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viernes, 1 de octubre de 2021

“Si expulso demonios es porque ha llegado el Reino de Dios”

 


“Si expulso demonios es porque ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11, 15-26). Desde su caída de los cielos, luego de combatir y ser vencido por San Miguel Arcángel y los ángeles de Dios, Satanás y sus ángeles apóstatas fueron arrojados a la tierra, según las Escrituras. Es en la tierra en donde el Demonio ha instalado su reino, además de reinar en el Infierno y las expresiones de la presencia del Demonio y su reino infernal no son sólo las posesiones, sino ante todo una ideología atea y demoníaca, el Comunismo marxista, por el cual el Demonio reina en los países comunistas, como así también la Masonería, por medio de la cual el Demonio reina en países democráticos pero laicistas. Por esta razón es que Jesús lo llama “Príncipe de este mundo”. Ahora bien, la llegada de Cristo marca el inicio del fin para el reinado tenebroso de Satanás y así lo dicen las Escrituras: “Cristo vino para destruir las obras del Demonio”. Un signo claro del inicio del fin del reino del Infierno sobre la tierra son las expulsiones de demonios o también exorcismos, que realiza Jesús primero y continúa la Iglesia después, por medio del sacerdocio ministerial. Jesús tiene poder para expulsar demonios porque Él es Dios en Persona, el mismo Dios que expulsó al Demonio de los cielos, es ahora el que viene para expulsar al Demonio de la tierra.

Esto es, a la vez, un indicio del inicio del Reino de Dios en la tierra: ya no sólo está el Reino de Dios en los cielos, sino que ahora viene a la tierra y para hacerlo, comienza con la expulsión del Demonio, el Príncipe de las tinieblas. La derrota total y absoluta del reino del Infierno ya se produjo en el Calvario, por medio del Santo Sacrificio de la Cruz, pero se consumará al fin de los tiempos, en el Día del Juicio Final. Hasta ese entonces, la Iglesia, Esposa del Cordero, continúa y continuará su combate contra las fuerzas infernales, las cuales serán sepultadas, en el Último Día, en los abismos del Infierno; entonces se dará la manifestación plena del Reino de Dios entre los hombres.

jueves, 6 de mayo de 2021

“Me voy para enviarles al Espíritu Santo”


 

“Me voy para enviarles al Espíritu Santo” (Jn 16, 5-11). Jesús profetiza el envío del Espíritu Santo, como parte de su misterio pascual de muerte y resurrección: Él habrá de morir en la cruz, resucitará, ascenderá al cielo y es entonces cuando enviará al Espíritu Santo, a la Tercera Persona de la Trinidad. Aunque la Pasión sea dolorosa, es condición esencial para que Él envíe al Espíritu Santo, ya que si Él no sufre la Pasión y Muerte, el Espíritu Santo no vendrá al mundo. Es esto lo que Jesús dice: “Les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré”. Entonces, la Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, el misterio salvífico de muerte y resurrección es necesario, en los planes de la Santísima Trinidad, para que el Espíritu Santo sea enviado por el Padre y el Hijo.

Ahora bien, cuando el Espíritu Santo sea enviado, obrará en las almas y hará abrir los ojos de quienes crucificaron a Jesús: hará ver que cometieron el pecado de no creer en Él como Dios Hijo encarnado y no solo no creyeron, sino que lo crucificaron y lo mataron; les hará ver que cometieron el pecado de injusticia, porque llevaron a juicio inicuo al Justo Juez, para condenarlo a muerte; por último, el Espíritu Santo dará el veredicto del Juicio Divino, que es el de condenar y expulsar de este mundo y de las almas al Príncipe de este mundo, el Demonio, el cual, por la muerte de Jesús en la cruz, ya “está condenado”.

         “Me voy para enviarles al Espíritu Santo”. Quien reconoce en Jesús Eucaristía al Hombre-Dios Jesucristo; quien reconozca que Jesús fue injustamente acusado y condenado a muerte; quien reconozca que el Príncipe de este mundo, el Demonio, ya está condenado, ese tal, está iluminado por el Espíritu Santo.

jueves, 2 de julio de 2020

“Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”




“Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16-23). Jesús da un consejo a su Iglesia misionera y para ello utiliza las imágenes de dos animales: una serpiente y una paloma: “Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”. La razón es que la misión se ha de desarrollar en el mundo y el mundo está regido, desde el pecado original, por el “Príncipe de este mundo”, el Ángel caído, como Jesús mismo lo dice y el Príncipe de este mundo, el Demonio, no se guía por la Verdad y el Bien, sino por la Mentira y el Mal, los cuales deben ser combatidos. Porque se guía por la mentira y el mal, la Iglesia que misiona en el mundo es comparada por Jesús a “ovejas en medio de lobos”: “Os envío como a ovejas en medio de lobos”. Esto es así porque la Iglesia de Jesús no puede, de ninguna manera, utilizar los mismos instrumentos que utiliza el Demonio y los hombres malvados a él asociados, esto es, la mentira y el mal: la Iglesia se guía por Jesús y su Espíritu, que es un espíritu de Verdad y no de mentira; es un espíritu de santidad y bondad y no de maldad y engaño. Entonces, para que la Iglesia no sea derrotada en su tarea misionera, es que Jesús advierte a sus discípulos y les aconseja que posean las virtudes de dos animales, la serpiente y la paloma: “Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”. La Iglesia misionera debe estar prevenida contra la astucia de la Iglesia de Satán y por eso debe ser ella misma astuta –“sean astutos como serpientes”-, pero también debe estar prevenida contra el orgullo del mal, para no caer en él, y por eso debe tener la virtud de la humildad y la sencillez –“sean sencillos como palomas”-. Es muy difícil y muy arduo luchar contra la mentira, la calumnia, la difamación, el orgullo, pero la Iglesia no está desamparada, aun cuando se encuentre en el mundo en aparente estado de indefensión, “como ovejas entre lobos”: su defensa serán la astucia, guiada por la Verdad de Cristo, la humildad, también participada de Cristo, y la asistencia del Espíritu Santo, asistencia prometida por el mismo Cristo: “el Espíritu de su Padre hablará en ustedes”.
“Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”. En nuestra tarea de anunciar el Reino de Dios, debemos enfrentarnos a la astucia y a la mentira del Príncipe de este mundo y de los hombres malvados a él asociados; estamos prevenidos por Jesús y estamos seguros de la asistencia de su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, y por eso estamos seguros de que en la lucha contra las fuerzas del mal, saldremos victoriosos en el Nombre de Jesús.

miércoles, 20 de mayo de 2020

“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”


Quién Es El Espíritu Santo? Cuál Es Su Función Y Manifestación

“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-15). Jesús afirma que cuando Él envíe el Espíritu Santo, después de atravesar su misterio pascual de muerte y resurrección, el Espíritu Santo “los guiará a la Verdad plena”. Se trata de una acción esencial la del Espíritu Santo, en un mundo oscurecido por las tinieblas del error y del pecado, porque es un mundo regido por el Príncipe de las tinieblas y Padre de la mentira, Satanás, el Ángel caído, la Serpiente Antigua. En un mundo así, la oscuridad y el error son los que dominan las mentes y los corazones de los hombres y de no mediar la acción iluminadora y reveladora del Espíritu Santo, los hombres no tienen forma alguna de escapar de las tinieblas en las que están envueltos. Entonces, el envío del Espíritu Santo se muestra como algo esencial al misterio pascual de Jesús: mientras que Él, en cuanto  Hombre-Dios, derrota al Príncipe de las tinieblas en la Cruz, el Espíritu Santo ilumina las mentes de los hombres que hasta ese entonces estaban entenebrecidos y oscurecidos por el Padre de la mentira.
El Espíritu Santo, entonces, “los guiará hasta la verdad plena”. ¿De qué verdad se trata? Se trata de la Verdad Absoluta, de la Verdad católica, la Verdad plena acerca de la Verdad Increada, que es Cristo Jesús. Es éste un detalle no menor: el Espíritu Santo los guiará hacia la verdad, pero no se trata de una verdad abstracta, sino de una Persona de la Trinidad que es la Verdad Increada, Cristo Jesús, por cuanto Él es la Verdad y la Sabiduría del Padre. El hecho de que el Espíritu Santo guíe a la Iglesia a la Verdad plena significa que los guiará hacia la Persona de Jesús, que es la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en una naturaleza humana.
“El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Debemos implorar el don del Espíritu Santo, porque sólo Él es capaz de guiarnos hasta la Verdad Absoluta de Dios, Cristo Jesús. Mientras el alma no está iluminada por el Espíritu Santo, yace en la más completa tiniebla espiritual, compuesta de error, mentira y pecado. Sólo cuando el Espíritu Santo ilumina al alma, ésta es llevada a la Verdad plena de Dios, el Hombre-Dios Jesucristo.

“Cuando venga el Paráclito, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”


Características bíblicas del Espíritu Santo que como cristiano ...

“Cuando venga el Paráclito, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena” (Jn 16, 5-11). Es necesario que Jesús cumpla su misterio pascual de muerte y resurrección para que Él y el Padre envíen a la Iglesia al Espíritu Santo: “Les conviene que Yo me vaya para que les envíe el Espíritu Santo”. Ahora bien, una vez que el Espíritu Santo venga a la Iglesia, hará tres cosas: “Dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”. Jesús explica de qué se trata: “De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado”. En otras palabras, el Espíritu Santo, con su santidad, dejará en evidencia tres elementos propios del misterio pascual del Hombre-Dios: que existe el pecado de no creer en Cristo como Dios y como Salvador de la humanidad; que Dios ha obrado un acto de justicia y caridad al enviar a su Hijo Único para salvar al mundo; por último, que con la muerte en Cruz de Jesucristo, el Hombre-Dios ha vencido, de una vez y para siempre, al Príncipe de este mundo, la Serpiente Antigua, Satanás.
“Cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena”. Quien niegue las verdades que revela el Espíritu Santo a la Iglesia, niega la Verdad de Dios y de su misterio de salvación para los hombres y se hace reo de la Ira Divina.

lunes, 6 de mayo de 2013

“El Espíritu Santo les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”


“El Espíritu Santo les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16, 5-15). En la Última Cena, antes de sufrir la Pasión, Jesús anuncia a sus Apóstoles su partida a la Casa del Padre y el posterior envío del Espíritu, y les dice que aunque eso los entristezca –porque les anuncia que morirá en la Cruz-, les conviene que Él se vaya, para que así pueda enviar al  Paráclito.
Una vez enviado por Jesús y por Dios Padre, el Espíritu Santo actuará contra el mundo, acusándolo acerca de tres agravios cometidos contra Jesús, haciéndole ver el error cometido: el mundo pensaba que Jesús era culpable y él inocente; que la justicia estaba de su parte, y que no debía incurrir en condenación alguna[1]. El Espíritu Santo dará testimonio de que Jesús era el Mesías, y al obrar así hará ver a los judíos que su pecado es un pecado de incredulidad, un pecado contra la luz, y esto fue lo que sucedió cuando tres mil judíos reconocieron esto en Pentecostés (Hch 2, 37-41), y es lo que confiesa todo enemigo de Cristo que se convierte. En segundo lugar, el Espíritu Santo atestiguará que Jesús, que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios, no solo no es un delincuente y un malhechor, tal como lo consideraron los judíos al condenar a Jesús y pedir la liberación de Barrabás, sino que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios tres veces santo, y esta santidad de Jesús aparecerá cuando la Iglesia crezca y comience a dar frutos de santidad. En tercer lugar, el Espíritu Santo hará ver claramente que en la batalla sostenida entre el Príncipe de este mundo y Cristo, las cosas son diversas a lo que aparece a simple vista: aunque Cristo crucificado aparente ser derrotado, ha triunfado, porque ha resucitado, y aunque el demonio aparezca triunfante el Viernes Santo, al haber logrado dar muerte, instigando a los hombres, al Hombre-Dios en la Cruz, ha sido derrotado de una vez y para siempre. Con la Cruz y la Resurrección, Cristo ha herido de muerte a Satanás y lo ha arrojado fuera de sus dominios, y la prueba de esto será la destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos por parte de los Apóstoles, con el solo nombre de Jesús[2].
El Espíritu Santo que Jesús enviará luego de ascender a los cielos, acusará al mundo de este triple agravio contra Jesús, mientras que para los Apóstoles, actuará no como revelador de nuevas verdades, sino como iluminador interno de las enseñanzas de Jesús, llevando a los Apóstoles a la comprensión interior, espiritual y sobrenatural de las verdades reveladas por Jesús. La actuación iluminativa interior del Espíritu Santo sobre los Apóstoles hará que estos vean a Jesús como Quien es: Dios de inmensa majestad, encarnado en una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, que dio  su vida en la Cruz por Amor a los hombres, para librarlos de la eterna condenación y para concederles el don de la filiación divina y de la vida eterna, y que renueva incruentamente su sacrificio en Cruz cada vez en la Santa Misa.
Esta es la función que ejerce el Espíritu Santo en la Confirmación, y para esto es que la Iglesia confirma a sus bautizados, para que los bautizados conozcan interiormente a Jesús como a su Dios y Salvador, y conociéndolo lo amen, y amándolo, en el cumplimiento de sus mandatos y en la recepción de sus sacramentos, se salven. Sin embargo, lejos de permitir ser iluminados, muchos cristianos rechazan voluntariamente esta luz celestial, y es así que a pesar de haber estudiado el Catecismo y a pesar de haber recibido la Comunión y la Confirmación, desconocen por completo quién es Jesús o, lo que es lo mismo, conocen a Jesús con el conocimiento del mundo, pensando que Jesús es un enemigo al exigirles vivir en la castidad, en la pureza, en la caridad, en la renuncia de sí mismos. Esto es lo que explica que muchos bautizados, de todas las edades, se alejen de Jesús como si Jesús fuera culpable, como si Jesús fuera malhechor, como si Jesús fuera injusto, haciendo inútil la acción del Espíritu Santo, que en vano quiere sacarlos del error, advirtiéndoles acerca del “pecado, la justicia y el juicio”.  


[1] Cfr. B. Orchard et al., 756.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 26 de junio de 2012

Por sus frutos los conoceréis



“Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 15-20). Jesús compara a las personas con árboles que dan frutos: así como los árboles buenos dan solo frutos buenos, y así como los malos dan solo frutos malos, de igual modo sucede con las personas.
         Pero el ejemplo se restringe a las personas religiosas, y específicamente, a aquellas que son cristianas católicas, las que han recibido el bautismo y, aún más a aquellas que practican de modo activo la religión. El ejemplo es necesario, puesto que la religión y la religiosidad, es decir, su práctica, son algo que aparece como común a todos, como cuando alguien ve a lo lejos un bosque: todos los árboles le parecen iguales, sin distinguir si unos están enfermos o sanos.
         La analogía con los frutos permite descubrir cuál es el espíritu que anima a la persona: así como un árbol enfermo, es decir, que está intoxicado con alguna plaga, da frutos malos, también intoxicados, así también una persona, que aunque siendo religiosa no está animada por el Espíritu Santo, sino por el espíritu de las tinieblas, da frutos espirituales malos: su llegada es sinónimo de división, de discordia, de enfrentamiento, de faltas de caridad. Por el contrario, la persona que está animada por el Espíritu Santo, es como el árbol cuyas raíces llegan hasta un arroyo de aguas límpidas: sus frutos espirituales son: caridad, comprensión, perdón.
         Finalmente, el cristiano que no da frutos buenos es, en las palabras de Cristo, un falso profeta, un anti-cristo que usa la religión y su práctica para esconder sus malos propósitos; es un lobo disfrazado de oveja, un engañador serial que, lejos de reflejar a Cristo y su misericordia, se convierte en un tenebroso destello del Príncipe de este mundo.

martes, 15 de mayo de 2012

Les conviene que Yo me vaya para que les envíe el Paráclito


“Les conviene que Yo me vaya para que les envíe el Paráclito” (Jn 16, 7).  Jesús anuncia su Pasión y su muerte, su Pascua, su “paso” de este mundo al otro, y a la  tristeza que este anuncio les produce a sus discípulos, le sigue la revelación de algo que quitará esa tristeza para siempre, dando lugar a una alegría sin fin: el don del Espíritu Santo.
Toda la Pasión de Jesús tiene este fin: donar el Espíritu Santo, el Amor divino, a su Iglesia y a sus discípulos.
Esta es la respuesta de Dios a la malicia de los hombres, que crucifican a su Hijo: enviarles el Espíritu Santo, su Amor, como sig,no indudable de su perdón.
Y será el Espíritu Santo el que, iluminando las mentes de los discípulos, les hará ver plenamente cuál es el sentido último de la existencia del hombre en la tierra, y cuáles son las realidades sobrenaturales en las que el hombre está inmerso, y que condicionan su destino eterno: el Demonio, “Príncipe de este mundo”, como lo llama Jesús; su aguijón mortal, que es el pecado, el cual conduce a la muerte eterna.
El Espíritu Santo hará ver a los discípulos que esta vida es solo un anticipo de la otra, la eterna; un breve paso, “una mala noche en una mala posada”, como dice Santa Teresa de Ávila, y que por lo tanto el hombre no debe poner sus esperanzas en esta vida, sino en la otra; el Espíritu Santo hará ver también que el hombre se enfrenta a tres grandes y poderosos enemigos de su vida y de su felicidad eterna, el demonio, el pecado y la carne, pero hará ver y comprender también que es Cristo quien ha derrotado a estos tres formidables enemigos desde la Cruz, dando lugar a la esperanza y a la alegría “que nadie podrá quitar”.
Y es en esta verdad en donde radica la alegría del cristiano, en medio de las tribulaciones y pruebas de esta vida terrena.

domingo, 10 de julio de 2011

No he venido a traer la paz

La paz de Dios
viene al alma
luego de combatir
espiritualmente,
con la gracia de Cristo,
al Príncipe de este mundo.

“No he venido a traer la paz” (cfr. Mt 10, 34 - 11,1). Esta frase de Jesús parece en abierta contradicción con la que dice a sus discípulos en la Última Cena, antes de la Pasión: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo”. Tanto es así, que la Iglesia toda le pide la paz: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. ¿Cómo puede pedir la Iglesia algo que Jesús no ha venido a dar?

“No he venido a traer la paz” “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. ¿Cuál es la frase verdadera? O, dicho de otro modo, ¿por qué Jesús parece contradecirse?

Jesús no se contradice, y ambas frases son verdaderas. Cuando Jesús dice: “No he venido a traer la paz”, es porque Él, Dios en Persona, declara la guerra a las oscuras fuerzas del infierno que pueblan la tierra y que provocan discordia entre los hombres. El mal anida en el corazón humano, a causa del pecado original, y el ángel caído, aprovechándose de esa situación de debilidad, actúa de modo insidioso, para enemistar a los hombres con Dios y entre sí. El demonio es el “Príncipe de este mundo”(cfr. Jn 12, 31), y como tal, posee un inmenso ejército de ángeles apóstatas, cuyo único objetivo es conquistar la mayor cantidad de almas posibles, antes de ser precipitados para siempre en el infierno.

Jesús, el Rey pacífico, manso y humilde, que entra como Rey en Jerusalén montado en una cría de asno, le declara la guerra a Satanás y a los ángeles caídos, y es este el sentido de su frase: “No he venido a traer la paz”, porque desde su Venida, quien se convierta a Él, se enfrentará a su prójimo, incluso aquellos que forman su familia biológica: “He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre”.

De estas palabras se ve, claramente, que Jesús no es un pacifista a ultranza, sino que viene a enemistar a unos con otros, pero no en el mismo sentido en el que lo hace el Enemigo de la raza humana, el demonio. La enemistad surge entre aquellos que son sus discípulos, los hijos de Dios, y los hijos de las tinieblas (cfr. Ef 6, 12). Pero como se trata de una batalla y de una lucha espiritual y no material, contra los enemigos del hombre, los ángeles caídos, el cristiano no está llamado a combatir con armas materiales, sino espirituales –fe, caridad, esperanza, oración, ayuno, sacramentos-, y el arma principal que ha de usar en esta tremenda batalla, tampoco es material, ni tiene municiones de pólvora: el arma del cristiano es el Amor de Cristo, donado en la cruz a través de su Sangre derramada. Es por esto que para el cristiano no tienen ya lugar ni la venganza al estilo de los paganos, ni la justicia de la ley del Talión, sino sólo y únicamente el Amor de Cristo crucificado, que nos perdona desde la cruz y nos manda perdonar y amar a nuestros enemigos, así como Él nos ha amado y perdonado: “Ama a tus enemigos”.

“No he venido a traer la paz”. La guerra de Cristo, desarrollada con el arma espiritual del Amor divino, conduce a la paz, y debe ser combatida todos los días de la vida, hasta el momento de la muerte, para ganar las almas de nuestros seres queridos para la eternidad feliz en la Trinidad.