; todo en ella remite a Dios Uno y Trino, porque Dios Uno y Trino es su centro, su culmen, su fuente, su punto de partida y su meta de llegada; todos sus pensamientos, sus deseos, sus obras, están en Dios Trinidad, porque de Él surgen y hacia Él tienden; en esta Familia, la santidad es el alimento de todos los días, y nada se dice ni se piensa ni se desea ni se hace, sino es en la más grande santidad de Dios, y para la mayor gloria de Dios; en esta Familia Santa no solo no hay ni el más mínimo fastidio, ni el más ligero enojo, ni la más leve impaciencia, y ni siquiera la más mínima imperfección, porque en esta Sagrada Familia todo es bondad y paz y amor en el Espíritu Santo, que todo lo llena, todo lo penetra, todo lo perfuma con su aroma exquisito; en esta familia se alaba y se agradece a Dios Trino por su inmensa majestad y bondad, por su infinita misericordia y por su eterno Amor, desde la madrugada hasta la noche, y durante toda la noche hasta la madrugada y continúa durante todo el día, y así todos los días y noches, sin cesar; en esta Familia, sólo se escuchan cantos de alabanzas, de honor y de adoración a Dios Uno y Trino, y al igual que los ángeles en el cielo no cesan, ni de noche ni de día, de alabar a la Trinidad, tampoco en esta Familia Santa decae ni por un instante la alabanza, la acción de gracias y la adoración a Dios Trino. En esta Familia, todo es paz, serenidad, alegría, amor, aun en medio de las tribulaciones, de las penas y de las pruebas de cada día, porque quien la sostiene, la alimenta, la guía y la ilumina con su Amor eterno, es Dios Uno y Trino.
         La Sagrada Familia es modelo para toda familia porque aunque por fuera, cuando se la mira con ojos humanos, parece una familia humana más –hay una madre, un padre, un hijo-, pero cuando se la mira con los ojos de Dios, se ve que encierra esta Familia Santa un misterio insondable.
Como dijimos, en esta Familia todo lo humano se diviniza, y todo lo divino, sin dejar de ser divino, se humaniza. Así, la Madre de esta familia, parece una mujer más de la región de Palestina, de hace dos mil años; parece una madre joven y primeriza más, una más entre las miles y miles de mujeres hebreas jóvenes que tienen un hijo por primera y única vez, y sin embargo, esta Mujer es la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la Serpiente con la fuerza omnipotente de su Hijo Dios; esta Mujer es la Mujer del Apocalipsis, que aparece revestida de sol, es decir, de la gracia y de la gloria divina; esta Mujer es la que logra, con la intercesión de sus ruegos, que la Santísima Trinidad en pleno, decida adelantar la Hora de la manifestación pública del Hombre- Dios, su Hijo Jesús, al autorizar a este, por pedido de la Virgen, la conversión del agua en vino para los esposos, en Caná; esta Mujer es la Mujer que la agonía de Jesús, se convierte en el don divino más preciado para los hombres, junto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, al convertirla Jesús, como supremo testimonio de su testamento de Amor, en Madre de todos los hombres, al pie de la Cruz.
Así, esta Mujer, la Virgen María, es modelo para toda madre de toda familia católica, porque como la Virgen, la madre católica debe dedicar su vida a la atención de su esposo, de los hijos, del hogar, sin descuidar el deber de amor para con Dios, la oración permanente, devota, continua, confiada.
El Hijo de esta Familia Santa, aunque parece un pequeño Niño recién nacido, frágil, débil, y necesitado de todo, como todo pequeño niño recién nacido, es Dios Hijo, que se encarna en el cuerpo y en la naturaleza humana de un Niño, pero sin dejar de ser Dios. Este Niño, que es Dios, es modelo de sumisión y de amor a los padres, pues les obedece siempre y en todo momento, pero es también modelo de cómo cumplir la Voluntad de Dios, porque cuando debe separarse de ellos para “encargarse de los asuntos de Dios Padre”, como sucedió a los doce años, no duda ni un instante en hacerlo; es modelo de amor para todo hijo, porque Jesús, en cuanto Hijo de la Virgen e Hijo adoptivo de San José, fue siempre obediente, servicial, amable, dispuesto al sacrificio, basado en el gran amor que tenía a sus padres, María y José; Jesús alegraba los días de sus padres, no solo no dando nunca ningún motivo de reproche, sino obrando en todo momento con el más grande amor que jamás un hijo podría tener a sus padres, porque los amaba con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Jesús, el Niño Dios, el Hijo de José y de María, es modelo para todo hijo católico, porque durante toda su vida cumplió a la perfección el Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás padre y madre”, pero sobre todo cumplió a la perfección este mandamiento en la Cruz, cuando derramó su Sangre por ellos, ya que por esta Sangre su Madre fue concebida sin mancha, y su padre adoptivo, San José, recibió la gracia de la castidad en grado sublime. Así como Jesús demostraba el amor a sus padres obedeciéndoles en todo y ayudándoles en las tareas domésticas y luego, ya de grande, trabajando en la carpintería, así el hijo cristiano debe honrar a sus padres con el respeto, la obediencia, y el servicio cotidiano.
El esposo de esta Familia Santa –esposo meramente legal, puesto que fue en todo momento sólo como un hermano para la Virgen- de María, y a la vez padre adoptivo del Niño Dios –pues su Padre desde la eternidad es Dios Padre-, es San José, varón justo, casto y puro, con un grado de santidad, de pureza, de castidad y de bondad divina no encontrados entre las creaturas humanas, y no podía ser de otra manera, pues aquel que había sido elegido desde la eternidad por la Trinidad para ser el Custodio de Jesús, no podía no tener la santidad, la castidad, la pureza y la inocencia en los grados en las que las poseía San José.
San José, varón casto y puro, es modelo para todo esposo, para todo padre, porque cumplió a la perfección, aquí en la tierra, el papel de sustituto de Dios Padre, al tener que cuidar a su Hijo adoptivo, que era Dios Hijo encarnado, y al tener que ser esposo meramente legal, de la Esposa del Espíritu Santo, María Santísima. Es modelo para todo padre cristiano que, al igual que San José, debe vivir la castidad matrimonial, y dedicar todas sus fuerzas y sus empeños en la custodia de los hijos y en la protección y amor de su esposa.
Sólo si la familia católica tiene por modelo a la Sagrada Familia podrá cumplir su designio divino y ser, como dicen los padres de la Iglesia, la “Iglesia doméstica”; sólo en la imitación de la Sagrada Familia podrá, la familia cristiana, ser fermento de transformación del mundo, porque sólo así podrá reflejar el Amor del Hijo de esta Familia, Jesús de Nazareth, que entregó su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en el altar de la Cruz, y lo sigue entregando en cada Eucaristía, como alimento de vida eterna para las almas.  

jueves, 27 de diciembre de 2012

Octava de Navidad 3 2012



         ¿Cómo fue el Nacimiento de Jesús? Tendremos una idea, ligeramente cercana, si nos representamos a un diamante que recibe, en su parte superior, un potente rayo de luz de sol.
         Cuando el diamante, que es roca cristalina, recibe la luz, a diferencia del resto de los cuerpos materiales, que refractan la luz, es decir, no la incorporan en sí mismos, sino que la desvían, el diamante, por el contario, tiene la propiedad de atraparla en su interior, y esta capacidad es lo que le da su brillo característico. En un proceso posterior, luego de haber atrapado la luz, el diamante emite la luz encerrada, dando lugar a una emisión de luz desde su interior, y lo hace de manera tal que el rayo de luz puede ser percibido en su luminosidad original, blanca, o en los colores que integran la luz. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en el caso que nos imaginamos, el del diamante que recibe un rayo de luz de sol, desde su parte superior.
         Ahora debemos trasladar las imágenes y aplicarlas a seres reales, para darnos una idea del Nacimiento virginal y milagroso del Niño Dios: el diamante, roca de cristal, límpida, transparente y pura, es figura de la Virgen María, Ella también Roca, como su Hijo Jesús, y más transparente, más pura y más límpida que el cristal, por ser la Inmaculada Concepción, por ser la Llena de gracia, por ser la Inhabitada por el Espíritu Santo; la luz de sol, que ingresa sobre este diamante celestial que es la Virgen, es Jesucristo, “Dios de Dios, Luz de Luz”, como rezamos en el Credo; Él es la luz de Dios, es Dios, que es Luz: “Yo Soy la luz del mundo”; Él alumbra con la luz purísima que emana de su ser trinitario, a los ángeles y santos en el cielo, porque es el Cordero, “la Lámpara” de la Jerusalén celestial; Él es quien nos ilumina en la tierra, a los que pertenecemos a la Iglesia Militante, con la luz de la fe, de la gracia y de la verdad. Cristo, Luz eterna de Luz eterna, baja del cielo, desde el seno de Dios Padre, al seno de la Virgen Madre, y como Luz divina que es, queda encerrado y alojado, a resguardo, en el seno de María, así como el diamante atrapa la luz del sol cuando es iluminado por esta. Luego, en el momento del Nacimiento, Cristo Luz eterna, emerge de María, así como la luz emerge del diamante, y lo hace Cristo dejándola intacta en su virginidad, así como la luz no daña al diamante.
Cristo, Luz de Luz, desciende del seno del Padre en la Anunciación, ingresa desde lo alto en María Santísima, por la Encarnación, y en la Nochebuena, estando María Santísima arrodillada, sale a través de la parte superior de la pared abdominal de María Santísima, como la luz del sol que atraviesa el cristal diamantino, dejando intacta la virginidad de María antes, durante y después de su Nacimiento. El Nacimiento fue entonces como un potente rayo de sol que atraviesa un diamante, dejándolo intacto antes, durante y después de pasar por él: así Nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios y Luz de Luz, salió del seno virgen de María Santísima, conservando intacta su virginidad, antes, durante y después del milagroso parto.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Que nuestra alegría navideña sea la alegría de participar de la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena



(Domingo IV - TA - Ciclo C - 2012)
“Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (Lc 1, 39-45). La Virgen, encinta por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su prima Santa Isabel, también encinta a su vez. Al llegar la Virgen, Juan el Bautista, desde el seno de su madre, “salta de alegría”, hecho que es percibido por Santa Isabel. No se trata de un movimiento espontáneo del niño, ni la percepción de la alegría del niño por parte de Isabel es un hecho imaginario, como podría suceder en otros casos de mujeres embarazadas que sienten el movimiento de sus hijos en el vientre: se trata de una verdadera alegría del Bautista, alegría que es de origen celestial, alegría que proviene del mismo Espíritu Santo, que es Alegría infinita, alegría que está causada por la Presencia de Jesús, el Hijo de Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros, que viene transportado en el seno virgen de María, iniciando su misión, la redención de la humanidad.
El “salto de alegría” del Bautista no es por lo tanto ni movimiento espontáneo del niño en gestación, ni producto de la imaginación de una madre primeriza: es realmente una alegría celestial que de la Trinidad se comunica al Bautista y que éste a su vez comunica a su madre, Santa Isabel, y está causada por la Presencia de Jesucristo, el Niño Dios, el Mesías, que viene en el seno virgen de María.
“Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”. La alegría del Bautista representa al verdadero espíritu de Navidad: la humanidad, representada en Juan Bautista, se alegra ante un hecho que no tiene precedentes en la historia de los hombres, porque la Visitación de la Virgen a Santa Isabel representa el inicio de los tiempos mesiánicos, tiempos de la Presencia salvadora y redentora del Mesías entre los hombres, y esto es causa de alegría porque significa que los hombres se verán libres de sus tres grandes enemigos, de sus enemigos mortales: el demonio, el mundo y el pecado; pero más que esto, la Visitación de María Santísima representa el inicio no sólo de la derrota definitiva del infierno y de todas sus potencias, y de la muerte y del pecado, que tenían esclavizados a la humanidad desde el pecado original de Adán y Eva, sino que representa ante todo el inicio del don de la gracia santificante por parte del Niño Mesías, gracia santificante por la cual la humanidad entera será hecha partícipe de una vida nueva, la vida misma de Dios Trinidad; a partir del Niño Dios, y luego de su Muerte redentora en Cruz, de su Resurrección gloriosa y de su Ascensión a los cielos, los hombres tendrán a su disposición la gracia santificante, por medio de la cual serán adoptados como hijos por Dios, serán hechos herederos del Reino de los cielos, y recibirán la vida misma de la Trinidad, la vida eterna, vida absolutamente desconocida para los hombres, vida del Ser divino que es alegría inconcebible, gozo infinito, dicha inimaginable, felicidad interminable, contentos imposibles de expresar.
“Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”. Cuando el Bautista salta de gozo en el seno de su madre, Santa Isabel, lo hace impulsado por el Espíritu Santo, quien es el que le comunica de la Presencia de Jesús, traído por la Virgen en su seno, y esta alegría del Bautista ante la Llegada de Jesús, es el modelo de la alegría del cristiano en Navidad, ante el Nacimiento del Niño Dios. El cristiano, para Navidad, debe alegrarse con la misma alegría de Juan el Bautista, porque es la alegría que expresa el verdadero sentido de la Navidad: el Niño de Belén, nacido milagrosamente de la Virgen María, es el Mesías, el Redentor, el Salvador de la humanidad, que ha venido no solo para “destruir las obras del demonio”, para aplastar la cabeza de la Serpiente Antigua, y para encerrar a todos los demonios en el infierno para siempre; no sólo ha venido a cancelar la deuda de la humanidad para con Dios, el pecado original, mancha espiritual que aleja al hombre de Dios y lo sustrae de su acción benéfica, mancha que lo aparta de su Amor, de su paz, de su bondad, sino que ha venido a concedernos la vida de la gracia, que es la vida misma de la Santísima Trinidad, vida que es absolutamente desconocida para el hombre, vida que contiene en sí infinitamente más de todo lo que el hombre pueda desear para ser feliz para siempre; el Niño Dios ha venido para donarse Él mismo como Pan de Vida eterna en la Eucaristía, para que aquel que lo reciba con fe y con amor, habite en Él, y para que Cristo habite en su corazón, infundiéndole de su misma vida, y siendo un mismo Cuerpo y un mismo Espíritu con quien comulga. Ésta es la verdadera alegría de Navidad, la alegría de saber que el Niño Dios, que se encarnó en el seno de María Virgen, y que nació en Belén, Casa de Pan, se dona cada vez en la Santa Eucaristía como alimento del alma, para hacer del alma su morada en el tiempo y en la eternidad; ésta es la verdadera alegría y no la falsa alegría del mundo, alegría sin sustento ni sentido, porque el mundo no se alegra en Cristo sino en la música mundana, en las comilonas, en las embriagueces, en las diversiones profanas; el mundo se alegra en Navidad, pero con una alegría falsa, porque es una alegría pagana, no fundada en Cristo Jesús, el Hijo de María, el Hijo de Dios que se dona en la Eucaristía; el mundo se alegra con una alegría superficial, pasajera, que en el fondo es sólo tristeza y amargura, porque detrás de la música desenfrenada, detrás de los manjares del cuerpo, detrás de las embriagueces, detrás de los festejos trasnochados, nada hay, sino sólo cenizas y amargura, y el sabor nauseoso del pecado y de la muerte.
“Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”. Que la alegría del Bautista, la alegría de saber, por la luz del Espíritu Santo, que el Hijo de la Virgen, el Niño Dios, es el Redentor que ha venido a salvarnos, pero no con una salvación intramundana, sino con una salvación eterna, porque ha venido para llevarnos al Reino de los cielos, en la eternidad, sea nuestra misma alegría, la cual nos hace alegrar no por los manjares terrenos y las fiestas mundanas, sino por alimentarnos con el Banquete que Dios Padre ha preparado para nosotros: la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo; el Pan de Vida eterna, el Cuerpo resucitado de Jesús en la Eucaristía, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, derramada en el ara de la Cruz y recogida en el cáliz de la salvación, el cáliz del altar.
Que nuestra alegría navideña sea la alegría de participar de la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena.

lunes, 29 de octubre de 2012

“El Reino es como la levadura que fermenta la masa”



“El Reino es como la levadura que fermenta la masa” (Lc 13, 18-21). Con la apacible figura de un ama de casa que amasa el pan, Jesús nos grafica, con admirable pedagogía divina, la existencia de la gracia y su acción sobre el alma del hombre.
 En el ejemplo, la levadura es la gracia santificante, mientras que la masa es la humanidad: así como la levadura, siendo pequeña en relación a la masa, hace que esta aumente varias decenas de veces su tamaño original, conviertiéndola en la materia apta para el pan, así también, la gracia santificante, actuando sobre el hombre, hace que este se convierta de la pequeñez de su condición humana, en hijo de Dios, lo cual supone un salto cualitativo imposible de cuantificar, ya que se vuelve partícipe de la naturaleza divina.
Y de la misma manera, a como la levadura, actuando en la masa, la vuelve apta para que, por acción del fuego, se convierta en pan, y así la mujer lo lleve a la mesa para ser comido, así la gracia santificante, actuando sobre la naturaleza humana, la vuelve apta para ser trigo de Dios que, consumido por el Fuego del Espíritu Santo, y cocido en ese el horno ardiente de caridad que es el Sagrado Corazón de Jesús, sea ofrecido por María Santísima en holocausto, ante el altar de Dios, como hostia santa. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Nadie va al Padre sino por Mí


“Nadie va al Padre sino por Mí” (Jn 14, 1-6). La única vía de acceso a Dios Padre, es Dios Hijo, que se dona a sí mismo en la Cruz y en la Eucaristía.
         En su donación de sí, Cristo insufla el Espíritu Santo, quien a su vez une al alma a Cristo, y en Cristo esta es llevada a Dios Padre.
         De esta manera, el Espíritu Santo, infundido por Cristo desde la Cruz y la Eucaristía, cumple un movimiento descendente y luego ascendente: descendente, por el cual llega al alma, y ascendente, por el cual introduce al alma en Cristo, para que Él la conduzca a Dios Padre.
         Y la intercesora poderosísima entre el Espíritu Santo, soplado por Cristo, y el alma, es María Santísima.
         Éste es el único camino espiritual para llegar a Dios Padre, de donde se ve que el Santo Rosario y la Santa Misa, son los únicos caminos válidos para el católico.
         Todo otro pretendido camino espiritual, diferente, que pretenda poner en contacto con la divinidad, como los que propone el neo-paganismo de la Nueva Era, como por ejemplo: reiki, yoga, iridología, acupuntura, medicina holística, astrología, uso de cristales, ocultismo, canalización, adivinación, meditación trascendental, tantra, etc., es sólo engaño de Lucifer.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí



(Domingo IV – TC – Ciclo B – 2012)
         “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí” (cfr. Jn 3, 14-21). Jesús trae a la memoria el episodio en el que el Pueblo Elegido, en su peregrinación hacia la ciudad de Jerusalén, es invadido y asaltado por una plaga de serpientes venenosas, cuya mordedura es mortal. Como les recuerda Jesús, en ese entonces Moisés, por indicación divina, construyó una serpiente de bronce y habiendo recibido la instrucción de mantenerla elevada en lo alto, todo aquel que miraba la serpiente, quedaba curado y a salvo de la mordedura mortal de las serpientes venenosas.
         El episodio tiene una relación directa con Jesús mismo, tal como Él lo dice: “Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así será levantado en alto el Hijo del hombre”.
         Esto quiere decir que el episodio del desierto, con el Pueblo Elegido siendo atacado por las serpientes, y Moisés salvando a los hebreos con la serpiente de bronce, tiene un significado sobrenatural: anticipa y prefigura la salvación dada por Jesucristo.
         Moisés es figura de Dios Padre; la serpiente es figura de Jesucristo; el Pueblo Elegido es figura de los bautizados; el desierto es figura del mundo y de la historia humana; las serpientes de mortal y venenosa mordida, son los demonios, que inducen al pecado a los hombres, quitándoles la vida de la gracia.
         También la curación por medio de la serpiente de bronce tiene un significado sobrenatural, y es un anticipo de las misteriosas realidades celestiales desplegadas más adelante en el Hombre-Dios: los israelitas se curaron milagrosamente, al contemplar la serpiente de bronce, cuando nada parecería indicar que esto fuera posible, ya que no hay relación aparente entre mirar un objeto de bronce, inanimado, y recibir la curación de una mordedura mortal de una serpiente, y esto sucede porque es el mismo Dios quien actúa, a través de la obediencia de aquel que obedece el mandato de mirar la serpiente, curándolo milagrosamente; de un modo análogo, también el que contempla a Cristo crucificado, quien contempla sus llagas, quien medita en su dolor infinito, en su padecimiento sin igual; quien contempla su preciosa Sangre derramada a raudales de su sagrada Cabeza, de las heridas de manos y pies, de su sacratísimo Cuerpo todo llagado; quien contempla los gruesos clavos de hierro que horadan con dolor inenarrable sus manos y sus pies; quien contempla su dolorosa corona de espinas; quien contempla su Cuerpo agonizante y luego muerto entre terribles e indescriptibles dolores; quien contempla a su Madre, traspasada por el dolor, al pie de la Cruz, llorando a su Hijo que da su vida por amor a los hombres, recibe algo infinitamente más grande que la mera curación por intoxicación con un veneno mortal, producto de la mordedura de una serpiente del desierto: recibe la curación de las llagas del alma, producidas como consecuencia del letal veneno inoculado por la mordida espiritual de la serpiente antigua, el dragón del infierno, Satanás; quien contempla a Cristo crucificado, recibe la curación de sus heridas mortales, porque de Cristo fluye una energía y una fuerza divina, la energía y la fuerza divina del Amor de Dios, que sana al hombre, herido de muerte por el pecado, luego de haber sido seducido y engañado por el demonio.
         “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí”. Jesús crucificado atraerá a todos hacia Él, pero no solo a quienes estaban en ese momento de la historia, contemplando su crucifixión; atraerá a todos los hombres de todos los tiempos, y a todos les dará la oportunidad de decidirse libremente por su contemplación. Y el hombre será libre de contemplarlo a Él, y así obtener la salvación, abriéndose el camino para ingresar en su costado abierto, o darle la espalda y contemplar a la creatura, abriéndose el camino a la eterna perdición.
         Moisés levantó en alto la serpiente de bronce, figura de Cristo crucificado, y los israelitas fueron curados de la fiebre mortal; Dios Padre levantó en alto en el Monte Gólgota no una imagen, sino a su mismo Hijo, Dios, y los que lo contemplan en la Cruz reciben la curación de las heridas mortales del alma, por los méritos de las Sagradas Llagas de Jesús; finalmente, la Iglesia levanta en el alto, en ese Nuevo Monte Calvario, que es el altar eucarístico, a Jesús Eucaristía, para que todo aquel que contemple y adore la Eucaristía, reciba también la curación de las heridas de su alma y de su corazón.
         Lamentablemente, muchos cristianos hoy en día dejan de lado la contemplación del Hombre-Dios, ya sea en el crucifijo, o en la Hostia, para contemplar, extasiados, los atractivos del mundo; muchos, muchísimos, hoy en día, prefieren los pasatiempos y deleites del mundo, señuelos de Satanás, que los apartan del camino de la salvación. Y esto último no es un invento. En el siglo XVIII, hubo un famoso caso de posesión diabólica, de dos hermanos, los cuales comenzaron a ser poseídos cuando tenían 7 y 9 años, respectivamente, pero los exorcismos comenzaron recién cuatro años más tarde, debido a la demora de su familia en acudir por ayuda en la Iglesia. Los niños fueron finalmente liberados, luego de largas sesiones de exorcismo. En un momento determinado, antes de la liberación, se corrió el rumor de que los niños serían liberados para el día domingo siguiente, por lo cual se agolpó una multitud en las inmediaciones de la casa donde vivían. Finalmente, el rumor se reveló como falso, ya que la liberación de la posesión no se produjo ese domingo, sino tiempo después.
Pero lo interesante de la anécdota es que, en ese momento, el demonio gritó de alegría, porque el falso rumor, que él lo había hecho correr, había logrado su objetivo, y era que toda esa gente, por acudir al exorcismo, faltara a la misa dominical[1]. Como sabemos, por el catecismo de Primera Comunión, que faltar a misa el Domingo sin un motivo realmente serio, es pecado mortal, entonces concluimos que la alegría del demonio se debía a que había logrado hacer caer en pecado mortal a decenas de bautizados, que por curiosidad malsana, habían faltado a la misa dominical. Sin mucho uso de la imaginación, podemos darnos cuenta entonces cuánta alegría sentirá el demonio con la situación actual, en donde todo –cine, teatro, televisión, internet, espectáculos, deportes, etc.- está pensado para hacer olvidar al hombre que esta vida se termina, que luego comienza la vida eterna, y que habrá de recibir el juicio particular al final de sus días terrenos.
         ¡Cómo se regocijará, con perversa y maligna alegría, el demonio, al ver con cuánta facilidad centenares de miles de cristianos, a lo largo y ancho del mundo, posponen a Cristo crucificado, elevado en la Cruz, elevado en el altar, por una pelota de fútbol! ¡Cuánta perversa alegría experimentará al ver cómo, con cuánta facilidad, centenares de miles de cristianos caen, domingo a domingo, en pecado mortal, porque prefieren hacer fila para entrar a un estadio de fútbol, antes que hacer fila para entrar en la Iglesia y recibir la Comunión! ¡Qué regocijo infernal experimentará el demonio, al ver cómo los cristianos gastan sus días y sus vidas enteras, delante del televisor, delante de internet; al ver cuántos jóvenes toman el fin de semana como tiempo para dar rienda suelta a sus pasiones desenfrenadas, con la música perversa, el alcohol, el sexo libre, los bailes permisivos, y tantas otras diversiones perversas, que desde el momento en que son perversas, dejan de ser perversiones!
         Pero si todos abandonan a Jesús, hay alguien que no lo hace, y ese alguien es María Santísima, que se queda firme, al pie de la Cruz, contemplando a su Hijo crucificado. Porque somos débiles, porque también podemos ser arrastrados por la misma corriente perversa, que lleva a tomar el fin de semana como momento exclusivo de relajación y diversión, es que le suplicamos que nunca permita que nos apartemos de la contemplación de Cristo crucificado; le pedimos a Ella, que está invisible, en cada Santa Misa, al pie del altar, que nunca permita que apartemos nuestra vista del blanco inmaculado de la Hostia consagrada.


[1] Cfr. Calliari, Paolo, Trattato di demonologia, Centro Editoriale Carroccio, 295.


miércoles, 4 de enero de 2012

Maestro, ¿dónde vives?



“Maestro, ¿dónde vives?” (cfr. Jn 1, 35-42). A simple vista, la escena corresponde a dos discípulos que, atraídos por la figura de su maestro, quieren saber dónde vive, para compartir más de cerca sus enseñanzas. La respuesta de Jesús indicaría, por lo tanto, el lugar físico de su morada.
Pero Jesús no es un maestro más entre tantos: es Dios Hijo encarnado, hecho hombre sin dejar de ser Dios, que vive, camina, habla entre los hombres, y habita en moradas construidas por ellos, pero al mismo tiempo, en el misterio de su divinidad, vive además en otros lugares: vive en el seno de Dios Padre, en donde es engendrado desde la eternidad; vive, en el tiempo de la Encarnación, en el seno virgen de María Santísima; vive, en el tiempo sacramental de la Iglesia, en el altar eucarístico y en la Hostia consagrada.
Y quiere vivir, en el tiempo de los hombres, en los corazones pacíficos y humildes de quienes lo reciben con amor.

martes, 25 de mayo de 2010

Jesús sopla el Espíritu




“…sopló sobre ellos el Espíritu Santo” (cfr. Jn 20, 19-23). Jesús sopla el Espíritu Santo sobre María Santísima y sobre los Apóstoles, y el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Dios, y por lo tanto invisible, se manifiesta visiblemente como lenguas de fuego. El Espíritu de Dios, soplado por Jesús y el Padre, se aparece en medio de la Iglesia como fuego. Todo el misterio pascual de Jesús, su Muerte y su Pasión, su Cruz y su Resurrección, está encaminado a este momento, al don del Espíritu en Pentecostés. Todo lo que Jesús hizo y todo lo que sufrió, estaba encaminado a donar el Espíritu a su Iglesia, y es por eso que ahora, resucitado, lleva a cabo el motivo de su Pasión y muerte en cruz, el don del Espíritu Santo.
Jesús dona el Espíritu Santo, pero ¿qué es lo que hará el Espíritu Santo en la Iglesia? El Espíritu Santo obrará en la Iglesia a dos niveles: en el Cuerpo Místico, y en cada bautizado, para completar la obra de Jesucristo, cumpliendo el designio del Padre: la divinización de los bautizados.
El Espíritu Santo, soplado por Cristo y el Padre, recibido por la Iglesia como fuego sagrado, La Pasión del Hombre-Dios tiene como finalidad el don del Espíritu de Dios a los hombres, para que estos sean convertidos en hijos adoptivos de Dios, en seres que comiencen a participar de la divinidad de Dios. Ya en el Antiguo Testamento se consideraba “dioses” a quienes Dios dirigía la Palabra; ahora, por el don del Espíritu Santo, las almas se convertirán en algo mucho más grande que dioses: se convertirán en hijos de Dios.
“Jesús les respondió: “¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois?’ Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios -y no puede fallar la Escritura- a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’?” (Jn 10, 34-36). En este pasaje Jesús afirma, citando al Antiguo Testamento -Salmo 82, 6: “Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo”-, que “son dioses” quienes reciben la Palabra de Dios, aunque son dioses en modo figurado y no en modo real; por la gracia, los hombres se convierten en hijos adoptivos de Dios, porque comienzan a participar de su naturaleza divina, y por esto pueden ser llamados “seres como Dios”, porque son hijos adoptivos de Dios, y esto es algo más grande que ser dioses. No se explica de otra manera, que el participar de la gracia divina, y por lo tanto, participar del poder de Dios, la capacidad de los santos de obrar milagros que sólo Dios puede hacer.
Si los santos obran milagros que sólo Dios puede hacer, no es porque ellos sean Dios, sino porque participan de la naturaleza divina y por lo tanto del poder divino. Esta obra de divinización es la que cumple el Espíritu Santo en las almas de los bautizados, al comunicarles la gracia divina, y es por eso que, por la acción del Espíritu, bien pueden los bautizados en la Iglesia Católica ser llamados “seres que son como Dios”.
Con toda probabilidad, no haremos milagros como hicieron los santos –curar paralíticos, resucitar muertos, multiplicar panes-, pero no por eso no dejamos de ser llamados “hijos de Dios”, y “seres que son como Dios”, porque ya en esta vida participamos de la naturaleza divina y de la vida divina, por medio de la gracia. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que “somos como Dios”, cuando estamos en gracia, porque participamos de su naturaleza divina, y podemos conocerlo y amarlo como Él se conoce y se ama. Somos como Dios, aún cuando no hagamos milagros.
Es una pena ver cómo muchos en el mundo, pero también en la Iglesia, se inclinan a los ídolos en busca de poder, de éxito, de fuerza, y no se dan cuenta que, siendo bautizados, son hijos adoptivos de Dios, y un hijo de Dios no necesita nada de lo que los ídolos y los demonios puedan dar, porque tiene lo más grande que hay en el universo, y es el ser hijo de Dios por la gracia.
El Espíritu Santo diviniza y deifica a los hombres por medio de la gracia santificante: es la gracia santificante la que hace que el hombre participe de la naturaleza divina; es la gracia santificante, donada por el Espíritu Santo, la que hace que el hombre deje de ser una simple criatura, y pase a ser hijo adoptivo de Dios, por medio de la participación en la naturaleza divina. Jesús dice, citando el Salmo 82, que seremos “como dioses”, y no en un sentido figurativo, sino en un sentido real, y esta conversión del hombre común y corriente en algo más grande que un dios con minúsculas es posible por la acción de la gracia. En la otra vida, en la vida eterna, se cumplirá a la perfección esta condición de ser como dioses, pero ya en esta vida comenzamos a participar de la naturaleza y de la vida divina, por la gracia del Espíritu soplado en Pentecostés.
Es el Espíritu Santo quien, actuando en la raíz del ser y del alma, la convierte a esta, de una simple criatura creada a imagen y semejanza de Dios, en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Es el Espíritu Santo quien obra en los hombres la transformación que los lleva a su divinización: por el Espíritu Santo, el bautizado conoce y ama a Dios no como una simple criatura, sino que conoce y ama a Dios así como Dios se conoce y se ama a sí mismo. El Espíritu Santo concede al alma una vida nueva, una vida divina, una vida sobrenatural, que lo hace semejante a Dios; el Espíritu Santo unifica a los hombres en un solo cuerpo y en un solo espíritu, el Cuerpo y el Espíritu de Jesús, y hace que todos, formando un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo, sean uno en Cristo y Cristo sea en todos.
El Espíritu Santo, soplado en forma conjunta por Cristo, Hombre-Dios, y por Dios Padre, es quien obra los prodigios en las almas y también en la Iglesia, manifestándose en esta visiblemente, como lenguas de fuego, porque Él es en sí mismo fuego de Amor divino, que abrasa al alma con un ardor de amor incontenible. El Espíritu Santo es fuego, y así como el fuego penetra con su calor y con su luz al carbón, así el Espíritu Santo penetra con su fuego de amor el ser y el alma del bautizado, inflamándolo con un amor incontenible hacia Dios Uno y Trino.
Pero hay también otra obra maravillosa que realiza el Espíritu de Dios en la Iglesia: en la Iglesia, el Espíritu Santo sobrevuela en el altar, en el momento de la consagración, a través de las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, convirtiendo la materia inerte del pan y del vino en el cuerpo vivo, glorioso y resucitado del Señor Jesús. Cuando el sacerdote dice: “Esto es mi cuerpo … Esta es mi sangre”, en ese momento, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, y esta conversión maravillosa no es obra en absoluto del sacerdote, sino del Espíritu Santo que es soplado sobre el altar a través de la voz del sacerdote ministerial.
El Espíritu Santo sobrevuela como fuego en la consagración, pero también sobrevuela como Paloma, concediendo a la Iglesia el perfume y el suave aroma del Hombre-Dios Jesucristo, que es su gracia vivificadora.
Es para todo esto para lo cual Cristo dona el Espíritu en Pentecostés, pero no debemos pensar que Pentecostés es un hecho del pasado, y que no nos atañe personalmente, puesto que Pentecostés, la manifestación del Espíritu Santo como lenguas de fuego, se renueva en cada comunión eucarística. En cada comunión eucarística, Cristo sopla el Espíritu Santo, provocando un pequeño Pentecostés personal para el alma. La comunión eucarística es como una manifestación del Espíritu, que con su fuego divino quiere encender al alma en el amor de Dios. Para esto comulgamos, para esto recibimos al Espíritu en la comunión: para amar a Dios y al prójimo.