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jueves, 30 de enero de 2025

Presentación del Señor Jesús en el Templo




(Ciclo C - 2025)

         Esta fiesta litúrgica, llamada “La Presentación del Señor Jesús en el Templo” o también "Fiesta de la  Candelaria", tiene sus orígenes en los inicios del pueblo hebreo, cuando Dios, al elegir a su Pueblo, les advirtió que no debían hacer como los paganos, que ofrendaban sus hijos al Demonio. El Pueblo Elegido debía ofrendar sus hijos a Él, a Yavhéh, puesto que Él, en cuanto Creador, es el Dueño de los niños de las familias, no solo de las familias del Pueblo Elegido, sino que es el Dueño de los niños de las familias de todo el mundo.

Al enseñar a los hebreos que no debían ofrendar sus niños al Demonio, sino a Él, Dios purificó y santificó esta fiesta pagana, convirtiéndola en una fiesta dedicada a Él, el Verdadero Dios. Por esta razón, siguiendo esta normativa de la Ley, que mandaba ofrendar al primogénito –y en él, a toda la prole-, es que la Virgen y San José llevan al Niño Jesús al Templo, al cumplirse cuarenta días de su Nacimiento y lo Presentan ante el altar de Dios, haciendo de su Niño, el Niño Dios, una ofrenda Pura, Agradable y Santa, para Dios. En ese entonces, las familias adineradas acompañaban la ofrenda con un cordero, pero como José y María eran pobres, solo pudieron ofrendar dos pichones de palomas. Esto es lo que sucedía a los ojos del cuerpo, pero en la realidad espiritual y mística, la ofrenda de la Sagrada Familia sí era la de un cordero, pero no un cordero animal, sino que su ofrenda era la del Cordero de Dios, porque el Niño que llevaba la Virgen no era un niño más entre tantos, sino el Cordero de Dios, la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, que venía desde la eternidad a nuestro tiempo para salvar a los hombres con su sacrificio santo en la cruz del Calvario.

Esta fiesta litúrgica, llamada en la Iglesia Romana como “Presentación del Señor Jesús”, se festejaba también en las iglesias orientales católicas, pero era conocida bajo otro nombre: se la conocía con el nombre de “La fiesta del Encuentro” (en griego, Hypapante), y la razón de este nombre es que así se remarca un elemento central de esta festividad, que es precisamente el “encuentro”  del Ungido de Dios, Cristo Jesús, Ungido con el Espíritu Santo en el momento de la Encarnación, con su Pueblo[1], pero ya no el Antiguo Pueblo Elegido, el pueblo hebreo, sino el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, quienes forman, a partir de la gracia bautismal, el Nuevo y Definitivo Pueblo Elegido de Dios Uno y Trino, Elegido para ser destinatario de la salvación en Cristo Jesús por medio de la recepción de su Sangre derramada en la Cruz el Viernes Santo y comunicada en el tiempo y en el espacio a todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, a través de los Santos Sacramentos de la Iglesia Católica.

Que Jesús sea el Elegido, el Ungido del Señor y que Él, en cuanto Ungido y Elegido vaya al Encuentro de su Pueblo, que Él ha rescatado al precio altísimo de su Sangre Preciosísima, es lo que se lee en el Evangelio de Lucas (1, 1-4; 4, 14-21): por un lado, Jesús es el Ungido del Señor, y es Él quien va al encuentro del Nuevo Pueblo Elegido; por otro lado, este Nuevo Pueblo Elegido estaba representado por los ancianos Simeón y Ana, quienes por su edad y santidad de vida, representan a los hombres y mujeres piadosos y devotos de la Antigua Alianza, que esperaban al Mesías; pero al mismo tiempo, Simeón y Ana representan a la juventud del Nuevo Pueblo Elegido, porque en cuanto ven al Niño Dios, reciben de Él su gracia santificante, son rejuvenecidos en sus almas al quitárseles el pecado original y así se convierten en las primicias, junto a otros justos del Antiguo Testamento, del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados y miembros de la Iglesia Católica. Un elemento muy importante y que destaca el Evangelio es el hecho de que el anciano Simeón es “llevado por el Espíritu Santo” al templo y es así como ingresa en el templo, en donde, al tomar entre sus brazos al Niño, es iluminado por el mismo Espíritu Santo y con esta luz divina puede contemplar la divinidad del Niño Dios y es por eso que al Niño Presentado por la Virgen le da el nombre de “Mesías que debía venir al mundo”. De esta manera, el Mesías se encuentra con su pueblo, representado en los santos Simeón y Santa Ana, quienes así reciben de su Mesías la gracia y la divina luz trinitaria que los sacará de las tinieblas del mundo terreno para conducirlos a la feliz eternidad del Reino de los cielos.

Esta Presentación y este Encuentro del Ungido del Señor, Cristo Jesús, por parte de la Madre Virgen, María Santísima, ocurrida una vez en el tiempo, se repite cada vez en la Santa Misa, en la cual la Santa Madre Iglesia, la Virgen Inmaculada y Esposa Mística del Cordero, en un movimiento ascendente, Presenta al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, el Cordero del Sacrificio, la Hostia Santa y Pura, el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús, mientras que, al mismo tiempo, en un movimiento descendente, Dios Trino viene al Encuentro de su Nuevo Pueblo Elegido, el Cuerpo Místico de Cristo, los bautizados en la Iglesia Católica; de esta manera se une el Nuevo Pueblo Elegido con la Trinidad y la Trinidad con los miembros de la Iglesia Católica, todos los que recibieron el Bautismo sacramental y por esto mismo, cada Santa Misa es una Fiesta, a la vez, tanto de la Presentación, en sentido ascendente, como del Encuentro, en sentido descendente.

Por último, el significado en esta festividad de la costumbre de ingresar con velas desde el atrio es el siguiente: así como la Virgen Santísima ingresó en el templo portando a su Hijo Jesucristo, Luz Eterna del Ser divino trinitario, Luz del mundo y Luz de la Nueva Jerusalén, así el Nuevo Pueblo de Dios, los miembros de la Iglesia Católica, imitan a la Virgen, puesto que la candela, hecha con cera pura de abeja y encendida con el fuego, representa a Cristo, el Hombre-Dios: la cera pura representa a su Humanidad Purísima y el fuego de la candela -por eso se llama también “Fiesta de la Candelaria”- representa a su divinidad, ya que la luz, en el lenguaje bíblico, es sinónimo de gloria y solo Dios posee la gloria y Es la Gloria infinita y eterna en Sí misa. También, de la misma manera a como la candela encendida aporta luz, calor y vida, así Jesús, Presentado en el templo, es luz de Dios, calor del Amor Divino y Vida divina trinitaria que concede la vida de la Trinidad a quien ilumina.

Finalmente, otro significado es que, llevados por el Espíritu Santo al templo como el anciano Simeón, para encontrar al Señor Jesús, el Redentor, también nosotros debemos pedir la gracia de ser llevados al Templo por el Espíritu Santo con el único fin de acudir al encuentro de nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, que está Presente en la Eucaristía, para ser iluminados por su luz divina[2]. Y así como Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoció y adoró al Cordero de Dios oculto en la Humanidad del Niño de Belén, así también nosotros, iluminados por el Espíritu Santo, pidamos la gracia de reconocer al Cordero de Dios, Cristo Jesús, oculto bajo la apariencia de pan en la Eucaristía para adorarlo, porque quien adora a Jesús Eucaristía, es iluminado por Él, y no solo no vive en tinieblas, sino que tiene en sí la luz divina que da la Vida de la Trinidad, la Vida eterna.

 



[2] Es éste y no otro el sentido del Misal Romano cuando, en la oración de la Fiesta de la Presentación del Señor, dice así: “Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria”.


martes, 23 de abril de 2024

“Yo Soy la Luz”

 


“Yo Soy la Luz” (Jn 12, 44-50). Jesús se llama a Sí mismo “luz” y en realidad lo es, porque al ser Dios, es la Luz Increada y Eterna en Sí misma, porque la naturaleza divina es luminosa. Jesús es el Cordero de Dios y el Cordero de Dios es, según el Apocalipsis, “la Lámpara de la Jerusalén celestial”, es la Luz del Reino de los cielos, por esa razón el mismo Apocalipsis dice que quienes estén en el Cielo no necesitarán “ni luz de lámpara ni luz de sol”, porque los alumbrará el Cordero, Cristo Jesús.

Con respecto a la afirmación de Jesús de que es Él “la luz del mundo”, debemos preguntarnos qué clase de luz es y qué significado tiene desde el punto de vista sobrenatural. Ante todo, la luz que es Jesús es de naturaleza divina; no es una luz creada, sino celestial, sobrenatural, increada. En relación a su significado, en la Biblia, la luz es sinónimo de gloria divina y esto porque el Acto de Ser divino trinitario es en Sí mismo luminoso; el Ser divino de la Trinidad es Luz Eterna, Increada, porque es gloria divina. En Dios, su gloria es luz y por esta razón la luz es sinónimo de gloria divina. Cuando Jesús se transfigura, al poco tiempo de nacer, en la Epifanía y luego en el Monte Tabor, en la Transfiguración, lo que hace es dejar ver, visiblemente, sensiblemente, por un instante, el resplandor de la gloria divina; hace ver que es Dios en cuanto Él, poseyendo la gloria divina, es al mismo tiempo la Luz Eterna, divina, gloriosa, que emana del Ser divino trinitario, como uno de sus atributos fundamentales.

Otro aspecto a tener en cuenta es que la luz que es Jesús, además de ser de naturaleza divina -por esto la luz artificial que conocemos es solo imagen de la Luz Eterna que es Dios-, es una luz viva, es una luz que tiene vida, pero no una vida cualquiera, sino la Vida misma de la Trinidad, que comunica de su Vida divina a quien alumbra. Esto explica la frase de Jesús: “El que cree en Mí no permanece en tinieblas”, refiriéndose obviamente a las tinieblas espirituales. Quien adora a Jesús Eucaristía, es iluminado, aun cuando no se de cuenta de ello, por el mismo Jesús, desde la Eucaristía, recibiendo de Él su luz divina y eterna, luz que le permite caminar por las tinieblas de este mundo sin peligro alguno. De esto se deduce el don inconmensurable de la fe en Cristo y en Cristo Eucaristía, porque quien adora la Eucaristía, vive iluminado por el Cordero de Dios, la Lámpara de la Jerusalén celestial. También de esto se deduce que, si de veras amamos al prójimo, debemos rezar por su conversión eucarística, para que nuestro prójimo también reciba la Luz Eterna, que concede la vida divina trinitaria, a quien ilumina.

lunes, 31 de julio de 2023

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”

 


“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con la actividad de los pescadores: luego de echar las redes, las depositan en el suelo y separan a los peces buenos -los que están sanos y en buena condición y sirven por lo tanto para la alimentación como para ser vendidos-, de los peces que están en mal estado -sea porque están en proceso de putrefacción o porque están enfermos, en ambos casos no sirven ni para alimentación ni para la venta, por lo que solo sirven para ser arrojados-. El mismo Jesús explica la parábola: los pescadores son los ángeles buenos, los ángeles que están al servicio de Dios y a una orden suya, en el momento solo conocido por Dios Padre, cuando finalice el último segundo del último día de la historia humana, dará comienzo el Juicio Final, en el que toda la humanidad será juzgada por la Trinidad y cada uno recibirá su paga, el Cielo o el Infierno, según sus obras libremente realizadas. Los ángeles buenos, encabezados por San Miguel Arcángel, separarán a las almas buenas de las malas; a las buenas, para que ingresen en el Reino de Dios; a las malas, para que ingresen en el Reino de las tinieblas. Los peces representan a los hombres y así como hay peces buenos, que están en buen estado, así hay hombres de buena voluntad que, a pesar de sus defectos y pecados, desean servir a Dios e ingresar en su Reino y para eso se esfuerzan en vivir en gracia y en adquirir virtudes, combatiendo el pecado y los vicios; los peces que están en mal estado, en putrefacción o enfermos, representan a las almas que, por propia voluntad, decidieron permanecer impenitentes, sin arrepentirse de sus pecados, sin combatir contra sus vicios, por lo cual serán arrojados al lago de fuego, el lugar donde no hay redención.

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”. En nuestro libre albedrío está el servir a Dios, amándolo y adorándolo en su Presencia Eucarística y socorriendo y asistiendo a nuestros prójimos, imágenes de Él en la tierra. Si esto hacemos, salvaremos nuestras almas y al final de la historia humana, en el Día del Juicio Final, seremos contados entre los bienaventurados que se alegrarán en el Reino de los cielos por toda la eternidad.

“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro”

 


“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro” (Mt 13, 44-46). Jesús utiliza la imagen de un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo; regresa lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra el campo. Para entender esta parábola de Jesús, o mejor dicho, para obtener el significado espiritual y sobrenatural de la parábola, es necesario reemplazar los elementos naturales -hombre, terreno, tesoro, etc.-, por elementos sobrenaturales.

Al hacer esto, la parábola tendría este significado: el hombre que encuentra un tesoro escondido es el alma de todo bautizado en la Iglesia Católica que, por el hecho de haber sido bautizado, recibe en germen la vida de la gracia, es decir, la participación a la vida trinitaria de las Tres Divinas Personas. Ahora bien, esta fe está en germen y esto significa que debe crecer para desplegar todo su potencial y este crecer se da a través de la misma gracia, cuando el alma recibe la gracia santificante que es concedida por los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía. El hecho de “encontrar el tesoro”, puede significar un evento decisivo para la vida del espíritu y es precisamente el tomar conciencia, el darse cuenta -siempre bajo la luz de la gracia-, del valor invaluable, valga la expresión, de la gracia santificante, porque hace que el hombre deje de vivir con su sola vida natural, para comenzar a vivir con la vida de la Trinidad.

En el relato de la parábola, Jesús destaca un aspecto en el estado no tanto de ánimo, sino espiritual y es que después de encontrar el tesoro -después de darse cuenta del valor de la gracia y del valor de la Eucaristía, en donde está la Gracia Increada, Cristo Jesús-, regresa, con la decisión ya tomada de vender todo lo que tiene para comprar el campo y así quedarse con el tesoro, “lleno de alegría” y esto es muy importante para tenerlo en cuenta, porque la alegría que experimenta no proviene de sí mismo, de su naturaleza humana, sino de la naturaleza divina; en otras palabras, es una alegría sobrenatural, que le es participada al alma por la gracia, de modo que el alma se alegra con la Alegría Increada que es Dios en Sí mismo.

Otro elemento a tener en cuenta es la decisión que el hombre toma de “vender todo lo que tiene” con el objetivo de “comprar el campo” y así obtener el tesoro: la expresión “vender todo lo que tiene” significa que el alma, descubriendo la belleza y la alegría de la vida de la gracia, decide “vender todo lo que tiene”, es decir, decide abandonar la vida sombría de pecado, para comenzar a vivir la alegre vida de los hijos adoptivos de Dios. La causa de la alegría es la conversión eucarística: ha encontrado a Jesús en la Eucaristía y eso llena su alma de una alegría incontenible, inconmensurable, infinita, eterna, celestial.

En esta parábola, entonces, Jesús nos relata lo que podemos llamar el proceso de conversión del alma: desde las cosas bajas de la tierra, a lo más alto en el Cielo, que es la Sagrada Eucaristía.

“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro”. Nuestro tesoro más preciado, nuestro tesoro más precioso, es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; por esto mismo, pidamos la gracia de la conversión eucarística, tanto para nosotros, como para nuestros seres queridos y para todo prójimo.

martes, 4 de abril de 2023

Domingo de Resurrección

 


(Domingo de Resurrección - Ciclo A – 2023)

         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús? Para responderlo, aplicamos la oración de los sentidos, de San Ignacio de Loyola. Nos ubicamos el Viernes Santo en el Santo Sepulcro, de rodillas, observamos cómo depositan el Cuerpo muerto de Jesús, cómo lo envuelven en la Sábana Santa y le colocan el Santo Sudario en el Rostro. Vemos cómo todos lloran en silencio y se van retirando de a uno, siendo la Virgen, acompañada por San Juan, la última en retirarse. La puerta del Santo Sepulcro, una enorme piedra, se cierra, dejando el sepulcro en completa oscuridad. Nuestros ojos no ven nada, pero de a poco se van acostumbrando a la oscuridad, de manera que podemos ver, en penumbras, al sepulcro y, encima de él, la silueta del Cuerpo de Jesús.

         Todo en el sepulcro está a oscuras y en silencio absoluto. Jesús está muerto. Así pasamos lo que resta del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, haciendo oración y adoración ante el Cuerpo de Jesús que, aunque está muerto, sigue unido a la divinidad.

         De pronto, el Domingo a la madrugada, es decir, el tercer día luego de la muerte de Jesús, sucede algo inesperado: a la altura del Corazón de Jesús, vislumbramos una pequeña pero muy intensa luz, que, desde el Corazón, comienza a difundirse por todo el Cuerpo de Jesús, en todas direcciones, tanto hacia arriba, hacia la Cabeza, como hacia abajo, hacia el resto del Cuerpo. Y a medida que la luz se difunde, va cobrando vida cada órgano, cada célula, del Cuerpo de Jesús, de manera que al final del recorrido de la luz, que es casi instantáneo, todo el Cuerpo de Jesús resplandece con la luz de la gloria divina, una luz que es más resplandeciente que miles de millones de soles juntos.

         Al mismo tiempo que la luz hace cobrar vida al Cuerpo de Jesús, sobre todo cuando comienza en el Corazón, comienzan a oírse, primero, los latidos del Corazón de Jesús, que retumban en el Santo Sepulcro con un ritmo vivo, el ritmo que posee todo corazón que late con toda la vida, en este caso, con la vida de la divinidad, de manera que por un momento, solo se escucha el retumbar de los latidos del Corazón de Jesús. Inmediatamente, comienzan a sentirse otro sonido, son los cantos de alegría, entonados por cientos de miles de ángeles, que han acudido al Santo Sepulcro, para adorar a su Señor, el Señor Jesucristo, que ha resucitado glorioso de la muerte.

         Ese mismo Jesús, glorioso y resucitado, que estaba tendido en el sepulcro y que ahora vive para siempre, es el mismo Jesús que, glorioso y resucitado, se encuentra oculto en las apariencias de pan y vino, en la Sagrada Eucaristía y esta es la razón de la alegría de la Iglesia en este día: Jesús no solo ha resucitado, sino que se encuentra en medio de nosotros, en Persona, vivo, resucitado y glorioso, en la Sagrada Eucaristía, para comunicarnos la paz, la alegría y la vida de su Corazón, la vida de la Trinidad.

martes, 15 de marzo de 2022

“Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo B - 2022)

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 1-3. 11-32).  En la parábola del hijo pródigo, cada elemento de la parábola hace referencia a un misterio sobrenatural. Así, el padre de la parábola es Dios Padre; el hijo pródigo es el cristiano que, habiendo sido creado por Dios, fue adoptado como hijo por Dios Padre al recibir la gracia de la filiación divina en el Bautismo; la herencia o riqueza malgastada del hijo pródigo es la gracia santificante, que se pierde por causa del pecado; la situación de carestía en la que se encuentra el hijo pródigo luego de malgastar su fortuna, la gracia, es el estado en el que queda el alma luego de cometido el pecado, puesto que queda desolada en la profundidad de su ser, al perder la unión vital con Dios que le concedía la gracia; el deseo que el hijo pródigo experimenta, en ese estado de desolación, de regresar a la casa del padre, es la gracia de la conversión perfecta del corazón, la contrición, es decir, es cuando el alma experimenta un profundo dolor interior, de orden espiritual, al tomar conciencia de su malicia al obrar contra su Padre, Dios; el regreso a la casa del padre y el abrazo y beso con que éste lo recibe, representan al Amor de Dios, que se derrama por medio de la Sangre de Cristo en cada Confesión sacramental, concediendo el perdón de los pecados y el don de la Divina Misericordia trinitaria, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, sino que se convierta y salve su alma; la fiesta que organiza el padre, con comida exquisita y buena música, representan la alegría del Cielo y sus habitantes -participación de la Alegría de Dios, que es Alegría Infinita- cuando se produce la conversión de un pecador en la tierra, porque ese pecador arrepentido ha dejado de lado el camino que lo llevaba a la eterna perdición y ha elegido el camino de la eterna salvación, el seguimiento de Cristo por el Camino Real de la Cruz; los elementos con los cuales el padre de la parábola adorna a su hijo, revelan que el padre trata a su hijo pródigo, no como a un siervo, sino como a un verdadero hijo, porque son todos signos que revelan filiación: el anillo, la vestimenta, las sandalias, porque nada de esto usan los siervos, sino solo aquel que es hijo verdaderamente. Finalmente, todo esto demuestra, por un lado, la insensatez del pecado –sobre todo, el pecado mortal-, que hace perder al cristiano la unión vital con la Trinidad; por otro lado, demuestra el inmenso Amor que el Padre tiene por sus hijos adoptivos, nosotros, los bautizados católicos, porque en el hijo pródigo estamos representados aquellos que hemos sido adoptados como hijos por Dios, hemos pecado y luego hemos recibido el Sacramento de la Penitencia.

         “Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. El amor y la misericordia del padre de la parábola para con su hijo pródigo se hacen realidad ontológica, celestial y sobrenatural en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía: por el Sacramento de la Penitencia, Dios Padre derrama sobre nosotros la Sangre de su Hijo amado, Jesucristo y limpia nuestros pecados y nos devuelve la gracia santificante, colmándonos con su Amor; por el Sacramento de la Eucaristía, Dios Padre nos alimenta con un alimento exquisito, la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, de manera que cada vez que nos alimentamos con el Pan del Altar, nuestras almas y corazones se ven inundados con el Amor Misericordioso del Padre, Cristo Jesús.     

jueves, 14 de mayo de 2020

“Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros”


Yo Influyo News - Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo

(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2020)


          “Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros” (Jn 14, 15-21). Jesús no sólo revela la naturaleza e identidad de Dios como Uno y Trino -lo cual es una profundización en la auto-revelación de Dios que había comenzado con los hebreos, manifestándose como Dios Uno, por encima de los dioses paganos-, sino que va más allá: en el diálogo con los discípulos, que es el diálogo con su Iglesia y por lo tanto con todos y cada uno de nosotros, Jesús nos invita a una comunión con la Trinidad. Es decir, Jesús no sólo revela que Dios es Uno y Trino, que Él está en el Padre y el Padre en Él y que ambos espiran al Espíritu Santo, sino que además nos invita a entablar una verdadera comunión de vida y amor con la Trinidad. Esto lo dice Jesús cuando afirma que Él irá al Padre y con el Padre enviará al “Espíritu de la Verdad”, Aquel al que el mundo no lo conoce -no lo conoce porque el mundo se rige y está gobernado por el Príncipe de la mentira, el Ángel caído- y que cuando venga, “hará morada” en los corazones de los discípulos, completando así la Tríada de las Divinas Personas en los corazones de los discípulos que amen a Jesús.
          En el diálogo de Jesús con los discípulos, entonces, no sólo Jesús revela la identidad y la naturaleza de Dios como Uno y Trino, sino que además nos invita a una comunión real de vida y amor con ese Dios Trino y esto por medio del envío de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo.
          Ahora bien, ¿dónde se concreta este encuentro de vida y amor con la Trinidad? ¿En dónde y de qué manera el encuentro con Dios Trino al que nos invita Jesús deja de ser un anuncio para ser una realidad? Se da en dos momentos: por un lado, esta comunión con la Trinidad se da cuando el alma cumple los mandamientos de Jesús, porque es entonces cuando Jesús está en el alma y como Él está en el Padre y el Padre en Él, están las dos Personas de la Trinidad y la Tercera, el Espíritu Santo, viene al alma cuando el alma, por Amor y guiada por el Amor, cumple los mandamientos de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
          Por otro lado, la Comunión con la Trinidad se da en la Comunión Eucarística, porque por la Comunión nos unimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en donde inhabita el Espíritu Santo, el cual nos lleva al seno del Padre, estando aun todavía nosotros en esta vida terrena y temporal.
          “Yo oraré al Padre, Quien os dará el Espíritu que morará con vosotros”. Obremos la misericordia y comulguemos en gracia y así el Padre estará en nosotros, junto con Jesús y el Espíritu Santo; así viviremos una vida de comunión y amor con la Trinidad en esta vida terrena, como anticipo de la comunión en el Amor con las Personas de la Trinidad en la Vida eterna.

viernes, 12 de mayo de 2017

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2017)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesucristo es el Camino que conduce al cielo; es la Verdad que revela la naturaleza íntima de Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. En esta frase de Jesucristo se revela no solo la Trinidad –Él es Dios Hijo, que conduce al Padre, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, sino que también se revela el sentido primero, último y único de nuestra existencia en esta vida terrena, esto es, el ser conducidos a su Reino celestial, luego de terminar los días de nuestra existencia en la tierra, ya que eso es lo que significa: “ir al Padre”.
Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.
Ahora bien, nos enseña también el Catecismo que, si bien nuestro destino es unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, ya desde esta vida podemos, en cierta medida y por la gracia santificante, gozar de modo de anticipado de la Trinidad, por la inhabitación trinitaria en el alma que está en gracia: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Estamos destinados a la unidad con la Trinidad en el Reino de los cielos, pero esa unidad se consigue por la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, como anticipo, esta Presencia de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia, de la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Reflejando esta inhabitación trinitaria en el alma en esta vida, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mi misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. El alma, ya desde esta vida, está destinada a ser “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, lo cual logra el alma sólo por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
Ahora bien, Jesucristo es el Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, como nos enseña el Catecismo, en esta vida y en la otra, pero, ¿de cuál Jesucristo se trata? Porque a lo largo de la historia, han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Entonces, ¿cuál de todos estos cristos es el verdadero? La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.
         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, y es el Único que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.





[1] Cfr. § 257-258, 260.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

martes, 29 de abril de 2014

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”


“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Algunos autores[1] sostienen que “este versículo encierra la revelación más importante de toda la Biblia” y que por lo tanto, debería ser lo primero que se diera a conocer a los niños y catecúmenos (…) Más y mejor que cualquier noción abstracta, contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención”.
Contiene el misterio de la Trinidad, porque revela a Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo, para que donara todo su Amor, que es el Espíritu Santo; contiene el misterio de la Redención, porque el envío del Hijo por parte del Padre, es para la salvación de todo aquel que crea en el Nombre del Hijo. De hecho, la terrible consecuencia, es la sanción eterna que recibirán aquellos que rechacen al Hijo del Padre: serán abandonados en su ceguera (Mc 4, 12) para que crean al Príncipe de la mentira y se pierdan; esto es lo que San Pablo advierte que ocurrirá cuando aparezca el Anticristo (2 Tes 2, 9-12).
“Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Lo que el hombre tiene que entender, en su relación con Dios, es que lo que mueve a Dios en su relación con él, es el Amor y solo el Amor y nada más que el Amor; no hay, en Dios, otro motor ni otro interés hacia el hombre, que no sea el Amor. Es solo por Amor, que Dios Padre envía a su Hijo a este mundo en tinieblas, a sabiendas que nosotros, los hombres, que “habitábamos en tinieblas y en sombras de muerte” y que estábamos bajo el dominio y la guía del Príncipe de las tinieblas, habríamos de devolverle al Hijo de su Amor, crucificado y muerto en una cruz, y sin embargo, Dios Padre nos lo envía de todas formas, porque su omnipotencia cambia el significado de muerte y odio deicida que nosotros le adjudicamos a la cruz, por el Amor y la Misericordia.
“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Quien libremente no quiera aceptar esta sublime Verdad, contenida en estos dos renglones, indefectiblemente deberá pasar una eternidad de tinieblas; quien la acepte, vivirá una eternidad de Luz, de Amor, de Paz y de Alegría inimaginables.



[1] Por ejemplo, Mons. Keppler.

domingo, 13 de enero de 2013

Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres



“Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres” (Mc 1, 14-20). Jesús va caminando por la orilla del mar de Galilea, y llama primero a los hermanos Andrés y Simón, y luego a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo. Lo sorprendente en el episodio, es la respuesta de los dos grupos de hermanos a su llamado: es inmediata y sin dilaciones: dejan “inmediatamente” lo que están haciendo, en el caso de Andrés y Simón, y dejan “a su padre”, en el caso de Santiago y Juan, para seguir a Jesús.
¿Qué es lo que motiva una respuesta tan contundente y veloz? La pregunta surge desde el momento en que no es natural que hombres experimentados en su trabajo –en este caso, pescadores-, dejen “inmediatamente” aquello que significa el sustento diario tanto para ellos como para sus familias, como tampoco es natural que dejen a sus familias, en este caso, al padre, como Santiago y Juan. Mucho menos lo es, si se considera que abandonan todo para seguir a un extraño -aun cuando se trate de un líder religioso que es conocido por su prédica y por sus milagros- que promete un trabajo que no se sabe en qué consiste –“los haré pescadores de hombres”-, todo lo cual significa hipotecar el futuro en pos de una aventura que no se sabe dónde termina.
Todas estas consideraciones no existen, o encuentran su explicación, cuando se mira la situación con los ojos de Jesús: los hermanos Andrés y Simón, y Santiago y Juan, no siguen a un extraño, ni a un líder religioso más entre tantos otros: se trata de Jesús, el Hombre-Dios, el Mesías, el Salvador de la humanidad, que los llama no para darles un trabajo desconocido, sino para anunciar a los hombres que la salvación ha llegado, y con ella un destino inimaginado, un destino de feliz eternidad en la comunión de vida y amor con la Trinidad. El llamado de Jesús supera infinitamente todo lo que el hombre pueda pensar, desear, o imaginar, porque llama a dejar este mundo y sus ocupaciones terrenas, para prepararnos para el ingreso en la eternidad.
“Síganme y Yo los haré pescadores de hombres”. El llamado de Cristo a los discípulos se repite para todo bautizado, porque  todo bautizado se convierte, según su estado de vida, en pescador de hombres, y así como los discípulos lo dejaron todo para seguir a Cristo en pos de la vida eterna, así el cristiano debe vivir su vida cotidiana con esa misma disposición, con la disposición de dejar todo lo terreno y mundano, para entrar en la vida eterna.
En este sentido, la comunión eucarística es un anticipo en el tiempo de este paso a la eternidad, por cuanto el alma recibe a Cristo, Dios eterno, que comunica de su vida divina y eterna en el Pan Vivo bajado del cielo.  
“Síganme y Yo los haré pescadores de hombres”. Cristo, Dios eterno, no pasa caminando junto a nosotros como hizo con los discípulos en el mar de Galilea, sino que baja desde el cielo a la Eucaristía, para donarnos en anticipo su vida eterna, la vida a la que estamos llamados desde el bautismo. Para que transmitamos este mensaje al mundo, es que Cristo nos hace pescadores de hombres en su Iglesia.

miércoles, 29 de junio de 2011

Tus pecados están perdonados

Jesús, el Hombre-Dios,
cura la enfermedad
y perdona los pecados,
pero solo como preámbulo
del don inimaginable:
la vida eterna,
la comunión de vida y de amor
con las Tres Divinas Personas.

“Tus pecados están perdonados” (cfr. Mt 9, 1-8). Jesús perdona los pecados al paralítico, y ante la posible acusación de blasfemia, porque se arrogaba el poder de Dios, le cura parálisis corporal, a fin de que su poder quede manifiesto. Si Jesús le decía al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, y no le curaba la parálisis, entonces el escepticismo de sus enemigos habría inducido a la multitud a acusarlo de blasfemo.

Jesús dice ser Dios en Persona, y por eso perdona los pecados, y confirma su divinidad, y sus palabras, haciendo un milagro que sólo Dios puede hacer: cura la parálisis del enfermo.

La doble curación del paralítico –curación en el cuerpo, porque le cura la parálisis, y curación en el alma, porque le perdona los pecados-, se vuelve el testimonio más elocuente contra la perfidia de los enemigos de Jesús, quienes se quedan sin argumentos.

El paralítico del episodio del evangelio, real, representa a la vez a toda la humanidad, sometida a la enfermedad y a la muerte, a causa del pecado original. La doble curación de Jesús, anticipa la vida nueva que Él ha venido a traer, que no consiste en simplemente liberarnos de las enfermedades corporales, sino en vivir la vida de la gracia, la vida divina de Dios Uno y Trino, ya en esta vida, como anticipo de la vida eterna, y esto es algo mucho más grande que la doble curación concedida al paralítico.

Jesús, el Hombre-Dios, ha venido a sanar nuestras enfermedades y a perdonar nuestros pecados, pero eso sólo como un paso previo para el don de la vida eterna, la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Trinidad, en la eternidad.

El hombre, atrapado en el materialismo y en el relativismo, no ve el futuro, y el futuro es la eternidad. Incluso los cristianos, estos en primer lugar, que deberían testimoniar con sus vidas que esta vida terrena y temporal es sólo eso, terrena y temporal, y por lo tanto pasajera, una “mala noche en una mala posada”, como dice Santa Teresa de Ávila, son los primeros en buscar comodidad, en pedir a Dios sólo salud y bienestar, y en rechazar la cruz. Es por esto que, cuando viene la sacudida del dolor, éste es rechazado, y no es visto nunca como un don de lo alto, que asimila y configura al alma con Cristo crucificado, y por medio de esta configuración, la santifica, y la prepara para la vida eterna.

Cuando Jesús cura una enfermedad, y cuando perdona los pecados, no es nunca para transformar nuestra vida en “un mundo feliz”, al estilo de Huxley; es para prepararnos para el encuentro definitivo, para la eternidad, con las Tres Personas de la Trinidad.

Que la doble curación del paralítico nos sirva, entonces, para meditar no sólo en el poder de Jesús y en su condición de Hombre-Dios, sino en su Amor infinito, que por la curación corporal y el perdón de los pecados, busca abrirnos los ojos del alma, para que nos preparemos para la vida futura, la feliz eternidad en el cielo.

martes, 29 de marzo de 2011

He venido a dar la plenitud de la ley, la vida de la gracia

He venido a dar la plenitud de la ley,

la vida de la gracia

“No he venido a abolir. He venido a dar la plenitud de la ley, la gracia” (cfr. Mt 5, 17-19). Frente a quienes lo acusan a Jesús de quebrantar la ley de Moisés Jesús les aclara que “no ha venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento”.

La Ley Antigua era sólo figura de la Nueva Ley, la ley de la gracia, la cual actúa en el interior del hombre, en lo más profundo de su ser. La Antigua Ley se limitaba a señalar la falta, el pecado, la transgresión, pero era incapaz de reparar y de sanar el interior del hombre, y es esto lo que hace precisamente la Nueva Ley, la ley de la gracia.

La gracia, donada por Cristo desde la cruz, desde su Corazón traspasado, obra en el interior del hombre, no solamente borrando el pecado y sanando las heridas y las secuelas que el pecado deja en el espíritu, sino también, y principalmente, donando al hombre un principio nuevo de ser y de obrar, la vida divina. A partir de Cristo y de la Ley Nueva, el hombre, que recibe como don divino la gracia, es decir, la participación en la vida divina, no se guía más por el principio natural de ser, de vida y de obrar, sino por el principio sobrenatural transmitido y comunicado por la gracia, que es la participación en la vida divina.

Antes, la Ley Antigua se limitaba a observar lo malo, y a dar normas de comportamiento que regulaban la conducta externa, pero que de ninguna manera tocaban el núcleo metafísico más profundo del hombre, su acto de ser, su actus essendi. A partir de Cristo, que dona su gracia, el interior más profundo y oculto del hombre, su acto de ser -es decir, aquella perfección que actualiza su esencia, que lo hace ser-, es tocado por la gracia, es modificado por esta, convirtiéndolo en una nueva creación, en un nuevo ser, porque ya no es más una simple criatura, sino un hijo de Dios por adopción. Cristo comunica de su filiación divina al hombre, y por eso éste ya no es más una simple criatura a partir del bautismo, sino un real y verdadero hijo de Dios, que participa de la vida de Dios Uno y Trino. Esto quiere decir que por la gracia, el hombre pasa a inhabitar en la Trinidad, y la Trinidad pasa a inhabitar en el hombre, recibiendo el hombre la comunicación más íntima de lo más íntimo de la divinidad, comunicación que es vida divina en su plenitud, y que por la gracia, que lo hace partícipe, se convierte en su principio vital.

Es como cuando se injerta un ramo prácticamente seco al tronco de la vid, pasando este a recibir toda la linfa vital de la vid, que lo hace revivir con una linfa nueva.

“No he venido a abolir. He venido a dar la plenitud de la ley, la gracia”. Esto explica la heroicidad de las virtudes de los santos, realizadas en la comunión de vida y amor con la Trinidad; esto explica la valentía de los mártires, quienes enfrentan la muerte no con temor, sino con alegría, porque al morir sus vidas serán glorificadas con la plenitud de la gloria, gloria que llevan en germen en sus corazones por la gracia.

La plenitud de la Ley Nueva de la gracia hace que el testimonio de Dios sea mucho más difícil para el cristiano, que lo que era para el israelita con la Antigua Ley: el sólo hecho de enojarse con el prójimo, merece ya la condena en el infierno; la sola mirada impura consentida, se convierte en pecado mortal; el sólo hecho de no perdonar al prójimo, cierra para siempre las puertas del cielo.

Pero la plenitud es también plenitud en sentido positivo: si en la Ley Antigua la sangre de machos cabríos no podía perdonar los pecados, en la Ley Nueva, la sangre del Cordero de Dios quita los pecados, y no solo esto, sino que concede la vida nueva de la gracia, la participación en la vida divina de Dios Uno y Trino, y es en esta participación en la vida de la Trinidad, por la fe y por la gracia en esta vida, y por la unión beatífica en la otra, en lo que consiste la majestuosa grandiosidad de la Ley Nueva.

viernes, 21 de enero de 2011

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, y con su luz iluminemos este mundo de tinieblas


“Seguidme y os hará pescadores de hombres” (cfr. Mt 4, 12-23). Jesús, predicando en Galilea, camina por la playa y encuentra a unos pescadores que se encuentran trabajando en su oficio: “limpiando redes”, dice el evangelio. Se detiene, mira a Pedro y a su hermano Andrés, y los llama para que sean “pescadores de hombres”. Ellos abandonan las redes y su oficio, y lo siguen. Más adelante, encuentra a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, también ellos pescadores, los llama para que sean sus discípulos y ellos, “dejando la barca y a su padre”, lo siguieron.

Podría parecer que, en esta escena, todo surge al acaso: a medida que Jesús camina por la playa del lago, se encuentra con unos pescadores, y como son los primeros a los que ve, los llama a ellos. Podría pensarse que simplemente fue una casualidad el hecho de que Jesús haya elegido a pescadores para que ocupen el puesto de Papa y de Apóstoles: así como eligió a unos pescadores, podría haber elegido a cualquier persona que ejerciese cualquier otro oficio: carpinteros, obreros, agricultores, etc., pero como caminaba por la playa, y era lógico que se encontrara pescadores, eligió a los pescadores.

Pero nada hay al acaso en la mente divina, porque Dios no obra al azar. En la mente de Cristo Dios, la Iglesia pre-existe desde la eternidad, y es para prefigurar a esa Iglesia suya, pre-existente en su mente eterna, y a su obra de salvación de las almas, que se concretará en el tiempo, cuando Él esté en la tierra, que Jesús elige a unos pescadores.

Cada elemento del episodio de la elección de Pedro tiene un significado sobrenatural: la barca de Pedro es la Iglesia; Pedro, el pescador, es el Papa; el mar de Galilea, es el mundo y la historia humana; los peces, son las almas de los hombres de todos los tiempos; la red, con la cual se atrapan los peces, es Cristo con su gracia; los peces subidos a la barca luego de la pesca, son los hombres rescatados del mundo y del pecado por la acción de los sacramentos de la Iglesia; al final de la pesca, los peces en buen estado, son las almas que ingresan en la eterna bienaventuranza, y los peces en mal estado, los que se desechan, son las almas que voluntariamente renuncian a entrar en el Reino de los cielos, porque voluntariamente renuncian de Jesucristo.

La elección de los pescadores, entonces, no es al acaso, porque está destinada a constituir a la Iglesia que, como misteriosa barca que surca el mar de los tiempos, habrá de rescatar a los hombres que navegan en las aguas del mundo, para conducirlas a la comunión de vida y amor, en la eternidad, con las Tres Personas de la Trinidad.

Tampoco es al acaso, ni es casualidad, que el llamado y la elección que Jesús hace de Pedro y sus discípulos sea en Galilea: es el cumplimiento de una profecía mesiánica, anunciada por Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de muerte, se levantó una luz”.

Esta enigmática profecía de Isaías tiene su explicación, y está directamente relacionada con este evangelio: Isaías, refiriéndose a la tierra de Galilea, dice que es un pueblo que “habita en tinieblas” y en “oscuras regiones de muerte” (Is 9, 1ss).

Para los israelitas, los habitantes de Galilea caminaban en tinieblas, porque estaban lejos de Jerusalén del Templo de Salomón, en donde se rendía culto al Dios Único y Verdadero, y porque además eran ignorantes de la religión y de sus obligaciones. Vivían en tinieblas, porque eran comparados a los paganos, que al no ser alumbrados por la luz de Dios, viven en tinieblas.

Pero la profecía de Isaías se refiere principalmente a una realidad espiritual: las tinieblas en las que vive el pueblo, son las tinieblas del pecado, del error y de la ignorancia, y el pueblo, representado en la región de Galilea, es toda la humanidad: toda la humanidad, desde Adán y Eva, vive sumergida en la oscuridad del pecado, porque se ha alejado de Dios, Luz eterna, y fuera de Dios, única fuente de luz divina, sólo hay oscuridad y tinieblas. Y como Dios es también la Vida en sí misma, y el Creador de toda vida, la humanidad, al alejarse de Dios, habita en tinieblas que son “sombras de muerte”: alejados de la Fuente de Vida que es Dios, los hombres, todos los hombres de todos los tiempos, y no sólo los habitantes de Galilea, viven en tinieblas de muerte.

El desenlace de esta situación, y la conexión con el evangelio de la elección de Pedro y sus discípulos, se ve cuando Isaías dice que sobre este pueblo, se eleva “una gran luz”, y que este pueblo “vio” esa luz: la luz que ve el pueblo, es decir, la humanidad, no es el astro sol, el que todos los días sale en el horizonte: la “luz” que la humanidad “ve” es Cristo, luz eterna de Dios, una luz que, a la vez, es vida, y vida eterna: “Yo Soy el Pan de Vida”.

Cristo dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12)”, y Juan en su evangelio también lo dice: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres” (cfr. Jn 1, 1ss); Cristo dice de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6-9), y también Juan en su evangelio lo dice: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres (…) era la vida de los hombres”. “Dios es luz” (cfr. 1 Jn 1, 5), y Cristo es el icono, la imagen de Dios (cfr. 2 Cor 4, 4), y por lo tanto, Él es Dios, que es luz eterna, y es el resplandor de la gloria del Padre, y su luz es vida y fuente de vida eterna para quien lo recibe en la Eucaristía con un corazón contrito y humillado. La humanidad visible de Cristo es el icono de la su divinidad invisible: es lo “visible de lo invisible”[1]; quien ve a Cristo, ve a Dios, quien contempla la Eucaristía, contempla, bajo el velo sacramental, a Cristo Dios, luz eterna.

Es por eso que quienes reciben a Cristo, son iluminados por su gracia, y con su gracia les es comunicada su vida, y quienes lo rechazan –lo rechazan las tinieblas-, permanecen en “tinieblas y en sombras de muerte”, lejos de la luz de Dios manifestada y comunicada por Cristo.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Hoy, igual que en los tiempos de Isaías, y mucho más aún, la humanidad vive en tinieblas mucho más densas, mucho más oscuras, mucho más peligrosas, porque en tiempos de Isaías, todavía no había llegado el Mesías, y los pueblos no conocían la luz de Dios; hoy, en cambio, el Mesías, que ya vino por primera vez en Belén, y murió en cruz y resucitó, es rechazado, una y otra vez, y no sólo es rechazado, sino que el Adversario de la humanidad, el demonio, es preferido a Cristo, haciendo realidad las palabras del evangelista Juan: “El Verbo era Dios (…) era la luz de los hombres (…) la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (cfr. Jn 3, 19).

Hoy los hombres han construido un mundo de tinieblas, porque han expulsado hasta el Nombre de Dios de todas las manifestaciones del hombre pero sobre todo ha sido arrojado del corazón del hombre: hoy el Dios de la vida no es tenido en cuenta para formular leyes, y por eso el hombre construye, con el aborto, la eutanasia, la eugenesia, la cultura de la muerte; los niños y los jóvenes, alentados por la indiferencia de sus padres, huyen de la Iglesia y de Jesús, como si fuera un malhechor, y enceguecidos por las luces engañosas del mundo, dejan de lado todo pudor, toda norma moral, todo valor, hundiéndose en el abismo de la lujuria, de las drogas, del alcohol, del sexo; las familias enteras, llamadas a ser “Iglesia doméstica”, en donde se aprenda a amar a Dios y al prójimo, son convertidas en campos de concentración masivos, dominados por la tecnología, por la televisión, por la red, y engañados por los medios de comunicación, se olvidan del amor a Dios y al prójimo; olvidado de Dios, el hombre navega en la más profunda tiniebla, y así deja que el prójimo pase hambre, frío, y todo tipo de necesidad, sin importarle en lo más mínimo, porque cuando no hay amor a Dios, el amor al prójimo desaparece; la humanidad vive en tinieblas, buscando la felicidad en aquello que sólo le causa tristeza y pesar en esta vida, y dolor eterno en la otra: las drogas, la lujuria, el dinero, el poder.

Los hombres han enterrado los Mandamientos de Dios, para poder vivir amando las tinieblas, y así no sentir remordimiento. Incluso hasta en la misma Iglesia ha entrado la espesa niebla de Satanás, puesto que no se respeta al Santísimo Sacramento del altar, se comulga en pecado mortal, sin importar el sacrilegio, las criaturas se presentan ante Cristo Eucaristía vestidas indignamente, no se respeta a la Madre de Dios, ni se acude a Ella, ni se le reza; abundan los lobos vestidos de cordero, dentro y fuera de la Iglesia, y fuera de la Iglesia las sectas y los cultos demoníacos como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, crecen cada vez más, a causa de los católicos que en masa abandonan, apostatando, a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica, dejando los templos vacíos, por falta de fieles, y también por falta de sacerdotes.

El espíritu del anticristo sopla a sus anchas entre los hombres que caminan como muertos en medio de una sociedad anticristiana y antihumana.

Es necesario mirar en el interior de cada uno, para notar cómo disfrazamos nuestras almas cuando acudimos al Templo, y con cuánta necedad nos acercamos a Jesús, sin arrepentimiento, sin deseos de cambiar el corazón, con vanagloria y soberbia, sin darnos cuenta de que a Dios nadie lo engaña, sino que somos nosotros quienes nos engañamos a nosotros mismos.

“El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz”. Para nosotros, que vivimos en las tinieblas de muerte de un mundo sin Dios y anticristiano, también brilla una gran luz, una luz desconocida, sobrenatural, venida del cielo, que sólo puede ser percibida con la luz de la fe, con la pureza y la inocencia que da la gracia de Cristo, y es la luz que brota de la Eucaristía. Es la Eucaristía la gran luz concedida por la Misericordia Divina, para que nos alumbremos en estos días y en los que vienen, cuando la oscuridad será cada vez más densa.

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, y con su luz iluminemos este mundo de tinieblas.


[1] Dionisio el Areopagita, cit. Evdokimov, P., El arte del icono. Teología de la belleza, Publicaciones Claretianas, Madrid 1991, 185.

miércoles, 5 de enero de 2011

Verás a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre


“Verás (…) a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (cfr. Jn 1, 43-51). La propia identificación que Jesús hace de Él con Jacob, el patriarca que vio en sueños la escalera por la que subían y bajaban ángeles, convierte a Jesús en la Escalera que lleva al cielo, y es una escalera que tiene forma de cruz.

Los ángeles de Dios suben y bajan por esta escalera: bajan para recoger en un cáliz de oro la sangre del Cordero que se vierte desde sus heridas, desde su cabeza coronada de espinas, desde sus manos y pies, desde su corazón abierto, y suben, para llevar ante la presencia de Dios la ofrenda de la sangre del Cordero.

Los ángeles suben y bajan por esa escalera que es la cruz madera y suben y bajan también por la misma escalera, la cruz del altar, colocada en el Nuevo Monte Calvario, el altar eucarístico.

Los ángeles suben y bajan llevando la sangre del Cordero, la ofrenda de la Iglesia, para ser presentada hasta el altar de Dios Trino. Es lo que pide la Iglesia en la Plegaria Eucarística I: “(…) que esta ofrenda –el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado- sea llevada por tu ángel hasta el altar del cielo (…)”[1].

La Iglesia pide que el ángel de Dios lleve la sangre del Cordero ante el altar divino, y el ángel asciende, desde la cruz del altar, con un cáliz de oro rebosante de la sangre del Hijo del hombre crucificado, para adorar la majestad y grandeza de la Trinidad.

Los ángeles suben y bajan para llevar la sangre del Cordero ante Dios, en adoración a la majestad infinita de Dios Trino, y suben y bajan para dar de beber esta sangre, junto con el cuerpo, a los hijos de Dios, reunidos ante la cruz del altar.

Los ángeles de Dios suben y bajan, llevando la sangre del Cordero.

Mientras suben y bajan por la escalera de la cruz, los ángeles de Dios llevan incienso y perfumes y cantan cantos de adoración al Cordero del altar.


[1] Cfr. Misal Romano.