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sábado, 17 de agosto de 2024

"El que coma de este pan vivirá eternamente"

 


(Domingo XX - TO - Ciclo B - 2024)

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida (…) Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51-58). Jesús vuelve a realizar a realizar la revelación de que Él es “Pan vivo bajado del cielo, que da la vida eterna” y que, en consecuencia, quien coma de este pan, “da la vida eterna” y “vivirá eternamente”. Esto nos lleva a preguntarnos qué es la vida eterna, ya que no tenemos experiencia de la vida eterna. Para darnos una idea de la misma, podemos comenzar con algo de lo que sí tenemos experiencia y es con la vida natural, terrena, temporal.

En la vida que vivimos todos los días, la vida que comenzamos a vivir en el tiempo, desde que fuimos concebido en seno materno, en esa vida, la vida transcurre en el tiempo y en el espacio; se caracteriza por lo tanto por desplegarse en el tiempo y en el espacio; es una vida, sí, pero imperfecta, desde el momento en el que, tanto por nuestra naturaleza humana, que es imperfecta, como por estar además contaminada, manchada, por el pecado original, no puede desplegarse en su plenitud y eso la convierte en una vida sumamente imperfecta. Esto quiere decir que los aspectos positivos de la vida, como por ejemplo, la vida misma, la felicidad, la alegría, la paz, la fortaleza, el amor, la prudencia, y toda clase de virtudes, que hacen a la plenitud de la vida, hacen que esta vida terrena no sea plena en acto, es decir, la vida terrena, sujeta ya sea al pecado original o a las tribulaciones o a las incertidumbres o a las infinitas posibilidades que se abren en el porvenir del acontecer diario, determinan que la vida terrena sea sumamente imperfecta, desde el momento en que ninguna de sus características positivas se pueda desarrollar en su plenitud, en ningún momento del tiempo terreno.

A esto se le suma que ningún alimento terreno, como por ejemplo el pan material, terrenal, compuesto por trigo, puede contribuir a mejorar esta situación, porque este pan, solo de manera análoga y muy lejana o superficial, se puede decir que nos da “vida” y esto en un sentido meramente corporal o terreno, porque lo único que puede hacer el pan terreno es impedir que muramos de inanición, prolongando la vida natural que ya poseemos, pero de ninguna manera concediéndonos una vida nueva y distinta a la que ya poseemos.

En cuanto a la vida terrena, la vida natural que cada uno de nosotros vive en el tiempo y en el espacio, es una vida sumamente imperfecta, porque si bien hay momentos buenos, como por ejemplo de alegría, de fortaleza, de templanza, de calma, de prosperidad, de justicia, de amor, de paz, estos se ven empañados, ya sea porque no se viven en su plenitud máxima, ya sea porque se le oponen momentos de tribulación opuestos. Por ejemplo, si hay alguna alegría, esta alegría es pasajera, nunca es total, perfectísima y siempre se acompaña de algún hecho o acontecimiento que la empaña; si hay algún momento de fortaleza espiritual, este momento también es imperfecto, porque se acompaña de algún hecho que demuestra nuestra debilidad por alguna situación, que demuestra que nuestra fortaleza no se despliega en su totalidad y así con cada una de las características de la vida terrena.

Con relación al pan terreno, material, ya lo dijimos previamente: solo por analogía podemos decir que concede “vida”, en el sentido de que impide la muerte por inanición, al concedernos sus nutrientes que, por el proceso de la digestión, se incorporan a nuestro organismo y le impiden la autofagia celular, retrasando o posponiendo la muerte por inanición, concediendo además solamente una extensión o prolongación de la vida natural.

Algo muy diferente sucede con el Pan de Vida eterna que concede Jesús, porque la Vida eterna es completamente distinta a la vida natural que nosotros poseemos como seres humanos y porque la Vida eterna que concede el Pan de Vida eterna nada tiene que ver con la vida natural biológica que naturalmente poseemos los seres humanos.

¿En qué consiste la vida eterna?

En la posesión en acto de todas las perfecciones de la vida eterna y esto es lo que brevemente Trataremos de explicar qué significa. Ante todo, es eterna porque no solo es inmortal, imperecedera, sino porque es una emanación de la vida absolutamente eterna, sin principio ni fin, inmutable, de la divinidad[1], de la Santísima Trinidad. Esta vida es la fuente primera de toda vida; es indestructible, inmortal y despliega en un solo acto toda su riqueza, toda su perfección divina, celestial, sobrenatural, sin sombra alguna de imperfección, a diferencia de la vida del espíritu creado, que, por desarrollarse en el tiempo, no puede desplegar en un solo acto toda su riqueza, sino que debe hacerlo en el cambio continuo de diversos actos[2]. Es esta vida eterna la que el Hijo de Dios nos comunica de un modo sobrenatural nos comunica, de un modo sobrenatural, a través de la Sagrada Eucaristía, primero en germen mientras vivimos en la vida terrena, y luego en plenitud cuando morimos a la vida terrena y comenzamos a vivir en la vida del Reino de los cielos. Es decir, toda la perfección de la vida eterna, propia del Ser divino trinitario, está contenida en la Sagrada Eucaristía y se nos da en anticipo en la Sagrada Eucaristía. Cuando el espíritu creado vive con la vida eterna, vive en Dios y su vida es de carácter divino; todo se concentra en Dios y en torno a Dios; todo cuanto conoce y ama el espíritu lo conoce y ama en Dios y mediante Dios. Cuando está en la tierra, cuando vive con su vida natural, se dirige a Dios por diversos caminos, girando en torno a Dios de forma incesante, como lo hacen los planetas en torno al sol, mientras que en la vida eterna está en ese Sol, que es Dios, por así decirlo, con un reposo inmutable, abarcando en el solo acto del conocimiento y del amor de Dios todo cuanto en la vida natural debía hacerlo por medio de diversos y múltiples actos. En Dios y con Dios el espíritu vive con la vida verdaderamente divina, eterna, perfectísima, que brota de Dios y que hace que el espíritu se una a Dios como una sola cosa con Él y hace que su vida sea una sola con la vida de Dios, que es vida eterna y es esta vida eterna la que el Hijo de Dios Jesucristo nos comunica cuando dice: “El que coma de este Pan que Yo daré tendrá Vida Eterna”. A diferencia de la vida terrena, en la que las perfecciones se desarrollan en actos discontinuos y son interrumpidos por los aconteceres del tiempo, como por ejemplo las tribulaciones -una alegría es interrumpida por el infortunio, por ejemplo-, en la vida eterna no sucede así, porque por un lado, no hay más infortunios, sino solo alegría y por otro lado, esa alegría se despliega en toda su plenitud, en toda su infinitud divina y es para siempre y así sucede con todo lo demás que caracteriza a la vida terrena. Y en cuanto a la diferencia entre el pan terreno y el Pan de Vida eterna vemos que, si el pan terreno impide que muramos de inanición, conservándonos en la vida corporal al alimentarnos con la substancia del pan, hecha de trigo, el Pan de Vida eterna, compuesto por la substancia divina de la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, alimenta nuestras almas con la substancia misma de la naturaleza divina de la Trinidad, nutriéndonos con el alimento de los ángeles, el Pan Vivo bajado de los cielos, la Carne del Cordero de Dios, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sagrada Eucaristía, el Maná bajado del cielo, que concede la Vida Eterna de la Trinidad a quien consume este Pan del Altar en gracia, con Fe, con Piedad, con Devoción y sobre todo con celestial Amor.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1956, 708.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 708.


lunes, 8 de mayo de 2023

“La paz os dejo, mi paz os doy”

 


“La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27-31a). En el transcurso de la Última Cena, Jesús les anuncia su próxima muerte a través del sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual habría de glorificar a la Trinidad y de salvar a la humanidad. Este anuncio de Jesús, el de su próxima muerte, provoca un intenso impacto emocional entre los Apóstoles; les provoca angustia y también mucho temor y es aquí en donde Jesús, para tranquilizar a sus Apóstoles, pero también para toda la Iglesia de todos los tiempos, les anuncia que, entre tantos dones que nos deja, nos deja su paz, que es la paz de Dios: “La paz os dejo, mi paz os doy”. De este modo, Jesús trae la calma a los corazones de los Apóstoles, sobresaltados y acongojados por el anuncio de la próxima muerte de Jesús, pero este don de la paz no es solo para los Apóstoles, sino para su Iglesia en todos los tiempos de la historia humana, hasta el fin del mundo, hasta el fin de la historia. La paz que nos da Jesús es la verdadera paz, la paz interior, espiritual; es una paz que se origina en su Ser divino trinitario, porque Él es la Paz Increada y nos hace partícipes de su paz a través de la gracia. La paz de Jesús verdaderamente pacifica al alma porque proviene de Dios Trinidad y porque proviene de Dios, es verdadera y espiritual, puesto que esta paz viene por la Sangre de Cristo, Sangre que, al lavar y quitar la mancha del pecado de nuestras almas, nos pacifica, porque nos quita aquello que nos enemista con Dios, que es el pecado.

Ahora bien, Jesús no solo les concede el don de la paz, sino también el de la fortaleza, porque cuando les dice que no se acobarden -“No tiemble vuestro corazón ni se acobarde”-, les concede al mismo tiempo su misma fortaleza, su misma fuerza, la fuerza de Dios, la fuerza que proviene de la Cruz y de la Eucaristía.

Si el alma, arrodillada a los pies de la Cruz, postrada ante Jesús Eucaristía, es cubierta por la Sangre de Cristo, con esta Sangre del Cordero se le concede tanto la paz de Cristo, como la fortaleza de Cristo, el Hombre-Dios.

martes, 4 de abril de 2023

Domingo de Resurrección

 


(Domingo de Resurrección - Ciclo A – 2023)

         ¿Cómo fue la Resurrección de Jesús? Para responderlo, aplicamos la oración de los sentidos, de San Ignacio de Loyola. Nos ubicamos el Viernes Santo en el Santo Sepulcro, de rodillas, observamos cómo depositan el Cuerpo muerto de Jesús, cómo lo envuelven en la Sábana Santa y le colocan el Santo Sudario en el Rostro. Vemos cómo todos lloran en silencio y se van retirando de a uno, siendo la Virgen, acompañada por San Juan, la última en retirarse. La puerta del Santo Sepulcro, una enorme piedra, se cierra, dejando el sepulcro en completa oscuridad. Nuestros ojos no ven nada, pero de a poco se van acostumbrando a la oscuridad, de manera que podemos ver, en penumbras, al sepulcro y, encima de él, la silueta del Cuerpo de Jesús.

         Todo en el sepulcro está a oscuras y en silencio absoluto. Jesús está muerto. Así pasamos lo que resta del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, haciendo oración y adoración ante el Cuerpo de Jesús que, aunque está muerto, sigue unido a la divinidad.

         De pronto, el Domingo a la madrugada, es decir, el tercer día luego de la muerte de Jesús, sucede algo inesperado: a la altura del Corazón de Jesús, vislumbramos una pequeña pero muy intensa luz, que, desde el Corazón, comienza a difundirse por todo el Cuerpo de Jesús, en todas direcciones, tanto hacia arriba, hacia la Cabeza, como hacia abajo, hacia el resto del Cuerpo. Y a medida que la luz se difunde, va cobrando vida cada órgano, cada célula, del Cuerpo de Jesús, de manera que al final del recorrido de la luz, que es casi instantáneo, todo el Cuerpo de Jesús resplandece con la luz de la gloria divina, una luz que es más resplandeciente que miles de millones de soles juntos.

         Al mismo tiempo que la luz hace cobrar vida al Cuerpo de Jesús, sobre todo cuando comienza en el Corazón, comienzan a oírse, primero, los latidos del Corazón de Jesús, que retumban en el Santo Sepulcro con un ritmo vivo, el ritmo que posee todo corazón que late con toda la vida, en este caso, con la vida de la divinidad, de manera que por un momento, solo se escucha el retumbar de los latidos del Corazón de Jesús. Inmediatamente, comienzan a sentirse otro sonido, son los cantos de alegría, entonados por cientos de miles de ángeles, que han acudido al Santo Sepulcro, para adorar a su Señor, el Señor Jesucristo, que ha resucitado glorioso de la muerte.

         Ese mismo Jesús, glorioso y resucitado, que estaba tendido en el sepulcro y que ahora vive para siempre, es el mismo Jesús que, glorioso y resucitado, se encuentra oculto en las apariencias de pan y vino, en la Sagrada Eucaristía y esta es la razón de la alegría de la Iglesia en este día: Jesús no solo ha resucitado, sino que se encuentra en medio de nosotros, en Persona, vivo, resucitado y glorioso, en la Sagrada Eucaristía, para comunicarnos la paz, la alegría y la vida de su Corazón, la vida de la Trinidad.

jueves, 11 de noviembre de 2021

“Si comprendieras lo que puede conducirte a la paz”

 


“Si comprendieras lo que puede conducirte a la paz” (cfr. Lc 19, 41-44). Jesús llora por Jerusalén, porque como Dios, ve que Jerusalén lo rechazará a Él, que es el Príncipe de la paz, del Dador de la Paz de Dios y así, rechazándolo, Jerusalén se precipitará en su propia ruina. Esta profecía de Jesús se cumplió en el año 70 d. C., cuando Jerusalén fue sitiada y luego arrasada por las tropas del emperador romano. Desde entonces, Israel no ha conocido la paz y si en nuestros días goza de una relativa paz, se debe a la disuasión que ejercen las armas, pero no porque posea la verdadera paz, la paz espiritual, la paz que sólo Dios puede dar.

En Jerusalén, la Ciudad Santa, está representado el cristiano, que se vuelve templo santo de Dios por la gracia recibida en el bautismo sacramental. Por esto mismo, el llanto de Jesús por la Jerusalén terrena se aplica al alma del bautizado en la Iglesia Católica, que por el bautismo es convertido en morada santa de la Santísima Trinidad. Ahora bien, si por el bautismo el alma es convertida en morada santa, por el pecado, esa misma alma expulsa a Cristo de sí misma y se convierte en refugio de demonios y así le sucede lo mismo que a la Jerusalén terrena, que luego de expulsar a Cristo el Viernes Santo, para crucificarlo en el Monte Calvario, se vio envuelta en tinieblas espirituales –simbolizadas por el eclipse solar ocurrido con la muerte de Jesús- y rodeada de enemigos, quienes fueron los que finalmente la arrasaron a sangre y fuego; de la misma manera, el alma que expulsa a Cristo por causa del pecado, queda envuelta en las tinieblas propias del pecado pero también queda envuelto en las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios, quienes le quitan la paz que le concedía la gracia santificante.

“Si comprendieras lo que puede conducirte a la paz”. Lo que Jesús le dice a Jerusalén, nos lo dice a cada uno de nosotros y así como la Causa de la paz para Jerusalén era Jesucristo, así también para nosotros, la Causa de la verdadera paz, la paz espiritual, que sobreviene al alma cuando la gracia borra la mancha del pecado, sólo nos la puede dar Jesucristo. Pidamos la gracia de comprender esto, para que así vivamos en la paz verdadera, la paz de Cristo.

jueves, 29 de abril de 2021

“La paz les dejo, mi paz les doy”

 

“La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27-31). Desde el instante mismo en que es creado, el hombre desea la paz. El deseo de paz es algo inherente al ser humano, es algo que posee desde su creación, porque ha sido creado por un Dios que es la Paz Increada en sí misma. Sin embargo, sucede que el hombre no posee paz; no vive en paz, ni tampoco da paz a los demás, porque nadie puede dar de lo que no posee. La ausencia de paz se manifiesta en diversos niveles, desde el interior y personal, hasta el social y universal: el hombre no encuentra paz en sí mismo, no encuentra paz en la sociedad, no encuentra paz en el mundo. La razón de esta ausencia de paz es la caída en el pecado original, que apartó al hombre de la Fuente de la Paz, que es Dios. Ahora bien, a este hombre sin paz, que somos nosotros, viene alguien, que se llama Jesús de Nazareth, a concedernos la paz. Pero la paz que nos da Jesús no es la paz “del mundo”, no es la paz mundana, la paz que construyen los hombres artificialmente por medio de tratados políticos, religiosos y económicos. Esta paz artificial es solo eso, paz artificial, mera ausencia de conflictos y por eso mismo, no es paz auténtica ni tampoco duradera.

La paz que nos trae Jesús, por el contrario, es la verdadera paz, es la paz interior, espiritual, que acaece al alma cuando por la gracia santificante de Jesucristo le es quitado aquello que le quitaba la paz del alma, el pecado. La gracia, al quitar el pecado del alma, le quita la causa de la ausencia de paz, pero al mismo tiempo, une al alma con la Fuente Increada de la Paz, que es Dios Uno y Trino. Ésta es la razón por la cual Jesús nos dice que la paz que Él nos da es “su” paz, no la paz del mundo: “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo”. Pretender construir un mundo sin la paz de Jesucristo, es decir, sin Jesucristo, el Dador de paz, es una utopía propia de mentes infernales, además de ser algo imposible de alcanzar.


lunes, 11 de mayo de 2020

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo”




“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo” (Jn 14, 27-31a). Uno de los innumerables dones que nos da Jesús, antes de partir a la Casa del Padre, es la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Es verdad que conocemos qué es la paz y que, en nuestras vidas, aparte de los períodos excepcionales que pueden trastornar la paz, como un período de guerra o de tribulaciones, transcurre en una relativa paz. Pero no es esta paz, la que nosotros conocemos, la que nos da Jesús. La paz relativa, que es ausencia de conflictos y nada más, es la paz “del mundo” y es la que conocemos por experiencia propia, por vivir en esta vida terrena. La paz que nos da Jesús es algo distinto, es una paz distinta, es una paz para nosotros desconocida, porque no es la paz mundana, según sus propias y específicas palabras: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo”. Jesús nos da una paz que no es la paz del mundo, no es ni exterior, ni es mera ausencia de conflictos, como se caracteriza por ser la paz mundana. La paz que nos da Cristo es otra paz, es la Paz de Dios, y es la que sobreviene al alma como consecuencia de haber derramado el Cordero de Dios su Sangre sobre nuestras almas, borrándonos el pecado original y todo pecado, además de concedernos la gracia santificante.
“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo”. La paz que nos da Jesucristo es la Paz de Dios, es la paz que sobreviene al alma por la gracia santificante, que quita el pecado y concede la filiación divina; es una paz obtenida al altísimo precio de su Sangre Preciosísima derramada en la Cruz. Esto significa que cuanto más en gracia estemos, más Paz de Dios en el alma tendremos, aun cuando al mismo tiempo estemos sobrellevando alguna tribulación. Y al mismo tiempo, tanto más estaremos honrando la Sangre del Cordero, que es la que nos consiguió la Paz de Dios para nuestras almas.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Día 3 de la Octava de Navidad



(Ciclo C - 2018 – 2019)

         “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14). Los ángeles nos revelan qué es lo que sucede en Navidad: Dios es glorificado en el cielo y en la tierra los hombres a quienes Dios ama, reciben su paz. La paz de Dios desciende desde el cielo, porque Dios, que es la Paz en sí misma, ha bajado a la tierra en la humanidad de un Niño en el Portal de Belén. Dios ha venido desde el cielo a la tierra para traer su paz a los corazones de los hombres que, a causa del pecado, habían quedado enemistados con Dios y por lo tanto sin paz en sus corazones. La paz que los hombres se dan entre sí es solo ausencia de conflictos externos, ya que es imposible que el hombre pueda dar una paz interior. Sólo Dios puede dar la verdadera paz al hombre, la paz interior, espiritual, sobrenatural, que es la paz que sobreviene al hombre al serle removido aquello que le quitaba la paz, el pecado, y al serle concedido aquello que lo hace hijo de Dios y amigo de Dios, la gracia santificante. Solo Dios puede hacerlo porque solo Dios puede, con su Sangre, quitar el pecado y con su gracia, hacerlo partícipe de Sí mismo y de su paz. Para esto es que ha venido Dios como Niño en Belén y, en agradecimiento, los hombres debemos acudir a postrarnos ante Dios hecho Niño, para darle gracias por su infinito amor.
Porque Dios ha venido a traer su paz, los hombres lo debemos adorar y glorificar, pero ya no solo en cielo, en donde es la morada eterna de Dios, sino en el Portal de Belén, Casa de Pan, porque Dios ha venido a donarse a sí mismo como Pan de Vida eterna, la Eucaristía, que al contener en sí al Ser de Dios, contiene la Paz de Dios que brota de su Ser como de una fuente inagotable. La glorificación de Dios debe darla el hombre que recibe la paz de Dios, al Niño Dios que está en Belén y que está en el Nuevo Belén, el altar eucarístico.
“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Si al nacer el Niño fueron los ángeles los que glorificaron a Dios y fueron los pastores quienes acudieron a recibir la paz que para el hombre traía Dios hecho Niño, es la Iglesia la que continúa, en el signo de los tiempos, la tarea de ángeles y pastores: por la Eucaristía, la Iglesia glorifica a Dios, ofreciéndole el Pan de Vida eterna; por el Sacramento de la Penitencia, la Iglesia concede el perdón de los pecados y le otorga al hombre la paz de Dios.

jueves, 7 de julio de 2016

“Paz a esta casa”


“Paz a esta casa” (Lc 10, 5). Al enviarlos a anunciar la Buena Noticia, Jesús enseña a sus discípulos a dar el saludo de la paz a aquellas casas en las que los reciban: “Al entrar en una casa, salúdenla invocando la paz sobre ella”. No se trata de un mero saludo de cortesía, sino del don de la paz de Cristo, transmitida por los discípulos. La paz de Cristo es la paz de Dios, que sobreviene al alma cuando la gracia de Cristo quita aquello que le quita la paz y la enemista con Dios, esto es, el pecado.

La Iglesia continúa con la misión encomendada por Cristo, dando la paz de Dios a las almas, y lo hace por intermedio de la Santa Misa: al igual que en el Evangelio, la paz que da la Iglesia no es una mera convención social, sino verdaderamente la paz de Cristo, la paz de Dios a los hombres. Y a su vez, el cristiano, que es el depositario de esta paz divina, debe dar, a su prójimo, incluido aquel que, por un motivo u otro sea su enemigo, la misma paz de Cristo, sin hacer acepción alguna de personas. Lo que se recibe gratuitamente, la paz de Cristo, debe darse gratuitamente, la paz de Cristo, a todo prójimo, sin excepción alguna. Sólo así el cristiano se muestra como verdadero hijo de Dios Padre, que nos da su paz por la Sangre de su Hijo Jesucristo, aun cuando nosotros éramos sus enemigos. Esta es la razón por la cual el cristiano no tiene excusa alguna no solo para no odiar a su enemigo, sino para darle, con el amor de Cristo, la misma paz que de Él recibió desde la cruz.

martes, 26 de abril de 2016

“Os dejo la paz, os doy mi propia paz”


“Os dejo la paz, os doy mi propia paz” (Jn 14, 27). Antes de sufrir su Pasión, Jesús deja a su Iglesia uno de los más preciados dones para la humanidad entera: la paz. ¿De qué paz se trata? Jesús mismo nos encamina a la respuesta: la paz que deja a su Iglesia es su paz, que es la paz de Dios; no es la paz del mundo, como Él mismo lo dice: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz, pero no como la da el mundo”. Jesús establece una diferencia neta entre la “paz del mundo” y la “paz de Dios”, que es la que da Él. ¿Cuáles son estas diferencias? Ante todo, la paz del mundo es extrínseca al hombre y no compromete su interior; es decir, el mundo da una paz que podríamos llamar “social”, pero que no apacigua el espíritu del hombre. Otra diferencia está en aquello que causa la paz: en el mundo, la paz significa mera ausencia de conflictos, sin comprometer el estado espiritual del hombre: así, puede haber paz social –por un acuerdo entre los miembros de la sociedad, por tratados civiles, etc.-, pero puesto que esto se refiere sólo a lo externo, la paz del mundo coexiste con un estado de violencia interior en el hombre. Por el contrario, la paz de Dios, que es la que da Cristo Jesús, es eminentemente espiritual e interior, y está causada por la gracia santificante, que quita de raíz aquello que enemista al hombre con Dios y le quita la paz: el pecado. Pero no solo esto: al quitar el pecado, la gracia apacigua y pacifica al alma, porque la hace partícipe de la naturaleza y de la vida de Dios, que es paz en sí mismo. La paz de Cristo es entonces la verdadera paz que necesita el hombre, porque no solo quita el factor de enemistad con Dios –el pecado-, sino que lo colma sobreabundantemente con la vida divina misma, al conceder la participación en la naturaleza de Dios. En otras palabras, el hombre que recibe la gracia santificante de Jesucristo, no solo ve eliminada la barrera que lo separaba y enemistaba con Dios, quitándole la paz, sino que ahora está unido a Dios por el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, que es pacífico en sí mismo al ser Él es la Paz Increada.

“Os dejo la paz, os doy mi propia paz”. Desde la cruz, Jesús nos dona la paz con su Sangre derramada; por la Eucaristía, Jesús derrama su paz, no la paz del mundo, sino la paz de Dios, sobre quienes lo reciben con fe y con amor. Entonces, es esta paz, la paz de Dios que el alma recibe de Jesucristo, la que el cristiano debe dar a su prójimo; todo cristiano debería decir a su prójimo -más con obras de misericordia que con palabras-: “Te doy la paz de Cristo, te dejo la paz de Cristo, la paz que Él me dio al lavar mis pecados con su Sangre y al donarme su vida divina con su sacrificio en cruz”.

jueves, 31 de marzo de 2016

Jueves de la Octava de Pascua



         “La paz sea con vosotros” (Lc 24, 35-48). Jesús resucitado se aparece en medio de los discípulos y les dice: “La paz sea con vosotros”. No se trata de un mero saludo, sino del efectivo don de la paz, uno de los más preciados frutos de su misterio pascual de Muerte y Resurrección, puesto que se trata de la paz verdadera, la paz interior del alma, la paz de Dios, no la paz del mundo; es la paz que sobreviene al alma no solo porque han sido derrotados para siempre los tres enemigos mortales que quitaban la paz al hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, sino que es la paz sobrenatural, celestial, que brota del Ser divino trinitario, que es la Paz Increada en sí misma. La paz que da Cristo resucitado, tiene entonces una doble vertiente: el hombre se llena de paz porque ya no es enemigo de Dios porque sus pecados han sido borrados con la Sangre de Cristo; porque el Demonio y la Muerte, que le quitaban la paz, han sido vencidos para siempre por la cruz de Jesús, y porque su alma se inunda con la paz misma de Dios, con Dios, que es un Dios pacífico –no pacifista- y de paz.
         La reacción de los discípulos –entre los que se encuentran los discípulos de Emaús, quienes están precisamente relatando su encuentro con Jesús resucitado al momento de aparecérseles Jesús- es la misma de todos: incredulidad –no creen que Jesús haya resucitado, aún cuando lo están viendo-, miedo –al punto que Jesús mismo les debe decir que no tengan miedo-, dudas –lo confunden con un fantasma, a pesar de que están viendo su Cuerpo glorioso-, y también están incapacitados, al igual que María Magdalena en el Huerto, al igual que los discípulos de Emaús en el camino, de reconocer a Jesús resucitado, y la razón es que la naturaleza humana no puede, por sí misma, ni comprender la realidad de la Resurrección, ni contemplar la gloria de Dios, que se manifiesta a través del Cuerpo glorioso de Jesús: necesitan la luz del Espíritu Santo, infundida por Jesucristo, para que sean capaces de creer, aceptar y amar la realidad de la Resurrección. Esto es lo que explica lo que dice el Evangelio: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Jesús “abre el entendimiento” de los discípulos, para que puedan “comprender las Escrituras” y, consecuentemente, puedan contemplarlo a Él en cuanto resucitado. Esto significa que es necesario el don del Espíritu Santo para que el alma humana pueda, por medio de la luz divina, comprender, creer y amar los misterios de la vida de Jesús y su evento pascual redentor. Si no se produce esta intervención del Espíritu de Dios, que ilumina las mentes y los corazones para que sean capaces de contemplar el misterio sobrenatural absoluto del Hijo de Dios, encarnado, muerto en cruz y resucitado, se piensa y se cree sólo con categorías humanas, reduciendo el misterio de Jesucristo a lo que la razón humana puede comprender y reduciendo por lo tanto el cristianismo a un sistema de auto-ayuda y superación personal.
Lo mismo sucede con la Presencia de Jesús resucitado, vivo y glorioso en la Eucaristía: si no está la luz del Espíritu Santo, los bautizados se comportan, con respecto a Jesús Eucaristía, como los discípulos ante la aparición de Jesús: hay dudas sobre la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía; se piensa que es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa; se confunde la Presencia gloriosa de Jesús en la Eucaristía con una presencia simbólica. En definitiva, si no media la iluminación del Espíritu de Dios acerca de la Eucaristía, se reduce su Presencia a lo que la razón humana puede comprender, lo cual significa, en la práctica, reducir a la nada el misterio eucarístico y convertir al cristianismo en un psicologismo que lo único que persigue es la auto-superación personal.

“La paz sea con vosotros”. Desde la Eucaristía, Jesús resucitado nos comunica la paz de su Sagrado Corazón, la misma paz que comunicó a los discípulos luego de resucitado, y es la paz que fundamenta nuestra paz interior y que nos obliga, en el Amor de Dios, a dar la paz a nuestros hermanos, comenzando por aquellos que son nuestros enemigos, por algún motivo circunstancial. Pero para poder comprender el don de la paz de Jesús Eucaristía, es necesario que Jesús “abra nuestras mentes y corazones” con la luz del Espíritu Santo, y es por eso que le decimos a Jesús Eucaristía: “Ven, Señor Jesús (Ap 2, 20), aumenta mi fe (Mc 9, 23) en tu gloriosa resurrección y en tu gloriosa Presencia Eucarística, para que pueda yo ser un instrumento de paz celestial para mis hermanos”.

martes, 5 de mayo de 2015

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31). Para saber cómo es la paz de Cristo, es necesario saber cómo es la paz del mundo, la paz que no es de Cristo. La paz del mundo es meramente extrínseca; es una mera ausencia de conflictos; es simplemente una paz superficial, mantenida por la violencia y por el uso de la fuerza; la paz del mundo no es una paz interior, que alcance a la esencia y a la raíz del ser del hombre, cuyo interior queda tan convulsionado y tan alejado de Dios como antes de ser establecida la paz mundana. Ejemplo de paz del mundo es la “pax romana”, y es la paz que establecen todos los totalitarismos y todas las ideologías –comunismo, liberalismo, principalmente-, y surge luego de la aniquilación literal de todo aquel que  no piense como ellos, o luego de encarcelar a los disidentes, a silenciarlos al costo que sea. Ésa no es la paz de Cristo: “Les doy mi paz, no como la da el mundo”.
La paz de Cristo, por el contrario, es ante todo interior, y radica en lo más profundo del ser del hombre, invadiendo todo su ser, todas sus potencias, toda su alma y hasta su cuerpo. La razón es que la paz de Cristo se deriva de la reconciliación del hombre con Dios, gracias al perdón divino obtenido por el sacrificio expiatorio y redentor de Jesucristo en la cruz. Por el sacrificio en cruz, Jesús lava los pecados del hombre, que eran la causa de la enemistad del hombre con Dios, desde la caída de Adán y Eva, y en el lugar del pecado, lavado y quitado con su Sangre, Jesús dona al alma su gracia santificante, gracia por la cual el alma no solo ve restablecida su amistad con Dios, sino que se ve elevada además a la dignidad de hija adoptiva suya y heredera del Reino de los cielos. Entonces, Jesús da la verdadera paz, la paz interior al alma, por una doble vía: porque quita el pecado, que era la causa de la enemistad y de la discordia del hombre hacia Dios, y porque le concede la gracia santificante, que es la causa a su vez del restablecimiento de una nueva amistad, mucho más profunda que la de los primeros padres, Adán y Eva, ya que se trata de una amistad basada en la filiación divina y en el hecho de haber sido convertida el alma en heredera del Reino de los cielos.

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”. Antes de su Pascua, antes de su “paso”, de este mundo al Padre, Jesús nos deja innumerables dones –la Eucaristía, el sacerdocio, el don de su Madre como Madre nuestra-, y entre ellos, nos deja el don de la paz. Es por ese motivo que el cristiano, luego de recibir la paz de Cristo, comunicada por la gracia santificante, no tiene excusas para no ser él un difusor de esa misma paz a sus hermanos, de manera tal que el cristiano debería decir, no con palabras, sino con gestos concretos de paz: “Te doy la paz de Cristo, no la paz del mundo”. Si el cristiano no da la paz de Cristo a su prójimo, entonces traiciona gravemente el don recibido de Cristo y se convierte en difusor de la discordia y del odio, que jamás provienen del Espíritu de Dios.

miércoles, 9 de julio de 2014

“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades”


“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos a predicar el Evangelio, que es un Evangelio de paz y por eso mismo sorprende la dureza del castigo que recibirán, en el Día del Juicio Final, todos aquellos que se nieguen a recibir a los enviados por Jesucristo: “las ciudades de Sodoma y Gomorra”, dice Jesús, “serán tratadas menos rigurosamente” que aquellos que cerraron sus oídos a los enviados por Él: “si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras”.
La razón es que quien se niega a escuchar a Dios Uno y Trino, de quien emana la verdadera y única paz, elige, libremente, la ausencia de paz, y esto es lo que sucede en el Infierno, en donde los condenados no tienen ni un solo segundo de paz, por toda la eternidad.

“Si no los quieren recibir, ni escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esa ciudad”. Debemos estar muy atentos a no despreciar a nuestro prójimo, cuando nuestro prójimo nos habla en nombre de Dios, o cuando nuestro prójimo requiere de nosotros una obra de misericordia; si no recibimos a nuestro prójimo, si no queremos escucharlo, si no queremos obrar la misericordia para con él, con toda probabilidad, estaremos sellando nuestra condenación, y en el Día del Juicio Final sabremos cuál fue la palabra que no quisimos escuchar y la obra de misericordia que no quisimos obrar, y que nos hubieran salvado, pero entonces será tarde. Es por eso que hay que aprovechar el tiempo, obrando la misericordia siempre y en todo momento, mientras hay tiempo.

lunes, 19 de mayo de 2014

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31a). Antes de sufrir la Pasión, en el Sermón de la Última Cena, Jesús entrega a sus discípulos, y por lo tanto, a la Iglesia, numerosos dones, el más importante de todos, la Eucaristía. Entre esos dones, se encuentra la paz, que es su paz, una paz que, como Él mismo lo dice, no es la “paz del mundo”, sino distinta a esta.
La paz del mundo es una mera ausencia de conflicto, es una paz superficial, exterior; es una paz establecida sobre cálculos y sobre pactos humanos, no siempre agradables a Dios y no siempre por motivos buenos y con propósitos buenos. La paz del mundo no siempre persigue fines nobles; aún más, la paz del mundo puede ser establecida para cometer el mal y para impedir el bien, como por ejemplo, en el caso de estados corruptos cuyas élites gobernantes legalicen el libre consumo de narcóticos por parte de la población; existiría un estado de “pacificación”, pero al costo de la rendición completa de dichos estados a los narcotraficantes y al Príncipe de las tinieblas, que es en definitiva quien se encuentra detrás de dichas políticas.
La paz de Cristo es algo muy distinto. La paz de Cristo, la que Él da, es “su paz”, que es la paz de Dios y por lo tanto es una paz interior, profunda, que radica en lo más profundo del ser del hombre. Es una paz que emana del Espíritu Santo, donado por Jesús al alma en gracia y que sobreviene al alma como consecuencia de un estado de justicia y de santidad, al haberle sido quitado, por los méritos de la Pasión de Cristo, aquello que la enemistaba con Dios, el pecado, y al devolverle aquello que la unía a su Creador, Redentor y Santificador, la gracia santificante. La paz que otorga Jesucristo es una consecuencia de la unión profunda del alma con Dios Uno y Trino, unión en la que el alma ve que no solo le es quitado el peso insoportable del pecado, sino que le es concedido aquello que el alma ansía desde que nace: la unión con su Dios, que es la unión con el Amor mismo en Persona y en esa unión descansa y reposa y en ese descanso y reposo consiste la paz y en esa paz encuentra su felicidad y de esa felicidad no quiere salir nunca más.

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. En cada comunión eucarística, Jesús nos dona su paz, pero no como la da el mundo. Si estuviéramos atentos a lo que recibimos en la comunión eucaristía, nada del mundo nos quitaría la paz que nos da Cristo en la Eucaristía.

lunes, 5 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”


“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed” (Jn 6, 30-35). Los judíos pensaban que eran ellos los que habían comido el pan bajado del cielo, en la travesía por el desierto, desde Egipto hacia la Tierra Prometida, cuando guiados por Moisés, habían recibido el maná, el pan milagroso venido del cielo. Pero Jesús les hace ver que no es así, porque ese maná no es el verdadero maná; ese maná era solo una figura, un anticipo del verdadero maná, del verdadero pan bajado del cielo, que es Él. Los ancestros de los judíos comieron del maná del desierto y murieron; en cambio, los que coman de este Pan, que es Él, “jamás tendrán hambre”, y los que “crean en Él, jamás tendrán sed”. Jesús les está revelando el don que Él hará de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, que será lo que calmará la sed y el hambre de Dios, que es sed de amor y de felicidad que anida en lo más profundo del ser de todo ser humano.
El drama del hombre, desde la caída original, es la pérdida de contacto con su fuente de amor y de felicidad, que es Dios Uno y Trino, y la consecuente búsqueda en sucedáneos –dinero, placer, éxito mundano, avaricia, sensualidad- de esa felicidad perdida, no solo no satisfacen esta sed sino, paradójicamente, provocan en él una sensación de infelicidad y de angustia tanto más grandes, cuanto mayor éxito obtiene el hombre en alcanzar y obtener estos objetivos terrenos.

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”. Solo Jesús en la Eucaristía logra extra-saciar por completo, de modo sobre-abundante y sin límites, la sed de felicidad, de amor y de paz que anidan en el corazón de todo hombre, porque Él es Dios en Persona, que se dona en su totalidad, sin reservas, en cada comunión eucarística. Mucho más que saciar la sed y el hambre corporales, la Eucaristía sacia la sed y el hambre de Dios, es decir, la sed y el hambre de Amor, de Paz, de Alegría y de Felicidad que todo ser humano anhela, desde que nace, hasta que muere.

viernes, 16 de agosto de 2013

“No he venido a traer la paz, sino la división”


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
         “No he venido a traer la paz, sino la división” (Lc 12, 49-53). Sorprende esta frase de Jesús, puesto que muchos asocian al cristianismo con un movimiento pacifista, que busca instaurar la paz fraterna entre todas las razas del mundo. Pero las palabras de Jesús deben ser interpretadas según lo que Él dice anteriormente: “He venido a traer fuego sobre la tierra, y cómo quisiera ya verlo ardiendo”, porque el “fuego” que este fuego no es otra cosa que el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, que enciende a los corazones en Amor de Dios. Y si Jesús ha venido a traerlo, y quiere verlo ardiendo, es porque en este mundo no hay de este fuego y por lo tanto los corazones no arden en el Amor de Dios. Ahora bien, al no haber Amor de Dios en los corazones, al no estar encendidos en su Amor, como consecuencia de la caída de la humanidad a causa del pecado original, los corazones están fríos y entenebrecidos, oscuros, porque carecen del fuego, que da luz y calor al mismo tiempo. Es por esto que en las Escrituras: “Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar el mundo que yace en tinieblas y en sombras de muerte”. Y esta oscuridad y frialdad del corazón, que es ausencia del Fuego del Amor divino, de su luz y de su calor, es enemistad de los hombres contra Dios y amistad con el demonio, puesto que es en su corazón angélico de donde se origina este abismo de iniquidad y perversión, porque fue allí en donde por primera vez el Amor de Dios se ausentó, para dar paso al odio angélico.
         Al traer el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, Jesús viene a romper con esta enemistad de los hombres contra Dios, convirtiendo al hombre de enemigo en amigo de Dios. Pero al tiempo que convierte al hombre de enemigo en amigo de Dios, invierte también la relación que el hombre tenía con el demonio, que era de amistad –por eso es que el hombre sin Dios cumple los mandamientos de Satanás, porque es su “amigo”-, convirtiéndolo en enemigo del demonio. Este es el motivo por el cual los hijos de Dios, que son los hijos de la Virgen, están enemistados con la Antigua Serpiente, según le dice Dios a la Virgen en el Génesis: “Pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre tu descendencia y la suya”. De esta manera el hombre, encendido en el fuego del Amor de Dios, se convierte en amigo de Dios y en enemigo de Satanás; deja de cumplir los mandamientos del Demonio, para comenzar a cumplir los Mandamientos de Dios, y aquí está la ausencia de paz y la división que viene a traer Jesús: si los hombres, enemigos de Dios y aliados del Demonio vivían en la falsa paz del Demonio, cumpliendo sus mandamientos, ahora, aquellos hombres que por la acción del Espíritu Santo traído por Jesús -efundido con su Sangre desde su Corazón traspasado en la Cruz-, se convierten en amigos de Dios, son sin embargo, al mismo tiempo, enemigos de los hombres que continúan obrando las obras de las tinieblas.
         La división que pone Jesús entre los hombres, entre los miembros de una misma familia, y la ausencia de paz que esto conlleva, es la división y ausencia de paz que existe entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas; entre los que cumplen los Mandamientos de Dios, y los que cumplen los mandamientos de Satanás; entre los hijos de la Mujer del Génesis, la Virgen María, que aplastará la cabeza de la Serpiente Antigua al fin de los tiempos, y los hijos de las tinieblas, los hombres asociados en el mal al Ángel caído, los hombres que, por
de Dios y su Iglesia, entonces es mala señal; es señal de que ese cristiano se ha aliado a sus enemigos y se ha vuelto enemigo de Dios. Y si los tiene por propia voluntad, están destinados a la eterna perdición.

         “No he venido a traer la paz, sino la división”. Si el cristiano no tiene por enemigos a los enemigos enemigos, es buena señal; es señal de que, al igual que Jesús, que dio la vida por quienes le quitaban la vida, él también está llamado a “amar a sus enemigos”, dando por ellos su vida en la Cruz, la Cruz de Jesús. 

miércoles, 17 de julio de 2013

"Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré"

            

         "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré" (Mt 11, 28-30). Desde el sagrario, Jesús nos invita a acercarnos a Él, en su Presencia eucarística y a confiarle nuestros dolores, nuestras angustias, nuestras penas, las cuales, en determinado momento, pueden volverse tan duras y pesadas, que lleguen a provocar agobio en el alma. "Agobio" significa: "cargado de espaldas o inclinado hacia adelante", y los sinónimos de "afligido" son: "abatido", "angustiado", "abrumado", "apenado", "atribulado", "deprimido", "melancólico", angustiado". En ambos casos, tanto la aflicción como el agobio, pueden ser ocasionados por un exceso de peso físico, pero en el sentido de Jesús, es ante todo y principalmente, en un sentido espiritual, porque el hombre puede estar "cargado de espaldas o inclinado hacia adelante", además de "abatido", "angustiado", "abrumado", etc., de un modo puramente espiritual. Es para esta aflicción y agobio para la cual Jesús promete el alivio si acudimos a Él, si lo visitamos en el sagrario.
          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Jesús entonces nos llama y nos invita al sagrario, para que allí le contemos acerca de nuestras vidas, acerca de absolutamente todo lo que nos pasa, y principalmente acerca de aquello que nos agobia, pero no porque Él no lo sepa, ya que siendo nuestro Dios, es nuestro Creador, nuestro Salvador y nuestro Redentor, sino porque quiere que confiemos en Él, así como se confía el hijo con su padre, el hermano con el hermano, el amigo con el amigo. Y quiere que se lo confiemos porque la confianza es señal de amor, es una muestra de amor: confío en mi amigo, en mi madre, en mi padre, y por eso acudo a ellos, sabiendo que el amor no defrauda; de la misma manera, acudo a Jesús con confianza, para recibir su Amor infinito que no defrauda jamás, porque el suyo es un Amor "más fuerte que la muerte" (Cant 8, 6.
          Sin embargo, al acercarnos, Jesús nos pide algo: que carguemos su yugo: "Cargad sobre vosotros mi yugo y aprendan de Mí que soy paciente y humilde de corazón y así obtendréis alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". La condición para encontrar alivio a los pesares de esta vida es "cargar el yugo" de Jesús, y el yugo de Jesús no es otra cosa que la Cruz, la cual es pesada pero para Él, por es Él quien lleva la Cruz por nosotros y para nosotros, convirtiendo nuestra propia cruz en algo liviano, quitándole el peso agobiante: "Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".
          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Jesús nos invita a que acudamos a Él en los pesares y en las aflicciones, en las tribulaciones y en los dolores, para aliviarlos, pero "alivio" no quiere decir "desaparición"; Jesús no promete hacer desaparecer las penas y dolores, sino aliviarlas y esto sucede cuando le confiamos lo que nos agobia, porque ahí es cuando Jesús toma sobre su Cruz la nuestra. Y así, llevando Él sobre su Cruz nuestros dolores, debido a que Él Dios Tres veces Santo y santifica todo lo que toca, santifica de esta manera nuestros dolores. No los hace desaparecer: los santifica, y así nos concede el alivio, porque ese dolor, esa pena, esa aflicción, así santificados por la Cruz de Jesús, se convierten en fuente de santidad para uno mismo, para los seres queridos y para muchos otros más.

          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Obedeciendo a su voz, acudimos al sagrario cargados de dolores y penas y allí Jesús transforma nuestras vidas, porque el fruto del hablar confiado y filial con Jesús en el sagrario, es el alivio de las mismas: "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". En la visita al sagrario, al Prisionero de Amor, se cumplen entonces las palabras del Salmo: "Al ibar iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo la gavilla". Jesús en el sagrario transforma el dolor que llevamos, simbolizado en la semilla, en alegría, simbolizada en la gavilla, es decir, en el fruto de la cosecha, y esto porque Jesús siembra su semilla de gracia, de paz y de amor en nuestros corazones, cada vez que nos acercamos a Él en el sagrario.

domingo, 14 de julio de 2013

"No he venido a traer la paz, sino la espada"

          

       "No he venido a traer la paz, sino la espada" (Mt 10, 34-11,1). Para quien interprete, erróneamente, que el cristianismo es un movimiento pacifista, estas palabras suenan contradictorias e incompatibles con el pacifismo, y en realidad es así, puesto que el cristianismo es un movimiento pacífico, pero no "pacifista". Para entender la razón de la frase de Jesús, y para entender cuál es la paz que no viene a traer Jesús, y cuál es la espada que sí viene a traer, es necesario remontarse al inicio de la Creación, y más específicamente, al momento de la creación de los ángeles y la posterior rebelión de muchos de ellos contra Dios, y también a la creación del hombre y su posterior caída debido al pecado original. La rebelión de ambas creaturas tuvo como consecuencia la co-habitación del hombre y del demonio en la tierra -el hombre porque perdió el Paraíso; el demonio, porque fue precipitado a la tierra, en donde es dejado por un tiempo, hasta su encierro definitivo en el infierno- y la subyugación del hombre por parte del demonio, debido a la superioridad de su naturaleza angélica. De esta manera el demonio, habiendo declarado la guerra en los cielos contra Dios, la continúa aquí en la tierra, por medio de los hombres que se unen a él; toda la historia humana, hasta el fin de los tiempos, será una continua guerra que el demonio y el hombre librarán contra Dios. El hombre y el demonio, a causa del pecado, son enemigos de Dios y le hacen continuamente la guerra, uniéndose ambos en el mal y construyendo un orden de cosas y una civilización humana completamente opuestas al designio divino. La expresión máxima de este orden contrario al querer divino es la Nueva Era o Conspiración de Acuario, cuyo objetivo declarado es la iniciación luciferina de la humanidad y la consagración de toda la humanidad a Satanás. Si esto llegara a suceder, el demonio habría tenido éxito en su guerra contra Dios, instaurando en la tierra y, lo más grave, en el corazón del hombre, el Reino de las tinieblas, reino de terror, de odio, de división, de muerte y de dolor.
          Es en este contexto entonces en el que se entienden las palabras de Cristo, de que "no ha venido a traer la paz, sino la espada"; en este contexto se entiende que Cristo no sea un pacifista y que tampoco lo sea su Iglesia, puesto que Cristo ha venido a "deshacer las obras del demonio" (1 Jn 5, 20), ha venido a destruir al Reino de las tinieblas, ha venido a liberar al hombre de las garras del ángel caído, y ha venido a instaurar su Reino, el Reino de Dios, reino de amor, de paz, de alegría, de felicidad inimaginable para el hombre, y este Reino, que está "cerca" (cfr. Mt 3, 1-12) del hombre, se encuentra "dentro" (cfr. Lc 17, 21) de él cuando el hombre recibe la gracia santificante, la cual le abre el corazón al ingreso del Hombre-Dios por medio de la fe, el Amor y la comunión eucarística.

          "No he venido a traer la paz, sino la espada". Cristo combate con la espada, esto es, la Palabra de Dios, a sus enemigos, los enemigos de Dios y de los hombres, los demonios y los hombres perversos aliados a ellos. Si los enemigos de Cristo y de la Iglesia no son sus enemigos, es señal de que ese cristiano se ha aliado con el demonio y le ha declarado la guerra a Dios.

miércoles, 22 de mayo de 2013

“Vivan en paz unos con otros”



“Vivan en paz unos con otros” (Mc 9, 41-50). El mandato de Jesús no se reduce a un mero mandato moral; no se trata de una norma más dentro de un plan que regula el convivir entre los hombres. La paz en la que tienen que vivir los discípulos, sus discípulos, es la paz suya, la paz que Él da en cuanto Hombre-Dios –“La paz os dejo, mi paz os doy”-; es la paz que se derrama sobre los hombres desde el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz; es la paz de Dios, que Dios concede al hombre al perdonarle sus pecados, todos sus pecados, incluido y en primer lugar el más horrible de todos, el deicidio de su Hijo en la Cruz. Si alguien se pregunta cuál es la reacción de Dios Padre ante la muerte de Dios Hijo en la Cruz, causada por los pecados de los hombres, solo tiene que contemplar a Cristo crucificado, para darse cuenta de que Dios Padre, lejos de condenarnos por haber dado muerte al Hijo de su Amor, nos perdona, y el signo de ese perdón es la Sangre de Jesús derramada en la Cruz.
Es esta paz, la que se derrama sobre el alma junto con la Sangre de Cristo, la paz que se origina y funda en el Amor trinitario y que llena de gozo y de alegría al alma, es la que el cristiano tiene que transmitir a su prójimo, a todo prójimo, independientemente de su estado espiritual o anímico y de si este prójimo es amigo o enemigo.
El que recibe de Cristo crucificado la paz, debe dar paz a los demás, y esta paz es la condición para la unidad, y la unidad es signo distintivo de Dios que es Amor: “Que todos sean uno como Tú y Yo, Padre, somos uno, y así el mundo creerá” (Jn 17, 21). La discordia, por el contrario, provoca desunión y a esta reflexión nos quiere conducir el Santo Padre Francisco cuando contrapone la unidad en el amor y en la paz de Dios producto de Pentecostés, del soplo del Espíritu sobre los discípulos, a la desunión, producto de la discordia y de la ausencia del Espíritu de Dios. El Santo Padre dice: “¿Creo unidad en torno a mí o divido, divido, divido? (…) ¿Llevo la palabra de reconciliación y de amor que es el Evangelio en el medio en el que vivo?”. El cristiano tiene que preguntarse también: “¿Soy causa de discordia, desunión y ausencia de paz en el medio en el que vivo? ¿Llevo la palabra de reconciliación y de amor o de discordia y odio?”. Si el cristiano se descubre como el causante de la falta de paz de los demás, es porque no ha rezado al pie de la Cruz, no se ha enterado del perdón de Dios en Cristo, no ha recibido su paz y, como no tiene paz, no puede dar paz.
“Vivan en paz unos con otros”. Para dar la paz de Cristo a los demás, es necesario hacer oración ante el crucifico y ante el sagrario, para que la paz de Cristo inunde nuestros corazones y, desde allí, se irradie a todo prójimo.

viernes, 3 de mayo de 2013

“La paz les dejo, mi paz les doy”



(Domingo VI - TP - Ciclo C - 2013)
         “La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 23-29). Jesús da a los discípulos la paz, su paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. La paz que da Cristo no es la paz del mundo: esta se obtiene sobre la base de la violencia, y un ejemplo de esto, es la “pax romana”, la paz que imponían por la fuerza de las armas las legiones romanas en los territorios conquistados a sangre y fuego. Es una paz que más que paz es ausencia de guerra y no verdadera paz; es una paz en donde hay exteriormente una calma aparente y superficial, pero en el fondo subsisten las causas profundas que llevaron a la pérdida de la paz. Esta es una paz artificial, extrínseca, lograda por medios humanos, y es frágil, porque basta con que desaparezca el factor que la impuso por la fuerza, para que la paz desaparezca y se inicie nuevamente la guerra.
         “La paz les dejo, mi paz les doy”. La paz de Cristo no es la del mundo porque no es mera ausencia de conflictos; es la paz profunda e interior, porque es la paz de Dios, es la paz de la Cruz, es la paz de un Dios que nos perdona a pesar de quitarle nosotros la vida al crucificarlo con nuestros pecados. Es la paz del espíritu, recibida en el espíritu, que le ha costado el precio de su Sangre y de su Vida. Es la paz que establece el armisticio definitivo en la guerra entablada por el hombre contra Dios, en donde Él se declara vencido en la Cruz, para triunfar en la Resurrección. No se deriva de situaciones externas, ni de seguridades mundanas, que hoy están y mañana no –tener casa, trabajo, salud, dinero-; es la paz que brota del Ser trinitario como de su fuente inagotable, una paz cuyo fundamento es el Amor divino y por ese motivo nada ni nadie puede alterarla.
         Es la paz de Dios, no la paz del mundo; es la paz que viene luego del triunfo divino, luego del estrépito causado por la rebelión del ángel caído en el cielo y la rebelión del hombre en el Paraíso; es la paz sellada con la Sangre de Cristo derramada en la Cruz.
         Es la paz que se renueva cada vez en la Santa Misa, porque en la Misa se renueva de modo sacramental e incruento el sacrificio que nos consiguió la paz de Dios, el sacrificio de la Cruz. Es la paz que Cristo nos da desde el altar cada vez en la Santa Misa, y por eso el cristiano debe vivir en paz, aún en medio de las tribulaciones, porque es la paz de Cristo y no la suya propia la que recibe.  Por este motivo, el cristiano no solo debe vivir sereno en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, sino que él debe ser fuente de paz para su prójimo. El cristiano que recibe la paz de Cristo, en la Cruz y en la Santa Misa, tiene el deber de transmitir, de comunicar, de hacer partícipe al otro de la paz recibida de Jesús. Ahora bien, en el saludo de la paz, el sentido último de este gesto es justamente el dar al prójimo la paz que cada uno ha recibido desde la Cruz; no es el saludo fraterno que doy a un conocido, o un desconocido; no es un saludo al estilo humano, como cuando alguien se encuentra con un ser al que aprecia. Es algo totalmente distinto: es transmitir a mi hermano en Cristo la paz de mi alma, que está en paz porque Cristo me perdonó desde la Cruz, me lavó con su Sangre, me alimentó con su Cuerpo resucitado en la Eucaristía, me perdonó mis pecados en la Confesión sacramental, y me dio su Amor y su alegría de resucitado, como anticipo del Amor y de la alegría que habré de vivir en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Por este motivo, en el saludo de la paz litúrgico, el que se realiza en la Santa Misa, no deben existir las efusividades que se dan entre los hombres, como cuando hay un acontecimiento importante, ni tampoco debe ser un saludo como cuando se encuentran dos amigos, o vecinos, o conocidos. Se trata de un gesto litúrgico, que expresa una realidad sobrenatural, la paz derivada del perdón de la Cruz, y por eso debe ser medido y sobrio.
Otro aspecto que se debe considerar en el gesto litúrgico de la paz, es que es del todo inadmisible que un cristiano asista a Misa y viva sin paz y, mucho más inadmisible todavía, es que habiendo recibido la paz de Cristo en la Cruz y en la Misa, viva él sin paz y haga perder la paz a los que lo rodean. Un cristiano así es un contrasentido, una contradicción en los términos, una negación viviente de Cristo y su Evangelio, porque si recibió de Cristo crucificado el perdón, si recibió el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, y con él recibió su Amor, su alegría y su paz, no tiene excusas para no dar la paz a los demás, para no ser constructor de paz para quienes lo rodean, para no difundir y comunicar la paz y la alegría de Cristo a todos aquellos con los que se encuentre.
         “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo”. Es esta misma paz, la paz recibida al precio de la Sangre de Cristo, la paz comunicada por el Sagrado Corazón cada vez en la Eucaristía, la que debe transmitir el cristiano a quienes lo rodean. Si no lo hace, si no vive él en paz y si no da paz y amor a los demás, ese cristiano está traicionando a Cristo y a su Evangelio.
La señal por la cual se reconoce que alguien tiene a Cristo en su corazón, es decir, que lo ama, es la que nos dice Jesús: el que cumple los mandamientos, el primero de todos, el amor a Dios y al prójimo como a sí mismo, porque el que cumple este mandamiento, que es uno pero en el que está concentrada toda la ley, ése tal ama a Dios y transmite a los demás el amor y la paz de Cristo Jesús. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

“Si hubieras comprendido el mensaje de paz”



“Si hubieras comprendido el mensaje de paz” (Lc 19, 41-44). Jesús se lamenta y llora amargamente por el destino de Jerusalén, y profetiza su destrucción, lo cual efectivamente sucederá años después de su muerte, a manos del Imperio Romano. El motivo de la ruina de Jerusalén, que tal como lo profetizó Jesús, fue arrasada hasta el suelo, es que Jerusalén no ha reconocido “el mensaje de paz” que Dios, Yahvéh, le envía en Él, Jesús. Lejos de reconocer el mensaje de paz y, mucho menos, al Mensajero de la paz, Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, Jerusalén se decide por la guerra contra Dios, asesinando a su enviado, el Cristo, en la Cruz, y esto lo ve Jesús con anticipación, puesto que Él es Dios y conoce las cosas futuras como si fueran presentes.
Jerusalén no ha comprendido el mensaje de paz, porque ha negado voluntariamente la condición divina del Hijo de Dios; se ha negado a reconocer sus milagros, que acreditaban sus palabras; se ha negado a reconocer en Cristo el perdón divino concedido por el Padre al Pueblo Elegido y a la humanidad entera. Al mensaje de paz de Cristo, manifestado en sus curaciones milagrosas, en las expulsiones de demonios, en su Palabra que da vida eterna, en los innumerables prodigios de todo tipo, Jerusalén ha respondido con la traición de Judas Iscariote, el juicio inicuo orquestado por los sacerdotes del templo, el insulto, los golpes y las blasfemias del pueblo, y ha coronado su afrenta al Dios de la paz crucificando en un madero al Mensajero de la paz. Jerusalén no comprendió que Dios, en Cristo, le tendía la mano del perdón y de la paz, y alzó a su vez su mano para abofetear a Dios en su rostro, flagelarlo, coronarlo de espinas, y crucificarlo. Al mensaje de paz de Dios, Jerusalén respondió con la violencia criminal y asesina, que terminó quitando la vida al único que podía salvarla de sus enemigos, Jesucristo.
         Jesús llora amargamente porque rechazarlo a Él, el mensajero de la paz de Dios, tiene tremendas consecuencias en todos los órdenes: en el plano humano, los enemigos humanos se vuelven contra Jerusalén, y luego de un largo sitio, le prenden fuego y la arrasan hasta el suelo; en el plano espiritual, la tragedia es aún mayor, porque al rechazar al Dios de la paz, inevitablemente se cae en la esfera de Satanás, príncipe de la guerra, del odio y de la destrucción, quedando el alma a merced del ángel caído y de su odio sin fin.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. El lamento y el llanto amargo de Jesús por Jerusalén tiene también otro destinatario, y son las almas que en el Día del Juicio se condenarán, pues ellas también estaban llamadas a recibir el mensaje de paz del Mesías, y no lo quisieron reconocer, porque libremente se decidieron por el odio y la adoración al demonio y a sus obras.
         “Si hubieras comprendido el mensaje de paz”. Cuando los condenados escuchen estas palabras, será ya muy tarde, porque sólo cuando estén en compañía para siempre del Ángel destructor, comprenderán que debieron haber aceptado la paz de Cristo y, más importante aún, debieron haber transmitido a los demás esa paz, y no lo quisieron hacer.