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sábado, 9 de marzo de 2024

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”


 


(Domingo IV - TC - Ciclo B – 2024)

         “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna” (Jn 3, 14-21). Jesús recuerda el episodio del Pueblo Elegido en el desierto, cuando fueron atacados por serpientes venenosas y, por indicación divina, Moisés construyó una serpiente de bronce y la levantó en alto, de modo que todo el que la miraba, quedaba curado de la mordedura venenosa de las serpientes. Este episodio de Moisés y del Pueblo Elegido, en el que el Pueblo Elegido es atacado por serpientes venenosas en su peregrinación hacia la Tierra Prometida, es figura y anticipación de la crucifixión de Jesús y esa es la razón por la que Jesús trae a colación el hecho. Para entender la analogía, debemos reflexionar sobre el episodio de Moisés y las serpientes en el desierto: las serpientes son los demonios, los que peregrinan en el desierto somos los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; el desierto es esta vida terrena, es el tiempo y el espacio de la historia humana, que desemboca en final del vértice espacio-tiempo, en la convergencia del espacio-tiempo, en la eternidad divina; la Jerusalén terrena  a la que se dirige el Pueblo Elegido en su peregrinar por el desierto es imagen de la Jerusalén celestial a la que nos dirigimos nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, la Jerusalén del Cielo, cuya Lámpara es el Cordero de Dios; el veneno de las serpientes es el pecado mortal; las mordeduras de las serpientes son las tentaciones demoníacas; la serpiente de bronce que Moisés eleva y que sana milagrosamente a quien la ve, es representación de Jesús crucificado, quien desde la Cruz da la vida eterna a quien arrodillado ante la Santa Cruz lo contempla con fe, con amor y devoción, recibiendo de Él la Vida divina, la Vida de la Gracia, la Vida Eterna, que se comunica por la Sangre que brota de sus heridas abiertas en manos y pies por los clavos y de las heridas de su Costado traspasado por la lanza del soldado romano.

         Así como los miembros del Pueblo Elegido, por un milagro divino, eran curados de las mordeduras de las serpientes venenosas por la serpiente de bronce que elevaba Moisés en lo alto, así, de manera análoga, es desde la cruz de donde el alma obtiene la vida divina, la vida eterna, el perdón de los pecados y la santificación del alma, por medio de la Gracia Santificante que brota junto con la Sangre de Jesús crucificado, elevado en lo alto en el Santo Sacrificio del Calvario y es por esto que debemos postrarnos ante Jesús crucificado, cuando sintamos el ardor de las pasiones y la acechanza o incluso la mordedura de las serpientes, los ángeles caídos, los demonios.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”. Quien se arrodilla ante Jesús crucificado con un corazón contrito y humillado, obtienen de Él su Gracia, que se derrama sobre su alma a través de la Sangre Preciosísima del Cordero que se derrama desde sus heridas abiertas y sangrantes. Pero Jesús, además de estar en la Cruz, se encuentra también en la Eucaristía y en la Eucaristía está en Persona y es por esta razón que, quien contempla a Jesús Eucaristía, recibe también de su Sagrado Corazón Eucarístico la vida divina, la vida eterna, la vida de su Sagrado Corazón Eucarístico, la vida misma de la Santísima Trinidad. Adoremos a Jesús, tanto en la Cruz como en la Eucaristía y así no solo seremos curados de las tentaciones y protegidos de las acechanzas del demonio, sino que ante todo obtendremos la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino, la Vida divina, eterna y gloriosa del Cordero de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía.


martes, 24 de abril de 2012

Yo Soy el Pan de Vida que les da Dios Padre




“Yo Soy el Pan de Vida que les da Dios Padre”. Los judíos creían que el pan del cielo, el maná, era el que les había dado Moisés en el desierto.
         Era un pan milagroso, porque había venido del cielo, y les había permitido calmar el hambre y no desfallecer en su peregrinar por el desierto hacia la Tierra Prometida, Jerusalén.
         Pero Jesús les revela que el verdadero pan bajado del cielo es Él, Pan de Vida eterna, porque ese Pan es su carne, gloriosa y resucitada por la fuerza del Espíritu Santo, luego de su muerte en Cruz.
         Es verdadero también porque es dado por Dios Padre y no por Moisés, y porque, además de saciar el hambre que de Dios tiene toda alma humana, y saciarla al punto tal que la satisface sobreabundantemente, este Pan que es su Cuerpo, da fuerzas al alma para atravesar el desierto árido de la existencia y de la vida humana en su peregrinar hacia la Jerusalén celestial, la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas en la eternidad.
         El verdadero Pan Vivo bajado del cielo, que permite al alma atravesar el desierto de la vida, es la Eucaristía.