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martes, 21 de octubre de 2025

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”

 


(Domingo XXX - TO - Ciclo C - 2025)

            “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado” (cfr. Lc 18, 9-14). En la parábola del fariseo -que cree que él es justo, pero en realidad es injusto- y la del publicano -que se considera pecador y que por esto recibe el perdón de Dios-, Jesús finaliza con un elogio de la humildad y la condena de la soberbia: “El que se humilla –el que sea humilde como el publicano- será ensalzado y el que se ensalza –el que sea soberbio como el fariseo- será humillado”. La enseñanza de la parábola sería, entonces, que debemos practicar la virtud de la humildad, al tiempo que debemos evitar el pecado de soberbia. Sin embargo, hay algo más profundo que el simple elogio de la virtud y el evidente rechazo del pecado.

          La enseñanza de las virtudes ha sido una constante a lo largo de la historia y esto antes y después de Jesús, tanto por parte de autores, filósofos, ascetas, ermitaños, maestros de religión, incluso paganos, los cuales hicieron elogio de las virtudes, entre las primeras la humildad; por esto mismo, podríamos pensar que esta frase de Jesús y este fragmento del Evangelio –“El que humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado- no contienen ninguna novedad trascendental, nada que no se haya dicho antes.

          Sin embargo, si pensamos que Jesús, con la parábola del fariseo y del publicano se limita a simplemente alabar la humildad y condenar la soberbia, estaríamos reduciendo su enseñanza a una simple lección de moral, con lo cual rebajaríamos de esta manera el misterio de Jesús, de su Iglesia y de su misterio pascual al nivel de cualquier otra religión.

          Es verdad que Jesús alaba la humildad del publicano y condena la soberbia del fariseo, pero detrás de esto, mucho más que una enseñanza moral, se esconde un misterio sobrenatural, el misterio pascual de Jesús, que es el misterio de la cruz, y es por este misterio por el cual las realidades humanas, como la humildad, por ejemplo, adquieren otra dimensión, otro significado: por el misterio de la cruz, la humildad se convierte de simple virtud humana en manifestación de la divinidad del Hombre-Dios en la encarnación, en la Pasión, en la cruz, en su Presencia gloriosa en el sacramento del altar.

          En otras palabras, en Jesús, la humildad es mucho más que una simple virtud: es la manifestación de la divinidad a través de la Encarnación, a través de su Pasión, a través de la Cruz.

          Todo el misterio pascual de Jesús se convierte así en una manifestación de su divinidad por medio de la humildad: a través de su anonadamiento en la Encarnación, Jesús revela su divinidad; al anonadarse y tomar la forma de un débil niño humano, sin dejar de ser Dios omnipotente, Jesús se revela por medio de la humildad; por medio de la humillación sufrida voluntariamente en su dolorosa Pasión, Jesús revela su divinidad, apareciendo como el Gran Derrotado, cuando en realidad podía aniquilar a sus enemigos con el aliento de su boca; Jesús revela su divinidad al aparecer en la humildad de la gloria escondida del sacramento del altar, como Pan de Vida eterna en medio de su Iglesia y no en el esplendor de su gloria visible, tal como se encuentra en el Reino de los cielos.

          Por la Encarnación y por el misterio pascual de la cruz, Jesús da un nuevo significado a la humildad, un valor y un que antes de la Encarnación de Dios Hijo la humildad no la poseía: por ser una virtud vivida por el Hijo de Dios encarnado, la humildad se convierte, de simple virtud humana, en la vía de la manifestación del Ser divino, a través del misterio de la Pasión, de la Cruz y del Sacramento del Altar.

          Antes del misterio de Jesucristo crucificado, la virtud de la humildad era una virtud que ennoblecía y engrandecía al alma que la practicaba, la poseía o al menos se esforzaba por practicarla; pero a partir de Jesús, Quien se humilla y se anonada en su misterio pascual de Muerte y Resurrección, la humildad se convierte en la vía de la manifestación en la historia humana del ser divino y quien se une a Cristo por la gracia, se une a esta manifestación particular de la divinidad bajo la forma de la humildad. Ésta es la razón por la cual Jesús insiste en que se practique esta virtud en particular: “Aprendan de Mí, que Soy manso y humilde corazón”, porque la humildad es manifestación de la divinidad de la Trinidad, mientras que la soberbia es manifestación del ser diabólico del ángel caído, Satanás, la Serpiente Antigua.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. Un cristiano que busca vivir la virtud de la humildad no se limita a simplemente practicar una virtud, porque la práctica de la virtud también la puede hacer y todavía mucho mejor que cualquier cristiano, un pagano: si un católico, siguiendo el consejo de Jesucristo –“Aprendan de Mí, que Soy manso y humilde de corazón”-, decide esforzarse por practicar la virtud de la humildad, ayudado por la gracia santificante, combatiendo al mismo tiempo su propia tendencia a la soberbia, lo que hace en realidad es imitar y prolongar, en el tiempo y en el espacio, tanto la humildad de la Virgen Madre, que se humilla llamándose y volviéndose esclava de Dios como así también imitar y prolongar, al mismo tiempo, la humildad y la mansedumbre del Cordero, que siendo Dios omnipotente y omnisciente, pasa por débil en la encarnación, apareciendo como Niño en el Portal de Belén, como insano mental ante Herodes, quien lo trata justamente como alguien que ha perdido la razón, como “gusano ante quien se da vuelta la cabeza”, como dice el profeta Isaías y como un hombre fracasado y abandonado por todos, menos por su Madre, en el Santo Sacrificio del Calvario.

Por el contrario, el cristiano que se deja llevar por la soberbia, no sólo comete el pecado de soberbia, alejándose de modo radical de la imitación de Cristo, sino que se asemeja al Gran Soberbio, Satán, y participando de su rebelión en los cielos, prolonga en la tierra el grito demoníaco de la Serpiente Antigua que le valió su expulsión de la Presencia de la Trinidad para siempre: “Yo soy como Dios”.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. Jesús no solo nos llama a practicar la virtud de la humildad, sino que sus palabras iluminan nuestro camino hacia la eternidad: a partir de Cristo, la humildad –o la ausencia de ella, la soberbia- determina el destino eterno del alma: quien imite a Cristo en su humildad será exaltado en su gloria con Él por toda la eternidad; quien acompañe al demonio en su soberbia, vivirá para siempre en la humillación eterna, fuera de la humilde y grandiosa compañía de Dios Uno y Trino.


miércoles, 27 de agosto de 2025

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”

 


(Domingo XXII – TO - Ciclo C - 2025)

         “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado” (cfr. Lc 14, 1. 7-14). Jesús es invitado a comer a casa de uno de los fariseos más importantes y observa cómo, en el deseo humano de querer parecer más importante ante los demás, se produce entre los invitados una pequeña disputa sobre quién debe ocupar los lugares principales en la mesa. Ésa es la razón del reproche de la actitud, hacia la cual va dirigida la frase: “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. La humillación o auto-humillación –el que se humilla-, es el extremo de la humildad, mientras que el ensalzarse o auto-ensalzarse, es el extremo de la soberbia. Ambos son actos voluntarios y libres, por lo tanto, Jesús se refiere a dos actos libres, uno, virtuoso, la humildad, con su extremo, la humillación, y el otro acto libre, vicioso, el ensalzarse a sí mismo, con su extremo, la soberbia.

Podría parecer que Jesús hace elogio de la virtud, a la par que condena a la falta de virtud. Y es verdad que Jesús hace elogio de la virtud, pero no elogia a la virtud, en este caso, la humildad, por sí misma, sino por algo más.

Es verdad que la humildad es, como dice San Agustín, “signo de Cristo”[1], es decir, identifica a Cristo, y el cristiano, en cuanto seguidor de Cristo, no puede sino ser humilde –en caso contrario, sería una contradicción insalvable que un seguidor de un Cristo humilde, sea soberbio, es decir, es una contradicción que un cristiano sea soberbio-, y también es verdad que Cristo es modelo y fuente de humildad: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”[2], pero Cristo no elogia la humildad por ella en sí misma, por la sola virtud, ni está dando una lección de moral.

Si pensáramos que Cristo hace elogio de la humildad, y que con la humildad se alcanza el reino de los cielos, nada nuevo estaría aportando, porque ya mucho antes que Él, los filósofos de la antigüedad, como Aristóteles, Platón, Sócrates, y después de Cristo, muchos otros pensadores, hicieron elogio de la humildad. Si Cristo hiciera elogio de la humildad por la humildad en sí misma, nada nuevo estaría aportando a la humanidad.

Lo nuevo en Cristo es que la humildad esconde y a la vez revela, manifiesta y hace aparecer a los hombres, un misterio divino, sobrenatural, celestial; es a través de la humildad por la cual se hace Presente en el mundo el misterio de Dios Hijo encarnado y muerto en la cruz; la humildad es el modo por el cual se manifiesta el Ser divino trinitario, que en su perfección absoluta e infinita, en su misterio insondable, se presenta a los hombres a través de una actitud y de una acción conocida entre los hombres como “humildad”, pero encierra a la vez que revela un misterio insondable, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios; es por la humildad, por medio de la cual el Acto de Ser divino trinitario y perfectísimo de Dios se manifiesta a los hombres: la perfección absoluta del ser divino hace que éste se encarne, que asuma personalmente y se una a una naturaleza inferior, la naturaleza humana, y es la perfección absoluta del ser divino la que hace que el Hijo de Dios encarnado muera en muerte de cruz, muerte humillante, en donde la humildad se manifiesta en su máximo esplendor.

No es que el ser divino quiere manifestar y dar ejemplo de humildad extrema, humillándose en la encarnación y en la cruz, sino que la perfección absoluta del ser divino se manifiesta en ese modo de obrar virtuoso que los humanos llaman “humildad”. El Acto de Ser divino trinitario no tiene necesidad ni de adquirir la virtud de la humildad, ni de demostrar que la tiene; si se manifiesta ante los hombres como “manso y humilde de corazón”, es porque ésa es la condición propia de la perfección absoluta de la divinidad de Cristo, que se manifiesta ante los hombres como la virtud de la humildad.

Sí es necesario, por el contrario, para el cristiano, adquirir la humildad, puesto que no se la tiene, y para ello, nada mejor que contemplar al ser divino revelado, manifestado y hecho visible en Jesús de Nazareth y, ayudado por la gracia, imitarlo en la medida de las posibilidades y el estado de vida de cada uno.

Por otra parte, en la realidad terrena vivimos la realidad de lo que sucedió en los cielos y es por eso que Cristo traslada al plano terreno lo que sucedió en los cielos. El demonio se ensoberbeció y fue humillado, perdiendo su condición de ángel en gracia; Cristo se humilló en la encarnación, y fue exaltado hasta la gloria, luego de la cruz, en la resurrección.

Es por esto que, si el cristiano no imita a Cristo en su humildad, la humildad que lo llevó a la humillación de la cruz, no puede entrar en el reino de los cielos, ya que la perfección del ser divino es incompatible para el ser humano que no posee humildad. Si el cristiano no es humilde, es soberbio y orgulloso, e imita a la conducta angélica del ángel caído, la misma que lo llevó a ser arrojado de los cielos, y se contradice de modo directo con el ser perfectísimo de Dios y así, con la soberbia y el orgullo luciferino, jamás podrá entrar en el Reino de los cielos.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. El ser divino perfectísimo se manifiesta ante los hombres por medio de la virtud de la humildad, y lo hace en la encarnación y en la cruz y ambas manifestaciones del ser divino se prolongan y se actualizan en el santo sacrificio del altar. Es por esto que, si queremos contemplar e imitar la humildad del Sagrado Corazón de Jesús, debemos contemplar y adorar y comulgar a Cristo Eucaristía, en donde el Hombre-Dios, oculto bajo las especies del pan y del vino es, como en la encarnación y en la cruz, modelo y fuente de humildad.

 



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona 1993, voz “humildad”, 401.402.

[2] Cfr. Mt 11, 29.


martes, 27 de febrero de 2024

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”

 


“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado” (Mt 23, 1-12). Jesús nos advierte acerca del peligro espiritual que significa la soberbia para el alma: quien se ensalce a sí mismo, quien se enorgullezca y se crea superior a los demás, por el motivo que sea, con o sin razón, será humillado, es decir, no durará mucho tiempo en ese estado de soberbia.

Por el contrario, Jesús también nos revela cuánto aprecia Dios la humildad, porque quien es humilde, quien busca trabajar para agradar a Dios y no para recibir el aplauso de los hombres, quien busca solo la gloria de Dios y no la gloria del mundo, ése tal será recompensado por el mismo Dios, quien será el que lo elevará por encima de sí mismo.

La razón por la cual Jesús nos advierte acerca de la soberbia y de la humildad, no es por las bondades de la virtud de la humildad en sí misma, que las tiene, ni tampoco por los obvios peligros espirituales de la soberbia, que sí los tiene.

La razón es que dichas virtudes nos asemejan o configuran a dos personas distintas y hace que participemos, en mayor o menor medida, de sus vidas y estas personas son Él, Jesús, la Persona Segunda de la Trinidad y Satanás, la persona angélica que se rebeló contra Dios.

La virtud de la humildad es la virtud que más configura o asemeja al alma al Sagrado Corazón y es por eso que Jesús nos la pide específicamente en el Evangelio que la practiquemos: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. El alma que viva o se esfuerza por vivir la humildad, participa de la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María y se configura con ellos, convirtiéndose al mismo tiempo en su morada.

Por el contrario, el pecado de soberbia es el pecado que más configura o asemeja al alma al Ángel caído, el Diablo o Satanás y es por eso que el alma soberbia es rechazada por Dios, porque Dios ve en esa alma a la presencia satánica, porque el alma soberbia participa en mayor o menor medida de la vida de Satanás y es así que Dios, hasta que el alma no se arrepiente e inicia un camino de conversión, le dice lo mismo que al Ángel rebelde: “Vade retro, Satan!”.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. Si no sabemos cómo es ser humildes, si no sabemos qué es la humildad, si somos soberbios, conscientes o inconscientemente, pidamos en la oración, constantemente, a la Madre de Dios, que interceda por nosotros para que recibamos la gracia de al menos querer ser humildes como Jesús, para que nuestros corazones se conviertan, en la tierra, en morada santa de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

martes, 18 de julio de 2023

“Te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos”


Jesús ante Herodes

 

“Te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos” (Mt 11, 25-27). Jesús, que es Dios Hijo, la Sabiduría del Padre engendrada eternamente y encarnada en el tiempo en el seno de María Santísima, da gracias al Padre Eterno porque la revelación ha sido hecha a los “pequeños”[1]. ¿A qué revelación se refiere Jesús? Se refiere, principalmente, a la revelación, dada por el Espíritu Santo, del conocimiento del Padre por medio del Hijo. Este tipo de conocimiento, esto es, la revelación de que en Dios Uno hay Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y que esto lo conocen aquellos a quienes el Padre se los ha querido revelar, será en definitiva la causa de la falsa acusación de blasfemia por parte de escribas y fariseos, acusación que finalizará con el encarcelamiento, condena a muerte y crucifixión de Jesús, acusado arteramente de “blasfemo” por los judíos, solo por el hecho de decir la verdad, que en Dios Uno hay Tres Personas y que Él, Jesús de Nazareth, es el Hijo Eterno del Padre Eterno, unidos en el Eterno Amor del Espíritu Santo.

Por este motivo, Jesús, Dios Hijo, pide a los sencillos que tengan confianza en Él, que es la Sabiduría del Padre encarnada. Esta revelación del Padre a los pequeños no viene precisamente del estudio de la filosofía y la teología -aunque el alma que estudie filosofía y teología sí puede ser sencilla y recibir también el mismo conocimiento-; la revelación viene del abandono personal, esto es, de cada persona en particular -por eso la conversión es personal- en sus manos, en las manos del Hijo, que siempre dará revelaciones interiores infinitamente superiores a la ley. La alabanza de Jesús no es por la acción de “ocultar”, sino por la de “revelar”: el pueblo sencillo y en especial los discípulos, han recibido humildemente al Bautista y a Jesús, a pesar de la oposición oficial de aquellos considerados “doctores”, “especialistas” de la ley, como los escribas y fariseos, oposición que en la mayoría de los casos es cínica y mal intencionada, porque tienen envidia sobre todo de Jesús, que habla con una sabiduría y una autoridad que ellos no tienen.

La sencillez aparta todas las dificultades, de manera que el Espíritu Santo puede obrar en las almas de los sencillos sin la oposición de la soberbia de los más doctos y letrados.

De la misma manera, en la Iglesia de nuestros días, el Espíritu Santo revela la Presencia personal, oculta en apariencia de pan, a los sencillos y humildes, sobre todo a quienes no tienen estudios sagrados, mientras que, al igual que en tiempos de Jesús, los más doctos, los más encumbrados en puestos de poder en la escala jerárquica de la iglesia, se ven privados de este conocimiento que viene del Espíritu Santo, a causa de su soberbia. La soberbia, imitación y participación en la soberbia del Ángel caído, es la perdición del alma, por lo cual debemos pedir huir de ella como de la peste.



[1] Cfr. 390.

martes, 18 de octubre de 2022

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”

 


(Domingo XXX - TO - Ciclo C – 2022)

          “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado” (Lc 18, 9-14). Jesús nos enseña la parábola del fariseo orgulloso y del publicano humilde y la enseñanza es que luchemos contra la soberbia y busquemos practicar y vivir la humildad. Ahora bien, la intención última de Jesús no es simplemente que luchemos contra el pecado de soberbio y que luchemos para adquirir la virtud de la humildad. El objetivo es otro, además de luchar con el pecado y de adquirir la virtud: el objetivo es imitar a Cristo en su humildad y el rechazar al demonio en su soberbia.

          El soberbio no solo comete un pecado, el pecado de soberbia, de orgullo, que consiste en emplazarse a sí mismo como el origen de todo bien, desplazando a Dios de su corazón, sin considerarlo como la fuente y el origen de todo bien, sino que sobre todo y ante todo, se hace partícipe de la soberbia del ángel caído, de Satanás, ya que fue el pecado de soberbia el que llevó a Satanás a convertirse en un demonio y a ser expulsado de los cielos. A su vez, el humilde no solo practica la virtud de la humildad, virtud explícitamente querida por Jesús, ya que nos pide que la practiquemos –“Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”-, sino que se hace partícipe de la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

          “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. Un indicativo que nos puede ayudar para saber si estamos por el camino del orgullo o el de la soberbia, es examinarnos en relación a los Mandamientos de Dios: el que se esfuerza por cumplir los Mandamientos de Dios, se esfuerza por negarse a sí mismo, colocando a Dios y a su voluntad, expresada en los Mandamientos, en primer lugar, es decir, desea cumplir la voluntad de Dios, antes que la propia.

          Por el contrario, el que no tiene en cuenta los Mandamientos de la Ley de Dios y dice para sí mismo “Yo hago lo que quiero”, “Yo hago mi propia voluntad”, ese tal está por un camino espiritual erróneo, que lo aleja de Dios, porque se emplaza a sí mismo y a su voluntad, antes que a Dios y su voluntad. Cuando alguien diga: “Yo hago lo que quiero”, eso es muy peligroso para su vida espiritual, porque es un indicio de que no está cumpliendo la voluntad de Dios en su vida, sino la propia suya y seguir la propia voluntad no nos conduce a nada bueno. No en vano el primer mandamiento de la Iglesia de Satanás es “Haz lo que quieras”, porque el “hacer lo que uno quiera”, en vez de hacer lo que Dios quiere, nos aleja radicalmente de la Presencia y de la voluntad de Dios.

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”. Para no caer en el pecado de soberbia, para no ser partícipes de la soberbia del ángel caído, el remedio que nos pone Jesús es cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios e imitar a su Sagrado Corazón, que es también imitar al Inmaculado Corazón de María: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.


sábado, 20 de agosto de 2022

“El que se humilla será ensalzado, el que se ensalce será humillado”

 


“El que se humilla será ensalzado, el que se ensalce será humillado” (Mt 23, 1-12). En este Evangelio, Jesús pide, implícitamente, para el cristiano, la virtud de la humildad, porque depende de si se posee o no esa virtud, lo que le sucederá al alma: quien se humille, será ensalzado; quien se ensalce, será humillado. Ahora bien, Jesús no nos pide practi car la virtud por el solo hecho de practicarla y de evitar el pecado de la soberbia por el solo hecho de evitarlo: nos pide esto porque por la virtud de la humildad lo imitamos a Él, que es “manso y humilde de corazón” y así somos partícipes de su santidad, mientras que el pecado opuesto, la soberbia, nos hace partícipes del pecado capital de demonio en los cielos, pecado que le valió el ser expulsado para siempre de los cielos. Como Jesús quiere que estemos con Él en el cielo y que no nos condenemos en el Infierno, es que nos pide que seamos “mansos y humildes de corazón”.

Ahora bien, hay muchas maneras de ejercer la humildad y quien no sepa cómo hacerlo, que contemple a Jesús crucificado y lo imite. En la cruz, Jesús es ejemplo de una infinitud de perfecciones, en grado infinito. Es ejemplo de mansedumbre, de paciencia, de perdón, de justicia, de fortaleza, pero sobre todo, es ejemplo de amor, porque Él sufre por nosotros por amor y nada más que por amor, ya que Él no tenía ninguna obligación de sufrir por nuestra salvación.

Se puede ejercer la humildad callando frente a las ofensas personales –no a las ofensas contra Dios, la Patria y la Familia-; perdonando a quienes nos ofenden, haciendo el bien, pero sin darlo a conocer, según el principio de Jesús: “Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”. Si queremos entrar en el Reino de los cielos, contemplemos a Jesús crucificado y le pidamos la gracia a la Virgen de poder imitarlo, aunque sea mínimamente.

sábado, 19 de febrero de 2022

“No se dejen llevar de la levadura de los fariseos”

 


“No se dejen llevar de la levadura de los fariseos” (Mt 16. 5-23). El consejo de Jesús a sus discípulos se entiende en su sentido sobrenatural, cuando se comprende qué quiere decir Jesús con “levadura”: la “levadura”, espiritual y simbólicamente, es la soberbia y el orgullo. Así como la levadura fermenta la masa y hace que ésta se hinche e infle, aumentando su tamaño, así la soberbia y el orgullo, actuando sobre el alma, hacen que ésta se hinche y se infle, creyéndose ser más de lo que es, una simple creatura que, por añadidura, es pecado, como lo dicen los santos: “Somos nada más pecado”.

El pecado de soberbia es de especial gravedad porque además de ser el origen de muchos otros pecados, la soberbia hace que el alma sea partícipe del pecado capital del demonio en el cielo, que fue precisamente la soberbia, al pretender, irracionalmente, ser más que Dios.

El soberbio es partícipe y cómplice de modo particular del demonio y su pecado y es por eso que merece la advertencia por parte de Jesús, de que rectifique su camino hacia la dirección opuesta, que es la humildad: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Al pecado de soberbia se le opone entonces la virtud de la humildad, porque con esta virtud el alma se asemeja al Sagrado Corazón de Jesús, que es “manso y humilde”.

Pidamos por lo tanto la gracia de evitar a toda costa el pecado de soberbia y pidamos también la gracia de participar de la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

jueves, 11 de febrero de 2021

“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”

 


“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes” (Mc 8, 14-21). Para comprender la recomendación de Jesús a sus discípulos, hay que tener en cuenta que la levadura es la soberbia: así como la levadura, mezclada con la harina, hace que esta aumente su tamaño, así la soberbia, al entrar en el alma, hace que esta aumente su egolatría, hasta el punto de pensar que está por encima de Dios y de los hombres. Es lo contrario a la humildad y a lo que Jesús pide en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Es también la soberbia el pecado capital del Ángel caído, pecado que le valió la expulsión para siempre del cielo y de la Presencia de Dios Trino y el que comete el pecado de soberbia, en cierto sentido participa del pecado de soberbia cometido por el Demonio en los cielos.

La soberbia es un pecado capital, porque es el mayor acto de malicia que puede el alma cometer libremente: por la soberbia, el alma no solo desplaza a Dios de su corazón, sino que se entroniza a sí misma, dejando de adorar a Dios y comenzando a adorarse a sí misma. Esta es la peor decisión que pueda una persona tomar, porque se priva libre y voluntariamente de la fuente de luz y de vida eterna que es Dios, para sumergirse en un abismo de tinieblas y de muerte espiritual; de ahí el consejo de Jesús de imitarlo a Él, que es “manso y humilde de corazón”, porque por la humildad y la mansedumbre el hombre se reconoce como lo que es, un pecador, y se postra ante la majestad de Dios, adorándolo como a su Dios, su Creador, su Salvador y su Santificador.

“Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”. La mejor forma de cuidarnos de la levadura de los fariseos y de la Herodes, esto es, la soberbia, es imitar a Jesucristo, que es “manso y humilde de corazón”. Éste debe ser nuestro plan de vida cristiano, no para un día o dos, sino para todos los días que nos queden por vivir en la tierra, hasta el feliz encuentro con Jesucristo, por su misericordia, en el Reino de los cielos.

sábado, 24 de octubre de 2020

“El que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado”

 


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A – 2020)

         “El que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado” (Mt 23, 1-12). Jesús advierte tanto del peligro de la soberbia, como de la importancia de la humildad y para eso, pone como ejemplo de soberbia a los escribas y fariseos y da dos características de esta soberbia: “todo lo hacen para que los vean” –y en consecuencia los alaben y aplaudan, al considerarlos buenos y santos- y se hacen llamar “maestros” y “doctores”, cuando en realidad enseñan doctrinas humanas, mientras que los verdaderos “maestros” y “doctores” serán los discípulos de Jesús que sigan sus enseñanzas, ya que sólo Él es el “Maestro” y “Doctor”, porque sólo Él es la Sabiduría divina.

         La razón de la nocividad de la soberbia es que hace que el alma participe de la soberbia del Ángel caído, ya que la soberbia es su pecado capital, pecado cometido en el momento de su creación, al negarse a servir, amar y adorar a Dios y al decidirse a adorarse a sí mismo: el alma soberbia participa, en cierto modo y en mayor o menor medida, de este pecado capital del demonio en los cielos, que le valió la pérdida de la visión beatífica para toda la eternidad y el ser expulsado del Reino de Dios. Ésta es la razón por la cual todo aquel que se vuelva soberbia, será humillado, así como fue humillado el Ángel caído al perder la gracia y ser precipitado al Infierno.

         Por el contrario, el valor de la humildad radica en que el alma que se humilla a sí misma, imita y participa al Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, que se humilló y se anonadó a Sí mismo al Encarnarse y asumir hipostáticamente, personalmente, una naturaleza humana, la naturaleza humana de Jesús de Nazareth, para salvar a la humanidad, ya que entregó esa humanidad santísima suya, adquirida en el seno virginal de María, en el santo sacrificio de la cruz. El sacrificio del Calvario fue otra ocasión de humillación para el Hijo de Dios, porque la muerte en cruz es la muerte más humillante de todas las muertes, por eso, el alma que se humilla a sí misma y se reconoce ser “nada más pecado” delante de Dios, participa de la humildad y auto-humillación del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth. Jesús se anonada al Encarnarse, se anonada en la cruz y se anonada en la prolongación de la Encarnación, que es la Eucaristía, porque allí oculta su gloria divina, bajo las apariencias de pan y de vino. Quien quiera humillarse y anonadarse, siguiendo e imitando al Hijo de Dios, debe por lo tanto contemplar a Cristo crucificado, humillado en la cruz, y a Cristo Eucaristía, anonadado en la Eucaristía. Y así como Cristo, humillado y anonadado, fue exaltado a los cielos y ahora es glorificado y adorado por la eternidad, así el alma que en esta vida se una a su humillación y anonadación, será exaltada y glorificada en el Reino de los cielos.

         Es en esto entonces en lo que radican, tanto el peligro de la soberbia, que hace al alma partícipe de la soberbia del Demonio, como la salvación implícita en la humillación, porque la humillación hace que el alma participe de la humillación de Cristo en la cruz y de su gloria en los cielos después, por la eternidad.

lunes, 28 de septiembre de 2020

“El más pequeño entre vosotros es el más importante”

 


“El más pequeño entre vosotros es el más importante” (Lc 9, 46-50). Mientras están con Jesús, los discípulos se enfrascan en una discusión, centrada en “quién era el más importante” entre ellos. Esta discusión tiene su origen en el pecado original, porque se trata claramente de un pecado de soberbia, pecado que busca hacer sobresalir al alma por encima de las demás, para ser alabada y ensalzada por sí misma. En el fondo, se trata de una participación al pecado de soberbia por excelencia, el pecado de soberbia cometido por el Ángel caído, Satanás, de ahí la necesidad de combatirlo y no dejarlo crecer.

Es importante la reacción de Jesús y su posterior enseñanza, que es contraria radicalmente a la postura de soberbia de sus discípulos. En efecto, mientras los discípulos discuten acerca de “quién sería el más importante” -y para ello, con toda seguridad, argüirían argumentos acerca de la importancia de saber predicar, de saber más doctrina, de tener más argumentos, etc.-, Jesús toma un niño y lo acerca a sí y dice: “El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a Mí y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió”. En otras palabras, frente a la arrogancia de una mente humana desarrollada en su plenitud y capaz de elaborar complicados argumentos teológicos -como suponen los discípulos que tienen ellos y por eso se consideran importantes-, Jesús les contrapone a un niño, quien todavía no tiene uso de razón: con este ejemplo, al que hay que agregarle su otra enseñanza acerca de que: “Quien no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”, Jesús descarta, por un lado, la arrogancia de la inteligencia humana ya plenamente desarrollada y en grado de elaborar complejos teoremas teológicos, filosóficos y matemáticos y la contrapone con la mente de un niño, que no tiene esa capacidad. No quiere decir con esto, Jesús, que el discípulo cristiano debe ser aniñado, ni tampoco quiere decir que el discípulo no deba pensar por sí mismo: al contraponer y colocar como ejemplo a la niñez frente a la edad adulta, está manifestando la importancia que tiene la gracia en la inteligencia humana, porque la niñez es, en cierto sentido, imagen de la gracia santificante, que es la que da la verdadera niñez, no la cronológica, sino la que establece al alma frente a su Creador como hijo adoptivo. Esto no descarta, como decíamos, el hecho de que el discípulo no deba pensar por sí mismo: por el contrario, debe hacerlo, pero siempre guiado por la luz de la gracia, para no apartarse nunca de la Verdad y no dejarse seducir por el error y la herejía.

“El más pequeño entre vosotros es el más importante”. Parafraseando a Jesús y considerando lo que hemos dicho, que la niñez es imagen de la gracia, podríamos decir: “El que tiene mayor grado de gracia es el más importante” a los ojos de Dios, porque es el que es más niño, no cronológicamente hablando, sino espiritualmente hablando; el que tiene más gracia santificante, es el que más participa de la Vida de Dios y es por lo tanto el que más cerca está de Dios.

jueves, 13 de agosto de 2020

“Un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos”

 

“Un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos” (Mt 19, 23-30). Jesús lanza una dura advertencia para los ricos: difícilmente un rico podrá entrar en el Reino de los cielos. Sin embargo, un poco después dice, dando un atisbo de esperanza: “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible”.

Para entender a qué se refiere Jesús y para poder aprehender su enseñanza en su plenitud, debemos entender primero cuál es el alcance de “rico”, puesto que éste es el que difícilmente entrará en el Reino de Dios. El “rico” al cual se refiere Jesús, es alguien que posee abundancia de dinero y bienes materiales, aunque también, en sentido espiritual, es aquel que, dominado por la soberbia, cree no necesitar de Dios y su gracia, despreciándola a ésta. En otras palabras, hay dos clases de ricos: los ricos de bienes materiales y los ricos espirituales. Que existan “ricos espirituales”, lo dice el mismo Jesús en el Apocalipsis[1]. A estos tales, Jesús les advierte en el Apocalipsis: “Puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque dices: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres un miserable y digno de lástima, y pobre, ciego y desnudo, te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que puedas ver”.

En el mismo versículo del Apocalipsis, esto es, en la misma advertencia de Jesús a los ricos, está el consejo para que el rico espiritual -el soberbio que cree no tener necesidad de Dios- alcance aquello que le abra la puerta del Reino de los cielos: la gracia divina, graficada y representada en el “oro refinado”. Sólo de esta manera, es decir, dejando de lado la soberbia y reconociendo la absoluta necesidad que el alma tiene de Dios, puede el rico espiritual, el soberbio, alcanzar la salvación del alma. Para el rico material, a su vez, no es necesario que se desprenda de toda su riqueza: puede seguir siendo rico, es decir, puede continuar poseyendo la riqueza, pero poniéndola al servicio de la Iglesia de Dios y de los prójimos más necesitados. Si obra de esta manera, el rico material continúa con sus posesiones, pero ya está desprendido de ellas, en cierta manera, porque está dispuesto a sostener el culto católico con ellas y a ayudar al prójimo que más lo necesita.

Es de esta manera que las dos clases de ricos, los ricos materiales y espirituales, que por sí mismos y por las fuerzas humanas es imposible que se salven, sí pueden salvarse por la acción de Dios.



[1] 3, 17.

martes, 22 de octubre de 2019

“Dos hombres subieron al templo a orar (…) uno salió justificado, el otro no”



(Domingo XXX - TO - Ciclo C – 2019)

“Dos hombres subieron al templo a orar (…) uno salió justificado, el otro no” (Lc 18, 9-14). Jesús describe la parábola del fariseo y del publicano: ambos suben al templo a orar –el subir indica ascenso del espíritu en la oración, es decir, ambos hacen oración al ingresar al templo-; sin embargo, luego de la oración propia de cada uno, dice Jesús, “uno salió justificado y el otro no”. Es decir, los dos ingresan al templo, los dos están en presencia de Dios, los dos hacen oración, pero uno es justificado, perdonado en sus pecados y el otro, no. ¿Cuál es la razón por la que, haciendo los dos la misma acción, sea su destino completamente diferente? La razón es que el fariseo comete el pecado de soberbia, mientras que el publicano realiza una acción virtuosa de humildad al auto-humillarse delante de Dios. Es decir, el fariseo comete un pecado, el pecado de soberbia, al estar ante Dios y ponerse a sí mismo como ejemplo de virtud, comprarándose con los demás y creyéndose superior a todos: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El pecado de soberbia es el pecado angélico por excelencia; es más grave que el pecado carnal, porque el pecado carnal lo comete el hombre por debilidad, en cambio, el pecado de soberbia es más bien de orden espiritual y hace participar, al alma, del pecado de soberbia cometido por el Ángel caído delante de Dios y que le mereció perder el Reino de los cielos para siempre. Entonces, el fariseo, a pesar de subir al templo, a pesar de hacer oración, a pesar de estar ante la presencia de Dios, no es justificado, porque participa del pecado de rebelión y soberbia que cometió el Ángel caído en  los cielos. La posición de "erguido" hace referencia no solo a la postura corporal, sino a la actitud de soberbia delante de Dios, ya que no se arrodilla ni siquiera ante la presencia de Dios.
Por otra parte, el publicano sí sale justificado, es decir, perdonado en sus pecados, porque estando en oración y ante la presencia de Dios, se humilla delante de Dios y se reconoce como lo que somos todos los seres humanos: pecadores. Dice el Evangelio acerca del publicano: “El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Es decir, realiza un acto virtuoso de humildad y la humildad, junto con la caridad, es la virtud que más asemeja al alma con Cristo Dios. Es tan importante la humildad, que es la única virtud, junto con la mansedumbre, específicamente pedida para nosotros por Nuestro Señor Jesucristo: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Así como la soberbia asemeja al alma a la Serpiente antigua, así la humildad asemeja al alma al Cordero de Dios, “manso y humilde de corazón”, como así también la asemeja al Inmaculado Corazón de María, que es, como el de su Hijo Jesús, “manso y humilde”. Porque hizo oración y se humilló ante Dios reconociéndose pecador, es que el publicano salió justificado, perdonado en sus pecados, a diferencia del fariseo, que no salió justificado, sino con un pecado más, el de la soberbia, junto a todos los otros que ya tenía. La posición de rodillas del publicano es un gesto exterior de humildad y auto-humillación, que acompaña al gesto interior de auto-humillación delante de Dios.
“Dos hombres subieron al templo a orar (…) uno salió justificado, el otro no”. Debemos reconocernos, como el publicano, pecadores, porque somos “nada más pecado”, pero también debemos estar atentos, porque incluso hasta en este gesto de humillación, puede estar escondida la soberbia, al pensar que soy humilde porque me humillo y por lo tanto soy mejor que los demás, que no se reconocen pecadores ni se humillan. Incluso pretendiendo hacer un acto de humildad, podemos arruinarlo todo y caer en el pecado de soberbia, corriendo el riesgo de ser humillados por Dios: “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Para no caer en este pecado de soberbia, el mejor antídoto es pedir a la Virgen, Mediadora de todas las gracias, que interceda por nosotros para que recibamos la mansedumbre y la humildad del Corazón de Jesús, tal como Él nos aconseja en el Evangelio: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.

sábado, 31 de agosto de 2019

“Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”



(Domingo XXII - TO - Ciclo C - 2019)
“Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14, 1.7-14). Con ocasión de una comida en casa de unos fariseos, en la que los invitados buscaban sentarse en los principales puestos, Jesús, además de aconsejar buscar siempre los últimos puestos y no los primeros, para no quedar en evidencia, da esta máxima: “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Considerado el episodio en modo superficial, podría decirse que Jesús está enseñando normas de conducta a sus discípulos: si son sus discípulos, deben mostrarse humildes ante los demás, de manera de no pasar por soberbios y orgullosos, además de lograr la consideración de quien los invita quien, al ver que ocupan los últimos lugares, los harán sentar en los primeros. Sin embargo, el episodio y las enseñanzas distan mucho de ser meros consejos de cómo comportarse en público. Ante todo, Jesús recomienda la virtud de la humildad y esto, independientemente del contexto, porque en otro lugar afirmará: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Es decir, lo primero que Jesús quiere en sus discípulos es la virtud de la humildad, a la cual se le opone radicalmente la soberbia. Pero Jesús no quiere que sus discípulos sean humildes solo por el hecho de serlo; no quiere que sus discípulos adquieran y vivan la virtud de la humildad sólo por esta virtud. Como hemos visto, Jesús quiere que sus discípulos –y por lo tanto, nosotros- sean humildes, porque así lo imitarán a Él, que es “manso y humilde de corazón”. Es decir, Jesús quiere que sean humildes porque así lo imitarán a Él. La imitación de Cristo –y la imitación concomitante de la Virgen- será para el cristiano el principal objetivo de su esfuerzo espiritual, porque así se parecerá cada vez más a Él. Pero hay algo más: al esforzarse por adquirir la virtud de la humildad, el cristiano, sin darse cuenta, estará participando de la humildad de Cristo, quien es el Humilde por antonomasia y así superará el hecho de meramente adquirir la virtud de la humildad para comenzar a imitarlo a Él. El esfuerzo por ser humildes y mansos de corazón no es, por lo tanto, una mera indicación de cómo ser interiormente para así comportarse exteriormente como un buen ciudadano: mucho más que eso, el que se esfuerza por ser humilde, se esfuerza por ser como Cristo y en este esfuerzo, participa de la misma humildad de Cristo. Es imposible describir todos los ejemplos de humildad de Cristo, porque se necesitarían libros enteros, pero baste un solo ejemplo, como el hecho de que Él, siendo Dios, se encarnó, es decir, se hizo hombre sin dejar de ser Dios, para así poder salvarnos a todos los hombres y esto, el rebajarse a unirse a una naturaleza infinitamente inferior como la nuestra en comparación con su naturaleza divina, es un ejemplo inigualable de humildad. Entonces, Jesús quiere que seamos humildes para imitarlo a Él y para participar de su propia humildad: “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Pero también hay algo más: al pretender Jesús que seamos humildes, nos aleja del peligro de la soberbia, que no solo es un defecto sino un pecado y un pecado que hace partícipe, al soberbio, de la soberbia del Ángel caído, soberbia que le valió perder para siempre el Reino de los cielos.
Todo acto de soberbia, es un acto de participación en la soberbia demoníaca, que siendo simplemente un ángel, pretendió ser Dios y fue por eso expulsado del cielo para siempre; todo acto de humildad, es una participación en la humildad del Verbo de Dios, quien siendo Dios, se encarnó en el seno virgen de María Santísima para salvarnos. Por último, a la humildad le debe acompañar la caridad, por eso Jesús aconseja invitar y dar a quien no tiene la oportunidad de retribuirnos en nada, es decir, los más pobres, no solo materiales, sino espirituales: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”. Esto, porque la humildad sin caridad no es verdadera virtud.
          “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Un acto de soberbia nos asemeja al Demonio; un acto de humildad, nos asemeja al Cordero de Dios. En nosotros está elegir a quién nos queremos parecer.

martes, 16 de julio de 2019

“Padre, has ocultado esto a los sabios y lo has revelado a los sencillos”



“Padre, has ocultado esto a los sabios y lo has revelado a los sencillos” (Mt 11, 25-27). Jesús dirige una breve plegaria en acción de gracias a su Padre Dios y en la plegaria le agradece que haya ocultado “todo esto” a los sabios y lo haya revelado en cambio a “los sencillos”. En esta breve oración de Jesús, hay muchas cosas para considerar. Por un lado, lo que el Padre oculta; por otro lado, cómo lo oculta; por último, la razón por la que lo hace. ¿Qué es lo que el Padre oculta a los sabios del mundo? Lo que el Padre oculta a los sabios del mundo son los misterios sobrenaturales absolutos de Dios, esto es, que Dios es Uno y Trino y que la Persona del Hijo Unigénito se ha encarnado en la humanidad de Jesús de Nazareth para salvar al mundo; que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que inhabita en el alma del que está en gracia y que ha de venir al fin del mundo para juzgar a vivos y muertos. Estas verdades de fe quedan ocultas a los sabios del mundo porque estos, en su soberbia, las consideran como cosa de poca monta o sino como fábulas religiosas sin sentido. Los sabios del mundo confían más en su razón y en la ciencia, antes que en la fe y en la Revelación de Jesucristo y por eso las verdades de fe quedan ocultas a sus inteligencias y corazones. ¿Cómo oculta el Padre estas verdades de fe? Simplemente, no concediendo la gracia santificante, que es la que ilumina las potencias del hombre, tanto la inteligencia como el corazón: sin la gracia santificante, todo el misterio pascual del Hombre-Dios Jesucristo queda reducido a lo que la razón puede entender, convirtiéndose en una religión humana, que descarta todo lo que no puede comprender: así, las verdades de fe, como por ejemplo, que hay un cielo para ganar y un infierno para evitar y que ambos son eternos, quedan reducidos en las mentes de los mundanos a meras fábulas religiosas imposibles de comprender y carentes de sentido. En cambio, los que reciben la gracia santificante, son iluminados por la misma y así los misterios de la fe resplandecen ante los ojos del alma y son los que guían sus vidas terrenas hacia la vida eterna. Por último, queda por responder la pregunta de por qué el Padre de los cielos oculta a los sabios la Verdad sobre su Hijo Jesucristo, mientras que la revela a los sencillos y humildes de corazón. La razón por la que lo hace es que los sabios del mundo, henchidos por su sabiduría mundana, desprecian las verdades de fe: entonces, para evitar que estas verdades de fe sean escarnecidas y se conviertan en objeto de burla, es que Dios las oculta a los que se envanecen con las ciencias humanas; por otro lado, da su gracia a los sencillos y humildes de corazón porque estos, conscientes de su nada, aceptan y creen en las verdades de fe sin poner reparos ni vanos razonamientos humanos: creen porque es Dios quien, a través de su Hijo Jesús y de su Iglesia, ha revelado las verdades de fe.
“Padre, has ocultado esto a los sabios y lo has revelado a los sencillos”. Que Dios nos conceda la gracia, por intercesión de María Santísima, de nunca anteponer nuestros razonamientos humanos, ante los misterios incomprensibles de la fe.

viernes, 29 de marzo de 2019

“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”



“El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado” (Lc 18, 9-14). Jesús narra la parábola del fariseo y el publicano dirigida especialmente a quienes, en el auditorio, se tenían por más justos y puros que los demás, despreciándolos en su interior. En la parábola, Jesús narra las oraciones y actitudes interiores de dos individuos distintos, uno publicano, que se creía pecador y otro, el fariseo, que se creía puro. Aunque las oraciones son dichas en silencio, son escuchadas por Dios, quien lee nuestros pensamientos y los conoce aún antes de que los formulemos. Es Dios entonces el que escucha las oraciones interiores de ambos, las cuales son contrapuestas: mientras uno, el fariseo, se cree puro, santo, bueno y mejor que los demás, sin embargo no es aprobado por Dios; el otro, el publicano, en cambio, que se reconoce pecador, sí es aprobado por Dios. De ahí la conclusión de la parábola de Jesús: “el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado”. El que se creía mejor que los demás, es reprobado por Dios, mientras que el que se creía peor que los demás, por ser pecador, es aprobado por Dios.
Muchos pueden pensar que la parábola tiene un alcance moral, es decir, que apunta a corregir la acción externa y la percepción interna de cada uno; sin embargo, la parábola no tiene un propósito simplemente moral, en el sentido de indicarnos que debemos ser más humildes y menos soberbios. La parábola va más allá de las meras virtudes o pecados humanos y se introduce en el mismo misterio de salvación: el publicano, humilde, participa de la humildad de Jesucristo, mientras que el fariseo, soberbio, participa de la soberbia del Demonio y ésa es la razón por la cual uno sale justificado y el otro, no. Es decir, en el acto de humildad del publicano hay una participación a la humildad de Jesús, mientras que en el acto de soberbio del fariseo, hay una participación al pecado de soberbia en los cielos del Ángel caído, Satanás.
La parábola tiene importancia universal porque, en realidad, en todo acto de soberbia o de humildad sucede lo mismo: no se trata de defectos o pecados, como en el caso de la soberbia, ni de virtudes, como en el caso de la humildad: en realidad, se trata de participaciones, en mayor o menor grado, ya sea de la soberbia del Ángel caído manifestada en los cielos o bien de la humildad del Verbo de Dios que se humilló a sí mismo, encarnándose en el seno virgen de María. La soberbia y la humildad, entonces, trascienden el mero plano moral humano, para insertarse de lleno en el misterio de redención de la humanidad.
Por esta razón, cuando tengamos un pensamiento de soberbia, recordemos que participamos de la soberbia del Demonio, por lo cual debemos rechazarlo inmediatamente, al tiempo que debemos procurar lo opuesto, que es la humildad del Verbo Encarnado y el mejor modo de hacerlo es recordar la coronación de espinas de Jesús, para pedirle la gracia de participar de su humildad.

sábado, 4 de noviembre de 2017

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A – 2017)

         “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (cfr. Mt 23, 1-12). Jesús advierte a sus discípulos y a la multitud acerca de la soberbia de los escribas y fariseos, previniéndolos para que no los imiten en aquello que es su defecto dominante, la soberbia.
         Comentando este pasaje del Evangelio, San Hilario[1] nos advierte que, como siervos del Señor, seremos juzgados, no por las hermosas palabras que podamos llegar a decir –como las dicen los fariseos-, ya que solo las obras buenas alcanzan el Reino de los cielos, mientras que las bellas palabras, sin obras, son palabras que se lleva el viento: “El Señor nos advierte que las palabras halagadoras y el aspecto amable deben juzgarse por los frutos que producen. Debemos entonces apreciar a alguien, no por cómo se presenta en palabras, pero tal y como realmente es en sus actos”. Muchos cristianos tienen a flor de labios palabras mansas y suaves, pero esconden una “rabia de lobo”; son espinos que solo producen espinos y no uvas ni higos: “Pues a menudo bajo apariencias de ovejas se disimula una rabia de lobo (Mt 7,15). Y así como los espinos no producen uvas, ni los abrojos higos..., nos dice Jesús, no es en esas bellas palabras que consiste la realidad de las buenas obras; todos los hombres deben ser juzgados según sus frutos (v.16-18)”. Si nosotros, como cristianos, nos limitamos solo a decir bellas palabras, pero no las acompañamos de obras buenas, no nos alcanza para ingresar en el Reino de Dios: “No, un servicio que se limitaría a pronunciar bellas palabras no es suficiente para obtener el Reino de los cielos; no es aquel que diga: “Señor, Señor” quien será el heredero (v.21)”.
Luego continúa San Hilario, advirtiéndonos en el mismo sentido, que el Reino de los cielos se gana cumpliendo la Voluntad de Dios –manifestada en la Pasión de Jesús, esto es, la Voluntad de Dios es que imitemos a su Hijo en la Pasión-, obrando el bien y cumpliendo la Ley de Dios; en caso contrario, si obramos obras de injusticia –maldad, envidia, lujuria, rencor, pereza, gula, etc.-, seremos rechazados por Dios: “¿A qué rimaría una santidad que se limitaría solamente a la invocación de un nombre, si el camino del Reino de los cielos se encuentra en la obediencia de la Voluntad de Dios? Debemos poner de nuestra parte, si queremos alcanzar la felicidad eterna. Debemos dar algo de nuestros fondos propios: desear el bien, evitar el mal y obedecer de todo corazón los preceptos divinos. Seremos reconocidos por Dios como suyos por una actitud como esta. Conformemos pues nuestros actos a su voluntad en vez de glorificarnos de su poder. Porque despreciará  y rechazará aquellos que se alejaran ellos mismos de él por la injusticia de sus actos”[2]Hasta aquí, el comentario de San Hilario acerca de la prevención que nos hace Jesús de evitar la soberbia y malas obras de los fariseos. 
Entonces, seremos rechazados si nuestras obras son injustas, aun cuando nuestras palabras sean buenas. Un ejemplo de obras injustas, de nuestros días, que nos produce vergüenza ajena y que nos da una idea del grado de decadencia moral y espiritual de gran parte de la sociedad, es que un fornicario y adúltero público obtiene un reconocimiento social explosivo por el hecho de ser adúltero y fornicario. Lo que es peor y lo que indigna mucho más que el odioso pecado de la fornicación, es que muchos de los que lo reconocen y lo aplauden en su pecado mortal, y lo alaban y propagan su adulterio y fornicación como un mérito, son católicos, que con dichas obras injustas, se convierten en el ejemplo perfecto de quienes desmerecen por completo el Reino de los cielos. O se cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios, o se cumplen los mandamientos de Satanás y quienes alaban la fornicación y el adulterio, cumplen los mandamientos de Satanás y hacen sus obras y no las de Dios. 
         Ahora bien, es verdad que Nuestro Señor Jesús, poniéndonos como contra-ejemplos a los escribas y fariseos, nos anima a evitar la soberbia y a cultivar la humildad, pero si hace esto, no es debido a las virtudes en sí mismas, sino a un motivo sobrenatural, de fondo, más importante que las mismas virtudes. Es decir, las virtudes son buenas –y mucho más, la humildad-, pero Jesús no quiere que seamos simplemente “virtuosos”; Jesús quiere de nosotros algo más grande que el meramente ser virtuosos, lo cual es en sí mismo algo grande y bueno. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? No solo quiere que evitemos la soberbia, para lo cual pone como anti-ejemplos a los escribas y fariseos, sino que quiere, positivamente, que seamos como Él, que lo imitemos a Él, que es “manso y humilde de corazón”: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En otras palabras, Jesús quiere que seamos humildes, pero no por la virtud en sí, sino porque nos asemeja a Él, que es humilde. Todavía más, la humildad nos hace participar de la humildad divina, de la humildad de su Sagrado Corazón, que es también la humildad de su Madre, María Santísima. La humildad agrada a Dios, no solo porque es la virtud que se opone a soberbia, sino porque, junto con la caridad, es la virtud que asemeja al alma al Ser divino trinitario, perfectísimo y por eso mismo, humilde, al tiempo que la hace partícipe de la vida divina, vida divina que le comunica al alma la divina humildad.
         Y con respecto a la soberbia, lo opuesto es también verdad: cuando Jesús nos pide que seamos humildes, y nos advierte las consecuencias de no serlo –“el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”-, nos lo advierte no solo porque la soberbia se opone en forma diametralmente opuesta a la humildad –por eso el soberbio no agrada a Dios-, sino porque se asemeja y se hace partícipe del principal pecado de Satanás, el Ángel caído, cometido en el cielo, y que le valió el perder el cielo para siempre. El orgullo, la soberbia, que se manifiesta de muchas formas, como la vanidad, el egoísmo, el egocentrismo, la indiferencia por el destino del prójimo, el rechazo a toda corrección, etc., es el pecado capital del Demonio en el cielo y el alma que es soberbia, no solo se hace semejante al Demonio, sino que, en cierto modo, participa de su rebelión contra Dios, sus Mandamientos y su Amor.
“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El Demonio se ensalzó a sí mismo, creyéndose igual o superior a Dios, y fue humillado y vencido en la Cruz por Jesús, y aplastada su soberbia cabeza de Serpiente Antigua por el talón de la Virgen María; Jesús, el Hijo de Dios, se humilló a sí mismo, porque siendo Dios de majestad infinita, asumió nuestra naturaleza humana, infinitamente inferior a la naturaleza divina, encarnándose en el seno virgen de María y sufriendo luego la Pasión y Muerte en Cruz, para salvarnos de la eterna condenación, y fue ensalzado y glorificado, con la gloria que poseía desde la eternidad, como Unigénito, en su gloriosa Ascensión, luego de resucitar. Si de veras queremos ganar el cielo, debemos pedir a María Santísima, Mediadora de todas las gracias, la gracia de participar en la Pasión de Jesús y en su humillación, para luego ser coronados de gloria en el Reino de los cielos.




[1] Cfr. Comentario del Evangelio según san Mateo, 6,4-5.
[2] Cfr. San Hilario, o. c.