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miércoles, 26 de febrero de 2020

Jueves después de Ceniza



(Ciclo A – 2020)

         “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús está hablando no a sus discípulos, sino a sus potenciales discípulos, a sus potenciales seguidores y les dice cuáles son las condiciones para seguirlo, para ser su discípulo. Ante todo, dice: “Si alguno quiere venir en pos de Mí”, es decir, seguir a Jesús o no seguirlo, según sus propias palabras, depende de la libertad de cada uno, ya que Jesús no dice imperativamente: “Síganme”, sino: “Si alguno quiere”, es decir, lo deja al libre arbitrio de cada uno. Ser o no ser discípulos de Jesús no es algo impuesto, sino algo libre; del mismo modo que seguir a Jesús es algo libre, también entrar en el cielo es algo libre, porque nadie entrará en el cielo en contra de su propia voluntad.
         Luego dice: “en pos de Mí”: el cristiano sigue a Cristo, no sigue ni a un famoso de televisión, ni a un artista de cine, ni a un cantante de moda: el cristiano sigue a Cristo y Cristo es Dios y seguir a Dios tiene sus exigencias. Aunque parezca una banalidad aclararlo, es necesario, porque algunos siguen a Cristo, pero a su modo, o siguen a un cristo que se han inventado a sí mismos, o dicen seguir a Cristo, pero en realidad siguen a otros. Quien sigue a Cristo, entonces, sigue a Dios, que está encarnado en Cristo Jesús y debe cumplir con las exigencias de vida que este seguimiento implica.
         Para quien se ha decidido libremente a seguirlo y a seguirlo como Dios Hijo encarnado, Jesús da las condiciones que implica este seguimiento: “que se niegue a sí mismo” y luego “que tome su cruz de cada día” y recién emprenda el seguimiento: “y me siga”.
         “Que se niegue a sí mismo”. ¿Qué significa “negarse a sí mismo”? Significa negarnos en nuestras pasiones, en nuestro hombre viejo, en nuestras concupiscencias, todo consecuencia del pecado original. El que sigue a Cristo lo hace no como hombre viejo, cargado de pecado, de pasiones y de concupiscencias, sino como el hombre nuevo, el hombre redimido por la gracia, el hombre vivificado por la Sangre del Cordero de Dios. Esto implica, entre otras cosas, vivir cada día en la Ley de Dios, según sus Mandamientos y no según nuestro propio yo.
         Por último, ¿qué significa “tomar la cruz de cada día”? Significa que vivir en gracia, evitar el pecado, rechazar las tentaciones, vivir según los Mandamientos de la Ley de Dios, recibir los sacramentos, hacer oración y obras de caridad, no es para una sola vez, sino para siempre, para cada segundo, para cada hora, para cada día, para todos los días, hasta el día en que tengamos que partir de esta vida para alcanzar la vida eterna. Esto es lo que significa “tomar la cruz de cada día”. No se es cristiano sólo el Domingo, sino los siete días de la semana, y todos los días del año.
         “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. No somos cristianos por el hecho de haber sido bautizados solamente: además del bautismo, ser cristianos implica seguir a Cristo Dios cargando la cruz de cada día y negándonos a nosotros mismos. La Cuaresma es el tiempo de gracia que Dios nos concede para que lo hagamos.
        


jueves, 15 de febrero de 2018

Jueves después de Ceniza



Jesús camino del Calvario, con el velo de la Verónica
(Giovanni Cariani)

(TC - Ciclo B – 2018)

         “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús da las condiciones para seguirlo: ante todo, es necesario querer seguirlo, y por eso dice: “El que quiera venir detrás de mí”, porque Él no obliga a nadie a seguirlo. Quien lo ame, ése lo seguirá; quien no lo ame, no lo seguirá, porque Él no lleva a nadie contra su voluntad. Solo el Amor de Dios es el que hace que una persona desee seguir a Jesucristo y cumplir sus Mandamientos.
Otro requisito es “renunciar a sí mismo”, lo cual significa renunciar al hombre viejo, al hombre dominado por la concupiscencia, por la ira, por la gula, por la pereza; en definitiva, al hombre dominado por el pecado. Solo quien renuncie a su propio “yo”, contaminado por el pecado original, el yo cargado de soberbia, de orgullo, de vanidad, de rencor, solo ése, puede seguir a Jesucristo.
Otro requisito es “tomar la cruz de cada día”, lo cual significa desear morir al hombre viejo, para nacer al hombre nuevo, el hombre que nace de lo alto, el hombre regenerado por la gracia santificante, gracia que brota del Corazón traspasado de Jesús y que se derrama sobre el alma por medio de los sacramentos.
Por último, no basta con simplemente querer, renunciar a sí mismo y cargar la cruz: es necesario “seguirlo”, es decir, poner por obra el deseo de seguir a Jesús. Así como Jesús cargó la cruz y, mirando hacia el Calvario, emprendió el Via Crucis, el Camino de la Cruz, así también el cristiano, luego de desear amar a Cristo, luego de renunciar a sí mismo, luego de cargar la cruz, debe poner por obra el seguimiento de Cristo, lo cual significa ir tras de Él, guiado por el Espíritu Santo. Esto implica seguir a Jesús cada día, por el Camino del Calvario, a ese Nuevo Calvario que es el Altar Eucarístico, en donde se renueva, en cada Santa Misa, de modo incruento y sacramental, el Santo Sacrificio de la Cruz.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Jueves después de Ceniza


“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús nos da la fórmula de la felicidad: cargar la cruz de cada día y seguirlo a Él camino del Calvario. Ahora bien, hay algo anterior al “cargar la cruz”, y es algo de lo que depende la felicidad final: “querer” seguir a Jesús y es por eso que Jesús dice: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”. Seguir a Jesús es una cuestión de “querer”, que es, en el fondo, “amar”: nadie sigue a Jesús sin amarlo, sin quererlo, por lo mismo que nadie entrará en el cielo forzado, obligado. Jesús lo dice de modo muy claro: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”, debe cargar la cruz y seguirlo; ahora bien, este seguimiento de Jesús no es automático, ni forzado, ni obligado, porque está basado en el Amor, no en el amor humano, sino en el Amor de Dios, porque desear querer seguir a Jesús, es ya un movimiento de la gracia. Nadie desea cargar la cruz y seguir a Jesús, camino del Calvario, sino es por moción de la gracia. La cuestión no es menor, porque quien sigue a Jesús por Amor, cumplirá sus Mandamientos también por Amor, y así tendrá acceso al Reino de los cielos. Desde la cruz, Jesús, que es Dios, no solo nos da los Diez Mandamientos –incluyendo el “Mandamiento Nuevo” de la Ley Nueva, el mandamiento de la caridad-, y no solo nos el ejemplo perfectísimo de cómo vivir los Mandamientos, hasta la muerte de cruz, sino que nos da la fuerza misma para cumpliros y vivirlos –de otro modo, es imposible, empezando por el mandato de “amar a los enemigos”-.
Por el contrario, quien no sigue a Jesús –o, lo que es lo mismo, quien carga la cruz sin Amor-, no solo no cumple los Mandamientos de Dios, sino que cumple, indefectiblemente, los mandamientos de Satanás, puesto que no hay punto intermedio: o se cumplen los Mandamientos de Dios, dados por Jesús desde la cruz, o se cumplen los mandamientos de Satanás. Seguir o no a Jesús, es cuestión de libre albedrío y de Amor, como hemos visto, y quien así lo hace, cumple los Mandamientos de Dios y así se asegura su felicidad y el acceso a la vida feliz y eterna en el Reino de los cielos. Esto está asegurado por la Escritura, que promete la vida a quien elija la vida: “Delante de ti están la vida y la muerte, lo que elijas, eso se te dará” (cfr. Deut 30, 15-20). No seguir a Jesús –no querer seguirlo, porque no se lo ama y por eso no se carga la cruz-, implica la libre elección del seguimiento y de la obediencia a Satanás, porque quien no quiere cargar la cruz, carga el yugo pesadísimo del demonio.

“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga”. Amar a Jesús, cargar la cruz y seguirlo camino del Calvario, es una cuestión, literalmente, de vida o de muerte: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha (…) si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, vivirás (…) delante de ti (está) la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás” (Deut 30, 15-20). Delante nuestro están Jesús y su cruz, con sus Mandamientos de vida eterna, y Satanás, con sus mandamientos de muerte, que mandan lo diametralmente opuesto a los Mandamientos divinos. Lo que elijamos, eso se nos dará. Que María Santísima guíe nuestros pasos por el Camino Real de la Cruz.