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martes, 28 de marzo de 2017

“¿Quieres curarte?”


“¿Quieres curarte?” (Jn 5, 1-16). En el episodio de la curación del paralítico de la piscina de Betsaida, hay diferentes elementos para analizar y meditar: por un lado, el hecho de la curación en sí misma, es una muestra tanto del poder omnipotente de Jesús con el cual demuestra que es Dios –puesto que nadie que no sea Dios, puede hacer un milagro de tal magnitud-, además de su bondad misericordiosa, ya que el único motivo por el cual Jesús cura al paralítico es por su amor; por otro lado, la existencia de la pileta de Betsaida, también una muestra del amor misericordioso de Dios, que disponía esta forma de curación milagrosa en el Antiguo Testamento; a su vez, la piscina de Betsaida, con sus aguas milagrosas que curan al hombre enfermo cuando el Ángel agita las aguas, es una figura y un anticipo de la gracia santificante, que cura y sana la enfermedad peor del hombre, el pecado que anida en su corazón; el Ángel, es anticipo del Espíritu Santo que, descendiendo sobre las aguas bautismales, concederá al sacramento el poder de sanación espiritual que curará, por este sacramento, el pecado original. Otro elemento que se destaca es la total ausencia de misericordia de los hombres sin Dios, pues el paralítico sufre desde “hace treinta años” porque nadie se compadece de él y nadie, viendo su impedimento, se acerca para ayudarlo a bajar en el momento en que las aguas se agitan; pero no solo los hombres que asisten a la piscina se muestran inmisericordiosos: mucho más grave es la falta total de misericordia y compasión por parte de quienes se decían ser religiosos, esto es, los fariseos, quienes lejos de alegrarse porque el paralítico ha sido sanado y así su prójimo ha dejado de sufrir, lo hostigan fijándose en un precepto humano, inventado por ellos, como el de llevar la camilla en un día sábado: “Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla”; además, en vez de alegrarse doblemente, porque Dios en Persona habita entre ellos en Jesús de Nazareth, y porque ese Hombre-Dios despliega su omnipotencia y su amor misericordioso, atacan a Jesús por el hecho de curar en sábado.

¿Quieres curarte? También a nosotros nos hace la misma pregunta Jesús, desde la Eucaristía, y nos brinda su Amor misericordioso, que cura todas las heridas del alma, en esa Nueva Piscina de Siloé que es el Sacramento de la Reconciliación. Y allí, al igual que al paralítico ya curado, nos advierte acerca del poder destructivo del pecado: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”. 

viernes, 10 de junio de 2016

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”


(Domingo XI - TO - Ciclo C – 2016)

         “Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor” (Lc 7, 36-8, 3). La escena evangélica en la que la mujer pecadora derrama perfume en los pies de Jesús, los besa y los seca con sus cabellos, representa y anticipa el Sacramento de la Confesión y, de parte de María Magdalena –según muchos autores, es ella esta mujer-, la contrición del corazón, es decir, el arrepentimiento perfecto del alma que se duele por haber ofendido a Dios, infinitamente bueno y justo, con la malicia del pecado. Esta escena representa la esencia del Sacramento de la Reconciliación, que se basa en el Amor, tanto de parte de Dios, que perdona, como del alma, que se arrepiente y pide perdón, movida no por un miedo irracional a Dios, sino por el Amor de Dios. En el Sacramento de la Penitencia se reproduce la escena entre Jesús, el Hombre-Dios, y la mujer pecadora. Dios, que es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), se manifiesta al alma, en lo más profundo de su ser, en un doble sentido: se revela como Dios-Amor Misericordioso, Encarnado en Cristo Jesús; por otro lado, ilumina al alma para que esta se conozca a sí misma en las tinieblas y en la malicia del pecado, que ofende la majestad, la bondad y la justicia divinas; al mismo tiempo, le concede la gracia para que acepte esta condición de ser pecadora. El alma, a su vez, contemplando a Dios que se le revela en Cristo Jesús y contemplándose a sí misma al mismo tiempo como pecadora, puede o no aceptar la gracia de la contrición del corazón, porque Dios respeta nuestro libre albedrío; si lo hace, aparece en el alma el arrepentimiento perfecto del corazón, un arrepentimiento que es salvífico y que abre las puertas del alma para que entre el Amor de Dios en su plenitud. 
        Pero lo que hay que tener en cuenta es que ya desde el inicio, antes de la contrición, actúa Dios, que es Amor, revelándose como Amor Perfectísimo y Justicia Perfectísima, y revelando al alma a sí misma en su condición de pecadora. 
           Es por esto que la escena representa también la esencia de la religión en cuanto unión de Dios con el hombre, y esa esencia es el Amor: Dios se comunica por Amor, revela al alma su condición de pecadora por Amor y la perdona por Amor; a su vez, el alma, recibiendo la gracia de conocerse a sí misma, responde también con amor –“Amor con amor se paga”, dice el dicho-, por lo que, como vemos, la relación entre Dios y el alma -la religión- está basada en el Amor. 
            El arrepentimiento perfecto, la contrición del corazón, está basado en el Amor, y es en esto en lo que consiste tanto la contrición del corazón, como el perfecto temor de Dios, que es el amor filial del hombre hacia Dios, un amor por el que ama tanto a Dios, que se duele con el solo pensamiento de poder llegar a ofenderlo con la malicia del pecado. 
         Por el contrario, el miedo a Dios, que lleva a un arrepentimiento sumamente imperfecto, porque no está basado en el Amor a Dios, no es salvífico, porque el alma no se une a Dios por el Amor, sino que simplemente se mantiene a distancia de Él, buscando de no ofenderlo, pero movida por el temor al castigo divino –el Infierno- y no por el Amor a Dios.

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”. Que Santa María Magdalena interceda por nosotros para que, movidos por el Amor del Espíritu Santo, alcancemos la perfecta contrición del corazón y vivamos el Sacramento de la Penitencia como lo que es, el derramarse de la Divina Misericordia sobre nuestras almas, y así, encendidos en el Amor de Dios, hagamos el firme propósito de no volver a pecar, de alejarnos de las ocasiones de pecado y de estar dispuestos a morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado.

jueves, 10 de enero de 2013

Señor, si quieres puedes purificarme



“Señor, si quieres puedes purificarme” (Lc 3, 15-16. 21-22). Un leproso implora a Jesús el ser curado de su lepra y Jesús le concede lo que pide. La lepra, en la Antigüedad, era una enfermedad muy temida, por sus efectos devastadores sobre el cuerpo primero –provoca severas mutilaciones en su forma lepromatosa- y sobre la persona después –la afecta en todo orden, psicológico, espiritual, físico, social-. Al no existir ningún tipo de cura, el tratamiento se limitaba a aislar al enfermo (cfr. Lev 13-45), expulsándolo de los lugares poblados, y obligándolo a llevar un cencerro, para anunciar su presencia y así ayudar a los demás a evitar su contagio.
Siendo como es, una enfermedad infecciosa que se contagia fácilmente cuando el paciente no está tratado, la lepra fue desde la Antigüedad considerada como una figura del pecado, figuración que continúa en el cristianismo, para el cual el pecado es al alma lo que la lepra es al cuerpo. Para quienes sostienen que el pecado no tiene incidencias de ningún tipo, o para quienes viven en estado de pecado habitual, sin experimentar ningún tipo de dolores o lesiones corporales, con lo cual piensan que el pecado no produce daño de ningún tipo, les convendría detenerse a observar las lesiones que provoca la lepra, para darse una idea del daño que provoca el pecado al alma, aun cuando no se sienta nada física o sensiblemente (aun en esto se parece a la lepra, puesto que la lepra provoca lesiones indoloras, al destruir el bacilo –Mycobacterium leprae- las terminales sensitivas de los nervios periféricos). Pero sobre todo, le convendría leer las visiones de Santa Brígida de Suecia, en la que Nuestro Señor Jesucristo le permite ver varias almas condenadas, en cuyas descripciones se puede apreciar con claridad el daño que produce el pecado en el alma.
Todavía más, en las visiones de Santa Brígida, sorprende la severidad del castigo que reciben no las almas condenadas, sino las que se encuentran en las regiones más bajas del Purgatorio: “…fluyendo con fuego ardiente a través de los orificios de la nariz… Con la boca abierta y la lengua sacada, colgando de los labios... Ambas manos parecen sostener y apretar alguna sustancia putrefacta, pegajosa con brea ardiente... Y saliendo de las manos algo parecido al desecho de una úlcera con la sangre podrida y con hedor tan horrible que no se puede comparar al peor hedor en este mundo” (4.7).
Esta es una descripción de un alma en el Purgatorio; en el infierno, las penas son aún más terribles, con el agravante de que el dolor y el castigo no finalizan nunca. Si a alguien le parece que las descripciones de Santa Brígida son el producto de una imaginación hiperactiva o peor, “superstición medieval”, hay que tener en cuenta el alto grado de autenticidad y autoridad atribuida a las Revelaciones por muchos teólogos y eclesiásticos de alto rango, incluyendo varios papas y obispos de la Iglesia[1].
La lepra, entonces, es figura del pecado, y sus consecuencias sobre el cuerpo dan una idea del daño que el pecado obra sobre el alma, daño que es imposible de quitar sin el auxilio de Cristo.
Precisamente, en contrapartida a las lesiones provocadas por el pecado, la gracia santificante -principalmente la concedida en el sacramento de la confesión-, actúa como maravillosa medicina que hace desaparecer todo resquicio de enfermedad o daño espiritual.
“Señor, si quieres puedes purificarme”. Si el leproso del Evangelio recibe un gran milagro de parte de Jesús, al curarle una enfermedad grave, destructiva e incurable, infinitamente mayor es la curación espiritual que supone la acción de la gracia santificante comunicada en el sacramento de la Reconciliación, por medio del cual Cristo Sacerdote, obrando a través del sacerdote ministerial, quita del alma la lepra espiritual, el pecado, devolviendo no sólo la salud del alma, sino convirtiendo al alma en morada de la Santísima Trinidad.


[1]http://archive.org/stream/RevelationsOfSaintBridget/RevelacionesDeSantaBrgidaYLaIglesiaespanol_djvu.txt

miércoles, 6 de julio de 2011

Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido

Cada cristiano recibió
gratuitamente
Amor infinito,
y amor debe dar
a Dios, a su prójimo
y a su enemigo
si su alma
quiere salvar.


“Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido” (cfr. Mt 10, 7-15). ¿Qué es lo que ha recibido gratuitamente un cristiano? La pregunta es pertinente, porque lo recibido es lo que se debe dar.

El cristiano ha recibido innumerables milagros y dones de parte de Jesucristo y de su Iglesia: en el Bautismo sacramental, ha recibido el perdón divino, dado por Jesucristo en la cruz, conquistado al precio de su sangre y de su vida, que le ha quitado el pecado original y lo ha sustraído del poder del Príncipe de este mundo, el demonio. Con todo, este inmenso don no es lo más grande: ha recibido la gracia de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo de Dios desde toda la eternidad, y eso lo convierte en verdadero hijo adoptivo de Dios, heredero del cielo, hermano de Jesucristo, hijo de la Virgen María, y lo coloca en una posición de honor y dignidad infinitamente más alta que la de los ángeles de Dios.

Ha recibido, en el Sacramento de la Reconciliación, el perdón de sus pecados, de modo tal que la inmundicia espiritual que significa el pecado, esto es, la maldad del corazón que implica, y la oscuridad y tinieblas que provocan, han sido lavados con la Sangre del Cordero, y su alma ha quedado embellecida con la gracia divina, con un grado de hermosura equiparable casi al mismo Dios. Además, siendo el bautizado un deicida, pues con sus pecados contribuyó a la muerte del Hijo de Dios en la cruz, ese pecado, esa maldad de su corazón, fue perdonada, junto con todas las iniquidades y maldades que cometió hasta el momento de su última confesión, de modo tal que Dios “borra” de su memoria todo su pasado de iniquidad, para tratarlo como a un justo, merecedor de honores y alabanzas.

Ha recibido, en el Sacramento de la Eucaristía, algo más grande que los cielos inmensos; algo más grande que el Paraíso en el que vivieron Adán y Eva; algo más grande que toda la Creación entera, comprendidos el universo visible y el invisible; algo tan pero tan grande, majestuoso y sublime, que supera toda capacidad de entendimiento y de imaginación de cualquier criatura inteligente. Ha recibido, en cada comunión, a Dios Hijo encarnado, que en la Eucaristía prolonga su Encarnación, y viene al alma para convertir al corazón del bautizado en su morada santa, en donde Él quiere morar, junto al Padre y al Espíritu Santo. Ha recibido, en cada comunión eucarística, un océano infinito de Amor eterno y divino, tan grande, tan inmenso, tan inabarcable, que parece un despropósito, porque es como si un sol, de un tamaño miles de millones de veces mayor al de un grano de arena, se metiera en ese grano de arena, para iluminarlo y darle de su calor. Es tan grande el Amor divino recibido en la comunión eucarística, que el alma, de solo pensarlo, debería morir de alegría.

“Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido”. De todo lo recibido gratuitamente, Dios nos pide que demos algo, y ese algo, puesto que no puede ser la omnipotencia y sabiduría divina que conlleva cada don, sí puede ser el Amor recibido.

Gratuitamente, el cristiano ha recibido Amor, y Amor debe dar. Sólo eso debe hacer, para entrar en el Reino de los cielos, dar Amor, porque recibió Amor. Sólo eso: amar a Dios y al prójimo como a sí mismo, y al enemigo en primer lugar. Sólo eso debe dar, pero muchos, lamentablemente, encerrados en su egoísmo, prefieren no dar lo que recibieron, con lo cual se cierran ellos mismos, y para siempre, la Puerta de los cielos. Para muchos, por no querer dar lo que recibieron, amor y perdón, el cielo quedará cerrado eternamente.