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miércoles, 16 de abril de 2025

Martes Santo


 


(Ciclo C – 2025)

         “Uno de ustedes me entregará (…) Es aquél a quien Yo le dé el bocado (…) En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él (Judas)” (Jn 13, 21-33. 36-38). En este Evangelio es necesario aclarar el episodio de la traición de Judas Iscariote, porque muchos piensan que hay como una especie de “determinismo fatal”, según el cual Judas estaba irremediablemente condenado a traicionar a Jesús y por lo tanto, a condenar su alma. Por otra parte, según este pensamiento ilógico, Jesús sería cruel porque, sabiendo que Judas Iscariote lo iba a traicionar, según sus mismas palabras –“Haz pronto lo que debes hacer”-, sin embargo, de igual manera le da el bocado y así permite la consumación de la traición y la posterior condenación de Judas.

Al respecto, es necesario considerar que se trata de dos situaciones completamente distintas, que convergen en el tiempo y en el espacio: por un lado, la omnisciencia de Jesús que, en cuanto Hombre-Dios, sabe exactamente todo lo que ha de suceder, hasta el fin de los tiempos, sin que nadie se lo revele, pues todo está ante Él como “un eterno presente”; por otro lado, está el libre albedrío de Judas Iscariote quien, pudiendo elegir entre no traicionar y traicionar a Jesús, elige la traición, porque elige el dinero en vez del Sagrado Corazón de Jesús. Teniendo en cuenta esto, la omnisciencia de Jesús por un lado y el libre albedrío de Judas Iscariote por otro, queda claro que Jesús no es responsable de las libres decisiones tomadas por Judas Iscariote y que el hecho de que Él las conozca por anticipado, no modifica en nada la situación, porque Él no violenta el libre albedrío humano, en este caso, el libre albedrío de Judas Iscariote. Permanece en cambio el misterio de porqué Jesús, en cuanto Dios, crea a Judas Iscariote, sabiendo desde toda la eternidad que él se iba a condenar por su traición y esto se responde con Santo Tomás de Aquino, diciendo que es más perfecto el acto de ser actual que la mera existencia sin acto de ser y como Dios crea las cosas perfectas, era más perfecto que creara a Judas, antes de que no lo creara.

Otro elemento a tener en cuenta en este momento de la Pasión del Señor, ya que es mencionado por el Evangelista, es la presencia y actuación de la persona angélica del ángel caído, Satanás, quien influye, con su voluntad pervertida, sobre las malas inclinaciones de Judas Iscariote, ayudándolo, es un decir, a traicionar a Jesús por las treinta monedas de plata. Es decir, si bien Nuestro Señor, por un lado, entrega libremente su vida en la Pasión por nuestra salvación, por otro lado, también intervienen, no menos libremente, las voluntades pervertidas de los hombres malvados -los fariseos, Judas Iscariote- que obran en común acuerdo con el ángel caído, Satanás, para lograr el objetivo común que los une en el odio y es el de crucificar a Jesús. El Evangelio narra cómo el Príncipe de las tinieblas actúa no solo por fuera del círculo íntimo de los discípulos de Jesús, sino incluso hasta en el interior mismo, llegando a atreverse a tentar y lograr desviar en la fe en Jesús nada menos que al Primer Papa, a Pedro, siendo desenmascarado su obrar demoníaco de rechazo de la Cruz por el mismo Jesús en Persona, cuando después que Pedro negara la Pasión, Jesús conjura al Demonio a retirarse: “Vade retro, Satan!”. Y si usa a Pedro, pero Pedro logra ser rescatado por Jesús en Persona, mucho más lo usa a Judas Iscariote, el cual persiste en su endurecimiento de corazón y en su rechazo del Sagrado Corazón, prefiriendo escuchar el duro y frío tintineo metálico de las monedas de plata, antes que el suave y reconfortante latido del Sagrado Corazón de Jesús. Este actuar conjunto entre el Demonio y los hombres perversos, que desean ver destruida a la Iglesia Católica, continúa en el misterio de los tiempos, puesto que no solo no se ha detenido desde que comenzó, en el mismo inicio de la Iglesia Naciente, sino que continúa y todavía continuará más, hasta desencadenar la última persecución sangrienta, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, según lo atestigua proféticamente el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. n. 675). Todavía más, esta última persecución será tan cruenta y despiada y de alcance tan universal, que todo parecerá humanamente perdido, al punto que Nuestro Señor Jesucristo tuvo que prometer su asistencia divina y su protección divina para su Iglesia, de manera que el recuerdo de sus palabras diera ánimo a quienes vivieran en esos tiempos de suma oscuridad: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia”. En otras palabras, así como el demonio y los hombres -fariseos, Judas Iscariote- actuaron en forma conjunta para crucificar a Jesús, así continúan haciéndolo en la actualidad a través de distintas ideologías anti-cristianas -comunismo, masonería, liberalismo, socialismo, gnosticismo, etc.-.

         Esta actuación conjunta entre el Príncipe de las tinieblas y los hombres malvados se describe en el Evangelio, en orden cronológico.

         El final de los cuarenta días de ayuno es descripto así en el Evangelio de Lucas: “Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de Él hasta el momento oportuno” (Lc 4, 13). Ese “momento oportuno” del Demonio será la “hora de las tinieblas” –“Es vuestra hora”, dirá Jesús-, es el tiempo de la Pasión, en donde Satanás y el Infierno parecerán controlar todo y en donde las tinieblas vivientes parecerán haber triunfado por encima de los planes de Dios.

         Al final del capítulo en el cual se habla de la institución de la Eucaristía, Jesús dice directamente de Judas: “uno de vosotros es un diablo”. El párrafo dice así: “Jesús replicó: ¿No os elegí Yo a los Doce? Y, sin embargo, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote. Porque Judas, precisamente uno de los Doce, lo iba a entregar” (Jn 6, 70-71). No puede haber mayor precisión en describir el estado espiritual de un ser humano que se ha aliado al demonio con todo su ser. Y este ser humano se une al Ángel caído para traicionar al Hombre-Dios, no desde fuera, sino desde el seno mismo de la Iglesia y así es como la traición surge del seno mismo de la Iglesia Naciente: quien traiciona a Jesús es Judas Iscariote, llamado “amigo” por Jesús, y nombrado por Él sacerdote y obispo. Esto nos debe hacer ver que debemos “estar atentos y vigilar”, porque “el diablo ronda como león rugiente, buscando a quien devorar”, y busca devorar el corazón del hombre, destruyendo en él todo resquicio de bondad, de piedad, de amistad, de compasión, de amor, para inocularle el veneno letal del odio deicida.

Lucas advierte en las horas de la Pasión que Judas no está movido simplemente por su amor al dinero, su egoísmo, su amor a la mentira, su frialdad, su desprecio por Jesús y sus enseñanzas, sino que está movido y guiado por Satanás: “Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce, y éste fue a tratar con los jefes de los Sacerdotes y las autoridades del templo la manera de entregárselo” (Lc 22, 3). Los signos de la presencia del ángel de las tinieblas en una persona son la traición, el deseo homicida, cainita, el corazón oscuro y no transparente, con doblez, y todavía peor aún, el deseo deicida, el deseo de matar a Dios Encarnado. Judas obra con un corazón doble, porque delante de Jesús y de los demás Apóstoles se muestra como uno más entre todos, pero cuando no se encuentra con ellos, va en busca de los enemigos de Jesús, para planear su entrega y su muerte. La codicia del dinero es para Judas su perdición, porque como dice Jesús, “no se puede servir a Dios y al dinero”.

         En la Última Cena, se narra cómo el diablo ha desplazado todo pensamiento de piedad y de amor hacia Jesús y ocupa por completo la mente de Judas Iscariote, guiando sus pensamientos hacia la traición y el odio: “Estaban cenando y ya el diablo había metido en la cabeza a Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de traicionar a Jesús” (Jn 13, 2).

         En el transcurso de la Última Cena, se describe la posesión demoníaca de Judas Iscariote, ocurrida en el momento en el que Judas “toma el bocado” que le da Jesús. A partir de aquí, la obsesión demoníaca pasa a ser posesión perfecta en Judas, porque desde este momento, hasta su voluntad queda sometida al demonio, de modo que para Judas ya no hay retorno posible: su voluntad queda indisolublemente fijada en la voluntad del ángel caído y queda asociada por lo tanto a su destino eterno, la eterna perdición. Jesús le da el bocado y con el bocado entra Satanás, que lo posee en el cuerpo y le domina el alma a través de los pensamientos y la voluntad, lo cual constituye la posesión perfecta, de la cual es imposible la liberación porque el hombre se entrega sin reservas al Príncipe de las tinieblas, al tiempo que rechaza por completo a su Redentor, Cristo Jesús.

         La posesión perfecta se completa en el momento en el que Judas toma el bocado que le da Jesús: “Cuando Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró en él… Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. (Afuera) Era de noche” (Jn 13, 27. 3). La terrible consecuencia de elegir al demonio en vez de Cristo: Judas no recibe el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sino un “trozo de pan mojado” en salsa, símbolo de los bienes materiales mal habidos y de las pasiones sin control; es decir, Judas no se alimenta en el alma con la Eucaristía, como el resto de los Apóstoles, sino con un manjar terreno; en consecuencia Jesús no entra en su alma para inhabitar en él por la gracia y el amor, como sucede en la comunión eucarística, sino que el que “entra en él” es Satanás, quien lo domina en el cuerpo y guía su mente y su voluntad, por el odio y por la fuerza, con lo que se ve que la posesión es la parodia demoníaca que la “mona de Dios” hace de la inhabitación trinitaria; la posesión demoníaca es la anti-inhabitación trinitaria. Las tinieblas cosmológicas que reciben a Judas Iscariote –“Afuera era de noche”- cuando sale del Cenáculo y de la compañía del Sagrado Corazón de Jesús, son un símbolo de las siniestras tinieblas espirituales en las que su alma se sumerge voluntariamente, al comulgar con el demonio. Obrar las obras del demonio y no las de Dios, tienen esta terrible consecuencia: el demonio se apodera de la persona, y las tinieblas lo engullen literalmente, como le sucedió a Judas al salir del Cenáculo.

         La acción del demonio no termina aquí, y no se limita a Judas, sino que continúa con Pedro y los discípulos, los cuales superarán la prueba sólo por la fe inquebrantable en Cristo Jesús: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como al trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32).

         Después del beso de la traición en el Huerto de los Olivos, Jesús declara que todo cuanto sucede se debe a que a los ángeles caídos y a los hombres a ellos asociados, se les ha concedido un momento de poder contra Él[1]: “Cada día estaba con vosotros en el templo, y no me pusisteis las manos encima; pero ésta es vuestra hora: la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

Al meditar sobre la Pasión del Señor en Semana Santa, es necesario considerar que la Pasión es llevada a cabo libremente por nuestro Señor, pero que libremente también nosotros debemos asociarnos a su Pasión, por medio de la oración, la penitencia, las obras de caridad y la recepción de la gracia sacramental. También, tener en cuenta que cuando no se viven en el amor los Mandamientos de Dios, se cumplen en el odio los mandamientos de Satanás, tal como lo hace Judas Iscariote. La Semana Santa debe servir entonces para hacer el firme propósito de no obrar nunca las obras de las tinieblas, sino las obras de Dios, que son las obras de misericordia y de asociarnos al Sagrado Corazón de Jesús en su Hora más amarga, la Hora de la Pasión.

 



[1] Raúl Salvucci, Experiencias de un exorcista, Editorial Fundación Jesús de la Misericordia, Quito 2004, 78-80.


lunes, 3 de abril de 2023

Martes Santo



    En este Evangelio Jesús anuncia la traición de uno de los Doce y la negación de Pedro; de esta manera, se muestra cómo obran conjuntamente, tanto la fragilidad humana, que cede ante la presión y persecución de los poderosos, como la actividad angélica del Ángel caído, Satanás, quien aprovechándose de la debilidad de los hombres, los induce no solo a abandonar a Jesús, dejándolo solo a merced de los enemigos, como sucederá en el Huerto de los Olivos, sino todavía más, los lleva a negar rotunda y explícitamente la Cruz, como en el caso de Pedro, que ya era Papa al momento de negar la Cruz, y también a pactar con el enemigo de Cristo, la Sinagoga, como en el caso de Judas Iscariote.

Si nos ponemos a considerar las palabras de Jesús, vemos cómo, desde el inicio mismo de la Iglesia, de su Iglesia, la Iglesia Católica, conspiran contra Ella dos grandes fuerzas, tanto humanas como angélicas, buscando su destrucción: conspiran desde afuera la Sinagoga, pero también conspiran desde dentro, desde el seno mismo de la Iglesia Católica, desde sus más encumbrados miembros, como Judas Iscariote, quien era sacerdote y obispo al momento de traicionar a Jesús y ambos enemigos, tanto externos como internos, cuentan con el apoyo incondicional del Ángel caído, Satanás. Así vemos cómo, desde su inicio primigenio, la Iglesia Católica es perseguida por sus enemigos, que no son solo externos, sino también internos, como Judas Iscariote, y son estos también los más peligrosos, como son mucho más difíciles de detectar y de combatir. Además, ambos, como ya lo vimos, cuentan con el apoyo y sostén del Infierno, en su lucha por ver destruida a la Iglesia Católica, la Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo. Pero la defección de los miembros de la Iglesia se da también entre los buenos: el mismo Pedro, siendo ya Vicario de Cristo, cuando Cristo le profetiza su Pasión y Muerte en Cruz, rechaza de plano la Cruz, oponiéndose frontalmente a los planes salvíficos de la Santísima Trinidad, quien había decretado que los hombres fueran salvados por el sacrificio voluntario de Dios Hijo, a pedido de Dios Padre, en el Amor de Dios Espíritu Santo. 

Como vemos, los cargos eclesiásticos, por más altos que sean, tanto para laicos como para sacerdotes, no aseguran, de ninguna manera, la santidad y el seguimiento de Cristo por el Camino de la Cruz, el Via Crucis. Por el contrario, parecería que el orden sacerdotal muestra una fragilidad tan grande ante la tribulación -Judas lo traiciona, Pedro rechaza la Cruz, los Apóstoles se duermen en el Huerto de los Olivos, en vez de orar, en el momento de mayor peligro para Jesús, los Apóstoles lo abandonan, en el Huerto y en la Cruz-, que el hecho de que la Iglesia permanezca en pie, a pesar de los abandonos y traiciones desde su seno mismo, sumado esto a los ataques externos, es una comprobación del origen divino de la Iglesia Católica y de la asistencia a la Esposa de Cristo por parte del Espíritu Santo.

Al reflexionar sobre este Evangelio, nos damos cuenta que también nosotros podemos cometer los mismos pecados y errores; también nosotros abandonamos a Jesús, rechazamos la Cruz, lo traicionamos, cada vez que elegimos el pecado en vez de la gracia; también nosotros, como Judas Iscariote, nos dejamos tentar por el tintineo del dinero y no por los latidos del Sagrado Corazón. Al reconocernos capaces "de todo pecado", como decía San José María Escrivá de Balaguer, refugiémonos en el Corazón de quien nunca, ni lo traicionó, ni lo abandonó, sino que lo acompañó todo el tiempo, al pie de la Cruz, el Inmaculado Corazón de María.


lunes, 15 de abril de 2019

Martes Santo



Jesús entrega el bocado a Judas Iscariote y Satanás entra en él.

(Ciclo C – 2019)

          “En cuanto (Judas Iscariote) recibió el bocado, Satanás entró en él (…) Judas salió. Afuera era de noche” (Jn 13, 21-33). El Evangelio no puede ser más explícito en describir una posesión satánica, la posesión de Judas por parte de Satanás. El momento de la posesión se da en el instante en el que Judas “toma el bocado”. Muchos dicen que se trataría de la Eucaristía, pero otros afirman que no, que se trataba de la comida que los discípulos estaban cenando. El hecho de tratarse de un simple bocado de comida y no de la Eucaristía, estaría simbolizando las pasiones que dominan a Judas, entre otras, la de la gula. Es en ese momento en el que Satanás entra en Judas Iscariote, configurándose así una especie de contra-comunión, o de comunión sacrílega, o de comunión invertida, porque mientras los otros discípulos, terminada la cena, comulgan la Eucaristía, esto es, la Carne del Cordero de Dios en apariencia de pan y con la Eucaristía es Jesús, Dios encarnado, quien ingresa en sus almas, en la contra-comunión o anti-comunión de Judas, lo que comulga no es la Eucaristía, sino un manjar terreno, indicando que está dominado por la gula entre otras pasiones y el que ingresa en su alma no es Cristo, sino el Demonio: “En cuanto (Judas Iscariote) recibió el bocado, Satanás entró en él”. Las consecuencias de esta anti-comunión son inmediatas, siniestras y abominables para el alma: el Evangelio dice que Judas, después de ingerir el bocado, “salió del Cenáculo” y que “afuera era de noche”, esto no significa que solamente Judas realizó la acción de salir físicamente del Cenáculo para internarse en la noche cósmica, sino que con su traición y con el Demonio ya en su alma, salió definitivamente del Cenáculo, es decir, del Corazón de Jesús, para internarse en las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, quienes serían desde entonces y hasta su muerte por suicidio, su compañía inseparable.
          “En cuanto (Judas Iscariote) recibió el bocado, Satanás entró en él (…) Judas salió. Afuera era de noche”. No es indistinto recibir a Jesús Eucaristía y su gracia; quien recibe a Jesús Eucaristía, recibe al Hijo de Dios, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, pero para eso, debe despojarse de sí mismo, negarse a sí mismo y a sus pasiones. De lo contrario, quien no se niega a sí mismo y quien no se despoja de sí mismo, le sucede lo que a Judas Iscariote: comulga con el Demonio, el Demonio entra en él y toma posesión de su cuerpo. Y si no hay exorcismo de por medio, la compañía del Demonio será para toda la eternidad, como sucedió con Judas Iscariote, a quien su sed por el dinero lo llevó a comulgar con el Ángel caído.

martes, 27 de marzo de 2018

Martes Santo



(Ciclo B – 2018)

“En cuanto Judas tomó el bocado, Satanás entró en él” (cfr. Jn 13, 21-33.36-38). En la Última Cena, sabiendo Jesús por su omnisciencia divina que su paso a la Casa del Padre estaba cerca, instituye el sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía, cumpliendo así su promesa de que “habría de estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es la suprema muestra de amor de un Dios que es Trinidad de Personas y que en el colmo de su amor por los hombres, se empeña todo Él, en sus Tres Divinas Personas, por la salvación de su imagen y semejanza: Dios Padre pide a Dios Hijo que entregue su Cuerpo y derrame su Sangre, en la Cruz y en la Eucaristía, para dar a los hombres a Dios Espíritu Santo por medio de la Sangre de su Sagrado Corazón Eucarístico.
Pero en el seno mismo de la Iglesia, en medio de los Apóstoles y Amigos de Jesús,  y habiendo Dios Trino manifestado la suprema muestra de Amor hacia los hombres, como es el don del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía en la Última Cena, que por esto es llamada también “Primera Misa”, actúa el Demonio, el Ángel caído, buscando destruir, desde los mismos inicios, a la Iglesia Santa del Redentor, la Iglesia Católica. Y para consumar su obra destructora, Satanás se vale de uno de los Apóstolos, uno de los miembros de los Doce, que había sido ordenado sacerdote por Jesucristo, había sido llamado “amigo” por Él y había compartido su predicación pública, y éste elegido por Satanás es Judas Iscariote.
Mientras los discípulos, postrados ante Jesús, comulgan la Eucaristía, recibiendo el Cuerpo y la Sangre de Jesús en el Pan Vivo bajado del cielo, Judas Iscariote, en cambio, recibe el anti-sacramento, un trozo de pan que no es la Eucaristía, y con este trozo de pan embebido en salsa –símbolo de la gula, pecado capital-, ingresa en él Satanás. Así es como describe, el Evangelista Juan, la posesión demoníaca de Judas Iscariote: “En cuanto Judas tomó el bocado, Satanás entró en él”. Así como el Demonio construye su anti-iglesia, construye también un sistema de sacramentos que en cuanto copia inversa de los sacramentos de la Iglesia, son anti-sacramentos: mientras la Eucaristía contiene ya no la substancia del pan, sino la substancia glorificada del Cuerpo, la Sangre y el Alma de Cristo y contiene también la divinidad de Cristo, porque en la Eucaristía se contiene a la Persona Segunda de la Trinidad, en el anti-sacramento demoníaco sólo hay trigo y agua –no hay transubstanciación- y salsa, como símbolos de la gula y de que es solo alimento del cuerpo y no del alma y en vez de ingresar el Cordero, como lo hace cada vez que un alma en gracia comulga la Eucaristía, ingresa en Judas Iscariote Satanás, como consecuencia de la anti-comunión del anti-sacramento: “En cuanto Judas tomó el bocado, Satanás entró en él”.
Antes de la Segunda Venida del Señor Jesucristo, el Anticristo imitará a Jesús en la Última Cena y creará un sacerdocio y un sistema sacramental que serán la antítesis del sacerdocio y de los sacramentos de la verdadera y única Iglesia del Cordero, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Para saber si estamos en la Iglesia de Cristo o en la del Anticristo, la prueba será el don instituido por Jesús en la Última Cena, la Eucaristía, esto es, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Cuanto más cerca estemos de la Eucaristía, cuanto más la adoremos, más seguros estaremos de permanecer siempre en Cristo y Cristo en nosotros. Quien se aparte de la Eucaristía, instituida en la Última Cena, comulgará el anti-sacramento del Anticristo y Satanás entrará en él. Como sucedió con el traidor, Judas Iscariote.

martes, 11 de abril de 2017

Martes Santo


(Ciclo A – 2017)

         “En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en Judas Iscariote” (Jn 13, 21-33.36-38). El Evangelio describe, con suma precisión, y con muy pocas palabras, la clamorosa posesión demoníaca de Judas Iscariote, ocurrida inmediatamente después que Jesús le convidara parte del alimento que los discípulos compartían en la Última Cena. El hecho de ingresar Satanás en Judas, al momento de recibir un bocado, constituye la perfecta anti-comunión: en vez de comulgar con el Cuerpo de Cristo sacramentado, tal como lo harán los Apóstoles luego de que Jesús instituya la Eucaristía, pronunciando las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, y así unirse a la Víctima Inocente, Judas se une al Demonio en su rebelión contra Dios y comulga con el Príncipe de las tinieblas; en vez de recibir la Eucaristía, esto es, la Carne del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Judas recibe “un bocado”, es decir, un alimento puramente material, símbolo de su desesperado intento de obtener vanamente la felicidad por medio de la satisfacción de las pasiones sensibles; en vez de unir su alma por la Comunión Eucarística con Jesús, el Cordero de Dios, y así alimentar su alma con la substancia divina y el Amor divino que Jesús les comunicará desde la Eucaristía, tal como harán los Apóstoles, Judas elige alimentar su cuerpo con un alimento perecedero, alimentar su alma con el odio a Dios, compartido y participado con Satanás, y entregarse todo él, con todo su ser, alma y cuerpo, al Demonio, constituyendo el ejemplo perfecto de posesión perfecta –la que llega a la voluntad-, tal como la describen los especialistas en demonología.
Lo que sucede posteriormente es consecuencia de la posesión satánica de Judas Iscariote: el Evangelio narra que, luego de recibido el bocado, Judas salió del Cenáculo en donde acababa de estar con Jesús, y da un detalle: “afuera era de noche”: “Después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche”. La noche cosmológica, la que acontece con el ocultarse del sol, y sus tinieblas, son una figura, en este caso, de la noche del espíritu sin Dios, el espíritu humano que ha sido poseído perfectamente por Satanás y que se introduce, por propia voluntad, en las tinieblas del Abismo infernal, aun antes de haber partido de este mundo. También en esto la traición de Judas es una antítesis de la Comunión Eucarística: por la misma, el alma participa, en germen, de la vida divina de Dios Trino, aun en esta vida terrena, antes de haber atravesado el umbral de la muerte; Judas, todavía vivo en la tierra, ha sumergido ya, por libre elección, su alma, en las más profundas tinieblas del Infierno.

“En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en Judas Iscariote”. La eterna condenación de Judas Iscariote se debió, no a un “castigo divino”, sino a su libre elección: libremente, Judas Iscariote eligió escuchar el tintineo metálico de las monedas de plata, que habría de obtener por traicionar al Amor de Dios, en vez de elegir, como Juan Evangelista, escuchar el suave latido del Sagrado Corazón de Jesús. Su terrible destino debe llevarnos a meditar en la infinita grandeza del Amor de Dios contenido en la Eucaristía, y en las consecuencias que tiene para el alma que libremente elige rechazarlo.

martes, 22 de marzo de 2016

Martes Santo


(Ciclo C - 2016)

         “Cuando Judas tomó el bocado (…) Satanás entró en él (…) Judas salió (y) afuera era de noche” (Jn 13, 21-33. 36-38). No hay, en todo el Evangelio, una descripción más exacta y precisa de una posesión demoníaca, que la que el evangelista Juan hace de Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado (…) Satanás entró en él (…) Judas salió (y) afuera era de noche”. Judas Iscariote representa la anti-comunión con el Hombre-Dios, lo exacto opuesto a lo que debe hacer un hombre si desea salvar su alma. Judas comulga con Satanás y no con Jesucristo; lo que caracteriza a Judas es la mentira, el engaño, la envidia, el deseo de enriquecerse, todo lo contrario y lo opuesto al Amor de Dios, expresado en los Mandamientos. En vez de desear cumplir los Mandamientos de Dios, Judas cumple los mandamientos de Satanás; en recompensa, el Demonio, “Padre de la mentira” (),  “premia” la devoción de Judas por él, “entrando” en Judas, convirtiendo a su cuerpo y su alma en posesión de las tinieblas. El Evangelio relata que, cuando Judas “tomó el bocado”, “Satanás entró en él”. Se trata de la anti-comunión eucarística: no se comulga el Pan del cielo, sino un alimento terreno, como símbolo de las pasiones sin el control de la razón; en Judas no hay amor a Jesucristo, que es lo que se necesita para poder comulgar, sino odio al Hombre-Dios, que es a su vez lo mismo que posee el Ángel caído; Judas prefiere escuchar el tintineo metálico del dinero mal habido, antes que escuchar los latidos del Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, consigue lo que quiere: apartarse de Jesús, “Luz de Luz”, para habitar en las tinieblas, ya que esto es lo que dice el Evangelio: “Judas salió y afuera era de noche”. Judas no solo sale del Cenáculo a una hora en la que ya está todo oscuro: además, Judas sale de la comunión con Cristo, Luz de Luz eterna, para entrar en comunión con las tinieblas vivientes, el Demonio y sus ángeles. La oscuridad cosmológica –“afuera era de noche”- es un símbolo de las sombras vivientes, los ángeles apóstatas.
         Si en el Evangelio se describe la traición de Judas, se revela también, de forma anticipada y por medio de las palabras de Jesús, otra traición, esta vez a manos de Pedro: el Vicario de Cristo afirma que “dará su vida” por su Maestro pero Jesús, que es Dios, sabe que Pedro lo traicionará, aunque a diferencia de Judas Iscariote, Pedro se lamentará amargamente por esta traición y se reivindicará más tarde, dando efectivamente su vida en testimonio de Jesús.
         Por fin, el último Apóstol descrito en este Evangelio es Juan Evangelista, que representa el modelo perfecto del alma que comulga con Jesús: es la antítesis de Judas, porque si Judas traiciona a Cristo porque prefiere escuchar el sonido metálico del dinero antes que los latidos del Sagrado Corazón, el Apóstol Juan, por el contrario, “se recuesta en el pecho del Sagrado Corazón” para escuchar sus latidos, los latidos de Amor y dolor del Hombre-Dios.

         Frente a la traición de Judas y a la futura traición de Pedro, la fidelidad y el amor de San Juan Apóstol, en quien están representadas las almas que abrazan la cruz, proporcionan consuelo a Jesús, en medio de la Gran Tribulación de la Pasión que ya está iniciando.

lunes, 30 de marzo de 2015

Martes Santo


(2015)
         “Cuando Judas recibió el bocado, Satanás entró en él (…) Judas salió del Cenáculo (…) Afuera era de noche” (cfr. Jn 23, 21-33. 36-38). No puede ser más explícito el Evangelio, en describir una posesión demoníaca, la de Judas Iscariote, la cual se produce antes de que los demás discípulos, fieles en el Amor a Jesucristo, comulguen el Cuerpo y la Sangre de Jesús, transubstanciados por la fuerza del Espíritu Santo. Es decir, mientras los discípulos, que permanecerán fieles a Jesucristo, en el Amor, comulgarán en la Última Cena su Cuerpo y su Sangre, transubstanciados a partir del pan y del vino por la omnipotencia del Espíritu de Dios, y así recibirán de Jesucristo a este mismo Espíritu, al comulgarlo, Judas Iscariote, por el contrario, realiza una anti-comunión, una comunión sacrílega, no con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino con Satanás, porque no comulga la Eucaristía, sino simplemente pan material y salsa con carne, un “bocado”, dice el Evangelio, indicando con esto que su banquete no es eminentemente espiritual, como el de los discípulos, sino puramente material, en el que solo busca la satisfacción de sus pasiones corporales. Aunque en su comunión sí hay algo de espiritual, pero no en el Amor, en el Espíritu Santo, con el Padre, a través del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Eucaristía, como lo hacen los discípulos, sino que la comunión de Judas Iscariote, su anti-comunión, es en el odio, con Satanás, en el espíritu de rebelión y de profundo odio preternatural contra Dios y contra su Mesías, Jesucristo, a quien ha consumado ya la traición, decidiéndolo entregar por treinta monedas de plata. Luego de comulgar en rebelión contra Dios, y de fijar su voluntad, en el tiempo y para la eternidad, en el mal, Judas Iscariote “recibe el bocado” y Satanás “entra en él”, consumándose así la posesión perfecta, que consiste en la dominación, por parte del demonio, hasta de la misma voluntad, con lo cual la entrega al Príncipe de las tinieblas es irreversible y definitiva. Cuando Judas Iscariote finaliza su anti-comunión, sale del Cenáculo, y dice el Evangelio que “afuera era de noche”: esto indica tanto la salida real de Judas del Cenáculo, para ir a consumar su traición, en horas de la noche, como la salida definitiva de Judas del radio de acción, por así decirlo, del Amor de Dios, del Sagrado Corazón, que es en lo que consiste la condenación eterna, tanto de los ángeles apóstatas, como de los hombres condenados. El padre Fortea[1] compara a Dios y a las almas con el sistema solar: siendo Dios el sol, el centro del sistema solar, el cuerpo celeste que se aleje de él, cuanto más se aleje, tanto menos recibirá de su luz y de su calor, es decir, de su amor, y tanto más se irá enfriando y oscureciendo, es decir, tanto más se irá fijando su voluntad en el odio irreversible hacia Él, y eso es lo que sucede con los condenados, tanto con los ángeles, como con los hombres. Cuando el Evangelio dice que, al salir Judas del Cenáculo “afuera era de noche”, está indicando, por lo tanto, que no solamente afuera era ya de noche, porque el sol cósmico se había ocultado y la luna estaba en lo alto del firmamento: el Evangelio indica que Judas, al salir del radio de acción del Sagrado Corazón, al negarse a entrar en comunión de vida y amor, que es el Cenáculo de la Última Cena, ingresa, paralelamente, en la tenebrosa noche viviente, es decir, en la comunión de odio y muerte que es la unión con Satanás, que como consecuencia de su traición al Hombre-Dios, se adueñó, de una vez y para siempre, de su cuerpo y de su alma.
“Cuando Judas recibió el bocado, Satanás entró en él (…) Judas salió del Cenáculo (…) Afuera era de noche”. Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, en la Última Cena, para salvarnos, para unirnos, en su Cuerpo, por el Espíritu Santo, al Padre; pero al mismo tiempo, respeta máximamente nuestra libertad, y la comunión sacrílega de Judas Iscariote con Satanás y su posterior posesión, son la muestra de que Dios no obliga a nadie a amarlo y de que respeta la libre voluntad de cada persona; la comunión sacrílega de Judas es la muestra de que todos y cada uno, permanecemos libres para amarlo o no, y quien no quiera hacer ese acto de amor, nadie lo podrá hacer por él; nadie puede excusarse y decir: “No puedo amar a Jesús en la Eucaristía”, porque cada uno tiene la capacidad de amar a Dios, que se dona a sí mismo, en la Persona del Hijo, como Pan de Vida Eterna, en la Eucaristía. En la Última Cena, Jesús entregó su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía por Amor, movido solo por el Divino Amor; al comulgar, entonces, movidos por la gracia, demos a Jesús, todo el amor del que sean capaces de crear nuestros pobres corazones.




[1] Cfr. Summa daemoniaca. Tratado de Demonología, Cuestión 6, Atlas Representaciones, Asunción 2006, p. 62.

lunes, 21 de abril de 2014

Martes de la Octava de Pascua


(Ciclo A - 2014)
“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). María Magdalena va al sepulcro a llorar la muerte de Jesús. Se asoma al sepulcro pero en lugar del cuerpo de Jesús, ve a dos ángeles que le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”; luego, ve a Jesús, de pie, vivo, glorioso y resucitado, pero no lo reconoce, y Jesús le hace la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María, que ha ido en busca de un cadáver, no reconoce a Jesús vivo y glorioso, lleno de vida y de luz; sus ojos están nublados por las lágrimas y el dolor del Viernes Santo; su mente y su alma se han quedado en la tribulación de la Pasión del Via Crucis; su alma no ha podido trascender el dolorosísimo impacto que ha significado para todos los discípulos el ver a Jesús hecho un guiñapo sanguinolento, colgado de la cruz y muerto en la cruz; no solo sus ojos y su retina, sino su mente, su memoria, su imaginación, todos sus sentidos, han quedado impactados por el dolor del Viernes Santo y por el silencio atronador del Sábado Santo, y han ocultado las palabras de Jesús de que Él iba a resucitar al tercer día, y es por eso que María Magdalena, a pesar de que ama a Jesús más que a su propia vida, va al sepulcro a buscar a un cadáver y no a Jesús resucitado. Su fe no trasciende la tribulación, la prueba, la cruz del Viernes Santo, del Sábado Santo, y no es capaz de llegar al Domingo de Resurrección. No son las lágrimas de sus ojos las que le impiden reconocer a Jesús: es su fe puesta a prueba en la tribulación, que no ha superado la prueba. María Magdalena busca un cadáver, a un Jesús muerto, y no a un Jesús vivo, y por eso llora.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchos cristianos, en la Iglesia, se comportan como María Magdalena: en el momento de la prueba, en el momento de la tribulación, en el momento del Viernes Santo, se comportan como si Jesús estuviera muerto, como si Jesús fuera un cadáver, como si Jesús estuviera sepultado, sin vida, en el sepulcro, como si jamás hubiera resucitado. También a esos cristianos, Jesús les dice, desde el sagrario: “Tú, cristiano, ¿por qué lloras? ¿Por qué actúas sin fe? ¿Acaso no estoy Yo vivo, glorioso y resucitado en la Eucaristía?”.

lunes, 14 de abril de 2014

Martes Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Uno de ustedes me entregará” (Jn 13, 21-3). En la Última Cena, Jesús revela uno de los dolores más íntimos y profundos, que desgarran su Sagrado Corazón: la traición de uno de los Apóstoles, de uno de los que integran el círculo de los más cercanos a Él. No es un extraño; es alguien que ha compartido con Él muchos momentos y es alguien a quien Jesús le ha brindado su amor de amistad y a tal punto, de nombrarlo sacerdote, pero que no ha correspondido en lo más mínimo a este amor preferencial de amistad. Por un siniestro misterio de iniquidad, Judas Iscariote –de él se trata- ha preferido, desde el primer instante, escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que escuchar el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús y esta ambición desmedida por el dinero es lo que lo ha llevado a traicionar a Jesús y a pactar su venta por treinta monedas de plata. Jesús nada puede hacer frente a la libre determinación de Judas Iscariote de traicionarlo y de negarle su amor, puesto que el hombre es libre y Dios respeta máximamente el libre albedrío humano, ya que en esto radica la imagen divina del hombre y es así que Jesús se ve obligado a dejarlo librado a su libre albedrío, a pesar de darle evidentes muestras de su amor. Jesús sabe que la dureza de corazón de Judas y su amor por el dinero, sumado al rechazo de su Pasión redentora, lo colocan ya en las puertas mismas del infierno, con su alma en estado de condenación eterna. El dolor de Jesús por la perdición del alma de Judas Iscariote llega al paroxismo cuando Judas, habiendo rechazado de modo impenitente todas las advertencias divinas, comulga de modo sacrílego, recibiendo solo pan en vez de la Eucaristía, siendo poseído inmediatamente por Satanás y envuelto en sus tinieblas. Es esto lo que describe el Evangelio: “…cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (…) afuera era de noche”, es decir, cuando Judas comulgó sacrílegamente, fue poseído por el demonio, y “afuera” del cenáculo, era de noche, pero esa noche cósmica, la noche de luna, simboliza la noche del alma en pecado en mortal y la oscuridad del infierno en la que se precipita el alma que comulga con el Príncipe de las tinieblas.
         “Uno de ustedes me entregará”. No en vano Jesús nos advierte que “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). Judas entregó a Jesús porque amó más al dinero, a treinta monedas de plata, que a Jesús. Prefirió escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora escucha, por la eternidad, los gritos y lamentos de los condenados y los aullidos del Príncipe de las tinieblas. Judas se dejó seducir por el brillo efímero del dinero y se encontró con la oscuridad del infierno. El amor al dinero lleva a Judas a perder doblemente la vida: la vida terrena y la vida eterna.

         “Uno de ustedes me entregará”. No solo ayer, sino también hoy, continúan existiendo Judas dentro de la Iglesia que continúan entregando a Jesús, toda vez que se niega la Verdad revelada y se la sustituye por ideologías que nada tienen que ver con la verdadera doctrina revelada por Jesús. Los modernos Judas crucifican a Jesucristo cuando negando la divinidad de Jesús introducen doctrinas mundanas en la Iglesia que minan sus bases y la deforman de tal manera que es imposible reconocerla como la Esposa de Cristo. Pero a quienes traicionen a Cristo solo les espera, como a Judas Iscariote, la noche y el Príncipe de las tinieblas. 

lunes, 25 de marzo de 2013

Martes Santo


 
(Ciclo C – 2013)
         “Uno de ustedes me entregará (…) Es aquél a quien Yo le dé el bocado (…) En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él (Judas)” (Jn 13, 21-33. 36-38). Si bien es cierto que la Pasión de Jesús es sufrida libre y voluntariamente por Él, puesto que lo que movía a Jesús era el Amor de Dios que ardía en su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo, es también cierto que intervinieron los hombres libremente asociándose, como en el caso de Judas, al demonio, quienes actuaron de común acuerdo para conducir a Jesús a la Cruz. No puede negarse la intervención tanto del demonio como de los hombres pervertidos que actuaban a sus órdenes, puesto que el Evangelio lo pone de manifiesto en múltiples lugares y en la secuencia exacta de los hechos. Precisamente, en los Evangelios, puede verse con claridad cómo el Príncipe de las tinieblas actúa progresivamente, usando a los hombres como a instrumentos –particularmente a Judas Iscariote, cuya posesión está descripta en las narraciones de la Pasión- para llevar a cabo su odio deicida. Es necesario tener en cuenta esta acción conjunta entre el demonio y los hombres a él asociados, porque así como actuaron de modo conjunto en la Pasión para crucificar a Jesús, así continúan actuando, y lo continuarán haciendo hasta el fin de los tiempos, para destruir a la Iglesia de Cristo, y su poder destructor será tan grande con el paso del tiempo, que parecerá todo humanamente perdido para la Iglesia, y de tal manera lo será, que Jesús tuvo que prometer su asistencia divina, de modo que el recuerdo de sus palabras trajera ánimo a quienes vivieran en esos tiempos de suma oscuridad: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia”. Así como el demonio y los hombres actuaron en forma conjunta para crucificar a Jesús, así continúan haciéndolo en la actualidad.
         En el Evangelio se narra, en orden cronológico, el actuar del demonio y de los hombres malignos.
         Al finalizar los cuarenta días de ayuno, se dice así en el Evangelio de Lucas: “Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de Él hasta el momento oportuno” (Lc 4, 13). El “momento oportuno”, será el tiempo de la Pasión, la “hora de las tinieblas”, en donde el demonio parecerá tener control completo de la situación, y en donde las tinieblas, es decir, el mal personificado en la persona angélica del demonio y de los ángeles caídos, parecerá haber triunfado sobre los planes de Dios.
         En el Evangelio de Juan, al final del capítulo en el cual se habla de la institución de la Eucaristía, Jesús dice directamente de Judas: “uno de vosotros es un diablo”. No puede haber más precisión en describir el estado espiritual de un ser humano que se ha aliado al demonio con todo su ser. El párrafo dice así: “Jesús replicó: ¿No os elegí Yo a los Doce? Y, sin embargo, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote. Porque Judas, precisamente uno de los Doce, lo iba a entregar” (Jn 6, 70-71). La traición surge del seno mismo de la Iglesia: quien traiciona a Jesús es Judas Iscariote, llamado “amigo” por Jesús, y nombrado por Él sacerdote y obispo. Esto nos debe hacer ver que debemos “estar atentos y vigilar”, porque “el diablo ronda como león rugiente, buscando a quien devorar”, y busca devorar el corazón del hombre, destruyendo en él todo resquicio de bondad, de piedad, de amistad, de compasión, de amor, para inocularle el veneno letal del odio deicida.
         Ya en las horas de la Pasión, Lucas advierte que Judas no está movido simplemente por sus pasiones –su amor al dinero, su egoísmo, su amor a la mentira, su frialdad, su desprecio por Jesús y sus enseñanzas-, sino que está movido y guiado por Satanás: “Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce, y éste fue a tratar con los jefes de los Sacerdotes y las autoridades del templo la manera de entregárselo” (Lc 22, 3). La traición, el deseo homicida, cainita, el corazón oscuro y no transparente, con doblez, son todos signos de la presencia del ángel de las tinieblas en esa persona. Judas obra con doblez hipócrita, porque delante de Jesús y de los demás Apóstoles se muestra como uno más entre todos, pero cuando no se encuentra con ellos, va en busca de los enemigos de Jesús, para planear su entrega y su muerte. La codicia del dinero –Judas lo entrega por treinta monedas de plata- constituye la perdición de Judas, porque detrás del dinero mal habido está el demonio. No en vano advierte Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”.
         En la Última Cena, se describe cómo el diablo ocupa la mente de Judas Iscariote, guiando sus pensamientos hacia la traición y el odio: “Estaban cenando y ya el diablo había metido en la cabeza a Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de traicionar a Jesús” (Jn 13, 2).
         Más adelante, en el transcurso de la Última Cena, el evangelista Juan describe con precisión la posesión demoníaca de Judas Iscariote, ocurrida en el momento en el que Judas “toma el bocado” que le da Jesús. A partir de aquí, la obsesión demoníaca pasa a ser posesión perfecta en Judas, porque desde este momento, hasta su voluntad queda sometida al demonio, de modo que para Judas ya no hay vuelta posible. Jesús le da el bocado y con el bocado entra Satanás, que lo posee en el cuerpo y le domina el alma a través de los pensamientos, lo cual constituye la posesión perfecta, de la cual es imposible la liberación porque el hombre se entrega sin reservas al Príncipe de las tinieblas.
         Esta posesión perfecta se verifica en el momento en el que Judas toma el bocado que le da Jesús: “Cuando Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró en él… Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. (Afuera) Era de noche” (Jn 13, 27. 3). La terrible consecuencia de elegir al demonio en vez de Cristo: Judas no recibe el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sino un “trozo de pan mojado”, símbolo de los bienes materiales mal habidos, y en consecuencia Jesús no entra en su alma para inhabitar en él por la gracia y el amor, como sucede en la comunión eucarística, sino que el que “entra en él” es Satanás, quien lo domina en el cuerpo y guía su mente y su voluntad, por el odio y por la fuerza, con lo que se ve que la posesión es la parodia demoníaca que la “mona de Dios” hace de la inhabitación trinitaria. Las tinieblas cosmológicas que reciben a Judas Iscariote –“Afuera era de noche”- cuando sale del Cenáculo y de la compañía del Sagrado Corazón de Jesús, son un símbolo de las siniestras tinieblas espirituales en las que su alma se sumerge voluntariamente, al comulgar con el demonio. Obrar las obras del demonio y no las de Dios, tienen esta terrible consecuencia: el demonio se apodera de la persona, y las tinieblas lo engullen literalmente, como le sucedió a Judas al salir del Cenáculo.
         La acción del demonio no termina aquí, y no se limita a Judas, sino que continúa con Pedro y los discípulos, los cuales superarán la prueba sólo por la fe inquebrantable en Cristo Jesús: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como al trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32).
         Después del beso de la traición en el Huerto de los Olivos, Jesús declara que todo cuanto sucede se debe a que a los ángeles caídos y a los hombres a ellos asociados, se les ha concedido un momento de poder contra Él[1]: “Cada día estaba con vosotros en el templo, y no me pusisteis las manos encima; pero ésta es vuestra hora: la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).
Al meditar en Semana Santa sobre la Pasión del Señor, es necesario considerar que la Pasión es llevada a cabo libremente por nuestro Señor, pero que nosotros, libremente también, debemos asociarnos a su Pasión, por medio de la oración, la penitencia, las obras de caridad. Por otra parte, a la luz de estas consideraciones es que se valoran las palabras del Papa Francisco, quien ha dicho que cuando no se reza a Cristo, se reza al demonio; esto quiere decir que cuando no se viven en el amor los Mandamientos de Dios, se cumplen en el odio los mandamientos de Satanás, tal como lo hace Judas Iscariote. La Semana Santa debe servir entonces para hacer el firme propósito de no obrar nunca las obras de las tinieblas, sino las obras de Dios, que son las obras de misericordia, fruto del Amor del Sagrado Corazón recibido en la comunión eucarística.



[1] Raúl Salvucci, Experiencias de un exorcista, Editorial Fundación Jesús de la Misericordia, Quito 2004, 78-80.