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martes, 25 de abril de 2023

Jesús, Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote

 


(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2023)

         En estos tiempos en los que prevalece la confusión a todo nivel, es necesario que, al recordar a Cristo, Buen Pastor y Sumo y Eterno Sacerdote, recordemos también qué es la Santa Misa, qué oficio o función cumplen el sacerdote ministerial y qué oficio o función cumplen los fieles que asisten a la Santa Misa. Ante todo, debemos decir que, según el Magisterio y la Tradición de la Iglesia, la Santa Misa es la “renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz”, lo cual quiere decir que es como si, misteriosamente, en la Santa Misa, viajáramos en el tiempo hasta el Calvario o como si el Calvario viniera hasta nosotros; y también, porque es la renovación del Sacrificio de la Cruz, es que el Padre Pío de Pietralcina decía que debíamos estar en la Santa Misa con la misma actitud espiritual con la que estaban la Virgen y San Juan Evangelista al pie de la Cruz. Dicho esto, que la Santa Misa es un sacrificio, hay que agregar que, en la Santa Misa, el celebrante no es un mero “presidente de la asamblea”, sino el único sacerdote que ofrece el sacrificio in persona Christi. Para disipar cualquier duda, basta leer lo que enseña Pío XII en su encíclica “Mediator Dei”: “Sólo a los Apóstoles, y en adelante a aquellos a quienes sus sucesores han impuesto las manos, se concede la potestad del sacerdocio, en virtud de la cual representan la Persona de Jesucristo ante su pueblo, actuando al mismo tiempo como representantes de su pueblo ante Dios” (n. 40). Por tanto, en la Santa Misa, “el sacerdote actúa en favor del pueblo sólo porque representa a Jesucristo, que es Cabeza de todos sus miembros y se ofrece a sí mismo en lugar de ellos. De ahí que vaya al altar como ministro de Cristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo (San Roberto Belarmino, De missa II c.l.). El pueblo, por el contrario, puesto que no representa en ningún sentido al Divino Redentor y no es mediador entre él y Dios, no puede en modo alguno poseer la potestad sacerdotal” (n. 84).

Ahora bien, es indudable que los fieles presentes deben participar en el sacrificio del sacerdote en el altar con los mismos sentimientos que Jesucristo tuvo en la Cruz, y “junto con Él y por Él hagan su oblación, y en unión con Él ofrézcanse a sí mismos” (n. 80). Es decir, la participación de los fieles en la Santa Misa es unirse al Sacrificio de Jesús -que obra in Persona en el sacerdote ministerial-, a través del sacerdote ministerial, pero de ninguna manera poseen la potestad de realizar el Sacrificio por ellos mismos. Para evitar malentendidos, Pío XII reitera: “El hecho, sin embargo, de que los fieles participen en el sacrificio eucarístico no significa que también estén dotados de poder sacerdotal” (n. 82).

“Mediator Dei” enseña que “la inmolación incruenta en las palabras de la consagración, cuando Cristo se hace presente sobre el altar en estado de víctima, es realizada por el sacerdote y sólo por él, como representante de Cristo y no como representante de los fieles” (n. 92).

Por tanto, no se pueden condenar las misas privadas sin la participación del pueblo, ni la celebración simultánea de varias misas privadas en distintos altares, alegando erróneamente “el carácter social del sacrificio eucarístico” (n. 96).

Por un designio divino, Jesús instituyó simultáneamente el sacrificio eucarístico y el sacerdocio ministerial y concedió a sus ministros el privilegio exclusivo de renovarlo en los altares de forma incruenta hasta el fin de los tiempos. Si alguien pretendiera cambiar la Misa con el pretexto de “volver a un pasado más antiguo y original”, como el de los primeros cristianos, eso no sería un “enriquecimiento”[1], sino un empobrecimiento, ya que priva a la visión de la Iglesia sobre la Misa, de la luz procedente de las definiciones dogmáticas del Segundo Concilio de Nicea, del IV Concilio de Letrán, del Concilio de Florencia y sobre todo del importantísimo Concilio de Trento, así como de las intuiciones de muchos insignes gigantes de la teología y de la devoción eucarística, como Santo Tomás de Aquino, Roberto Belarmino, Leonardo de Port Maurice y Pedro Julián Eymard.

Es imprescindible recordar que en la Santa Misa, el fin principal es la adoración y glorificación de la Santísima Trinidad, Dios Uno y Trino, a Quien la Santa Iglesia le ofrece, por medio del sacerdote ministerial, el Santo Sacrificio del Altar, la Eucaristía, es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ya que esta es la verdadera y única ofrenda digna de la Trinidad y no el pan y el vino sin consagrar; el fin primario de la Santa Misa es entonces la adoración y glorificación de la Trinidad y nunca el fin subsidiario de santificar las almas, fin que es, precisamente, subsidiario y no principal.

En la Santa Misa, aunque está también presente su gloriosa Resurrección, puesto que en la Misa no comulgamos el Cuerpo muerto de Jesús el Viernes Santo, sino su Cuerpo glorificado, el centro del “misterio de la fe”, el centro del misterio de la Santa Misa se enfoca en la Pasión Redentora del Salvador, puesto que es, por definición, la “renovación incruenta y sacramental” del Santo Sacrificio de la cruz.

Otro elemento a tener en cuenta que, en la Santa Misa, según la teología católica, se hace hincapié y se enfatiza en el Sacrificio de Cristo en la cruz, sacrificio del cual la Santa Misa es su renovación incruenta y sacramental y en segundo lugar, solo en un segundo lugar, se hace mención al memorial, por lo que nunca se puede enfatizar el memorial en detrimento del sacrificio.

El Sacerdote ministerial no es “presidente de la asamblea”, sino aquel que, en carácter precisamente del sacerdote ministerial, ofrece el sacrificio in Persona Christi, es decir, es el único que representa a la Persona de Jesucristo ante el Nuevo Pueblo de Dios.

         La Santa Misa es un “sacrificio propiciatorio” y expiatorio por los pecados de los hombres, para salvar nuestras almas por medio de la Sangre de Cristo ofrecida al Padre y así evitar la eterna condenación en el Infierno; por lo tanto, la Santa Misa no es meramente la celebración jubilosa de la Alianza.

         Según los puntos esenciales de los dogmas definidos en el Concilio de Trento, la Santa Misa Una se deriva de la “lex orandi” de siempre, según la cual el catolicismo es la religión de un Dios infinitamente misericordioso que se apiada de los hombres destinados a la perdición eterna y para ello envía, por su Amor, el Espíritu Santo, a su Hijo, para que muriendo en la cruz aplacara la Ira divina, justamente encendida por los pecados de los hombres, pecados por los cuales los hombres deben hacer en esta vida un “mea culpa” perpetuo y reparar, ofreciendo principalmente el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa. Creer en otra cosa distinta es creer en otra fe, que no es la Santa Fe Católica; es pertenecer a otra iglesia, que no es la Santa Iglesia Católica.



[1] Como afirma erróneamente el cardenal Cantalamessa,

domingo, 30 de agosto de 2020

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”

 


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2020)

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). Jesús nos enseña una forma de oración, la grupal, motivo por el cual es una buena ocasión para hablar de la oración en general: la oración es, para el alma, más esencial que el oxígeno para el organismo, porque se trata de la elevación del alma a Dios, que así alcanza laFuente de Vida Increada. Sin oración, el alma está sin Dios y si está sin Dios está sin vida, por lo tanto, está muerta, igual que el cuerpo cuando se queda sin oxígeno. Si el alma no hace oración, está muerta, porque, aunque esté viva con su vida natural -es decir, la persona habla, respira, se mueve-, sin embargo está muerta a la Vida de Dios, porque no recibe de Él la Vida que es Dios en Sí mismo. Sin Dios, el alma está, paradójicamente, muerta, aun cuando ésta sea en sí misma la vida del cuerpo. Un alma sin oración es como un cadáver, es como un cuerpo sin alma: la oración es al alma lo que el alma es al cuerpo, es decir, es la vida y todavía más, porque por la oración le viene al alma una vida que no es un mero aumento cuantitativo o cualitativo de su vida natural, sino que recibe una Vida nueva, una Vida que antes no tenía, una Vida que es la Vida misma de Dios, que es la Vida Increada.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. La oración puede ser individual o en grupo, pero aun si es en grupo –“donde dos o tres se reúnen”-, la condición, para que sea verdadera oración y alcance al alma la Vida que viene de Dios, es que sea interior, según otra enseñanza de Nuestro Señor: “Cuando ores, entra en tu habitación y cierra la puerta y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. En otras palabras, la oración puede ser hecha en forma grupal, según la enseñanza del Evangelio de hoy, pero aun así debe ser interior y personal, para que sea escuchada por Dios y alcance de Dios su Vida Eterna.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Si queremos que nuestra alma esté viva con la Vida de Dios, hagamos entonces oración continua, sea individual o grupal, pero hagamos oración y para cuando hagamos oración, tengamos en cuenta que hay una oración que es indefectiblemente escuchada por Dios, y es la Santa Misa, porque en ella es el Cordero de Dios quien se inmola para expiar por nuestros pecados para conseguirnos la gracia santificante que nos convierte en hijos de Dios. Entonces, si hay una oración en la que las palabras del Señor se hacen realidad -“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”-, ésa es la Santa Misa, porque ahí Él se hace Presente en Persona, por la oración de la Iglesia. Por eso mismo, asistamos al Santo Sacrificio del altar y recibamos al Cordero de Dios que se nos entrega en la Eucaristía y así tendremos la Presencia y la Vida de la Trinidad en nuestras almas.

sábado, 27 de julio de 2019

En la Santa Misa se vive el Padrenuestro



(Domingo XVII - TO - Ciclo C – 2019)

         En el Evangelio (cfr. Lc 11, 1-13), Jesús enseña dos cosas: qué orar y cómo orar. Qué orar, porque nos enseña una oración nueva, el Padrenuestro, lo cual quiere decir que nos enseña a tratar a Dios como Padre; cómo orar, porque con la parábola del amigo que da a su amigo tres panes debido a la insistencia, sin hacer caso de lo inoportuno de la hora, Jesús nos enseña a que recemos a toda hora, en todo tiempo -a tiempo y destiempo- porque si el hombre de la parábola dio a su amigo lo que le pedía debido a su insistencia, también Dios nos dará a nosotros lo que le pedimos, si se lo pedimos con insistencia, también a tiempo y a destiempo. Por eso es que decimos que Jesús, en esta parábola, nos enseña a orar con insistencia, con constancia y con perseverancia.
         La otra cosa que nos enseña Jesús una oración nueva, propia del cristianismo y es el Padrenuestro: es nueva porque tratamos a Dios como a “Padre” y no solamente como a “Señor” y esto tiene fundamento en la realidad, porque por la gracia de la filiación adoptiva, somos verdaderamente hijos de Dios, no en un sentido meramente moral, de deseo o declarativo: verdaderamente somos hijos de Dios, porque hemos recibido, en el bautismo sacramental, la gracia de la filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo de Dios desde toda la eternidad. Por esto mismo es que con toda razón podemos llamar a Dios “Padre”. Ahora bien, la novedad del Padrenuestro no se termina ahí. Podemos decir, también con toda razón, que el Padrenuestro que rezamos, se realiza en la Santa Misa o, dicho en otras palabras, podemos decir que el Padrenuestro se vive en la Santa Misa. Veamos por qué.
         “Padrenuestro que estás en el cielo”: en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios, que está en el cielo, pero en la Santa Misa, ese Dios al cual nos dirigimos está frente a nosotros, en el misterio de la liturgia, porque el altar se convierte en una parte del cielo, en donde se encuentra a Dios. Si en el Padrenuestro nos dirigimos a Dios, en la Santa Misa nos encontramos con Él, personalmente, porque si el altar es una parte del cielo durante la Misa, en el cielo está Él en su Trinidad de Personas.
         “Santificado sea tu Nombre”: en el Padrenuestro pedimos que el nombre de Dios sea santificado; en la Santa Misa, quien santifica por nosotros el nombre Tres veces Santo de Dios es el mismo Jesucristo, quien baja desde el cielo hasta el altar eucarístico, para dar gloria al Dios del cielo y así santificar su Nombre.
         “Venga a nosotros tu Reino”: en el Padrenuestro pedimos que venga a Dios su Reino; en la Santa Misa, esa petición se hace realidad, porque no sólo, como vimos, el altar se convierte en una parte del cielo en donde está Dios y por lo tanto su Reino, sino que en la Misa, por el misterio de la liturgia eucarística, viene a nosotros el Rey del cielo, Cristo Jesús en la Eucaristía.
         “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”: en el Padrenuestro pedimos que se haga la voluntad de Dios: en la Santa Misa esa voluntad se cumple, porque la voluntad de Dios es que todos seamos salvados y quien cumple ese deseo, renovando su sacrificio incruento en la cruz, sobre el altar, es Cristo Jesús, para que todos seamos salvados.
         “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en el Padrenuestro pedimos el pan de cada día; en la Santa Misa, ese pedido se cumple, porque Dios, además de darnos lo que necesitamos en el plano material, nos da el pan Eucarístico, el Pan Vivo bajado del cielo, cada día, cada vez que celebramos la Santa Misa.
         “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: en la Santa Misa esta petición se cumple porque aun antes de que le pidamos a Dios que nos perdone, Él envía a su Hijo para que muera en la Cruz y así nos perdone los pecados, al mismo tiempo que nos da, desde la Cruz del altar y desde la Eucaristía, la fuerza sobrenatural que necesitamos para perdonar a nuestros enemigos, tal como Él nos perdonó desde la Cruz.
         “No nos dejes caer en la tentación”: en la Santa Misa se cumple esta petición, porque al comulgar la Eucaristía, recibimos no sólo los dones y las virtudes que nos fortalecen para no caer en la tentación, sino que recibimos al mismo Rey del Cielo, Cristo Jesús, quien nos comunica de su misma fuerza divina, para que no caigamos en la tentación y nos conservemos en estado de gracia.
         “Y líbranos del mal”: esta petición se cumple en la Santa Misa, porque Jesús, en el altar, renueva de modo incruento y sacramental su santo sacrificio del Calvario, sacrificio con el cual derrota para siempre al Demonio, que es el mal personificado, y así nos libra de este ángel caído, un ser  maligno que sólo busca nuestra eterna perdición. En la Misa, en cada Misa, se renueva el Santo Sacrificio de la Cruz, por el cual Cristo Jesús venció al Demonio de una vez y para siempre, librándonos del Príncipe del mal, el Demonio.
         “Amén”: el “Amén” que entonamos en la Santa Misa es el Amén con el cual nos unimos a la Iglesia Triunfante y a la Iglesia Peregrina, glorificando así nuevamente, al final del Padrenuestros, el Nombre Tres veces Santo de Dios.
         Por todas estas razones, no hay oración más hermosa que el Padrenuestro, porque no solo nos dirigimos a Dios como hijos adoptivos y muy amados suyos, sino porque también es una oración viva, que se vive en cada Santa Misa, que se realiza ante nuestros ojos, cada vez que rezamos como nuestro Padre.

miércoles, 29 de marzo de 2017

“Los judíos querían matarlo porque se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre”


“Los judíos querían matarlo porque se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre” (Jn 5, 17-30). Jesús revela de sí mismo su condición de Dios Hijo, procedente del Padre, consubstancial al Padre –y por lo tanto al Espíritu Santo- y, por lo tanto, revela la armonía que existe en las Tres Divinas Personas, en el querer ad intra y en el obrar ad extra: “Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”. Esta unidad en la acción, que se deriva de la participación de la misma naturaleza divina y del mismo Acto de Ser divino trinitario por parte de las Tres Divinas Personas, refleja la perfección infinita de Dios Trinidad: si hubiera disenso entre las Divinas Personas, Dios no sería tal, porque no sería perfecto. Afirmar lo contrario, es decir, afirmar división y disensión al interno de la Trinidad, es una falsedad y una herejía.
“Lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”: lo que es una Verdad revelada, y por lo tanto, fuente de alegría y gozo para los hombres, que descansan de sus tribulaciones con la seguridad de que Dios Trino crea y conduce el universo hacia la final santificación, constituye para los judíos por el contrario una blasfemia, porque rechazan la Trinidad en Dios, permaneciendo en la revelación de Dios como meramente Uno y no Trino y por ese motivo buscan matar a Jesús: “Los judíos querían matarlo porque se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre”.
“Lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo”. La Creación –en el Génesis-, la Redención –en el Calvario-, la santificación y purificación –en Pentecostés- es obra de un mismo Dios, que es Trinidad de Personas, que crea, redime y santifica, y gobierna el mundo, desde la Creación, hasta el Apocalipsis, hasta la renovación total del mundo en el Espíritu Santo, cuando creará el “cielo nuevo y tierra nueva”. No hay ni un segundo de la historia, de la humanidad y del hombre, en que Dios Trino no esté Presente con su Querer, su Amor y su Obrar conjunto y armónico en sus Tres Divinas Personas. Y si esto es válido para el universo creado, visible e invisible, lo es aún más para la obra maestra de la Trinidad, la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de Jesús en la Cruz:
“Mi Padre trabaja y Yo también trabajo”. La Trinidad de Personas trabaja en la obra de nuestra redención y santificación, todos los días, haciendo que el sacrificio de la Cruz nos sea accesible a todos los hombres de todos los tiempos y lugares, por la Santa Misa. No hagamos vano el trabajo de la Trinidad, no desperdiciemos ni despreciemos su obra maestra, el santo sacrificio del altar y aprovechémoslo cada vez que nos sea posible, no sea que lo lamentemos cuando ya sea demasiado tarde.


lunes, 26 de septiembre de 2016

“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”



“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9, 51-56). El Evangelio destaca la actitud decidida, firme, valiente, de Nuestro Señor Jesucristo: “Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén”. Esta actitud de Jesús se valora en toda su dimensión cuando se considera la oración previa que revela la causa por la que se dirige “decididamente” a Jerusalén, y es el haber llegado la Hora de su Pasión: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo”, esto es, cuando debía ya, en el tiempo establecido por el Padre, llevar a cumplimiento su misterio pascual de Muerte y Redención, “Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. Es decir, Jesús, en cuanto Hombre-Dios, sabía perfectamente qué es lo que habría de sucederle; sabía que sería acusado injustamente y sentenciado a muerte; sabría que sería flagelado y coronado de espinas y luego ajusticiado en el patíbulo de la cruz; sabía que sería abandonado por sus discípulos –los mismos a los que habría de llamar “amigos” en la Última Cena-; sabía que sería traicionado por el “hijo de la perdición”, Judas Iscariote; sabía que sería abandonado por todos, menos por su Madre, la Virgen; sabía que habría de morir de una muerte cruenta y dolorosísima en la cruz, y sin embargo, se encamina “decididamente” hacia Jerusalén. Además de su valentía y fortaleza sobrehumanas, destaca en Jesús el Amor que arde en su Sagrado Corazón, por todos y cada uno de los hombres, porque es por ellos, por todos los hombres de todos los tiempos, por los que se encamina “decididamente” a Jerusalén, para redimirlos y santificarlos mediante su muerte en cruz. Esto quiere decir que Jesús, en su “caminar decidido” hacia Jerusalén, no sólo estaba pensando en cuánto habría Él de sufrir, sino que estaba pensando en todos y cada uno de nosotros, porque era por nosotros, por nuestra salvación individual y personal, de todos y cada uno de los hombres, por quienes decidía sufrir la Pasión. Esto nos hace ver que si la valentía y fortaleza de Jesús son enormes, pues no lo amedrenta el sacrificio de la cruz, inmensamente mayor es su Amor por nosotros, porque es por Amor a nosotros, a cada uno de los hombres, que se decide encaminarse a Jerusalén. Es decir, Jesús no sólo piensa en su Pasión, sino que nos tiene, a todos y cada uno de los hombres, en su Sagrado Corazón, cuando se encamina “decididamente” a Jerusalén. Entonces, esto nos lleva a la siguiente reflexión: si Jesús, pensando en mí y sólo en mí, movido por el Amor infinito y eterno que arde en su Sagrado Corazón, se encaminó “decididamente” a Jerusalén para sufrir su Pasión, Muerte y Resurrección, ¿por qué yo no me dirijo “decididamente” a la Santa Misa, en donde se renueva, en el altar y por el misterio de la liturgia eucarística, de modo incruento, el mismo y único Sacrificio de la Cruz? Jesús se encaminó “decididamente” hacia Jerusalén, para morir por mí en la cruz, ¿y qué hago yo? ¿Me encamino “decididamente” hacia la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, movido por amor a Jesús?  

martes, 16 de febrero de 2016

“Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’”


         “Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’” (Mc 6, 7-15). Jesús enseña a sus discípulos a orar y da dos indicaciones acerca de cómo debe orar un cristiano: por un lado, debe ser una oración que se diferencie de la “oración de los paganos”, quienes “creen que oran porque hablan mucho”, con lo cual Jesús quiere dar a entender la vacuidad en el orar a deidades demoníacas, como es propio del paganismo, y una oración así no es escuchada por Dios: “Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados”. Entonces, por exclusión y en el polo opuesto a las oraciones realizadas por los paganos –la oración mecánica, fría, sin amor por el Dios verdadero-, se encuentra la oración del cristiano, la cual, para ser auténtica –y para que sea escuchada por Dios-, debe nacer del corazón, lo que quiere decir que debe ser una oración hecha con amor y la razón de esto es que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y, por lo tanto, sólo escucha las oraciones hechas con amor.
La otra indicación para orar es que los cristianos, desde ahora en adelante, pueden llamar a Dios “Padre”: “Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo”. Ahora bien, también los judíos llamaban a Dios “Padre”, pero la diferencia con la paternidad de Dios a partir de Jesucristo, es que ahora Dios es “verdaderamente” –ontológicamente, podríamos decir- Padre, porque la gracia santificante comunicada por Jesucristo hace al alma participar de la filiación divina del Hijo de Dios, de manera tal que el bautizado es hecho “verdaderamente” –ontológicamente- hijo de Dios por el bautismo debido a que precisamente recibe la participación en la filiación divina con la cual el mismo Jesucristo es Hijo de Dios desde la eternidad. En otras palabras, el llamar “Padre” a Dios no es, para el bautizado en la Iglesia Católica, una cuestión de sentimentalismo: a partir del momento en el que recibe el bautismo, el católico se convierte en verdadero hijo de Dios al recibir la participación en la filiación divina del Hijo Unigénito de Dios, Jesucristo. Los otros hombres –los no bautizados- sólo son “hijos de Dios” de modo genérico, en el sentido de que son creación de Dios, pero no son hijos de Dios en el mismo sentido y en el mismo grado que los católicos, que recibieron el bautismo sacramental.
         “Cuando ustedes oren…”. Dos indicaciones, entonces, de Jesús, para la oración verdaderamente cristiana: debe ser hecha con amor y no debe ser una mera repetición mecánica; debe ser dirigida a Dios con un sentimiento realmente filial porque, por Jesucristo, hemos sido adoptados como hijos verdaderamente suyos y por lo tanto es verdaderamente nuestro “Padre”.
Entonces, surge la pregunta: si así debe ser la oración de los cristianos -surgida desde lo más profundo del corazón y con sentimiento de hijos verdaderos-, ¿cuál es, de entre todas las oraciones, la oración más perfecta? La oración más perfecta, es decir, la que se realiza con amor infinito y eterno a Dios y con un sentido verdaderamente filial, es la Santa Misa, porque allí Jesucristo, el Hijo de Dios, ama al Padre con un amor infinito y eterno, el Amor que inhabita en su Sagrado Corazón y le da gracias por haber salvado a los hombres por medio del Santo Sacrificio de la Cruz, renovado en forma incruenta y sacramental sobre el altar, al entregar su Cuerpo en la Eucaristía y derramar su Sangre en el cáliz. Entonces, uniéndonos a Jesucristo en el Santo Sacrificio del Altar, damos a Dios la más perfecta oración cristiana, la oración de acción de gracias del Hijo de Dios, que nace de su Sagrado Corazón y se eleva al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         

viernes, 5 de septiembre de 2014

“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
         “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En este Evangelio, Jesús nos hace ver dos cosas: por un lado, la importancia de la oración, y por otro, la importancia de la oración en comunidad: “Donde hay dos o tres -comunidad- reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando hay oración y oración en comunidad –esto es lo que significa “dos o tres”, quiere decir “grupo” o “cantidad”, Jesús está “en medio de ellos”-, lo cual es un aliciente para que los miembros de la Iglesia se reúnan a orar en grupos. No es un alegato contra la oración individual, todo lo contrario, puesto que la oración individual también es encarecidamente recomendada por Jesús, cuando dice que el que quiera rezar debe “cerrar la puerta de su habitación y orar al Padre del cielo, y el Padre, que “ve en lo oculto” escuchará esa oración; la oración individual es sumamente necesaria, porque nuestra relación con Dios es ante todo y en primer lugar, de tipo personal, individual, y es por eso que la “puerta cerrada de la habitación” y el orar en esa “habitación cerrada”, significa el orar a solas, de modo individual, íntimo y privado, con Dios Uno y Trino. Aún más, el cristiano está llamado a entablar una relación personal, de “tú a tú” con cada una de las Personas de la Santísima Trinidad, y esto no se puede hacer de manera grupal, colectiva, sino individual, personal, íntima, porque cada persona es un individuo único e irrepetible.
Hecha esta salvedad acerca de la oración personal, retornamos entonces a la oración grupal a la cual nos invita Jesús en este Evangelio: cuando Jesús dice: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, esto sí nos conduce a la noción de una oración hecha ya no de modo individual, personal, íntimo, sino a una oración realizada entre personas reunidas en grupos de oración, es decir, es una oración que se realiza de modo grupal y no individual. Dentro de la Iglesia, hay distintos modos y niveles de hacer esta oración grupal, pero lo que hay que tener en cuenta, desde un principio, es que, tanto en la oración individual, como en la grupal, cuando se siente el impulso de rezar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, ese deseo de orar proviene del Espíritu Santo; es decir, es una gracia y se debe secundar de inmediato, y no debe, de ninguna manera, dejársela de lado, porque como dice Sor Faustina Kowalska, esa gracia pasa y luego no vuelve más[1].
Ahora bien, podríamos decir que en la Iglesia hay dos niveles de oración grupal, inspiradas por el Espíritu Santo: la familia y la misma Iglesia.
El primer nivel de oración grupal, inspirado por el Espíritu Santo, es la familia, y es por esto que los Padres de la Iglesia la llamaban la “Iglesia doméstica”[2], porque la consideraban como una verdadera iglesia en pequeño, en donde los padres debían ser los primeros catequistas de los hijos y en donde los hijos debían amar y respetar a los padres, por representar estos a la voz de Dios.  Los padres, por lo tanto, tienen el deber de construir sus familias como verdaderas “Iglesias domésticas”, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia.
Los padres de familia pueden -y deben- hacer gustar el Amor de Jesús a sus hijos: si se preocupan por dar de comer a sus hijos y porque sus hijos tengan la mejor educación, mucho más tienen que preocuparse porque sus hijos se alimenten de la Palabra de Dios encarnada, que es Jesús en la Eucaristía, que se dona a sí mismo en la Misa del Domingo, y deben preocuparse porque sean educados por la Sabiduría divina, que es Jesús en Persona, que se dona en la Palabra y en el Evangelio dominical. Los padres de familia pueden y deben transformar a sus respectivas familias en una 2Iglesia doméstica”, según el espíritu de los Padres de la Iglesia, convocados por el Espíritu Santo, para que todos gusten la Presencia de Jesucristo, y esto lo pueden lograr mediante el recurso de su autoridad paterna, convocando, de modo amoroso, pero firme, a los hijos, alrededor de un altar familiar, en donde estén las imágenes centrales de Jesús y de la Virgen y luego también las de San Miguel Arcángel y las de los santos a los cuales se les tenga más devoción, para así hacer oración en familia, dedicándole un tiempo durante la semana a la oración, recordando las palabras de Jesús en el Evangelio: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, y donde está Jesús, está la Virgen, y donde están Jesús y la Virgen, están los ángeles de luz y los santos, y esa es la razón por la cual la familia que reza, se convierte en un faro de luz que irradia luz de salvación a los demás (lo que deben tener en cuenta los padres es que, si no se rezan con sus hijos, si Jesús y la Virgen no constituyen el centro de las familias, el centro familiar será ocupado por el televisor, por Internet, por el celular, por la Tablet, por la Play Station, lo cual quiere decir, el espíritu del mundo, que es el espíritu de las tinieblas, porque el espíritu de las tinieblas está pronto a ocupar el lugar que solo le corresponde a Dios, pero que por tibieza, indiferencia, negligencia o ignorancia, queda vacío).
La familia entonces se convierte en un lugar de oración cuando los padres, respondiendo al impulso del Espíritu, convocan a los hijos a orar, y esto constituye para los padres una obligación y un deber ante Dios, pero si los padres de familia tienen la obligación de convertir a sus hogares en Iglesias domésticas, los hijos, a su vez, tienen el deber de amor de escuchar a sus padres y de obedecerles, cuando estos les inviten a rezar, en virtud del Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás Padre y Madre”, porque la honra se demuestra con la obediencia y la obediencia se basa en el amor. Entonces, es el Espíritu Santo el que convoca a los padres de familia y a los hijos a formar grupos de oración en sus hogares, pero lo hace no para que lo sientan como un “deber obligatorio, pesado y aburrido, porque lo dijo el padre en el sermón”, sino que el Espíritu Santo sopla en los corazones invitando a la oración en familia, para que padres e hijos hagan de sus hogares la Iglesia doméstica, y así experimenten en sus corazones la dulce Presencia de Jesús, quien no dejará de hacerse sentir, con el Amor de su Sagrado Corazón, en lo más profundo de quienes lo invoquen con fe y con amor. Ése es entonces el primer nivel en donde actúa el Espíritu Santo, convocando a los miembros de la Iglesia a formar una comunidad viva y orante: en la familia, constituyéndola como “Iglesia doméstica”.
         El otro nivel de oración comunitaria en el que actúa el Espíritu Santo es el propiamente eclesial, en donde la Iglesia se encuentra organizada ya como institución y en donde el Espíritu de Dios opera insuflándole vida, porque lo que mueve a la Iglesia, lo que le da vida, es el Espíritu Santo, el cual por este motivo es llamado también “Alma de la Iglesia”. Y como Alma de la Iglesia, le da vida al Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados y la vida para los bautizados consiste en la unión con el Ser trinitario de Dios y esa unión viene por la oración y de todas las oraciones de la Iglesia, la más perfecta de todas, es la Santa Misa, porque en ella es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien reza y se ofrece como Víctima propiciatoria, en expiación por los pecados del mundo. 
           Entonces, si el impulso a rezar en la familia se debe a la acción del Espíritu Santo, mucho más intensa es la acción convocante del Espíritu para la Santa Misa, en donde Jesús se hace Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico y se hace presente en el altar eucarístico, en medio de la asamblea, para donarse a sí mismo, a todos y cada uno, para dar a todos la plenitud del Amor del Padre y del Hijo.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. El Espíritu Santo convoca a los hombres para hacer gustar el Amor de Dios por medio de la oración y por la Santa Misa, pero hoy los hombres, la inmensa mayoría, hacen oídos sordos a esta invitación, y prefieren en cambio reunirse por motivos muy distintos: por partidos de fútbol, de rugby, o por carreras de fórmula uno, o por eventos sociales de todo tipo, como casamientos, cumpleaños, graduaciones, etc. y en esos eventos, el espíritu mundano es el que los convoca, y ese espíritu mundano les propone todo tipo de vanidades y mundanidades -diversiones vanas, pasajeras, superfluas, peligrosas, que ponen en riesgo la salvación eterna-, y los hombres, sin embargo, acuden gustosos a esas reuniones mundanas; los hombres, de todo tipo de clase y condición social, y de cualquier edad, acuden gustosos a reunirse para festejar y celebrar el espíritu del mundo, pero cuando el Espíritu Santo les sugiere reunirse para orar y así gustar la Presencia del Señor Jesús –“Ved qué bueno es el Señor, hagan la prueba y véanlo, dichoso aquel que busca en Él refugio”, dice el Salmo[3]-, todos tienen excusas para no acudir a la cita, posponiendo e intercambiando al Rey de los cielos por pasatiempos vanos e inútiles que conducen, detrás de la sensualidad, las luces multicolores, la música estridente, las carcajadas, el alcohol y las substancias tóxicas sin freno, a las siniestras puertas del Abismo de donde no se sale y en donde no hay redención.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando se siente el deseo y el impulso de rezar a Jesucristo –sea de modo individual o en grupo-, hay que tener en cuenta que es el Espíritu Santo el que nos convoca a la oración, y que esto es una gracia, porque “nadie puede pronunciar el nombre de Jesús, sino es inspirado por el Espíritu”[4], por lo cual no se debe rechazar esa gracia, a riesgo de que no vuelva más. También hay que considerar que la convocatoria a la oración que hace el Espíritu, es una convocatoria de amor, porque el Espíritu que nos congrega a los bautizados es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor, y que procediendo de ambos en el cielo[5], convoca a la unidad y a la comunión en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia, y por eso es una convocatoria a la comunión en el Amor y para el Amor Divino, porque el Espíritu Santo, dice San Agustín, nos reúne entre nosotros, formando un solo Cuerpo, que es la Iglesia, en el Amor, pero para que gocemos del Padre y del Hijo, en el Espíritu, que es Amor[6]; en otras palabras, cuando el Espíritu Santo nos convoca a orar, esa convocatoria es una convocatoria para gustar el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, para que por su Amor nos unamos al Padre. 
Y si esta convocatoria del Espíritu sucede a nivel de familia -que es un grupo eclesial pequeño- es válido, con mucha mayor razón todavía es válido, cuando se trata de la Santa Misa: cuando el Espíritu Santo nos convoca para la Santa Misa, no nos convoca para un rito aburrido y tedioso; no nos convoca para un evento social; no nos convoca para cumplir con un precepto religioso de una determinada iglesia; cuando el Espíritu Santo nos convoca a la Santa Misa, lo hace porque se hará Presente el Rey de reyes y Señor de señores, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, quien luego de bajar del cielo obedeciendo al sacerdote ministerial, después de las palabras de la transubstanciación, se ocultará y quedará escondido detrás de algo que parece pan pero que ya no lo será más, porque será su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, la Eucaristía, y todo lo hará para donar el Amor de su Sagrado Corazón. 
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Para que asistamos a la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y para que recibamos la plenitud del Amor de Dios, contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es que el Espíritu Santo nos convoca el Domingo, Día del Señor.





[1] Esto quiere decir que debemos aprovechar absolutamente todo lo que nos sucede, en el día a día, aun lo que parece más monótono y “aburrido”, para ofrecerlo a Dios, a Jesús en la cruz. Dice así Sor Faustina: “¡Oh vida gris y monótona, cuantos tesoros encierras! Ninguna hora se parece a la otra, pues la tristeza y la monotonía desaparecen cuando miro todo con los ojos de la fe. La gracia que hay para mí en esta hora no se repetirá en la hora siguiente. Me será dada en la hora siguiente, pero no será ya la misma. El tiempo pasa y no vuelve nunca. Lo que contiene en sí, no cambiaría jamás; lo sella con el sello para la eternidad” (Diario 62).
[2] Además, entre otros muchos lugares del Magisterio, así la llama también el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1666: “El hogar cristiano es el lugar en que los hijos de Dios reciben el primer anuncio  de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente ‘Iglesia doméstica’, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana”; el Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium,  en el numero 11, llama a la familia Ecclesia domestica, y dice que los padres son los primeros anunciadores de la fe para los hijos; Juan Pablo II la llama “Iglesia doméstica” en el número 21 de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.
[3] 34, 8.
[4] Cfr. 1 Cor 12, 3.
[5] Cfr. Yves M.-J., Congar, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 222-223.
[6] Cfr. B. de Margerie, La doctrine de Saint Augustin sur l’Esprit Saint comme communion et source de communion, “Augustinianum”, 12 (1972) 107-119.

lunes, 14 de julio de 2014

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”


“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15-20). Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia a toda la creación y les dice que habrá prodigios que los acompañarán para aquellos que crean: la curación de enfermos y la expulsión de demonios. Estos prodigios son prolegómenos del Reino, de la Buena Noticia, y no constituyen en sí mismos la Buena Noticia; la Buena Noticia consiste en que Jesús, el Hombre-Dios, ha venido a este mundo, para derrotar, en la cruz, al demonio, al pecado y a la muerte, y nos ha concedido la filiación divina, dándonos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios; la Buena Noticia es que Jesús nos ha abierto las puertas de la eternidad, al ser traspasado su Corazón en la cruz, y es por eso que luego de esta vida nos espera la vida eterna en el Reino de los cielos para quienes creemos en Jesús como nuestro Salvador.

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”. Muchos cristianos confunden la Buena Noticia con los prolegómenos, con los prodigios: creen que la Buena Noticia son los prodigios que acompañan a su anuncio: la curación de las enfermedades y la expulsión de demonios, y esto constituye una desvirtuación del Evangelio, porque de esta manera se pierde el sentido de trascendencia, de vida eterna, que espera a aquel que cree en Cristo Jesús, para convertirse el Evangelio en simplemente un modo de vivir mejor en esta vida, quitando lo que la incomoda. Como cristianos, debemos tener bien en claro que la Buena Noticia no es la curación de enfermedades ni la expulsión de demonios, sino la vida eterna en Jesucristo, conseguida al precio de su vida, inmolada en el sacrificio de la cruz, sacrificio renovado cada vez, de modo incruento, en el Santo Sacrificio del altar.

jueves, 22 de mayo de 2014

“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”


“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 12-17). En la Última Cena, Jesús da un mandamiento nuevo, verdaderamente nuevo, que no se encontraba en la Ley de Moisés y es el mandamiento de la caridad: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Algunos sostienen que no es nuevo, porque Jesús manda a amar al prójimo, y este mandamiento ya estaba en la ley mosaica, pero la novedad radica en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Es decir, es verdad que la Ley mosaica mandaba amar al prójimo, pero este mandato tenía un límite y era que consideraba como “prójimo” solamente al que profesaba la misma religión; el otro límite, era que excluía al enemigo, ya que, en relación al enemigo, lo que imperaba era la ley del Talión –ojo por ojo y diente por diente, una ley que buscaba la justicia pero que degeneraba en venganza-; el otro límite era el humano: el amor con el que se amaba al prójimo en la ley mosaica, era meramente humano.
Ahora, Jesús introduce un elemento radicalmente nuevo, tan nuevo, que lo hace absolutamente distinto: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. La novedad radica, como decíamos, en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Ahora, a partir de Jesús, el cristiano está obligado, por la ley de la caridad, a amar a su prójimo, incluido su enemigo y, sin hacer acepción de personas, a todo ser humano, practique o no su religión, “como Cristo lo ha amado”, porque en eso radica el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. ¿Y cómo nos ha amado Jesús? Con un amor de cruz, con un amor sobrenatural, celestial, con un amor de una fuerza tan grande, que lleva a subir a la cruz y a morir en la cruz, literalmente hablando, y no de modo figurado o simbólico, por el prójimo, como lo hizo Cristo Jesús por todos y cada uno de nosotros.

“Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. El amor por el prójimo es un amor de cruz y como la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, el primer lugar en donde comienza la inmolación por amor hacia el prójimo –para los esposos, el primer prójimo es el cónyuge; para los hijos, sus padres, para los hermanos, sus hermanos, etc.-, es el altar eucarístico. No puede nunca el alma asistir de modo pasivo a la Santa Misa, ya que allí se le presenta la oportunidad de unirse sacrificialmente al Santo Sacrificio del Altar, ofreciéndose al Padre, unida al sacrificio de Cristo, por los prójimos que ama. Es la forma más perfecta de dar cumplimiento al mandato nuevo de la caridad de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.

domingo, 1 de septiembre de 2013

"El Espíritu del Señor me envió a anunciar la Buena Noticia"

       

      "El Espíritu del Señor me envió a anunciar la Buena Noticia" (cfr. Lc 4, 16-30). Jesús lee en la sinagoga un pasaje del libro del profeta Isaías, en donde el profeta revela que el Espíritu de Dios lo ha enviado a "anunciar la Buena Noticia", y se aplica a sí mismo el pasaje. Esto es verdaderamente así, porque todo en la vida de Jesús es una manifestación del Espíritu Santo, es decir, del Amor de Dios: es por Amor que Dios Hijo ha sido llevado -por así decirlo- del seno del Padre al seno de la Virgen Madre, para que se encarnase en su seno virgen; es por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que Jesús nace milagrosamente como Niño para luego, ya en la edad adulta, donarse a sí mismo como Pan de Vida eterna, don que habrá de concretarse en el sacrificio de la Cruz y que se renovará de modo incruento cada vez en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, para que al ser recibido en la comunión eucarística, comunique al alma que lo recibe el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Jesús es el Enviado por el Espíritu Santo para proclamar la Buena Noticia, que consiste precisamente en esto, en el don de sí mismo, para la salvación de los hombres, y en el don del Espíritu Santo, para que los hombres, santificados por la gracia divina, sean inmersos en el Amor de Dios y conducidos, por el Espíritu Santo, a la íntima comunión de vida y de amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad.
           "El Espíritu del Señor me envió a anunciar la Buena Noticia". Cada cristiano, en cuanto lleva en sí la imagen de Jesucristo por la gracia santificante, debe aplicarse para sí mismo estas palabras, y es por este motivo que cada cristiano debe ser -o al menos debería serlo- el instrumento del Amor divino que refleja a los demás el Amor, la paciencia, la bondad, la caridad, la entrega, la generosidad, la humildad, de Jesucristo; cada cristiano está llamado a ser que es una imagen viviente de Jesucristo, imitándolo en el don de sí mismo y en el don del Amor de Dios, siendo para los demás una fuente de paz, de bondad, de caridad y de amor divino y humano. Si el cristiano no lo hace, es decir, si no se convierte en una imagen viviente de Jesucristo y no refleja el Amor de Cristo a los demás, con sus obras, entonces su paso por la vida es "vanidad de vanidades" (Ecl 1, 3).

martes, 26 de febrero de 2013

“El Hijo del hombre será crucificado, pero al tercer día resucitará”



“El Hijo del hombre será crucificado, pero al tercer día resucitará” (Mt 20, 17-28). Jesús profetiza su Pasión, Muerte y Resurrección, su Misterio Pascual, su muerte en cruz, por medio de la cual habría de dar la vida eterna a los hombres.
El Misterio Pascual de Jesús es el evento más grandioso y absolutamente maravilloso que jamás los hombres podrían contemplar: un Dios de infinita majestad y poder que, por Amor incomprensible a los hombres, deja los cielos eternos, se encarna en el seno de una Madre Virgen, asume una naturaleza humana y permite que sobre su naturaleza humana asumida se descargue todo el peso de la Justicia divina, al asumir sobre sí la maldad de toda la humanidad; muere en cruz, destruyendo  con su muerte la muerte de los hombres y resucita al tercer día comunicando de su vida divina a su Cuerpo muerto y a través de él, a toda la humanidad.
El evento pascual de Jesús, su muerte en cruz y su resurrección, debería constituir para los hombres de todos los tiempos el fundamento de su alegría en la tristezas del mundo, su fortaleza en las tribulaciones, su descanso en el arduo vivir diario, su razón de vivir, de existir y de ser. Tanto más, cuanto que el Hombre-Dios renueva su Misterio Pascual en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, obrando el Milagro de los milagros, la Eucaristía, por medio de la cual deja sobre el altar eucarístico su Corazón palpitante, lleno de la vida, el Amor, la luz, la paz y la alegría de Dios, para extra-colmar de Amor divino al alma que lo recibe con y con amor en la comunión.
Sin embargo, tanto el misterio pascual de Jesús, como su renovación sacramental en la Santa Misa, pasan desapercibidos no sólo para los paganos, sino ante todo para los católicos, convertidos en su inmensa mayoría en neo-paganos, una especie de paganismo mil veces más tenebroso que el paganismo pre-cristiano, porque se trata del paganismo de quien ha conocido a Cristo –al menos, en la catequesis de Primera Comunión y de Confirmación- y lo ha rechazado, prefiriendo las tinieblas del error, de la herejía, del cisma y de la apostasía, a la refulgente y esplendorosa luz de la Verdad que brilla en la Iglesia.
“El Hijo del hombre será entregado a los paganos, quienes lo crucificarán y lo matarán”. Así como los paganos dieron muerte a Jesús, así los neo-paganos, los católicos que han apostatado postrándose ante los ídolos del mundo -el materialismo, el hedonismo, la política, la diversión desenfrenada, el fútbol, la música indecente, la brujería, el ocultismo-, dan muerte a Cristo nuevamente, todos los días, con su apostasía, crucificando su Cuerpo físico en la cruz y despreciando y pisoteando su Cuerpo resucitado en la Eucaristía.
“El Hijo del hombre será crucificado, morirá en cruz, pero al tercer día resucitará, y donará su Cuerpo resucitado en la Eucaristía, a todo aquel que lo reciba con fe y con amor en la comunión”. Si estas palabras fueran creídas y fueran vividas con fe sobrenatural por los católicos, el mundo sería un Paraíso terrenal, un anticipo del Paraíso celestial.