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jueves, 26 de febrero de 2015

“Pidan y se les dará”


“Pidan y se les dará” (Mt 7, 7-12). En este Evangelio, Jesús no solo nos anima a pedir a Dios, sino que nos garantiza que lo que pidamos, nos será concedido (se entiende, obviamente, que se nos concederá todo lo que esté de acuerdo con la Voluntad de Dios y sirva para nuestra eterna salvación). Teniendo en cuenta las palabras de Jesús, que es Dios, nos preguntamos: ¿qué pedir? Porque la primera tentación es pedir que se nos quite la cruz, o que se haga lo más liviana posible, lo cual sería, de nuestra parte, una muestra de egoísmo y una muestra también de que no hemos comprendido el mensaje de Jesús: “El que quiera venir detrás de Mí, que cargue su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Qué pedir, entonces, para no caer en el egoísmo y en la incomprensión del mensaje de Jesús?
Pidamos la gracia de ser una imagen viviente de los Sagrado Corazones de Jesús y de María.
Pidamos el participar de la Pasión de Jesús en cuerpo y alma.
Pidamos recibir su corona de espinas, beber del cáliz de sus amarguras y sentir sus mismas penas.
Pidamos la gracia de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado.
Pidamos la gracia de tener los mismos pensamientos que tiene Jesús, coronado de espinas.
Pidamos a la Virgen sus ojos para ver a su Hijo Jesús como Ella lo ve y su Corazón Inmaculado, para amarlo con el Amor con el que Ella lo ama, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Pidamos la gracia de participar activa y santamente de la Santa Misa, lo cual no quiere decir movimiento físico, sino unión espiritual del alma con Jesús, que renueva sacramental e incruentamente su sacrificio en la cruz, sobre el altar eucarístico, por la salvación de los hombres.
Pidamos la gracia de que, por cada latido de nuestro corazón, unido a los Corazones de Jesús y de María, se salve un alma, como lo prometió Jesús a los Siervos del Divino Amor: “Si me pedís salvar un alma por cada latido de vuestro corazón, os lo concedo a quien me lo pida”.
Pidamos la gracia de ser tenidos como malditos en favor de nuestros hermanos, como lo dice la Sagrada Escritura: “Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza” (Rom 9, 3), imitando así a Jesús y uniéndonos a Él, que por nosotros se hizo maldito en la cruz: “Maldito el que cuelga del madero” (Dt 21, 23), convirtiendo la maldición en bendición y salvación eterna por su poder divino: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros” (Gal 3, 13).
“Pidan y se les dará”. Todo esto podemos pedir, con la certeza de que seremos escuchados.


jueves, 9 de enero de 2014

“El Espíritu del Señor está sobre Mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”




“El Espíritu del Señor está sobre Mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4, 14-22a). La intervención de Jesús en la sinagoga está signada por el Espíritu Santo, porque es Él quien lo conduce hasta allí y le indica qué pasaje de la Escritura debe leer. En ese pasaje, se habla de Él mismo, de Jesús, en cuanto Mesías e Hijo de Dios enviado a dar la “Buena Noticia a los pobres”. Jesús mismo dice que ese pasaje se refiere a Él. Ahora bien, ni la curación de enfermedades y la expulsión de demonios no son la Buena Noticia en sí, sino un prolegómeno de esta: la Buena Noticia es que Cristo ha venido para derramar su Sangre y dar su Vida en la Cruz y a prolongar este sacrificio y este don de su vida en la Eucaristía, para la salvación de toda la humanidad.
Esto que Cristo dice de sí mismo, también lo debe decir el cristiano al mundo, en cuanto que el cristiano forma parte del Cuerpo Místico de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Y así como para Cristo el curar enfermos y expulsar demonios son signos que no constituyen en por ellos mismos la Buena Noticia, así también para el cristiano, el tener dones de curación, de profecía, de sanación, no son la Buena Noticia que debe anunciar a sus hermanos. Lo que el cristiano debe anunciar a su prójimo es la salvación de Cristo en la Cruz, como también los “pobres” a los que debe llevar el anuncio no son ni pura ni  exclusivamente los pobres materiales, sino ante todo los pobres de espíritu, los que no conocen a Dios y a su Cristo.
En todo caso, si el cristiano quiere dones –que sean útiles en orden a su tarea específica, el anuncio del Evangelio-, debe pedir configurarse a Cristo, que fue tenido como maldito al ser crucificado, según lo dice la Escritura: “maldito el que cuelga del madero” (Gál 3, 13), y por ese debe pedir el ser “tenido como maldito a favor de sus hermanos”; y también, así como Cristo recibió todos los pecados de todos los hombres para expiar por ellos, así el cristiano debe pedir lo mismo y llevar una vida de penitencia y oración, como los santos que imitaron a Cristo, como la Beata Ángela de Foligno, cuyo proceso de conversión debería hacer suyo todo cristiano. Dice así la Beata, describiendo este proceso: “Tuve que atravesar muchas etapas en el camino de la penitencia o conversión. La primera fue convencerme de lo grave y dañoso que es el pecado. La segunda el sentir arrepentimiento y vergüenza de haber ofendido al buen Dios. La tercera hacer confesión de todos mis pecados. La cuarta convencerme de la gran misericordia que Dios tiene para con el pecador que quiere ser perdonado. La quinta el ir adquiriendo un gran amor y estimación por todo lo que Cristo sufrió por nosotros. La sexta adquirir un amor por Jesús Eucaristía. La séptima aprender a orar, especialmente recitar con amor y atención el Padrenuestro. La octava tratar de vivir en continua y afectuosa comunicación con Dios".
Sólo así, el cristiano podrá decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”.