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jueves, 27 de junio de 2019

“Te seguiré adonde vayas”



(Domingo XIII - TO - Ciclo C – 2016)

“Te seguiré adonde vayas” (Lc 9, 51-62). El Evangelio trata acerca del llamado a seguir a Jesús, aunque también de las condiciones y disposiciones espirituales que suponen esta decisión. En efecto, cuando Jesús pasa, por un lado, un hombre le dice espontáneamente que lo seguirá “adonde vaya”; por otro lado, a otros dos, en cambio, es Jesús quien formula la llamada a seguirlo: “Sígueme”.
Ahora bien, ¿de qué tipo de seguimiento a Jesús se trata? Porque el seguimiento a Jesús puede ser en la vida consagrada o en la vida matrimonial. Entonces, se trata del seguimiento a Jesús o por la vida consagrada o por la vida matrimonial. Pero a estos dos seguimientos le podemos agregar un tercer seguimiento y es el llamado universal a la santidad a toda la humanidad. Por lo tanto, en este Evangelio estarían comprendidos todos los hombres y sus respectivos estados de vida, a los que Jesús elige y llama para que estén con Él: están los que son llamados a la vida consagrada, los que son llamados a la vida matrimonial, y los que son llamados a ser santos –sea en la vida sacerdotal y en la vida matrimonial- y es esta la llamada universal de Jesús a todo hombre.
Cuando se habla del seguimiento de Jesús, hay que tener en cuenta de adónde se dirige Jesús y cuáles son las disposiciones de vida interiores y espirituales y también materiales para seguir a Jesús, puesto que el seguimiento de Jesús implica exigencias, como abandonos y estos abandonos –de las pasiones, de la avidez por lo material, del propio yo- nadie , en ningún estado de vida, está libre. El triple abandono –pasiones, bienes materiales, ego- es algo común a todo tipo de seguimiento de Jesús, sea en la vida consagrada, sea en la vida matrimonial, sea en el llamado personal y universal a la santidad.
Un elemento en común que tienen, tanto los que espontáneamente se ofrecen a seguirlo –“Te seguiré adonde vayas”, le dice uno-, como aquellos a quienes Él llama en persona –“Sígueme”, le dice a los otros dos- es la advertencia de Jesús acerca de en qué consiste el abandono necesario para su seguimiento. En todos los casos, está presente el triple abandono, seguido de la conversión eucarística del corazón, que hace que el hombre viva no ya como el hombre viejo, sino como el hombre nuevo, el hombre que ha sido convertido en hijo adoptivo de Dios. En todos los casos de seguimiento de Jesús está presente el llamado universal a la santidad, que implica dejar de lado la vida del hombre viejo, dominada por el pecado y comenzar a vivir la vida del hombre nuevo, del hombre nacido “de lo alto, del agua y del Espíritu”.
Jesús se detiene para advertir las condiciones en las que deben vivir quien lo siga: dejar el mundo –significado en el que tiene que “enterrar a sus muertos”-; dejar la familia biológica –solo para los consagrados, obviamente- para vivir en Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios –está representado en el que le pide despedirse de su familia-; pero además de esto y en primer lugar, en el seguimiento de Jesús se encuentra la disposición de cargar la cruz y vivir la pobreza de la cruz –no cualquier pobreza, sino la pobreza que hace santos, la pobreza de la cruz, pobreza que consiste en, además del despojo de lo material, en una disposición interior por la cual el alma se reconoce siempre necesitada de Dios, de su Fortaleza, de su Sabiduría y de su Amor-, lo cual está significado en la frase de Jesús: “El Hijo del hombre no tiene dónde reposar su cabeza”.
Entonces, al decir, esto, Jesús advierte que quien lo siga debe vivir la pobreza –la pobreza de la cruz-, pero sobre todo, debe estar dispuesto a subir con Él a la cruz, porque es ahí en donde se cumplen sus palabras: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. En la cruz, con sus brazos y pies clavados por gruesos clavos de hierro y con su cabeza coronada por una corona de gruesas, filosas y duras espinas, Jesús no tiene cómo ni dónde reclinar la cabeza, sin disponer ni siquiera de un breve instante de descanso y consuelo en todo el tiempo que dura su dolorosa agonía. Entonces, estas condiciones de vida y disposiciones del alma son ineludibles para cualquier estado de vida, en el seguimiento de Jesús.
“Te seguiré adonde vayas”. Sea cual sea nuestro estado de vida, todos los seres humanos de todos los tiempos estamos llamados a conocer, amar y seguir a Jesús y que el seguimiento de Jesús es en dirección al Calvario, porque Jesús “toma la decisión de viajar a Jerusalén” para subir a la Cruz. Es decir, el seguimiento de Jesús implica, esencial e indefectiblemente, cargar la propia cruz e ir en pos de Él, siguiéndolo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el cual es un camino estrecho, arduo, duro, difícil, y que finaliza recién con la muerte del propio yo y su visión naturalista de la existencia; el seguimiento de Jesús finaliza con la subida a la cruz y con la muerte del hombre viejo, el hombre dominado por el ego y las pasiones. Es un camino en el que no se debe mirar para atrás; es un camino en el que la única posesión material es el leño de la cruz, los clavos de las manos y los pies y la corona de espinas; un camino en el que el mundo materialista y sus atractivos no tiene cabida; un camino en el que no hay lugar para reposar la cabeza.
“Te seguiré adonde vayas”. Jesús va, por el Camino del Calvario, con la Cruz a cuestas. En esto consiste el seguimiento de Jesús: en seguirlo por el Camino Real de la Santa Cruz.

domingo, 21 de julio de 2013

“María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”

(Domingo XVI - TO – C – 2013)
“María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada” (Lc  10, 38-42). Nuestro Señor visita la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro; en el transcurso de la visita, las dos hermanas muestran actitudes muy diversas con respecto a Jesús: mientras Marta se ocupa, afanosamente, por tener todo limpio y preparado para atender a Jesús –y también a los discípulos-, María, por el contrario, se queda a los pies de Jesús, adorando su Presencia divina. Esta actitud de María molesta a Marta, quien considera que no es justo que sea ella la que tenga que cargar con todo el peso del trabajo, por lo cual le pide a Jesús que haga de árbitro en la contienda: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo?”, a lo cual Jesús responde: “Marta, Marta, te inquietas y agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.
Las diferentes actitudes de las dos hermanas en relación a Jesús pueden ser consideradas como los diferentes estados de vida consagrada: Marta representaría a la vida apostólica, mientras que María representaría a la vida contemplativa. Mientras la vida apostólica está volcada hacia el apostolado con el mundo, y por lo tanto su labor se desarrolla en medio del mundo, la vida contemplativa, por el contrario, está orientada a la adoración y contemplación de Dios Uno y Trino, y todo su quehacer se dirige en esa dirección. De esta manera, las dos actividades de las hermanas: Marta, activa, volcada más hacia lo que rodea a Jesús, pero para llevar a las gentes a Jesús, y María, sin actividad externa, pero con intensa contemplación del rostro de Jesús, constituyen la representación de los estados principales de la vida consagrada en la Iglesia: la vida apostólica y la vida consagrada. Y, tal como lo dice Jesús, la de María “es la mejor parte”, esto no quiere decir que la vida apostólica –activa, realizada en el mundo pero para llevar al mundo a Jesús- no sea un estado de vida válido. Por el contrario, constituye un camino absolutamente con la naturaleza humana, con las actividades de la Iglesia, y con los modos con los cuales el ser humano rinde culto y adoración al Hombre-Dios Jesucristo.
Por otra parte, si bien la de María –es decir, la vida contemplativa- es “la mejor parte”, esto no quiere decir que un consagrado en la vida apostólica no alcance un cielo y un estado de glorificación mayor que el de un consagrado en la vida contemplativa, porque el contemplativo, si no responde con un amor intensísimo al don de la vida contemplativa, retrocede en su vida espiritual aquí en la tierra y, en la otra vida, alcanzará grados de gloria inferiores a los de un consagrado de vida apostólica que respondió con mayor amor.
Sin embargo, además de representar a dos estados diferentes de vida consagrada, las diferentes actitudes de las hermanas Marta y María respecto a Jesús, representan dos estados diferentes de nuestra propia alma, en relación a la visita que Jesús realiza a nuestras almas por la comunión eucarística.

En efecto, también Él nos visita a nosotros, al igual que visitó en su casa a sus amigos Lázaro, Marta y María, que somos sus amigos, en nuestra casa, que es nuestra alma, cada vez que comulgamos. Y al igual que en el relato del Evangelio, también en nosotros se dan las dos facetas: o Marta o María: o la tarea ajetreada y afanosa de Marta, que se ocupa de las cosas del mundo, o la contemplación amorosa de María, que deja todo de lado y se olvida del mundo, para amar y adorar a Jesús. También nosotros, al comulgar, podemos estar ocupados en las cosas del mundo, como Marta, o podemos concentrar toda la atención de nuestra inteligencia y todo el amor de nuestro corazón en la Presencia eucarística de Jesús, derramando el alma a los pies de Jesús, como lo hizo María. Sea cual sea nuestra actitud, Jesús nos dirá lo que a Marta: “María escogió la mejor parte, y no le será quitada”. Esto quiere decir que no hay experiencia en el mundo –ni en este, ni el otro- más agradable, que la contemplación extática en el amor de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios.