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jueves, 17 de septiembre de 2026

“Un propietario salió muy de madrugada a contratar obreros para su viña”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A - 2026)

“Un propietario salió muy de madrugada a contratar obreros para su viña” (cfr. Mt 20, 1-16). Para darnos una idea acerca de cómo es el Reino de los cielos, Jesús utiliza la imagen de una vid, del dueño de la vid y de los obreros a los que el dueño contrata para que vayan a trabajar en su vid. Como toda parábola, debemos preguntarnos cuál es su significado espiritual y lo primero a tener en cuenta es que cada elemento de la parábola representa una realidad sobrenatural.

Así, el Dueño de la viña es Jesús, la viña es la Iglesia Católica y los que son llamados a trabajar en la viña son los bautizados en la Iglesia; en este grupo, hay dos grupos a su vez, los llamados a primera hora y los llamados en la última hora, al caer la tarde: los llamados en primer lugar son los bautizados que recibieron tempranamente la gracia de la conversión, mientras que los llamados en último lugar son los que han recibido la gracia de la conversión a una edad tardía; el último elemento de la parábola es la paga que reciben los trabajadores, paga que es la misma para todos y consiste en la vida eterna en el Reino de los cielos. Podemos hacer una primera observación y es que, independientemente del tiempo en el que han sido llamados a trabajar en la Iglesia, temprano o tarde, todos reciben la misma paga, el mismo salario, porque el Viñador, Jesús, paga a todos sus obreros -que somos nosotros, los bautizados- con un mismo salario, el fruto de la vid: el vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es su propia sangre derramada en la cruz, que comunica la vida eterna.

En la parábola se destaca otro elemento y es la inmensidad y gratuidad de la Divina Misericordia porque el Hombre-Dios Jesucristo llama a todos, indistintamente, antes o después, para trabajar en su viña que es la Iglesia Católica y a todos paga con la misma moneda: el don de la vida eterna; la única condición para recibir el salario de Jesús es querer trabajar en su viña y hacerlo efectivamente, cada cual según su estado de vida.

Jesús usa la imagen de la vid debido a que la vid, por las relaciones religiosas e históricas de su imagen, tiene un significado bíblico[1] y es que Israel era la vid plantada por Yahvé, de manera que los interlocutores de Jesús sabían el significado religioso de esa imagen. Pero no solo para los interlocutores de Jesús tiene la vid un significado religioso: también para nosotros la imagen de la vid tiene un significado espiritual y sobrenatural, directamente relacionado con nuestra fe, desde el momento en que el mismo Jesús en Persona utiliza la imagen de la vid para aplicársela a sí mismo cuando dice: “Yo soy la Vid verdadera”. Él es la vid a la cual se le injertan los sarmientos que somos nosotros, los bautizados: “Vosotros –los bautizados- sois los sarmientos”. Jesús es la Vid de la cual nosotros, los sarmientos, injertados a la Vid Verdadera por el Bautismo sacramental, recibimos la vida eterna. Jesús es la Vid, pero también la Iglesia, surgida del Corazón traspasado de Jesús, es la Vid celestial, porque la Iglesia Católica es la congregación del linaje humano que ha sido incorporado a Dios mediante la unión personal del Hijo de Dios con la naturaleza humana[2].

La Vid celestial que es la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica, está formada por quienes han sido incorporados a Jesucristo que es también la Vid celestial. Porque la Iglesia es la Vid celestial, “trabajar en la vid”, como los obreros de la parábola, significa en la realidad de este mundo trabajar en la Iglesia de Jesús y es por esto que el llamado de Jesús es a trabajar no en el mundo, sino en la Iglesia. Jesús llama a trabajar a los viñadores a la Vid celestial, y la Vid celestial es la Iglesia Católica, es decir, la congregación de los que han sido convertidos, por el Espíritu de Dios, en hijos de Dios.

Otro aspecto a considerar en la parábola, además del llamado a trabajar, es el tipo de trabajo al cual llama Jesús. Con relación al trabajo hay que decir que no es un trabajo terreno, sino celestial y ese trabajo se llama “misión”, que es un trabajo esencialmente sobrenatural, porque consiste en anunciar “a todo el mundo” el Evangelio de la salvación de Jesucristo. La misión no es un trabajo al estilo de las multinacionales; la misión es realizada por aquellos que han recibido el don de la filiación divina y están animados y son vivificados por el Espíritu Santo, que es un espíritu de amor y caridad. Por esta razón, quien trabaja en la Vid que es la Iglesia, debe obrar con misericordia y caridad. Sucede con frecuencia que hay quienes trabajan en la Iglesia, pero no están movidos por el Amor de Dios, sino por amor propio y amor a los halagos de los demás: este tipo de bautizados está representado en los viñadores que se enojan con el patrón en la parábola, porque este paga a todos con el mismo salario; esta reacción no se habría dado si los trabajadores llamados a la mañana hubieran hecho su trabajo movidos por el Amor de Dios, y así nunca se hubieran quejado de que sus hermanos reciban también la vida eterna. Si alguien se enoja -como los obreros llamados en primer lugar en la parábola- porque sus hermanos recibieron también la vida eterna, a pesar de haber trabajado menos, es porque hicieron su trabajo por amor propio y no por amor a Dios y movidos por su Amor.

La llamada del dueño de la viña a trabajar en su viña es la llamada de Jesús a trabajar en su Viña, que es la Iglesia; ahora bien, Jesús nos llama por su Espíritu, para que el alma trabaje movida por su Espíritu y esto significa obrar las obras del Espíritu Santo, que son las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Si alguien trabaja en la Iglesia, pero no lo hace movido por el Amor de Dios, sino por el amor propio y por el propio orgullo y soberbia, entonces ese trabajo es en vano, aun cuando movilice a decenas de miles de personas. El trabajo que deben hacer los obreros llamados por Jesús, son las obras de misericordia, las obras de caridad, que son las obras del Divino Amor. El Primer Mandamiento de la Ley de Dios dice: “Ama a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo” y precisamente, porque no entendieron que, en la Viña de Dios, la Iglesia Católica, se trabaja por amor, es que los obreros llamados en primer lugar protestan amargamente porque los últimos también recibieron como paga el Reino de los cielos. Los trabajadores llamados en primer lugar no habían comprendido que en la Iglesia Católica el trabajo tiene como fundamento al Amor de Dios, el Espíritu Santo y es por eso que se enojan con el dueño de la vid: son los católicos que consideran inadmisible que Dios, en su infinita misericordia, conceda la vida eterna a todas las almas, aun aquellas a las que son llamadas en los últimos momentos de su vida, independientemente de la vida alejada de Dios que llevaron. Es decir, deberían haberse alegrado de que sus hermanos reciban la vida eterna, la paga del Dueño de la Vid, Jesucristo. Lo que cuenta para Jesús, cuando Él llama a trabajar en su viña, no es ni la cantidad de trabajo ni la cualificación profesional de los obreros: lo que cuenta para Él es el amor, la misericordia, la compasión; cuenta el amor a Dios y al prójimo, lo cual solo es posible si el bautizado se deja guiar dócilmente por el Espíritu del Divino Amor, el Espíritu Santo. Como dice un autor, cuenta más un plato de verduras, hecho por amor a Dios y al prójimo, guiado por su Amor[3], que cientos de obras hechas por egoísmo o por auto-complacencia, como lo demuestran los que se quejan al ver que también otros son admitidos a la vida eterna.

Jesús nos llama a trabajar en su Viña, que es la Iglesia Católica; a algunos llama en su infancia, a otros en su juventud, a otros en la adultez y a otros incluso segundos antes de morir y para que tengamos las divinas fuerzas necesarias para este trabajo, para que no nos desanimemos por las tribulaciones y por el espíritu del Anticristo que reina en el mundo sin Dios, para que seamos capaces de “sobrellevar el peso de la jornada y el calor agobiante del sol”, para que trabajemos en su viña no movidos por el amor propio sino por el Amor de Dios, Jesús nos alimenta con el manjar celestial, el Pan de Vida eterna y nos da de beber la Sangre de su Sagrado Corazón traspasado en la cruz y así, con este Pan que es su Cuerpo y con este Vino que es su Sangre, el Divino Viñador nos comunica su Espíritu de Amor, de Caridad, para que con ese Espíritu trabajemos en su viña, que es su Iglesia, la Única y Verdadera Iglesia del Hijo de Dios, la Esposa Mística del Cordero, la Santa Iglesia Católica.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 345.

[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 414.

[3] Cfr. Dictados del ángel, Editorial María Mensajera, Buenos Aires 1988, 270.


miércoles, 22 de julio de 2026

“El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...”

 


(Domingo XVII - TO - Ciclo A - 2026)

         “El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...” (cfr. Mt 13, 44-52). Jesús utiliza tres figuras para darnos una idea de cómo es el Reino de los cielos: un hombre que encuentra un tesoro escondido, un mercader de perlas que encuentra una de gran valor, una red que atrapa numerosos peces. Las tres figuras del reino tienen en común el hecho de que provocan en el hombre un estado de alegría tan grande, que lleva a que el hombre venda todo lo que tiene para conseguirlo –en el caso de las dos primeras figuras-, o en el caso de la tercera figura, la red que atrapa numerosos peces, también significa una gran alegría para, en este caso, el pescador. Una primera característica del Reino de los cielos es entonces la alegría pero, como se trata de un Reino celestial, la alegría que provoca no es una alegría al estilo terrenal, sino una alegría sobrenatural, una alegría que es una participación a la Alegría Increada, que es Dios Uno y Trino.

         Un elemento distintivo en la parábola y en las figuras que Jesús utiliza, es que el Reino de Dios está, pero debe ser buscado por el hombre para poder encontrarlo y es en este momento, en el que es encontrado, cuando el Reino de Dios provoca alegría celestial y sobrenatural, una alegría tan grande, que aquel que encuentra al Reino de Dios no duda en vender todo lo que tiene para adquirirlo. Y este es otro elemento del Reino de los cielos: puede ser “comprado”, alegóricamente, vendiendo todo lo que se tiene, para poder ser “dueño” del Reino, así como alguien en la tierra, cuando compra un campo, es dueño de ese campo. La diferencia con la compra terrena de un campo es que, por grande que sea el campo, no satisface el deseo de felicidad del corazón humano, mientras que la “compra” del Reino de los cielos colma el deseo de felicidad infinita que posee el corazón humano, al punto de no desear ninguna otra cosa, porque su deseo de felicidad se ve extra-colmado con abundancia.

         Al hablar del Reino de Dios, luego de meditar acerca de cómo adquirirlo, debemos preguntarnos qué es exactamente el reino, es decir, si es una metáfora, con la cual Jesús estaría indicando que el cristiano debe cambiar su comportamiento, o si por el contrario, es un lugar real, que tiene un espacio físico, que se encuentra oculto hasta que sea encontrado. Debemos preguntarnos y reflexionar acerca de este Reino celestial que provoca tanta alegría en aquel que lo encuentra. ¿Qué es este Reino que provoca tanta alegría en el hombre y que hace que el hombre venda todo lo que tiene para comprarlo?

         El Santo Padre Juan Pablo II nos da la respuesta y nos dice ante todo que el catolicismo no es una lista de preceptos morales ni un mero listado de hábitos buenos; el Santo Padre Juan Pablo II nos dice que el catolicismo es y consiste en una Persona real, concreta, de origen divino; una Persona Eterna, la Segunda de la Trinidad que al encarnarse en el tiempo asume la naturaleza humana para llevar a la humanidad al seno de la Trinidad y esa Persona Divina es la Persona de Jesucristo[1]. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque así como el catolicismo no es un conjunto abstracto de preceptos morales que debemos cumplir para que seamos buenas personas, así también el Reino de los cielos no es una metáfora, ni una cosmovisión: es una Persona en concreto, y esa Persona es la Persona divina de Jesucristo. Jesús mismo identifica el reino con Él: dejar todo por el reino (Lc 18, 29), es dejar todo “por su nombre” (Mt 19, 29; cfr. Mc 10, 29)[2]. En otras palabras, el Reino de los cielos es Jesucristo. Y al igual que sucede en la parábola, que aquello que provoca alegría está oculto y debe ser encontrado, así también Jesucristo está oculto y debe ser encontrado, y al encontrarlo, en un encuentro personal, íntimo y secreto, entre el alma y Él, debe ser preferido a todo lo que se posee, y esto se deriva del amor de Jesús, del Amor que Él nos tiene y que debe ser correspondido por nuestro amor: quien de veras encuentra a Jesús, no puede no dejar de amarlo y de amarlo con todas sus fuerzas, como lo hicieron los santos, y quien de veras lo encuentra, no duda en vender todo para poseerlo.

Otra pregunta que debemos hacernos es qué significa el “vender todo” para conseguir el tesoro del Reino o también, para conseguir el tesoro más valioso del Reino, que es la Persona Divina de Jesús: “vender todo” para “comprar el reino” es una expresión es simbólica y se refiere a que el alma no debe simplemente cambiar de conducta para simplemente ser bueno. Si esto fuera así, entonces el catolicismo sería reducido al cumplimiento extrínseco de una lista de mandamientos morales cuyo objetivo sería el convertirnos en buenas personas. Sin embargo, esto no es lo que significa “vender todo” para “conseguir el reino”.

         El significado de “venderlo todo para comprar el Reino” va mucho más allá de la mera adquisición de buenas virtudes -lo cual en sí es algo muy bueno-: significa que no solo debe abandonar el camino del pecado, de todo lo malo, de todo lo que pertenece al hombre viejo, al hombre dominado por el pecado, sino que principalmente debe tomar la decisión libre y personal de desear empezar a vivir no ya como un simple ser humano, sino como un hijo de Dios, es decir, como un hombre-Dios, como una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Es decir, ser “bueno”, lo puede ser cualquier individuo perteneciente a cualquier religión, incluso un ateo, pero no es esto el objetivo del catolicismo: el “venderlo todo para conseguir el Reino” significa decidir vivir según la vida de la gracia, que es la vida de Dios Trino en el alma. Quiere decir que el alma no debe vivir como un simple mortal, sino que debe vivir a cada instante y a cada momento la vida nueva de los hijos de Dios, como alguien que ha sido comprado a un precio altísimo, la Sangre de Jesús derramada en la cruz, y que, por esta misma sangre, ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina, y por lo tanto ya no es más, desde el bautismo, desde el contacto físico con Jesús en la Eucaristía, un simple hombre, sino un hombre que vive con la vida participada de la Santísima Trinidad.

Sólo de esta manera, viviendo la vida de la gracia –que implica vivir como el Hombre-Dios y como hombre-Dios, participando de la naturaleza divina-, viviendo la gracia del Bautismo sacramental que lo convirtió en hijo de Dios, el alma puede, aunque parezca algo imposible, mucho más que vivir en el Reino, puede adueñarse del mismo Dios, adueñarse de la Persona de Jesucristo, es decir, poseer el Reino de los cielos, poseer a Jesucristo, como algo propio, que le pertenece.

         El Reino de Dios provoca gran alegría en el corazón humano, puede ser comprado, vendiendo todo lo que se tiene, es decir, se puede ser dueño de ese reino. Y hay algo que debemos también saber y es que no se debe esperar al inicio de la otra vida para empezar a poseer este reino: ya desde esta vida terrena y mortal podemos adueñarnos del Reino: si decimos que el Reino consiste en una Persona concreta, en la Persona divina de Jesucristo, y que se debe vivir la vida de la gracia para poseerlo como una cosa propia: ¿acaso no es esto la Eucaristía? Si la Eucaristía es Jesucristo en Persona, y Jesucristo es el Reino de los cielos, la Eucaristía es el reino de los cielos, ya aquí en la tierra. Y la Eucaristía es el don del Padre para cada uno de nosotros; nos da la Eucaristía, nos da a su Hijo oculto en la apariencia de pan y vino, no solamente para que lo adoremos, que debemos hacerlo, sino para que tomemos posesión de Él, de Cristo Eucaristía, como algo que nos pertenece porque nos ha sido dado como un don celestial por el Padre. Solo así experimentaremos la verdadera alegría, no la alegría que viene por causas mundanas y terrenas, sino la Verdadera Alegría, la alegría celestial, porque Jesús Eucaristía es la Alegría en Sí misma, es la Alegría en Persona, que nos comunica de su alegría cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión.

La Eucaristía es el tesoro escondido –Jesús en Persona, glorioso y resucitado-, que llena de alegría sobrenatural a quien lo encuentra, y que debe ser comprado al precio de la conversión del corazón, para poder adueñarse de Él. Así nos lo dice la Santa Iglesia Católica, revelándonos dónde está la verdadera alegría, cuando el sacerdote ministerial hace la ostentación de la Sagrada Hostia luego de la consagración: “Dichosos -es decir, felices, bienaventurados, alegres- los invitados al Banquete celestial”.



[1] Cfr. Juan Pablo II, ...

[2] cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1980, voz “reino”, 767.


miércoles, 9 de octubre de 2024

“Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos”

 


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo B - 2024)

         “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos” (Mc 10, 17-27). Un hombre rico, con muchos bienes materiales, pero que al mismo tiempo posee una intensa vida espiritual y que cree en la vida eterna, le pregunta a Jesús, de forma genuina y con genuino interés, sobre qué cosas hay que hacer para “ganar la vida eterna”. El hombre rico sabe que hay una vida después de esta vida terrena y que esa vida es eterna; sabe que esa vida hay que “ganarla” y como reconoce en Jesús a Dios encarnado, le pregunta qué es lo que debe hacer para poder llegar al Reino de la vida eterna. Jesús le responde diciendo que hay que cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y puesto que el hombre le responde que él cumple con los Mandamientos de Dios, Jesús agrega algo inesperado para el hombre: le dice que, para poder entrar en la vida eterna, debe “vender todo lo que tiene y dárselo a los pobres”. Esto último toca la fibra última del ser del hombre porque se da cuenta de dos cosas: una, de que él está muy apegado a sus riquezas materiales; la otra, que, si él quiere entrar en la vida eterna, tiene que desprenderse de esas riquezas materiales, dándolas a los pobres y eso lo “entristece mucho” y “se retira”, dice el Evangelio. Esto demuestra que el hombre rico era una buena persona, puesto que conocía la Ley de Dios y la cumplía, pero al mismo tiempo tenía apego a los bienes materiales y de tal manera que, aun cuando efectivamente deseaba la vida eterna, se presentaba en él un dilema tal que le hacía casi imposible despegarse de esos bienes, desde el momento en el que Jesús le dice que debe “venderlos a todos y darlos a los pobres” para poder entrar en el Reino de los cielos.

Jesús, por otra parte, para completar su enseñanza, trae una imagen conocida por sus interlocutores, la de un camello que no puede entrar por el ojo de una aguja, siendo “el ojo de una aguja” la puerta estrecha y angosta ubicada en la muralla de Jerusalén por la que pasaban las ovejas y corderos destinados a ser sacrificados en el templo[1]. El ejemplo dado por Jesús es perfecto: el camello no puede pasar por el ojo de la aguja porque es un animal alto y además va cargado con muchas mercaderías; viéndolo de esta manera, es imposible que pueda pasar. Con relación al camello, hay una forma en la que puede pasar y es quitándole toda la mercadería y además haciendo que doble sus patas, de esa manera disminuye su tamaño y el camello puede atravesar la estrecha puerta de las ovejas.

Esta imagen utilizada por Jesús se entiende mejor cuando hacemos una transposición y la aplicamos a las realidades espirituales: la ciudad de Jerusalén terrena es imagen de la Jerusalén celestial; la Puerta de la ovejas, o el ojo de la aguja, estrecha, es Jesús, quien se llama a Sí mismo “Puerta” –“Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9)-, por lo tanto, Él es la Puerta por la que debemos ingresar el Reino de Dios; el camello, el animal alto, imagen de la soberbia y cargado de riquezas, imagen del apego a los bienes terrenales, somos nosotros, que estamos apegados ya sea a nosotros mismos, ya sea a los bienes materiales o también a los bienes espirituales, como a la inteligencia, a las virtudes, o a cualquier bien espiritual; el camello despojado de sus bienes y con las patas dobladas y que se encuentra ya en condiciones de atravesar el ojo de la aguja, la Puerta de las ovejas, es el alma que, arrodillada, se humilla ante Cristo crucificado, Puerta de las ovejas y, despojado de su soberbia y desapegado de los bienes materiales y espirituales, está en condiciones de ingresar en el Reino de los cielos, por medio de la acción de la gracia santificante, que ha purificado su corazón y lo ha vuelto humilde y le ha hecho ver cuál es el verdadero Bien, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en donde está contenida la Vida eterna y no los espejismos de los bienes terrenos de esta vida temporal.

“Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos”. Puesto que en ese rico estamos representados nosotros -no es necesario que seamos ricos materialmente hablando, basta con estemos apegados a nuestro propio “yo” para que seamos “ricos” en un mal sentido de la mala palabra y eso basta para que no seamos capaces de entrar en el Reino de los cielos-, debemos pedir la gracia de que Dios obre lo que es imposible para nosotros, para poder entrar en el Reino de los cielos. Y ya vimos cómo es posible: así como el camello se despoja de sus riquezas y dobla sus patas para pasar por la puerta de las ovejas, así nosotros, con la ayuda de la gracia, debemos despojarnos del apego a las riquezas y doblar nuestras rodillas ante Cristo crucificado, ante Cristo Eucaristía, Puerta de las ovejas, para poder ingresar al Reino de Dios.

 


sábado, 18 de noviembre de 2023

“Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor”

 


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2023)

“Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor” (Mt 25, 14, 25-30). Jesús relata una parábola que tiene todos los ingredientes para ser calificada como una parábola sobre ética o sobre moral. En esta parábola, hay cuatro actores, uno principal, el amo o señor, y sus tres siervos. El amo debe partir para un viaje; antes de hacerlo, reúne a sus siervos para encargarles una tarea: él les dará talentos o monedas de plata, según su capacidad, y estos deberán hacer negocios de manera que, cuando él regrese, deberán entregarle el fruto de sus negocios. De esta manera, al primero, le da cinco talentos de plata; al segundo, dos; al tercero, uno.

El primero hace negocios y gana otros cinco y recibe como premio un cargo importante, además de ser felicitado por su señor por su fidelidad y es invitado al banquete de su señor.

El segundo también hace negocios y gana otros dos talentos y también recibe un cargo importante, además de ser felicitado por su señor, por su fidelidad y es invitado al banquete de su señor.

Hasta ahora, vemos que los dos primeros tienen en común el ser trabajadores, el esforzarse, el ganar según su capacidad, el ser honestos, el ser recompensados por sus méritos -recibir cargos importantes y ser invitados al banquete de su señor-.

Luego entra en escena el tercer siervo, el que había recibido solo un talento: había recibido solo uno porque cada uno recibía “según su capacidad”, de manera que, si recibía más, no habría sabido qué hacer, por eso solo recibe un solo talento. En la parábola, el tercer siervo se muestra perezoso, holgazán, inútil, que pone además pretextos banales para no trabajar: “Sé que eres exigente y por eso enterré mi talento”, es decir, sabe que su amo es exigente, lo cual es un motivo para esforzarse en trabajar y ganar más y él lo convierte en un pretexto para no trabajar, para ser más perezoso, lo cual ya en sí mismo es un pecado mortal. Esto provoca la ira de su señor, quien lo trata de “negligente” y de “holgazán”, retándolo, diciéndole que al menos debía haber puesto el dinero en el banco, para que, a su regreso, él recogiera sus intereses. Les dice a sus otros sirvientes que le quiten su talento y se lo den a otro. Y hacia el final dice algo que llama la atención: “A este empleado inútil echadlo afuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. ¿Por qué razón Jesús introduce este elemento tan extraño, en una parábola que parece ir en la dirección de enseñanzas de comportamientos éticos y morales? Porque no se trata de una parábola sobre ética y moral; se trata de una parábola sobre el Reino de los cielos y sobre el reino de las tinieblas: los dos primeros siervos se esforzaron, con sus méritos y ganaron el ingreso al Reino de los cielos, viviendo en gracia y obrando la misericordia, siendo invitados al Banquete del Reino, en donde se sirve un manjar exquisito: el Pan de Vida Eterna, la Carne del Cordero de Dios y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; el tercer siervo, por su pereza, se volvió inútil para el Reino de Dios y así se volvió incapaz de entrar en el Reino de los cielos, siendo arrojado al reino de las tinieblas, en donde no hay ningún manjar, sino dolor, “llanto y rechinar de dientes”, para siempre.

viernes, 22 de septiembre de 2023

“¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2023)

         “¿Porqué tienes a mal que yo sea bueno?” (Mt 20, 1-16). Jesús ejemplifica el Reino de los cielos con toda la situación en la que se ven envueltos tanto el dueño de la viña como los obreros de la viña[1]. El dueño de la viña va a la plaza, al amanecer, alrededor de las seis de la mañana, a buscar obreros que están esperando que alguien los contrate para trabajar. Conversa con ellos y conviene en que el jornal del día de trabajo será un denario. Luego el propietario regresa más tarde, a las nueve, al mediodía y a las tres de la tarde. En estas últimas contrataciones no se menciona ninguna suma concreta, sino solo “un jornal justo”. Esto, considerado en conformidad con los negocios humanos, supondría para cada obrero tres cuartos, la mitad y un cuarto de denario, respectivamente. Una hora antes de la puesta del sol, el propietario contrata a los últimos, que estaban sin hacer nada, para que también trabajen en su viña.

         Al finalizar la jornada de trabajo, el capataz, por orden del dueño de la viña, da la orden de que se pague a los obreros su jornal y que a todos se pague la misma cantidad: en este último hecho, reside lo esencial de la parábola. La segunda orden es la de comenzar por los “últimos”, es decir, los que acaban de llegar, ya al terminar el día. La finalidad de esto es que los primeros sean testigos -los cuales son murmuradores y hostiles y luego pondrán objeción al dueño de la viña- de la cantidad que se paga a cada uno, lo cual a su vez hará que el dueño de la viña responda a sus objeciones. En esta respuesta, la del dueño de la viña, se contiene la enseñanza de la parábola.

         Los que han llegado primero y reciben la misma paga que los que llegaron al último, se quejan de lo que ellos consideran una “injusticia”, esto es, que a todos se les pague con el mismo jornal, con la misma cantidad de dinero; además, se quejan de que sólo han trabajado una hora y con el fresco de la tarde, mientras que ellos, los primeros, han trabajado todo el día y con el peso del sol y de las altas temperaturas, por lo cual consideran que merecen una suma de dinero mayor.

         El amo se dirige al portavoz o jefe de los que están descontentos con la situación y lo hace con un tono suave, ya que lo trata de “amigo”; tampoco hay un tono de enojo o de irritación cuando dice: “toma lo que es tuyo y vete”. Le recuerda con mucha calma el acuerdo previo, observado de común acuerdo entre las dos partes. “Es mi deseo”, dice él, “dar al último lo que le he dado al primero”. Con esto quiere decir que, si hay un trato justo, nadie tiene derecho a quejarse de la bondad que él ejerce de su parte. El entendimiento no debe ver el mal dónde solo existe el bien y si lo hace, es decir, si ve el mal donde hay bien, entonces el entendimiento está “enfermo”.

         Jesús concluye diciendo: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. En esta parábola se insinúa que, por encima de las obras buenas en sí mismas, se encuentra la generosidad divina, que da más allá de la justicia estricta. La frase final implica simplemente que los “primeros” y los “últimos” (jornada de trabajo larga o corta) son todos unos ante Dios. Esto no quiere decir que Dios no haga distinciones, sino que su misericordia no tiene límites, es infinita.

Un elemento que nos permite apreciar el sentido sobrenatural de la parábola es que hacer una extrapolación o sustitución de los elementos naturales por los sobrenaturales: así, el dueño de la viña es Nuestro Señor Jesucristo; la viña es la Santa Iglesia Católica; los primeros en llegar somos nosotros, los que hemos sido bautizados en los primeros días de nuestra vida, además de haber recibido los Sacramentos como la Comunión, la Confirmación y el Sacramento de la Penitencia; el pago final es el Reino de los cielos; los “últimos en llegar”, son los gentiles o los paganos, es decir, aquellos que no pertenecen al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica y que, sin embargo, reciben el mismo premio, esto es, la gloria del Reino de los cielos, simbolizada en el denario con el que paga su trabajo el dueño de la viña y que, por su fe en el Mesías, Cristo Jesús, ingresarán antes que muchos católicos en el Reino de Dios.

Por último, la parábola va dirigida ante todo al Nuevo Pueblo Elegido, los que integramos la Iglesia Católica por medio del Bautismo, recibido desde los primeros días de nuestro nacimiento. Que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros, significa que si no obramos la misericordia, si no seguimos a Nuestro Señor por el Camino de la Cruz, el Via Crucis, si no nos alimentamos del Pan de Vida eterna, si no lavamos nuestros pecados con la Sangre del Cordero en la Confesión Sacramental, nos pasará lo que a los primeros trabajadores de la parábola: primero entrarán los paganos recién conversos y recién al final, por la Divina Misericordia, entraremos nosotros, siendo ellos los primeros y nosotros los últimos.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 432.

martes, 22 de agosto de 2023

“Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”

 

“Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (Mt 20, 1-16ª). En esta parábola Jesús retrata cómo será la recompensa dada por Él mismo a las almas en el Día del Juicio Final y veamos la razón: se trata del propietario de una viña que sale a contratar jornaleros en distintas horas del día y a todos les promete una misma paga: un denario por jornada. Así, contrata a unos por la mañana, a media mañana, al mediodía y a otros por la tarde. Llegado el fin del día, el dueño llama a sus jornaleros para que reciban el pago convenido con todos, un denario. Le dice a su capataz que llame a los jornaleros pero con una aclaración: que empiece por los últimos y el capataz así lo hace. Cuando llegan los últimos, se enfadan con el dueño de la viña, porque pensaban que, siendo los primeros y habiendo aguantado el peso de la jornada trabajando todo el día, habrían de recibir más. Sin embargo, el dueño de la viña le dice que no ha cometido ninguna injusticia, puesto que el trato convenido con ellos y con todos, independientemente de la hora en la que fueron contratados, era el mismo, un denario.

¿Cómo podríamos entender esta parábola? Reemplazando los elementos naturales por los sobrenaturales: el dueño de la viña es Nuestro Señor Jesucristo; la viña es la Iglesia; el denario prometido por trabajar en la viña, es la vida eterna en el Reino de los cielos; los capataces son los ángeles, encabezados por San Miguel Arcángel; los jornaleros contratados al comenzar el día son los bautizados que recibieron la gracia de la conversión muy temprano en sus vidas y así con el resto de los jornaleros, finalizando con los últimos, los hombres que recibieron la conversión al final de sus vidas, al final de sus días: para todos, la paga es la misma, el Reino de los cielos.

Es por esto que el dueño de la viña, es decir, Jesús, no comete ninguna falta, puesto que el premio prometido para todos en la Iglesia, independientemente de la hora o del momento de la vida en que el alma se convierta a Él, el premio es siempre el mismo, la vida eterna en el Reino de los cielos.

lunes, 31 de julio de 2023

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”

 


“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con la actividad de los pescadores: luego de echar las redes, las depositan en el suelo y separan a los peces buenos -los que están sanos y en buena condición y sirven por lo tanto para la alimentación como para ser vendidos-, de los peces que están en mal estado -sea porque están en proceso de putrefacción o porque están enfermos, en ambos casos no sirven ni para alimentación ni para la venta, por lo que solo sirven para ser arrojados-. El mismo Jesús explica la parábola: los pescadores son los ángeles buenos, los ángeles que están al servicio de Dios y a una orden suya, en el momento solo conocido por Dios Padre, cuando finalice el último segundo del último día de la historia humana, dará comienzo el Juicio Final, en el que toda la humanidad será juzgada por la Trinidad y cada uno recibirá su paga, el Cielo o el Infierno, según sus obras libremente realizadas. Los ángeles buenos, encabezados por San Miguel Arcángel, separarán a las almas buenas de las malas; a las buenas, para que ingresen en el Reino de Dios; a las malas, para que ingresen en el Reino de las tinieblas. Los peces representan a los hombres y así como hay peces buenos, que están en buen estado, así hay hombres de buena voluntad que, a pesar de sus defectos y pecados, desean servir a Dios e ingresar en su Reino y para eso se esfuerzan en vivir en gracia y en adquirir virtudes, combatiendo el pecado y los vicios; los peces que están en mal estado, en putrefacción o enfermos, representan a las almas que, por propia voluntad, decidieron permanecer impenitentes, sin arrepentirse de sus pecados, sin combatir contra sus vicios, por lo cual serán arrojados al lago de fuego, el lugar donde no hay redención.

“El Reino de los cielos es como unos pescadores que recogen los peces”. En nuestro libre albedrío está el servir a Dios, amándolo y adorándolo en su Presencia Eucarística y socorriendo y asistiendo a nuestros prójimos, imágenes de Él en la tierra. Si esto hacemos, salvaremos nuestras almas y al final de la historia humana, en el Día del Juicio Final, seremos contados entre los bienaventurados que se alegrarán en el Reino de los cielos por toda la eternidad.

“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro”

 


“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro” (Mt 13, 44-46). Jesús utiliza la imagen de un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo; regresa lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra el campo. Para entender esta parábola de Jesús, o mejor dicho, para obtener el significado espiritual y sobrenatural de la parábola, es necesario reemplazar los elementos naturales -hombre, terreno, tesoro, etc.-, por elementos sobrenaturales.

Al hacer esto, la parábola tendría este significado: el hombre que encuentra un tesoro escondido es el alma de todo bautizado en la Iglesia Católica que, por el hecho de haber sido bautizado, recibe en germen la vida de la gracia, es decir, la participación a la vida trinitaria de las Tres Divinas Personas. Ahora bien, esta fe está en germen y esto significa que debe crecer para desplegar todo su potencial y este crecer se da a través de la misma gracia, cuando el alma recibe la gracia santificante que es concedida por los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía. El hecho de “encontrar el tesoro”, puede significar un evento decisivo para la vida del espíritu y es precisamente el tomar conciencia, el darse cuenta -siempre bajo la luz de la gracia-, del valor invaluable, valga la expresión, de la gracia santificante, porque hace que el hombre deje de vivir con su sola vida natural, para comenzar a vivir con la vida de la Trinidad.

En el relato de la parábola, Jesús destaca un aspecto en el estado no tanto de ánimo, sino espiritual y es que después de encontrar el tesoro -después de darse cuenta del valor de la gracia y del valor de la Eucaristía, en donde está la Gracia Increada, Cristo Jesús-, regresa, con la decisión ya tomada de vender todo lo que tiene para comprar el campo y así quedarse con el tesoro, “lleno de alegría” y esto es muy importante para tenerlo en cuenta, porque la alegría que experimenta no proviene de sí mismo, de su naturaleza humana, sino de la naturaleza divina; en otras palabras, es una alegría sobrenatural, que le es participada al alma por la gracia, de modo que el alma se alegra con la Alegría Increada que es Dios en Sí mismo.

Otro elemento a tener en cuenta es la decisión que el hombre toma de “vender todo lo que tiene” con el objetivo de “comprar el campo” y así obtener el tesoro: la expresión “vender todo lo que tiene” significa que el alma, descubriendo la belleza y la alegría de la vida de la gracia, decide “vender todo lo que tiene”, es decir, decide abandonar la vida sombría de pecado, para comenzar a vivir la alegre vida de los hijos adoptivos de Dios. La causa de la alegría es la conversión eucarística: ha encontrado a Jesús en la Eucaristía y eso llena su alma de una alegría incontenible, inconmensurable, infinita, eterna, celestial.

En esta parábola, entonces, Jesús nos relata lo que podemos llamar el proceso de conversión del alma: desde las cosas bajas de la tierra, a lo más alto en el Cielo, que es la Sagrada Eucaristía.

“El Reino de los cielos es como un hombre que encontró un tesoro”. Nuestro tesoro más preciado, nuestro tesoro más precioso, es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; por esto mismo, pidamos la gracia de la conversión eucarística, tanto para nosotros, como para nuestros seres queridos y para todo prójimo.

domingo, 30 de julio de 2023

“El Reino de los cielos es como los pescadores que separan a los peces buenos en cestos y a los malos los tiran”

 


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2023)

         “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo; es como un comerciante que encuentra una perla de gran valor; es como los pescadores que separan a los peces buenos en cestos y a los malos los tiran” (Mt 13, 44-52). Jesús da tres ejemplos, tomados de la vida diaria, cotidiana, para describir al Reino de los cielos, aunque en el último ejemplo, además del Reino de los cielos, describe cómo será el Día del Juicio Final.

         En el primer caso, un hombre descubre en un campo un tesoro escondido, pero en vez de hacer lo que haría un hombre sin moral, un hombre al que no le importa la Ley de Dios, lo que hace este buen hombre es dejar el tesoro donde está, regresa a su hogar, vende todo lo que tiene y compra el campo, con lo cual se convierte en dueño del tesoro.

         El segundo caso es muy parecido al primero: un comerciante de perlas finas encuentra una de gran valor, regresa para vender todo lo que tiene y así puede comprar la perla de gran valor.

         En los dos primeros casos, entonces, se da una misma situación: se trata de hombres que encuentran algo de mucho valor -un tesoro en un campo, una perla de mucho valor- y para adquirir eso que es de gran valor, lo que hacen es vender todo lo que tienen, de manera tal de poder quedarse con eso que vale tanto.

         En los dos casos, en el hombre que encuentra el tesoro en el campo y en el caso del comerciante de perlas finas, está representada el alma del cristiano; aquello de gran valor que encuentran -el tesoro escondido, la perla de gran valor- representan la gracia santificante que se nos comunica por los sacramentos y nos hace participar de la vida divina trinitaria; en ambos casos, los dos regresan para “vender todo lo que tienen” y así poder adquirir los tesoros: esto significa que las almas renuncian a la vida de pecado, que es lo que tienen, para comenzar a vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, que es el verdadero tesoro espiritual que ambos encuentran. Es decir, se trata de cristianos que toman conciencia de que son pecadores y que ya no quieren vivir más en esta vida de pecado, para comenzar a vivir la vida de los hijos adoptivos de Dios, quieren comenzar a vivir con el tesoro de la gracia santificante en el corazón.

         En el tercer caso, Jesús describe cómo es el Reino de Dios, pero le agrega algo que no tienen los dos primeros ejemplos y es cómo será el Día del Juicio Final; para hacerlo, utiliza la figura de los pescadores que, después de una jornada de pesca, depositan las redes con peces en el suelo y se dedican a separar los peces buenos de los peces que están en mala condición -porque han muerto hace tiempo y están en estado de putrefacción, o porque están enfermos, por ejemplo, estos no sirven para nada, solo para ser tirados-; en este ejemplo, los pescadores representan a los ángeles que están al servicio divino; a una orden suya, separarán a las almas buenas para que ingresen en el Reino de Dios, de las almas malas, impenitentes, de los calumniadores, de los difamadores, de los que asesinan a su prójimo con la lengua, de los hipócritas, de los cínicos, de todos aquellos que nombra la Sagrada Escritura: “(no entrarán en el Reino de los cielos) ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los que se embriagan, ni los estafadores” (el estafador es un mentiroso, por lo que habría que incluir a aquellos que hacen de la mentira un vil instrumento para alcanzar sus mezquinos objetivos, sea en la política o incluso en la misma iglesia); es decir, no entrarán en el Reino de los cielos aquellos que por voluntad propia no poseen la gracia santificante, que murieron en pecado mortal y que por lo tanto, no sirven para el Reino de Dios, sino solo para ser arrojadas al Reino de las tinieblas.

“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo; es como un comerciante que encuentra una perla de gran valor; es como los pescadores que separan a los buenos en cestos y a los malos los tiran”. Solo si vivimos en gracia, si frecuentamos los Sacramentos, si obramos la misericordia para con el prójimo, seremos considerados dignos de ingresar en el Reino de Dios. De lo contrario, seremos arrojados al Reino de las tinieblas, para siempre.

martes, 25 de julio de 2023

“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”

 


“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen” (Mt 13, 10-17). Los discípulos le preguntan a Jesús porqué Él les habla en parábolas y Él les contesta que, a ellos, a sus discípulos, “se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los cielos”, pero a los otros, a los que no son sus discípulos, “no”. La razón de esta preferencia la da el mismo Jesús: porque quienes no son sus discípulos, de forma libre y voluntaria, han cerrado sus oídos para no entender; han mirado sin ver; han endurecido sus corazones, para que Él no los convierta. Es decir, se trata de hombres, seres humanos, que han visto a la Palabra de Dios encarnada, Cristo Jesús, quien los llama a la conversión, y no han querido convertirse; han visto sus milagros, con sus propios ojos y aun así no han creído en Jesús como Dios Hijo encarnado; han escuchado sus consejos evangélicos -amar al enemigo, perdonar setenta veces siete, cargar la cruz de cada día-, pero han preferido cerrar sus oídos, para seguir escuchando mundanidades, banalidades que no conducen al Reino de Dios; han escuchado que deben bendecir a los que los maldicen y que deben poner la otra mejilla, pero han endurecido sus corazones, permaneciendo en la ley maldita del Talión, abrogada por Jesús, que lejos de perdonar, insta a la venganza: “Ojo por ojo y diente por diente”. Estos hombres han visto y oído lo que muchos justos y profetas del Antiguo Testamento hubieran querido ver y oír, pero aun así, habiendo tenido el privilegio de ver y oír al Hijo de Dios encarnado, el Emmanuel, han preferido continuar con sus vidas paganas y mundanas, cegadas por sus pasiones y, en definitiva, han continuando adorando al Ángel caído en lo más profundo de sus corazones.

“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”. La frase no es solo para los discípulos contemporáneos de Jesús, sino que va dirigida a toda la Iglesia de todos los tiempos, por eso está también dirigida a nosotros, católicos del siglo XXI, que vemos y oímos lo que muchos hombres de buena voluntad querrían ver y oír y no lo hacen. ¿Qué es lo que nos hace “dichosos”, porque vemos y oímos lo que otros no? Lo que nos hace dichosos, es ver, con los ojos del cuerpo, la Hostia consagrada; es ver, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, a Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por la fe, vemos, no sensiblemente, sino insensiblemente, espiritualmente, por la fe, a Cristo Dios, el Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen, que prolonga su Encarnación en el seno de la Madre Iglesia, el Altar Eucarístico y esto nos llena de gozo, no de un gozo natural, terreno, efímero, sino de un gozo sobrenatural, que brota del mismo Ser divino trinitario que se hace presente en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. ¿Qué es lo que oímos y nos hace dichosos? Oímos las palabras de la consagración, palabras pronunciadas por el sacerdote ministerial, pero que poseen la fuerza de Dios Hijo, quien es el que, a través de estas palabras, pronuncia Él mismo las palabras de la consagración, para convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre; somos dichosos porque oímos la Voz de Cristo, imperceptible, porque habla a través y en medio, podríamos decir, de la voz del sacerdote ministerial que las pronuncia, y eso nos llega de gozo, un gozo imposible de describir y de alcanzar por causas naturales, sean naturales humanas o preternaturales, es decir, angélicas, es un gozo que solo Dios puede conceder. Por eso es que la frase de Jesús está dirigida también para nosotros: “Dichosos vuestros ojos porque véis la Eucaristía y vuestros oídos porque oyen las palabras de la consagración”.

martes, 18 de julio de 2023

“El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo, pero vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo”

 


(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2023)

         “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo, pero vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo” (Mt 13, 24-30). Con una breve y sencilla parábola, Jesús describe no solo el Reino de los cielos, sino también el curso de la historia humana hasta el fin de los días, es decir, hasta el Día del Juicio Final. Utiliza la imagen de un sembrador que siembra buena semilla y la de un enemigo, que siembra la cizaña, la cual es muy parecida al trigo -en algunas partes se la llama “falso trigo”- pero, a diferencia de este, que es nutritivo, la cizaña contiene un principio tóxico producido por un hongo, el cornezuelo, que es alucinógeno[1].

         Con respecto a su interpretación, como en toda parábola, los elementos naturales se sustituyen por los elementos sobrenaturales, para poder así comprender su sentido sobrenatural y la enseñanza que nos deja Jesús. En este caso, como en otros también, es el mismo Jesús quien explica la parábola del trigo y la cizaña. Dice así Jesús: “El que siembra la buena semilla -el trigo- es el Hijo del hombre -Jesús, el Hijo de Dios, Dios Hijo encarnado-; el campo es el mundo -el mundo entendido en sentido témporo-espacial, porque se lo entiende tanto en el sentido de lugar geográfico, como en el sentido del tiempo limitado, finito, que tiene la historia humana, la cual habrá de finalizar en el Último Día-; la buena semilla -el trigo- son los ciudadanos del Reino -son aquellos cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida-; la cizaña son los partidarios del Maligno -es decir, son hombres impíos e impenitentes, que obran el mal a sabiendas de que obran el mal y no se arrepienten de obrar el mal, convirtiéndose así en cómplices del Demonio pero sobre todo en sus esclavos, son los que están destinados a la perdición eterna en el Infierno-; el enemigo que siembra la cizaña en medio del trigo es el Demonio, el Ángel caído, Satanás, el Ángel rebelde, que odia a Dios y a su obra más preciada, el hombre y que por eso busca la perdición de la raza humana; la cosecha es el fin del tiempo -el Día del Juicio Final, el día en el que el espacio y el tiempo que caracterizan a la historia humana verá su fin, para dar paso a la eternidad, la cual será una eternidad de dolor y llanto para los condenados en el Infierno, como de alegría y gozo sin fin para los que con sus obras de misericordia alcancen el Reino de los cielos; por último, dice Jesús, los segadores son los Ángeles de Dios, los Ángeles que permanecieron fieles a la Trinidad Santísima y que se encuentran a la espera de la orden de separar a los buenos de los malos, para el Día del Juicio Final.

         Jesús continúa utilizando la imagen del trigo y de la cizaña para explicar cómo será el fin de la historia humana: así como el trigo verdadero se separa para ser almacenado, mientras que el falso trigo o cizaña se separa para ser quemada, así Él, Dios Hijo, el Hijo del hombre, cuando llegue el día señalado y conocido solamente por el Padre, enviará a los ángeles buenos para que separen a los justos, es decir, a los que en esta vida se esforzaron, a pesar de ser pecadores, por llevar una vida cristiana, procurando evitar las ocasiones de pecado y confesándose presurosamente si caían en el pecado, para conservar y acrecentar la gracia santificante, de los impíos e impenitentes, de los “corruptores y malvados”, según la descripción de Jesús -los hombres que eligieron el pecado como alimento envenenado de sus almas y obraron el mal sin arrepentirse de obrar el mal, sabiendo que así ofendían a Dios, pero además, no contentos con obrar el mal, no contentos con ser ellos corruptos por el pecado, se convirtieron en corruptores, es decir, contaminaron con el pecado a las almas de otros hombres-; estos serán “arrojados al horno encendido”, que no es otra cosa que el Infierno eterno, en donde “será el llanto y el rechinar de dientes”, llanto por la pena de haber perdido a Dios para siempre y rechinar de dientes por el dolor insoportable que los condenadas sufren en sus cuerpos y en sus almas por la acción del fuego del Infierno; en ese momento los hombres malvados, los traicioneros, los calumniadores, los hechiceros, los satanistas, los que se embriagan, entre muchos otros más, comprenderán que nunca más podrán salir de ese lugar de castigo que es el Infierno y maldecirán a Dios, a los santos y también al Demonio y a los otros condenados, por toda la eternidad; por último, Jesús revela que será muy distinto el destino para quienes no se quejaron en esta vida por la cruz que les tocó llevar, para quienes se alimentaron del Pan de los Ángeles, la Eucaristía, para quienes lavaron sus pecados con la Sangre del Cordero en el Sacramento de la Penitencia, para quienes obraron la misericordia corporal y espiritual para con sus prójimos: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”. Además de explicar la parábola, hay una última frase de Jesús que puede parecer enigmática, pero no lo es: “El que tenga oídos, que oiga”: esto se refiere a nuestro libre albedrío, porque sea que alcancemos el Reino de los cielos, o sea que el alma se condene, nadie podrá decir o argumentar que “no sabía” que obrar el mal estaba mal y que la impenitencia conducía al Infierno, porque nadie cae en el Lago de fuego y azufre inadvertidamente: quien lo hace, es porque escuchó la Palabra de Dios que le advertía de lo que le pasaría si no se alejaba del pecado y, voluntariamente, no lo hizo. Así como nadie entra en el Reino de los cielos forzadamente, así también nadie cae en el lago de Fuego eterno sin haber recibido antes innumerables advertencias de parte de Dios.

lunes, 10 de julio de 2023

“Proclamad que el Reino de los cielos está cerca”

 


“Proclamad que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10, 7-15). En el mandato de Jesús a su Iglesia, se deben tener en cuenta diversos elementos, para no caer en una errónea interpretación de sus palabras.

Primero, es un reino celestial, no intramundano, como el proclamado por los sacerdotes tercermundistas, que, tergiversando el Evangelio con la infausta Teología de la Liberación, convirtieron el Evangelio y su anuncio del Reino de los cielos en una mera propaganda política para sus fines terrenos y anticristianos.

Otro elemento a tener en cuenta es que el Reino de los cielos está cerca y está “dentro de nosotros”, como dice Jesús en el Evangelio, pero está “dentro de nosotros”, como en germen, cuando recibimos la gracia santificante que nos comunican los sacramentos, sobre todo el Sacramento d de la Penitencia y el Sacramento del Altar, la Sagrada Eucaristía: por el Sacramento de la Penitencia, recibimos el Reino en germen, porque comenzamos a vivir, ya desde el tiempo, la vida de la eternidad, la vida eterna que brota del Acto de Ser del Ser divino trinitario. Pero además de esto, por el Sacramento de la Eucaristía recibimos, mucho más que el Reino de los cielos, al Rey del Reino de los cielos, Cristo Jesús, resucitado, glorioso, vivo, resplandeciente con la gloria divina, en la Sagrada Eucaristía y esto es algo que debemos anunciar: no solo el Reino de los cielos está cerca, tan cerca como estamos de recibir los Sacramentos y vivir en gracia, sino que además el Rey del Reino de los cielos está cerca, tan cerca de nuestros corazones como el recibirlo por la Sagrada Comunión con el alma en gracia, libre de pecados, sobre todo de pecados mortales.

Es este el Reino de los cielos que, como católicos, debemos proclamar, el Reino que se nos da en germen por la gracia santificante de los Sacramentos, con el anuncio adicional que estando en esta vida terrena, por la Sagrada Eucaristía, recibimos algo que es infinitamente más valioso que el Reino de los cielos y es al Rey de los cielos, Jesús Eucaristía.

Ahora bien, no podemos hacer este anuncio si, siendo cristianos, vivimos, pensamos, deseamos y obramos como mundanos, como paganos, como anti-cristianos: no podemos anunciar al Reino de los cielos, si deseamos los reinos de la tierra y las riquezas terrenas de los reinos de la tierra; si deseamos puestos de honor mundanos y no terrenos; si obramos no por amor a Dios y al prójimo, sino por propios intereses; si vivimos esta vida quejándonos de la cruz, rechazándola o, peor aún, como si Cristo no hubiese dado su vida en la cruz para quitarme mis pecados al precio de su Sangre; no podemos anunciar el Reino de los cielos si vivimos en contrariedad con los Mandamientos de la Ley de Dios, si vivimos tomando como palabra divina lo que dice la Inteligencia Artificial y no Cristo, la Verdadera y Única Palabra de Dios. No podemos anunciar el Reino de los cielos si hacemos obras para que los hombres nos aplaudan, con lo cual ya tenemos nuestra mísera paga, cuando en realidad el anuncio del Reino de los cielos lo debemos hacer obrando la misericordia, corporal y espiritual, sin que los hombres nos halaguen ni aplaudan, sino que solo sea Dios Padre quien sea testigo de las obras de misericordia que seamos capaces de hacer. Solo así anunciaremos al Reino de los cielos y al Rey del Reino de los cielos, Jesús Eucaristía.