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martes, 24 de diciembre de 2024

Solemnidad de la Natividad del Señor






(Ciclo C – 2024)

         “Les anuncio una gran alegría, les ha nacido un Salvador (…) un niño recostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 1-14). Luego de Nochebuena, pasado ya el Nacimiento del Señor, la Santa la Iglesia nos desvela una misteriosa imagen para que la contemplemos: se trata de un Niño que recién acaba de nacer; está envuelto en pañales, de a ratos duerme, de a ratos se despierta y mira a su Madre y a su Padre con sus ojos hermosísimos; de a ratos experimenta frío y comienza a temblar, pidiendo más calor, haciendo que su Madre lo estreche más firmemente contra su corazón; su Padre, mientras tanto, se ocupa en buscar leña, para que la pequeña fogata continúe brindando su calor y su luz; hay dos animales, un burro  y un buey, porque se trata de un refugio de animales, es como si los animales, ante el egoísmo de los hombres, que han negado albergue en las ricas posadas de Belén a la Madre Santa que ya estaba por dar a luz, negando al Niño un lugar para nacer, fueran ellos, los animales, quienes prestaran su lugar de descanso para que el Niño pudiera nacer. Esta es la misteriosa escena que la Santa Iglesia Católica nos propone para la contemplación en el día de Navidad y decimos “misteriosa” porque, a pesar de que puede parecer una escena común, ya que se trata de una familia de Palestina, compuesta por una madre hebrea, su esposo y su hijo, que acaba de nacer, en realidad es algo infinitamente más grandioso que aquello que simplemente aparece a los ojos; es un misterio que solo puede ser desvelado por la luz de la gracia y por medio de la contemplación y de la oración y quien pasa de largo ante esta escena, sin pedir siquiera la gracia de desentrañar su misterio para su contemplación, solo demuestra el abismo de su necedad.

         Como dijimos, visto con ojos humanos y con la sola luz de la razón natural, la escena de Navidad es similar en un todo a la de cualquier otra familia humana en donde ha nacido el primogénito: podemos ver a una mujer, que es la Madre; podemos ver a quien parece ser su esposo; podemos ver a un Niño, que llora a causa del frío y el hambre y que busca el consuelo del abrazo materno.

         Vista así, con ojos y razón humanos, la escena de Navidad no parece tener ningún misterio, puesto que no se diferencia de ningún otro nacimiento de cualquier otra familia humana. Sin embargo, la escena es un verdadero misterio para hombres y ángeles cuando es vista con los ojos de la fe, es decir, cuando la escena se contempla a la luz del misterio pascual del Hombre-Dios Jesucristo: cuando contemplamos la escena iluminados por la luz de la gracia, la escena del Pesebre de Belén se presenta ante nuestros ojos como el acontecimiento más importante para toda la humanidad, porque el destino eterno de la humanidad entera depende de ese Niño que acaba de nacer, y la razón es que ese Niño no es un niño más: ese Niño es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios; ese Niño, nacido de la Virgen Madre en el humilde Portal de Belén, en Palestina, es el Verbo de Dios hecho carne, es la Segunda Persona de la Trinidad, que ha asumido hipostáticamente, en su Persona Divina, un cuerpo y un alma humanos, creados en el momento de la Encarnación y ha venido, desde la eternidad del seno del Padre a nuestro tiempo terrestre, a nuestro mundo, a nuestras historia, a nuestra existencia y vida personal, para derrotar y vencer para siempre y así librarnos de nuestros enemigos mortales –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y luego concedernos la gracia de la filiación divina, de manera de ser conducidos al Reino de los cielos, una vez finalizado nuestro paso por la tierra.

         Como vemos, la sola razón natural es completamente insuficiente e incapaz de siquiera imaginar el misterio del Niño de Belén; solo si la razón está iluminada por la luz de la fe, es capaz de contemplar el misterio del Logos del Padre hecho carne para nuestra salvación. Y lo volvemos a repetir, porque no es suficiente con decirlo una vez: no se puede contemplar el Pesebre de Belén con la sola luz de la razón natural, porque esta es absolutamente insuficiente para poder vislumbrar el misterio del Niño de Belén; sólo con la luz de la gracia y de la fe, solo con la luz que viene de lo alto, del Espíritu Santo, solo así, se permite al hombre contemplar, en ese Niño, a la Palabra de Dios encarnada, al Unigénito del Padre, consubstancial al Padre y de su misma naturaleza divina, que sin dejar de ser el Dios infinitamente majestuoso que Es desde la eternidad, se encarna para nacer como un pequeño Niño desvalido y necesitado de todo -y ante todo, necesitado del amor de los corazones de los hombres- en un humilde Portal de Palestina. Solo así, con la luz de la fe, es posible desentrañar el misterio que encierra la escena del Pesebre de Belén. Es por este misterio, que en Navidad se nos desvela ante nuestros ojos, que la Santa Iglesia Católica exulta de alegría; precisamente porque ve, en ese Niño, no a un niño santo, sino a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, a Dios, que es Luz Eterna; ve al Cordero, que es la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, que viene a iluminarnos con su luz divina y eterna a nosotros, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, la Iglesia se alegra con alegría celestial porque contempla en el Niño de Belén al Cordero, que con la luz de su gloria divina, que emana de su Divino Rostro de Niño, vivifica con la vida de la Trinidad a quien ilumina, porque la luz que emite ese Niño es luz viva, porque es la luz de Dios, que “es Luz” –“Yo Soy la Luz”, dice Jesús-, todo aquel que es iluminado por este Niño, Luz de Dios, recibe la Vida divina, la vida que brota de  su Ser divino trinitario y así, quien es iluminado por el Niño de Belén, no camina en las tinieblas del error, del pecado, de la herejía, del cisma, de la mentira y se alejan de él las tinieblas vivientes, los demonios. La Iglesia exulta de gozo porque ese Niño que ha nacido en Belén es Dios Hijo en Persona y por eso lo alaba, lo exalta, lo aclama, lo adora y lo ama como a Dios, y se postra en adoración ante Él, porque es el Hijo de Dios encarnado.

         Por último, hay otro misterio más: el Niño que nace en Palestina, en Belén –que significa “Casa de Pan”-, ha venido para unirse a nosotros en íntima comunión de amor y vida y para unirse a nosotros, no espera a que atravesemos el umbral de la muerte terrena: para unirse a nosotros, el Niño de Belén se nos ofrece como Pan de Vida eterna en la Eucaristía: el mismo Niño que nació en Belén, “Casa de Pan”, es el mismo Dios que se encuentra Presente real, verdadera y substancialmente, en la Eucaristía, en el Altar Eucarístico, al cual por esto también podemos llamar “Nuevo Belén”, “Nueva Casa de Pan”. Es por esto que la Navidad se consuma, tiene su cumplimiento máximo en la Eucaristía, porque en la Eucaristía se cumple el deseo de Dios Hijo al venir a este mundo, y es el de unirse al hombre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Comulgar la Sagrada Eucaristía en estado de gracia, esto es, unirse al Niño Dios que se encuentra en la Eucaristía, es la esencia de la Navidad, porque así se cumple el deseo del Niño Dios al venir a este mundo, que es el de unirse a nuestras almas en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

 


viernes, 22 de diciembre de 2017

Solemnidad de la Natividad del Señor


"Adoración de los Magos"
(Matthias Stormer, Siglo XV)

(Ciclo B - 2017 – 2018)

         La Iglesia celebra con una solemnidad el Nacimiento de Jesucristo. ¿Cuál es la razón? ¿Por qué la Iglesia celebra el nacimiento de un niño y lo celebra con tanta solemnidad? La razón es que el Niño de Belén no es un niño más; ni siquiera es un niño al que se pueda decir que es el más santo entre los santos, porque el favor de Dios está con él más que con ningún otro niño santo. ¿Quién es Jesucristo, el Niño de Belén? La respuesta la encontramos, sobre todo, en el prólogo del evangelio según San Juan: es el Verbo del Padre y por lo tanto es Dios de Dios; es Luz de Luz; es el Dador del Espíritu Santo, junto al Padre; es el Creador del universo visible e invisible; es la Sabiduría del Padre; es el Verbo hecho carne. Es el Mensajero prometido en el Antiguo Testamento que trae la paz y la salvación a los hombres; es el Mesías, el Redentor, el Salvador del género humano. El Niño de Belén, Jesucristo, es el Verbo contemplado por San Juan, en su vuelo de águila que se eleva al sol, como habitando en el seno de Dios y siendo Dios desde la eternidad, pero que también como el águila ve, desde el cielo, hacia abajo, es el Verbo de Dios hecho carne, que viene a poner su tienda entre los hombres, uniendo a su Persona divina una naturaleza humana, para luego ofrendarla en sacrificio, en la cruz, por la salvación del género humano. Jesucristo es la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, Palabra que es Sabiduría divina, Luz divina, Amor divino, Misericordia y Justicia divinos, que siendo Dios invisible, al adquirir un cuerpo se hace visible, naciendo como Niño en Belén. El Niño de Belén es la Palabra eterna del Padre, Espíritu Puro, que se reviste de carne, para ser vista y contemplada por los hombres. El Niño de Belén, Jesús de Nazareth, es la Palabra de Dios hecha carne, y se reviste de carne para luego ofrecer su humanidad santísima como sacrificio agradable al Padre en la cruz. El Niño de Belén es Dios eterno entrado en el tiempo, que viene para conducir al vértice espacio-tiempo de los hombres a la eternidad divina, porque a partir de su Encarnación, toda la historia humana y todo el tiempo humano es penetrado e invadido por la eternidad y se dirige hacia su consumación, en el Día del Juicio Final, hacia la eternidad. Él es la plenitud de la Revelación divina y en su humanidad está contenida la plenitud de la divinidad, por eso es que, apareciendo como Niño, la Iglesia lo adora, porque la carne y el alma, la humanidad de ese Niño, es la carne y el alma, la humanidad de Dios. El Niño de Belén es la Vida Increada y la Luz del mundo, porque Él es Luz eterna que proviene de la Luz eterna, que es el Padre, y es por eso que, quien se acerca al Niño de Belén, recibe la Vida divina y la Luz celestial que del Ser trinitario de este Niño Divino brotan, como de su fuente inagotable. El Niño de Belén es Dios y Señor del mundo, de los ángeles y de los hombres; es el Castigador de los ángeles y hombres rebeldes e impenitentes, a la vez que es, en Sí mismo, el Premio inimaginable de dicha, gozo y alegría eternos, para quienes aman a Dios y a su Ley de Amor.
         El Niño de Belén es el Vencedor Victorioso de los tres enemigos mortales de la humanidad: el Demonio, el Pecado y la Muerte, porque a todos los vence, de una vez y para siempre, en la Cruz del Calvario, iniciando ya su triunfo con su Nacimiento en Belén, y es por eso que el Belén tiene que ser contemplado a la luz del Calvario, porque es su inicio, como así también el Calvario debe ser contemplado a la luz del Pesebre de Belén, porque el Calvario es la culminación del sacrificio perfecto que comienza en la Encarnación y en el Nacimiento de Belén.
         El Niño de Belén es el Salvador, la Vida y la Luz de los hombres, pero no una luz efímera y creada: Él es la Luz Increada y la Vida Increada, que ilumina nuestras tinieblas y nos concede la participación en su vida divina por medio de la gracia santificante. El Niño de Belén es la Vida y la Luz para la humanidad entera. Es el que revela al Padre, Él y solo Él: “A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado”. Él es el Camino que conduce al Padre, es la Verdad de Dios Uno y Trino, es la Vida Increada que se dona a los hombres para que los hombres tengamos vida eterna.
La Iglesia celebra el Nacimiento del Niño de Belén con una solemnidad, porque el Niño que nace milagrosamente de María –como un rayo de sol atraviesa un cristal, dejándolo intacto antes, durante y después de atravesarlo, dicen los Padres de la Iglesia- es Dios Hijo, es decir, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se encarna y nace como Niño humano, sin dejar de ser lo que Es: Dios de majestad infinita.
Pero algo que debemos considerar es que el recuerdo o memorial que hace la Iglesia no se reduce a un recuerdo o memorial de carácter psicológico, como cuando alguien trae a la memoria a un ser querido, ya que en este caso aquello que es recordado permanece en el recuerdo, en el tiempo pasado, sin hacerse presente en la realidad con su actus essendi, con su acto de ser. En otras palabras, aquel que es recordado, es recordado solo en la memoria, pero de ninguna manera ese recuerdo “trae” al aquí y ahora lo que se recuerda. Por el contrario, la Iglesia, por medio de la liturgia eucarística de la Santa Misa, y por el poder del Espíritu Santo que en ella actúa, aquello de lo que se hace memoria –de modo particular, en la Santa Misa de Nochebuena-, se hace real y verdaderamente presente, con su Acto de Ser –divino- sobre el altar eucarístico. Dicho en otras palabras, por la liturgia eucarística, es como si la Iglesia “viajara en el tiempo” y se trasladara hasta el Portal de Belén, en el Nacimiento del Señor, o que el Nacimiento del Señor se hiciera presente, en el altar eucarístico, en nuestro “aquí y ahora” de nuestra temporalidad y espacialidad, es decir, vivimos en la actualidad de nuestro siglo XXI una realidad acontecida hace XXI siglos.
         Esta es la razón por la cual, en la Santa Misa de Nochebuena, en la consagración, la Iglesia se postra en adoración, al igual que los Pastores ante el Niño de Belén, porque ese mismo Niño es que el que está en la Eucaristía, como habiendo pasado ya por su misterio pascual de muerte y resurrección. Esa es la razón por la cual la Iglesia ofrenda, al igual que los Reyes Magos ofrendaron al Niño Dios incienso, mirra y oro, el incienso de la oración, la mirra de la adoración y el oro del amor, a Jesús Eucaristía, porque Jesús Eucaristía es el mismo Dios Hijo encarnado, nacido milagrosamente en Belén, que renueva y actualiza, por el poder del Espíritu Santo, su Nacimiento milagroso de las entrañas virginales de María Santísima.

Por lo tanto, lo que importa en Navidad, no es “quién es para mí” Jesucristo, sino quién es Jesucristo según el Magisterio de dos mil años de la Iglesia y según la Iglesia, su Magisterio y su Tradición, junto con las Escrituras, el Niño de Belén es Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios, que prolonga su Encarnación y Nacimiento en la Eucaristía. Por lo tanto, si es Dios, sus Mandamientos –entre otros, cargar la cruz, perdonar siempre, amar al enemigo-, deben ser la luz de mi vida y la guía de mis pasos, de lo contrario, frustraremos el designio de salvación de Dios sobre nosotros. Que nuestros corazones sean como otros tantos Portales de Belén para que el Niño Dios, llevado allí por la Virgen, nazca en ellos y los colme de su luz, de su paz, de su vida y de su gloria.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Solemnidad de la Natividad del Señor


         “Les anuncio una gran alegría, les ha nacido un Salvador (…) un niño recostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 1-14). Para Navidad, la Iglesia nos presenta, para nuestra contemplación, a un Niño recién nacido, envuelto en pañales, acompañado de su Madre y de su padre; toda la escena se desarrolla en un refugio para animales, en una cueva oscura y fría, iluminada solo por la débil luz de una fogata. Si se ve solo con los ojos humanos y con la sola luz de la razón natural, la escena de Navidad no se diferencia en nada a la de cualquier otra familia humana, en donde ha nacido el primogénito: se ve una mujer, que ha dado a luz por primera vez; se ve a quien parece ser su esposo; se ve a un niño, que llora a causa del frío y el hambre y que busca el abrazo materno.
         Vista con los ojos humanos, la escena de Navidad no se diferencia de otro nacimiento de cualquier otra familia humana. Sin embargo, visto con los ojos de la fe, la escena del Pesebre de Belén representa el acontecimiento más importante para toda la humanidad, porque el destino de la humanidad entera depende de ese Niño que acaba de nacer, porque ese Niño no es un niño más: ese Niño es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios, y ha venido a nuestro mundo, a nuestra existencia y vida personal, para librarnos de nuestros enemigos mortales –el Demonio, el Pecado y la Muerte-, para concedernos la filiación divina y para conducirnos al Reino de los cielos, una vez finalizado nuestro paso por la tierra.
         No se puede contemplar el Pesebre de Belén con la sola luz de la razón natural, porque esta es absolutamente insuficiente para poder vislumbrar el misterio del Niño de Belén; sólo con la luz de la fe, que permite al hombre contemplar, en ese Niño, a la Palabra de Dios encarnada, al Unigénito del Padre, consubstancial al Padre y de su misma naturaleza divina, es posible desentrañar el misterio que encierra la escena del Pesebre de Belén. La Iglesia exulta de alegría precisamente porque ve, en ese Niño, a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que viene a iluminarnos a nosotros, que vivimos “en tinieblas y en sombras de muerte”, con la luz de su gloria divina, que emana de su Divino Rostro de Niño, y como la luz que emite ese Niño es luz viva, porque es la luz de Dios, que “es Luz”, todo aquel que es iluminado por este Niño, Luz de Dios, recibe la Vida divina, la vida que brota de  su Ser divino trinitario. La Iglesia exulta de gozo porque ese Niño que ha nacido en Belén es Dios Hijo en Persona y por eso lo alaba, lo exalta, lo aclama, lo adora y lo ama como a Dios, y se postra en adoración ante Él, porque es el Hijo de Dios encarnado.

         El Niño que nace en Belén –que significa “Casa de Pan”-, ha venido para unirse a nosotros en íntima comunión de amor y vida y para unirse a nosotros, es que se ofrece como Pan de Vida eterna en la Eucaristía: el mismo Niño que nació en Belén, es el mismo Dios que se encuentra Presente real, verdadera y substancialmente, en la Eucaristía. Es por esto que la Navidad se consuma en la Eucaristía, porque en la Eucaristía se cumple el deseo de Dios Hijo al venir a este mundo, y es el de unirse al hombre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Comulgar en estado de gracia, esto es, unirse al Niño Dios que se encuentra en la Eucaristía, es la esencia de la Navidad, porque así se cumple el deseo del Niño Dios al venir a este mundo, y es el de unirse a nuestras almas en el Amor de Dios.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Solemnidad de la Natividad del Señor


      (Ciclo C - 2015)   
    "María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lc 2, 1-14). Si se considera sólo este párrafo, o si se mira la escena con la sola razón humana, el Nacimiento de Jesús no pasaría de ser otro más entre tantos, con la particularidad de que se trata de un nacimiento muy pobre, en un lugar no apto para seres humanos, porque es un refugio para animales. Si se lee sólo este párrafo, sin la luz sobrenatural de la fe, parecería que se trata del nacimiento de un niño palestino más, en medio de la soledad y el frío de la noche, y en medio de la indiferencia del resto de los hombres.
         Sin embargo, no se trata de un nacimiento más entre tantos, ni de un niño más entre tantos: se trata del Nacimiento del Niño Dios, del Mesías, del Emanuel, el "Salvador" de la humanidad. Esto se desprende de las palabras con las que los ángeles de Dios anuncian a los pastores lo que ha sucedido: "Les ha nacido un Salvador, la señal es el Niño acostado en el pesebre y envuelto en pañales". El Salvador de la humanidad, nace en la noche, en un portal, un refugio de animales, ante la indiferencia de quienes, despreocupadamente, no dieron lugar a su Madre encinta en las ricas posadas de Belén; el Redentor de los hombres, Dios Hijo encarnado, el Creador de cielos y tierra, el Hacedor del universo visible e invisible, nace con la sola compañía de, además de sus padres, María y José, un buey y un asno, ante la completa indiferencia e ignorancia de los hombres, por quienes habría de entregar un día su vida en el Santo Sacrificio de la Cruz. La noticia del Nacimiento les es comunicada, por los ángeles, a unos humildes pastores que, al momento del Nacimiento, se encontraban cumpliendo su trabajo: estos -a diferencia de los demás hombres, que permanecen en la indiferencia-, dando crédito al celestial anuncio acuden presurosos, con fe y con amor, a adorar a su Dios nacido como Niño.
         Hoy, a más de veinte siglos de distancia, se dan circunstancias similares a las del Nacimiento del Niño Dios en Belén: el Salvador quiere nacer, no ya en un portal terreno, sino en todos los corazones de todos los hombres, pero al igual que entonces, cuando no hubo lugar para Él en las ricas posadas de Belén, también hoy carece de lugar para nacer, porque los ricos -no necesariamente ricos de bienes materiales, sino ricos en el sentido de ser soberbios-, no le permiten entrar en sus corazones y en sus vidas y es por eso que Jesús nace en los corazones e quienes, sabiéndose “nada más pecado”, sabiéndose poseedores de corazones pobres de amor, oscuros y fríos como el portal, desean sin embargo recibir al Niño Dios y darle lugar para que pueda nacer en ellos, necesitados de conversión. Y así como el pobre y oscuro Portal de Belén, al nacer el Niño, se iluminó con el esplendor de la gloria divina que de Él surgía como de su fuente Increada, así también, en las almas humildes –que no es igual necesariamente a pobres materialmente- en las que Dios Niño nace por la gracia, brilla el fulgor resplandeciente del Niño de Belén, quien les comunica su vida divina, su gracia, su paz y su Amor celestial.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Solemnidad de la Natividad del Señor


         Navidad es la fiesta litúrgica en la que la Iglesia, la Esposa del Cordero, se deleita mística y sobrenaturalmente en la contemplación del “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. En Navidad, la Iglesia contempla, extasiada y absorta en su alegría y asombro, el cumplimiento de las profecías mesiánicas del “Dios con nosotros” porque, iluminada por el Espíritu Santo, la Iglesia ve, en el Niño de Belén, no  a un niño más, ni a un niño santo, sino a Dios Hijo, la Palabra consubstancial del Padre que se ha encarnado, se ha hecho “carne” -entendida esta palabra como sinónimo de “naturaleza humana” compuesta por alma y cuerpo- y ha asumido en su Persona, en su hipóstasis personal de Hijo de Dios, a esta naturaleza humana -permaneciendo ambas naturalezas sin confusión- y naciendo milagrosamente de la Madre Virgen, apareciendo ante los hombres como un Niño que, siendo Dios al mismo tiempo, es Niño y Dios, es el Niño Dios. De manera que para la Iglesia, Navidad es la contemplación extasiada, en el Amor del Espíritu Santo, del cumplimiento de las profecías mesiánicas, según las cuales, Dios, en su “misericordiosa ternura”, habría de enviar al mundo un Mesías, el cual nacería de una Virgen Madre, pero ese Mesías no sería un hombre más entre tantos, sino Dios en Persona, y por eso el Nombre de este Niño sería: “el Emmanuel”, “Dios con nosotros” (cfr. Is 7, 14).
         En Navidad, la Iglesia contempla, extasiada y radiante de alegría, el misterio de un Dios que, para venir a este mundo, ha elegido venir, no en las teofanías que muestran su gloria deslumbrante, sino que ha elegido venir como un Niño recién nacido. La Iglesia, para Navidad, no cabe en sí del asombro y de la alegría que le produce el contemplar al Niño de Belén, el Niño del Pesebre, porque ese Niño es Dios, lo cual significa que Dios ha querido tomar un cuerpo humano, desde sus primeros estadios, para abrazar al hombre y darle su Amor, porque es tanto el Amor que Dios experimenta por el hombre, que no le basta el estar rodeado de “miríadas de ángeles que noche y día se postran ante su Presencia, amándolo y adorándolo” (cfr. Ap 24, 10), sino que ha querido venir a nuestro mundo para mendigar nuestro amor, nuestro mísero amor, y para eso se ha revestido de un Cuerpecito de un Niño indefenso, que necesita de todo, y con ese cuerpecito ha adquirido dos bracitos y dos manitos, para abrazar a todo al que se acerque al Pesebre de Belén, para estrecharlo contra su Corazón de Niño, el Corazón del Niño Dios, y así darle todo su Amor Divino.
         La Iglesia contempla extasiada cómo Dios, para mendigar el amor de los hombres, sus creaturas, ha “inventado”, llevado por su Amor, venir a este mundo como un Niño recién nacido, porque de esa manera, apareciendo como un Niño recién nacido, Dios, que está encarnado en esa naturaleza sin dejar de ser Dios, experimenta las necesidades de todo niño recién nacido: Dios, en el Niño de Belén, experimenta el hambre –ya no se alimenta más en el útero materno, como antes de nacer-; experimenta el frío –ha salido de la protección térmica que le significaba el estar en el útero de la Virgen-; y experimenta sobre todo la necesidad de afecto, de ternura, de cariño y de amor, que experimenta todo recién nacido, porque el recién nacido sufre una “conmoción afectiva” por el hecho de salir del útero materno, en donde se sentía a salvo y protegido, al medio externo, en donde todo le resulta extraño-, y ese afecto, ternura, cariño y amor le es brindado, ante todo, por la madre, en este caso, la Virgen, pero también por todo hombre -por cualquier hombre de la faz de la tierra- que se acerque, con un corazón contrito y humillado, lleno de fe y de amor hacia Él en cuanto Dios hecho Niño, para darle su afecto, su ternura, su cariño y su amor. Entonces, al venir a este mundo como un Niño recién nacido, que necesita de todo, Dios se ha querido mostrar Él mismo como desvalido ante el hombre –por eso, en el Niño de Belén, están representados los prójimos que más sufren, ya sea por enfermedades físicas, o por tribulaciones de todo tipo-, para que el hombre acuda en su auxilio, pero lo primero que quiere este Dios Niño, del hombre, es el amor de su corazón, y es para eso que le extiende sus bracitos de recién nacido, para que el hombre, dejando de lado la dureza de su corazón, se arrodille ante su Dios, que lo ha venido a buscar como un Niño, y no le niegue su amor.
Además, de esta manera, Dios se asegura que nadie, en absoluto, a partir de ahora, puede decir que tiene “miedo” de Dios, porque Él no se ha aparecido en el esplendor majestuoso de la gloria de su Ser trinitario, circundado de una corte de ángeles y arcángeles, unos más poderosos que otros, como podría haberlo hecho; Dios no se aparece a los hombres manifestando la omnipotencia de su poder divino, poder derivado de su Sabiduría y de su Amor, que ha hecho, en un segundo y de la nada, la increíble y maravillosísima obra de la Creación, compuesta por el universo visible y el invisible, los ángeles; Dios no se nos aparece, apabullándonos con su Inteligencia Suprema, con su Omnipotencia Divina que, en un segundo, crea miles de universos de la nada; Dios no se nos aparece como el Dios omnipotente, revestido de justicia y de severidad, ante cuya Justicia severísima los ángeles tiemblan, porque ante Él nada que no sea santo y puro, como Él es, puede subsistir; Dios no se nos presenta como el Dios de toda Justicia y severidad, que condena a los abismos eternos con una mirada suya, a las miríadas de ángeles rebeldes, que se rebelaron contra Él, el Dios Amor y, negándose a amar, se hicieron indignos de su Presencia; Dios, para mendigar nuestro amor, no se nos presenta así, para Navidad: el Dios Invisible se hace visible, tomando cuerpo de los nutrientes maternos de la Virgen y revistiéndose de Niño pequeño, y se nos presenta como un Niño recién nacido, desvalido, para mendigar nuestro amor.

Éste es el misterio que la Iglesia, extasiada, contempla en Navidad, y por esto, le decimos a la Virgen, que tiene al Niño en sus brazos: “Virgen y Madre Dios, María Santísima, Tú que tienes la dicha inefable de sostener a tu Hijo Dios entre tus brazos y sobre todo, tienes la dicha de cumplir su Voluntad antes que nada; te rogamos, Madre, que nos prestes a tu Niño recién nacido, que es Dios Hijo encarnado, para que lo estrechemos entre nuestros brazos, contra nuestros corazones, para darle la pobreza y la miseria de nuestro amor; te rogamos, Madre, que en esta Navidad, nos prestes a tu Hijo, para que lo estrechemos contra nuestro corazón, para que Él sienta la pobreza de nuestro amor humano, que es todo lo que tenemos para darle; te lo rogamos, Madre, que nos lo prestes, para que lo acunemos en nuestros brazos, y llevados por el amor de tu Inmaculado Corazón, lo contemplemos, lo adoremos y lo amemos, en el tiempo, como anticipo de la contemplación, la adoración y el amor que esperamos, por su misericordia, tributarle por toda la eternidad; te rogamos, Madre y Virgen, María Santísima, tú que tienes a tu Niño entre tus brazos, danos a tu Niño Dios, porque esa es su Voluntad. Amén”.