Mostrando entradas con la etiqueta hijo del carpintero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hijo del carpintero. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de febrero de 2023

"¿Acaso no es el hijo del carpintero?”

 


“¿Qué son esos milagros y esa sabiduría? ¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?” (cfr. Mc 6, 1-6). Los contemporáneos de Jesús, al comprobar que Jesús posee una sabiduría sobrenatural, es decir, una sabiduría que es superior no solo a la humana sino a la angélica y que por lo tanto solo puede provenir de Dios, y al comprobar que Jesús realiza milagros de todo tipo -curaciones de enfermedades, exorcizar demonios, dar la vista a los ciegos-, se sorprenden, ya que se dan cuenta de que ni la sabiduría de Jesús ni sus milagros, se explican por su condición humana. Sin embargo, tampoco alcanzan todavía a comprender que Jesús posee esta sabiduría divina y realiza milagros que sólo Dios puede hacer, porque Él es Dios Hijo encarnado.

Esto sucede porque los contemporáneos de Jesús ven solo la humanidad de Jesús, y así piensan que es un vecino más entre tantos y por eso exclaman: “¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?”. A pesar de ver milagros y escuchar la Palabra de Dios, los contemporáneos de Jesús solo ven en Jesús al “hijo del carpintero”, al “hijo de María”. Y Jesús sí es el “hijo del carpintero”, pero es el hijo adoptivo, porque San José no es el padre biológico de Jesús y sí es “el hijo de María”, pero de María Virgen y Madre de Dios, porque Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Solo la luz de la gracia santificante da la capacidad al alma de poder ver, en Jesús, al Hijo de Dios, a la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.

En nuestros días, parecen repetirse las palabras de asombro e incredulidad, entre muchos cristianos, al ver la Eucaristía, porque dicen: “¿Acaso la Eucaristía no es solo un poco de pan bendecido? ¿Cómo podría la Eucaristía concederme la sabiduría divina y obrar el milagro de la conversión de mi corazón?”. Y esto lo dicen muchos cristianos porque no ven, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino el Sagrado Corazón de Jesús en Persona, que al ingresar por la Comunión, nos comunica la Sabiduría y el Amor de Dios.

sábado, 14 de agosto de 2021

“Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”

 


(Domingo XXI - TO - Ciclo B – 2021)

         “Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55. 60-69). Cuando Jesús se auto-revela como “verdadera comida” y “verdadera bebida”, muchos de los judíos se escandalizan de sus palabras: “Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”. Es decir, los judíos se escandalizan porque como consideran a Jesús como al “hijo de José y María”, que “ha vivido con ellos desde que nació” y que “conocen a sus parientes”, no pueden comprender de qué manera Jesús les diga que su carne es “verdadera comida” y su sangre “verdadera bebida”. Piensan que Jesús los está instando a cometer una especie de canibalismo, que los está incitando a que literalmente se alimenten de su cuerpo todavía no glorificado y de su sangre, tampoco glorificada todavía. De ahí el escándalo de los judíos y la expresión que utilizan: “Son duras estas palabras”, como diciendo: “¿Cómo puede ser que tengamos que comer la carne del hijo del carpintero y beber su sangre”.

Lo que debemos entender es que lo que les sucede a los judíos es que ven a Jesús humanamente, con la sola luz de su razón y todavía no glorificado; lo ven como a un hombre más entre tantos, como al “hijo del carpintero” y no como al Hombre-Dios, que debe sufrir su misterio pascual de Muerte y Resurrección para así donar su Carne y su Sangre como alimento celestial en la Sagrada Eucaristía. En otras palabras, los judíos se escandalizan porque consideran que la carne de Jesús y su sangre, ofrecidos por Él como “verdadera comida” y “verdadera bebida”, son el cuerpo y la sangre de Jesús antes de ser glorificados, es decir, antes de pasar por el misterio salvífico de Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, antes de ser glorificados. La realidad es que cuando Jesús dice que su carne es “verdadera comida” y su sangre es “verdadera bebida”, está hablando de su Cuerpo y de su Sangre ya glorificados, como habiendo ya pasado por el misterio pascual de Muerte y Resurrección, Resurrección por la cual habría de glorificar su humanidad. La Carne de Jesús y su Sangre, se convierten en verdadera comida y en verdadera bebida cuando Jesús muere en la cruz y luego resucita con su Cuerpo glorificado y luego, cuando la Iglesia renueva sacramentalmente su Pasión y Resurrección, al consagrar el pan y el vino y convertirlos, por el milagro de la transubstanciación, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Es decir, cuando la Iglesia Católica, luego de la transubstanciación –transubstanciación que se produce cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, ostenta la Eucaristía y dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, está ofreciendo la Carne de Jesús, su Sagrado Corazón glorificado y está ofreciendo en el Cáliz su Sangre, glorificada. Es entonces a través de la Santa Misa y por el milagro de la transubstanciación que la Iglesia no sólo repitiendo las palabras de Jesús, sino que da cumplimiento a estas palabras y ofrece a los fieles bautizados la Carne y la Sangre glorificadas de Jesús, en la Sagrada Eucaristía. Es en la Santa Misa en donde se cumplen, en la realidad y en el misterio sacramental, las palabras de Jesús dichas a los judíos: “Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”.

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Con esta frase, Jesús anticipa y profetiza acerca del don de la Eucaristía, que es su Cuerpo y su Sangre, ya glorificados y es esto lo que la Santa Iglesia Católica ofrece a los hijos de Dios, cada vez que celebra la Santa Misa. Sin embargo, al igual que muchos judíos se escandalizaron y se apartaron de Jesús, manifestando que esas palabras eran “duras”, hoy también, en la Iglesia Católica, en el seno del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados, hay muchos que se apartan de Jesús, porque para recibir la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el Cordero de Dios, debemos apartarnos del mundo anticristiano y del pecado. Muchos católicos, cuando se les enseña que la Eucaristía no es una “cosa”, sino la “Carne y la Sangre” del Cordero de Dios, Cristo Jesús y que deben dejar el mundo y la vida de pecado para recibirlo, repiten con los judíos: “Son duras estas palabras, ¿quién las puede creer? Mejor me quedo en el mundo y me aparto de Cristo, porque no quiero comer su Carne ni beber su Sangre, prefiero el mundo y el pecado”. Y así, apartados de la Eucaristía, se apartan –muchos, para siempre-, del Reino de Dios.

 

domingo, 1 de agosto de 2021

“Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo”

 


(Domingo XIX - TO - Ciclo B – 2021)

“Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo” (Jn 6, 41-51). Jesús se auto-proclama como “Pan Vivo bajado del cielo” y frente a esta revelación, los judíos se escandalizan porque lo ven humanamente, lo ven como a un hombre más entre tantos y por eso no pueden comprender de qué manera Jesús pueda ser “Pan Vivo bajado del cielo”. Para los judíos, Jesús es sólo un hombre más, es el “hijo del carpintero” y por eso se preguntan: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”. En otras palabras, los judíos -como así también los protestantes y los musulmanes- no pueden entender el motivo por el cual Jesús se llama a Sí mismo “Pan Vivo bajado del cielo”, si es sólo “el hijo del carpintero”. ¿Porqué les sucede esto? Esto les sucede porque no tienen la luz de la gracia santificante que, proviniendo del mismo Cristo, ilumina las mentes y los corazones, para reconocer a Dios en Cristo o, mejor dicho, para reconocer que Cristo es Dios. Ahora bien, también a nosotros nos puede suceder lo mismo, es decir, el no reconocer la divinidad de Cristo, lo cual implica reconocer, implícitamente, la virginidad de la Madre de Dios y la castidad de San José: un ejemplo de esta falta de luz de la fe católica es la monja apóstata Lucía Caram, la cual públicamente, en un programa televisivo. ofendió a la Virgen y a San José y también a Jesús, al negar la Pureza de María Virgen y la castidad de San José.

Lo mismo sucede en nuestros días con numerosos católicos, quienes cuestionan no solo la divinidad de Cristo, sino su Presencia real en la Eucaristía. Es decir, la fe católica afirma que Cristo es Dios y que por lo tanto, la Eucaristía es Dios, porque es Cristo Dios en Persona, oculto en apariencia de pan, pero muchos católicos cuestionan esta verdad de la divinidad de Cristo y de la Eucaristía, así como los judíos cuestionaban la divinidad de Cristo y su revelación de ser Él el Pan Vivo bajado del cielo.

         “Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo”. Desde la Eucaristía, Jesús nos dice, en el silencio de la oración, lo mismo que le decía a los judíos: Él es el Pan Vivo bajado del cielo, Él es el Maná Verdadero que nos alimenta en el desierto de la vida, en nuestro peregrinar hacia la Jerusalén celestial, Él es el Pan Vivo que nos da la vida eterna, la vida misma de la Trinidad. No repitamos el error de los judíos y, reconociendo a Cristo Dios Presente en Persona en la Eucaristía, nos postremos en adoración ante el Cordero de Dios.

jueves, 22 de julio de 2021

“¿Acaso no es el hijo del carpintero?”

 


         “¿Acaso no es el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-58). Ante la sabiduría divina y los milagros propios de Dios que hace Jesús, los cuales demuestran que Él es quien dice ser, el Hijo de Dios encarnado, muchos, de entre los contemporáneos de Jesús se muestran incrédulos y en vez de reconocerlo como al Hombre-Dios, lo consideran sólo como a un hombre más, de ahí que se refieran a Jesús como al “hijo del carpintero”. Es decir, hay dos concepciones absolutamente contrapuestas acerca de Jesús: los incrédulos, quienes lo consideran como un hombre más entre tantos y aquellos que lo reconocen como Dios encarnado y se postran en adoración ante Él.

         ¿A qué se debe esta diferente concepción de Jesús? Se debe a una luz, que no proviene del hombre ni del ángel y es la luz de la gracia santificante. Es esta gracia la que ilumina la mente del hombre y del ángel y le permite a estas creaturas racionales saber que Jesús es Dios Hijo encarnado y no un hombre más entre tantos. Dios concede a todos la gracia que ilumina el intelecto, pero no todas las personas la aceptan y es aquí en donde radica la explicación del porqué algunos reconocen a Cristo como Dios encarnado y otros, como un simple hombre.

         “¿Acaso no es el hijo del carpintero?”. Jesús es el Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Si lo consideramos sólo como a un hombre más, es decir, como al “hijo del carpintero”, entonces estamos profesando una fe distinta a la Fe de la Santa Iglesia Católica.

jueves, 18 de marzo de 2021

“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios”

 


“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios” (Jn 10, 31-42). El argumento dado por los judíos para justificar el intento de asesinato de Jesús –lo querían lapidar, es decir, apedrearlo hasta la muerte-, revela dos verdades: por un lado, la inmensa ceguera espiritual de los judíos –ceguera que, por otra parte, es voluntaria, porque viendo se niegan a creer-, que intentan matar a Jesús por el simple hecho de revelarles que Él es Dios Hijo encarnado; por otro lado, estas palabras de los judíos ponen de manifiesto la Verdad acerca de Dios y su Mesías: Dios había prometido en repetidas ocasiones la llegada del Mesías, que habría de liberar al Pueblo Elegido de su esclavitud, pero no estaba revelado explícitamente que ese Mesías no sería sólo un profeta más, ni un hombre santo, sino el mismo Dios en Persona y ahora, que los judíos lo tienen frente a ellos mismos, se niegan a reconocerlo como al Dios en el que ellos creían y pretenden matarlo. Con sus palabras, los judíos manifiestan su propia incredulidad: “Siendo hombre, te haces Dios”. Es decir, ellos veían a Jesús de Nazareth, un hombre, y le llamaban “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”, con lo cual lo consideraban sólo un hombre y nada más que un hombre. Pero cuando Jesús les dice que Él es Dios, aplicándose a Sí mismo el Nombre sagrado con el cual los judíos nombraban a Dios –“Yo Soy”-, entonces lo tratan de blasfemo –“te haces pasar por Dios”- y pretenden matarlo. Esta ceguera de los judíos es voluntaria, porque como el mismo Jesús les dice, si no le creen a Él, crean al menos en sus obras –sus milagros-, porque sus obras dan testimonio de que Él es Dios, ya que esas obras, esos milagros, sólo pueden ser hechos por Dios.

“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios”. Así como un pecado conduce a otro pecado, así la voluntaria ceguera de no querer ver los milagros de Jesús como hechos por Dios en Persona, los conduce inevitablemente a negar a Jesús su condición de Hijo de Dios y a considerarlo sólo un hombre que, por añadidura, es blasfemo, al hacerse pasar por Dios. Esta ceguera no es neutra: conducirá a los judíos a una ceguera cada vez más grande, al punto de lograr su objetivo, por medio de calumnias e injurias, condenar a muerte en cruz a Jesús. Ahora bien, como de todo se puede tomar una lección, aprendamos nosotros a reconocer el error de los judíos, para no cometer el mismo error y no neguemos nunca la condición de Cristo como Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

sábado, 30 de enero de 2021

“Se asombró de su falta de fe”

 


“Se asombró de su falta de fe” (Mc 6, 1-6). Lo ven hacer milagros que sólo Dios puede y en vez de concluir que Jesús es Dios encarnado, concluyen equivocadamente pensando que Jesús es solo un hombre más, que tiene poderes especiales, concedidos vaya a saber por quién. En efecto, a pesar de que Jesús “habla con autoridad y sabiduría” y obra milagros que sólo pueden ser realizados con el poder divino, aun así, sus contemporáneos y vecinos del pueblo no lo reconocen como a Dios Hombre, sino que lo tratan de “hijo del carpintero”, “hijo de María”, que tiene “hermanos que viven entre ellos” y que “no saben de dónde le viene esta sabiduría”.

Por un lado, esta actitud refleja el estado espiritual de quienes contemplan a Jesús obrar milagros pero no lo reconocen como Dios encarnado: son quienes reducen la religión católica a lo que puede ser explicado por la razón, es decir, son racionalistas, que niegan todo lo que haya de sobrenatural, de milagroso, de misterioso origen divino. Si no puede ser explicado por la razón, sin la ayuda de la gracia y de la fe, entonces no existe. Esta clase de católicos racionalistas rebajan a la religión católica al ínfimo nivel de la razón humana, despojándola de todo misterio y de toda acción sobrenatural (divina) o preternatural (angélica).

Por otra parte, esta actitud racionalista, negadora de lo sobrenatural y de la condición de Jesús de ser Dios y de poder hacer milagros que sólo Dios puede hacer, tiene sus consecuencias: Dios no puede obrar milagros en quien no tiene fe y así lo dice el Evangelio: “Y no pudo hacer allí ningún milagro”. La consecuencia de la falta -culpable- de fe en Jesús como Hombre-Dios, tiene una consecuencia directa y es que Jesús no puede obrar milagros en donde no hay fe.

“Se asombró de su falta de fe”. La falta de fe católica en la misma Iglesia Católica es un hecho que se puede comprobar cotidianamente, vista la notoria salida de la Iglesia de bautizados en la Iglesia Católica, que así dejan de vivir una vida de santidad, para vivir en el pecado. Esta falta de fe, a su vez, es la causa de que Jesús, al igual que en el episodio del Evangelio, no pueda obrar milagros en sus vidas.

domingo, 26 de julio de 2020

“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?”





“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-58). La pregunta acerca de Jesús es la pregunta típica de alguien que lo contempla a la luz, no de la fe de la Iglesia Católica, sino a la luz de su propia razón. Quien ve a Jesús, pero no con la fe de la Iglesia Católica, que es un don y una luz del Espíritu Santo, cae inevitablemente en el racionalismo, es decir, en el negar la condición divina, de Hijo de Dios encarnado, de Jesús de Nazareth, y de relegarlo, al mismo tiempo, al “hijo del carpintero”. Para quien no tiene la luz del Espíritu Santo, Jesús es sólo un profeta más, es sólo un hombre santo más entre tantos, tal vez uno de los más santos, al cual Dios acompaña con sus milagros. Sin embargo, esta no es la fe de la Iglesia Católica: según la Iglesia Católica, Jesús, más que “el hijo del carpintero”, es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado en una naturaleza humana y se ha sacrificado a Sí mismo en el altar de la Cruz, para redimir a toda la humanidad. Esta visión de fe tiene consecuencias, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Dios, porque la Eucaristía es el mismo Cristo Dios que está en el Cielo, solo que en la Eucaristía está oculto por las especies del pan y del vino. La visión racionalista también tiene sus consecuencias, que son negativas: si Cristo no es Dios, es decir, si Cristo es sólo “el hijo del carpintero”, entonces la Eucaristía no es Dios, porque la Eucaristía no es Cristo Dios.
“¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?”. La visión racionalista tiene dos peligros: por un lado, conduce a una fe que no es la fe católica, puesto que conduce a creer que Cristo no es Dios y en consecuencia, también la Eucaristía deja de ser Dios; por otro lado, la visión incrédula, racionalista y negacionista de la divinidad de Jesús de Nazareth tiene su precio ya que en un alma incrédula Cristo Dios no puede obrar o si lo hace, lo hace mínimamente, según lo dice el mismo Evangelio: “No hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos”. Esto quiere decir que muchas veces no ocurren milagros en nuestras vidas, no a causa de que Cristo Eucaristía no escucha nuestras peticiones, sino por causa de nuestra incredulidad.

viernes, 2 de enero de 2015

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29-34). Juan el Bautista ve pasar a Jesús y dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Mientras otros ven pasar a Jesús y dicen: “Es el hijo del carpintero” (cfr. Mt 13, 55), Juan el Bautista, en cambio, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan el Bautista ve lo que otros no ven, y lo ve porque está iluminado por el mismo Espíritu Santo, tal como él lo declara: “Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.
Juan ve al Espíritu Santo descender sobre Jesucristo en forma de paloma, y lo ve permanecer sobre Él; es la señal que Dios Padre, que es quien ha enviado a Juan a predicar la Llegada del Mesías, de que Jesús es el Hijo de Dios; a su vez, Juan puede ver al Espíritu Santo, porque él mismo está iluminado por el Espíritu Santo; de otra forma, le sería imposible saber que Jesús es el “Hijo de Dios”, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y “el que bautiza en el Espíritu Santo”.

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A imitación del Bautista, que en Jesús ve, no “al hijo del carpintero”, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, porque está iluminado por el Espíritu Santo, el cristiano, porque está iluminado por la fe de la Iglesia, inhabitada por el Espíritu Santo, al ver la Eucaristía, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, porque el cristiano ve, con los ojos del espíritu, iluminados por la luz de la fe, lo que el mundo no ve: mientras el mundo ve, en la Eucaristía, solo un poco de pan bendecido, el cristiano ve a Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, que bautiza en el Espíritu Santo, y junto al Bautista, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, al igual que el Bautista dio su vida por la Verdad de Jesús como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, así también el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida, testimoniando la Verdad de la Eucaristía: la Eucaristía es Jesús, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.