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jueves, 3 de febrero de 2022

Fiesta de la Presentación del Señor

 



          La Fiesta litúrgica de la Presentación del Señor se origina en el cumplimiento de la ley de Moisés que María Santísima y San José realizan a los cuarenta días de nacido el Señor Jesús y también en las palabras que San Simeón pronuncia, inspirado por el Espíritu Santo. En efecto, era costumbre de los hebreos que a los cuarenta días de nacido el primogénito, éste fuera llevado al templo para ser consagrado al Señor; además, era el tiempo necesario para que la mujer, que había dado a luz, quedara purificada luego del parto. Ahora bien, ni Jesús necesitaba ser presentado o consagrado a Dios, puesto que Él mismo es Dios Hijo en Persona, ni tampoco la Virgen necesitaba ser purificada, puesto que su parto había sido virginal y milagroso: la Virgen y San José acuden al templo para cumplir exteriormente con la ley de Moisés, ley que habría de ser abrogada por la Nueva Ley de la caridad del Niño Dios.

          Lo que sucede a continuación del ingreso de la Virgen y de San José en el templo, no tiene explicación humana: cuando ingresan, se encuentran con San Simeón y son las palabras de San Simeón las que no tienen explicación humana, sino divina. Cuando lo toma entre sus brazos, San Simeón dice que el Niño Dios es “luz para iluminar a las naciones paganas y gloria del Pueblo de Israel”. Esto no es algo que habitualmente se dice, cuando alguien recibe entre sus brazos a un niño recién nacido: lo habitual es que se diga que está sano, que se pregunte su nombre, cuánto tiempo tiene, etc., pero no es habitual que se diga que ese niño es “luz”. Ahora bien, esto lo dice San Simeón porque el anciano, que había sido llevado por el Espíritu Santo al templo, es iluminado también por el Espíritu Santo, en el momento de recibir al Niño y es de esta manera que lo puede contemplar en la luminosidad divina del Ser divino trinitario del Niño Dios. En otras palabras, San Simeón ve, en el Niño Dios, la luz divina trinitaria que emana del Acto de Ser divino del Niño Dios y por eso lo llama “luz de las naciones paganas” y “gloria de Israel”. Esto último también significa luz, porque en el lenguaje bíblico, la gloria de Dios es la luz de Dios; entones, San Simeón está diciendo que el Niño Dios es “luz de Dios, luz eterna”, que habrá de iluminar tanto a los paganos como al Pueblo Elegido. Y como Luz Eterna, el Niño Dios derrotará a las tinieblas del pecado, de la muerte y a las tinieblas vivientes, los demonios, que envuelven a la humanidad desde Adán y Eva.

          Por esta razón, debemos implorar, suplicar, a la Virgen, la Madre de Dios, la Madre de la Luz Eterna, que así como fue Ella la que llevó a su Hijo al templo para que iluminara al Anciano Simeón, así también sea Ella quien lleve a su Hijo Jesús Eucaristía a todos los hombres que no lo conocen, para que así también ellos sean iluminados por la Luz Eterna que emana del Cristo Eucarístico.

domingo, 2 de febrero de 2020

Fiesta de la Presentación de Señor


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(Ciclo A - 2020)

          La Virgen Santísima y San José cumplen con lo prescripto por la ley, que establecía que luego del parto del primogénito, la madre debía presentarse en templo luego de cuarenta días para purificarse y debía llevar al niño para ofrecerlo al Señor. Al ingresar en el templo, se encuentran con el anciano Simeón, quien toma al niño entre sus brazos y profetiza que ese niño será la “luz de las naciones”.
          Visto con los ojos naturales y con la luz de la simple razón, lo que se puede observar es a una joven pareja que lleva a su hijo primogénito luego de cuarenta días, para cumplir con la ley de Moisés. Sin embargo, la escena no puede ni debe ser vista con la sola luz de la razón natural, sino con la luz de la fe, porque encierra en sí misma un misterio insondable, oculto por los siglos y ahora revelado en el Niño que lleva la Virgen entre sus brazos. ¿Cuál es este “misterio oculto y ahora revelado en el Niño de la Virgen”? El misterio que se revela -y que el anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, logra entrever- es que ese Niño, traído en brazos por la Virgen y presentado al templo, es la Luz Eterna de Dios, es el Hijo del Padre, Dios Eterno de Dios Eterno, Luz Eterna de Luz Eterna, que viene a este mundo, envuelto en “tinieblas y sombras de muerte” para iluminar el mundo, vencer a las tinieblas y hacer resplandecer la luz eterna de Dios Uno y Trino sobre toda la humanidad, mediante su misterio pascual de muerte y resurrección.
          Cuando el anciano Simeón toma al Niño entre sus brazos, no toma a un niño más entre tantos, sino al Niño Dios y es iluminado por la luz eterna que brota de su ser divino trinitario y es la razón de su profecía: “Ahora Señor puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: Luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. Si el niño fuera un niño más entre tantos, no tendrían sentido las palabras del anciano Simeón, pero como no lo es, como es el Niño Dios, sus palabras se convierten en profecía.
          Por último, debemos considerar que nosotros, en cada Santa Misa, si bien no tomamos al Niño entre nuestros brazos, como el anciano Simeón, recibimos de Dios Trino una muestra de amor infinitamente más grande que la demostrada con Simeón, porque lo comulgamos, es decir, nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre en la comunión eucarística. Por esto mismo, nosotros, luego de cada comunión eucarística -hecha por supuesto con el alma purificada por el Sacramento de la Confesión-, podemos parafrasear a San Simeón y decir: “Ahora Señor puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mi corazón se ha deleitado con el Cuerpo y la Sangre del Salvador, Cuerpo y Sangre que es luz y gloria eterna de Dios para salvar a la humanidad perdida”.